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lunes, 14 de noviembre de 2016

mi atranque como lectora y la buena de Agatha



No sé lo que me venía pasando desde el verano, pero andaba bastante atrancada con la lectura. Perezosa. Leía cada noche un fragmento del bendito Amadís -voy ya por la segunda parte y no puedo esperar más a la boda-, pero no sentía ese deseo de las largas tardes de enredarme en un buen libro y dejar que el tiempo volase por encima de mi cabeza. 

Mi apatía de lectora no se salvaba con la poesía, ni con la literatura infantil, ¡ni con la literatura juvenil! Ni siquiera con la literatura fantástica -mi salvadora siempre-. Leer era andar contra el viento con ruido en los oídos. Prefería bordar, si tenía tiempo. Prefería incluso ver la tele, con todo lo que la aborrezco. 

No sé si culpar de esta sequía lectora a las maratones de escribir que me pegué durante la primavera y el verano, pero quizá no vaya desencaminada la flecha que vuela hacia esa diana. A veces han gritado tan alto las historias que hay dentro de mí, que me dejan sorda durante un tiempo a las aventuras que quieren contarme los demás. 

En esta búsqueda perezosa de un libro salvavidas -es hora de confesar que me producía hastío hasta mirar las estanterías-, recordé que me quedaban por leer dos volúmenes delgados que Nacho me había regalado la navidad pasada. Celebramos el día de Reyes poniéndonos un tope económico para no fundir todo nuestro capital en libros y él decidió, el año pasado, que me sorprendería mucho más comprando libros a buen precio que pudiesen crear una montaña considerable sobre la mesa. Encontró una oferta en novelas de Agatha Christie y me inundó una balda de la estantería. ¡Bendito seas, marido iluminado! 

Ya durante la vorágine de encuentros con lectores del febrero y marzo pasados, la buena de Agatha se convirtió en mi lectura de hotel, en mi compañera de viaje, ayudándome a conservar la poca cordura que una experiencia tan desquiciante como la promoción literaria es capaz de arruinar. Por eso quizá volví a ella hace unas semanas, dispuesta a quitarme de encima la maldición antilectura que me tenía amargada. 

Devoré en una tarde La casa torcida -para mi gusto la mejor de la selección de sus novelas que me hizo Nacho- y dos o tres días se llevó consigo La muerte de Lord Edwarg. Estoy muy segura de que en todo este proceso de salvación ayudó la reposición de Se ha escrito un crimen en la televisión y un incipiente resfriado, pero, ¡qué demonios!, Agatha Christie ha sido como descorchar una buena botella de champán. Sus novelas rápidas, pobladas de nombres, llenas de equívocos que te hacen sospechar de cada uno de los personajes para arrojarte a las carcajadas más agradecidas cuando al final descubres que el asesino era el hermano secreto del primo tercero de la víctima que vuelve tras años viviendo en otro país o algo aún más descabellado; sus novelas de párrafos fluidos, escenarios levemente perfilados, detectives franceses y señoras perspicaces han sido como una resurrección. 

Después de estos dos, han caído ya tres libros y tengo otros dos a medias -uno en el bolso del trabajo, otro en la mesita de noche-. Ahora, eso sí, lo confieso, últimamente tengo el corazón detectivesco, porque me apetece más leer cómo se resuelve un crimen que embarcarme en cualquier otro tipo de aventura, por muy entretenida que sea. 

Para todo hay rachas, imagino, así que ahora juego con la lupa, me llevo a la boca la pipa y tomo mucho té, sabiendo que tarde o temprano caeré de nuevo en las garras dulces de Camilleri para ser de nuevo el Comisario Montalbano -mi detective favorito donde los haya, pero como me arrastra a beber vino, comer pasta e inflarme a café, me ando resistiendo todavía un poquito-. 

¡A leer! 

martes, 16 de junio de 2015

mi aventura con mujercitas


Recuerdo que, cuando era pequeña, mi madre me regaló un librito blanco de pastas duras con preciosas ilustraciones a color, de esos que sacaban de clásicos recortados para niños y jóvenes. Era Mujercitas y a mí me daba rabia tener que leerme algo porque me lo dijesen y, además, me fastidiaba que los nombres estuviesen en inglés. ¡No me enteraba de nada! Mi madre me aconsejó cambiar los nombres en mi imaginación por nombres españoles, pero ni aún así hubo manera. Supongo que yo deseaba regresar a Los cinco.

Años después, o por aquella misma época, pusieron la adaptación al cine en la televisión. Me llamaron la atención los vestidos, los sombreros, el piano y la niña muerta. Especialmente lo de la niña muerta hizo que mi interés por leer la novela se desvaneciese por completo. 

Tiempo después, mi amiga Ana, que era mi compañera de aventuras y extravagancias adolescentes, leyó Mujercitas y me escribió una carta. Me decía que cuando leía, me veía como Jo, que era igual a mí. Sin acordarme muy bien de qué iba la aventura, me sentí alagada porque según creía Jo era el chicazo de la novela. Y en mi época adolescente yo era bastante chicazo. Aún así, el detalle de Ana no me dio la energía suficiente para enfrentarme a la novela. 

Pero el año pasado descubrí que habían editado una preciosa versión ilustrada y volví a sentir curiosidad. Me llamaba el objeto hermoso que habían ideado más que la historia, pero la llamada estaba ahí. 

Finalmente, asustada por el precio de la edición ilustrada, pedí en mi librería una opción más económica y me hice con la versión completa de Mujercitas en volumen de bolsillo. Confieso que pasó varios meses en la estantería, pero, la semana pasada, por fin, dejé a Montalbano de lado y me animé con las hermanas americanas. 

¡Menudo descubrimiento! He leído enganchada desde la primera hasta la última página, poniéndome de mal humor cuando tenía que parar y descubriéndome en Jo como me descubría mi amiga. Me ha parecido una lectura deliciosa, quizá mucho mejor la primera parte que la segunda, pero deliciosa. De esos libros que te bebes como un té caliente en invierno. De los que dices: ojalá tuviese cien páginas más. 

Pero la gran duda que me acechaba durante esas horas de apacible lectura era: ¿disfrutarían tanto de esta aventura las nuevas generaciones? ¿Cabría en el mercado editorial actual una obra como ésta? A veces, sin siquiera ser consciente, uno tiende a avergonzarse de lo que lee. Y también de lo que se lee.  

lunes, 27 de abril de 2015


En Budapest, en nuestra Luna de Miel, cuando estábamos recogiendo los bañadores para irnos al Balneario Szécheny, a ver el vapor elevarse en la noche temprana, me sonó el teléfono con un número español. Creo que Nacho estaba recogiendo toallas en el baño, yo me senté en la cama del pequeño apartamento para responder. 

Cuando Paloma Jover dijo mi nombre y dijo los nombres de todos los que la acompañaban, supe que la cama no iba a tener la fuerza suficiente para sustentarme, así que me senté en la mullida alfombra morada que debían haber pisado mil pies desconocidos. Entre felicitaciones y risas, descubrí que había ganado el Premio Gran Angular 2015 de la Editorial SM, y entre felicitaciones y risas me puse a llorar sin saber muy bien cómo controlar los suspiros para convertirlos en palabras. 

Nacho volvió del baño y me miró, con esa mezcla en los ojos de pánico y felicidad propia del marido reciente, cuando encuentra a su reciente mujer haciendo algo insospechado -como reírllorar en una alfombra lejos de casa-. Poco a poco fue comprendiendo, por mis pocas palabras, de qué iba el tema y, por eso, cuando colgué, me levantó del suelo y me abrazó con todo el cuerpo mientras yo rompía a llorar. Sé que Paloma Jover se emocionó al teléfono, porque las dos nos quedamos calladas un momento, cuando todos descubrieron que estaba en mi luna de miel. 

Después tenía que preguntarle a Nacho, ya en los baños, entre el vapor y el agua, los cuerpos desconocidos y el silencio, si todo era verdad o si yo me lo había inventado. Por eso me regaló una gargantilla con una pequeña estrella brillante, para que pudiese acariciarla y así supiese que era verdad. Estaba tan orgulloso, me encanta cómo me mira siempre. 

Cenamos en una cafetería con decoración modernista, mientras un pianista de más de sesenta años me dedicaba canciones españolas. Brindamos con champán, pedimos tabla de quesos, patés y pato. A las nueve estábamos acostados, imaginando cómo sería todo. 

Lo que no imaginamos fueron los meses de silencio tras el anuncio. ¡El premio era secreto! Hasta el 21 de abril no podíamos compartirlo. Y era un secreto de esos que saltan y brillan y relucen  y te ponen cara de enamorada. ¡Qué ganas de gritarlo a los cuatro vientos! Por eso fue bueno conocer a Pedro Mañas y a David. Porque Pedro Mañas ha ganado el Premio Barco de Vapor y hemos podido llamarnos, cotillear y contarnos toda la aventura como si fuese nueva cada día. 

El almuerzo casual que surgió tras la primera visita a la editorial -Berta, Lara, Marta, Patry, Carol, Paloma y Paloma, Bea, Gabriel... todos, gracias por hacerme sentir en casa-, en que Nacho y yo nos bebimos una botella de lambrusco con Pedro, fue sólo un comienzo inesperado para una historia trenzada con paciencia. 

Poco a poco, el secreto fue engordando y pesando, pero el hecho de compartirlo, las llamadas largas y desvariadas, los emails cotilleando, las grabaciones en Madrid -Cuatro Tuercas, gracias, gracias, gracias-, el deseo de las cubiertas, las entrevistas por teléfono... hicieron ligera la espera y sorprendentemente dulce la amistad. 

Cuando bajé de recibir el premio de manos de la Reina -gracias Letizia por la complicidad, por dejarte llevar al mar, por tu piedra rosa-, tras el discurso en que le daba las gracias a mi marido -culpable siempre de todo-, mientras nos quitaban los micros, Pedro y yo nos abrazamos. Nos abrazamos con esa paz, por fin, del trabajo realizado, nos abrazamos con esa profundidad del naufrago y su isla, de la tierra prometida. Nos abrazamos unos segundos gritando por fin aquel secreto. 

La vida secreta de Rebecca Paradise y El mar por fin existían. 

Por fin existen. Y nos hacen felices de tantas maneras que no puede contarse simplemente en un blog en internet. Para entenderlo hay que ir a Budapest, hay que ir una mañana a la oficina de Pedro, hay que estar enamorado y arriesgar una mudanza, pasar las primeras Navidades en familia, tener miedo en un coche en una carretera, hacer el amor después de la siesta, cocinar bizcocho de zanahoria o buscar un vestido con tu madre por todas las tiendas de la ciudad. Para entenderlo hay que amar las palabras y la vida, de una manera torpe y extraña, pero luminosa. 



Gracias a todos los que habéis llamado, a los que habéis escrito, a los que habéis sonreído conmigo y habéis hecho vuestro este premio también. Perdonadme la pereza -y la incapacidad a veces- de no responder uno a uno vuestros infinitos mensajes. Todos los leo, por todos doy gracias a Dios, porque aquella mañana en Budapest yo le rezaba: "Señor, ¿cómo podrías hacerme más feliz? Es imposible, gracias, Señor, por toda esta felicidad", y a las dos de la tarde sonó el teléfono. Me dio risa porque Dios, hace esas cosas conmigo. 

miércoles, 10 de septiembre de 2014

el extraño poeta




Estaba en primero de bachillerato cuando Don Lucas nos llevó al instituto nuevo a participar de un encuentro literario. Al parecer venía un poeta. Nosotros conocíamos ya muchos escritores de narrativa juvenil, solían venir una vez al trimestre al instituto. Pero no conocíamos ningún poeta vivo porque, según los manuales, todos -desde Garcilaso hasta Lorca- estaban muertos. Además, era extraño: un poeta. ¿Qué criatura rara sería aquella?

Paseamos las calles emocionados y nuestra sorpresa aumentó cuando, al llegar al centro, nos hicieron entrar a una clase que habían convertido en tienda de libros. Y allí, nada más y nada menos, que infinidad de libros del poeta señalado al que íbamos a conocer. El único contacto que yo había tenido hasta entonces con un poemario había sido a través de una breve antología de Pedro Salinas de un periódico que le había robado a mi abuelo del campo. ¡Muchos poemarios sobre las mesas! Y casi todos negros, qué sorprendente. Negros con un pequeño dibujo en la portada y las letras del título en blanco.

Mi madre, seguramente porque conocía mi curiosidad, me había dado aquel día cinco euros que, sumados a los dos que yo llevaba de mi cuenta, y a otro que pedí prestado a una compañera, compusieron mi enorme presupuesto para comprar uno de los libros del famoso y desconocido poeta. ¿Cómo era posible que libros con las páginas prácticamente en blanco costasen tantísimo dinero? ¡Veinte euros algunos! No daba crédito. ¿Quién será este hombre?, me preguntaba con incredulidad.

Compré Habitaciones separadas y atendí a la llamada de Don Lucas, que nos reunía ya como a ovejas para ir al lugar del encuentro con el escritor.

Parecía que tenían la intención de volvernos locos porque no nos dirigimos a una clase, ni siquiera acudimos al flamante salón de actos que debía tener ese instituto tan nuevo. No. ¡Fuimos nada más y nada menos que al gimnasio! Allí habían puesto un escenario como los de la feria y había una colección ingente de sillas de plástico blancas ya ocupadas. ¡Qué cantidad de gente! ¿Y todo aquello por un poeta?

No sé si esperaba que surgiese una especie de gurú con túnica o un místico levitante, quizá un señor con traje de chaqueta y barba larga... ¡O incluso un sombrero! Lo cierto es que me decepcionó un poco aquel hombre sencillo, con vaqueros y camisa blanca, que subía al escenario acompañado de las autoridades. No sabía bien si el poeta era el poeta o era algún otro de los más revestidos.

Lo presentaron como Luis García Montero y dijeron infinidad de cosas importantes sobre él que no nos importaron lo más mínimo. Entonces le cedieron la palabra. Recuerdo perfectamente estar sentada en mitad del gimnasio, intentando enfocar su cara y sus gestos. Nos habló de la poesía de una manera muy extraña porque se alejaba mucho de lo que habíamos escuchado en clase. Él nos explicó que un poema podía ser un puzzle y nos enseñó cómo se podía mezclar la voz de una azafata de vuelo con la de unos amantes. ¡Deshizo ante nosotros los trucos, las metáforas, las trampas de la escenografía poética!

Yo miraba el libro que había comprado y lo miraba a él. Como si no pudiese identificarlos.

Al terminar la conferencia, Don Lucas se las agenció para hacerme subir al escenario y contarle al poeta que yo iba a ser escritora. Por aquél entonces mi profesor de literatura lo tenía mucho más claro que yo. No me atreví a darle el libro para que me lo firmara, me sentía muy avergonzada.

Hoy me ha llegado a casa una antología de La isla de Siltolá. Antonio Moreno Ayora ha invertido tiempo, esfuerzo y ternura en contactar con cincuenta poetas andaluces que él consideraba botón de muestra del panorama actual de Andalucía. El libro es precioso en su edición y a modo de casa alberga en él a ese poeta desconocido de mi adolescencia y a muchos otros que aprendía a admirar conforme crecía. Por supuesto, la sorpresa no es esa, la sorpresa es que mi nombre aparece también en el índice junto con cuatro poemas.

¿Quién me lo iba a decir a mí aquel día en aquel gimnasio cuando escondí su libro en la espalda y me puse roja hasta las orejas? ¿Quién?

martes, 4 de marzo de 2014

el camino de cuaresma 2014



Otro año más nos acercamos a la cuaresma y otro año más me animé a hacer el calendario de propósitos para cada día, inspirándome en las lecturas del evangelio. El año pasado estaba tan liada que fue imposible encontrar un huequito para responder a este reto, pero esta vez no quería dejarlo pasar.

Nacho me ayudó con algunas ideas, aunque ahora era él el que estaba hasta arriba trabajando en su álbum ilustrado (podéis cotillear la vida creativa de Nacho pinchando AQUÍ), así que le pedí auxilio a mi amigo Isra.

Isra siempre está pendiente de que los calendarios estén a tiempo y se preocupa muchísimo por su difusión. Además es muy apañado y ha hecho este montaje tan chuli de piedrecitas del desierto para cada día. Y no se ha quedado en eso, se le ha ocurrido crear un grupo de google para que la gente se suscriba y reciba en su correo los calendarios cada vez que yo los tenga listos. Si os interesa su propuesta, pinchad AQUÍ.

Me da risa pensar que estoy llenando el texto de aquís gigantes, pero es que estar rodeada de personas tan creativas y tan dadas a los demás me hace querer compartirlos con todo el mundo, igual que los calendarios.

¡Que esta cuaresma sea un camino para el encuentro con el otro! ¡Os reto!

miércoles, 29 de mayo de 2013

hermano al rescate


Me tomo un café mientras mi hermano duerme en la habitación contigua. Ha venido a rescatarme del terrible mundo de las nuevas tecnologías en el que, aunque soy hija de informático, no me muevo con demasiada soltura. Estoy contenta porque se está quedando algunos días y me encanta pasar mi tiempo con él. Además, me está haciendo la comida y ha cambiado las fundas del sofá porque se aburría. ¿Cómo no voy a estar encantada? 

Javi se siente en casa como en su territorio y eso me gusta, porque siempre he deseado que esta casa hiciese sentirse cómodo a todo el mundo. Entra y sale a la terraza, inventa en la cocina, observa la obra del zoológico... Está tranquilo. 

La última vez que vino estábamos Nacho y yo en casa, y me gustaba verlos a los dos entretenidos con sus proyectos y sus ilustraciones, hablando de diseño y programas extraños del ordenador, intercambiando ideas sobre materiales y resultados. Que las personas que amas se caigan bien siempre es un regalo inestimable. Y a mí me gustaba observarlos, disfrutar de esa magia cotidiana que transmiten los que aprenden a entenderse -también porque te quieren. 

Así que es bueno tenerlo aquí, esperando conmigo al regreso de Nacho, dándome conversación y carcajadas, escuchando mis aventuras en el trabajo y bebiéndose mi café. Doy gracias a Dios. Estoy contenta. 

Se ha despertado y se va dando golpes contra las puertas, así que voy a hacerle caso. 

martes, 12 de febrero de 2013

el calendario de cuaresma


Este año me he visto en la tesitura de tener que resucitar un viejo calendario de cuaresma. Entre una visita de inspectores en mi trabajo, el lanzamiento de mi próxima novela y la redacción del libro que finalizará mi saga juvenil, no he podido rezar con paz las lecturas del tiempo de cuaresma. Mi amigo Fer (http://odresnuevos.wordpress.com/) me propuso la posibilidad de contar con las propuestas de cuaresma de hace tres años y mi hermano Javier (http://javirojo.portfoliobox.net/) se puso las pilas con los cambios en el calendario. Así que sólo puedo estar agradecida porque, sino hubiese sido por ellos, no habría podido compartir nada con vosotros. 

La cuaresma es un tiempo perfecto para las limpiezas de primavera, las limpiezas espirituales, para mí es un tiempo de luz y orden. ¡Ojalá vosotros también podáis disfrutar de estos cuarenta días de reflexión! 

viernes, 1 de febrero de 2013

un anónimo me asalta con mil dudas


Anónimo Anónimo dijo...

Qué alegría!!! Así da gusto un Febrero y sus visperas!! 
Ánimo con esa 4 parte, qué ganas de leerla (y de que salga la 3).
Por cierto, cuéntanos un poco más tus manías al escribrir, me ha gustado saber ese poquito que pones.
¿Escribes en papel y luego lo pasas al pc? parece que sí. Y esas fotos de las ilustracionestu misma haces y que que te inspiran para los libros... y ¿prefieres pc a mac? veo qeu tienes un acer... ¿oyes música mientras escribes?, ¿te haces fichas con los personajes? y... y... y...

Este ha sido el comentario que he encontrado en la entrada de ayer, así que, como me ha hecho sentir una estrella acosada por la prensa -y me ha hecho mucha gracia también-, voy a responder a todo lo que pueda. Lo primero, las manías. 

Iba a escribir que no soy muy maniática, pero de pronto he pensado en varios detalles y he decidido que cada uno valore según sus parámetros. No tengo un ritual a la hora de escribir, pero sí que me gusta, por ejemplo, recogerme el pelo. Me molesta casi cualquier cosa, así que me hago un moño en lo alto de la cabeza y, para más inri, me coloco una diadema para que no se escape ni un rizo. Necesito llevar ropa cómoda y me quito siempre el reloj. Me gusta prepararme un café al empezar e ir bebiéndolo mientras releo el capítulo anterior. Desde que descubrí la tienda Muji, utilizo un modelo de sus libretas para los esquemas de las novelas, me he vuelto una sibarita y no me sirve el folio blanco de toda la vida. Al principio hago esquemas generales y luego, conforme escribo, voy revisándolos en nuevos esquemas para cada capítulo. Me gusta utilizar rotuladores de colores y dibujar tonterías para convocar a mi inspiración. Por otro lado,  al utilizar pinterest, me doy un paseito por mi carpeta de Éldonon para coger fuerzas. No soporto que me interrumpan mientras escribo y soy incapaz de atender a quien me habla. ¡Ah! A veces me entra la neura de lavarme muchas veces las manos, suele ocurrir cuando estoy atrancada. 

Siempre escribo en el ordenador. No me daría tiempo a seguir el ritmo de mis ideas a mano. Así que a mano sólo realizo esquemas, como he dicho, y apunto algún diálogo o alguna idea. No sé a qué fotos de ilustraciones se refiere el comentario. A veces Marta ilustra mis portadas o hace algún dibujo que me sirve para Éldonon. A veces es Nacho el que se dedica a esa tarea. Yo hago algún bocetillo cutre de los lugares para situarme y descargo imágenes de internet para hacer mapas conceptuales que me ayudan bastante. 

Con respecto al tipo de ordenador, no soy nada tiquismiquis. Utilizo un portátil que compré por su autonomía y su poco peso. Pero no escribo las novelas en él. Suelo escribir en mi sobremesa que es una mezcla de varios ordenadores que montó mi padre. Me ayuda que esté en una habitación a parte en la que puedo aislarme de la casa y del mundo. Así me concentro mucho mejor. 

¿Qué me quedaba? ¡Ah, sí! La música y los personajes. Lo cierto es que sí que escucho música escribiendo. Antes me hacía carpetas de reproducción según la novela en la que estuviese trabajando. Pero tuve un trauma con un disco de Milow y desde entonces sólo escucho eso. En cuanto a las fichas de los personajes, para nada, no tengo esa paciencia. Los conozco. De vez en cuando tomo algún apunte si se me ocurre algún dato sobre su pasado o algo así, para luego no desdecirme, pero poco más. 

¡Madre mía, qué de cosas! En mi primera entrevista para la prensa, mi editora me dijo: "tú responde largo, di muchas cosas, así ocupamos más página". Se ve que esa lección la aprendí bien.

(He puesto una foto de escritora, escritora. Ya que hacía la gracia, la hacía completa)

martes, 1 de enero de 2013

día uno


Mis pasos suenan por las calles mojadas y desiertas. Él corre por un parque de Madrid escuchando sus respiraciones. La ciudad está desierta, sólo algunos señores mayores se reúnen en la plaza a evaluar las consecuencias. El aire helado matiza mi piel, perfeccionándola, y noto su frío llegando a mis pulmones. Siempre soñé con andar por ciudades desiertas, quizá por eso soñé Gris. 

Juan me abre la puerta y Leti aún lleva el pijama. Mi tortuga ninja se queja porque lo visten mientras Lucas me mira con curiosidad desde los brazos de su abuelo. Después el enano y yo arreglamos muebles con una herramienta de juguete antes de salir tarde a misa. 

Sólo abrigos negros. Es algo que me inquieta. La voz profunda que reverbera contra las pieles oscuras de las chaquetas. "Tiene pupa", dice Juan como cualquier niño, con su tono agudo y sorprendente. Dan ganas de crear de nuevo el mundo. 

Y nos felicitamos, rostros conocidos y perdidos en el tiempo que ahora resuenan. Besos repartidos y conversaciones tenues que se olvidarán muy pronto, cuanto todo siga girando y cada uno vuelva a su lugar. Juan Pequeño se aburre y está enfadado por tantas convenciones, quiere irse, supongo que quiere volver a territorio conocido, correr, ¿quién sabe? 

Ayer un amigo decía que estas fechas tan alegres lo ponían melancólico. Supongo que es fácil dar el paso de un lado a otro. Yo elijo quedarme aquí, donde la melancolía es leve y no se alimenta, donde puedo cantar canciones inventadas como mi abuelo, y pruebo de todos los vinos. 


lunes, 15 de octubre de 2012

madrid, una mujer cosmopolita pero chapada a la antigua


La luz acaricia cálida los árboles del zoo, dotándolos de una cara oscura que va preparándose para la noche. El tigre gime descaradamente desde su jaula, supongo que rogando un poco de amor, y un grupo grande de gaviotas gira en círculos sobre el mar en el horizonte. Es extraño pensar que ayer estaba abandonando Madrid, con su ruido y su gente, cuando miro ahora la paz a través de la ventana. 

Estoy leyendo El vendedor de historias. Lo empecé en el tren, de camino a Nacho, y casi lo estoy terminando. Es uno de esos escasos momentos en los que decido alargar un poco más un libro, para que no se me acabe antes de que me de cuenta de que ya no lo tengo entre las manos. Habla sobre la creatividad y el mundo de los escritores. No puedo imaginarme cómo lo acogió la crítica en su momento, es bastante duro con el quehacer de los autores publicados. Aunque como el narrador tiene bastante doblez, uno nunca se siente identificado con lo que critica. "Los malos son los otros". Quizá sería una de los incorruptibles. Qué peligroso...

Madrid me ha enseñado nuevas caras estos días. Pocas veces había visitado sus calles con un madrileño de pura cepa y, claro, sus costumbres y su historia me han llevado a rincones nuevos. Este viaje ha tenido la magia de poner en movimiento personas, lugares y objetos, que sólo formaban parte del ideario de mi imaginación. Conocí las calles de las que había escuchado anécdotas, recorrí los caminos que había dibujado parcamente con retazos, tomé las medidas de las habitaciones, probé los sabores de la cena que siempre es a las nueve y media, puse cara y movimiento a los protagonista de tantas historias y mudanzas. Escuché al otoño acercándose a las avenidas y observé el apasionante engranaje de la realidad que, aunque a veces no es capaz de imitar el brillo de la fantasía, tiene la capacidad de sorprenderme con detalles que no deben pasar desapercibidos. Era como asistir por fin al espectáculo que tantas veces había imaginado. Y lo cierto es que aplaudí como una niña al final de la función. 

Además, disfruté de Sol y sus elegantes gatas, bajo la luz de una tarde que no sabía si prometer diluvios. Disfruté de Rubén, Maria José y un novísimo Pablo, que se quedaba tranquilo en mis brazos mirándolo todo con infinita curiosidad. Disfruté de las librerías en las que soy capaz de aburrir a cualquiera y me hice con algunos libros que necesitaba como documentación de un nuevo proyecto literario. Disfruté de mí y me cansé de andar. Porque las medidas son distintas y lo que es cerca para Nacho, a mí me supone una eternidad. Supongo que es lo que tiene estar aprendiendo de alguien que disfruta tanto del proceso como del final. 

Sí, Madrid me trata siempre bien, prepara para mí ferias del libro antiguo, exposiciones sobre escritores y pintores que me gustan, restaurantes con mis comidas preferidas y tiendas con diez mil tentaciones. No me puedo quejar de esa mujer cosmopolita, pero chapada a la antigua, que a 565 kilómetros retiene lo que es mío. 

jueves, 11 de octubre de 2012

de libros, proyectos y maletas


Con el café he terminado la maleta. Charlie Winston canta Soundtrack to Falling in Love y yo repaso cada una de las cosas que haré en los momentos libres del día antes de coger el tren. Calculo todo antes de las seis porque es mi tiempo de independencia. Después todo será nuevo y no querré planes ni tener nada atado que no sea su mano dando un nuevo significado a las calles. 

La luz comienza a tomar posesión de mi salón al tiempo que la canción cobra intensidad. Es jueves. Dos ideas de novela rondan mi cabeza y ando de un cuaderno a otro tomando apuntes de posibles esquemas. Pierdo la conciencia de la realidad mientras sigo mentalmente un diálogo que aún no he escrito, una descripción que podría encajar. Las cosas pequeñas vuelven a ser las protagonistas y en la clase de literatura hablaré de los trucos mágicos del escritor. 

En Madrid buscaré un libro sobre dioses orientales y quizá algún ensayo sobre literatura, soñé que iba a una librería de viejo y le preguntaba a un importante poeta qué me aconsejaba. Decía: "voy a indicarte el libro más caro del mundo". Después se inundaba todo y a mí me daba vértigo, aunque me gustaba la nueva casa de Juan y Leti. Mi cabeza es un campo del que recoger siempre ideas descabelladas, tengo buenas plantaciones. 

Mi plan, entonces, es terminar de leer El arpista ciego de Terenci Moix antes de coger el tren, para así poder dedicar el traqueteo a la novela de Gaarder que Nacho me regaló para mi cumpleaños. Así, cuando llegue y él me vea, seré de nuevo ella y a la vez yo tirando de una maleta. 

martes, 18 de septiembre de 2012

el personaje del escalón


Los comienzos de curso siempre llevan de la mano un incremento de mi vocación de maruja. Así que hago mil cosas en la casa por las tardes. Me vuelvo loca entre lavadoras, paso la aspiradora como si no hubiera mañana, se me ocurren redecoraciones o le dedico tiempo extra a mis macetas. Ayer, entre tanta vorágine de ama de casa, salí a la compra a última hora. 

En un escalón cerca de casa, que por las mañanas es una empresa de ascensores, había un hombre negro sentado al lado de lo que parecía un paraguas malva. Aparentaba tener mi edad y parecía atlético. Imaginé que de pie era igual de alto que yo. Como no puedo dejar que mi imaginación vuele descontrolada, mientras que me dirigía al supermercado, le iba inventando una vida. 

Después, con las compras, me olvidé de mi personaje y me concentré en una canción que no salía de mi cabeza. Como llevaba el pelo húmedo me sentía fresca y relajada. Me había puesto un vestido para marcar la diferencia entre la jornada laboral y mi descanso. Iba absolutamente absorta cuando, al regresar a casa, en la esquina de mi calle, vi a alguien de pie mirando a los lados, como cuando se espera algo. Descubrí emocionada que era el mismo hombre negro del escalón. Miraba su reloj cumpliendo todos los tópicos disponibles y, efectivamente, era sólo un poco más alto que yo y muy proporcionado. Llevaba unos pantalones marrones claros y una camiseta blanca de rayas. Me alegró volver a encontrarme con mi personaje porque quizá recibiese nuevas pistas sobre los motivos de su espera.

Me crucé con él, aguantando las ganas de saludarlo -suele pasarme que, al inventarme la vida de la gente, me creo que ellos me reconocerán como narradora y se me olvida que no saben nada de mí y que no debo hablar con desconocidos-, y me encaminé a mi casa pasando por el escalón. Allí aguardaba el paraguas malva, que resultó ser un precioso ramo de flores. A su lado había una lata de cerveza. Yo había tardado media hora más o menos en comprar y él seguía allí, no se sabe desde cuándo, esperando con un inocente ramo de flores. 

Mi personaje cobró nuevas dimensiones. Imaginé que había comprado la lata aburrido de esperar. Imaginé que ella era rubia y extranjera. Imaginé que pensaría que el ramo era demasiado o una costumbre pasada de moda. Y fantaseé con que me regalasen flores. Me encanta recibir flores y me apena que sea una tradición venida a menos. Sí, definitivamente aquel hombre se había convertido en el héroe de mi día. ¡Qué ironía que una vez en casa lo olvidase por completo! Así de breve es la fama en mi cabeza. 

miércoles, 5 de septiembre de 2012

gravedad



Nadie puede evitar que la Tierra gire. De pequeña me preguntaba cómo era posible que no nos cayésemos todos en cada vuelta, cómo era posible que no nos fuésemos derramando unos sobre otros desde el norte hacia el sur. Después te explican el concepto "gravedad" y crees en él como crees en Dios, porque yo no soy física y no puedo demostrarlo por más que se me caigan las cosas al suelo y no al techo. Giramos. Queramos o no. Podemos sentarnos en el suelo y patalear o podemos abrir los brazos y dejarnos marear por la vida como cuando éramos niños y dábamos vueltas y vueltas mirando arriba. 

Él me marea. Y yo me agarro a su forma de girar. Me vendo a su forma de girar, pero no me deja renunciar a nada. Su lema es "juntos". Aunque se lo trague Madrid como en la canción de Débora. Porque creo en la gravedad, no tengo miedo. Ni siquiera cuando suena un portazo o el viento nos da un susto de madrugada. Él pronuncia mi nombre muy despacio y me recuerda aquella sentencia, hace años, que Chica me hizo escribir después de un corto que habíamos visto en internet. Él que no existía, me llena las manos y la boca de pruebas demostrables. Entonces digo: no somos una hipótesis. Digo: ya no voy a fantasear más con el hombre que no existe porque está sentado en mi sofá. Dice: ¿de dónde has salido?

Nadie puede evitar que la Tierra gire, que las cosas cambien, que la vida vuelva y vaya y te gaste bromas como esta y te diga: hace diez años que te lo vengo avisando. Por eso respiro, estiro los brazos, sonrío y vuelvo a creer en la posibilidad de cambiar el mundo con las palabras. 

miércoles, 9 de mayo de 2012

fechas

cartel realizado por Erny Gámez


Afán para no separarme de ti,
por tu belleza, lucha por no quedar en dónde quieres tú,
aquí en los alfabetos, en las auroras, en los labios.
Ansia de irse dejando atrás anécdotas, vestidos, caricias,
de llegar atravesando todo lo que en ti cambia,
a lo desnudo y a lo perdurable.
Y mientras siguen dando vueltas y vueltas, entregándose,
engañándose, tus rostros, tus caprichos y tus besos,
tus delicias volubles, tus contactos rápidos con el mundo,
haber llegado yo al centro puro, inmóvil, de ti misma,
y verte cómo cambias, y lo llamas vivir,
en todo, en todo si, menos en mí, dónde te sobrevives.

Pedro Salinas



Abel me manda este poema y pienso en esa necesidad sorda de aferrarme a lo que no cambia, a lo que siempre permanece, quizá para encontrar esa parte de mí que efectivamente sobrevive a pesar de los movimientos constantes del sistema mundo. 

Entre las que soy siempre, está la yo que escribe porque no sabe hacer otra cosa, aun cuando escribir supone atravesar desiertos, vencer gigantes, bucear profundidades insondables. 

Por eso, os dejo las fechas de las próximas citas que tendré como escritora, de la mano de mis novelas o de mi libro de poemas, en algunas ciudades donde tienen hueco para mí. 

jueves, 26 de abril de 2012

amar es aquí


Son las nueve de la mañana. Tengo el pelo mojado y el café a medias. Javier duerme como un bendito y un vecino hace un amago con el martillo unos pisos más abajo. El reloj, como siempre. La luz, entra tímida en la casa a través de la ropa tendida. Una moto cruza la calle y el sonido tenue de un televisor llega desde algún rincón lejano. 

Hay en mi casa un sitio que late con una intensidad distinta a los demás. Es la balda número cuatro de la estantería del centro. Está cargada de libros verdes que esperan encontrar su rincón. También está cargada de sueños y proyectos cumplidos. Ediciones Torremozas me envió ayer un paquete lleno de manzanas, bueno, lleno de poemarios verdes como manzanas con mi nombre y el título que decidí cuando asumí lo que significaba. Amar es aquí donde pertenezco. 

Pronto estarán a la venta, pronto pondré la dirección donde podrán conseguirse o, si tenéis paciencia, podré ir a presentarlos cerca de donde estéis escondidos y os los ofreceré como la bruja del cuento a blancanieves. 

Javi se mueve en la cama. La vida me llama. Me desperté con Pedro Salinas en la cabeza.


(y aquí os dejo un enlace donde podéis comprar el libro por internet http://www.torremozas.com/amar-es-aqui )

jueves, 1 de marzo de 2012

limpieza de primavera y recuerdos


Mi viejo armario, en casa de mis padres, ha ido convirtiéndose, con el paso del tiempo, en el vientre de la ballena. Casi cualquier cosa imaginable y apilable si iba ocultando allí, puesto que tiene un tamaño como para acoger una merienda. Mi madre lleva años intentando convencerme de que le de una vueltecita, pero yo no conseguía encontrar la energía para enfrentarme a lo que podían ser montañas y montañas de recuerdos.

Para que conste, sólo he ordenado la parte inferior, de la parte de arriba tendré que ocuparme en otro momento, y he convertido seis cajas, cuatro archivadores de cartón y cinco bolsas en sólo tres cajas. Así dicho no suena a mucho, pero aseguro que cualquier pirata rico tenía menos tesoros que yo.

Entre viejos disfraces, manualidades frustradas, cajas de cartas, apuntes de dibujo y bolsos, quiero detenerme en algunos descubrimientos. Por ejemplo, la mantilla negra de mi abuela y el velo de la comunión de mi madre, que me han sorprendido casi al principio de mi búsqueda. Al parecer, mi abuela me dejó a mí especialmente en herencia esa mantilla de encaje que huele a caja de cartón vieja que según ella no se debía doblar, sino arrugar para que no se partiese. Es una pieza elegante, cargada de historia, evocadora. Pienso en mi abuela el día que la compró, ¿qué edad tendría? ¿Se parecería ya a la mujer arrugada que recuerdo?

Después tropiezo con una caja cargada de correspondencia, antiguas cartas de antes de la existencia de internet. No me atrevo a abrirla, sólo la miro por encima y decido que me la llevaré a casa para descubrir sus secretos. Para asomarme a quién era a través de los demás.

Sorprendida, topo con otra caja cargada de recuerdos: flores secas, la vela de mi bautizo, las cartas de amor que guardé en una caja porque no quería volver a verlas y más tarde saqué porque me comía la curiosidad, entradas de conciertos, dibujos de cuando estaba en el colegio y la lámpara de plástico que utilizaba para convertirme en guerrero Júpiter. Entre todo ese jaleo, mis dedos dan con un trozo de libreta doblado y doblado en cuya parte superior leo "ábrelo". Obedezco intentando recordar de qué se trata y voy encontrando letras a lápiza conforme giro y giro el papel: "para la que no me quiere" reza la nota. Al final encuentro una fotografía de un niño de mi colegio que, hasta sexto, me dejó notas como esa en todos los estuches y carpetas. Lo odiaba y hoy al ver su fotografía, me resultó tan tierno, tan niño, que me sentí un poco avergonzada.

Libretas de la compañía de teatro con apuntes sobre las obras, recortes de periódico, mis primeros intentos como escritora, la tarjeta que me regalaron mis tíos cuando cumplí cinco años o el pañuelo que mi padre trajo de Rusia. Todos esos detalles se van perdiendo entre mis dedos, en su juicio final, entre nuevas cajas o bolsas de la basura.

¿Cómo acumulamos tantos trastos y recuerdos? ¿Y qué huella nos dejan todos esos elementos que saben a historia? De pronto me he sentido un universo en construcción, con cimientos, tratados de paz y nuevos territorios.

lunes, 20 de febrero de 2012

detalles sencillos que se hacen enormes


Laura Rosa me escuchó contarle un cuento durante uno de los conciertos-recital de LaRebotica y, desde entonces, quiso volver todos los domingos. Laura Rosa es la hija de Lola Lila y de Sergio Verde, y algunos días ha sido la princesa valiente. También hemos jugado juntas a convertir el mundo en una aventura pisando baldosas o hemos recogido confeti y lo hemos lanzado hacia lo alto. Juntas sabemos bailar, hacer bombones, cantar canciones e inventar historias.

Ayer, Laura Rosa me trajo esta magnífica caja de magdalenas rellenas y alegremente decoradas. También me enseñó su primer diario, en el que ha escrito que me quiere. Así que volvía a casa pensando en qué nos pasa a los mayores para peder de ese modo la confianza cuando crecemos, para dejar de darnos gratis a los demás sin esperar nada a cambio. ¿Quién nos enseña a dejar de hacer felices a los demás por el simple placer de hacerlo?

Creo que esta semana me voy a concentrar en ser un poco como Laura Rosa. Además, como las dos vamos siempre igual de despeinadas, no debe de resultarme tan difícil.

martes, 14 de febrero de 2012

el hombre que llevaba una orquídea y mi reflexión


imagen cortesía de un amigo

Suena la canción Maybe this time en la voz de Liza Minnelli y yo no he conseguido escribir una sola página hoy.  La verdad es que cuando la melodía empieza a desatarse, todo gana otro glamour que hace empalidecer cualquier preocupación. Recuerdo mi primer año en la compañía de teatro Mamadou, cuando dábamos la bienvenida al cabaret y yo aprendía a andar con tacones. La magia del espectáculo oculta cualquier preocupación señalándola con un cañón de luz. Es impresionante. 

Conduciendo hacia el trabajo, por la ruta alternativa que me hace recorrer caminos sinuosos por el campo, pensaba en retomar este blog, que tengo un poco abandonado, hablando de esa escena cotidiana que de pronto despierta mis instintos noveleros y que, después, no llevo a ningún sitio. No sé si lograré hacer de esto una costumbre, últimamente huyo de todo lo que suene a obligación, me aburre. Pero, por hoy puede pasar. 

Esta tarde, camino de "mi librería de costumbre" -me encanta esa expresión- para buscar los libros con los que premiaremos a los alumnos que hayan escrito los mejores poemas del concurso, me crucé en un paso de peatones con mi personaje de hoy. Era un señor mayor, bastante mayor, de los que ya andan renqueando, pero bien comido, de cara ancha y satisfecha, que portaba, con ojos de niño, una enorme orquídea envuelta en papel celofán. La llevaba con las dos manos, cruzada sobre el pecho, mientras en su rostro se dibujaban las mil historias que se debía ir contando. Estaba claro que planeaba algo, estaba claro que fantaseaba con el momento en que le diese esa flor a su mujer o a su amante o a su nieta. 

Yo reniego de estas fechas en las que hay que hacer cosas por obligación, sobretodo demostrar cariño por obligación. Pero hoy, tres alumnos y este señor me han dado una pequeña lección que no esperaba. No toda la gente tiene la misma facilidad para encontrar el momento exacto para decir lo que sienten, no todo el mundo se siente libre de demostrar su amor en cualquier situación. Y, cuando cuesta trabajo y no sabes cómo decirle a la profe que gracias, se venden rosas más baratas. Y, cuando han pasado muchos años y no sabes cómo recordar los primeros días, venden orquídeas monstruosas en la esquina más arriba de mi librería preferida. 

No lo sé. Yo no voy a comprar rosas ni perfumes ni bombones ni tarjetas, no voy a invitarte a cenar, ni buscaré nuestra canción. Para eso ya tuve ayer y tengo mañana. Pero tengo la sensación de que ellos, algunos, sintieron hoy mejores sus cartas (como los dos chicos de primero que se han intercambiado regalos en silencio y se han marchado sin más) y aprovecharon el tópico instante del comercio para mostrar sus sentimientos. 

viernes, 27 de enero de 2012

fin de lectura


Termino de leer Nubosidad variable pensando en mi madre, porque lo está releyendo a la par que yo, y preguntándome si a ella también se le despierta el gusto de escribir cartas como antiguamente mientras va pasando las páginas de Carmen Martín Gaite. También me digo que es un día muy propicio para acabar este libro, porque me ha caído el diluvio universal bajando del trabajo y ha estado rugiendo el cielo sin dar ninguna tregua hasta hace un rato. 

Hay muchas frases que tengo subrayadas en el libro y pienso en que hoy cenaré con Belén y podré darle las gracias por este regalo. Creo que ella sabía lo que me estaba regalando, por lo poco que me conoce puede hacerse una idea de mi amor por la literatura y por la escritura. La imagino repescando ese título de esa memoria y pensando en mí. Eso me hace sentirme agradecida, quiero decir, el que alguien sea capaz de acertar con un libro al regalártelo. La gente regala libros como quien compra bolsas de pipas, sólo porque lo anuncian grande en las tiendas o porque se vende a mansalva. Pero regalar un libro es más que eso, es casi como saber cómo te gusta el café. A mí, por ejemplo, largo y con leche fría, con dos de azúcar. Si alguien sabe cómo te gusta el café, es que se ha parado a escucharte. 

Los vecinos dan golpes en alguno de los pisos colindantes, como las paredes son tan finas, no sé de dónde me viene el sonido. Miro los árboles del zoo cimbreándose contra las nubes altas y recuerdo también las conversaciones locas de anoche sobre el sentido de la existencia humana, el orden y el caos, el universo y los extraterrestres. Se mezclan entre las divagaciones aquella frase de mi madre: "no busques la respuesta a las grandes preguntas", que me ha perseguido implacable estos años, junto con tu apreciación "piensas demasiado en cosas que no te llevan a nada" o algo así dijiste, ya no me acuerdo. Pero los dos teníais razón. 

Sin darse cuenta, una sigue las sendas de la idea en busca de la literatura y asciende y elige caminos -unas veces acertadamente y otras por el mero azar o la pereza-, como si el final se encontrase en algún sitio. "He llegado a no verle a la vida más sentido que el de indagar su sentido", dice Martín Gaite por boca de uno de sus personajes. Ese carrete interminable que no lleva a ningún sitio sino a perdernos más en el laberinto. "Y desde luego no hay mejor tabla de salvación que la pluma". 

Amo escribir. Soy tan feliz escribiendo, aunque las sendas, a veces, sean imprecisas y arduas... 

miércoles, 18 de enero de 2012

de lo real


Llevo desde que empecé a leer Nubosidad variable dándole vueltas a la cabeza con una idea un tanto abstracta y que no sé si sabré plasmar. Pero, antes, dos referencias: escribo a la luz de las dos lámparas que enciendo al caer la tarde en casa, normalmente corro las cortinas cuando las prendo (por eso que siempre repite mi madre cuando me ve de noche con las persianas subidas: "niña, que te van a dar un tiro"). Hoy las he dejado abiertas porque la ropa tendida me hace de refugio artificial. Son las 18.50 y lo escribo así porque lo he mirado en el reloj del ordenador y todavía no estoy acostumbrada a transformar esos números en las siete menos diez sin hacer un esfuerzo casi sobrenatural. Por dar una referencia de más, escucho ahora mismo Sans la nommer

Cuando empiezo a leer un libro, y más si está escrito en primera persona, los personajes van apareciendo desdibujados. Es el tiempo en que puedo dejar la lectura para otro momento o puedo abandonar una novela sin sentirme culpable. Después, cuando los nombres van creciendo en mi imaginación, van tomando consistencia y forma, cuando los personajes dejan de serlo para existir, entonces el libro me llama de tal manera que casi no puedo pensar en otra cosa. Así me tienes, en lugar de concentrada en ti o en el día que hace o en lo que preocupará a mi padre o en los nudos cotidianos que aparecen en mi imaginación, absolutamente absorta en los problemas de Mariana y Sofía. Casi me siento una contertulia más en su conversación. Me voy rumiando por la casa sus preocupaciones, soy capaz de responderles y tengo que hacer de tripas corazón para no mandarles cartas también desde este sofá. 

Por extraño que parezca, Mariana y Sofía son más reales que todas las personas que ahora no veo. Incluso más reales que yo -en un segundo plano por ser un testigo consentido de sus andaduras. De alguna manera me viene a la mente aquella cita que subrayé del último ensayo de Umberto Eco: "El Papa y Dalai Lama pueden pasarse años discutiendo si es cierto que Jesucristo es el hijo de Dios, pero (si están bien informados sobre literatura y cómics) ambos tienen que admitir que Clark Kent es Supermán, y vicerversa". Es casi elevar la veracidad del mundo ficticio por encima del mundo real. Y en esa ascensión hacia lo alto, me preocupa más que Mariana me explique qué hace en Puerto Real o que Sofía siga escribiendo, que el ir a hacer la compra. 

Lo genial, lo absolutamente genial es cuando esos personajes no mueren al cerrar el libro, ni días después. Lo genial es cuando se quedan viviendo conmigo y puedo preguntarte qué harían ahora, qué me aconsejarían, incluso imaginar cómo se reirían de mí si leyesen ahora esto.