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martes, 22 de noviembre de 2016

diluvios


Hay una luz gris en la casa, una luz de final de tarde desde que amaneció, una luz que es azul merienda. Llueve fuera y tintinean las gotas en la barandilla de la terraza como si quisiesen captar nuestra atención mientras dormimos o nos lavamos los dientes o trabajamos en el despacho acompañados del ronroneo de los ordenadores. 

Llueve y las botas salen del armario para colonizar charcos. Me pongo vestido porque cuando llueve odio llevar los bajos de los pantalones mojados. Miro las gotas congeladas en el cristal, contemplando la niebla. 

Ha llegado un señor vestido de invierno a nuestra ciudad y su capa es de aguacero. Me lo imagino vestido de gris con un sombrero azul marino. Lleva gafas empañadas y busca agachándose para mirar a través de los cristales de las casas, todas con la luz encendida. La lluvia siempre siente curiosidad por la vida que se celebra en las habitaciones cuando ella campa por el mundo. 

Las rutinas cambian casi imperceptiblemente, el tiempo se alarga y siempre son las ocho de la tarde. Se preparan tés, se desdoblan mantas de sofá, las novelas de misterio susurran desde las estanterías y los rotuladores se mueven nerviosos en el lapicero como si supiesen que va a pasar algo. Se encienden los hornos y se perdonan lavadoras con alegría. 

Me gusta terriblemente la lluvia. Despertar y enredarme en las mantas hasta alcanzar a Nacho, que está mucho más espabilado que yo. Hacer la magia del café que inunda las habitaciones y sentir que nuestra casa es un palacio seguro, lleno de magia poderosa, que va a mantenernos a salvo del imperio de la humedad que asola la calle. Me siento como un oso que retoza en su madriguera esperando ivernar. Busco la miel e imagino chimeneas en las velas. 

Es raro este escenario en esta ciudad, así que miro los árboles del zoo recortados contra las nubes y me imagino complicadas danzas de lluvia hechas por lemures. Lo aprovecho, invitando a un jersey a unirse a mi fiesta de la tormenta. 

lunes, 7 de noviembre de 2016

comer y amar



Siempre me han gustado los mercados, esa explosión de colores y olores llenos de promesas que parecen querer atraparte. Hace más de un año, quizá casi dos, que Nacho yo decidimos abandonar las compras en los grandes supermercados. Quizá la palabra abandonar sea demasiado exagerada, quizá venga mejor la palabra reducir. 

Una mañana de sábado descubrimos el placer de peregrinar de la frutería a la carnicería y de allí a la pescadería y la panadería. Hay un dibujo en la ciudad trazado por nuestros paseos para hacer la compra, acompañados del carro o las bolsas de tela que guardamos en los bolsos. Es como una suerte de camino iniciático en el que nos vamos entregando a la idea de los platos que realizaremos con todos los tesoros con los que nos vamos haciendo. Recorremos las calles hablando de posibilidades, entramos en los negocios dejándonos sorprender por la belleza de un atún recién traído, por la maravilla de un gigantesco pan de pueblo o el color de una berenjena gigantesca. 

Me gusta el sonido de cueva que dibujan mis manos en el saco de las nueces cuando intento agarrar grandes puñados y la ilusión casi infantil cuando llego a la frutería y deseo comprar las piezas por sus brillantes colores o por sus texturas. Hay un algo festivo en comprar especias al peso, en desechar las bolsas de plástico para llevar a puñados los tomates, los plátanos, las espinacas abrazadas al pecho. Hay un algo de triunfo cuando volvemos a casa con la imaginación repleta de recetas posibles. 

No somos exagerados. Compramos lo que vamos a consumir y no malgastamos el dinero en mil chirimbainas que luego dan vueltas por el frigorífico. Últimamente nos encanta la cocina de aprovechamiento que tan originalmente desarrollaron nuestras abuelas y bisabuelas. Nos encanta que un puchero dé para croquetas y también para sopa. 

Nacho se ha convertido en un cocinero genial que utiliza las frutas y verduras solteras del frigorífico para hacer pollo al curry, consiguiendo que todos los invitados repitan. Cuando vuelvo a casa del trabajo, voy imaginando qué habrá mezclado en los fogones, si habrá seguido alguna de las ideas que tuvimos o habrá inventado algo nuevo -mezcla de dos recetas que olvidó, porque no tiene memoria gastronómica, pero sí mucha intuición-. 

Hemos descubierto una forma especial de amar que sucede en la cocina. En estar los dos pelando fruta con la cebolla al fuego, en hacer un zumo, en charlar mientras fregamos los platos o colocamos la compra en la despensa. Hay en la comida una forma de decir te quiero que ataca a los instintos más básicos del cuerpo. Por eso a veces, antes de dormir, le digo que lo quiero chocolate o arroz con leche o jamón serrano. 

Y él me entiende, porque viajamos y visitamos museos y supermercados, parques y restaurantes con la misma devoción. Me entiende porque cuando hace una receta a mi manera o me espera liando croquetas si llego de noche por culpa de una reunión en el instituto, me está diciendo también te quiero.  

lunes, 17 de octubre de 2016

el intento de una profesora de literatura por salvar algún alma de poeta


Hoy por fin ha llegado a casa la caja con Cumpleaños número 15. Este libro es mi primer poemario ilustrado gracias a Nacho, que ha dedicado su verano a sumergirse en estos poemas y encontrarles un rostro. 

Desde hacía algo más de un año, Cumpleaños número 15 daba vueltas por la casa. Es un diario poético de una chica de quince años que, mes a mes, se derrama en poemas breves y directos. Es una apuesta que surgió en una clase de literatura, cuando mis alumnos recibían la poesía como algo lejano y extraño a lo que no se podían acercar, algo que, cuando se entendía, no podía ser poesía porque ni rimaba, ni medía, ni generaba una lucha de discernimiento. Esa tarde comencé a fantasear con crear un puente y poco a poco se fueron desgranado los poemas: sencillos, breves, directos. Con imágenes asequibles y juegos de palabras cotidianos, para que cuando los lean puedan pensar que algo parecido podría salir de sus manos, que la poesía no está tan lejos de lo que ya son. Ediciones Torremozas ha hecho realidad esta apuesta algo alocada, este intento de trampolín. 

El resultado me enamora y me aterra. Veo los dibujos de Nacho, que resumen un universo cotidiano en el que caben las gomas milán, los chinos de la suerte y los gorriones, leo de nuevo los poemas -ya con la dulce tinta de imprenta- y no puedo parar de preguntarme qué sentirá ese lector joven cuando se acerque a estos textos. ¿Serán puente o puerta? Tiemblo de pensarlo. 

El día que descubrí que yo también podía escribir poesía me pasé la tarde recitando en mi cabeza, probando palabras, intentando demostrar lo que sentía convocando tormentas -"que se desate la tormenta que llevo dentro", decía-. Cumpleaños número 15 es mi intento de hacer sentir a mis alumnos que también pueden convocar a los poemas, que las palabras no sólo describen el mundo o relatan acciones, sino que pueden definirnos, dibujarnos, explicarnos, convertirse en pregunta y en respuesta. 

Crucemos los dedos, ya os iré contando. 

viernes, 20 de febrero de 2015

comienzos



Me gusta empezar una libreta cuando tengo nuevo proyecto de novela. Por eso me gusta pasar por Muji cuando vamos a Madrid y hacerme con un cargamento. Muchas veces escribo sólo la trama general, algunas notas sobre el argumento, y olvido la libreta y la novela hasta que madura lo suficiente como para sentarme a escribir. Otras veces, nada más iniciar el cuaderno, inicio el proceso de creación y lo lleno de esquemas de capítulos, de dibujos y de notas que iré utilizando cuando me siente delante del ordenador a contar mi historia. 

Esta casita la dibujé ayer mientras el sol entraba por la ventana y calentaba la mesa. Quería visualizar el bloque de pisos en el que centraré mi nueva aventura. Así puedo imaginar quién hay tras cada ventana, cuántas habitaciones tiene cada casa, dónde están los baños y las despensas. Parecerá una tontería, pero tengo planos y dibujos de los edificios sobre los que escribo, de las habitaciones y las posiciones de los personajes en escenas corales. Quizá es herencia del teatro, o quizá tengo una imaginación muy visual. ¡Ni idea!

Sea como sea, tengo ganas de escribir. De sentarme esta semana con mi café, de levantarme para el café, para dárselo todo a la tacita humeante. Tengo ganas de contar esta historia, la historia de una chica que quizá se llame Azul y de un chico que aún no sé cómo se llama. La historia de un edificio y sus habitantes. Seguramente una historia de amor porque, ¿qué somos si no eso? 

Así, mientras Nacho esté dibujando, yo estaré haciendo lo mío. Y el despacho será dignificado y el día será como nos gusta el día: literario e ilustrado. Con las pausas justas para la cocina, para conquistarnos las tripas. ¡Cómo amo pasar esta última semana de febrero en casa! Es un regalo fenomenal. 

miércoles, 27 de marzo de 2013

La Última Musa es el tercero


Estos últimos meses he estado algo más desaparecida, pero los proyectos literarios ocupan casi todo mi tiempo libre. Por eso aparezco por aquí, para mostrar la fantástica portada que Marta ha diseñado para La Última Musa, que es la tercera entrega de mi saga de literatura juvenil Los Portales de Éldonon

Mientras que trabajábamos en el lanzamiento de esta novela, corrigiendo los últimos detalles, revisando la maquetación, peleando con la portada... He estado encerrada escribiendo la cuarta parte, por eso no he podido dar señales de vida. Ahora estoy corrigiendo esa última entrega de las aventuras en el mundo de la imaginación, pero espero terminar pronto. 

Supongo que me sentiré tan aburrida que entraré aquí cada dos por tres a contar mi vida y mis milagros. Por ahora os tengo que dejar sólo con mis novelas, ¡no doy para basto! 

viernes, 1 de febrero de 2013

un anónimo me asalta con mil dudas


Anónimo Anónimo dijo...

Qué alegría!!! Así da gusto un Febrero y sus visperas!! 
Ánimo con esa 4 parte, qué ganas de leerla (y de que salga la 3).
Por cierto, cuéntanos un poco más tus manías al escribrir, me ha gustado saber ese poquito que pones.
¿Escribes en papel y luego lo pasas al pc? parece que sí. Y esas fotos de las ilustracionestu misma haces y que que te inspiran para los libros... y ¿prefieres pc a mac? veo qeu tienes un acer... ¿oyes música mientras escribes?, ¿te haces fichas con los personajes? y... y... y...

Este ha sido el comentario que he encontrado en la entrada de ayer, así que, como me ha hecho sentir una estrella acosada por la prensa -y me ha hecho mucha gracia también-, voy a responder a todo lo que pueda. Lo primero, las manías. 

Iba a escribir que no soy muy maniática, pero de pronto he pensado en varios detalles y he decidido que cada uno valore según sus parámetros. No tengo un ritual a la hora de escribir, pero sí que me gusta, por ejemplo, recogerme el pelo. Me molesta casi cualquier cosa, así que me hago un moño en lo alto de la cabeza y, para más inri, me coloco una diadema para que no se escape ni un rizo. Necesito llevar ropa cómoda y me quito siempre el reloj. Me gusta prepararme un café al empezar e ir bebiéndolo mientras releo el capítulo anterior. Desde que descubrí la tienda Muji, utilizo un modelo de sus libretas para los esquemas de las novelas, me he vuelto una sibarita y no me sirve el folio blanco de toda la vida. Al principio hago esquemas generales y luego, conforme escribo, voy revisándolos en nuevos esquemas para cada capítulo. Me gusta utilizar rotuladores de colores y dibujar tonterías para convocar a mi inspiración. Por otro lado,  al utilizar pinterest, me doy un paseito por mi carpeta de Éldonon para coger fuerzas. No soporto que me interrumpan mientras escribo y soy incapaz de atender a quien me habla. ¡Ah! A veces me entra la neura de lavarme muchas veces las manos, suele ocurrir cuando estoy atrancada. 

Siempre escribo en el ordenador. No me daría tiempo a seguir el ritmo de mis ideas a mano. Así que a mano sólo realizo esquemas, como he dicho, y apunto algún diálogo o alguna idea. No sé a qué fotos de ilustraciones se refiere el comentario. A veces Marta ilustra mis portadas o hace algún dibujo que me sirve para Éldonon. A veces es Nacho el que se dedica a esa tarea. Yo hago algún bocetillo cutre de los lugares para situarme y descargo imágenes de internet para hacer mapas conceptuales que me ayudan bastante. 

Con respecto al tipo de ordenador, no soy nada tiquismiquis. Utilizo un portátil que compré por su autonomía y su poco peso. Pero no escribo las novelas en él. Suelo escribir en mi sobremesa que es una mezcla de varios ordenadores que montó mi padre. Me ayuda que esté en una habitación a parte en la que puedo aislarme de la casa y del mundo. Así me concentro mucho mejor. 

¿Qué me quedaba? ¡Ah, sí! La música y los personajes. Lo cierto es que sí que escucho música escribiendo. Antes me hacía carpetas de reproducción según la novela en la que estuviese trabajando. Pero tuve un trauma con un disco de Milow y desde entonces sólo escucho eso. En cuanto a las fichas de los personajes, para nada, no tengo esa paciencia. Los conozco. De vez en cuando tomo algún apunte si se me ocurre algún dato sobre su pasado o algo así, para luego no desdecirme, pero poco más. 

¡Madre mía, qué de cosas! En mi primera entrevista para la prensa, mi editora me dijo: "tú responde largo, di muchas cosas, así ocupamos más página". Se ve que esa lección la aprendí bien.

(He puesto una foto de escritora, escritora. Ya que hacía la gracia, la hacía completa)

jueves, 31 de enero de 2013

ven, febrero, hombre de literaturas


El coche suele ser mi generador de ideas. Cuando conduzco, mi imaginación tiende a desatarse -si no voy cantando como las locas-. Construyo la mayoría de mis novelas durmiendo o conduciendo, y esta mañana sentí el empujón de la creatividad mientras subía al trabajo con el sol comenzando a brillar. 

A lo largo de la mañana, entre clases terroríficas con los terceros, debates sobre la imaginación con primero e intentos desgraciados de lectura teatralizada con mi grupo de pcpi, es casi imposible encontrarle un hueco a la creación. Pero al volver a sentarme en el coche para enfilar el camino a casa, mi cabeza volvió a ser un hervidero. 

Por eso, después de comer, seguí mi ritual de café, de encender el ordenador del despacho, subir las persianas, desperdigar lápices, ponerme las gafas y concentrarme en una libreta de pastas grises mientras Milo suena por los altavoces. 

Llevaba meses pensando en la última entrega de Los Portales de Éldonon y necesitaba darme un pequeño empujón para ponerme a escribir. En los últimos tres años, febrero se ha convertido en mi mes de la creatividad, especialmente gracias a la semana de vacaciones al final; pero este año he querido adelantar mi proceso, aunque sea un día. Así que he comenzado a redactar el primer capítulo del que será mi cuarto libro en Éldonon. 

Los principios siempre me cuestan trabajo. Como si tuviese el lenguaje atado y necesitase levantar un mundo a mi alrededor con todas mis fuerzas, casi conjurando un universo que me devore para surgir a través de mí. Así que las primeras 1700 palabras, los primeros tres folios, han sido como aprender a coser. Lento y, seguramente, equivocado. Pero estoy contenta. 

Estoy contenta. Estoy haciendo lo que más me gusta hacer. ¡Ojalá me dure el impulso y las ganas y las fuerzas! Y pronto pueda decir: hay una historia más que contar. 

miércoles, 30 de enero de 2013

pretérito perfecto compuesto


La casa permanecería en silencio, pero boza canta bajito desde el ordenador, dejando al reloj su protagonismo. Yo he ocupado el tiempo. He sido hacendosa y he regado las macetas, he guardado el mantel y he vuelto a recoger la cocina. No me he olvidado del salón y lo he puesto todo en orden. He repasado cada una de las habitaciones. Como estuvimos en ikea, he enmarcado el dibujo que Nacho me ha dejado debajo del sofá y lo he puesto junto a las últimas ilustraciones de Marta, antes de llevarlo a la cabecera de la cama. He escrito un poema. Y he entrado aquí, a abusar del pretérito perfecto compuesto. 

En el colegio odiaba los verbos y las tablas, y todo lo que supusiese estudiar de memoria. A mí me gustaban las cosas que se podían aprender como una historia, las que dejaban un hueco para fantasear o inventar sucesos paralelos. Por eso puedo imaginar a Nacho en el tren, dormido elegantemente con la boca cerrada, o intentando dibujarse fijándose en su reflejo en el cristal. Es la historia paralela que ha empezado a las 17:58. Ahora ya no puedo aprenderlo de memoria, pero puedo rellenar los huecos que se deja. Puedo inventarme en lo que piensa, a dónde va, hacia dónde mira. 

Yo miro los adaptaciones de Mio Cid de mis alumnos agrupadas en dos columnas: las corregidas y las que no. Miro el reloj, me planteo una ducha, escucho palabras de la canción -y salté del vagón a fugarme conmigo-, parpadeo rítmica. Él hace lo mismo. Ha pensado ahora lo mismo que yo. 

viernes, 7 de diciembre de 2012

aventura en el mundo moderno de Amazon


Hace tiempo que sentía curiosidad por el mundo de los libros electrónicos y sus vericuetos. Como soy una mujer más para la práctica que para la reflexión, he decidido que la mejor manera de adivinar cómo funciona  el e-book era probando a publicar uno. Así que por fin hago pública mi vieja novela Gris de la que he hablado en algunas ocasiones. 

Como Amazon lo está colonizando todo, he pensado que el mejor sitio para comenzar era ese, por lo que he colgado allí el libro. Dejo aquí un enlace de descarga para el que quiera curiosear (espero que no os vuelva tan locos como a mí, que he necesitado ayuda de cámara para poder colgar el libro). 

Gris

¡Deseo que os guste!

miércoles, 31 de octubre de 2012

lo desconocido


Me pregunto cómo sería vivir en un mundo en el que todavía quedasen espacios rosas en el mapa. Nacho retoca unas imágenes en el ordenador para un concurso y yo fantaseo con eso, con los espacios rosas en el mapa, porque ayer leí un artículo sobre los territorios imaginarios. Quizá por eso también mandé a mis alumnos hacer la descripción de un sitio que no exista. 

Entonces imagino un mundo en el que no hiciese falta crear otro mundo para que cupiese lo desconocido, sino que contase con determinados rincones que poder colmar de significados y decir: "¿ves? en esta pequeña mancha rosa en el mapa hay en realidad un país donde habitan hombres con cabeza de pescado que hablan cantando" o "¡fíjate! en este rinconcito rosa hay un bosque donde nacen niños de los árboles". Creo que hubo un tiempo en el que todavía se podían desear cosas así para los territorios insospechados. ¿Cuáles son ahora nuestros dragones? 

Nacho frunce el ceño y yo miro las paredes blancas de la habitación. Qué vasto el atlas de todo los soñado, el bestiario de lo que sólo intuimos entre las sombras... Y que se nos olvide que somos capaces de incendiar de contenidos un simple territorio en blanco, ¿qué debe significar? 

miércoles, 17 de octubre de 2012

el arte ya no sirve para nada


Cuando explico a mis alumnos el Modernismo, les hablo del cambio de concepción del arte, que pasa a ser un objeto inútil. Quizá las cosas no han cambiado mucho desde entonces. Por eso hay tantos educadores que componen canciones en su tiempo libre, tantos artistas que pintan cuando salen del trabajo, tantos escritores disfrazados de gente normal. Por eso mis alumnos entienden el arte como un bien de consumo prescindible. 

No me apetece  hablar de los problemas económicos del país, ni hacer un alegato en favor de la cultura o denunciar la situación de tantos artistas en medio de este ciclón. Me genera apatía el pensamiento. Sólo quería contar mis torpes intentos de solucionar en mi día a día este problema. Lo único que está claro es que si no hay dinero para pagar la comida, tampoco lo hay para pagar el arte. Fantaseo estúpidamente con la idea del mecenazgo. 

Ante todo esto, sólo puedo decir que no me apetece la idea de rendirme. Porque yo no cuantifico lo que hago, yo soy feliz fabricando cuentos. Seguramente nunca llegue a ser best seller, hay grandes posibilidades de que la publicación en papel sea una utopía dentro de poco y cada vez más se reduce el número de lectores. Cuando intento explicar que eso no me importa, pocas personas me creen. Está claro que sin un lector no tiene sentido la obra, pero, ¿significa eso que deje de tener sentido el creador o que pueda detener sus procesos artísticos a la espera de una buena oferta? 

Me enredo en mis propias ideas. Me tropiezo con los formularios, con los protocolos literarios, con los problemas de liquidez del sector y la falta de demanda porque el precio del libro no se abarata. Pero trabajo en dos novelas nuevas, tengo cuatro medio dignas terminadas y a la espera, un blog lleno de poemas (en el que hoy he publicado para imprimir los poemarios que suelo regalar durante los recitales) y una cabeza que no deja de enredarse en tramas descabelladas. Y tanto ruido frente al silencio del exterior puede confundir, incluso frustrar, pero yo lo bailo y crezco y descubro el mundo y lo transformo o lo quemo. Porque la literatura o el arte para mí no son únicamente un fin o una meta, no son sólo el ideal, son también un camino cotidiano por el que me busco cada día. 

lunes, 15 de octubre de 2012

madrid, una mujer cosmopolita pero chapada a la antigua


La luz acaricia cálida los árboles del zoo, dotándolos de una cara oscura que va preparándose para la noche. El tigre gime descaradamente desde su jaula, supongo que rogando un poco de amor, y un grupo grande de gaviotas gira en círculos sobre el mar en el horizonte. Es extraño pensar que ayer estaba abandonando Madrid, con su ruido y su gente, cuando miro ahora la paz a través de la ventana. 

Estoy leyendo El vendedor de historias. Lo empecé en el tren, de camino a Nacho, y casi lo estoy terminando. Es uno de esos escasos momentos en los que decido alargar un poco más un libro, para que no se me acabe antes de que me de cuenta de que ya no lo tengo entre las manos. Habla sobre la creatividad y el mundo de los escritores. No puedo imaginarme cómo lo acogió la crítica en su momento, es bastante duro con el quehacer de los autores publicados. Aunque como el narrador tiene bastante doblez, uno nunca se siente identificado con lo que critica. "Los malos son los otros". Quizá sería una de los incorruptibles. Qué peligroso...

Madrid me ha enseñado nuevas caras estos días. Pocas veces había visitado sus calles con un madrileño de pura cepa y, claro, sus costumbres y su historia me han llevado a rincones nuevos. Este viaje ha tenido la magia de poner en movimiento personas, lugares y objetos, que sólo formaban parte del ideario de mi imaginación. Conocí las calles de las que había escuchado anécdotas, recorrí los caminos que había dibujado parcamente con retazos, tomé las medidas de las habitaciones, probé los sabores de la cena que siempre es a las nueve y media, puse cara y movimiento a los protagonista de tantas historias y mudanzas. Escuché al otoño acercándose a las avenidas y observé el apasionante engranaje de la realidad que, aunque a veces no es capaz de imitar el brillo de la fantasía, tiene la capacidad de sorprenderme con detalles que no deben pasar desapercibidos. Era como asistir por fin al espectáculo que tantas veces había imaginado. Y lo cierto es que aplaudí como una niña al final de la función. 

Además, disfruté de Sol y sus elegantes gatas, bajo la luz de una tarde que no sabía si prometer diluvios. Disfruté de Rubén, Maria José y un novísimo Pablo, que se quedaba tranquilo en mis brazos mirándolo todo con infinita curiosidad. Disfruté de las librerías en las que soy capaz de aburrir a cualquiera y me hice con algunos libros que necesitaba como documentación de un nuevo proyecto literario. Disfruté de mí y me cansé de andar. Porque las medidas son distintas y lo que es cerca para Nacho, a mí me supone una eternidad. Supongo que es lo que tiene estar aprendiendo de alguien que disfruta tanto del proceso como del final. 

Sí, Madrid me trata siempre bien, prepara para mí ferias del libro antiguo, exposiciones sobre escritores y pintores que me gustan, restaurantes con mis comidas preferidas y tiendas con diez mil tentaciones. No me puedo quejar de esa mujer cosmopolita, pero chapada a la antigua, que a 565 kilómetros retiene lo que es mío. 

jueves, 11 de octubre de 2012

de libros, proyectos y maletas


Con el café he terminado la maleta. Charlie Winston canta Soundtrack to Falling in Love y yo repaso cada una de las cosas que haré en los momentos libres del día antes de coger el tren. Calculo todo antes de las seis porque es mi tiempo de independencia. Después todo será nuevo y no querré planes ni tener nada atado que no sea su mano dando un nuevo significado a las calles. 

La luz comienza a tomar posesión de mi salón al tiempo que la canción cobra intensidad. Es jueves. Dos ideas de novela rondan mi cabeza y ando de un cuaderno a otro tomando apuntes de posibles esquemas. Pierdo la conciencia de la realidad mientras sigo mentalmente un diálogo que aún no he escrito, una descripción que podría encajar. Las cosas pequeñas vuelven a ser las protagonistas y en la clase de literatura hablaré de los trucos mágicos del escritor. 

En Madrid buscaré un libro sobre dioses orientales y quizá algún ensayo sobre literatura, soñé que iba a una librería de viejo y le preguntaba a un importante poeta qué me aconsejaba. Decía: "voy a indicarte el libro más caro del mundo". Después se inundaba todo y a mí me daba vértigo, aunque me gustaba la nueva casa de Juan y Leti. Mi cabeza es un campo del que recoger siempre ideas descabelladas, tengo buenas plantaciones. 

Mi plan, entonces, es terminar de leer El arpista ciego de Terenci Moix antes de coger el tren, para así poder dedicar el traqueteo a la novela de Gaarder que Nacho me regaló para mi cumpleaños. Así, cuando llegue y él me vea, seré de nuevo ella y a la vez yo tirando de una maleta. 

martes, 18 de septiembre de 2012

el personaje del escalón


Los comienzos de curso siempre llevan de la mano un incremento de mi vocación de maruja. Así que hago mil cosas en la casa por las tardes. Me vuelvo loca entre lavadoras, paso la aspiradora como si no hubiera mañana, se me ocurren redecoraciones o le dedico tiempo extra a mis macetas. Ayer, entre tanta vorágine de ama de casa, salí a la compra a última hora. 

En un escalón cerca de casa, que por las mañanas es una empresa de ascensores, había un hombre negro sentado al lado de lo que parecía un paraguas malva. Aparentaba tener mi edad y parecía atlético. Imaginé que de pie era igual de alto que yo. Como no puedo dejar que mi imaginación vuele descontrolada, mientras que me dirigía al supermercado, le iba inventando una vida. 

Después, con las compras, me olvidé de mi personaje y me concentré en una canción que no salía de mi cabeza. Como llevaba el pelo húmedo me sentía fresca y relajada. Me había puesto un vestido para marcar la diferencia entre la jornada laboral y mi descanso. Iba absolutamente absorta cuando, al regresar a casa, en la esquina de mi calle, vi a alguien de pie mirando a los lados, como cuando se espera algo. Descubrí emocionada que era el mismo hombre negro del escalón. Miraba su reloj cumpliendo todos los tópicos disponibles y, efectivamente, era sólo un poco más alto que yo y muy proporcionado. Llevaba unos pantalones marrones claros y una camiseta blanca de rayas. Me alegró volver a encontrarme con mi personaje porque quizá recibiese nuevas pistas sobre los motivos de su espera.

Me crucé con él, aguantando las ganas de saludarlo -suele pasarme que, al inventarme la vida de la gente, me creo que ellos me reconocerán como narradora y se me olvida que no saben nada de mí y que no debo hablar con desconocidos-, y me encaminé a mi casa pasando por el escalón. Allí aguardaba el paraguas malva, que resultó ser un precioso ramo de flores. A su lado había una lata de cerveza. Yo había tardado media hora más o menos en comprar y él seguía allí, no se sabe desde cuándo, esperando con un inocente ramo de flores. 

Mi personaje cobró nuevas dimensiones. Imaginé que había comprado la lata aburrido de esperar. Imaginé que ella era rubia y extranjera. Imaginé que pensaría que el ramo era demasiado o una costumbre pasada de moda. Y fantaseé con que me regalasen flores. Me encanta recibir flores y me apena que sea una tradición venida a menos. Sí, definitivamente aquel hombre se había convertido en el héroe de mi día. ¡Qué ironía que una vez en casa lo olvidase por completo! Así de breve es la fama en mi cabeza. 

jueves, 26 de abril de 2012

amar es aquí


Son las nueve de la mañana. Tengo el pelo mojado y el café a medias. Javier duerme como un bendito y un vecino hace un amago con el martillo unos pisos más abajo. El reloj, como siempre. La luz, entra tímida en la casa a través de la ropa tendida. Una moto cruza la calle y el sonido tenue de un televisor llega desde algún rincón lejano. 

Hay en mi casa un sitio que late con una intensidad distinta a los demás. Es la balda número cuatro de la estantería del centro. Está cargada de libros verdes que esperan encontrar su rincón. También está cargada de sueños y proyectos cumplidos. Ediciones Torremozas me envió ayer un paquete lleno de manzanas, bueno, lleno de poemarios verdes como manzanas con mi nombre y el título que decidí cuando asumí lo que significaba. Amar es aquí donde pertenezco. 

Pronto estarán a la venta, pronto pondré la dirección donde podrán conseguirse o, si tenéis paciencia, podré ir a presentarlos cerca de donde estéis escondidos y os los ofreceré como la bruja del cuento a blancanieves. 

Javi se mueve en la cama. La vida me llama. Me desperté con Pedro Salinas en la cabeza.


(y aquí os dejo un enlace donde podéis comprar el libro por internet http://www.torremozas.com/amar-es-aqui )

viernes, 24 de febrero de 2012

el mito de la mujer zorro

Para mí es muy llamativo cuando una americana escribe sobre oriente, especialmente sobre China o Japón. Ahora leo a Angela Davis-Gardner en su Flor de invierno, libro que regalé a mi madre por navidad después del consejo de mi librera. Lo empecé anoche y ya quiero bebérmelo.

Entre las distintas historias, se habla de algunos mitos de la mujer zorro. La mujer zorro siempre se casa con un hombre al que hace feliz pero al que luego engaña y abandona. Hay quien sabe hablar con los zorros y eso es peligroso. Imagino a la mujer zorro muy hermosa. Con el pelo negro y una sonrisa enigmática.

Camino del trabajo, y también a la vuelta, me preguntaba cómo lo vería todo un japonés. Me gustaría despertarme un día y vivir mi vida durante una semana con la mente de un japonés. Siempre siento que ellos viven más en el momento presente que nosotros. Yo hago planes, adelanto acontecimientos, propongo mis propias profecías y observo el pasado como si fuera un mapa del presente que soy incapaz de ver. También creo que sería más ordenada y más sencilla. Me gustaría ser más sencilla.

Hay días en que me siento  un laberinto. Hoy he sido un poco un laberinto. De pronto, al girar el seto, estaba conjurando al destino, como cuando era pequeña y deseaba no tener lo que quería para que, así, viéndome tan convencida de lo contrario, el destino me regalase lo que añoraba secretamente. Si quería verte, deseaba no hacerlo con todas mis fuerzas. Entonces no sabía que el destino podía leer mis verdaderas inclinaciones. En el siguiente seto estaba una fuente, su sonido en la plaza y árboles de ramas cortadas, quizá llovía. Si imagino mi laberinto desde arriba, siento vértigo. Desde dentro sólo alimenta mi imaginación y al final no sé ni lo que veo.

Por eso me gustaría beber sake y vaciar mi casa, como en el libro. Y peinar mis rizos castaños como si fueran ebras negras. Y mirar las flores del ciruelo.

viernes, 27 de enero de 2012

fin de lectura


Termino de leer Nubosidad variable pensando en mi madre, porque lo está releyendo a la par que yo, y preguntándome si a ella también se le despierta el gusto de escribir cartas como antiguamente mientras va pasando las páginas de Carmen Martín Gaite. También me digo que es un día muy propicio para acabar este libro, porque me ha caído el diluvio universal bajando del trabajo y ha estado rugiendo el cielo sin dar ninguna tregua hasta hace un rato. 

Hay muchas frases que tengo subrayadas en el libro y pienso en que hoy cenaré con Belén y podré darle las gracias por este regalo. Creo que ella sabía lo que me estaba regalando, por lo poco que me conoce puede hacerse una idea de mi amor por la literatura y por la escritura. La imagino repescando ese título de esa memoria y pensando en mí. Eso me hace sentirme agradecida, quiero decir, el que alguien sea capaz de acertar con un libro al regalártelo. La gente regala libros como quien compra bolsas de pipas, sólo porque lo anuncian grande en las tiendas o porque se vende a mansalva. Pero regalar un libro es más que eso, es casi como saber cómo te gusta el café. A mí, por ejemplo, largo y con leche fría, con dos de azúcar. Si alguien sabe cómo te gusta el café, es que se ha parado a escucharte. 

Los vecinos dan golpes en alguno de los pisos colindantes, como las paredes son tan finas, no sé de dónde me viene el sonido. Miro los árboles del zoo cimbreándose contra las nubes altas y recuerdo también las conversaciones locas de anoche sobre el sentido de la existencia humana, el orden y el caos, el universo y los extraterrestres. Se mezclan entre las divagaciones aquella frase de mi madre: "no busques la respuesta a las grandes preguntas", que me ha perseguido implacable estos años, junto con tu apreciación "piensas demasiado en cosas que no te llevan a nada" o algo así dijiste, ya no me acuerdo. Pero los dos teníais razón. 

Sin darse cuenta, una sigue las sendas de la idea en busca de la literatura y asciende y elige caminos -unas veces acertadamente y otras por el mero azar o la pereza-, como si el final se encontrase en algún sitio. "He llegado a no verle a la vida más sentido que el de indagar su sentido", dice Martín Gaite por boca de uno de sus personajes. Ese carrete interminable que no lleva a ningún sitio sino a perdernos más en el laberinto. "Y desde luego no hay mejor tabla de salvación que la pluma". 

Amo escribir. Soy tan feliz escribiendo, aunque las sendas, a veces, sean imprecisas y arduas... 

jueves, 19 de enero de 2012

hambre


Estoy planteándome proyectos literarios nuevos y tengo la mesa llena de papeles. Tengo la angustiosa costumbre de copiar la información en cualquier sitio, de manera que luego soy incapaz de recordar dónde apunté cada cosa. Así que llevo un rato revisando moleskine y servilletas para pasar todos los datos a una libreta amarillo chillón que me regaló Alberto. Supongo que así no se me olvidará dónde tengo que apuntar. 

La ropa negra está tendida en la terraza, por lo que no entra mucha luz en la casa, aunque ya a esta hora pueda exigirle poco al sol. Aún así, el tendedero crea una línea negra y convierte el cielo en una pantalla casi blanca que van cruzando nerviosos pájaros buscando el hueco de dormir. Me he quedado con los pies helados, igual que el té que he dejado a medias sobre la mesa porque ya no hay quien se lo beba. Debajo del ordenador, aplastado, yace el manuscrito de la novela infantil en la que estuve trabajando este verano. Siento una pereza paralizadora cuando pienso en corregirla. 

Odio corregir. 

Y dejo el párrafo así, sólo con esas dos palabras, para que quede efectista y porque es verdad. Últimamente conozco a muchos escritores y eso me da vértigo. Es una mezcla de miedo y de pérdida de la originalidad, algo así como cuando tu madre tiene otro hijo mezclado con conocer a tu héroe. Por supuesto es agradable hablar de las frustraciones literarias y editoriales, de los proyectos y de las metas, pero somos todos muy raros, cada uno a nuestra manera, y la mezcla llega a ser sorprendente. Al final siempre es muy divertido. 

Estos días tengo activado el chip de narrar, de captar en la realidad mil historias, por eso cada párrafo parece  inconexo con los demás. Paseando por la ciudad o conduciendo ya me he contado la vida de la hija del farmacéutico que conocí el otro día, la del pintor que reside en una de las mansiones de camino a mi casa, la del príncipe desconocido que hay entre los alumnos... Cualquier chispa es un impulso que despierta mi voz de narradora. 

Es algo precioso... que me genera frustración. Porque tengo que levantarme e ir a trabajar,  no puedo preparar el café y sentarme a escribir hasta sentir hambre. Así que siento hambre todo el día, no de comer, hambre de palabras, de mis palabras. ¡Ay, si el mundo fuese a mi manera...!

miércoles, 18 de enero de 2012

de lo real


Llevo desde que empecé a leer Nubosidad variable dándole vueltas a la cabeza con una idea un tanto abstracta y que no sé si sabré plasmar. Pero, antes, dos referencias: escribo a la luz de las dos lámparas que enciendo al caer la tarde en casa, normalmente corro las cortinas cuando las prendo (por eso que siempre repite mi madre cuando me ve de noche con las persianas subidas: "niña, que te van a dar un tiro"). Hoy las he dejado abiertas porque la ropa tendida me hace de refugio artificial. Son las 18.50 y lo escribo así porque lo he mirado en el reloj del ordenador y todavía no estoy acostumbrada a transformar esos números en las siete menos diez sin hacer un esfuerzo casi sobrenatural. Por dar una referencia de más, escucho ahora mismo Sans la nommer

Cuando empiezo a leer un libro, y más si está escrito en primera persona, los personajes van apareciendo desdibujados. Es el tiempo en que puedo dejar la lectura para otro momento o puedo abandonar una novela sin sentirme culpable. Después, cuando los nombres van creciendo en mi imaginación, van tomando consistencia y forma, cuando los personajes dejan de serlo para existir, entonces el libro me llama de tal manera que casi no puedo pensar en otra cosa. Así me tienes, en lugar de concentrada en ti o en el día que hace o en lo que preocupará a mi padre o en los nudos cotidianos que aparecen en mi imaginación, absolutamente absorta en los problemas de Mariana y Sofía. Casi me siento una contertulia más en su conversación. Me voy rumiando por la casa sus preocupaciones, soy capaz de responderles y tengo que hacer de tripas corazón para no mandarles cartas también desde este sofá. 

Por extraño que parezca, Mariana y Sofía son más reales que todas las personas que ahora no veo. Incluso más reales que yo -en un segundo plano por ser un testigo consentido de sus andaduras. De alguna manera me viene a la mente aquella cita que subrayé del último ensayo de Umberto Eco: "El Papa y Dalai Lama pueden pasarse años discutiendo si es cierto que Jesucristo es el hijo de Dios, pero (si están bien informados sobre literatura y cómics) ambos tienen que admitir que Clark Kent es Supermán, y vicerversa". Es casi elevar la veracidad del mundo ficticio por encima del mundo real. Y en esa ascensión hacia lo alto, me preocupa más que Mariana me explique qué hace en Puerto Real o que Sofía siga escribiendo, que el ir a hacer la compra. 

Lo genial, lo absolutamente genial es cuando esos personajes no mueren al cerrar el libro, ni días después. Lo genial es cuando se quedan viviendo conmigo y puedo preguntarte qué harían ahora, qué me aconsejarían, incluso imaginar cómo se reirían de mí si leyesen ahora esto. 

miércoles, 11 de enero de 2012

dos referencias para que te sitúes



Belén, sorprendiéndome en la biblioteca, me ha regalado un libro de Carmen Martín Gaite con motivo de los Reyes Magos. Belén es una experta en este tipo de detalles que despliega con la mayor naturalidad. A veces me sorprendo de su manera de amar, yo, que suelo sentirme gerundio, con ella soy un simple participio. Es curioso. Pero no voy a detenerme en esa idea que me desviaría completamente de mi propuesta inicial. 

La cosa es que ha dejado en mis manos Nubosidad variable. No lo he leído aún, lo tengo en la pila de lecturas pendientes, pero sí que he ojeado los primeros capítulos, lo justo para topar con algo que me ha emocionado. No emoción de esas de lágrimas saltadas o corazón compungido, no, digamos que más del tipo de emoción que me llevaba a escribir cartas a Ana P. como si fuese uno de los personajes de Jane Eyre. En la página 21 de mi edición, después del saludo en una carta, encuentro las siguientes frases: 
A pesar de los años que hace que no te escribo una carta, no he olvidado el ritual al que siempre nos ateníamos. Lo primero de todo, ponerse en postura cómoda y elegir un rincón grato, ya sea local cerrado o al aire libre. Luego, dar noticias un poco detalladas de ese lugar, igual que se describe previamente el escenario en el que va a desarrollarse un texto teatral... Bien. Dos referencias para que te sitúes, una de tiempo y otra de luz. Hace un rato han dado las once y media en el reloj de pared que estuvo siempre en la calle Serrano, al fondo del pasillo... Segunda referencia: te estoy escribiendo a la luz de una lámpara que también conoces. 

Me he saltado algunas frases, pero justo cuando terminaba de leer la página 21 he tenido que apuntar al margen que me moría de ganas de escribir una carta atendiendo a esas dos referencias: el tiempo y la luz. ¡Me ha parecido una manera tan genuina de situar a alguien! El tiempo y la luz. Voy a ello: 

Son las nueve y diez en el reloj que lleva acompañándome desde mi primera mudanza. Es un reloj de plástico que primero estuvo en el pilar que separaba la cocina del salón, después sobre una estantería negra y ahora en el pequeño aparador blanco junto a la máquina de escribir. El reloj que he pegado mil veces porque no quiero sustituirlo, ese mismo reloj. Supongo que también es la misma hora en el resto de relojes de la casa, pocos y escondidos. La luz es la que se filtra de la pequeña lámpara que compré para la entrada de mi casa-hormiguero y también la que me llega, amarilla, del flexo de pie junto al sofá rojo, la que utilizamos como foco para las fotografías cuando cae la tarde. 
Tiempo y luz. ¿Cuál es el tiempo y la luz en que me leéis? Dicen tanto el tiempo y la luz para nuestras pequeñas costumbres...