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lunes, 13 de marzo de 2017

hablemos


Hace tiempo que una idea me viene dando vueltas a la cabeza. Es una idea que todavía no tiene su forma definitiva, que gira sobre sí misma sin terminar de alcanzar nitidez. Nace, quizá, de conversaciones con amigos, de películas, de lecturas... Nace un poco de todos sitios e intento verla con claridad. 

Este fin de semana nos animamos a ver la película La la land de la que todo el mundo hablaba con verdadera pasión y la idea que me había estado persiguiendo apareció de nuevo. Al ver esa pareja que se descomponía en la búsqueda de un proyecto individual, estirándose cada uno para rozar con las manos su sueño, sin hablar, sentí que una gota había colmado el vaso de mi idea. Estoy cansada de ver en el cine, y en la vida que me rodea, a parejas que no hablan. Que dan por sentado, que esperan que el otro entienda, que asumen que el otro lee en ellos con claridad. Puede que por eso la película me pareciese la muestra perfecta de una pareja que no tiene un proyecto de vida en común porque ni siquiera se ha detenido a hablarlo, a preguntarle al otro si en el futuro que sueña hay un espacio para dos. 

El amor romántico que llena de patrones los rincones del mundo con sus escenas de película, no es cierto. No dudamos, cuando nos sentamos delante de la pantalla a ver naves espaciales, de la ficción. Y en cambio asumimos sin filtrar como imagen de la realidad las relaciones que vemos desde nuestro sillón. 

Hablemos. Hablemos de sueños y necesidades. Hablemos de lo que me molesta cuando me molesta, no cuando he convertido una semilla en maleza. Hablemos de lo que nos hace felices, de lo que deseamos. Hablemos. Mirándonos a los ojos. Sin miedo de que la verdad aleje al otro. Porque quizá la verdad esté cargada de distancia y sea una distancia sana, un te quiero pero no lo suficiente como para compartir un plan de vida contigo. Porque a veces hay que decir adiós, sin aferrarse luego a recuerdos de lo que podría haber sido, ya que elegí que no fuera. El amor es sincero. Hablemos. Para poder corregir, pactar, revisar, construir, demoler. Para que ninguno tenga que ser intérprete del otro. Para que no haya un discurso debajo del discurso cargado de reproche y anhelo. Hablemos. 

Hablemos como el día en que se inventó el lenguaje, con esa libertad, con esa confianza. Hablemos con ternura y con verdad, sin llevar cuentas porque no haga falta. 

No es romántico mirar al pasado para llenarlo de "y si...", de "podría haber sido", de "quizás". Lo que existe es un presente para construir, para elevarnos sobre nosotros, para perfeccionarnos a través de la palabra y la acción. Y en ese presente hay que asentarse, con las manos unidas, con la mirada limpia, con la voz valiente para decir hablemos. 

No es romántico que el otro tenga que entenderlo todo, no es romántico que uno decida por los dos, no es romántico un sacrificio silencioso porque imagino tus necesidades y las suplo antes de que hables. Lo romántico es mirarse y poder decir lo que se piensa porque hay un puente de comunicación más seguro que cualquier corriente. Porque se piensa sin doblez, con confianza, con transparencia. 

Así que me da igual que bailen o que canten, que sean príncipes o princesas, que se conozcan en una librería o que lleven juntos desde los quince años. Antes del beso, hagamos la palabra. 


Nota al pie: tras un largo debate, aclaro que utilizo romántico como sinónimo de cariñoso o gesto de amor bueno y sano. 

jueves, 12 de enero de 2017

ten miedo de la libertad


Da igual el canal que pongas -y sí, vuelvo con lo mismo-, parece que todo está lleno de un único mensaje: "Siendo libres, sois violentos". Hay películas y series que tratan este tópico sin que nos demos casi cuenta. Se declara una noche de libertad absoluta, no hay policía, no hay normas, entonces el ser humano aprovecha ese silencio para robar, violar, asesinar. 

Las leyes sujetan nuestros instintos asesinos. La libertad sería nociva para nosotros. Si fuéramos libres, seríamos villanos. 

Por eso creamos pequeños espacios de libertad controlada: citas desnudos, islas recónditas, casas vigiladas por cámaras de televisión -porque la intimidad también es un espacio en el que la libertad puede desatarse de forma terrible-, caza salvaje... Mientras tanto, carrozas de horrores surcan los televisores en formato de ficción y no ficción. Telediarios y series, películas y documentales sobre la violencia o en los que siendo cualquiera el tema, la violencia aparece como marco gratuito. Hay que ver entrañas, sangre, cuerpos mutilados para recordarlo. Es casi un mantra: sin control, sois malos; sin control, sois malos. 

De hecho, surge casi otro mensaje por debajo: desead espacios de libertad para desatar a la bestia que controláis. Como si el traje que vestimos fuese un arnés. Rogad por un plató en el que masacraros, rogad por una cama en la que el público aclame la lujuria más violenta, alistaos para disparar al enemigo sin nombre. 

Y a mí me asusta. No la libertad, sino este entregarla, manchada y sucia, como un fenómeno vergonzante. 

lunes, 10 de octubre de 2016

la violencia está en todas partes


La violencia está en todas partes. Hay que tener una mirada experta para concentrarse en lo bueno. Para desentrañar la luz entre todo lo que parece oscurecer el mundo. 

La guerra (qué palabra tan vacía y a la vez tan llena). Las catástrofes (todo natural menos nuestra forma de vivir). Las ideas (banderas de palabras que hieren si se lanzan). La propiedad (el mío que aprendemos desde niños e imponemos allá donde vayamos a las cosas, a las personas, a los terrenos). 

Últimamente estoy saturada de películas donde la violencia es tan explícita que ya no sorprende. Donde el sexo es tan violento que ya no es amor (aunque quieran disfrazarlo de eso). Donde el amor es una forma de imponerse al otro. 

Estoy saturada de expresiones feas. De palabrotas -que pagaba a cien pesetas de pequeña-. De creerse mejor que los demás. De creerse con la razón. De que tener la razón conceda no sé qué poder sobre el resto para hacerlos culpables de sus ideas. 

La violencia no sólo está en los actos. La violencia campa en las palabras. Impera como la sombra perezosa de una tarde que parece no acabar pero que poco a poco hace los rincones más oscuros, las esquinas más vacías, el silencio más tenso. 

Ya no cuidamos las palabras. No es lo que falta por decir, lo que dejamos en la garganta. Es lo que dejamos escapar y cómo. Se hiere casi con orgullo. Se dice casi con poder. Con un poder mediocre, desmerecido, el de la pobre lengua, el de la media lengua. Somos más ignorantes que nunca y nos creemos tan sabios... Usamos las palabras sin saber lo que significan y las esgrimimos sin pudor porque hemos oído que cuentan que dicen. No consultamos. Lanzamos. Bombas de palabras, como en aquellos poemas. 

Defendemos la paz como en los concursos de televisión, mandando mensajes al número indicado, haciendo nuestra especial aportación, rezando por la paz. Con esa idea de la paz de niños que pintábamos en los colegios, esa idea de la paz está allá lejos, la guerra está en los otros, aquí esto es algo como la paz. 

Todos tenemos derecho a la violencia. Hoy todos nos sentimos con derecho a la violencia verbal. La física nos parece una aberración porque deja marcas visibles en los otros. La violencia verbal, este desprecio, está envenenando las raíces de nuestra sociedad. 

Censura. Batallas de palabras. Bandos. Enemigos irreconciliables. Victorias verbales. 

Hay que tener una mirada experta para concentrarse en lo bueno. Un oído atento para escuchar al otro más allá de lo que sólo dice. Hay que saber amar más allá de las palabras. Por y sobre todo. En las cosas más pequeñas. 

martes, 16 de junio de 2015

mi aventura con mujercitas


Recuerdo que, cuando era pequeña, mi madre me regaló un librito blanco de pastas duras con preciosas ilustraciones a color, de esos que sacaban de clásicos recortados para niños y jóvenes. Era Mujercitas y a mí me daba rabia tener que leerme algo porque me lo dijesen y, además, me fastidiaba que los nombres estuviesen en inglés. ¡No me enteraba de nada! Mi madre me aconsejó cambiar los nombres en mi imaginación por nombres españoles, pero ni aún así hubo manera. Supongo que yo deseaba regresar a Los cinco.

Años después, o por aquella misma época, pusieron la adaptación al cine en la televisión. Me llamaron la atención los vestidos, los sombreros, el piano y la niña muerta. Especialmente lo de la niña muerta hizo que mi interés por leer la novela se desvaneciese por completo. 

Tiempo después, mi amiga Ana, que era mi compañera de aventuras y extravagancias adolescentes, leyó Mujercitas y me escribió una carta. Me decía que cuando leía, me veía como Jo, que era igual a mí. Sin acordarme muy bien de qué iba la aventura, me sentí alagada porque según creía Jo era el chicazo de la novela. Y en mi época adolescente yo era bastante chicazo. Aún así, el detalle de Ana no me dio la energía suficiente para enfrentarme a la novela. 

Pero el año pasado descubrí que habían editado una preciosa versión ilustrada y volví a sentir curiosidad. Me llamaba el objeto hermoso que habían ideado más que la historia, pero la llamada estaba ahí. 

Finalmente, asustada por el precio de la edición ilustrada, pedí en mi librería una opción más económica y me hice con la versión completa de Mujercitas en volumen de bolsillo. Confieso que pasó varios meses en la estantería, pero, la semana pasada, por fin, dejé a Montalbano de lado y me animé con las hermanas americanas. 

¡Menudo descubrimiento! He leído enganchada desde la primera hasta la última página, poniéndome de mal humor cuando tenía que parar y descubriéndome en Jo como me descubría mi amiga. Me ha parecido una lectura deliciosa, quizá mucho mejor la primera parte que la segunda, pero deliciosa. De esos libros que te bebes como un té caliente en invierno. De los que dices: ojalá tuviese cien páginas más. 

Pero la gran duda que me acechaba durante esas horas de apacible lectura era: ¿disfrutarían tanto de esta aventura las nuevas generaciones? ¿Cabría en el mercado editorial actual una obra como ésta? A veces, sin siquiera ser consciente, uno tiende a avergonzarse de lo que lee. Y también de lo que se lee.  

jueves, 22 de diciembre de 2011

a nadie le gusta la navidad


A cualquiera que le preguntes, responde que la Navidad es fastidiosa, cuanto menos. Escucho renegar de las reuniones familiares, renegar de los compromisos, de las compras, de las luces, de los anuncios, de las conversaciones de las cenas... ¡Pero nadie cambia nada! Todo el mundo continua echándose a la calle para llenarse las manos de bolsas y la cabeza de quebraderos. 

A mí me gusta la navidad, porque cuando era pequeña íbamos a ver Belenes y comíamos chucherías, pasábamos el día en familia -sobre todo disfrutando de papá- y veíamos películas, recibíamos visitas, jugábamos en la calle con niños a los que sólo veíamos una o dos veces al año. Me gusta porque en mi casa se cantaba, y yo pedía el aguinaldo de puerta en puerta y nos llovían los regalos y hacíamos bolitas de coco con la abuela. 

Sí, está claro que los recuerdos tristes vuelven con más intensidad en estos días que en el cinco de abril, porque del cinco de abril no se acuerda nadie, pero de la noche buena sí. Eso no puedo negarlo, ni tampoco que se eche en falta a los que ya no están o que el alma se resienta un poco viendo en lo que se ha convertido una fiesta familiar. El problema es que me resisto a ser una más de los que se quejan, me resisto a dejarme arrastrar por estas fiestas en lugar de dejarme transformar o ser yo herramienta de transformación. 

A mí me gusta poner el árbol y llenarlo de dulces, me gusta subir los pies al sofá y ver pelis que resultan insufribles en otra época del año, me gusta inventar manualidades para regalar y escuchar a Sinatra, me gusta volver a ver a gente que sólo veo una vez al año y convertir todo en victoria en lugar de en pérdida. No va a zarandearme el tiempo libre, soy yo quien elige lo que hacer con él. 

¡Nada de perezas y de arrastres! Muévete. 

miércoles, 3 de agosto de 2011

una de cenas


Cuando vi Bajo el sol de la Toscana la primera vez, me pareció increíble cómo la protagonista se entregaba a la cocina como camino de curación. De pronto encontraba una manera de salir adelante en el placer de cocinar para los demás. No lo entendí demasiado en aquel momento. 

Tras quedarme soltera volví a ver aquella película y comprendí muchas más cosas. Entre ellas el absurdo y magnífico placer de conquistar el paladar de los demás, especialmente el de las personas que quieres. Sorprendentemente comencé a disfrutar al tener a gente sentada a mi mesa dispuesta a compartir mis platos más sencillos. Las primeras comidas en casa, en Alcalá, estaban compuestas de carne a la plancha y setas. Después comencé a aprender de Juan y Leti, a pedir recetas a mi madre, a recordar las mesas de la madre de Marta e incluso a resucitar algunos platos olvidados por mi abuela. Poco a poco le he ido poniendo interés y cariño. 

No quiero engañar a nadie, soy una pésima cocinera. Utilizo más cacharros de los que tengo, pongo toda la cocina hecha un asco, no experimento demasiado y suelo dejar los platos sosos. Pero entonces descubro que cierras los ojos al probar mis trufas de chocolate o Chica chilla al probar mi pollo con mostaza y miel o Manolo me da su mejor grito al degustar el flan de chocolate con almendras. Entonces aprendo a hacer pan y a hacer magdalenas, apunto en la libreta casi vacía de recetas y elijo el vino. Pido manteles de regalo y compro copas nuevas. 

Y, sin darme cuenta, aquellas mesas vacías y sin mantel se acaban convirtiendo en veladas con servilletas bonitas en la terraza. Como si, poco a poco, como la protagonista, descubriese ese secreto que nos cuentan y que nunca nos queremos creer, ese secreto sencillo sobre la felicidad que se encuentra en amar a los demás de todas las maneras posibles. Con palabras. Con recetas. 

martes, 21 de junio de 2011

"La contemplación de la eternidad en el movimiento mismo de la vida"


Termino La elegancia del erizo de Muriel Barbery después de haberle dedicado dos mañanas y una tarde, quizá algo de la madrugada. Siempre me han llamado la atención los libros que aplican la filosofía a lo más cotidiano de la existencia, pero, después de haber visto la película, no esperaba sorprenderme tanto como lo he hecho. 

Comencé la lectura esperando dar con una suerte de visión dramática pero a la vez alegre de la existencia, una novelita ligera de prosa ágil, con vocabulario sencillo y sutil que hiciese juego con su portada en tonos rosa y desenfadada. Pronto tuve que buscar en mi estuche un lápiz. Después me vi obligada a repasar mis conocimientos sobre la fenomenología y también sobre algunos lingüistas olvidados tras los estudios de tercero. Abrumada por la línea de pensamiento de Paloma y Renée que llega a adquirir velocidades vertiginosas, agradezco la llegada de Kakuro para equilibrar mi lectura frenética. 

Establezco una complicidad absurda con los tres, sintiéndome partícipe de esa comunión de almas sensibles a la belleza y cayendo en la cuenta del nivel de pedantería que oculto en este pensamiento. La línea que separa a los buenos de los malos la traza el Arte o, más bien, la sensibilidad de descubrir la capacidad del arte para convertir lo efímero en eterno, para detener el tiempo, para crear un siempre jamás. 

Estaba dispuesta a amar. Reza el libro. Renée, Paloma, Kakuro -quizá el que antes lo descubriera, el más sabio-. Dispuestos a amar. Y quizá aquello era vivir, también reza. Quizá. El Arte, la Belleza, la Gramática, la Literatura, la Filosofía. El cuartillo olvidado de una portera que alimenta con jamón a un gato gordo, el dormitorio silencioso de una adolescente que es capaz de ver más allá. Las escaleras como punto de encuentro. 

Al mismo tiempo experimento, al cerrar el libro por fin, un inmenso silencio y la brutalidad de mil ideas agolpándose unas sobre otras. Todavía tengo el libro en la mano. Ni siquiera he escrito en la última página Junio 2011. Todavía tengo el lápiz en la mano. 

lunes, 30 de mayo de 2011

la terraza


Una de las cosas que tenía pendiente era adecentar la terraza para recibir al buen tiempo con largas sobremesas, con meriendas y cenas al arrullo de la brisa frente a los árboles del zoo. Pero Mr. Pereza seguía rondando la casa haciéndome dejarlo todo para más tarde. Las macetas merecían ser podadas, había que barrer y limpiar la mesa y las sillas, aspirar el polvo, recoger las hojas secas y colocar cada cosa en su sitio después de haber pasado el invierno refugiados de la lluvia, pero nunca era la ocasión. 

No hasta hoy, que quiero recibir al buen tiempo contigo y con batido de helado de chocolate y plátano y galletas y proyectos de cines de verano. Entonces me hago con toda mi energía y barro, aspiro, podo, riego, lleno cubos de agua, limpio y adecento. En media hora lo he hecho todo y me siento estúpida por haberlo dejado durante tanto tiempo cuando el esfuerzo era mínimo. Con el pelo recogido y la satisfacción de un trabajo bien hecho, me apoyo en la pared mirando las macetas, las flores que han sobrevivido tanto tiempo y que brillan bajo esta luz. Miro los árboles ondear y el silencio de la tarde. No me hago ninguna pregunta. Sólo contemplo. 

Es algo nuevo que estoy aprendiendo a hacer: contemplar. Contemplar el mundo, contemplar el tiempo, el lunar junto a tu ojo, mis uñas largas, la trayectoria de mis dedos y los pájaros, el rincón que me pertenece, a ti. Contemplar sin juzgarvalorarpreguntarcomparardecidirasumirdistinguiraceptar. Sin buscar mi rincón en el mundo más allá de ahora, de ya. Con la máquina quieta. 

Los monos del zoo nos están mirando, piensan que somos seres humanos. 

martes, 15 de febrero de 2011

into the wild


El domingo, Manolo nos puso Into the wild, una película basada en hechos reales sobre un chico americano que lo deja todo para irse a vivir a la naturaleza. Lo deja todo sin avisar, dona todos sus ahorros y haciendo dedo llega a Alaska, donde pretende encontrar el sentido de la vida. 

La película me encantó, sobretodo la banda sonora y la fotografía, pero me faltó, en todo el proyecto del protagonista, algo que considero fundamental: el amor. Era una opción egoísta, desde el principio. Me cuesta trabajo entender la idea de dejarlo todo únicamente por vivir en soledad. Pero, de todos modos, me tienta lo radical de la decisión. 

Tengo la sensación de que hemos perdido perspectiva. Me da cierto vértigo concebir el camino que ha emprendido el ser humano a lo largo de la historia para verlo a la luz del hoy -mucho más vértigo verlo a la luz del mañana. ¿Qué coño estamos haciendo? En realidad, ¿qué coño hago yo? Y perdonadme el tono ciertamente ordinario que estoy adoptando, pero es que me siento realmente frustrada cuando asumo que mi vida durará unos años y que en ellos no estoy ayudando a que las cosas mejoren para nadie. 

¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué sentido tiene todo? ¿Por qué escribo? ¿Por qué no hacerlo? ¿Dónde está la coherencia? ¿Dónde el principio? 

Todos somos conscientes de que cada vez la manzana está más podrida, en todos los sentidos. Aún así estamos cómodos, no nos afecta directamente, nada. Hemos perdido la fe en la capacidad del hombre para hacer las cosas bien. No creemos en Dios. No creemos en héroes. No creemos en nosotros mismos. Y aún así seguimos aquí, sosteniendo la oportunidad entre las manos sin saber si va a explotarnos o no. 

Una vez escuché a mi madre decir que es más fácil hacer felices a los demás de lo que nos pensamos. A lo mejor el secreto está ahí. Yo no paro de preguntármelo. 

jueves, 7 de octubre de 2010

quien lo probó lo sabe


Me sorprende el lavado de cara que le han dado a Lope de Vega en la última película. Lo han convertido en un hombre de bien, enamorado fiel, correcto, leal, de corazón noble y sereno. No puedo evitar recordar los apuntes amarillos de mi profesor de literatura y sonreírme. Parece que lo escucho decir: "era un canalla". 

A pesar de eso, obviando la inverosimilitud del personaje, soy una mujer fácil a la que le encanta escuchar recitar versos y, si una cosa tiene la película que merezca la pena, es escuchar los versos de Lope tan bien defendidos por las voces de los actores españoles, que no siempre son de mi devoción. 

Insisto mucho a mis alumnos cuando leen poesía en voz alta. Hace unos días, leyendo La canción del pirata, acabamos recitando juntos aquellos versos de "que es mi barco mi tesoro...". Uno de los chicos apuntilló que parecía que estábamos en una iglesia y yo sonreí, al responderle, que no era para menos, que a las palabras había que devocionarlas casi de la misma manera. Que la poesía convierte en templo el sitio donde se eleva. 

Por eso terminé emocionada la película. No por la historia, por el desenlace o por las imágenes, sino por la voz de Alberto Ammann recitando a Lope en uno de sus sonetos. Por eso os lo cito hoy, porque de vez en cuando, no está de más recordar a los grandes. 




Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.




martes, 10 de agosto de 2010

el origen, los días y los hombres




Si hiciesen una película basada en mis sueños, no servirían los escenarios de Origen, pero si existiese de verdad la posibilidad de compartir sueños, de entrar en los sueños de los demás, sería de las primeras en apuntarse, aunque acabase sin distinguir la realidad de lo onírico. Si es que ya Calderón lo adelantaba...

El mundo de los sueños siempre me ha generado una profunda curiosidad, sobretodo a partir de aquel extraño sueño compartido, a partir de las repeticiones y los personajes fijos en mis pesadillas. Mi madre y yo nos sentábamos en la cocina con el café y compartíamos lo que habíamos soñado cada noche. Dice que he heredado de su rama de la familia el que algunos de mis sueños se hagan realidad -sobretodo cuando estoy en periodos de estrés y soy capaz de adelantarme a las notas o cuando algo malo va a pasar-, yo no sé muy bien qué pensar. Por eso, a veces, me da miedo despertarme y recordar demasiado bien lo que ha pasado en mi cabeza mientras que no estaba en el mundo de los vivos. 

¿Qué guardaría yo en esa caja secreta? ¿Cómo sería? Supongo que una pequeña caja de madera tallada. ¿Y mi tótem, cuál sería? ¿En qué sueños querría entrar? Tengo claro los que no me interesarían para nada. 

Todas estas ideas daban vueltas en mi cabeza mientras en el cine se proyectaba la última de Leonardo Di Caprio y siguieron dando vueltas después, cuando me llevabas a la encerrona en el vegetariano, cuando todavía seguía experimentando esa sensación de irrealidad vagando por mi imaginación descabellada. Pero supongo que la ficción se me acabó de golpe al ritmo que mis ojos se abrieron como platos al ver a Nacho Artacho preparándose para cantar. A veces haces estas cosas que me dejan con las ideas a la mitad y no puedo dejar de sonreír ofreciéndote un borrón y cuenta nueva. 

Escucho a Nacho Artacho desde el año pasado, cuando me enviaste sus primeras canciones, sabes lo que me fascina el lenguaje y las palabras, y Nacho es un maestro para aunar la música más sutil con los términos más increíbles. Él puede decir: "vienes a boca armada y llena de guerra, voy a segar tu vientre y tu cereal" y pasear por mi cuello en forma de música, porque la guitarra y la voz de Nacho me recorren la espalda como hormigas emocionadas. Esa será la razón de que cenar se convierta en una empresa casi mágica, al tiempo que casi imposible -¿quién puede comer escuchándolo tocar?- o quizá es que estabas allí, azul y concentrado. Ahora no puedo saberlo. 

En cambio, sabemos que la noche ha sido casi perfecta cuando el cd baila entre mis manos y te pregunto si estamos en tu sueño o en el mío y respondes aquello y nos reímos. 


miércoles, 4 de agosto de 2010

di me que yo






Este es el trailer, pero aquí se puede ver el corto Di me que yo completo. ¿Por qué lo traigo aquí? Porque David una vez me dijo "ahora tienes que ser egoísta" y porque mi amor será siempre así por mucho que me empeñe en demostrar lo contrario. Yo soy egoísta, yo no sólo quiero querer, yo quiero que me quieran. Y quiero ser el centro de un sistema solar del tamaño de un guisante y no siento vergüenza por eso. Porque como decía Gloria "el amor tiene vocación de santo, pero no pasa de mártir".

(Reactualizando unas horas después)

Chica me pide que sea como ella y que escriba cuáles son las peticiones que yo haría en la puerta de ese bar. Me ha retado y espero que él también responda al reto, con la misma valentía -un guiño traicionero-. Le he dado muchas vueltas y todavía no estoy convencida... pero allá va....


yo quiero un hombre que me diga te quiero como si cada día hubiese inventado esas palabras
que me bese como si estuviese aprendiéndome todo el tiempo
quiero un hombre que sienta vérgito cuando me mire
que sea capaz de escuchar mi verdadero sonido y me reconozca en el olor de mis libros
quiero un hombre que lea cada una de mis palabras como si calmasen su más horrible sed
un hombre que conozca mi verdadero nombre
y me haga el amor a quemarropa en cualquier rincón de la casa sin pedir permiso
quiero un hombre que me haga sentir su territorio
que sepa que sólo puedo ser suya y aún así me lo recuerde a diario 
quiero un hombre que me diga que soy hermosa, que soy buena, 
quiero un hombre que me valore más con mis defectos que sin ellos
que incendie mi cuerpo de alarmas con sólo rozarme el pelo
que me sostenga cuando me bese porque me haga perder el equilibrio
quiero un hombre que recoja mis anécdotas como perlas de la india
y me mire nadar desde la orilla
quiero un hombre que me entienda cuando hablo de Dios



viernes, 16 de julio de 2010

un tren


"cuentan que construyeron la vía férrea
sobre los Alpes entre Viena y Venecia
antes de que existiera un tren
que pudiera realizar el trayecto"

Es una ironía terrible a la vez que esperanzadora -sobretodo cuando no sabes si eres esa vía o si eres el tren que no existe, sobretodo si no sabes que, cuando ya parecía imposible, ese tren fue-. A todos nos ha pasado eso de estar buscando algo -una palabra por ejemplo- y que no aparezca por ningún sitio, pero justo en el momento en que nos hemos olvidado de buscar -justo cuando estoy a punto de cerrar por fin los ojos-, esa cosa -la palabra- aparece elemental, como si siempre hubiese estado ahí esperándote. Aconsejan olvidarse de buscar, para que las cosas te encuentren -o atar un lazo a la pata de una mesa-. Aconsejan muchas cosas. Demasiadas cosas. Y a veces una está cansada de escuchar consejos, llega a ese punto en que, simplemente, está cansada de escuchar las leyes elementales del curso de la vida. Porque la teoría, la teoría sobre las leyes de la cotidianidad, de la desidia, de los sinsabores y las alegrías, ésa me la sé de carrerilla. Así que cuentan que construyeron la vía férrea sobre los Alpes antes de que existiera el tren y yo voy a darme una ducha, voy a ponerme mi vestido blanco, voy a pintarme los labios y voy a beberme una botella de vino con Chica y Carolina, por lo que pueda pasar.


Bajo el sol de la Toscana

martes, 6 de julio de 2010

no más besos


Hoy sólo puedo decir que estoy cansada de los besos de amor de Walt Disney, de las historias románticas y de aventuras, de los secuestros, sin razones y rencillas. Ni hablar, no más besos de Disney. Me cambio a la competencia.

lunes, 5 de julio de 2010

interrogantes


Leo en un blog que suelo seguir: "a mí me gusta hacerme preguntas" y me quedo paladeando la frase un tiempo, tanto que llega hasta aquí.

De alguna manera, cuando te embarcas en la rutina de la no-pregunta, del no cuestionarte nada y aceptar las cosas tal y como vienen, puedes caer en el error de vivir en una falsa burbuja donde nada ocurre, nada pasa, no hay que elegir. La verdad es que a mí no me gusta hacerme preguntas, más bien me gusta conocer respuestas. Sé que es lo que le gusta a todo el mundo, pero es que tengo muy mal perder.

Estos días con mi madre no ha parado de recordarme mi exceso de imaginación y quizá eso tenga la culpa de que las preguntas me fastidien tanto. Los interrogantes abiertos, las ecuaciones por solucionar, las partidas a medias, las palabras por completar... despiertan de tal manera mi imaginación que soy capaz de crear monstruos del mismo tamaño de los mundos más fantásticos.

Así que "hacerme preguntas" es para mí la peor enfermedad, es tirar de un hilito delgado, delgado, casi con inocencia, casi inocente él, y acabar tirando de cadenas atadas a bufandas atadas a guirnaldas atadas a sogas atadas a... como en esa escena de en la que Chihiro salva al espíritu en los baños -tengo que volver a ver esa película-.

Por eso, a mí no me gusta hacerme preguntas, pero a la vez me preocupa no hacérmelas porque... ¿y si debajo de tanta basura se esconde el espíritu que me regala las magníficas piedras que salvan al cometodo?

(qué ganas de tumbarme al sol, de leer y de apagar esta imaginación o enfocarla a cuentos bonitos)

jueves, 1 de julio de 2010

desórdenes nuevos


He terminado un libro y comprado una jaula, sé que no hay una relación directa entre una cosa y la otra, pero esta es una de esas entradas en las que estoy desordenada. Por fin suena música en mi casa, después de ocho días me he sentido lo suficientemente aquí como para que la música de allí pudiese encontrar su sitio en esta luz. Todas las mañanas me levanto tarareando una canción y descubro que me regalan otra. Las sillas son blancas y junto al reloj, sobre la estantería que hace las veces de cómoda, hay un juego de café y un faro. También está el poeta, el poeta me acompaña desde hace cuatro años. Se llama Pablo y es un bañista, no sé por qué me recordaba a Neruda, más bien a El cartero de Neruda quizá de ahí su nombre. Tampoco importa, costó un euro en un almacén de decoración y me dio pena su precio. Yo creo que el poeta sabía que, en algún momento, su atuendo tendría sentido porque viviríamos junto al mar. Menudas tonterías estoy diciendo hoy. Mi cama es blanca y verde, sobretodo blanca y produce sueños muy dulces que ojalá fuesen premoniciones de futuro, porque saben a besos y a sal. No quiero decir nada más. No quería decir nada desde el principio, sigo sintiéndome desordenada, quizá porque todavía no hay cortinas en las ventanas o porque aún no sé dónde guardar los manteles. Cualquier cosa. Ya sabes.

sábado, 9 de enero de 2010

a piano

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Mi mejor amiga, cuando era pequeña, tocaba el piano. No sé cuántos años, meses o días llevaba en el conservatorio, pero a mí me parecía que tocaba mejor que nadie.

Me encantaba ir andando hasta su casa y, en primavera, escuchar la música antes de doblar la esquina, incluso sentarme en el escalón de su puerta, sin llamar siquiera, sólo para disfrutar de sus ensayos. Podía pasarme horas allí, hasta que se hacía de noche y sonaba el teléfono: mi madre reclamándome. Mi amiga siempre se preocupaba por si me aburría, pero a mí me resultaba tan increíble tener el privilegios de escucharla… Intentó enseñarme, pero nunca tuve la paciencia suficiente como para hacerle caso y, la verdad, siempre preferí ejercer de público privilegiado.

Supongo que algo me viene de herencia, porque mi madre es una enamorada de la música. Nunca olvidaré la primera vez que fuimos juntas a la ópera.

Copying Beethoven se nos tropieza casi por casualidad en el centro de mi aburrimiento cuando cambiamos de cadena. Había oído hace años hablar de esta película, pero nunca tuve el placer de verla, cosa extraña, porque me encantan las películas sobre compositores o músicos. Mi curiosidad siempre está enredada en los entresijos de los creadores, ¿cómo surge una idea? ¿es primero la música o la letra? ¿suena primero el ritmo en la cabeza y después se traslada a las manos o viceversa?

El argumento es bien sencillo. El maestro, casi sordo por completo, se enfrenta a la composición de su novena sinfonía y Ana, una joven muchacha que quieres llegar a ser compositora, le hace de copista. La relación entre ambos caracteres es la que sustenta la historia.

En un momento, cuando el artista ha recibido ya un golpe irreversible de la vida, Beethoven dicta a Ana las notas de una nueva pieza desde la cama y los violines se deshacen detrás de las imágenes.
-Es un himno –señala ella sorprendida.
-Sí, una acción de gracias… –murmura el compositor emocionado desde el lecho.
-¿Una acción de gracias?
-Sí, a Dios, por permitirme vivir para componer mi última obra.

Ana mira por la ventana cuando el silencio se hace con la casa y yo siento el deseo de volver a escuchar música clásica en directo, de sentarme nerviosa en un teatro mientras la orquesta se va colocando, de esperar a que la luz baje y el sonido se eleve…

De la última vez hacen ya bastantes meses y quiero, deseo, volver a sentir que las notas entran dentro de mí, pura emoción hecha sonido cargado de historia.

domingo, 27 de diciembre de 2009

vino Marta

marta navidad 011

Cuando Marta llega, la bufanda le hace más azules los ojos y su abrazo me devuelve algo que no sé dónde había perdido.

Verla merodear por mi casa, recorrer los rincones, hablar de la luz y de los detalles, contemplar los cuadros, curiosear los libros de poemas, sentarse en el sofá con su sonrisa enorme, me despierta una alegría profunda y serena que agradezco enormemente.

Es la primera vez que voy a invitar a alguien a comer en esta casa que había estado manteniendo alejada de todos. Marta y yo nos enredamos en la cocina y ponemos la mesa grande con el mantel bonito, las copas y las velas.

-¡Qué comida más romántica con esta luz! –se ríe ella llevando y trayendo platos desde la cocina.

Descorchamos la botella y pronto estamos brindando por nosotras, por todo lo que nos ha pasado, por lo mal que sumo y su sonrisa dulce. Comemos tranquilas, sin prisa, entre anécdotas, recuerdos y música.

La tarde pasa sin darnos cuenta y, tras beber mucha agua –aunque nunca la suficiente-, nos acercamos a visitar a mis abuelos y a mis tías que tenían ganas de verla. Los niños se acuerdan de ella y la integran en sus juegos. Como están nerviosos decidimos que lo mejor será contar un cuento para calmarlos.

-¡El de la princesa valiente y el dragón! –chilla Lucía sentándose en el sofá de un brinco al lado de Marta.
-No, el de la Navidad que no pudimos terminar el otro día –respondo despejando la mesa y cogiendo las figuritas del portal de Belén para contar la historia.

Carmen me mira con ojos como platos y Manuel atiende a todo. No sabía que ya eran capaces de prestar tanta atención a un cuento. Comienzo por María y José siendo novios -que es la parte que más les gusta a Carmen y Lucía- y termino con todos los pastores llevándole regalos al niño. Así que el juego está asegurado y, tras la representación, los tres enanos juegan a pedirme cosas que llevar al portal de Belén para regalarlas al niño.

-¡Yo, ninio Esús! –dice Carmen categórica tumbándose en el sofá. Y Lucía hace de María cuidándolo.

Marta y yo los contemplamos entre risas, sorprendidas de que hayan convertido en un juego tan natural el nacimiento de Dios.

Nos despedimos cuando una vecina trae el video de la boda de su hija y paseamos por el centro hasta llegar a la iglesia. A veces me sorprende tener tanto atino para llevar a mis amigos a misa, si a Antonio le hablaron de abrir los ojos, a Marta le hablan del amor dentro de la familia.

Al volver a casa me encierro en un cuento que se me ha ocurrido y Marta lee poesía. Después de contárselo la acompaño con Luis Alberto hasta que el hambre nos hace preparar la cena. Ya sabe donde están más o menos todas las cosas y me hace gracia ayudarla yo a ella.

Hemos planeado sesión de cine, Donde viven los monstruos se ha estado descargando mientras yo escribía y colocamos el salón para ver la película. La elegimos por lo que la elegimos. A mí me produce esa mezcla entre miedo y ternura que me hace lo mismo emocionarme que dar un salto en el sillón. Marta observa los monstruos pensando cómo podría conseguir uno. Al final nos quedamos las dos a cuadros y, muertas de risa, confesamos que nos ha encantado pero que no nos hemos enterado de nada.

Así que nos vamos a dormir llenas de dudas y mi cama de desierto es conquistada por sus ojos azules y sus ronroneos. Comprendemos pronto la diferencia entre 1.50 y 1.35, pero después de leer y orar juntas, nos dormimos como benditas.

Ahora ella sigue soñando entre las mantas de mi cama y yo calculo cuánto tiempo le daré para hacerme un café que me abra del todo los ojos.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Odette, una comedia sobre la felicidad


La decoración de navidad ya llena la casa de mis padres. El árbol brilla rojo y dorado junto a las puertas grandes del salón y un misterio rodeado de velitas ocupa la parte central. La casa está silenciosa. Me he quedado sola, Javier al final no ha venido y la tradición de los viernes dicta unas cervezas con los amigos para mis padres.


Odette aparece en la televisión prometiéndome pequeños milagros. Se conforma con poquito. No importa qué se derrumbe, ella sabe encender la ilusión en los rincones más diminutos. Yo la envidio, intento tomar apuntes, aprender de sus motivos. Se cruza con Jesús sobre las aguas y conversan, Jesús alegre o triste, como ella, que canta entre cristales autorizando a la imaginación a campar a sus anchas.


La primera vez que vi esta película, hace unos ocho meses, preferí no atender demasiado a todos sus pequeños detalles, mi corazón no era capaz de comer otra cosa que no fuesen piedras. Hoy miro a Baltasar, intentando curarse junto a ella, buscándose en lo minúsculo, alejado de las palabras.


Y viajan junto al mar ("¿Al Mediterráneo?", "¡Qué barbaridad! Al mar del norte") como hago yo cuando soy incapaz de encontrarme tierra adentro, porque Odette no estaba de humor... Odette que inventaba la belleza para los demás...


"He venido porque mi hijo necesita aprender algo, para saber si todavía da clases de felicidad". "Quiero hacerte feliz", "Hacía mucho tiempo que un hombre no me decía eso".

lunes, 2 de noviembre de 2009

los tejados de París


-Voy a enseñarte algo –promete Milou cuando asalta a Dulce en la calle y la conduce hasta la azotea del teatro para enseñarle las vistas de París.

Nunca he estado en la ciudad de la luz, la he visitado entre canciones, de la mano de una imagen de película, la vislumbré entre unos versos y de la boca de Ramón cuando me prometía paseos en francés. Grité por el amor de un poeta en su cementerio, observé a Carolina con su sombrero rojo, degusté deliciosos platos en un restaurante diminuto, paseé tras comprar el pan hasta mi casa, un apartamento no muy grande con vistas a un árbol que me tapa la ventana. He escuchado hablar de las mujeres de París, vi a Ana bajo la torre Eiffel con su abrigo y su bufanda, soñé bicicletas y recorrí Notre Dame un ocutubre no sé cuando. Marta desea besar a Pablo de camino hacia el Louvre y yo la imagino bajo un paraguas porque chispea. Nunca he estado en París y creo que nunca iré.


Pero, por lo poco que he entendido de la vida, si al final me confundo, si aparezco en plena calle en un otoño cualquiera en un rincón de ese sueño, debo subir a un tejado lleno de chimeneas y observar las antenas y los ruidos de una ciudad que atardece, para dar lugar al milagro eléctrico de una noche de estrellas artificiales.

Y, si al final me confundo, no negaré el beso a Milou, cuando me lo pida.


(París, París)