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martes, 17 de octubre de 2017

leer para poner el alma de puntillas


Preparo la infusión en la cocina oscura. Como una bruja voy echando a la cazuela la ramita de canela, el clavo, el regaliz, el jengibre. A la luz roja de la vitrocerámica, abriendo y cerrando tarros mientras los olores se van elevando y el líquido transparente se va volviendo tostado y rojizo. Está nublado y han bajado imperceptiblemente las temperaturas. 

Me preparo mi brebaje porque voy a sentarme con Mónica Rodríguez en el sofá, con su hotel. Voy a escuchar los recuerdos de su suegra. Abro las páginas y casi no llevo dos líneas cuando abandonan una ciudad sin poetas. Tengo que leérselo a Nacho y noto cómo mi alma se va poniendo de puntillas. Porque la literatura hace eso, pone el alma de puntillas. 

Esta semana visito diferentes centros de formación del profesorado para hablar a los maestros y profes bibliotecarios. En las jornadas de biblioteca hablo de literatura infantil y juvenil, de nuestra LIJ, pero no lo hago como escritora. Hablo como lectora entusiasmada y porto una gran caja de libros que voy pasando con confianza -y pánico feroz por si alguno de mis amigos se pierde en un bolso o se cae entre los asientos o nunca vuelve. Descubro miradas emocionadas, cómplices, de amantes de los libros, que tocan y hojean, con curiosidad. 

Descubro también maestros y profesores que no leen. Que no tienen tiempo en la vorágine de sus vidas para la literatura. O por lo menos no tienen tiempo para los libros que recomiendan a sus alumnos. 

Regreso a casa extrañada, con el sabor agridulce de una mañana en la que he sido feliz hablando de lo que me apasiona, pero en la que he descubierto que no podemos contagiar la enfermedad que no tenemos. La frase "No me gusta leer" se me llena de matices. 

Por eso hago mi infusión sin dar la luz. Por eso cojo a Mónica de la estantería como quien acude a una amiga para compartir un secreto, para recuperar la fe. 

Cuando se lo cuento a mi madre por teléfono, con su sentido práctico aplastante, me pregunta: "¿Pero es que crees que los adultos leen? Mira las estadísticas de lectores y las de espectadores, hija mía". A veces necesito que me regresen al suelo. 


lunes, 17 de octubre de 2016

el intento de una profesora de literatura por salvar algún alma de poeta


Hoy por fin ha llegado a casa la caja con Cumpleaños número 15. Este libro es mi primer poemario ilustrado gracias a Nacho, que ha dedicado su verano a sumergirse en estos poemas y encontrarles un rostro. 

Desde hacía algo más de un año, Cumpleaños número 15 daba vueltas por la casa. Es un diario poético de una chica de quince años que, mes a mes, se derrama en poemas breves y directos. Es una apuesta que surgió en una clase de literatura, cuando mis alumnos recibían la poesía como algo lejano y extraño a lo que no se podían acercar, algo que, cuando se entendía, no podía ser poesía porque ni rimaba, ni medía, ni generaba una lucha de discernimiento. Esa tarde comencé a fantasear con crear un puente y poco a poco se fueron desgranado los poemas: sencillos, breves, directos. Con imágenes asequibles y juegos de palabras cotidianos, para que cuando los lean puedan pensar que algo parecido podría salir de sus manos, que la poesía no está tan lejos de lo que ya son. Ediciones Torremozas ha hecho realidad esta apuesta algo alocada, este intento de trampolín. 

El resultado me enamora y me aterra. Veo los dibujos de Nacho, que resumen un universo cotidiano en el que caben las gomas milán, los chinos de la suerte y los gorriones, leo de nuevo los poemas -ya con la dulce tinta de imprenta- y no puedo parar de preguntarme qué sentirá ese lector joven cuando se acerque a estos textos. ¿Serán puente o puerta? Tiemblo de pensarlo. 

El día que descubrí que yo también podía escribir poesía me pasé la tarde recitando en mi cabeza, probando palabras, intentando demostrar lo que sentía convocando tormentas -"que se desate la tormenta que llevo dentro", decía-. Cumpleaños número 15 es mi intento de hacer sentir a mis alumnos que también pueden convocar a los poemas, que las palabras no sólo describen el mundo o relatan acciones, sino que pueden definirnos, dibujarnos, explicarnos, convertirse en pregunta y en respuesta. 

Crucemos los dedos, ya os iré contando. 

jueves, 14 de mayo de 2015


Un alumno llega con un ojo morado y se habla de droga y de pérdida de visión y de cosas terribles que hacen sombra por la tarde. Mantengo largas conversaciones, horas de conversación que seguramente no florecerán, pero que necesito para calmar mi espíritu, para tener la sensación de estar haciendo algo, para mentir la sensación de que en el mundo las cosas no van mal. 

A veces me pregunto si vivo en un lugar falso, ideado por mí, en el que sólo acentúo lo bueno y cubro con pañuelos historiados, con papel, las miserias que estropearían el paisaje. Me pregunto si el bien es el bien y si es tan alcanzable como me cuento. Si la belleza es la belleza, si el orden es el orden... De pronto las cosas parecen distorsionarse, como si no tuviesen sentido. 

Amo intensamente, amo cruelmente, hasta ciegamente amo a los culpables, a las víctimas, a los culpables. Y me pregunto si no hay algo raro, roto, inquieto en mí para que este amor no se deshaga entre mis manos. Para que vuelva cada día con la cuenta en blanco, para que rece por las noches con nombres y apellidos como si pasase lista. Me pregunto en un murmullo qué hacemos tan mal los adultos, qué análisis profundo hay que hacer de esta sociedad que abandona a los pequeños al dios dinero, al dios poder, al dios yo. Que los deja completamente solos ante el otro. 

Y el otro es un amigo y es un enemigo y es una máquina que no siente como yo, que no vive como yo, que no me entiende como me merezco. El otro es siempre el otro. 

Siento un frío extraño aunque hay terral. Y pienso en el pastel de zanahoria que haré para la fiesta de Clau, en Mateo, en Nacho que estará preparando la comida, en el ritmo cotidiano al que me acojo siempre como balsa. Enciendo mi paisaje, atiendo a las conversaciones, a las risas, como. 

Nada puede hacer mi incomprensión, sólo acaricia. 

lunes, 8 de abril de 2013

ideas sueltas y la luz


Suena Fabian en la casa y el sol atardece sobre los árboles del zoológico. Casi no se oye nada más allá del sonido de la luz cayendo. He realizado mis tareas. Todo está en su sitio, menos el bolso de la presentación que aún aguarda sobre una de las sillas del comedor para que lo lleve a su sitio. Es uno de esos días en los que hace más frío dentro de casa que fuera y pienso en Andújar y mi pequeño hormiguero de muebles oscuros. En la luz de aquella casa. 

La luz es importante. Me gusta esta hora en la que lo alarga todo y cosas que están lejos se tocan con sus sombras, como si el deseo sólo pudiese realizarse al atardecer. 

Me duele un poco la cabeza después de una tarde de reuniones. He regado las plantas por si eso ayudaba a destensarlo todo y he descubierto nuevos mosquitos comiéndose mis macetas. La parte por el todo. No sé por qué he pensado eso, quizá por la hora de literatura. 

Pienso en Nacho dibujando en Madrid, lo imagino concentrado en su escritorio. Intento imaginar la luz. Entonces pienso en Valle-Inclán, en cómo describe la luz en sus acotaciones. Supongo que es una de esas tardes en que una cosa lleva a la otra y nombres, fechas, hitos kilométricos se van sucediendo en mi cabeza. 

La música amansa a las fieras es mi pensamiento final. 

miércoles, 30 de enero de 2013

pretérito perfecto compuesto


La casa permanecería en silencio, pero boza canta bajito desde el ordenador, dejando al reloj su protagonismo. Yo he ocupado el tiempo. He sido hacendosa y he regado las macetas, he guardado el mantel y he vuelto a recoger la cocina. No me he olvidado del salón y lo he puesto todo en orden. He repasado cada una de las habitaciones. Como estuvimos en ikea, he enmarcado el dibujo que Nacho me ha dejado debajo del sofá y lo he puesto junto a las últimas ilustraciones de Marta, antes de llevarlo a la cabecera de la cama. He escrito un poema. Y he entrado aquí, a abusar del pretérito perfecto compuesto. 

En el colegio odiaba los verbos y las tablas, y todo lo que supusiese estudiar de memoria. A mí me gustaban las cosas que se podían aprender como una historia, las que dejaban un hueco para fantasear o inventar sucesos paralelos. Por eso puedo imaginar a Nacho en el tren, dormido elegantemente con la boca cerrada, o intentando dibujarse fijándose en su reflejo en el cristal. Es la historia paralela que ha empezado a las 17:58. Ahora ya no puedo aprenderlo de memoria, pero puedo rellenar los huecos que se deja. Puedo inventarme en lo que piensa, a dónde va, hacia dónde mira. 

Yo miro los adaptaciones de Mio Cid de mis alumnos agrupadas en dos columnas: las corregidas y las que no. Miro el reloj, me planteo una ducha, escucho palabras de la canción -y salté del vagón a fugarme conmigo-, parpadeo rítmica. Él hace lo mismo. Ha pensado ahora lo mismo que yo. 

lunes, 17 de diciembre de 2012

el triunfo de los cambios


Alargo el café. Estoy vestida y no podemos hablar de lo que hemos soñado. La obra y el reloj marcan el ritmo cotidiano de la casa y hago listas mentales de las cosas pendientes para hoy, es casi un vicio. La ropa tendida, la decoración navideña, la mesa con todas las tarjetas extendidas esperando a ser rescatadas del olvido... todo parece casi igual, aunque falte su ruido y no estemos sentados juntos planeando la mañana. 

El cuerpo acepta muy rápido los nuevos ritmos y se queja cuando vuelvo a los antiguos. Es extraño, yo que temía que me molestase andando entre mis cosas, escucho a la casa llamarlo. Lo hemos aceptado aquí y nos gusta. He redescubierto el triunfo de los cambios. 

Ahora, me lavaré la cara, cerraré la ventana del dormitorio, recogeré el desayuno y me iré sin hacer demasiado ruido, sin haber usado aún la voz esta mañana, a pelearme con las bestias-niños que desean que lleguen ya las vacaciones para poner punto y aparte. Los entiendo. A mí también se me hacen largos estos días de cálculos y evaluaciones. Pero bueno, compensaré los números con lavadores, la espera con proyectos de novela, la ausencia con lecturas.

miércoles, 31 de octubre de 2012

lo desconocido


Me pregunto cómo sería vivir en un mundo en el que todavía quedasen espacios rosas en el mapa. Nacho retoca unas imágenes en el ordenador para un concurso y yo fantaseo con eso, con los espacios rosas en el mapa, porque ayer leí un artículo sobre los territorios imaginarios. Quizá por eso también mandé a mis alumnos hacer la descripción de un sitio que no exista. 

Entonces imagino un mundo en el que no hiciese falta crear otro mundo para que cupiese lo desconocido, sino que contase con determinados rincones que poder colmar de significados y decir: "¿ves? en esta pequeña mancha rosa en el mapa hay en realidad un país donde habitan hombres con cabeza de pescado que hablan cantando" o "¡fíjate! en este rinconcito rosa hay un bosque donde nacen niños de los árboles". Creo que hubo un tiempo en el que todavía se podían desear cosas así para los territorios insospechados. ¿Cuáles son ahora nuestros dragones? 

Nacho frunce el ceño y yo miro las paredes blancas de la habitación. Qué vasto el atlas de todo los soñado, el bestiario de lo que sólo intuimos entre las sombras... Y que se nos olvide que somos capaces de incendiar de contenidos un simple territorio en blanco, ¿qué debe significar? 

lunes, 8 de octubre de 2012

un lunes de octubre, una monotonía cualquiera


De madrugada, tendida en la cama con los ojos abiertos intentando descubrir la primera luminosidad del día, imaginaba que llovía fuera, incluso escuchaba la lluvia. Esperaba que algún coche cruzase la calle para que el ruido de los neumáticos sobre mojado fuese mi mejor señal, pero la ciudad se mantenía en silencio. Sólo podía oír ese aparente manto de agua. Supongo que algún vecino se duchaba más allá de mi pared, porque al abrir las persianas sólo pude ver una niebla gris que recortaba los árboles del zoológico. 

Es lunes y cuento los días hasta el jueves, las horas hasta la tarde del jueves, cuando un tren me acerque a Madrid y todos sus misterios. Me estiro de nuevo y deambulo por la casa con la cara sin lavar hasta que consigo prepararme un café decente. Todo huele a limpio después de la paliza que me di ayer y eso me hace sentirme en calma. Enciendo la lamparita de la mesa del teléfono y el ordenador mientras imagino las noticias del día: importante partido, importantes elecciones... A veces el mundo cíclico pesa más. 

En mi viaje al trabajo asciendo sobre las nubes que se comen la ciudad. El sol me ciega en una curva, los tejados se yerguen bajo el asfalto, los pinos parecen más verdes. Respiro llenando todos los pulmones y descubro que no soy la única que ha pensado que el paisaje merece una fotografía. Ahora todos queremos llevar la belleza en el bolsillo, encerrada en un pequeño aparato, como si pensásemos que nuestra imaginación no podrá recordar todos los detalles. Veo su mensaje en el correo electrónico de antes de salir al trabajo y sonrío complacida. Hoy es todo más lógico. Es lunes. 

Las dos últimas horas las dedico a hablar del arte, de sus función, su significado, su relación con la literatura... El primer grupo está lleno de preguntas y ganas de participar. El segundo prefiere que se lo den todo hecho. Aún así acaban arrancando y, cuando suena el timbre, siento que me han exprimido o vampirizado. Pero estoy feliz. Estoy feliz porque he hablado dos horas de cosas que me gustan, aunque me habría gustado mucho más esta clase con un público adulto. 

Las horas pasan. Hago lo que espero de mí, es decir, cocino, riego, planto unas semillas de encina y de pino en la terraza, recojo la ropa, preparo un té y vuelvo al trabajo. Una alumna me hace reír a carcajadas con una redacción bastante bien hilada y las caras agotadas de mis compañeros me recuerdan que mañana el día será idéntico al de hoy. 

Intento hacerme una idea del día que ha tenido él, de la luz que hay en el estudio cuando yo salgo a un atardecer malva sobre las montañas y el mar. Vuelvo a llenar los pulmones de aire, dispuesta a eliminar la tensión del día de camino a casa. Mastico un poema que he leído en algún sitio, suspiro sin darme cuenta. Las paredes aún están calientes por el sol del día, pero mi casa aguarda en silencio, vacía hoy, con las sillas patas arriba y la penumbra que espera las bombillas. Dejé el té a medias sobre la mesa y eso hace todo extrañamente más real. A veces siento que llego a la vida de otra o me descubro, de golpe, abrumadoramente yo, como ahora. 

martes, 18 de septiembre de 2012

el personaje del escalón


Los comienzos de curso siempre llevan de la mano un incremento de mi vocación de maruja. Así que hago mil cosas en la casa por las tardes. Me vuelvo loca entre lavadoras, paso la aspiradora como si no hubiera mañana, se me ocurren redecoraciones o le dedico tiempo extra a mis macetas. Ayer, entre tanta vorágine de ama de casa, salí a la compra a última hora. 

En un escalón cerca de casa, que por las mañanas es una empresa de ascensores, había un hombre negro sentado al lado de lo que parecía un paraguas malva. Aparentaba tener mi edad y parecía atlético. Imaginé que de pie era igual de alto que yo. Como no puedo dejar que mi imaginación vuele descontrolada, mientras que me dirigía al supermercado, le iba inventando una vida. 

Después, con las compras, me olvidé de mi personaje y me concentré en una canción que no salía de mi cabeza. Como llevaba el pelo húmedo me sentía fresca y relajada. Me había puesto un vestido para marcar la diferencia entre la jornada laboral y mi descanso. Iba absolutamente absorta cuando, al regresar a casa, en la esquina de mi calle, vi a alguien de pie mirando a los lados, como cuando se espera algo. Descubrí emocionada que era el mismo hombre negro del escalón. Miraba su reloj cumpliendo todos los tópicos disponibles y, efectivamente, era sólo un poco más alto que yo y muy proporcionado. Llevaba unos pantalones marrones claros y una camiseta blanca de rayas. Me alegró volver a encontrarme con mi personaje porque quizá recibiese nuevas pistas sobre los motivos de su espera.

Me crucé con él, aguantando las ganas de saludarlo -suele pasarme que, al inventarme la vida de la gente, me creo que ellos me reconocerán como narradora y se me olvida que no saben nada de mí y que no debo hablar con desconocidos-, y me encaminé a mi casa pasando por el escalón. Allí aguardaba el paraguas malva, que resultó ser un precioso ramo de flores. A su lado había una lata de cerveza. Yo había tardado media hora más o menos en comprar y él seguía allí, no se sabe desde cuándo, esperando con un inocente ramo de flores. 

Mi personaje cobró nuevas dimensiones. Imaginé que había comprado la lata aburrido de esperar. Imaginé que ella era rubia y extranjera. Imaginé que pensaría que el ramo era demasiado o una costumbre pasada de moda. Y fantaseé con que me regalasen flores. Me encanta recibir flores y me apena que sea una tradición venida a menos. Sí, definitivamente aquel hombre se había convertido en el héroe de mi día. ¡Qué ironía que una vez en casa lo olvidase por completo! Así de breve es la fama en mi cabeza. 

miércoles, 6 de junio de 2012

a las puertas del verano


Hoy la ciudad había sido engullida por la niebla. Los limpiaparabrisas automáticos se dispararon en cuanto salí de la cochera. Me había despertado saltando a la ducha y pensando en un vestido largo de tirantes, así que durante todo el viaje mantenía la esperanza de que el cielo se despejase conforme comenzase mi ascenso a la montaña. 

Saqué las gafas de sol en una curva adornada por buganvillas que se escapaban de los últimos retazos blancos de nube. Conforme atravesaba el pequeño pueblo desde las alturas, pensaba en aquel viaje a Tenerife con mi familia, cuando al subir al Teide nos sentíamos dioses por encima de las nubes. Quizá hoy trabajo en el Olimpo y el vestido de tirantes no ha estado de más. 

Hace calor y nos movemos despacio por los pasillos. Las clases son silenciosas porque el sopor nos amodorra a todos mientras la luz brilla más allá de los cristales. Sueño con la siesta. Sueño con el mar. Sueño con tenderme con el libro que estoy devorando. Abandonarme. Con la conciencia tranquila porque la novela está terminada, porque la casa está limpia, porque los exámenes están puestos... porque sólo me queda hacerme las paces, declararme una tregua, darme un premio y una plauso. Sobre todo: ponerme morena.

A las puertas del verano me reclamo con mis mejores maneras y me propongo hacer un inventario de milagros. 

viernes, 30 de marzo de 2012

de la cama al café



leo a sabines nada más saltar de la cama. bueno, es mentira. leo a sabines nada más salir de la ducha. falso también. lo leo, quizá, después de desperezarme, lavarme el pelo, acabar la maleta, prepararme un café. sí, es más bien así. preparo el taller literario de tercera hora y leo a sabines pensando hablar de la prosa poética y justificando la necesidad de regalar algunos versos del otro lado del charco. pero mi cabeza huye de los versos al viaje de esta tarde, recuerdo curvas de la carretera, molinos de viento, el color del asfalto. recuerdo cómo te quedas dormido lentamente hasta desaparecer en el asiento. vuelvo al café, a la poesía, a mi casa. pienso en el puzzle que soy, en este juego de letras, conectadas siempre unas con otras, laberinto. acabo el café, selecciono los textos, pierdo la paciencia y recuerdo que aún no me he secado el pelo. 

martes, 14 de febrero de 2012

el hombre que llevaba una orquídea y mi reflexión


imagen cortesía de un amigo

Suena la canción Maybe this time en la voz de Liza Minnelli y yo no he conseguido escribir una sola página hoy.  La verdad es que cuando la melodía empieza a desatarse, todo gana otro glamour que hace empalidecer cualquier preocupación. Recuerdo mi primer año en la compañía de teatro Mamadou, cuando dábamos la bienvenida al cabaret y yo aprendía a andar con tacones. La magia del espectáculo oculta cualquier preocupación señalándola con un cañón de luz. Es impresionante. 

Conduciendo hacia el trabajo, por la ruta alternativa que me hace recorrer caminos sinuosos por el campo, pensaba en retomar este blog, que tengo un poco abandonado, hablando de esa escena cotidiana que de pronto despierta mis instintos noveleros y que, después, no llevo a ningún sitio. No sé si lograré hacer de esto una costumbre, últimamente huyo de todo lo que suene a obligación, me aburre. Pero, por hoy puede pasar. 

Esta tarde, camino de "mi librería de costumbre" -me encanta esa expresión- para buscar los libros con los que premiaremos a los alumnos que hayan escrito los mejores poemas del concurso, me crucé en un paso de peatones con mi personaje de hoy. Era un señor mayor, bastante mayor, de los que ya andan renqueando, pero bien comido, de cara ancha y satisfecha, que portaba, con ojos de niño, una enorme orquídea envuelta en papel celofán. La llevaba con las dos manos, cruzada sobre el pecho, mientras en su rostro se dibujaban las mil historias que se debía ir contando. Estaba claro que planeaba algo, estaba claro que fantaseaba con el momento en que le diese esa flor a su mujer o a su amante o a su nieta. 

Yo reniego de estas fechas en las que hay que hacer cosas por obligación, sobretodo demostrar cariño por obligación. Pero hoy, tres alumnos y este señor me han dado una pequeña lección que no esperaba. No toda la gente tiene la misma facilidad para encontrar el momento exacto para decir lo que sienten, no todo el mundo se siente libre de demostrar su amor en cualquier situación. Y, cuando cuesta trabajo y no sabes cómo decirle a la profe que gracias, se venden rosas más baratas. Y, cuando han pasado muchos años y no sabes cómo recordar los primeros días, venden orquídeas monstruosas en la esquina más arriba de mi librería preferida. 

No lo sé. Yo no voy a comprar rosas ni perfumes ni bombones ni tarjetas, no voy a invitarte a cenar, ni buscaré nuestra canción. Para eso ya tuve ayer y tengo mañana. Pero tengo la sensación de que ellos, algunos, sintieron hoy mejores sus cartas (como los dos chicos de primero que se han intercambiado regalos en silencio y se han marchado sin más) y aprovecharon el tópico instante del comercio para mostrar sus sentimientos. 

jueves, 13 de octubre de 2011

de la terrible autosatisfacción que encuentro en hacer "cosas" de escritor


Bebo lentamente el té mientras corrijo los capítulos que escribí este verano y que dejé sin terminar porque la actividad me sacó de casa. Bebo el té, leo y miro la luz alejarse. Hoy sentada en el sillón rojo para estar más concentrada y más recta. Utilizando mis rotuladores bonitos para corregir, escuchando música que me gusta, haciéndome en este rincón mi casita para jugar a la escritora, como cuando era pequeña y hacía nidos bajo las mesas. 

Nunca me dejo disfrutar demasiado tiempo de esto porque no puedo vivir de ello. Porque después tengo que salir a practicar como seño de lengua y me entristece alejarme de las tazas de café. 

Pero hoy me he dedicado la tarde, hoy que por fin me di permiso para fantasear, me encierro entre mis propias palabras con el ceño fruncido, corrigiendo y corrigiéndome. Feliz por sentirme escritora en mi despacho improvisado, descalza, con el pelo mojado y mi té (pensando en ti de vez en cuando). 

martes, 6 de septiembre de 2011

¿qué es gramática?

Es difícil volver al curso, no sólo porque trabajas, sino porque las horas libres de las tardes se hacen largas y te debates entre ocuparlas como si siguieses de vacaciones o comenzar con la tarea del curso.

Una parte de ti quiere que sea invierno y anochezca a las seis para poder ir a la cama antes. Las demás gritan por salir a la calle, bañarse en el mar, escuchar canciones y leer poemas. Pero es tu mente adaptándose a la nueva situación.

Mi mente me ha hecho llegar a las siete de la tarde del trabajo para trabajar hasta las nueve. Para quemar las horas entre gramática y propuestas de mejora. Pero un amigo lo solucionó con el siguiente vídeo:


gracias a Dios, para eso están los amigos. 

domingo, 4 de septiembre de 2011

sin mudanzas


Después de hablar con Carmen, mientras recogía las sábanas tendidas y maldecía al mosquito que me ha estado acribillando las piernas, he caído en la cuenta de que este es el primer septiembre en cuatro años en el que no ando embalando mis cosas para iniciar una mudanza. Mi primer septiembre sin empezar un trabajo nuevo o una nueva vida, sin la oportunidad de reinventarme a través de los demás. Un mes en el que vuelvo al trabajo a encontrarme con gente a la que ya conozco, gente que sonríe al verme llegar. Y es extraño. 

Quiero decir, calculo que a lo largo de mi corta vida he experimentado unas diez mudanzas, y estos años las he estado haciendo sola sintiéndome nómada y atemporal. Pero ahora, hoy, mientras escucho el sonido del agua, del teclado y del reloj, mientras observo las macetas -esta es la primera casa que tiene tantas macetas sobreviviendo- y pienso en los días vividos aquí... no lo sé, supongo que es un vértigo nuevo. Algo dentro de mí se mantiene en constante cambio, necesita retos y, aunque siempre me siento tentada a caer en las garras de lo más seguro y cotidiano, una vocecita clama siempre por mudanzas, proyectos y cambios. 

Será el primer año que no tenga que aprender el nombre de las calles que transito, no tendré que descubrir la mejor panadería, ni la peluquería que sepa dejarme el pelo como me gusta, los vecinos y sus manías no serán nuevos, ni andaré por las aceras buscando esa señal que indique que voy por el camino correcto. El mapa está ya en mi cabeza. Los rincones llevan mi nombre y me presentan sus cambios. No hay nuevos olores ni nuevos sonidos. 

Acampo en mi hogar, soy mi punto estratégico, mi cueva segura, mi mejor guarida. 

jueves, 1 de septiembre de 2011

feliz año nuevo


Como siempre digo, para mí el año empieza el uno de septiembre. ¿Por qué? Pues porque en enero no me cambia la vida, ni empiezo proyectos, ni me hago propuestas. Cuando yo decido hacer limpieza radical y replantearme de nuevo todo, es en septiembre. 

Este año comienza con cambios. El primero de continuidad: es la primera vez que voy a estar trabajando tanto tiempo en el mismo instituto y eso me da un poco de vértigo. ¿Daré clase a los mismos alumnos? ¿A los mismos cursos? ¿Seguirá funcionando igual de bien el departamento? ¿Podré aplicar los cambios que he ido pensando? Siempre había algo de inmunidad en lo de cambiar de instituto cada año, algo de borrón y cuenta nueva, de mudanza. Y este año no tengo ni eso: mudanza. También será la primera vez que viva independiente en un piso durante tanto tiempo. 

Por otra parte, en septiembre se fallan concursos, se cerrará el proceso editorial de mi próxima novela, espero las noticias de otras editoriales y preparo un poemario con vistas también a la edición. Todo eso me hace sentir en una balsa en mitad de la tormenta. Emocionada y aterrorizada al mismo tiempo. Pero quien no arriesga no gana, ¿verdad? 

Tengo exámenes pendientes, proyectos de viajes, mi cumpleaños, nuestro primer otoño con buen pie, fe, esperanza, clases de acuarelas, recetas nuevas que experimentar, lecturas a la espera... Sí, septiembre. Año nuevo, vida nueva. Y lo que tenga que ser, será. 

martes, 28 de junio de 2011

remedios contra la incertidumbre: mar, dios, literatura


Hace calor y las mañanas se hacen interminables en el instituto aunque Tolstoi me acompañe refrescándome con su prosa. Quizá por eso apetece más que nunca ir a la playa, quizá por eso, aún amodorrada de la siesta, atino a ponerme el bañador, agarro la novela y la toalla y enfilo mi camino como una autómata. 

La orilla está llena de mamás con niños de menos de dos años. Pienso en Leticia y en Juan. Siento cierta envidia porque ellas ya han alcanzado esa felicidad secreta que aún me está vedada. Para solventarlo me sumerjo en el mar mientras unos aviones de cartón sobrevuelan mi cabeza movidos por el viento. 

El agua está limpia. Me veo los dedos de los pies. Decido nadar. Nadar. Nadar. Nadar. Cuando uno nada no es capaz de pensar. O como yo no sé nadar, tengo que estar tan concentrada que no soy capaz de pensar, puede ser esta segunda opción. A cada brazada, la tierra más lejos, yo más lejos, mi mente más limpia. 

Observo el sol perdiéndose entre los edificios y me decido a aprovechar sus últimos rayos para secarme. Me tiendo en la toalla y leo Guerra y paz. Es tan gordo que me resulta incómodo. Pasadas las siete vuelvo a ponerme mi vestido y me dirijo a hacer algunos recados antes de la cena de esta noche. Cruzo por delante de la iglesia del centro, a la que no suelo ir, y escucho la voz del sacerdote de fondo. Por el rabillo del ojo veo que el oficio ha comenzado y me decido a acercarme a escuchar las lecturas. 

Es un hombre mayor y lejano, como no veo bien de lejos me parece entrañable. Al final me quedo también a la homilía, no me atrevo a quedarme más por las pintas que llevo, pero no me arrepiento de haber alargado mi estancia. "¿Pedro me amas? Señor, tú sabes que te quiero". Y ese hombre mayor y lejano explica la diferencia entre filio y agape, querer como amigo y amar con mayúsculas. "Al traducirlo del griego", dice, "nos perdemos lo más importante de este texto". Y por su manera de hablar siento que es un hombre que no se ha cansado de formarse. Admiro a las personas que siempre están dispuestas a aprender algo nuevo. 

Emocionada por la idea del conocimiento, el amor, dios, el mar... Me dirijo a mi librería habitual, y digo habitual porque entro saludando y me conocen y me cuentan y comentan las novedades, los libros que han leído, comento el último que me llevé. Nunca me había sentido tan cómoda al entrar a una librería y para alguien que ama los libros como yo, es reconfortante. Me llevo dos ejemplares de La joven de las naranjas para regalar a mis compañeras de departamento y encargo el libro de Pedro, El beso del fantasma

Después del mar, de dios y la literatura, vuelvo a casa ligera, feliz, limpia. 

sábado, 25 de junio de 2011

quemé una mala costumbre y un deseo


Ando entre la niebla. Las nubes han conquistado la orilla de la playa y la vieja torre se desdibuja hacia el cielo mal iluminada. Escucho, amortiguadas por la bruma, la voz de los adolescentes que se agolpan en pandillas ocupadas en brindis y canciones. Son las doce de la noche y llevo en mi mano un papel doblado. Es la primera vez que he arrancado una hoja de mi moleskine. Recuerdo quemar deseos en la ventana de mi dormitorio de casa de mis padres, sacar a limpiarse en esta noche mis mejores promesas. 

Una luz entre la niebla me indica que hay una hoguera a mi derecha, así que enfilo hacia allá evitando pisar a los grupos de gente sentada. Al acercarme se dibuja la figura de cuatro chicas jóvenes, deben haber terminado bachillerato como mucho, quemando apuntes en un fuego minúsculo. 
 -¿Os importa si quemo un deseo? -les pregunto con media sonrisa pensando en qué estarán haciendo mis propios alumnos. Es irónico ver cómo queman el trabajo de todo un año. 
 -¿Es que se queman deseos? -pregunta una de ellas, ocupada en seleccionar folios, mirándome con los ojos encendidos por la hoguera. 
Asiento con la cabeza y me agacho para arrojar a las llamas mi papel doblado. Al soltarlo me doy cuenta de que lo he estado sosteniendo con demasiada fuerza, como si tuviese miedo de que abriese las alas y escapase de mis manos. Las chicas, agazapadas, continúan a lo suyo. Yo, de pie sobre ellas, observo cómo se va deshaciendo poco a poco mi mala costumbre y mi nuevo deseo. 

No me despido de ellas, están demasiado ocupadas con su tarea. Ahora intento alcanzar el mar. El sonido de las olas tímidas se esconde entre algunas risas, creo intuir que hay gente bailando en la arena mojada. Noto el frío en mis pies y observo más allá. Hay algunas luces tiritando entre la niebla, deben ser otras hogueras. La sensación de que, si ando demasiado o me despisto, apareceré en una playa desierta o habré cruzado a otra dimensión, me inquieta como a una niña. 

Mojarse los pies y lavarse la cara. Me acuerdo de Claudia, ella fue la que me lo explicó. Lavarse la cara para estar guapa un año. Yo me lavo la cara tres veces para deshacerme de todo lo viejo. Quizá ahora empiece un nuevo año, quizá debería cambiar mi fecha de septiembre a San Juan. El agua está templada, si no me diese miedo la niebla, si estuviese sola en esta playa, me sumergiría en el mar. 

Vuelvo, intuitivamente, sobre mis pasos. Seguís sentados en el mismo sitio, no he cruzado a otra dimensión. Reparo en la ironía de que hoy me hayan llamado para publicar Gris y en lo gris que está todo. Me siento junto a ti y descanso un segundo mi frente en tu espalda. Mi primer San Juan, sonrío para mí, y parece que lo hayamos vivido en Londres. 

miércoles, 22 de junio de 2011

ciclos


Elijo vestido para la graduación de mis alumnos. Es increíble que otro curso haya pasado, que otro círculo se haya cerrado y yo siga aquí. El tiempo tiene algo de miserable y algo de genial.

Este año no habrá mudanzas. El año pasado tenía una lista hecha de muebles del ikea que ya había elegido y fregaba los suelos de esta casa porque todavía no había luz como para enchufar la aspiradora. Miraba el futuro con esa mezcla de miedo y emoción del que empieza un nuevo proyecto. No imaginaba cómo serían mis días aquí, cómo serían mis compañeros de trabajo, cómo serían los niños a los que iba a enseñar. ¿Dónde compraría los libros y tomaría café? ¿Quién vendría a cuidarme cuando estuviese enferma o recorrería mis calles de la mano? 

Ahora me preparo para un café con Belén antes de ir al ayuntamiento a acompañar a los chicos de cuarto. Con Belén que era sólo un nombre, como tantos nombres eran sólo palabras y sonidos sin más. La casa y yo hemos acompasado nuestros ruidos y las manías se han ido perfilando entre nosotras. Las estanterías han acogido nuevos libros, la terraza macetas, el armario vestidos. Vestidos como el de hoy, como el que elijo. Como el que voy a ponerme el 22 de junio pensando como una tonta que mañana será mi primer san juan. 

lunes, 13 de junio de 2011

la caja


La música inunda la casa de ventanas abiertas. Salgo a hacer unos recados y me baño en sudor. Quiero comprar una camiseta nueva para sentirme nueva y todas me parecen feas y nada me gusta. Vuelvo a casa deseando estrenar el pincel con agua dentro que me ha regalado una compañera de trabajo. Cojo té helado de la nevera, miro los visillos ondear. La caja de acuarelas la compré en Londres, al lado del museo nacional de retratos, recuerdo sentirme genial gastándome nueve libras en ella. Me cuesta mucho trabajo pintar, es como volver con un viejo amante al que has sido muy muy infiel. Vuelvo a encender la música y el ordenador, busco en la caja de los trastos de por medio y encuentro mi libreta pequeña. Me recojo el pelo y mezclo el color en un plato de metal blanco. Las acuarelas despiertan muchas cosas. 

Recuerdo a don Enrique y su bicicleta, recuerdo la puerta de la iglesia de Zocueca y un pájaro cualquiera, recuerdo calor de agosto y frustración, recuerdo dos hadas de la mano a los pies de un peter abrazado por niños, recuerdo a Gastón y a Sol, recuerdo al dueño del estanco del año pasado, recuerdo las cáscaras de nuez y las ganas de mojar el pincel en el vaso de lo que esté bebiendo. Recuerdo pintarme las piernas por aburrimiento y la mesa de la cocina de mamá y a Juan pequeño. Recuerdo a Marta, todo el tiempo a Marta. Y el suelo de Alcalá y las vistas de la Mota desde la montaña y fresas y cerezas. 

Esta caja pequeña es una extraña caja de pandora y de milagros.