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miércoles, 14 de noviembre de 2018

Calendario de Adviento 2018


Un año más, Nacho y yo preparamos nuestro tradicional calendario de Adviento. A mí, que odio las esperas, me gusta más el Adviento que la Navidad, esa espera llena de esperanza. Siento que, en estos días, Dios, que actúa en lo escondido, va iluminando poco a poco cada recóndito rincón de mí, como si me dijese: "Pon tu pequeñez en fiesta, mujer". Y mi  pequeñez se hace niña y baila, sin llevar cuentas, sin tener miedo, sin guardar rencor. Mi pequeñez se ventila. 

Os dejo aquí el enlace a todos los tamaños del calendario, todos los años colgamos en esa página que gestiona mi amigo Isra (el que se encarga de hacer los retos diarios, gracias, amigo). Ahí colgamos también el Camino de Cuaresma, por si a alguien le interesa. 

Que Dios, que actúa en lo escondido, nos bendiga. 

miércoles, 10 de octubre de 2018


Es otoño y hace más de un año que no escribo. Que no escribo aquí. Reflexionar sobre el momento se ha vuelto innecesario. Los segundos brillan por sí mismos y la prosa no puede encerrar esa luz, porque no lo necesita. Vivir se ha convertido en algo distinto. Mi voz pertenece a un sitio en el que se cocina lentamente y se ama a carcajadas. 

Por eso no vengo, voy a beber a la fuente y con el agua limpia, me baño. 

martes, 17 de octubre de 2017

leer para poner el alma de puntillas


Preparo la infusión en la cocina oscura. Como una bruja voy echando a la cazuela la ramita de canela, el clavo, el regaliz, el jengibre. A la luz roja de la vitrocerámica, abriendo y cerrando tarros mientras los olores se van elevando y el líquido transparente se va volviendo tostado y rojizo. Está nublado y han bajado imperceptiblemente las temperaturas. 

Me preparo mi brebaje porque voy a sentarme con Mónica Rodríguez en el sofá, con su hotel. Voy a escuchar los recuerdos de su suegra. Abro las páginas y casi no llevo dos líneas cuando abandonan una ciudad sin poetas. Tengo que leérselo a Nacho y noto cómo mi alma se va poniendo de puntillas. Porque la literatura hace eso, pone el alma de puntillas. 

Esta semana visito diferentes centros de formación del profesorado para hablar a los maestros y profes bibliotecarios. En las jornadas de biblioteca hablo de literatura infantil y juvenil, de nuestra LIJ, pero no lo hago como escritora. Hablo como lectora entusiasmada y porto una gran caja de libros que voy pasando con confianza -y pánico feroz por si alguno de mis amigos se pierde en un bolso o se cae entre los asientos o nunca vuelve. Descubro miradas emocionadas, cómplices, de amantes de los libros, que tocan y hojean, con curiosidad. 

Descubro también maestros y profesores que no leen. Que no tienen tiempo en la vorágine de sus vidas para la literatura. O por lo menos no tienen tiempo para los libros que recomiendan a sus alumnos. 

Regreso a casa extrañada, con el sabor agridulce de una mañana en la que he sido feliz hablando de lo que me apasiona, pero en la que he descubierto que no podemos contagiar la enfermedad que no tenemos. La frase "No me gusta leer" se me llena de matices. 

Por eso hago mi infusión sin dar la luz. Por eso cojo a Mónica de la estantería como quien acude a una amiga para compartir un secreto, para recuperar la fe. 

Cuando se lo cuento a mi madre por teléfono, con su sentido práctico aplastante, me pregunta: "¿Pero es que crees que los adultos leen? Mira las estadísticas de lectores y las de espectadores, hija mía". A veces necesito que me regresen al suelo. 


lunes, 13 de marzo de 2017

hablemos


Hace tiempo que una idea me viene dando vueltas a la cabeza. Es una idea que todavía no tiene su forma definitiva, que gira sobre sí misma sin terminar de alcanzar nitidez. Nace, quizá, de conversaciones con amigos, de películas, de lecturas... Nace un poco de todos sitios e intento verla con claridad. 

Este fin de semana nos animamos a ver la película La la land de la que todo el mundo hablaba con verdadera pasión y la idea que me había estado persiguiendo apareció de nuevo. Al ver esa pareja que se descomponía en la búsqueda de un proyecto individual, estirándose cada uno para rozar con las manos su sueño, sin hablar, sentí que una gota había colmado el vaso de mi idea. Estoy cansada de ver en el cine, y en la vida que me rodea, a parejas que no hablan. Que dan por sentado, que esperan que el otro entienda, que asumen que el otro lee en ellos con claridad. Puede que por eso la película me pareciese la muestra perfecta de una pareja que no tiene un proyecto de vida en común porque ni siquiera se ha detenido a hablarlo, a preguntarle al otro si en el futuro que sueña hay un espacio para dos. 

El amor romántico que llena de patrones los rincones del mundo con sus escenas de película, no es cierto. No dudamos, cuando nos sentamos delante de la pantalla a ver naves espaciales, de la ficción. Y en cambio asumimos sin filtrar como imagen de la realidad las relaciones que vemos desde nuestro sillón. 

Hablemos. Hablemos de sueños y necesidades. Hablemos de lo que me molesta cuando me molesta, no cuando he convertido una semilla en maleza. Hablemos de lo que nos hace felices, de lo que deseamos. Hablemos. Mirándonos a los ojos. Sin miedo de que la verdad aleje al otro. Porque quizá la verdad esté cargada de distancia y sea una distancia sana, un te quiero pero no lo suficiente como para compartir un plan de vida contigo. Porque a veces hay que decir adiós, sin aferrarse luego a recuerdos de lo que podría haber sido, ya que elegí que no fuera. El amor es sincero. Hablemos. Para poder corregir, pactar, revisar, construir, demoler. Para que ninguno tenga que ser intérprete del otro. Para que no haya un discurso debajo del discurso cargado de reproche y anhelo. Hablemos. 

Hablemos como el día en que se inventó el lenguaje, con esa libertad, con esa confianza. Hablemos con ternura y con verdad, sin llevar cuentas porque no haga falta. 

No es romántico mirar al pasado para llenarlo de "y si...", de "podría haber sido", de "quizás". Lo que existe es un presente para construir, para elevarnos sobre nosotros, para perfeccionarnos a través de la palabra y la acción. Y en ese presente hay que asentarse, con las manos unidas, con la mirada limpia, con la voz valiente para decir hablemos. 

No es romántico que el otro tenga que entenderlo todo, no es romántico que uno decida por los dos, no es romántico un sacrificio silencioso porque imagino tus necesidades y las suplo antes de que hables. Lo romántico es mirarse y poder decir lo que se piensa porque hay un puente de comunicación más seguro que cualquier corriente. Porque se piensa sin doblez, con confianza, con transparencia. 

Así que me da igual que bailen o que canten, que sean príncipes o princesas, que se conozcan en una librería o que lleven juntos desde los quince años. Antes del beso, hagamos la palabra. 


Nota al pie: tras un largo debate, aclaro que utilizo romántico como sinónimo de cariñoso o gesto de amor bueno y sano. 

martes, 7 de marzo de 2017

el fondo está al principio



Escucho a Maydiremay. Hoy hace tarde de mayo y los árboles lucen quemados por el sol más allá de los cristales. Nacho se pelea con el ordenador y yo fantaseo recordando cómo nos conocimos, en aquel tiempo donde las personas eran metáforas y la palabra construía realidades paralelas. Aquel tiempo del pensamiento sin acción. 

Tengo la mesa llena de papeles que gritan, pendientes, y el espíritu repleto de ideas para novelas y poemas. Pero una pereza feliz se alza sobre todo el ruido y me trae aquí, a escuchar a Mariano mientras el mundo se convierte sólo en sonido. 

A veces los proyectos se enredan como mi caja de ferrero llena de hilos, y una fuerza paralizadora se extiende convirtiendo el futuro en fotografía, en imagen fija. Haciendo incluso que la lectura no resulte tan gratificante como solía, que Pedro Salinas viaje en mi bolso de trabajo sin verme leer sus cartas. 

Pueden ser los viajes, las pelusas de la casa, las macetas o la ropa tendida, quizá las clases desafortunadas, el café descafeinado o la sensación, a veces, de que por mucho que me alce de puntillas, el muro sigue ocultando mi visión. Sea como fuere, quiero escribir y no escribo, quiero leer y no leo, quiero coser y no coso. 

Aunque sí que coloco los armarios, observo las librerías, imagino lámparas, compro fruta, paseo, me deshago con un capítulo más de Se ha escrito un crimen, me acerco cada noche a decirle a Amadís palabras al oído. 

Quizá vivo un tiempo de fantasear con caballeros andantes, un tiempo de mirar a Nacho mientras duerme, un tiempo de amanecer con la luz y sólo ser. Un tiempo en el que el fondo está al principio, de ser hacia fuera. De dejarme sorprender, sin sorprender a nadie. 

Soy público. Os escucho hablar por la calle mientras camino. 

martes, 22 de noviembre de 2016

diluvios


Hay una luz gris en la casa, una luz de final de tarde desde que amaneció, una luz que es azul merienda. Llueve fuera y tintinean las gotas en la barandilla de la terraza como si quisiesen captar nuestra atención mientras dormimos o nos lavamos los dientes o trabajamos en el despacho acompañados del ronroneo de los ordenadores. 

Llueve y las botas salen del armario para colonizar charcos. Me pongo vestido porque cuando llueve odio llevar los bajos de los pantalones mojados. Miro las gotas congeladas en el cristal, contemplando la niebla. 

Ha llegado un señor vestido de invierno a nuestra ciudad y su capa es de aguacero. Me lo imagino vestido de gris con un sombrero azul marino. Lleva gafas empañadas y busca agachándose para mirar a través de los cristales de las casas, todas con la luz encendida. La lluvia siempre siente curiosidad por la vida que se celebra en las habitaciones cuando ella campa por el mundo. 

Las rutinas cambian casi imperceptiblemente, el tiempo se alarga y siempre son las ocho de la tarde. Se preparan tés, se desdoblan mantas de sofá, las novelas de misterio susurran desde las estanterías y los rotuladores se mueven nerviosos en el lapicero como si supiesen que va a pasar algo. Se encienden los hornos y se perdonan lavadoras con alegría. 

Me gusta terriblemente la lluvia. Despertar y enredarme en las mantas hasta alcanzar a Nacho, que está mucho más espabilado que yo. Hacer la magia del café que inunda las habitaciones y sentir que nuestra casa es un palacio seguro, lleno de magia poderosa, que va a mantenernos a salvo del imperio de la humedad que asola la calle. Me siento como un oso que retoza en su madriguera esperando ivernar. Busco la miel e imagino chimeneas en las velas. 

Es raro este escenario en esta ciudad, así que miro los árboles del zoo recortados contra las nubes y me imagino complicadas danzas de lluvia hechas por lemures. Lo aprovecho, invitando a un jersey a unirse a mi fiesta de la tormenta. 

lunes, 21 de noviembre de 2016

calendario de adviento 2016


A veces uno siente la tentación de abandonar, de no perseverar. Entonces llegan los demás -que son unos pesados- y le recuerdan que debe poner sus dones al servicio del reino. Una, que se cree la reina de su casa, se encuentra haciendo malabares con las obligaciones y se descubre dando gracias a Dios por un marido que abandona sus trabajos para aportar su grano de arena. 

¡Gracias, amigos, por tirarme de las orejas! Pedid y se os dará, tarde cuando me toca dar a mí, pero se os dará. 

lunes, 14 de noviembre de 2016

mi atranque como lectora y la buena de Agatha



No sé lo que me venía pasando desde el verano, pero andaba bastante atrancada con la lectura. Perezosa. Leía cada noche un fragmento del bendito Amadís -voy ya por la segunda parte y no puedo esperar más a la boda-, pero no sentía ese deseo de las largas tardes de enredarme en un buen libro y dejar que el tiempo volase por encima de mi cabeza. 

Mi apatía de lectora no se salvaba con la poesía, ni con la literatura infantil, ¡ni con la literatura juvenil! Ni siquiera con la literatura fantástica -mi salvadora siempre-. Leer era andar contra el viento con ruido en los oídos. Prefería bordar, si tenía tiempo. Prefería incluso ver la tele, con todo lo que la aborrezco. 

No sé si culpar de esta sequía lectora a las maratones de escribir que me pegué durante la primavera y el verano, pero quizá no vaya desencaminada la flecha que vuela hacia esa diana. A veces han gritado tan alto las historias que hay dentro de mí, que me dejan sorda durante un tiempo a las aventuras que quieren contarme los demás. 

En esta búsqueda perezosa de un libro salvavidas -es hora de confesar que me producía hastío hasta mirar las estanterías-, recordé que me quedaban por leer dos volúmenes delgados que Nacho me había regalado la navidad pasada. Celebramos el día de Reyes poniéndonos un tope económico para no fundir todo nuestro capital en libros y él decidió, el año pasado, que me sorprendería mucho más comprando libros a buen precio que pudiesen crear una montaña considerable sobre la mesa. Encontró una oferta en novelas de Agatha Christie y me inundó una balda de la estantería. ¡Bendito seas, marido iluminado! 

Ya durante la vorágine de encuentros con lectores del febrero y marzo pasados, la buena de Agatha se convirtió en mi lectura de hotel, en mi compañera de viaje, ayudándome a conservar la poca cordura que una experiencia tan desquiciante como la promoción literaria es capaz de arruinar. Por eso quizá volví a ella hace unas semanas, dispuesta a quitarme de encima la maldición antilectura que me tenía amargada. 

Devoré en una tarde La casa torcida -para mi gusto la mejor de la selección de sus novelas que me hizo Nacho- y dos o tres días se llevó consigo La muerte de Lord Edwarg. Estoy muy segura de que en todo este proceso de salvación ayudó la reposición de Se ha escrito un crimen en la televisión y un incipiente resfriado, pero, ¡qué demonios!, Agatha Christie ha sido como descorchar una buena botella de champán. Sus novelas rápidas, pobladas de nombres, llenas de equívocos que te hacen sospechar de cada uno de los personajes para arrojarte a las carcajadas más agradecidas cuando al final descubres que el asesino era el hermano secreto del primo tercero de la víctima que vuelve tras años viviendo en otro país o algo aún más descabellado; sus novelas de párrafos fluidos, escenarios levemente perfilados, detectives franceses y señoras perspicaces han sido como una resurrección. 

Después de estos dos, han caído ya tres libros y tengo otros dos a medias -uno en el bolso del trabajo, otro en la mesita de noche-. Ahora, eso sí, lo confieso, últimamente tengo el corazón detectivesco, porque me apetece más leer cómo se resuelve un crimen que embarcarme en cualquier otro tipo de aventura, por muy entretenida que sea. 

Para todo hay rachas, imagino, así que ahora juego con la lupa, me llevo a la boca la pipa y tomo mucho té, sabiendo que tarde o temprano caeré de nuevo en las garras dulces de Camilleri para ser de nuevo el Comisario Montalbano -mi detective favorito donde los haya, pero como me arrastra a beber vino, comer pasta e inflarme a café, me ando resistiendo todavía un poquito-. 

¡A leer! 

lunes, 7 de noviembre de 2016

comer y amar



Siempre me han gustado los mercados, esa explosión de colores y olores llenos de promesas que parecen querer atraparte. Hace más de un año, quizá casi dos, que Nacho yo decidimos abandonar las compras en los grandes supermercados. Quizá la palabra abandonar sea demasiado exagerada, quizá venga mejor la palabra reducir. 

Una mañana de sábado descubrimos el placer de peregrinar de la frutería a la carnicería y de allí a la pescadería y la panadería. Hay un dibujo en la ciudad trazado por nuestros paseos para hacer la compra, acompañados del carro o las bolsas de tela que guardamos en los bolsos. Es como una suerte de camino iniciático en el que nos vamos entregando a la idea de los platos que realizaremos con todos los tesoros con los que nos vamos haciendo. Recorremos las calles hablando de posibilidades, entramos en los negocios dejándonos sorprender por la belleza de un atún recién traído, por la maravilla de un gigantesco pan de pueblo o el color de una berenjena gigantesca. 

Me gusta el sonido de cueva que dibujan mis manos en el saco de las nueces cuando intento agarrar grandes puñados y la ilusión casi infantil cuando llego a la frutería y deseo comprar las piezas por sus brillantes colores o por sus texturas. Hay un algo festivo en comprar especias al peso, en desechar las bolsas de plástico para llevar a puñados los tomates, los plátanos, las espinacas abrazadas al pecho. Hay un algo de triunfo cuando volvemos a casa con la imaginación repleta de recetas posibles. 

No somos exagerados. Compramos lo que vamos a consumir y no malgastamos el dinero en mil chirimbainas que luego dan vueltas por el frigorífico. Últimamente nos encanta la cocina de aprovechamiento que tan originalmente desarrollaron nuestras abuelas y bisabuelas. Nos encanta que un puchero dé para croquetas y también para sopa. 

Nacho se ha convertido en un cocinero genial que utiliza las frutas y verduras solteras del frigorífico para hacer pollo al curry, consiguiendo que todos los invitados repitan. Cuando vuelvo a casa del trabajo, voy imaginando qué habrá mezclado en los fogones, si habrá seguido alguna de las ideas que tuvimos o habrá inventado algo nuevo -mezcla de dos recetas que olvidó, porque no tiene memoria gastronómica, pero sí mucha intuición-. 

Hemos descubierto una forma especial de amar que sucede en la cocina. En estar los dos pelando fruta con la cebolla al fuego, en hacer un zumo, en charlar mientras fregamos los platos o colocamos la compra en la despensa. Hay en la comida una forma de decir te quiero que ataca a los instintos más básicos del cuerpo. Por eso a veces, antes de dormir, le digo que lo quiero chocolate o arroz con leche o jamón serrano. 

Y él me entiende, porque viajamos y visitamos museos y supermercados, parques y restaurantes con la misma devoción. Me entiende porque cuando hace una receta a mi manera o me espera liando croquetas si llego de noche por culpa de una reunión en el instituto, me está diciendo también te quiero.  

lunes, 24 de octubre de 2016

el día de las bibliotecas



Las mudanzas siempre tienen algo de difunto y algo de resurrección. Recuerdo aquella mudanza adolescente, cuando creí que el mundo iba a acabarse y guardé mis tesoros en una única caja de cartón. Repartí una herencia de juguetes entre mis amigas, lloré desconsoladamente como un alma atormentada y copié direcciones postales para escribir cartas. 

Aquel primer verano no tenía amigos que me invitasen a sus piscinas y las tardes se hacían largas y eternas. La biblioteca de ese nuevo pueblo fue mi salvación. Abrían a las cuatro de la tarde. Yo iba en el calor de la siesta, buscando las calles más estrechas y las sombras de los balcones. Llegaba junto a la estantería llena de literatura juvenil y me sentaba en el sillón verde y polvoriento que había debajo. Iba en orden por las baldas. Cada día leía uno de los libros en la biblioteca y me llevaba otro para leerlo en casa. 

Había de todo. Libros encantadores, pero también otros predecibles y aburridos que ni siquiera me preocupaba en acabar. Me molestaban los temas tremebundos de anorexias, embarazos no deseados, droga y destrucción con los que nos bombardeaban en los noventa. Esas historias quedaban olvidadas rápidamente y me dejaba seducir por novelas de misterios, romances imposibles, visitas a pueblos de la infancia, circos terribles y sombras en la noche. 

Aquel primer verano la biblioteca fue mi cueva particular, mi espacio seguro, mi refugio. Después conseguí amigos y acudía a las bibliotecas a estudiar, a trabajar en un artículo que se me atragantaba, a concentrarme. Amo el silencio de las bibliotecas, los susurros quedos de los que se acercan para charlar justamente porque está prohibido. 

El tiempo me ha regalado conocer bibliotecas increíbles y bibliotecarios amigos. Ahora tengo la suerte de vivir al lado de una biblioteca que a veces utilizo como centro de operaciones cuando necesito alejarme de todo para adentrarme en una novela. Me gusta colocar los libros que han abandonado su espacio, poner derechos los que están torcidos, visitar las mesas de novedades o las propuestas temáticas según el mes del año. Me gustan los catálogos de las bibliotecas y mirar en la ficha del libro cuántos antes de yo han sido presas de la misma historia. Sobre todo, me encanta encontrarme en las bibliotecas y ver las fechas en los que los lectores se han tropezado en mi historia. Es como recibir el mensaje de un náufrago en una botella de cristal. 

En el día de las bibliotecas, felicito a todos los ratones como yo. ¿Cuáles son vuestras historias de biblioteca? 

jueves, 20 de octubre de 2016

así bordaba, así, así


Recuerdo a mi abuela intentando enseñarme, en un paño blanco, a trazar líneas de puntadas con limpieza. Recuerdo sus manos y el dedal brillante que acompañaba al hilo como una fortaleza desgastada. El tiempo parecía hacerse denso entonces, pesaba sobre mi inquietud de niña que ansiaba tenerlo ya acabado, que quedase bien, que fuese hermoso, que no costase tanto. No profundicé porque soy fullera. Lo quiero todo rápido y ya. 

Esa misma fullería -o quizá la pereza, o un monstruo más hambriento que se llama Hazloluego- me asaltó hace dos verano cuando tenía entre las manos la última novela en la que había estado trabajando. Me había prometido a mí misma releerla y corregirla al menos tres veces antes de enviarla a la editorial. Cuando ya le había dado dos vueltas, ese inmenso borrador encuadernado comenzó a cambiar de sitio en la casa, trepando por muebles para ponerse a la vista, rugiendo con el ventilador, tratando de atraparme. En mi desesperación por escapar de esa tediosa tarea, recordé a la chica que bordaba en el tren de Suecia. 

¡Con qué velocidad descubrí que me enamoraban tanto las mercerías como las papelerías! Arrastré a Nacho a una búsqueda del tesoro por la ciudad para lograr bastidores, hilos y telas que despertasen mi imaginación. No sabía qué quería coser -no sabía coser-, pero elegía los colores más brillantes, más alegres de la torre de cajones diminutos. Asaltamos Teseo buscando un libro con alguna instrucción que aclarase mi ventolera y volví al sillón bajo el ventilador para ofrecer a la labor en sacrificio mi siesta. 

Bordé "Ir y venir" con hilo azul. Después guardé todo en un bolso de tela que me acompañó por el verano y cosí "Vuelve", en Candeleda. Casé los trenes con la aguja, busqué tijeras historiadas, obligué a Nacho a dibujar en tela, escribí con hilo fuerte "Valiente" y "Audaz". Le regalé a mi hermano una tela de flores de otoño con unas letras amarillas que rezaban "Ya no pienso en ti", para que pensase un poco más en sí mismo. Bordé a Clau y al Rey Tonelli y mi versión del Castillo en el aire. 

La tela es una pregunta más violenta que la de la página en blanco. Sobre negro una tetera, unas flores sin acabar, un cactus. En la lana coronas de Navidad, en los botones constelaciones. "Reiniciar" en primavera. Pájaros, hojas, Hoy. Siempre quiero acertar con lo que bordo. 

Bordar es meditar en esta nueva mujer que vengo siendo. Me siento con la caja de Ferrero Roché de la Navidad pasada llena de hilos y marcapáginas. Entonces existo en el ir y venir de la aguja, soy completamente consciente de ese momento. O escucho mejor, cuando ponemos la radio. 

Después me preguntan qué hago con los bordados. 

Para mí bordar es como la poesía, como la pintura, como la música. 

Colecciono en un cajón esas labores que nacen para ser en un momento y luego no saben cómo justificar su existencia. Las regalo a quien las pide, las olvido. 

La utilidad me parece una forma muy sutil de ensuciar el bordado que podría hacer la máquina del centro comercial. Bordo porque es inútil y me hace feliz. Porque es otra forma de alcanzar brevemente la belleza. 

martes, 18 de octubre de 2016

cambios


Estos días estoy volviendo a retomar Trampas y cartón. No sé si porque el otoño trae consigo ganas de contar o porque es una manera tan buena como otra de escapar de mis compromisos literarios -cada uno procrastina como quiere-. Lo cierto es que me apetecía volver y reflexionar sobre lo cotidiano, lo pequeño, esas cosas. Pero después de publicar dos entradas, comencé a sentirme inquieta con el aspecto del blog. 

Las imágenes en blanco y negro ya no me representaban. No parecían acordes con esta casa de luz, con las tardes de bordado y los cafés con leche, con las flores del puesto de la plaza. Necesitaba otro color. Necesitaba color. 

Así que ayer comencé a bordar con prisa y a la carrera la nueva cabecera, reutilicé algunas de las imágenes de mi cuenta de Instagram y cambié mi imagen de perfil y el poema del margen. Ha sido como hacer una buena limpieza. Ahora, cuando me asomo a mirar, se respira mejor en este espacio. Dan ganas de hacerse un té y leer sin prisa. Por lo menos a mí me dan ganas de escribir sin prisa. 

Ahora me cuento que quizá eran esas fotos antiguas las que me desanimaban al pensar en retomar el blog, pero sé que decir eso es una mentira. Soy perezosa y me aburro de los proyectos a largo plazo. Además la vida ha irrumpido con tanta fuerza en mí, que a veces la palabra sucede demasiado despacio. Contemplo y no describo. Experimento y no cuento. Son cambios sustanciales en mi manera de existir. Cambios felices que me traen de nuevo, reposada o no, a tentar la suerte con este nuevo intento de registro de memorias y experiencias. 

Quién sabe en qué quedará. Por lo pronto, esas letras de punto partido en un buen azul me alegran. 

lunes, 17 de octubre de 2016

el intento de una profesora de literatura por salvar algún alma de poeta


Hoy por fin ha llegado a casa la caja con Cumpleaños número 15. Este libro es mi primer poemario ilustrado gracias a Nacho, que ha dedicado su verano a sumergirse en estos poemas y encontrarles un rostro. 

Desde hacía algo más de un año, Cumpleaños número 15 daba vueltas por la casa. Es un diario poético de una chica de quince años que, mes a mes, se derrama en poemas breves y directos. Es una apuesta que surgió en una clase de literatura, cuando mis alumnos recibían la poesía como algo lejano y extraño a lo que no se podían acercar, algo que, cuando se entendía, no podía ser poesía porque ni rimaba, ni medía, ni generaba una lucha de discernimiento. Esa tarde comencé a fantasear con crear un puente y poco a poco se fueron desgranado los poemas: sencillos, breves, directos. Con imágenes asequibles y juegos de palabras cotidianos, para que cuando los lean puedan pensar que algo parecido podría salir de sus manos, que la poesía no está tan lejos de lo que ya son. Ediciones Torremozas ha hecho realidad esta apuesta algo alocada, este intento de trampolín. 

El resultado me enamora y me aterra. Veo los dibujos de Nacho, que resumen un universo cotidiano en el que caben las gomas milán, los chinos de la suerte y los gorriones, leo de nuevo los poemas -ya con la dulce tinta de imprenta- y no puedo parar de preguntarme qué sentirá ese lector joven cuando se acerque a estos textos. ¿Serán puente o puerta? Tiemblo de pensarlo. 

El día que descubrí que yo también podía escribir poesía me pasé la tarde recitando en mi cabeza, probando palabras, intentando demostrar lo que sentía convocando tormentas -"que se desate la tormenta que llevo dentro", decía-. Cumpleaños número 15 es mi intento de hacer sentir a mis alumnos que también pueden convocar a los poemas, que las palabras no sólo describen el mundo o relatan acciones, sino que pueden definirnos, dibujarnos, explicarnos, convertirse en pregunta y en respuesta. 

Crucemos los dedos, ya os iré contando. 

viernes, 14 de octubre de 2016

los rituales del otoño que llega y no


Esta mañana, al despertar, entraba en la casa una luz naranja, perezosa, de bostezo entretenido, que daba un aire mágico a los muebles del salón y a los libros. Era como si el dios del otoño hubiese entrado unos segundos a curiosear nuestras estanterías y se hubiese posado, ave cálida, en nuestro universo de viernes. 

Siempre me ha gustado el otoño. Es mi época preferida del año. Salir del asfixia y del tirante para rescatar la media manga, el zapato cerrado que destierra a las sandalias o las noches que piden una chaqueta en la costa. Es cierto que aquí, en el territorio del mar, es difícil ver un árbol que pierde sus hojas y que el cambio de estación se nota en la fruta; pero esta semana ha llovido y las nubes siguen salpicando el cielo. 

Ese paisaje plomizo consigue que cuando un rayo de luz se escapa, luzca con más fuerza, con una entereza casi roja, al señalar el mundo. Cazaría esa luz de otoño y la encerraría en un frasco en la despensa. Con esta luz apetece hacer un bizcocho y cocinar platos de cuchara, apetece acercarse a la frutería a por calabaza o tomar un té mientras la tarde se va desgranando en nuestra casa. 

Me hacen tan feliz las costumbres del otoño... Ponerme la bata sobre el camisón después de la ducha de la noche, buscar unos calcetines porque los pies se me quedan helados con las chanclas de andar por casa, poner la manta en la cama -sólo en mi lado para que Nacho no se pase la noche sudando-, encender el horno para todas esas recetas que han estado aguardando durante el verano... Los rituales del otoño son como besar después de mucho tiempo. 

Y aunque no haya un bosque en el que perderse para recolectar los frutos de este tiempo o para coleccionar hojas marrones, amarillas y rojas, aunque escriba este texto en con sandalias en los pies y continúe bebiendo agua fría, todo mi cuerpo celebra el otoño en la costura, en la creatividad y en la comida. 

lunes, 10 de octubre de 2016

la belleza está en la luz

La belleza está en la luz. Estaba mirando imágenes en pinterst y me he dado cuenta de que selecciono como especialmente hermosas aquellas en las que la luz es la protagonista. Entonces, me he dicho, la belleza debe de estar en la luz.

"Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas" (Jn 8, 12). Recordaba directamente las últimas catequesis con la luz como protagonista. Recordaba también la idea de la belleza como redención. Aquellos años de búsqueda feroz de la belleza como puerta de escape en un mundo tormentoso. Oscuro. La belleza como luz.

Y, ahora, la belleza como un todo, un continuo, como la luz de medio día, no como ese último rayo de la tarde. No la luz dramática que busca esa belleza explosiva, desgarradora. No. Una luz posada en lo sencillo, en lo pequeño, en lo cotidiano. Y en esa luz, el rayo de la tarde ya no duele, porque ¿cómo se puede quemar lo que ya está ardiendo?

sábado, 31 de octubre de 2015


Me gustan los sábados por la mañana. Como a todos. Me gusta que Nacho suba la persiana y la luz entre hasta la almohada con pereza. Escucharlo trajinar por la casa hasta que vuelve a sacarme del remoloneo, del sopor, y yo le pregunto si salimos a desayunar fuera. 

Creo que la comida que más disfruto del día es el desayuno. Vienen a mi cabeza todos esos bufes libres de los hoteles, esos despliegues de bollos y zumos, de fruta y cereales. Me encanta pedir un café con la leche fría. Esperar mis tostadas, imaginar qué pan tendrán en cada cafetería. 

Los sábados por la mañana el tiempo pasa de forma distinta si madrugas. Sólo encuentras algún jubilado que ha ido temprano a hacer la compra y que sonríe satisfecho por haber escapado de todas las colas que se harán conforme avance el día. Puedes escuchar tus pasos los sábados por la calle. Nosotros llevamos el carro de la compra y los ojos alegres de los que saben que van a darse un banquete antes de cargar las bolsas. 

Esa peregrinación de la cafetería al supermercado, del supermercado a la frutería, de la frutería a la carnicería, es milagrosa. La gente que madruga los sábados tiene cierta complicidad amable. Te cobran el café con confianza, te arreglan el pescado con paciencia, lentamente, primorosamente, te dejan acariciar la fruta, seleccionar las verduras, comer una almendra, te comentan las recetas de las albóndigas o te aconsejan un truco que no sabías. Los mañaneros son un club secreto, una alianza. Sonrío y respiro la camaradería de las primeras horas, sobre el traqueteo del carro y las anécdotas. 

Así, Nacho y yo volvemos a casa fantaseando con lo que vamos a cocinar, con lo que vamos a leer, con nuestros tópicos cotidianos, hasta que el frigorífico parece preparado para fiestas y la despensa llena nos observa interesante. 

Me gustan los sábados por la mañana. Aunque me tenga que tomar una infusión de regaliz para digerir los churros que pidió mi valentía. 

martes, 20 de octubre de 2015


¡Qué manera de no cumplir mi palabra! Parece que cada vez que me hago el firme propósito de retomar este blog, lo dejo de lado durante meses. ¿Será algún tipo de maldición antigua y profunda? Seguramente.

Hay momentos en los que creo que tengo algo que decir y estoy tentada a venir aquí a compartirlo, pero entonces una gran pereza me lo impide y acabo tomando nota en uno de mis cuadernos. Otras veces me encuentro esta página en blanco y no sé qué contar, como si nada fuese lo suficientemente cotidiano o genial como para relatarlo. Imagino que es algo que sucede cuando dejas de ser personaje secundario para convertirte en protagonista, o cuando abandonas la voz de narradora para experimentar el mundo tal y como viene, sin juzgarlo, sin describirlo. O a lo mejor es simplemente lo que he dicho antes, pura pereza.

Hoy el cielo está nublado y en el tendedero aguanta un calzoncillo valiente, que se recorta negro contra el horizonte en movimiento. Nacho se ha quedado dormido, ha sido irresistible, y yo paseo escuchando música por el ordenador, rodeada de pilas de libros y libretas, de apuntes para poemarios, de novelas por corregir y posits con extraños dibujos que ya no recuerdo para qué servían.

Es sorprendente todo lo que se puede acumular en un solo escritorio. Intento mantener el hueco para los brazos libre, mientras esquivo billetes de tren, restos de papel estampado, pinceles, gramáticas y acuarelas. Afortunadamente,  hace un rato he podado las tazas de café que habían ido creciendo junto a la lámpara pequeña que casi nunca prendo.

En un frases más me  haré un té de regaliz y pensaré en lo humano y lo divino mientras espero que no me queme la lengua. Fundamentalmente pensaré en cómo justificarme para no hacer nada de provecho esta tarde y, a la vez, hacer algo provechoso.

Últimamente me apetece más pintar que escribir. Pintar que corregir. Y por eso agarro las ceras de colores que compré el año pasado y garabateo en mi cuaderno tendederos, flores, palabras... durante horas. Creo que les estoy cogiendo el tranquillo, aunque soy sincera conmigo y asumo que son otra ventolera más que sumar a mi ruleta de actividades. Ahora, podré añadir las ceras a las acuarelas, las novelas, los poemas, la lectura, los pasteles y los bordados. Así saltaré de un templo al otro, escapando del aburrimiento de la repetición (que es el monstruo que más miedo me da por las tardes).

Respiro y acaba una canción. Mañana volveré a la universidad para hablar de mis novelas. Este tema tiene más ritmo, chascan los dedos, es percusivo. Mejor bailo y os dejo.

jueves, 14 de mayo de 2015


Un alumno llega con un ojo morado y se habla de droga y de pérdida de visión y de cosas terribles que hacen sombra por la tarde. Mantengo largas conversaciones, horas de conversación que seguramente no florecerán, pero que necesito para calmar mi espíritu, para tener la sensación de estar haciendo algo, para mentir la sensación de que en el mundo las cosas no van mal. 

A veces me pregunto si vivo en un lugar falso, ideado por mí, en el que sólo acentúo lo bueno y cubro con pañuelos historiados, con papel, las miserias que estropearían el paisaje. Me pregunto si el bien es el bien y si es tan alcanzable como me cuento. Si la belleza es la belleza, si el orden es el orden... De pronto las cosas parecen distorsionarse, como si no tuviesen sentido. 

Amo intensamente, amo cruelmente, hasta ciegamente amo a los culpables, a las víctimas, a los culpables. Y me pregunto si no hay algo raro, roto, inquieto en mí para que este amor no se deshaga entre mis manos. Para que vuelva cada día con la cuenta en blanco, para que rece por las noches con nombres y apellidos como si pasase lista. Me pregunto en un murmullo qué hacemos tan mal los adultos, qué análisis profundo hay que hacer de esta sociedad que abandona a los pequeños al dios dinero, al dios poder, al dios yo. Que los deja completamente solos ante el otro. 

Y el otro es un amigo y es un enemigo y es una máquina que no siente como yo, que no vive como yo, que no me entiende como me merezco. El otro es siempre el otro. 

Siento un frío extraño aunque hay terral. Y pienso en el pastel de zanahoria que haré para la fiesta de Clau, en Mateo, en Nacho que estará preparando la comida, en el ritmo cotidiano al que me acojo siempre como balsa. Enciendo mi paisaje, atiendo a las conversaciones, a las risas, como. 

Nada puede hacer mi incomprensión, sólo acaricia. 

lunes, 27 de abril de 2015


En Budapest, en nuestra Luna de Miel, cuando estábamos recogiendo los bañadores para irnos al Balneario Szécheny, a ver el vapor elevarse en la noche temprana, me sonó el teléfono con un número español. Creo que Nacho estaba recogiendo toallas en el baño, yo me senté en la cama del pequeño apartamento para responder. 

Cuando Paloma Jover dijo mi nombre y dijo los nombres de todos los que la acompañaban, supe que la cama no iba a tener la fuerza suficiente para sustentarme, así que me senté en la mullida alfombra morada que debían haber pisado mil pies desconocidos. Entre felicitaciones y risas, descubrí que había ganado el Premio Gran Angular 2015 de la Editorial SM, y entre felicitaciones y risas me puse a llorar sin saber muy bien cómo controlar los suspiros para convertirlos en palabras. 

Nacho volvió del baño y me miró, con esa mezcla en los ojos de pánico y felicidad propia del marido reciente, cuando encuentra a su reciente mujer haciendo algo insospechado -como reírllorar en una alfombra lejos de casa-. Poco a poco fue comprendiendo, por mis pocas palabras, de qué iba el tema y, por eso, cuando colgué, me levantó del suelo y me abrazó con todo el cuerpo mientras yo rompía a llorar. Sé que Paloma Jover se emocionó al teléfono, porque las dos nos quedamos calladas un momento, cuando todos descubrieron que estaba en mi luna de miel. 

Después tenía que preguntarle a Nacho, ya en los baños, entre el vapor y el agua, los cuerpos desconocidos y el silencio, si todo era verdad o si yo me lo había inventado. Por eso me regaló una gargantilla con una pequeña estrella brillante, para que pudiese acariciarla y así supiese que era verdad. Estaba tan orgulloso, me encanta cómo me mira siempre. 

Cenamos en una cafetería con decoración modernista, mientras un pianista de más de sesenta años me dedicaba canciones españolas. Brindamos con champán, pedimos tabla de quesos, patés y pato. A las nueve estábamos acostados, imaginando cómo sería todo. 

Lo que no imaginamos fueron los meses de silencio tras el anuncio. ¡El premio era secreto! Hasta el 21 de abril no podíamos compartirlo. Y era un secreto de esos que saltan y brillan y relucen  y te ponen cara de enamorada. ¡Qué ganas de gritarlo a los cuatro vientos! Por eso fue bueno conocer a Pedro Mañas y a David. Porque Pedro Mañas ha ganado el Premio Barco de Vapor y hemos podido llamarnos, cotillear y contarnos toda la aventura como si fuese nueva cada día. 

El almuerzo casual que surgió tras la primera visita a la editorial -Berta, Lara, Marta, Patry, Carol, Paloma y Paloma, Bea, Gabriel... todos, gracias por hacerme sentir en casa-, en que Nacho y yo nos bebimos una botella de lambrusco con Pedro, fue sólo un comienzo inesperado para una historia trenzada con paciencia. 

Poco a poco, el secreto fue engordando y pesando, pero el hecho de compartirlo, las llamadas largas y desvariadas, los emails cotilleando, las grabaciones en Madrid -Cuatro Tuercas, gracias, gracias, gracias-, el deseo de las cubiertas, las entrevistas por teléfono... hicieron ligera la espera y sorprendentemente dulce la amistad. 

Cuando bajé de recibir el premio de manos de la Reina -gracias Letizia por la complicidad, por dejarte llevar al mar, por tu piedra rosa-, tras el discurso en que le daba las gracias a mi marido -culpable siempre de todo-, mientras nos quitaban los micros, Pedro y yo nos abrazamos. Nos abrazamos con esa paz, por fin, del trabajo realizado, nos abrazamos con esa profundidad del naufrago y su isla, de la tierra prometida. Nos abrazamos unos segundos gritando por fin aquel secreto. 

La vida secreta de Rebecca Paradise y El mar por fin existían. 

Por fin existen. Y nos hacen felices de tantas maneras que no puede contarse simplemente en un blog en internet. Para entenderlo hay que ir a Budapest, hay que ir una mañana a la oficina de Pedro, hay que estar enamorado y arriesgar una mudanza, pasar las primeras Navidades en familia, tener miedo en un coche en una carretera, hacer el amor después de la siesta, cocinar bizcocho de zanahoria o buscar un vestido con tu madre por todas las tiendas de la ciudad. Para entenderlo hay que amar las palabras y la vida, de una manera torpe y extraña, pero luminosa. 



Gracias a todos los que habéis llamado, a los que habéis escrito, a los que habéis sonreído conmigo y habéis hecho vuestro este premio también. Perdonadme la pereza -y la incapacidad a veces- de no responder uno a uno vuestros infinitos mensajes. Todos los leo, por todos doy gracias a Dios, porque aquella mañana en Budapest yo le rezaba: "Señor, ¿cómo podrías hacerme más feliz? Es imposible, gracias, Señor, por toda esta felicidad", y a las dos de la tarde sonó el teléfono. Me dio risa porque Dios, hace esas cosas conmigo. 

viernes, 20 de febrero de 2015

comienzos



Me gusta empezar una libreta cuando tengo nuevo proyecto de novela. Por eso me gusta pasar por Muji cuando vamos a Madrid y hacerme con un cargamento. Muchas veces escribo sólo la trama general, algunas notas sobre el argumento, y olvido la libreta y la novela hasta que madura lo suficiente como para sentarme a escribir. Otras veces, nada más iniciar el cuaderno, inicio el proceso de creación y lo lleno de esquemas de capítulos, de dibujos y de notas que iré utilizando cuando me siente delante del ordenador a contar mi historia. 

Esta casita la dibujé ayer mientras el sol entraba por la ventana y calentaba la mesa. Quería visualizar el bloque de pisos en el que centraré mi nueva aventura. Así puedo imaginar quién hay tras cada ventana, cuántas habitaciones tiene cada casa, dónde están los baños y las despensas. Parecerá una tontería, pero tengo planos y dibujos de los edificios sobre los que escribo, de las habitaciones y las posiciones de los personajes en escenas corales. Quizá es herencia del teatro, o quizá tengo una imaginación muy visual. ¡Ni idea!

Sea como sea, tengo ganas de escribir. De sentarme esta semana con mi café, de levantarme para el café, para dárselo todo a la tacita humeante. Tengo ganas de contar esta historia, la historia de una chica que quizá se llame Azul y de un chico que aún no sé cómo se llama. La historia de un edificio y sus habitantes. Seguramente una historia de amor porque, ¿qué somos si no eso? 

Así, mientras Nacho esté dibujando, yo estaré haciendo lo mío. Y el despacho será dignificado y el día será como nos gusta el día: literario e ilustrado. Con las pausas justas para la cocina, para conquistarnos las tripas. ¡Cómo amo pasar esta última semana de febrero en casa! Es un regalo fenomenal.