Nacho y yo hemos estado de viaje, visitando diferentes institutos para mis encuentros con lectores, aprovechando la Semana Blanca de Málaga para hablar de literatura. Por eso he tardado un poquito en colgar el calendario de propósitos para cuaresma. Este año, hemos reciclado un poco. Pero la ilustración que ha hecho Nacho me parece genial.
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miércoles, 1 de marzo de 2017
jueves, 20 de octubre de 2016
así bordaba, así, así
Recuerdo a mi abuela intentando enseñarme, en un paño blanco, a trazar líneas de puntadas con limpieza. Recuerdo sus manos y el dedal brillante que acompañaba al hilo como una fortaleza desgastada. El tiempo parecía hacerse denso entonces, pesaba sobre mi inquietud de niña que ansiaba tenerlo ya acabado, que quedase bien, que fuese hermoso, que no costase tanto. No profundicé porque soy fullera. Lo quiero todo rápido y ya.
Esa misma fullería -o quizá la pereza, o un monstruo más hambriento que se llama Hazloluego- me asaltó hace dos verano cuando tenía entre las manos la última novela en la que había estado trabajando. Me había prometido a mí misma releerla y corregirla al menos tres veces antes de enviarla a la editorial. Cuando ya le había dado dos vueltas, ese inmenso borrador encuadernado comenzó a cambiar de sitio en la casa, trepando por muebles para ponerse a la vista, rugiendo con el ventilador, tratando de atraparme. En mi desesperación por escapar de esa tediosa tarea, recordé a la chica que bordaba en el tren de Suecia.
¡Con qué velocidad descubrí que me enamoraban tanto las mercerías como las papelerías! Arrastré a Nacho a una búsqueda del tesoro por la ciudad para lograr bastidores, hilos y telas que despertasen mi imaginación. No sabía qué quería coser -no sabía coser-, pero elegía los colores más brillantes, más alegres de la torre de cajones diminutos. Asaltamos Teseo buscando un libro con alguna instrucción que aclarase mi ventolera y volví al sillón bajo el ventilador para ofrecer a la labor en sacrificio mi siesta.
Bordé "Ir y venir" con hilo azul. Después guardé todo en un bolso de tela que me acompañó por el verano y cosí "Vuelve", en Candeleda. Casé los trenes con la aguja, busqué tijeras historiadas, obligué a Nacho a dibujar en tela, escribí con hilo fuerte "Valiente" y "Audaz". Le regalé a mi hermano una tela de flores de otoño con unas letras amarillas que rezaban "Ya no pienso en ti", para que pensase un poco más en sí mismo. Bordé a Clau y al Rey Tonelli y mi versión del Castillo en el aire.
La tela es una pregunta más violenta que la de la página en blanco. Sobre negro una tetera, unas flores sin acabar, un cactus. En la lana coronas de Navidad, en los botones constelaciones. "Reiniciar" en primavera. Pájaros, hojas, Hoy. Siempre quiero acertar con lo que bordo.
Bordar es meditar en esta nueva mujer que vengo siendo. Me siento con la caja de Ferrero Roché de la Navidad pasada llena de hilos y marcapáginas. Entonces existo en el ir y venir de la aguja, soy completamente consciente de ese momento. O escucho mejor, cuando ponemos la radio.
Después me preguntan qué hago con los bordados.
Para mí bordar es como la poesía, como la pintura, como la música.
Colecciono en un cajón esas labores que nacen para ser en un momento y luego no saben cómo justificar su existencia. Las regalo a quien las pide, las olvido.
La utilidad me parece una forma muy sutil de ensuciar el bordado que podría hacer la máquina del centro comercial. Bordo porque es inútil y me hace feliz. Porque es otra forma de alcanzar brevemente la belleza.
lunes, 27 de abril de 2015
En Budapest, en nuestra Luna de Miel, cuando estábamos recogiendo los bañadores para irnos al Balneario Szécheny, a ver el vapor elevarse en la noche temprana, me sonó el teléfono con un número español. Creo que Nacho estaba recogiendo toallas en el baño, yo me senté en la cama del pequeño apartamento para responder.
Cuando Paloma Jover dijo mi nombre y dijo los nombres de todos los que la acompañaban, supe que la cama no iba a tener la fuerza suficiente para sustentarme, así que me senté en la mullida alfombra morada que debían haber pisado mil pies desconocidos. Entre felicitaciones y risas, descubrí que había ganado el Premio Gran Angular 2015 de la Editorial SM, y entre felicitaciones y risas me puse a llorar sin saber muy bien cómo controlar los suspiros para convertirlos en palabras.
Nacho volvió del baño y me miró, con esa mezcla en los ojos de pánico y felicidad propia del marido reciente, cuando encuentra a su reciente mujer haciendo algo insospechado -como reírllorar en una alfombra lejos de casa-. Poco a poco fue comprendiendo, por mis pocas palabras, de qué iba el tema y, por eso, cuando colgué, me levantó del suelo y me abrazó con todo el cuerpo mientras yo rompía a llorar. Sé que Paloma Jover se emocionó al teléfono, porque las dos nos quedamos calladas un momento, cuando todos descubrieron que estaba en mi luna de miel.
Después tenía que preguntarle a Nacho, ya en los baños, entre el vapor y el agua, los cuerpos desconocidos y el silencio, si todo era verdad o si yo me lo había inventado. Por eso me regaló una gargantilla con una pequeña estrella brillante, para que pudiese acariciarla y así supiese que era verdad. Estaba tan orgulloso, me encanta cómo me mira siempre.
Cenamos en una cafetería con decoración modernista, mientras un pianista de más de sesenta años me dedicaba canciones españolas. Brindamos con champán, pedimos tabla de quesos, patés y pato. A las nueve estábamos acostados, imaginando cómo sería todo.
Lo que no imaginamos fueron los meses de silencio tras el anuncio. ¡El premio era secreto! Hasta el 21 de abril no podíamos compartirlo. Y era un secreto de esos que saltan y brillan y relucen y te ponen cara de enamorada. ¡Qué ganas de gritarlo a los cuatro vientos! Por eso fue bueno conocer a Pedro Mañas y a David. Porque Pedro Mañas ha ganado el Premio Barco de Vapor y hemos podido llamarnos, cotillear y contarnos toda la aventura como si fuese nueva cada día.
El almuerzo casual que surgió tras la primera visita a la editorial -Berta, Lara, Marta, Patry, Carol, Paloma y Paloma, Bea, Gabriel... todos, gracias por hacerme sentir en casa-, en que Nacho y yo nos bebimos una botella de lambrusco con Pedro, fue sólo un comienzo inesperado para una historia trenzada con paciencia.
Poco a poco, el secreto fue engordando y pesando, pero el hecho de compartirlo, las llamadas largas y desvariadas, los emails cotilleando, las grabaciones en Madrid -Cuatro Tuercas, gracias, gracias, gracias-, el deseo de las cubiertas, las entrevistas por teléfono... hicieron ligera la espera y sorprendentemente dulce la amistad.
Cuando bajé de recibir el premio de manos de la Reina -gracias Letizia por la complicidad, por dejarte llevar al mar, por tu piedra rosa-, tras el discurso en que le daba las gracias a mi marido -culpable siempre de todo-, mientras nos quitaban los micros, Pedro y yo nos abrazamos. Nos abrazamos con esa paz, por fin, del trabajo realizado, nos abrazamos con esa profundidad del naufrago y su isla, de la tierra prometida. Nos abrazamos unos segundos gritando por fin aquel secreto.
La vida secreta de Rebecca Paradise y El mar por fin existían.
Por fin existen. Y nos hacen felices de tantas maneras que no puede contarse simplemente en un blog en internet. Para entenderlo hay que ir a Budapest, hay que ir una mañana a la oficina de Pedro, hay que estar enamorado y arriesgar una mudanza, pasar las primeras Navidades en familia, tener miedo en un coche en una carretera, hacer el amor después de la siesta, cocinar bizcocho de zanahoria o buscar un vestido con tu madre por todas las tiendas de la ciudad. Para entenderlo hay que amar las palabras y la vida, de una manera torpe y extraña, pero luminosa.
Gracias a todos los que habéis llamado, a los que habéis escrito, a los que habéis sonreído conmigo y habéis hecho vuestro este premio también. Perdonadme la pereza -y la incapacidad a veces- de no responder uno a uno vuestros infinitos mensajes. Todos los leo, por todos doy gracias a Dios, porque aquella mañana en Budapest yo le rezaba: "Señor, ¿cómo podrías hacerme más feliz? Es imposible, gracias, Señor, por toda esta felicidad", y a las dos de la tarde sonó el teléfono. Me dio risa porque Dios, hace esas cosas conmigo.
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martes, 1 de enero de 2013
día uno
Mis pasos suenan por las calles mojadas y desiertas. Él corre por un parque de Madrid escuchando sus respiraciones. La ciudad está desierta, sólo algunos señores mayores se reúnen en la plaza a evaluar las consecuencias. El aire helado matiza mi piel, perfeccionándola, y noto su frío llegando a mis pulmones. Siempre soñé con andar por ciudades desiertas, quizá por eso soñé Gris.
Juan me abre la puerta y Leti aún lleva el pijama. Mi tortuga ninja se queja porque lo visten mientras Lucas me mira con curiosidad desde los brazos de su abuelo. Después el enano y yo arreglamos muebles con una herramienta de juguete antes de salir tarde a misa.
Sólo abrigos negros. Es algo que me inquieta. La voz profunda que reverbera contra las pieles oscuras de las chaquetas. "Tiene pupa", dice Juan como cualquier niño, con su tono agudo y sorprendente. Dan ganas de crear de nuevo el mundo.
Y nos felicitamos, rostros conocidos y perdidos en el tiempo que ahora resuenan. Besos repartidos y conversaciones tenues que se olvidarán muy pronto, cuanto todo siga girando y cada uno vuelva a su lugar. Juan Pequeño se aburre y está enfadado por tantas convenciones, quiere irse, supongo que quiere volver a territorio conocido, correr, ¿quién sabe?
Ayer un amigo decía que estas fechas tan alegres lo ponían melancólico. Supongo que es fácil dar el paso de un lado a otro. Yo elijo quedarme aquí, donde la melancolía es leve y no se alimenta, donde puedo cantar canciones inventadas como mi abuelo, y pruebo de todos los vinos.
lunes, 15 de octubre de 2012
madrid, una mujer cosmopolita pero chapada a la antigua
La luz acaricia cálida los árboles del zoo, dotándolos de una cara oscura que va preparándose para la noche. El tigre gime descaradamente desde su jaula, supongo que rogando un poco de amor, y un grupo grande de gaviotas gira en círculos sobre el mar en el horizonte. Es extraño pensar que ayer estaba abandonando Madrid, con su ruido y su gente, cuando miro ahora la paz a través de la ventana.
Estoy leyendo El vendedor de historias. Lo empecé en el tren, de camino a Nacho, y casi lo estoy terminando. Es uno de esos escasos momentos en los que decido alargar un poco más un libro, para que no se me acabe antes de que me de cuenta de que ya no lo tengo entre las manos. Habla sobre la creatividad y el mundo de los escritores. No puedo imaginarme cómo lo acogió la crítica en su momento, es bastante duro con el quehacer de los autores publicados. Aunque como el narrador tiene bastante doblez, uno nunca se siente identificado con lo que critica. "Los malos son los otros". Quizá sería una de los incorruptibles. Qué peligroso...
Madrid me ha enseñado nuevas caras estos días. Pocas veces había visitado sus calles con un madrileño de pura cepa y, claro, sus costumbres y su historia me han llevado a rincones nuevos. Este viaje ha tenido la magia de poner en movimiento personas, lugares y objetos, que sólo formaban parte del ideario de mi imaginación. Conocí las calles de las que había escuchado anécdotas, recorrí los caminos que había dibujado parcamente con retazos, tomé las medidas de las habitaciones, probé los sabores de la cena que siempre es a las nueve y media, puse cara y movimiento a los protagonista de tantas historias y mudanzas. Escuché al otoño acercándose a las avenidas y observé el apasionante engranaje de la realidad que, aunque a veces no es capaz de imitar el brillo de la fantasía, tiene la capacidad de sorprenderme con detalles que no deben pasar desapercibidos. Era como asistir por fin al espectáculo que tantas veces había imaginado. Y lo cierto es que aplaudí como una niña al final de la función.
Además, disfruté de Sol y sus elegantes gatas, bajo la luz de una tarde que no sabía si prometer diluvios. Disfruté de Rubén, Maria José y un novísimo Pablo, que se quedaba tranquilo en mis brazos mirándolo todo con infinita curiosidad. Disfruté de las librerías en las que soy capaz de aburrir a cualquiera y me hice con algunos libros que necesitaba como documentación de un nuevo proyecto literario. Disfruté de mí y me cansé de andar. Porque las medidas son distintas y lo que es cerca para Nacho, a mí me supone una eternidad. Supongo que es lo que tiene estar aprendiendo de alguien que disfruta tanto del proceso como del final.
Sí, Madrid me trata siempre bien, prepara para mí ferias del libro antiguo, exposiciones sobre escritores y pintores que me gustan, restaurantes con mis comidas preferidas y tiendas con diez mil tentaciones. No me puedo quejar de esa mujer cosmopolita, pero chapada a la antigua, que a 565 kilómetros retiene lo que es mío.
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jueves, 11 de octubre de 2012
de libros, proyectos y maletas
Con el café he terminado la maleta. Charlie Winston canta Soundtrack to Falling in Love y yo repaso cada una de las cosas que haré en los momentos libres del día antes de coger el tren. Calculo todo antes de las seis porque es mi tiempo de independencia. Después todo será nuevo y no querré planes ni tener nada atado que no sea su mano dando un nuevo significado a las calles.
La luz comienza a tomar posesión de mi salón al tiempo que la canción cobra intensidad. Es jueves. Dos ideas de novela rondan mi cabeza y ando de un cuaderno a otro tomando apuntes de posibles esquemas. Pierdo la conciencia de la realidad mientras sigo mentalmente un diálogo que aún no he escrito, una descripción que podría encajar. Las cosas pequeñas vuelven a ser las protagonistas y en la clase de literatura hablaré de los trucos mágicos del escritor.
En Madrid buscaré un libro sobre dioses orientales y quizá algún ensayo sobre literatura, soñé que iba a una librería de viejo y le preguntaba a un importante poeta qué me aconsejaba. Decía: "voy a indicarte el libro más caro del mundo". Después se inundaba todo y a mí me daba vértigo, aunque me gustaba la nueva casa de Juan y Leti. Mi cabeza es un campo del que recoger siempre ideas descabelladas, tengo buenas plantaciones.
Mi plan, entonces, es terminar de leer El arpista ciego de Terenci Moix antes de coger el tren, para así poder dedicar el traqueteo a la novela de Gaarder que Nacho me regaló para mi cumpleaños. Así, cuando llegue y él me vea, seré de nuevo ella y a la vez yo tirando de una maleta.
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miércoles, 9 de mayo de 2012
fechas
cartel realizado por Erny Gámez
Afán para no separarme de ti,
por tu belleza, lucha por no quedar en dónde quieres tú,
aquí en los alfabetos, en las auroras, en los labios.
Ansia de irse dejando atrás anécdotas, vestidos, caricias,
de llegar atravesando todo lo que en ti cambia,
a lo desnudo y a lo perdurable.
Y mientras siguen dando vueltas y vueltas, entregándose,
engañándose, tus rostros, tus caprichos y tus besos,
tus delicias volubles, tus contactos rápidos con el mundo,
haber llegado yo al centro puro, inmóvil, de ti misma,
y verte cómo cambias, y lo llamas vivir,
en todo, en todo si, menos en mí, dónde te sobrevives.
Pedro Salinas
Abel me manda este poema y pienso en esa necesidad sorda de aferrarme a lo que no cambia, a lo que siempre permanece, quizá para encontrar esa parte de mí que efectivamente sobrevive a pesar de los movimientos constantes del sistema mundo.
Entre las que soy siempre, está la yo que escribe porque no sabe hacer otra cosa, aun cuando escribir supone atravesar desiertos, vencer gigantes, bucear profundidades insondables.
Por eso, os dejo las fechas de las próximas citas que tendré como escritora, de la mano de mis novelas o de mi libro de poemas, en algunas ciudades donde tienen hueco para mí.
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viernes, 30 de marzo de 2012
de la cama al café
leo a sabines nada más saltar de la cama. bueno, es mentira. leo a sabines nada más salir de la ducha. falso también. lo leo, quizá, después de desperezarme, lavarme el pelo, acabar la maleta, prepararme un café. sí, es más bien así. preparo el taller literario de tercera hora y leo a sabines pensando hablar de la prosa poética y justificando la necesidad de regalar algunos versos del otro lado del charco. pero mi cabeza huye de los versos al viaje de esta tarde, recuerdo curvas de la carretera, molinos de viento, el color del asfalto. recuerdo cómo te quedas dormido lentamente hasta desaparecer en el asiento. vuelvo al café, a la poesía, a mi casa. pienso en el puzzle que soy, en este juego de letras, conectadas siempre unas con otras, laberinto. acabo el café, selecciono los textos, pierdo la paciencia y recuerdo que aún no me he secado el pelo.
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jueves, 2 de febrero de 2012
porque éste es mi blog y pongo lo que quiero
Porque éste es mi blog y pongo lo que quiero, hoy aprovecho simplemente este espacio para hacerme a mí misma publicidad. Llevo un rato dándole vueltas a la cabeza sobre si era apto o no este espacio para decir que mañana (viernes día 3 de febrero) estaré presentando mis novelas en Sevilla (en Fnac, a las 20.h.).
Por un lado me parecía vulgar venir aquí a hablar de fechas y, por otro, pensaba que hay lectores míos que conocen este blog pero que no conocen los demás y que, quizá, si supiesen que iba yo a estar en Sevilla sintiesen deseos de compartir un ratito conmigo.
Al final ha ganado la parte más práctica y he pensado que, al fin y al cabo, este blog es mío y que como yo decido lo que se pone y lo que no, no había ningún problema con publicar aquí fechas y horas.
Hora: a las 20h o sea a las ocho.
Lugar: Fnac Sevilla
Y de paso, cuelo una entrevista que me han hecho y que me gusta:
http://www.revistawego.com/2012/02/01/entrevista-a-patricia-garcia-rojo/
¿Por qué no?
viernes, 2 de diciembre de 2011
con mis hijos a jaén
foto de claudia garcía pinto
Cuando llegamos, es otoño en el parque de la victoria y comienzan a montar la pista de patinaje sobre hielo. Les cuento a Carmen y Claudia que ahí daba de comer a los patos y miro, absorta el quiosco de la orquesta vacío. El aire es de interior, los olores son distintos.
Mis padres, Javi y Jaci llegan un poco después. Siento como si estuviese comprobando que cada cosa está en su sitio. Es una sensación mágica. Tomamos un café mientras llega la tía Rosa, tan delgada como siempre, e intentan hablar de ti, pero zanjo la conversación porque "yo he venido aquí a hablar de mi libro". De camino a la biblioteca respondo a una entrevista con el periódico y observo las calles, los comercios que han cambiado, las luces que se van encendiendo... hacía tiempo que no paseaba por estas aceras y lo echaba de menos.
Jose Alberto Arias Pereira, que será mi presentador, espera ya en la puerta, con sus maletas, porque ha bajado de Madrid para matar dos pájaros de un tiro: a su madre y a mí. Charlamos sobre su estancia en la Residencia de Estudiantes cuando llega Paco Ruiz para darnos la bienvenida. Entonces veo a Ana llegar de la mano de su increíble y apuesto caballero -desprenden empalago por donde pasan- y aprovecho para largarme a saludar.
Más tarde, cuando estamos en la increíble sala donde se llevará a cabo la presentación de mi novela, comienzan a aparecer rostros conocidos. Llegan Jose Luis y Rocío y descubro que quepo perfectamente aún en los abrazos de Jose. Justo cuando voy a saludar a Juan Fran, veo a Jose Miguel en la puerta, que se ha escapado de Suiza para verme. Y entonces descubro el cuerpo diminuto de Sandra, una de mis primeras alumnas que, delgada y grácil, se ha escapado para verme -ya es universitaria, madre mía. Y así se van llenando los asientos que en un principio me habían parecido demasiados: la tita Tina y el tito Roge, con Raúl y María, Conchi y Eugenia con su familia, Juani, Julilla, Miguel, Ramón (él único que sabe de dedales) y Blanka... ¿De quién me olvido? ¡¡La sala estaba llenísima!!
Por eso cuando comenzamos a debatir sobre literatura, cuando comienzan las preguntas sobre Los cines somnios, cuando recuerdo una anécdota de un encuentro con un lector bajo la lluvia -cuya familia ha venido en su representación y eso hace que podamos ponernos en contacto-, cuando el vídeo de mi hermano Javier se ve en pantalla grande y observo los rostros alegres de los que comparten conmigo este sueño o se han dejado encandilar por él, entonces, justo entonces, doy gracias a dios porque estoy viviendo de nuevo mi sueño y en estos casos sólo se puede ser agradecido.
Al volver a casa de madrugada, al volver a mi cama después de haber pasado por las nieblas de la montaña entre risas de Carmen y Claudia, después de haberme despedido de los míos con el corazón encogido, ya entre las sábanas, bajo mi techo, sonriente y repleta: ¡¡no puedo conciliar el sueño!!
(creo que levitaba)
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viernes, 18 de noviembre de 2011
quiero un abrigo con los bolsillos rotos
Cuando leía El jugador, Claudio me explicaba la parte autobiográfica que tenía esta narración. Me contaba que Dostoievski comenzó a aficionarse al juego y que perdía todo lo que ganaba en la ruleta para volver a recuperar su libertad. Su dependencia del azar lo hacía sentirse esclavo así que cada vez que ganaba una mínima cantidad, la exponía toda al azar para volver con las manos vacías a la inmunidad de la miseria.
Anoche cuando volvía en coche a casa me acordaba de esa historia. Iba reflexionando sobre algo que había cantado Mabu y que se me había quedado dando vueltas en la cabeza, era algo así como "nunca hubo nada que perder". Sé que es una expresión que hemos oído en millones de ocasiones, "no te preocupes, no hay nada que perder", "no tienes nada que perder", etcétera. Pero a mí se me quedó colgada de una idea. Y, de pronto, me sentí deudora del mundo y me sentí acumulando todo tipo de cosas, sentimientos, ocasiones, lugares, momentos, libros, vestidos, caricias... Guardando como las hormigas del cuento en algún lugar de la memoria -esa cámara del tesoro, de los secretos-.
Y entonces pensé que quería un abrigo con los bolsillos rotos, para no poder acumular, para que todo se escapase y no me pesase en las caderas. Para tener siempre las manos libres al recibir, el espacio justo donde resguardar un rato. Fue cuando me acordé de Dostoievski y de Claudio, fue cuando hice un símil con mis mudanzas y su manera de jugar a la ruleta. Cuando recordé aquello de "déjalo todo y sígueme", "que los muertos entierren a sus muertos" y demás.
Qué difícil nos parece, y qué fácil sería.
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domingo, 13 de noviembre de 2011
porque somos unas señoras
Porque somos unas señoras, llevo a casa de Carolina una botella de sidra asturiana que degustar con su maravilloso pollo asado sobre una base de cebollas, tomates y patatas. Y, porque somos unas señoras, tomamos de postre uvas con queso.
Sí, por esa misma razón, decidimos ir al jardín botánico y no sentirnos desfallecer cuando nos avisan de que ya ha cerrado. Las señoras tienen habilidad para cambiar de planes con dignidad y encaminarse hacia la presa para ver el pantano y los árboles. Para contarnos la vida, hacernos fotografías bucólicas, reírnos de la suerte y dejar al viento llevárselo todo.
Carolina y yo decidimos llenar una tarde de sábado de significado -o de un significado diferente al de "sofá"-. De la mesa a la presa y de la presa al café frente al mar, a la cafetería que ha sido testigo de tantas visitas durante el último año. Notamos la crisis porque no nos ponen chucherías, pero abrazamos las tazas enormes entre las manos mientras olas gigantescas amenazan con llegarnos a los pies y nuestras voces se pierden entre los rugidos de esa fiera llamada Mediterráneo.
Quizá porque nos estamos sintiendo en equilibrio con el mundo, Carol y yo no estamos dispuestas a abandonarnos tan rápido. Así que volvemos al centro, aparcamos el coche y paseamos hasta mi último descubrimiento: un bar de modernos con banquetas altas de madera blanca con cojines de un rosa estrafalario. Cuando llega el camarero dudamos: ¿cerveza, un refresco, una copa y que sea lo que Dios quiera?
Pero somos unas señoras y debemos mantenernos. Erguidas en nuestras banquetas, con una dignidad aún no asentada por los años, Carolina y yo pedimos dos copas de vino blanco -que recibimos asustadas pero degustamos sorprendidas por su buen sabor-. A medio día brindamos por Asturias y a las nueve de la noche, brindamos por nosotras, por el paso del tiempo, por los giros de la vida... Y degustamos queso camembert empanado con frambuesa.
Divinas, satisfechas, enseñoreadas, felices. Carolina y yo, como en los viejos tiempos.
lunes, 24 de octubre de 2011
a la orilla del manzanares
Estamos sentados en el parque que han hecho a la orilla del río Manzanares. Este parque enorme con los mejores toboganes del mundo, lleno de bicicletas y patinadores, de risas de niños que transforman la visión de urbe de Madrid en otra cosa mucho más ligera y cercana. Estamos sentados bajo una farola en un banco de madera interminable, cerca hay un bar con terraza iluminado en colores fuertes que la noche se va tragando poco a poco. La gente sigue paseando, como hemos paseado nosotros hasta cansarnos. Ahora tienes tu guitarra, nos tienes a las dos pendientes de ti.
Preparas tus canciones, miras lo que vas a elegir, afinas. Entonces empiezas a cantar La historia de Febo y Dafne y, ensimismada, me pongo a grabar este momento. Giro con la cámara en la mano para captar el ambiente del parque cuando una bicicleta pequeña se cuela en mi campo de visión. Una niña sonriente dice hola a la cámara vestida con su camiseta fucsia. Tiene los dientes perfectos de los niños y esa inocencia feliz en la mirada que tanta envidia me da. Sigue conduciendo hasta pararse a unos pasos de ti. Me mira y te mira, como pidiendo confirmación.
Y se queda allí. Escuchándote cantar. De pronto la veo luchar con su bicicleta. Se ha bajado e intenta poner la patilla para que se mantenga de pie sola. Se le cae encima, la vuelve a levantar, vuelve a intentarlos, siempre sonriente, aunque con el ceño fruncido. Lo consigue al fin y triunfante, se gira para mirarte y, sorpresa increíble, se pone a bailar tu canción. Y baila y hace palmas, absolutamente encantada por disfrutar de ti y de tu guitarra.
Cuando terminas, sale disparada hacia el bar donde deben estar sus padres. Imagino que va a contarles su aventura y tú y yo comentamos el momento. Estoy un poco emocionada, así que me sorprendo cuando noto una mano pequeña en mi rodilla y, al volverme, la niña de la bicicleta está frente a nosotros otra vez, mostrándome una brillante moneda de cincuenta céntimos. Me la tiende sin hablar, sosteniéndola con dos dedos. Como una niña de la selva me hace gestos.
-No, cariño, no canta para pedir dinero -le explico abrumada-. Quédatelos y gástalos en chucherías.
Pero ella niega e insiste. Así que, para no decepcionarla, tomo su moneda. Nos da la gracias asintiendo con la cabeza y vuelve a correr para alejarse. Más tarde descubrimos que se llama Claudia.
Tú vas a guardar la moneda porque es uno de los objetos más cargados de magia que tienes, después de mí, claro.
jueves, 22 de septiembre de 2011
más vale tarde...
El fin de semana pasado tuve la suerte de pasar algunas horas con mi familia para la celebración del cumpleaños de mi abuela. Después de disfrutar de mis padres y de mi hermano, nos fuimos en coche al campo. Al llegar, Javi y yo nos escondimos y todos pensaron que no participaríamos de la celebración. Entonces aparecimos y mi abuelo se puso a llorar emocionado.
Es curioso lo sensibles que nos vuelve la edad. Recuerdo leer una novela en la que una abuela le explicaba esa sensación a su nieta, la de ser capaz de emocionarse con una facilidad pasmosa. Mi abuelo se emociona a la mínima de cambio y a mí me parece entrañable. Sobre todo me parece entrañable que guarde ese rincón secreto para mí, que con los demás sea un absoluto cascarrabias y se derrita si le cuento mis historias, inventándome cien mil anécdotas para darle qué pensar. Los niños, que siempre lo miran como a un ogro, me observan sorprendidos al pasar, porque estoy sentada con el viejo que les grita y parezco feliz. Así que juegan con el primo Javi mientras yo continúo mi discurso.
A la hora de comer comienzan las carcajadas. Aunque nos pasen cosas regulares, mi familia es una familia feliz que siempre está dispuesta a reírse. Javi es un mago en hacernos reír a todos y mis tías le celebran cada anécdota, además los niños se crecen junto a él poniéndoselo fácil. La abuela brinda porque lleguemos a tener sus años y también recibo un cumpleañosfeliz por adelantado.
Tomo algunas fotos con la cámara y, al mirarlas, me parecen irreales. Hay un segundo en el que tengo la sensación de que esta situación ha sido siempre así y lo seguirá siendo por los siglos de los siglos, que no envejeceremos, que nadie se perderá, que continuaremos juntos riéndonos como en las imágenes. Después la realidad me da vértigo y me abrazo a Carmen, que durará más que yo.
En la piscina jugamos a hacer fotos y a las sirenas y a pescar con palos y cañas, hasta que llegan Luis y Vero para arreglar el mundo mientras se nos hace de noche y no nos damos cuenta de nada.
Son horas. Quizá no llegan a 48. Pero son ricas, completas, felices. Hasta los últimos segundos de café y recetas en la cocina de mi madre, hasta el segundo que mi padre me explica el funcionamiento de la impresora o corro para montarme en el coche. Felices.
sábado, 13 de agosto de 2011
leo poesía porque no puedo dormir por las tardes
Leo con fruición un libro nuevo de poesía. Las palabras se tropiezan, no disfruto. Desconozco algunos nombres y adolezco de ignorancia al ritmo marchito del ventilador de techo. Tu canción no ha parado de sonar desde que la dejaste venir a casa. Subrayo algunos versos, compruebo en enciclopedias modernas los datos que preciso para acercarme a un poema. Mis dedos acarician caras páginas y recuerdo el día en que compré este libro y a Sol, el pelo brillante de Sol entre la gente. Entre un Madrid lleno de gente que es Marta y que no es Madrid si no está ella. Pero que aquel día era Sol mientras tú ensayabas tus acordes preocupado por tu muela y el directo. Intento recordar sin darme cuenta la primera vez que leí a este autor y la salida de metro de Callao me refresca la memoria, también el calor de esa mañana y mi vestido largo, libros pesando en mi bolso y café de caramelo. Vuelvo a las páginas, los títulos rojos me molestan. ¿Qué estaría leyendo Claudio en esa fotografía que me envía y que mal leo de libro abierto junto a la orilla? ¿Qué me diría que leyera ahora que he agotado los títulos que escribió para mí con buena letra? Padezco hambre de libros ciertas tardes, esta tarde. Esta tarde de ropa tendida, calor y obligaciones. Me pregunto si he seguido el ritmo del poeta: alejandrinos. Modernos alejandrinos. Sólo la primera frase cuenta catorce. Estoy cansada de escribir. Vuelvo a mi libro.
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miércoles, 27 de julio de 2011
"¿dónde te metes este tiempo?"
Últimamente no paso por aquí ni por ridiculacalamidad. Ando hasta arriba de verano, totalmente conquistada por las actividades del tiempo libre. Mis padres han estado unos días de visita, he disfrutado de días enteros de playa con ellos y también de noches geniales de conciertos. Pero el resto del tiempo lo voy dividiendo entre las clases de pintura, el mar, las cenas en la terraza con algunos amigos, partidas de juegos interminables, la ardua tarea de catalogar los libros, las escapadas de fin de semana, las visitas intermitentes para acudir al mar o tomar unas cañas, la lectura de Guerra y Paz -que, por cierto, se me ha acabado y no sé qué leer ahora-, la cocina y algunas recetas nuevas, el marujeo absoluto que la casa merece a veces -sobre todo con tanto trajín-...
Lo que generalmente se conoce como un "no parar". Estoy tan atareada y tan contenta, que no se me ocurre pararme a escribir. ¿Sirve como justificante para mi ausencia?
lunes, 13 de junio de 2011
la caja
La música inunda la casa de ventanas abiertas. Salgo a hacer unos recados y me baño en sudor. Quiero comprar una camiseta nueva para sentirme nueva y todas me parecen feas y nada me gusta. Vuelvo a casa deseando estrenar el pincel con agua dentro que me ha regalado una compañera de trabajo. Cojo té helado de la nevera, miro los visillos ondear. La caja de acuarelas la compré en Londres, al lado del museo nacional de retratos, recuerdo sentirme genial gastándome nueve libras en ella. Me cuesta mucho trabajo pintar, es como volver con un viejo amante al que has sido muy muy infiel. Vuelvo a encender la música y el ordenador, busco en la caja de los trastos de por medio y encuentro mi libreta pequeña. Me recojo el pelo y mezclo el color en un plato de metal blanco. Las acuarelas despiertan muchas cosas.
Recuerdo a don Enrique y su bicicleta, recuerdo la puerta de la iglesia de Zocueca y un pájaro cualquiera, recuerdo calor de agosto y frustración, recuerdo dos hadas de la mano a los pies de un peter abrazado por niños, recuerdo a Gastón y a Sol, recuerdo al dueño del estanco del año pasado, recuerdo las cáscaras de nuez y las ganas de mojar el pincel en el vaso de lo que esté bebiendo. Recuerdo pintarme las piernas por aburrimiento y la mesa de la cocina de mamá y a Juan pequeño. Recuerdo a Marta, todo el tiempo a Marta. Y el suelo de Alcalá y las vistas de la Mota desde la montaña y fresas y cerezas.
Esta caja pequeña es una extraña caja de pandora y de milagros.
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martes, 7 de junio de 2011
escribir o no escribir, esa es la cuestión
Sé que no estoy escribiendo mucho aquí, pero pienso mucho en que escribo aquí. Cuando voy por la calle voy haciendo mis descubrimientos y me decido a contarlos en este rincón, pero después, al llegar a casa, lo último que me apetece es escribir.
Por ejemplo, el domingo pensé que contaría que había estado en Madrid y en Marta, que había visitado la feria del libro y que tú estabas tan contento con la grabación que contagiabas todo. Pero el lunes decidí que era mejor hablar de la teoría de Santo Tomás sobre el buen sistema político. Hoy martes iba a contar, primero, que encontré mi novela en una de las casetas de la feria del libro de Madrid y que eso me hizo feliz. Después fantaseé con describir mis olores preferidos -tierra mojada, chirimoya, blandiblú, crema después de la ducha, pollo asado recién hecho, mar cuando bajas la ventanilla, invierno en las calles de diciembre, chimeneas encendidas...-, pero justo cuando llegaba al portal de casa decidí que iba a compartir la botella de lambrusco con la que me he hecho para darme un homenaje, porque últimamente me olvido de los pequeños detalles que solía cuidar en mi existencia independiente. El problema es que esa idea ha llevado a otra: la serie que últimamente me tiene enganchada y que cuenta la vida de una familia que tiene unas bodegas.
Y claro, esa idea me lleva a la posibilidad de hacer una entrada sobre las personas a las que echo de menos porque bebían vino conmigo. Aunque también está abierta la puerta para hablar de mi propia familia, con la que también he brindado muchas veces y a la que también, irremediablemente y cada vez más, echo de menos.
(Suspiro agotado). Así que al final, entre tantas ideas y tantas posibilidades, me acabo aburriendo a mí misma y decido no escribir. O escribir todo esto sin sentido. Que viene a ser más o menos lo mismo.
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martes, 24 de mayo de 2011
el día que salvé una mariquita
Cuando dices que podríamos ir a la Playa de los Alemanes me pongo tan contenta que tengo cinco años. Y cuando escribo a Chelo para contárselo, me responde que cómo iba yo a perdonar el primer baño de mayo.
La cosa es que he ido a la playa varios días ya. Con mayor o menor éxito, pero es allí, entre el faro y las rocas, donde el océano me llama con más fuerza y puedo lanzarme a sus olas. Casi no me da tiempo a deshacerme de la ropa para correr a la orilla y mojarme el pelo.
No contento con mi felicidad, el mar tenía otro regalo, y es en mi segundo baño cuando lo descubro al sacar la cabeza del agua y ver una diminuta mariquita flotando a la deriva. Primero pienso que debe estar muerta, pero después decido que aún quiero cogerla porque brilla al sol roja en medio de lo azul. Al alzarla entre mis manos comienza a andar.
En ese justo instante soy dueña de un milagro. Y las dos, ella tan pequeña y yo, nos tumbamos al sol para secarnos. Se queda mucho rato allí, entre mis dedos, moviendo sus patitas y abriendo tímidamente sus alas para que la luz las despegue.
De pequeña hacía casa a las mariquitas en cajas de cartón y siempre me parecieron, entre todos los bichos, algo así como diamantes. Por eso pasé el día muy contenta con mi mariquita y el sol, con la arena en el pelo, con Silvia y contigo.
viernes, 13 de mayo de 2011
excusas perfectas
El lunes viajamos con los alumnos, bajo la excusa de la visita a Baelo Claudia, a la playa de Bolonia. Los chicos vieron las ruinas como alma que lleva el diablo y, antes de que me hubiese dado tiempo a ponerme las sandalias, ya se habían metido en el agua helada del Atlántico.
Las playas de Cádiz me enamoran y, al pisar la arena, no pude evitar reconocer los detalles que me hacían conectar ese momento con aquel atardecer, después de la playa de los alemanes, de cometas, molinos y anécdotas contigo, Juan, Leti y Marta. Pero aquel día, quizá por la posición del sol, me perdí las dunas magníficas que descubrí el lunes.
El primer viaje-expedición a lo alto de las dunas me pilló desprevenida y perezosa, así que me quedé charlando con Belén a pleno sol, lidiando con el viento, haciendo intentos de mojar los pies que se encogían en el agua helada. El segundo intento, el de después del café de la tarde, lo propuse yo. Pero antes, decidimos llegar por una vereda a lo alto de las rocas para ver romper las olas infatigables. Durante todo el trayecto, al tiempo que no podía evitar sentir el dolor en los pies descalzos, un pensamiento golpeteaba mi cabeza sin parar: "el mundo es un milagro". La fuerza de la luz, del agua, del viento, de las plantas desconocidas que crecían en las laderas, imponían a todo un aire sagrado. Podía ver a Dios en los detalles y en el conjunto. Aunque también podía ver al hombre, y eso me entristeció. Pude ver al hombre en cada una de las latas, bolsas, papeles, botellas, cuerdas, maderas... abandonados entre las aguas, las plantas, las rocas. El hombre y Dios.
Después mis pies sintieron la arena tibia y mullida subiendo la ladera hacia la cima de las dunas. Me sentí el Principito en medio del desierto, buscando un pozo, siguiendo huellas, percibiendo el sol parpadeando sobre el amarillo tenue, el marron apagado. El sol como un punto. Y yo como una sombra gris en mitad de la nada. Una nada que, al volver la vista, conducía al mar. Creo que, al igual que en aquel momento no fui capaz de encontrar las palabras, ahora me resulta también imposible.
Pero mi corazón se sintió limpio en esa arena, en ese mar, en ese viento constante que zumbaba en mis oídos.
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