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martes, 17 de octubre de 2017

leer para poner el alma de puntillas


Preparo la infusión en la cocina oscura. Como una bruja voy echando a la cazuela la ramita de canela, el clavo, el regaliz, el jengibre. A la luz roja de la vitrocerámica, abriendo y cerrando tarros mientras los olores se van elevando y el líquido transparente se va volviendo tostado y rojizo. Está nublado y han bajado imperceptiblemente las temperaturas. 

Me preparo mi brebaje porque voy a sentarme con Mónica Rodríguez en el sofá, con su hotel. Voy a escuchar los recuerdos de su suegra. Abro las páginas y casi no llevo dos líneas cuando abandonan una ciudad sin poetas. Tengo que leérselo a Nacho y noto cómo mi alma se va poniendo de puntillas. Porque la literatura hace eso, pone el alma de puntillas. 

Esta semana visito diferentes centros de formación del profesorado para hablar a los maestros y profes bibliotecarios. En las jornadas de biblioteca hablo de literatura infantil y juvenil, de nuestra LIJ, pero no lo hago como escritora. Hablo como lectora entusiasmada y porto una gran caja de libros que voy pasando con confianza -y pánico feroz por si alguno de mis amigos se pierde en un bolso o se cae entre los asientos o nunca vuelve. Descubro miradas emocionadas, cómplices, de amantes de los libros, que tocan y hojean, con curiosidad. 

Descubro también maestros y profesores que no leen. Que no tienen tiempo en la vorágine de sus vidas para la literatura. O por lo menos no tienen tiempo para los libros que recomiendan a sus alumnos. 

Regreso a casa extrañada, con el sabor agridulce de una mañana en la que he sido feliz hablando de lo que me apasiona, pero en la que he descubierto que no podemos contagiar la enfermedad que no tenemos. La frase "No me gusta leer" se me llena de matices. 

Por eso hago mi infusión sin dar la luz. Por eso cojo a Mónica de la estantería como quien acude a una amiga para compartir un secreto, para recuperar la fe. 

Cuando se lo cuento a mi madre por teléfono, con su sentido práctico aplastante, me pregunta: "¿Pero es que crees que los adultos leen? Mira las estadísticas de lectores y las de espectadores, hija mía". A veces necesito que me regresen al suelo. 


jueves, 12 de enero de 2017

ten miedo de la libertad


Da igual el canal que pongas -y sí, vuelvo con lo mismo-, parece que todo está lleno de un único mensaje: "Siendo libres, sois violentos". Hay películas y series que tratan este tópico sin que nos demos casi cuenta. Se declara una noche de libertad absoluta, no hay policía, no hay normas, entonces el ser humano aprovecha ese silencio para robar, violar, asesinar. 

Las leyes sujetan nuestros instintos asesinos. La libertad sería nociva para nosotros. Si fuéramos libres, seríamos villanos. 

Por eso creamos pequeños espacios de libertad controlada: citas desnudos, islas recónditas, casas vigiladas por cámaras de televisión -porque la intimidad también es un espacio en el que la libertad puede desatarse de forma terrible-, caza salvaje... Mientras tanto, carrozas de horrores surcan los televisores en formato de ficción y no ficción. Telediarios y series, películas y documentales sobre la violencia o en los que siendo cualquiera el tema, la violencia aparece como marco gratuito. Hay que ver entrañas, sangre, cuerpos mutilados para recordarlo. Es casi un mantra: sin control, sois malos; sin control, sois malos. 

De hecho, surge casi otro mensaje por debajo: desead espacios de libertad para desatar a la bestia que controláis. Como si el traje que vestimos fuese un arnés. Rogad por un plató en el que masacraros, rogad por una cama en la que el público aclame la lujuria más violenta, alistaos para disparar al enemigo sin nombre. 

Y a mí me asusta. No la libertad, sino este entregarla, manchada y sucia, como un fenómeno vergonzante. 

lunes, 10 de octubre de 2016

la violencia está en todas partes


La violencia está en todas partes. Hay que tener una mirada experta para concentrarse en lo bueno. Para desentrañar la luz entre todo lo que parece oscurecer el mundo. 

La guerra (qué palabra tan vacía y a la vez tan llena). Las catástrofes (todo natural menos nuestra forma de vivir). Las ideas (banderas de palabras que hieren si se lanzan). La propiedad (el mío que aprendemos desde niños e imponemos allá donde vayamos a las cosas, a las personas, a los terrenos). 

Últimamente estoy saturada de películas donde la violencia es tan explícita que ya no sorprende. Donde el sexo es tan violento que ya no es amor (aunque quieran disfrazarlo de eso). Donde el amor es una forma de imponerse al otro. 

Estoy saturada de expresiones feas. De palabrotas -que pagaba a cien pesetas de pequeña-. De creerse mejor que los demás. De creerse con la razón. De que tener la razón conceda no sé qué poder sobre el resto para hacerlos culpables de sus ideas. 

La violencia no sólo está en los actos. La violencia campa en las palabras. Impera como la sombra perezosa de una tarde que parece no acabar pero que poco a poco hace los rincones más oscuros, las esquinas más vacías, el silencio más tenso. 

Ya no cuidamos las palabras. No es lo que falta por decir, lo que dejamos en la garganta. Es lo que dejamos escapar y cómo. Se hiere casi con orgullo. Se dice casi con poder. Con un poder mediocre, desmerecido, el de la pobre lengua, el de la media lengua. Somos más ignorantes que nunca y nos creemos tan sabios... Usamos las palabras sin saber lo que significan y las esgrimimos sin pudor porque hemos oído que cuentan que dicen. No consultamos. Lanzamos. Bombas de palabras, como en aquellos poemas. 

Defendemos la paz como en los concursos de televisión, mandando mensajes al número indicado, haciendo nuestra especial aportación, rezando por la paz. Con esa idea de la paz de niños que pintábamos en los colegios, esa idea de la paz está allá lejos, la guerra está en los otros, aquí esto es algo como la paz. 

Todos tenemos derecho a la violencia. Hoy todos nos sentimos con derecho a la violencia verbal. La física nos parece una aberración porque deja marcas visibles en los otros. La violencia verbal, este desprecio, está envenenando las raíces de nuestra sociedad. 

Censura. Batallas de palabras. Bandos. Enemigos irreconciliables. Victorias verbales. 

Hay que tener una mirada experta para concentrarse en lo bueno. Un oído atento para escuchar al otro más allá de lo que sólo dice. Hay que saber amar más allá de las palabras. Por y sobre todo. En las cosas más pequeñas. 

jueves, 14 de mayo de 2015


Un alumno llega con un ojo morado y se habla de droga y de pérdida de visión y de cosas terribles que hacen sombra por la tarde. Mantengo largas conversaciones, horas de conversación que seguramente no florecerán, pero que necesito para calmar mi espíritu, para tener la sensación de estar haciendo algo, para mentir la sensación de que en el mundo las cosas no van mal. 

A veces me pregunto si vivo en un lugar falso, ideado por mí, en el que sólo acentúo lo bueno y cubro con pañuelos historiados, con papel, las miserias que estropearían el paisaje. Me pregunto si el bien es el bien y si es tan alcanzable como me cuento. Si la belleza es la belleza, si el orden es el orden... De pronto las cosas parecen distorsionarse, como si no tuviesen sentido. 

Amo intensamente, amo cruelmente, hasta ciegamente amo a los culpables, a las víctimas, a los culpables. Y me pregunto si no hay algo raro, roto, inquieto en mí para que este amor no se deshaga entre mis manos. Para que vuelva cada día con la cuenta en blanco, para que rece por las noches con nombres y apellidos como si pasase lista. Me pregunto en un murmullo qué hacemos tan mal los adultos, qué análisis profundo hay que hacer de esta sociedad que abandona a los pequeños al dios dinero, al dios poder, al dios yo. Que los deja completamente solos ante el otro. 

Y el otro es un amigo y es un enemigo y es una máquina que no siente como yo, que no vive como yo, que no me entiende como me merezco. El otro es siempre el otro. 

Siento un frío extraño aunque hay terral. Y pienso en el pastel de zanahoria que haré para la fiesta de Clau, en Mateo, en Nacho que estará preparando la comida, en el ritmo cotidiano al que me acojo siempre como balsa. Enciendo mi paisaje, atiendo a las conversaciones, a las risas, como. 

Nada puede hacer mi incomprensión, sólo acaricia. 

miércoles, 22 de mayo de 2013

de recuerdo cerezas


Las primeras cerezas de la temporada del año pasado las compré con Javi. Habíamos ido a verlo una tarde, en pandilla, dispuestos a sacarlo de casa para dar una vuelta. Yo echaba de menos las cerezas de Alcalá y bajo la casa de su madre había un chino que las vendía. 

Recuerdo que compré un puñado y las fui comiendo mientras llegábamos al pub al que íbamos a tomar un refresco y jugar un billar. Los chicos estuvieron jugando, hice algunas fotos con el teléfono y nos reímos. Después había música en vivo, así que nos enganchamos con aquella banda de ingleses e incluso Rafa y Alberto cantaron algunos temas. Era un jueves, creo, y llegué a casa tarde pensando en el madrugón del día siguiente. 

Hoy he vuelto a comprar cerezas. Volvía de hacer algunos recados y he visto una de estas fruterías de las que proliferan ahora, con las cajas en la puerta y fruta brillante y llamativa. Mi madre me había hablado de cerezas por teléfono y no he podido resistirme. 

En el momento justo de elegir las pequeñas y oscuras cerezas he recordado aquel día, aquella tarde con Javi y los chicos. Como un bombardeo de extrañamiento, ternura, complicidad y un deje de tristeza -o más bien melancolía. Algo así ha sido. 

No había hablado directamente de Javi todavía. Había escrito algún poema incomprensible sobre su marcha. Los chicos han escrito canciones. Yo quería decir... quería contar... algo. Supongo. Pero me siento redundando todo el tiempo. Sé que no hace falta decir nada. O quizá yo no quiera decir nada todavía, realmente, más allá de que compré cerezas y me acordé de él. 

viernes, 1 de abril de 2011

martes y sábado


Esta noche soñé que saltaba de un precipicio y, en lugar de caer al vacío, flotaba movida por el viento como una hoja. Mi cuerpo cada vez era más ligero volviéndose poco a poco transparente. Entonces desde la punta de mis dedos, comenzaba a descomponerme en partículas que se iban haciendo invisibles convirtiéndose en aire. Poco a poco desaparecía. No era un sueño angustioso. Había una paz inmensa en desaparecer con la brisa, una paz inmensa en fundirme con todo para comprobar la serenidad de la naturaleza desde lo alto. 

Últimamente me descubro la tirana que fui asustándome las alas. Con una hora menos, esta semana he sido caprichosa, repetitiva, y hasta cruel. A veces uno no es capaz de imaginar de lo que será capaz condicionado por el miedo. Creo que deberíamos medir nuestra cobardía en los quicios de las puertas y poner rayas por los años al lado de nuestros nombres. Mi imaginación me hizo creer en monstruos bajo la cama, mi imaginación construía imágenes en las que mis padres morían, fantaseaba con la pérdida constantemente en mi cabeza infantil.

Muchos días no recuerdo cómo se baja de la cuerda floja. Y entonces, herida de vértigo, despierto los fantasmas olvidándome sus nombres, incapaz de recordar lo que los hacía marchar. Me siento sin domesticar. Intentando impresionar al mundo por mi fortaleza, mi valentía, mi felicidad. Peleándome conmigo, ocultando mis secuelas, dominando mis instintos. Frío vidrio emocional. 

¿Cómo puede haber en el mismo armario ropa de verano y abrigos? ¿Sed y hastío? ¿Valentía y pánico? ¿Cristal y piedras? Música y silencio. Verso y prosa. Temeridad y cobardía. Tila y café. Martes y sábado. 

Creo que pienso demasiado. 

viernes, 25 de febrero de 2011

final de febrero


A veces no podemos salvar a quien podemos salvar, ni se cumplen los diálogos que imaginamos, ni somos los héroes que creíamos ser. A veces simplemente el mundo se pone patas arriba y decide saltarse el guión y el ser humano es cobarde. Porque nosotros teníamos nuestros planes, creíamos que eran seguros, pero nadie está a salvo. 

Por eso, cuando ella llega, cargada de palabras y de ruinas, yo no puedo evitar pensar qué le pasa en los últimos años a este puto carnaval que me felicita las pascuas bajo un sol inmenso. Las dos sabemos que la supervivencia está asegurada y ella sabe que la herida no la deja respirar. Las dos sabemos demasiado.  Ella siente vértigo al mirar hacia delante y yo ahora siento vértigo al mirar hacia atrás. El presente es un barrio tranquilo donde pasear de tu mano. 

Mientras tanto sigue sonando la misma canción y yo desearía no saberme la letra, dejarme sorprender por sus palabras, abrirle una puerta inocente y confundida. Pero ella pone los acordes y yo puedo tararear, no responder sus preguntas. Los diques que me ruega no se los puedo prestar, aún no sé si funcionaron como era de esperar, como marcaban mis planos. 

Recogí la casa, hice la cama, prepararé la cena sin preguntarme dónde está, cómo hace, dónde calla. Porque sé que, definitivamente, yo no la puedo salvar. Ella debe ser su propio héroe. 

martes, 15 de febrero de 2011

into the wild


El domingo, Manolo nos puso Into the wild, una película basada en hechos reales sobre un chico americano que lo deja todo para irse a vivir a la naturaleza. Lo deja todo sin avisar, dona todos sus ahorros y haciendo dedo llega a Alaska, donde pretende encontrar el sentido de la vida. 

La película me encantó, sobretodo la banda sonora y la fotografía, pero me faltó, en todo el proyecto del protagonista, algo que considero fundamental: el amor. Era una opción egoísta, desde el principio. Me cuesta trabajo entender la idea de dejarlo todo únicamente por vivir en soledad. Pero, de todos modos, me tienta lo radical de la decisión. 

Tengo la sensación de que hemos perdido perspectiva. Me da cierto vértigo concebir el camino que ha emprendido el ser humano a lo largo de la historia para verlo a la luz del hoy -mucho más vértigo verlo a la luz del mañana. ¿Qué coño estamos haciendo? En realidad, ¿qué coño hago yo? Y perdonadme el tono ciertamente ordinario que estoy adoptando, pero es que me siento realmente frustrada cuando asumo que mi vida durará unos años y que en ellos no estoy ayudando a que las cosas mejoren para nadie. 

¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué sentido tiene todo? ¿Por qué escribo? ¿Por qué no hacerlo? ¿Dónde está la coherencia? ¿Dónde el principio? 

Todos somos conscientes de que cada vez la manzana está más podrida, en todos los sentidos. Aún así estamos cómodos, no nos afecta directamente, nada. Hemos perdido la fe en la capacidad del hombre para hacer las cosas bien. No creemos en Dios. No creemos en héroes. No creemos en nosotros mismos. Y aún así seguimos aquí, sosteniendo la oportunidad entre las manos sin saber si va a explotarnos o no. 

Una vez escuché a mi madre decir que es más fácil hacer felices a los demás de lo que nos pensamos. A lo mejor el secreto está ahí. Yo no paro de preguntármelo. 

martes, 7 de diciembre de 2010

a veces cuatro años...


A veces cuatro años no son suficientes para nada. Y los abismos se convierten en algo así como pozos ciegos que no sabemos si saltar, conservar o tapar con nuevas caricias. Quizá por eso, cuando me asalta en Tribunal, con su pelo largo lleno de rizos y su barbilla perfecta, con su nariz dulce y sus ojos enormes llenos de dudas, siento que el corazón se me encoje al mismo tiempo que se me dispara. 
 -No entendía por qué íbamos hacia Tribunal si queríamos llegar a Sol -dice Mark entre risas cuando la verdadera Sol, la Sol que conocí en otra vida, se enreda entre mis manos y camina llena de preguntas como yo. 

A veces cuatro años dan para mucho. Para que se creen las grandes heridas. Para que seamos un espejo en el que no sabemos si nos queremos mirar. Porque ninguna de las dos ha vuelto a Londres y las paredes siguen de pie y algún día, también nosotras, habremos de marcharnos con las experiencias recogidas. Nos cuesta trabajo comenzar a hablar de lo fundamental, primero debemos pasar por el clima, por el cuánto tiempo, por el mundo laboral y nuestros pisos nuevos. Después llegan ya los nombres propios, los recuerdos reales que saben a dulce que ya no se puede volver a probar, las miserias y las madrugadas. Esa zorra llamada soledad que habita a veces en casas como las nuestras. 

Y Sol se ríe de mi pelo largo y yo miro su melena de rizos imposibles, sus pestañas largas, casi impertinentes, su gesto que se torna serio momentáneamente cuando cualquier idea es más fuerte que su conciencia de estar aquí. Hay un momento, puro de sinceridad, en que las dos dejamos escapar por los ojos lo que no podemos decirnos y nos quedamos en silencio, sin mirarnos de nuevo, para recordar el bar en el que estamos y esconder la sombra de una herida. Después volvemos a sonreír sin darnos cuenta. 
 -Ahora podemos crear nuevos recuerdos -le digo cuando ya queda poco para marcharnos. Y Sol dice algo así como que no podemos dejar pasar otros cuatro años. 

Y en una esquina, en una calle más allá de la preciosa tienda de dulces de colores, con una Marta de boca rosa y sonriente, Sol y yo nos despedimos, con la conciencia extraña de no saber si cumpliremos las promesas que no hemos intentado hacernos. 

miércoles, 17 de noviembre de 2010

interruptores


Las nubes pasan rápido en mi terraza, las margaritas han explotado y el café está a punto de terminárseme. Queda poca luz y es una luz apagada, una luz color teja, casi rota, la que tiñe de colores esta tarde, la que guerrea con un cielo demasiado azul cuando aparece entre los jirones blancos y grises. Hoy parecía el primer día de otoño, con el mar plomizo, la lluvia tonta y el interruptor funcionando. Sí, sigue funcionando. 

Hay pájaros diminutos dando las buenas noches demasiado pronto y tengo una pila de ropa por planchar. Es el primer año, de los que llevo viviendo sola, en que me preocupo por que mi ropa no tenga arrugas. En que me hace falta alguien a quien conquistar por el gusto en la cocina. Será que me hago mayor o aburrida. Es esta sensación de estar cerca y lejos de mí al mismo tiempo, como siendo la eterna desconocida, la que estaba por llegar, la que se iba cuando comencé a mirarla. Y el interruptor funciona, sí, sigue funcionando. 

Tengo una de las mesas pequeñas llena de libros apilados, poesía con filosofía, teología y proyectos de novela, agendas de teléfono, libretas, facturas y propaganda. En medio la pequeña maceta reclamando un puesto, la que tengo que regar. Y luego esta otra mesa vacía. Con la taza de café. Anoche al entrar no sabía si me sentía o no me sentía en casa. Cuando te mudas muchas veces en muy poco tiempo, comienzas a hacer vínculos rápidos y superficiales con la gente para preparar la despedida. Parece ser que no quiero hacer vínculos demasiado fuertes con la casa. Es tan absurdo que el interruptor siga funcionando. Tan, tan absurdo. 

Se enciende y yo corro a apagarlo, en un parpadeo, con un solo gesto, apagado. Pandora ya no construye cajas, construye interruptores, los vende al por mayor, pero a mí con uno me basta. Porque todavía puede salvarnos la belleza, ¿verdad? Todavía puede salvarnos la belleza. Y yo tengo que planchar. 

miércoles, 27 de octubre de 2010

yo quería hablar de la casualidad, pero una idea lleva a la otra y ahora no sé cómo parar


Cuando grito suena el teléfono y, en lugar de coger aire para volver a gritar, respondo. También ocurre que cuando sueño con alguien, me lo cruzo por la calle. Si necesito urgentemente una palabra, llega un mensaje a mi bolso y, si se me ha volado la ilusión, me premian con un poema. Tengo un amigo que llama a todas esas cosas "diosidades", generalmente la gente las tilda de casualidad. 

Yo no creo demasiado en las casualidades. Creo en las señales, aunque las interprete a mi manera. Es una señal que suene el teléfono cuando siento la tentación de la apatía o de cualquier cosa. Es una señal que las últimas palabras en la cama sean ternura gratuita y que las primeras palabras al despertarme las grite Chica: "¡Estás viva,! ¡Amas!". 

Jostein Gaarder siempre dice que tendríamos que despertarnos todos los días pensando en lo milagroso que es tener un día más de existencia. Me repito con el tema de ayer, pero, ¡estamos tan acostumbrados! ¡Estoy tan acostumbrada que necesito que sea el espejo del trabajo el que traicione mis ojeras para conectar con mi existencia! ¡Estoy viva! 

Siento, experimento, duelo, grito, salto, tropiezo, respiro, respiro, respiro, irremediablemente. Y es un regalo. Explicaba hoy en clase la desazón de los poetas románticos que, en busca del ideal, chocaban con la cruda realidad y deseaban escapar a cualquier lado. Yo también soy idealista. Construyo utopías con la misma facilidad con que el mundo las destruye -¡pasen y vean, nuevas utopías para hoy, las regalo, son gratis, no se corten!-. A veces es agotador. Como les pasaba a esos poetas, me dan ganas de rendirme y escapar, ¿sabéis que de ahí viene el apodo con el que firmo en estos espacios?

La historia es tan simple... Estaba locamente enamorada. Locamente enamorada de dos chicos a la vez. El que creía que sería el hombre de mi vida y el que había aparecido lleno de promesas poniéndome los esquemas patas arriba. Tenía que tomar una decisión y me preguntaba por qué no podría quedarme con los dos con lo feliz que sería así. Tomar decisiones es una de las cosas que más me paralizan en mi vida. Entonces escribí un poema sobre escapar, ser como el aire y huir donde nadie pudiese señalar mi corazón y reconocerlo. Desde ahí me llamo Aire. ¿Me vuelo? Qué más quisiera que poder hacerlo realidad... que fuese fácil. 

Escapar es siempre la tercera opción en cualquier decisión pero, con el tiempo, las cosas de las que huyes acaban alcanzándote y la carrera las ha hecho más fuertes y menos cobardes. En cambio, tú estás agotada de  buscar la manera de evitar lo inevitable. ¿Quién tiene las de ganar? 

Después de eso necesitas más diosidades que de costumbre, en general porque se te queda un ala rota, o un corazón roto o una pierna, la boca, el pulmón... Los seres humanos no somos tan inmortales como nos creemos, lo que ocurre es que nos da vergüenza mostrar nuestras heridas y nos fingimos de acero. Yo me hago la chica dura todo el tiempo, he hecho tantos años teatro que a veces resulta fácil ir de dura por la vida. Pero soy rompible, como todos. Soy altamente rompible -"Nada que hayamos de percibir en este mundo iguala/la fuerza de tu intensa fragilidad" e e cummings-.

Pero también soy altamente reparable. Para alegría de mi padre, a mí me salva el amor. Vendo la pena por un beso, olvido la catástrofe por la caricia, perdono los golpes a cambio de ternura. Soy incorregiblemente fácil, qué casualidad. 

martes, 26 de octubre de 2010

memento mori


 -Últimamente me golpea con frecuencia la idea que me voy a morir -me dice un compañero mientras paseamos por las calles iluminadas de la ciudad. 

Hace seis días que mastico el pensamiento. Vivimos como si no tuviésemos fecha de caducidad, desaprovechamos el tiempo, vendemos los sueños, aceptamos las normas que nos vienen impuestas por la tradición y la desgana, asumimos, rendimos las tropas con facilidad pasmosa. No somos capaces de ver el tiempo desfilar. Los niños que fuimos no existen y hoy planchaba con el deseo de ser una abuela gorda con la cocina llena de nietos hambrientos a los que conquistar por el gusto. ¿Cuántos saltos son eso? 

Escribía en mi moleskine el domingo: "tengo que aprender a vivir / como animal perecedero / renunciar a esta farsa interminable / de existencia continuada / como si las civilizaciones se inventasen en mi boca / sólo porque yo las convocara". El reloj de mi salón toma un nuevo sentido. 

A mí también me golpea la idea del paso del tiempo, hace poco, creo que lo compartí aquí, me golpeó por primera vez la conciencia de que un día ya no estaría posando mis pies en el suelo. Es un pensamiento que congela la razón. Lo detiene todo. Y después te sientes una bala en la recámara y te preguntas cómo ser disparada. Tanta gente que ha quemado el mundo porque todo se iba a acabar. 

Mi pensamiento es trascendente, quiero decir, yo creo en el regazo de Dios. Aún así, la conciencia de no estar aprovechando al máximo las cartas que me reparte la vida me tambalea. Tengo la sensación de que, en algún momento, alguien llegará y me dirá: "tiempo muerto... todas las cosas que podías hacer..." Tremendo. 

¿Va a peor este sentimiento conforme se crece? Siento vértigo. Como si tuviese que correr hacia algún sitio pero no tuviese ni idea de hacia dónde. En casos así mi padre me hablaría de la fuerza salvadora del amor y yo arrugaría el ceño disgustada. 

¿Cómo va a salvarme el amor del paso del tiempo?

viernes, 1 de octubre de 2010

es muy cruel la relación entre la ficción y la realidad cuando despierto


A lo mejor es más fácil despertarse de una pesadilla con el corazón acelerado que, con el mismo corazón, despertarse de un buen sueño y descubrir que nada de lo que tenías es real. A lo mejor es más fácil aceptar que no existen los monstruos, que tu perseguidor era una sombra, que el fin del mundo no está tan cerca como parece. Mucho más fácil, mucho más fácil eso que despertar al anhelo con el cuerpo paralizado por el miedo, no de lo que se ha soñado, sino de lo que no existe y se llamaba ternura y ocupaba tus rincones y acariciaba tu boca. 

Es terriblemente difícil despertar dos noches seguidas como de vuelta de un viaje en esa otra vida donde tus problemas se llaman de otra forma, donde tus preocupaciones saben de maneras distintas y tu felicidad no depende sólo de la fuerza que conservas cuando te levantas, no depende sólo de ti. 

Hoy lo descubrí una hora antes de que el despertador sonase y llevo dando vueltas por la casa ese tiempo, evaluando los cambios de la luz, el ruido de los vecinos despertándose, sus conversaciones, los aparatos eléctricos. Atándome a todos los sonidos reales para ir asumiendo que no pasa nada, que no es para tanto, que volverán los monstruos bajo la cama y las persecuciones, y se irán todas estas fantasías idiotas que hacen el mundo aterrador. 

jueves, 2 de septiembre de 2010

primer propósito de año nuevo


Mi dormitorio en casa de mis padres se había convertido, poco a poco, en una cápsula del tiempo detenida hace tres septiembres. Pero cuando llegué ayer a dejar mi maleta, descubrí sorprendida que mi cama de noventa había sido sustituida por una de uno treinta. Había desaparecido con el viejo colchón el enorme escritorio y muchos de mis libros -los que ya habían viajado a mi nuevo hogar-. 

Me ilusionó el cambio aunque no conseguí pegar ojo en toda la noche. ¿Por qué no concilié el sueño y di vueltas de un lado a otro de la nueva cama en el viejo cuarto? Quizá por algo así como el vino nuevo en odres viejos, no lo sé, pero estaba inquieta, como si me estuviesen despertando con una idea sobresaltada cada vez que me relajaba un poco. 

Madrugué lo suficiente como para desayunar tranquilamente con mi madre y, después, encarar el viejo dormitorio con ánimo transformador. Comencé con la limpieza de recuerdos -contabilizados en tres sacos de basura negros-: fotos, cartas, recortes y viejos cuentos. Llegó el momento en que ni siquiera abría las cajas, las arrojaba directamente al fondo del olvido donde es mejor que permanezcan. Después decidimos cambiar de lugar los muebles, quitar los cuadros, eliminar toda la decoración, sustituir el ruido. 

Mi viejo dormitorio estaba lleno de ruido. Muy lleno de ruido. Quizá eso me despertaba, quizá eran esas viejas voces, las viejas palabras, los susurros viejos de la cama los que no me dejaban en paz. Pero, ¿quién sabe? Esta noche se verá. 

domingo, 1 de agosto de 2010




¿Cómo empezar? 

Volvía conduciendo reflexionando sobre los sentimientos que experimento cuando alguien llora. Pero ahora, tan concentrada en el final, soy incapaz de volver al principio. 

Me traiciono a mí misma hoy. Escribo irracional.

¿Sabes? Cuando veo llorar a mi madre o a mi abuelo, es como si ya no tuviese patria, como si todo lo que he aprendido fuese falso, como si me hubiesen estado mintiendo sobre la existencia toda la vida. Se despierta en mí una incertidumbre tenaz que me hace experimentar el más cruel de los desarraigos. Es difícil asumir que tus héroes no son tan inmunes como los imaginaste. 

En cambio, cuando veo llorar a Leticia, por ejemplo, noto como una ternura ciega me sube por los costados inundándolo todo, un amor dulce y sereno que me hace contagiarme un poquito de su carita de pena, que despierta mis ganas de abrazarla. 

Pero hay dos personas a las que no soporto ver llorar. 

De ninguna manera.
Es superior a todo mi lado racional, superior a toda mi capacidad de orden, de control, de conciencia... Cuando Marta o Javi lloran, todo mi cuerpo comienza a gritar por dentro, tenso y afilado, feroz. Cuando Marta o Javi lloran, haría explotar el mundo. 

Creo que jamás olvidaré una imagen de mi hermano, abrazado a mi cintura, en la cocina de casa. De igual modo creo que no será fácil borrar la voz de Marta, a cientos de kilómetros de mí. 

Es inconsciente. Es incluso brutal. Mi instinto más protector se despierta con ganas de guerra y una frustración enorme superior a todos mis intentos. No soy capaz de dar un consejo, no soy capaz de abrazar con serenidad, con entereza. Aprieto los dientes y me trago la rabia como lágrimas.

Cuando Marta o Javi lloran, siempre pienso en mis hijos.

viernes, 30 de julio de 2010

la araña, la cena francesa y la estúpida teoría sobre el cajón de melocotones


Marta quiere ir a la playa para volver a Madrid morena y alegre, por eso decido llamar a Chica y dejar que nos lleve a descubrir cualquier rincón de los que él ya haya conquistado, siempre con la promesa de acabar con una merienda de yogur griego con fruta y cereales. 

Acabamos en la playa de la araña, donde perdemos todo el glamour por culpa de las piedras y observo a Marta nadar, blanca y divertida, hacia los lugares del mar que nunca ha visitado porque es una cobardica. "Nunca había nadado tan hondo", exclama sorprendida, temerosa y dulce cuando siente sus pies aletear lejos de la orilla.  Después nos sentamos donde rompen las olas, elegimos tesoros, me divierto viéndola coleccionar restos pequeños de azulejos porque quiere imaginar cómo serían. Chica y ella se ven radiantes tan cerca del mar y es un regalo compartir el rato con ellos, aunque comencemos a pensar que la playa debería haberse llamado "la rata" por ciertos individuos de cola larga que se mueven entre las rocas lejanas... 

Tras la consabida merienda viendo pasar gente moderna por el paseo, Marta y yo volvemos a casa para preparar la cena francesa que compartiremos con Juan y Leticia para celebrar el santo de Marta. Crepes, vino, queso y paté de Francia, uvas y velas en la terraza de casa mientras hablamos de proyectos, de recuerdos y de Juan pequeño. Me gusta sentir que están en su casa, ver cómo Juan y Leticia se mueven por las habitaciones sabiendo qué hay en cada mueble, dónde encontrar tal cosa, dónde hace más fresquito o cuál es el mejor rincón para hacer una fotografía de grupo. 

La estúpida teoría sobre el cajón de melocotones llega con el fin del día, cuando ya la casa está en silencio y planeando irnos a dormir. Marta y yo comenzamos a descubrir gigantes. Por eso se acurruca junto a mí en el sillón, pequeña, racional, confundida. Y yo siento que como el sastre del cuento voy a enfrentarme desarmada, sólo con mi amor, a sus malvados enemigos. Porque cuando tienes un cajón lleno de melocotones pasados y metes melocotones nuevos, al principio parece que todo va bien, pero después los melocotones podridos van echando a perder todos los demás y, al final, sólo estás tú con el doble de melocotones pochos y unas ganas enormes de llorar.

Marta debería tener siempre melocotones naranjas, brillantes, jugosos y en su punto. Así que me voy a la cama preocupada por los kilómetros, su corazón y su miedo, preguntándome cómo haríamos para que la pequeña cajita donde duerme, vuelva a llenarse de luz.

martes, 20 de julio de 2010

uno de tres


Después de escribir aquí, anoche me acosté de madrugada terminando la novela que había empezado por la mañana. Me alegró poder tener una de esas lecturas de prisa, de esas que te aceleran el corazón y que no puedes pensar, ni por un momento, en dejar por algo tan vulgar como el sueño.

Pero el problema ha sido levantarme sin un libro que morder. Así que, aunque podría haber releído algún título de los que tengo en la estantería, me alegró la idea de acercarme a la librería para encontrar algún ejemplar interesante.

Conozco la librería de este pueblo desde hace años, porque he venido mucho a veranear aquí y, siempre, una de las mañanas de mis veranos estaba destinada a recorrer con los ojos, con las manos y la curiosidad las estanterías verdes de este rincón del mundo. Por eso, al llegar, me sentía como en casa, observando los volúmenes bien apilados y también a las personas que entraban y salían a buscar. Es genial observar a la gente en las librerías, imaginar por qué van a decantarse, intuir por el aspecto que tienen a qué sección van a dirigirse y sorprenderte porque el tipo que parecía que buscaba un mapa ha acabado en la sección de novela rosa.

Sin prisa, husmeé entre las novedades sabiendo que sería difícil de convencer, repasé la limitada sección de poesía y miré por encima la literatura juvenil. Por último me acerqué a los libros de bolsillo que son los que más se dejan leer en la playa. Y, lógicamente, acabé en los clásicos. De pronto, horrorizada, me encontraba ante el dilema de elegir entre Joyce, Ovidio o Woolf.

Escribí el mensaje en el móvil con los nombres de los autores y la pregunta consiguiente: "¿cuál?".

Pero me sentí tonta porque no tenía a quién mandárselo.

Así que pregunté directamente a cada uno de los implicados: "Señor Ovidio, Señor Ovidio, ¿por qué debería llevarme su libro?", "Señora Woolf, Señora Woolf, ¿por qué debería llevarme su libro?" y por último, "Señor Joyce, Señor Joyce, ..."

Ulises respondió: "las gracias muy cordialmente" y eso lo llevó a mi bolso mientras me dirigía a por pinceles de acuarela, olvidándome del mensaje y preguntándome quién me habría recomendado esta elección.

domingo, 20 de junio de 2010

el cumpleaños del abuelo


Aunque, en principio, este fin de semana debía pasarlo limpiando la nueva casa, el cumpleaños de mi abuelo primaba frente al resto de planes, sobretodo después de la pérdida que sufrimos en la familia hace unas semanas.

Siempre almuerzo los jueves con mis abuelos, costumbre que se acaba esta semana, y he notado a mi abuelo embargado por una tristeza sencilla sumada a los años. Por eso no podía no estar en su cumpleaños. Imaginaba, además, y no me equivocaba demasiado, que sería amarga su vuelta al campo, al sitio que ha compartido tantos años con su hermano, que sería amarga aquella primera visita después de todo, aquella celebración bajo la encina con los perros de mi tío llorando tras la cancela como si quisiesen imaginar que su amo estaba de este lado.

El abuelo Andrés pasó toda la mañana sentado a la sombra del porche, ni siquiera los niños con sus burbujas lograban sacarlo del ensimismamiento, ni yo me atrevía a molestar su duelo, consciente de que si me acercaba, haría todos los esfuerzos del mundo por demostrarme que estaba bien, cuando no era esa la realidad. La tarde la dormitó bajo la encina, mientras Carmen y Lucía hacían el pino en mi espalda o clamaban entre risas por volteretas voladoras.

Ni siquiera cuando Javi comenzó a jugar al fútbol con los enanos y Manuel apareció con su sombrero de caja de cartón tapándole hasta el cuello, ni cuando Bea portó a Carmelita como si fuese un muñeco de futbolín y Lucía se tropezó con la pelota cayendo cómicamente al suelo. Ni siquiera entonces conseguimos arrancarle media carcajada cómica.

-Vamos, papá -le decía mi abuela en un intento-, ¿vas a estar todo el día así de pocho?
-Me duele la barriga -respondía él con su tono penoso de queja, molesto de alguna manera por los gritos y las locuras de los niños.

"El abuelo está enfadado", decía Carmen la última vez y me pregunto cómo están percibiendo a ese hombre al que yo devocionaba cuando tenía sus años.

Aún así, es fácil sobrellevar la pena, cuando los tres mosqueteros se te suben en lo alto, cuando Lucía abre los ojos como platos por un cuento o Manuel enrojece si lo beso por sorpresa, cuando Carmen se me agarra como una pulguita cariñosa llenándome la cara de bocados, besos y carcajadas flojas, cuando está allí Javier.

Ojalá a mi abuelo le sirviesen los mismos equipos de rescate que a mí...

martes, 15 de junio de 2010

otra vez sobre el olvido


Como si no tuviese sombra, como si el eco hubiese desaparecido, como si la caja de recuerdos estuviese vacía y en el álbum de fotos no quedase nada, como si fuese la idea de alguien que nunca hubiese existido. Así me golpeó la irrealidad del olvido mientras las sombras de las bananeras marcaban mi camino hacia el trabajo, llevándoselo todo desde la raíz.

El olvido tiene sus ventajas, pero a veces me da miedo que se lo acabe comiendo todo, que cuando se harte de lo que no me gusta o lo que no quiero, comience a alimentarse de lo que atesoro con ternura. Es un monstruo traicionero que no obedece reglas, no tiene dueño ni jefe, es como el espíritu negro de Chihiro arrasando con todo hasta ponerse tan gordo que oculta con su silueta lo demás.

A veces soy incapaz de recuperar un recuerdo de mi infancia, una imagen de alguien importante, a veces vivo como si nadie hubiese existido jamás, ni siquiera yo. No soy consciente y, de pronto, un olor, un sabor, el ritmo de una canción, resucita del rincón de las catástrofes un recuerdo que me recorre acelerado tratando de recuperar la respiración. Y, mirándolo todo, me pregunto quiénes somos, qué sentido tiene el sonido cotidiano que adormece los restos del pasado y eclipsa el futuro incierto.

Por una vez, entiendo que Peter volviese cuando Wendy ya había crecido demasiado.

domingo, 6 de junio de 2010

sobre el concepto de la muerte y los que se van


La última vez que vi a mi tío fue durante aquella limpieza de primavera en la casa del campo. Después, como siempre, había escuchado hablar de él, de los perros, de sus idas y venidas. En el instituto me enteré por mis primos de que estaba de médicos. Bueno, supongo que no me termino de entender con la enfermedad, así que lo dejé en un apartado de mi imaginación. Mi abuela, mi madre, unos y otros me fueron diciendo: primero el hospital, después la vuelta a casa, otra vez al hospital... En realidad ha sido cuestión de días. Y al leer el mensaje esta mañana, mientras bajaba con Juan y Leticia de las Viñas, me he dado cuenta de que, de alguna manera, yo ya lo sabía.

Tengo una relación extraña con la muerte que comienza en las faldas negras de mi abuela Luisa mientras ella arrugaba un pañuelo de tela ribeteado en azul entre las manos. A veces culpo de todo a mi extraña facilidad para el olvido, porque desligo enseguida mis recuerdos del cuerpo extraño que anida en los cementerios, desligo enseguida de la realidad las huella que esa persona pudo dejar. Así, cuando murió la bisa, yo no sentí pena. Por lo menos no la sentí por mí.

Me cuesta mucho llevarle la contraria a la muerte, quiero decir, pensar que deberían haberse quedado un tiempo más conmigo. Imagino que cuando le toque a alguien más cercano lo asumiré de otra manera, creo que menos elegante. Pero la cosa es que a día de hoy, no puedo emocionarme con la ausencia.

No me duele mi dolor, porque no existe, me duele el de mi abuelo, cuando escucho su voz en el teléfono, cuando me indica que tengo que sentarme a su lado -siempre fui la favorita- y me agarra la mano con su mano arrugada llena de venas azules de príncipe. Me duele ese dolor hondo de saberse el más viejo de los cuatro, el que sigue sentándose, ahora solo, en el sitio de privilegio. Me duele el dolor de las ahora mujeres que me abrazan con una sonrisa -a las que no veía desde que tenía diez años- y se me rompen en gemidos en el pecho. Pero no me duelo yo, no me siento mutilada. ¿Entenderé este ritmo natural cuando sea otro el que se marche? ¿Será mi olvido tan certero? ¿Aullarán los perros sin dueño de mi tío otra noche más?

Los velatorios son ese sitio tan irreal, con aires acondicionados desproporcionados, que me embotan la cabeza con su halo surrealista de conversaciones manidas.