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martes, 7 de marzo de 2017

el fondo está al principio



Escucho a Maydiremay. Hoy hace tarde de mayo y los árboles lucen quemados por el sol más allá de los cristales. Nacho se pelea con el ordenador y yo fantaseo recordando cómo nos conocimos, en aquel tiempo donde las personas eran metáforas y la palabra construía realidades paralelas. Aquel tiempo del pensamiento sin acción. 

Tengo la mesa llena de papeles que gritan, pendientes, y el espíritu repleto de ideas para novelas y poemas. Pero una pereza feliz se alza sobre todo el ruido y me trae aquí, a escuchar a Mariano mientras el mundo se convierte sólo en sonido. 

A veces los proyectos se enredan como mi caja de ferrero llena de hilos, y una fuerza paralizadora se extiende convirtiendo el futuro en fotografía, en imagen fija. Haciendo incluso que la lectura no resulte tan gratificante como solía, que Pedro Salinas viaje en mi bolso de trabajo sin verme leer sus cartas. 

Pueden ser los viajes, las pelusas de la casa, las macetas o la ropa tendida, quizá las clases desafortunadas, el café descafeinado o la sensación, a veces, de que por mucho que me alce de puntillas, el muro sigue ocultando mi visión. Sea como fuere, quiero escribir y no escribo, quiero leer y no leo, quiero coser y no coso. 

Aunque sí que coloco los armarios, observo las librerías, imagino lámparas, compro fruta, paseo, me deshago con un capítulo más de Se ha escrito un crimen, me acerco cada noche a decirle a Amadís palabras al oído. 

Quizá vivo un tiempo de fantasear con caballeros andantes, un tiempo de mirar a Nacho mientras duerme, un tiempo de amanecer con la luz y sólo ser. Un tiempo en el que el fondo está al principio, de ser hacia fuera. De dejarme sorprender, sin sorprender a nadie. 

Soy público. Os escucho hablar por la calle mientras camino. 

martes, 20 de octubre de 2015


¡Qué manera de no cumplir mi palabra! Parece que cada vez que me hago el firme propósito de retomar este blog, lo dejo de lado durante meses. ¿Será algún tipo de maldición antigua y profunda? Seguramente.

Hay momentos en los que creo que tengo algo que decir y estoy tentada a venir aquí a compartirlo, pero entonces una gran pereza me lo impide y acabo tomando nota en uno de mis cuadernos. Otras veces me encuentro esta página en blanco y no sé qué contar, como si nada fuese lo suficientemente cotidiano o genial como para relatarlo. Imagino que es algo que sucede cuando dejas de ser personaje secundario para convertirte en protagonista, o cuando abandonas la voz de narradora para experimentar el mundo tal y como viene, sin juzgarlo, sin describirlo. O a lo mejor es simplemente lo que he dicho antes, pura pereza.

Hoy el cielo está nublado y en el tendedero aguanta un calzoncillo valiente, que se recorta negro contra el horizonte en movimiento. Nacho se ha quedado dormido, ha sido irresistible, y yo paseo escuchando música por el ordenador, rodeada de pilas de libros y libretas, de apuntes para poemarios, de novelas por corregir y posits con extraños dibujos que ya no recuerdo para qué servían.

Es sorprendente todo lo que se puede acumular en un solo escritorio. Intento mantener el hueco para los brazos libre, mientras esquivo billetes de tren, restos de papel estampado, pinceles, gramáticas y acuarelas. Afortunadamente,  hace un rato he podado las tazas de café que habían ido creciendo junto a la lámpara pequeña que casi nunca prendo.

En un frases más me  haré un té de regaliz y pensaré en lo humano y lo divino mientras espero que no me queme la lengua. Fundamentalmente pensaré en cómo justificarme para no hacer nada de provecho esta tarde y, a la vez, hacer algo provechoso.

Últimamente me apetece más pintar que escribir. Pintar que corregir. Y por eso agarro las ceras de colores que compré el año pasado y garabateo en mi cuaderno tendederos, flores, palabras... durante horas. Creo que les estoy cogiendo el tranquillo, aunque soy sincera conmigo y asumo que son otra ventolera más que sumar a mi ruleta de actividades. Ahora, podré añadir las ceras a las acuarelas, las novelas, los poemas, la lectura, los pasteles y los bordados. Así saltaré de un templo al otro, escapando del aburrimiento de la repetición (que es el monstruo que más miedo me da por las tardes).

Respiro y acaba una canción. Mañana volveré a la universidad para hablar de mis novelas. Este tema tiene más ritmo, chascan los dedos, es percusivo. Mejor bailo y os dejo.

miércoles, 22 de mayo de 2013

de recuerdo cerezas


Las primeras cerezas de la temporada del año pasado las compré con Javi. Habíamos ido a verlo una tarde, en pandilla, dispuestos a sacarlo de casa para dar una vuelta. Yo echaba de menos las cerezas de Alcalá y bajo la casa de su madre había un chino que las vendía. 

Recuerdo que compré un puñado y las fui comiendo mientras llegábamos al pub al que íbamos a tomar un refresco y jugar un billar. Los chicos estuvieron jugando, hice algunas fotos con el teléfono y nos reímos. Después había música en vivo, así que nos enganchamos con aquella banda de ingleses e incluso Rafa y Alberto cantaron algunos temas. Era un jueves, creo, y llegué a casa tarde pensando en el madrugón del día siguiente. 

Hoy he vuelto a comprar cerezas. Volvía de hacer algunos recados y he visto una de estas fruterías de las que proliferan ahora, con las cajas en la puerta y fruta brillante y llamativa. Mi madre me había hablado de cerezas por teléfono y no he podido resistirme. 

En el momento justo de elegir las pequeñas y oscuras cerezas he recordado aquel día, aquella tarde con Javi y los chicos. Como un bombardeo de extrañamiento, ternura, complicidad y un deje de tristeza -o más bien melancolía. Algo así ha sido. 

No había hablado directamente de Javi todavía. Había escrito algún poema incomprensible sobre su marcha. Los chicos han escrito canciones. Yo quería decir... quería contar... algo. Supongo. Pero me siento redundando todo el tiempo. Sé que no hace falta decir nada. O quizá yo no quiera decir nada todavía, realmente, más allá de que compré cerezas y me acordé de él. 

lunes, 8 de abril de 2013

ideas sueltas y la luz


Suena Fabian en la casa y el sol atardece sobre los árboles del zoológico. Casi no se oye nada más allá del sonido de la luz cayendo. He realizado mis tareas. Todo está en su sitio, menos el bolso de la presentación que aún aguarda sobre una de las sillas del comedor para que lo lleve a su sitio. Es uno de esos días en los que hace más frío dentro de casa que fuera y pienso en Andújar y mi pequeño hormiguero de muebles oscuros. En la luz de aquella casa. 

La luz es importante. Me gusta esta hora en la que lo alarga todo y cosas que están lejos se tocan con sus sombras, como si el deseo sólo pudiese realizarse al atardecer. 

Me duele un poco la cabeza después de una tarde de reuniones. He regado las plantas por si eso ayudaba a destensarlo todo y he descubierto nuevos mosquitos comiéndose mis macetas. La parte por el todo. No sé por qué he pensado eso, quizá por la hora de literatura. 

Pienso en Nacho dibujando en Madrid, lo imagino concentrado en su escritorio. Intento imaginar la luz. Entonces pienso en Valle-Inclán, en cómo describe la luz en sus acotaciones. Supongo que es una de esas tardes en que una cosa lleva a la otra y nombres, fechas, hitos kilométricos se van sucediendo en mi cabeza. 

La música amansa a las fieras es mi pensamiento final. 

miércoles, 30 de enero de 2013

pretérito perfecto compuesto


La casa permanecería en silencio, pero boza canta bajito desde el ordenador, dejando al reloj su protagonismo. Yo he ocupado el tiempo. He sido hacendosa y he regado las macetas, he guardado el mantel y he vuelto a recoger la cocina. No me he olvidado del salón y lo he puesto todo en orden. He repasado cada una de las habitaciones. Como estuvimos en ikea, he enmarcado el dibujo que Nacho me ha dejado debajo del sofá y lo he puesto junto a las últimas ilustraciones de Marta, antes de llevarlo a la cabecera de la cama. He escrito un poema. Y he entrado aquí, a abusar del pretérito perfecto compuesto. 

En el colegio odiaba los verbos y las tablas, y todo lo que supusiese estudiar de memoria. A mí me gustaban las cosas que se podían aprender como una historia, las que dejaban un hueco para fantasear o inventar sucesos paralelos. Por eso puedo imaginar a Nacho en el tren, dormido elegantemente con la boca cerrada, o intentando dibujarse fijándose en su reflejo en el cristal. Es la historia paralela que ha empezado a las 17:58. Ahora ya no puedo aprenderlo de memoria, pero puedo rellenar los huecos que se deja. Puedo inventarme en lo que piensa, a dónde va, hacia dónde mira. 

Yo miro los adaptaciones de Mio Cid de mis alumnos agrupadas en dos columnas: las corregidas y las que no. Miro el reloj, me planteo una ducha, escucho palabras de la canción -y salté del vagón a fugarme conmigo-, parpadeo rítmica. Él hace lo mismo. Ha pensado ahora lo mismo que yo. 

martes, 1 de enero de 2013

día uno


Mis pasos suenan por las calles mojadas y desiertas. Él corre por un parque de Madrid escuchando sus respiraciones. La ciudad está desierta, sólo algunos señores mayores se reúnen en la plaza a evaluar las consecuencias. El aire helado matiza mi piel, perfeccionándola, y noto su frío llegando a mis pulmones. Siempre soñé con andar por ciudades desiertas, quizá por eso soñé Gris. 

Juan me abre la puerta y Leti aún lleva el pijama. Mi tortuga ninja se queja porque lo visten mientras Lucas me mira con curiosidad desde los brazos de su abuelo. Después el enano y yo arreglamos muebles con una herramienta de juguete antes de salir tarde a misa. 

Sólo abrigos negros. Es algo que me inquieta. La voz profunda que reverbera contra las pieles oscuras de las chaquetas. "Tiene pupa", dice Juan como cualquier niño, con su tono agudo y sorprendente. Dan ganas de crear de nuevo el mundo. 

Y nos felicitamos, rostros conocidos y perdidos en el tiempo que ahora resuenan. Besos repartidos y conversaciones tenues que se olvidarán muy pronto, cuanto todo siga girando y cada uno vuelva a su lugar. Juan Pequeño se aburre y está enfadado por tantas convenciones, quiere irse, supongo que quiere volver a territorio conocido, correr, ¿quién sabe? 

Ayer un amigo decía que estas fechas tan alegres lo ponían melancólico. Supongo que es fácil dar el paso de un lado a otro. Yo elijo quedarme aquí, donde la melancolía es leve y no se alimenta, donde puedo cantar canciones inventadas como mi abuelo, y pruebo de todos los vinos. 


miércoles, 17 de octubre de 2012

el arte ya no sirve para nada


Cuando explico a mis alumnos el Modernismo, les hablo del cambio de concepción del arte, que pasa a ser un objeto inútil. Quizá las cosas no han cambiado mucho desde entonces. Por eso hay tantos educadores que componen canciones en su tiempo libre, tantos artistas que pintan cuando salen del trabajo, tantos escritores disfrazados de gente normal. Por eso mis alumnos entienden el arte como un bien de consumo prescindible. 

No me apetece  hablar de los problemas económicos del país, ni hacer un alegato en favor de la cultura o denunciar la situación de tantos artistas en medio de este ciclón. Me genera apatía el pensamiento. Sólo quería contar mis torpes intentos de solucionar en mi día a día este problema. Lo único que está claro es que si no hay dinero para pagar la comida, tampoco lo hay para pagar el arte. Fantaseo estúpidamente con la idea del mecenazgo. 

Ante todo esto, sólo puedo decir que no me apetece la idea de rendirme. Porque yo no cuantifico lo que hago, yo soy feliz fabricando cuentos. Seguramente nunca llegue a ser best seller, hay grandes posibilidades de que la publicación en papel sea una utopía dentro de poco y cada vez más se reduce el número de lectores. Cuando intento explicar que eso no me importa, pocas personas me creen. Está claro que sin un lector no tiene sentido la obra, pero, ¿significa eso que deje de tener sentido el creador o que pueda detener sus procesos artísticos a la espera de una buena oferta? 

Me enredo en mis propias ideas. Me tropiezo con los formularios, con los protocolos literarios, con los problemas de liquidez del sector y la falta de demanda porque el precio del libro no se abarata. Pero trabajo en dos novelas nuevas, tengo cuatro medio dignas terminadas y a la espera, un blog lleno de poemas (en el que hoy he publicado para imprimir los poemarios que suelo regalar durante los recitales) y una cabeza que no deja de enredarse en tramas descabelladas. Y tanto ruido frente al silencio del exterior puede confundir, incluso frustrar, pero yo lo bailo y crezco y descubro el mundo y lo transformo o lo quemo. Porque la literatura o el arte para mí no son únicamente un fin o una meta, no son sólo el ideal, son también un camino cotidiano por el que me busco cada día. 

jueves, 11 de octubre de 2012

de libros, proyectos y maletas


Con el café he terminado la maleta. Charlie Winston canta Soundtrack to Falling in Love y yo repaso cada una de las cosas que haré en los momentos libres del día antes de coger el tren. Calculo todo antes de las seis porque es mi tiempo de independencia. Después todo será nuevo y no querré planes ni tener nada atado que no sea su mano dando un nuevo significado a las calles. 

La luz comienza a tomar posesión de mi salón al tiempo que la canción cobra intensidad. Es jueves. Dos ideas de novela rondan mi cabeza y ando de un cuaderno a otro tomando apuntes de posibles esquemas. Pierdo la conciencia de la realidad mientras sigo mentalmente un diálogo que aún no he escrito, una descripción que podría encajar. Las cosas pequeñas vuelven a ser las protagonistas y en la clase de literatura hablaré de los trucos mágicos del escritor. 

En Madrid buscaré un libro sobre dioses orientales y quizá algún ensayo sobre literatura, soñé que iba a una librería de viejo y le preguntaba a un importante poeta qué me aconsejaba. Decía: "voy a indicarte el libro más caro del mundo". Después se inundaba todo y a mí me daba vértigo, aunque me gustaba la nueva casa de Juan y Leti. Mi cabeza es un campo del que recoger siempre ideas descabelladas, tengo buenas plantaciones. 

Mi plan, entonces, es terminar de leer El arpista ciego de Terenci Moix antes de coger el tren, para así poder dedicar el traqueteo a la novela de Gaarder que Nacho me regaló para mi cumpleaños. Así, cuando llegue y él me vea, seré de nuevo ella y a la vez yo tirando de una maleta. 

domingo, 24 de junio de 2012

mi tercer san juan, mi segundo año en esta casa


Como siempre, los monos me despiertan. Ayer quemé mi deseo y mi renuncia en una hoguera de alemanes mientras paseaba por la orilla con los pies llenos de arena. Ahora Boza canta en mi ordenador y paro un segundo para clavar los ojos en la estantería de los libros de poesía. 

Mi primera noche de San Juan la pasé durmiendo en mi colchón nuevo en el suelo del dormitorio porque aún no había montado la cama. Y ahora son dos años los que cumplo en esta casa blanca llena de luz. Cuando me mudé, deseé para ella: "que esta casa conozca el amor" y, cierto día, con la terraza llena de gente que comía los dulces que les había preparado, que cantaba con guitarras, que reía bastante alto, me di cuenta de que mi deseo se había realizado. Esta casa ha estado llena de amor. 

Muchos días. En cada cena compartida, en cada visita, con cada lata de galletas, con las recetas, con los libros, la literatura, los viajes de lejos y los de cerca, las acuarelas, cada invento, cada siesta... Dos años dan para muchas aventuras, para subir muy alto y saltar también a lo profundo, para andar de puntillas o besar la vida con descaro. Siempre bajo el ritmo del reloj. Siempre con los árboles al frente y el mar intuido a lo lejos. 

Felicidades, casa blanca, estamos de aniversario. 

martes, 12 de junio de 2012

orillada


Soy el segundo puerto de Turquía después de Estambul. Porque Débora me llama Izmil cuando se despide. Alejandro y ella recorren costas perdidas en su viaje de novios y me mandan fotografías o palabras o las dos cosas a la vez. Son felices. La felicidad no es tan cara como la pintan. 

Yo leo Kafka en la orilla soplando entre las páginas para eliminar los restos de arena que la playa dejó para mí la última tarde. El mar es un buen sitio para leer y olvidarse de todo. Lo descubrí al principio. También es un buen sitio para encontrarse. Un rincón donde es sencillo sonreír. Las tardes se alargan y me ofrecen sus posibilidades. Me cedo. Es una propuesta interesante la de vivir cada día como si el río... Pienso en Siddharta mientras dormito en la orilla y ronroneo como un gato al sol. 

Las cerezas llenan el cajón del frigorífico y canciones en francés recorren los rincones de la casa. Ando descalza, de puntillas, mientras imagino cómo serán los vecinos que se mudan hoy la piso contiguo. El olor de la ropa limpia entra desde la terraza como un mantra perfecto que me acuna. El viento mueve las cortinas. El viento. Son días de viento junto al mar. Lo pienso con la bolsa de la compra contra el cuerpo mientras subo de vuelta del mercado. 

Hay cosas que permanecen y otras que cambian. Por ejemplo yo. Siempre la misma, siempre en nuevas combinaciones. Caleidoscópica. 

martes, 14 de febrero de 2012

el hombre que llevaba una orquídea y mi reflexión


imagen cortesía de un amigo

Suena la canción Maybe this time en la voz de Liza Minnelli y yo no he conseguido escribir una sola página hoy.  La verdad es que cuando la melodía empieza a desatarse, todo gana otro glamour que hace empalidecer cualquier preocupación. Recuerdo mi primer año en la compañía de teatro Mamadou, cuando dábamos la bienvenida al cabaret y yo aprendía a andar con tacones. La magia del espectáculo oculta cualquier preocupación señalándola con un cañón de luz. Es impresionante. 

Conduciendo hacia el trabajo, por la ruta alternativa que me hace recorrer caminos sinuosos por el campo, pensaba en retomar este blog, que tengo un poco abandonado, hablando de esa escena cotidiana que de pronto despierta mis instintos noveleros y que, después, no llevo a ningún sitio. No sé si lograré hacer de esto una costumbre, últimamente huyo de todo lo que suene a obligación, me aburre. Pero, por hoy puede pasar. 

Esta tarde, camino de "mi librería de costumbre" -me encanta esa expresión- para buscar los libros con los que premiaremos a los alumnos que hayan escrito los mejores poemas del concurso, me crucé en un paso de peatones con mi personaje de hoy. Era un señor mayor, bastante mayor, de los que ya andan renqueando, pero bien comido, de cara ancha y satisfecha, que portaba, con ojos de niño, una enorme orquídea envuelta en papel celofán. La llevaba con las dos manos, cruzada sobre el pecho, mientras en su rostro se dibujaban las mil historias que se debía ir contando. Estaba claro que planeaba algo, estaba claro que fantaseaba con el momento en que le diese esa flor a su mujer o a su amante o a su nieta. 

Yo reniego de estas fechas en las que hay que hacer cosas por obligación, sobretodo demostrar cariño por obligación. Pero hoy, tres alumnos y este señor me han dado una pequeña lección que no esperaba. No toda la gente tiene la misma facilidad para encontrar el momento exacto para decir lo que sienten, no todo el mundo se siente libre de demostrar su amor en cualquier situación. Y, cuando cuesta trabajo y no sabes cómo decirle a la profe que gracias, se venden rosas más baratas. Y, cuando han pasado muchos años y no sabes cómo recordar los primeros días, venden orquídeas monstruosas en la esquina más arriba de mi librería preferida. 

No lo sé. Yo no voy a comprar rosas ni perfumes ni bombones ni tarjetas, no voy a invitarte a cenar, ni buscaré nuestra canción. Para eso ya tuve ayer y tengo mañana. Pero tengo la sensación de que ellos, algunos, sintieron hoy mejores sus cartas (como los dos chicos de primero que se han intercambiado regalos en silencio y se han marchado sin más) y aprovecharon el tópico instante del comercio para mostrar sus sentimientos. 

miércoles, 18 de enero de 2012

de lo real


Llevo desde que empecé a leer Nubosidad variable dándole vueltas a la cabeza con una idea un tanto abstracta y que no sé si sabré plasmar. Pero, antes, dos referencias: escribo a la luz de las dos lámparas que enciendo al caer la tarde en casa, normalmente corro las cortinas cuando las prendo (por eso que siempre repite mi madre cuando me ve de noche con las persianas subidas: "niña, que te van a dar un tiro"). Hoy las he dejado abiertas porque la ropa tendida me hace de refugio artificial. Son las 18.50 y lo escribo así porque lo he mirado en el reloj del ordenador y todavía no estoy acostumbrada a transformar esos números en las siete menos diez sin hacer un esfuerzo casi sobrenatural. Por dar una referencia de más, escucho ahora mismo Sans la nommer

Cuando empiezo a leer un libro, y más si está escrito en primera persona, los personajes van apareciendo desdibujados. Es el tiempo en que puedo dejar la lectura para otro momento o puedo abandonar una novela sin sentirme culpable. Después, cuando los nombres van creciendo en mi imaginación, van tomando consistencia y forma, cuando los personajes dejan de serlo para existir, entonces el libro me llama de tal manera que casi no puedo pensar en otra cosa. Así me tienes, en lugar de concentrada en ti o en el día que hace o en lo que preocupará a mi padre o en los nudos cotidianos que aparecen en mi imaginación, absolutamente absorta en los problemas de Mariana y Sofía. Casi me siento una contertulia más en su conversación. Me voy rumiando por la casa sus preocupaciones, soy capaz de responderles y tengo que hacer de tripas corazón para no mandarles cartas también desde este sofá. 

Por extraño que parezca, Mariana y Sofía son más reales que todas las personas que ahora no veo. Incluso más reales que yo -en un segundo plano por ser un testigo consentido de sus andaduras. De alguna manera me viene a la mente aquella cita que subrayé del último ensayo de Umberto Eco: "El Papa y Dalai Lama pueden pasarse años discutiendo si es cierto que Jesucristo es el hijo de Dios, pero (si están bien informados sobre literatura y cómics) ambos tienen que admitir que Clark Kent es Supermán, y vicerversa". Es casi elevar la veracidad del mundo ficticio por encima del mundo real. Y en esa ascensión hacia lo alto, me preocupa más que Mariana me explique qué hace en Puerto Real o que Sofía siga escribiendo, que el ir a hacer la compra. 

Lo genial, lo absolutamente genial es cuando esos personajes no mueren al cerrar el libro, ni días después. Lo genial es cuando se quedan viviendo conmigo y puedo preguntarte qué harían ahora, qué me aconsejarían, incluso imaginar cómo se reirían de mí si leyesen ahora esto. 

jueves, 24 de noviembre de 2011

cuando pienso en las personas, las pienso en un color


El domingo por la tarde, en casa de Alberto con las guitarras, os hacía preguntas de la entrevista a Quique González. Como era de esperar, estaba la típica pregunta: "un color". Me encanta esa pregunta porque compruebo si los demás se ven a sí mismos como yo los veo. Alberto dijo "rojo" y yo asentí satisfecha, pero tú dijiste "verde" y me chirrió. Así que ayer lo iba pensando mientras conducía. 

Pensaba en las personas que conozco y en el color que les otorgo en mi imaginación. Descubría que era facilísimo con los niños: Lucía es rosa chicle, Carmen es rojo y Manuel es azul mar. Mi madre es color teja, mi padre es rojo también y mi hermano ronda algunos días el morado oscuro y otros el rojo. La abuela es rosa fucsia, el abuelo verde oliva. Marta es naranja. Ana P. es de un azul pálido... Así iba al volante, repasando a todas las personas que conozco. Imaginando el color del que las veía e intentando intuir de qué color se veían a sí mismas. 

Hay personas con las que es sencillísimo, son un color concreto y ya está, no lo tengo que pensar. Hay otras que oscilan o que me lo ponen difícil. Como tú habías dicho verde, intentaba encontrar alguien verde. No encontré nadie del color de los brotes de las ramas y tampoco a ti te encajaba ahí. Verde... no conozco a nadie verde, del verde de las ceras de colores, del verde de los árboles en primavera. Porque tú no eres de ese color, tú eres más como tus ojos y andas, verde pardo, a las fronteras del marrón y el gris -aunque siempre te imagine en rojo. 

Por eso mi próxima tarea será esa: descubrir a alguien verde junco. Así que si alguien verde me está leyendo, que se manifieste. 

viernes, 18 de noviembre de 2011

quiero un abrigo con los bolsillos rotos


Cuando leía El jugador, Claudio me explicaba la parte autobiográfica que tenía esta narración. Me contaba que  Dostoievski comenzó a aficionarse al juego y que perdía todo lo que ganaba en la ruleta para volver a recuperar su libertad. Su dependencia del azar lo hacía sentirse esclavo así que cada vez que ganaba una mínima cantidad, la exponía toda al azar para volver con las manos vacías a la inmunidad de la miseria. 

Anoche cuando volvía en coche a casa me acordaba de esa historia. Iba reflexionando sobre algo que había cantado Mabu y que se me había quedado dando vueltas en la cabeza, era algo así como "nunca hubo nada que perder". Sé que es una expresión que hemos oído en millones de ocasiones, "no te preocupes, no hay nada que perder", "no tienes nada que perder", etcétera. Pero a mí se me quedó colgada de una idea. Y, de pronto, me sentí deudora del mundo y me sentí acumulando todo tipo de cosas, sentimientos, ocasiones, lugares, momentos, libros, vestidos, caricias... Guardando como las hormigas del cuento en algún lugar de la memoria -esa cámara del tesoro, de los secretos-. 

Y entonces pensé que quería un abrigo con los bolsillos rotos, para no poder acumular, para que todo se escapase y no me pesase en las caderas. Para tener siempre las manos libres al recibir, el espacio justo donde resguardar un rato. Fue cuando me acordé de Dostoievski y de Claudio, fue cuando hice un símil con mis mudanzas y su manera de jugar a la ruleta. Cuando recordé aquello de "déjalo todo y sígueme", "que los muertos entierren a sus muertos" y demás. 

Qué difícil nos parece, y qué fácil sería. 

miércoles, 16 de noviembre de 2011

a unos pasos de soñar



Ya queda poco, queda tan poco que no sé si estoy más nerviosa o más relajada. Este magnífico vídeo lo ha realizado mi hermano Javier a partir de las fotos de Daniel Lasalle, de una imagen de Marta Mesa y de la música de Pedro Corredera. Todo un equipo del que no puedo sino presumir. 

Siempre es genial ver cómo un sueño se va convirtiendo en realidad, pero es mucho más genial cuando los que están a tu alrededor lo convierten también en su sueño. ¡Gracias a todos los que os sentís parte de esto!

domingo, 25 de septiembre de 2011

veintisiete (odio escribir enteros los números)


Un año más. (Después de escribir esas palabras me quedo bloqueada y en silencio, escuchando las campanas de la iglesia y los pájaros sobrevolando el balcón). 

Éste era el primer cumpleaños que celebraba sin mi familia, aunque lo comenzásemos a festejar la semana pasada. Ha sido la primera vez que he soplado las velas sin ellos. Hay gente que pasa su día lejos de los suyos porque está de viaje o porque las fechas favorecen esa distancia. Yo cumplo años al inicio del curso, así que siempre estaba en casa para que mamá me hiciese mi comida preferida, para que me despertasen con las mañanitas y me regalasen cosas al brindar con el champán. Este septiembre decidí celebrar el cumpleaños familiar con mi abuela y dejar el mío para los demás. 

Como estoy descubriendo una nueva forma de amar a través de la cocina, invierto mis horas libres durante la semana en hacer trufas de chocolate de las que te encantan, palmeritas dulces, magdalenas glaseadas como las de Marina, pastel con limón... Y al mismo tiempo voy preparando los poemarios que regalaré durante mi merienda, porque me encanta hacer regalos a los demás el día de mi cumpleaños. Compro flores y preparo el salón con esmero. Tú llegas a prenderte de mí y agasajarme con tus regalos formados de palabras: libros ilustrados que me restan años entre tus manos. Y dejas tu cuento preferido en mí, y leemos con los dedos y me dices: "cerezas, polvo, silla" antes de que llegue nadie. Hago para los dos mi comida preferida mientras Lucía termina sus deberes al otro lado del teléfono, lejos de aquí. 

Manolo, Héctor y Carolina llegan los primeros y, aunque no lo decimos, echamos de menos a Chica, porque le habrían encantado mis dulces. Después aparecen Carmen, Silvia y Claudia, riendo y entre anécdotas. Más tarde llega Jesús y, como último regalo, Belén. Recibo libretas preciosas, un bolígrafo inquietante, un sofisticado sacacorchos, un gorro de lana, marcapáginas hechos a mano y broches para mis abrigos, un anillo de café, chocolaterapia y besos. Jugamos, comemos, soplo las velas y cantamos rápido. 

A las nueve llegamos a la parroquia donde cantan Almudena y Brotes de Olivo. Juan y Leti han venido con mi tortuga ninja para compartir este ratito. Por eso me siento bendecida. Por los besos de JuanPequeño y sus cuatro dientes blancos, por sus gritos, sus pasos torpes e indecisos, sus ojos grises de chico que lo sabe todo y disimula. 

Pero las celebraciones no han terminado todavía, Jose Antonio Delgado da un concierto en el centro y quiere que lea algunos de mis textos en su foro. Para mí es un regalo su admiración, porque lo veo brillar. Subo al escenario temblorosa, pero voy tomando pulso a su terreno y acabo feliz, volviendo a tu abrazo, más completa aún cuando eres quien me sostiene. 

Sí, con la casa patas arriba y el cuerpo cansado, veintisiete me sabe a miel. 

sábado, 13 de agosto de 2011

leo poesía porque no puedo dormir por las tardes


Leo con fruición un libro nuevo de poesía. Las palabras se tropiezan, no disfruto. Desconozco algunos nombres y adolezco de ignorancia al ritmo marchito del ventilador de techo. Tu canción no ha parado de sonar desde que la dejaste venir a casa. Subrayo algunos versos, compruebo en enciclopedias modernas los datos que preciso para acercarme a un poema. Mis dedos acarician caras páginas y recuerdo el día en que compré este libro y a Sol, el pelo brillante de Sol entre la gente. Entre un Madrid lleno de gente que es Marta y que no es Madrid si no está ella. Pero que aquel día era Sol mientras tú ensayabas tus acordes preocupado por tu muela y el directo. Intento recordar sin darme cuenta la primera vez que leí a este autor y la salida de metro de Callao me refresca la memoria, también el calor de esa mañana y mi vestido largo, libros pesando en mi bolso y café de caramelo. Vuelvo a las páginas, los títulos rojos me molestan. ¿Qué estaría leyendo Claudio en esa fotografía que me envía y que mal leo de libro abierto junto a la orilla? ¿Qué me diría que leyera ahora que he agotado los títulos que escribió para mí con buena letra? Padezco hambre de libros ciertas tardes, esta tarde. Esta tarde de ropa tendida, calor y obligaciones. Me pregunto si he seguido el ritmo del poeta: alejandrinos. Modernos alejandrinos. Sólo la primera frase cuenta catorce. Estoy cansada de escribir. Vuelvo a mi libro. 

miércoles, 27 de julio de 2011

"¿dónde te metes este tiempo?"

Últimamente no paso por aquí ni por ridiculacalamidad. Ando hasta arriba de verano, totalmente conquistada por las actividades del tiempo libre. Mis padres han estado unos días de visita, he disfrutado de días enteros de playa con ellos y también de noches geniales de conciertos. Pero el resto del tiempo lo voy dividiendo entre las clases de pintura, el mar, las cenas en la terraza con algunos amigos, partidas de juegos interminables, la ardua tarea de catalogar los libros, las escapadas de fin de semana, las visitas intermitentes para acudir al mar o tomar unas cañas, la lectura de Guerra y Paz -que, por cierto, se me ha acabado y no sé qué leer ahora-, la cocina y algunas recetas nuevas, el marujeo absoluto que la casa merece a veces -sobre todo con tanto trajín-... 

Lo que generalmente se conoce como un "no parar". Estoy tan atareada y tan contenta, que no se me ocurre pararme a escribir. ¿Sirve como justificante para mi ausencia? 

lunes, 11 de julio de 2011

mañana de lunes, mañanas de limpieza


A veces me siento a mirar ondear la ropa tendida y a no pensar en nada. Entonces, sin darme cuenta, es cuando comienzo a pensar en todo, en el sentido del mundo, en el paso del tiempo, en la clave de mi propia vida o el dibujo que traza la sábana al ser bamboleada por la brisa suave de esta mañana de julio. Observo las macetas, reparo en un lápiz tirado en el suelo y tus acordes me acompañan sin pausa. El reloj, el reloj, tres años ya, suena a mi espalda recordándome todas las cosas que tengo que hacer. Y la melancolía estúpida -placer poeta- que acompaña el hecho de ser vivo, se me enreda en los tobillos como una ola calma, como las olas de ayer cuando Juan dejaba de ser una tortuga ninja a la orilla del mar para ser una croqueta ninja de ojos grises y brillantes. 

Las cosas son tan fáciles y yo las adorno demasiado. Los árboles siguen ahí. El mar sigue ahí. Yo sigo aquí, en pie, en el margen preciso de la respuesta correcta. Porque mil flechas cruzaron el cielo, pero ninguna acertó evitar que en este justo momento escriba estas líneas tontas mientras los minutos ondean junto a la ropa tendida.

domingo, 10 de julio de 2011

cumplir sueños pequeños sin grandes esfuerzos


Desde que alquilé esta casa, sólo era capaz de fantasear con la cantidad de posibilidades que tenía la terraza. ¿Qué comidas daría allí? ¿Quién vendría a cenar por las noches? ¿Tocarías alguna vez tu guitarra en el silencio del atardecer mientras los pájaros se marchan? ¿Quién brindaría? ¿Qué libros leería al amparo de las velas contra mosquitos? 

Y un día Juan y yo sacamos el sofá, cuando no había muebles, para que Leti se sentase a reír con Juan pequeño en la barriga. Y otro día Juan y yo montamos los muebles de terraza. Y mis padres se sentaron morenos y felices a mirar cómo caía el sol. Hicimos cenas temáticas, Marta trajo delicias de París, y Manolo y yo cosimos interminables guirnaldas para decorar mi fiesta de cumpleaños. Leí con los pies sobre las sillas y brindé conmigo misma. Tuvimos un almuerzo de Trivial con Antonio y Alicia. En esta terraza se ha arreglado el mundo. Hemos visto películas y degustado nuestros batidos caseros. Con Sara, Claudia y Silvia nos hemos reído a carcajadas mientras se iba acabando el sorbete de limón. Mis primos se han puesto las rodillas negras en ese suelo jugando con un tren de madera y Carmen, con sus manitas pequeñas, devoró un trozo de pizza. ¡Hemos señalado monos! Y se ha cenado, siempre, a la luz de las velas amarillas. 

Anoche, por fin, después de que Silvia y yo nos declaráramos incapaces de rendirnos, volvimos a celebrar un buen día con el mantel de los árboles y daiquiris de sandía, con la visita rápida de Alfonso y mis trufas de chocolate para hacerte chantaje, porque llegaste con la guitarra y por fin uno de mis pequeños sueños de verano se iba a hacer realidad. 

Así que sonaron tus acordes y bailé descalza como en mis historias más torpes. Morena y descalza y feliz. Con vosotros. En la terraza. Contigo.