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lunes, 27 de abril de 2015


En Budapest, en nuestra Luna de Miel, cuando estábamos recogiendo los bañadores para irnos al Balneario Szécheny, a ver el vapor elevarse en la noche temprana, me sonó el teléfono con un número español. Creo que Nacho estaba recogiendo toallas en el baño, yo me senté en la cama del pequeño apartamento para responder. 

Cuando Paloma Jover dijo mi nombre y dijo los nombres de todos los que la acompañaban, supe que la cama no iba a tener la fuerza suficiente para sustentarme, así que me senté en la mullida alfombra morada que debían haber pisado mil pies desconocidos. Entre felicitaciones y risas, descubrí que había ganado el Premio Gran Angular 2015 de la Editorial SM, y entre felicitaciones y risas me puse a llorar sin saber muy bien cómo controlar los suspiros para convertirlos en palabras. 

Nacho volvió del baño y me miró, con esa mezcla en los ojos de pánico y felicidad propia del marido reciente, cuando encuentra a su reciente mujer haciendo algo insospechado -como reírllorar en una alfombra lejos de casa-. Poco a poco fue comprendiendo, por mis pocas palabras, de qué iba el tema y, por eso, cuando colgué, me levantó del suelo y me abrazó con todo el cuerpo mientras yo rompía a llorar. Sé que Paloma Jover se emocionó al teléfono, porque las dos nos quedamos calladas un momento, cuando todos descubrieron que estaba en mi luna de miel. 

Después tenía que preguntarle a Nacho, ya en los baños, entre el vapor y el agua, los cuerpos desconocidos y el silencio, si todo era verdad o si yo me lo había inventado. Por eso me regaló una gargantilla con una pequeña estrella brillante, para que pudiese acariciarla y así supiese que era verdad. Estaba tan orgulloso, me encanta cómo me mira siempre. 

Cenamos en una cafetería con decoración modernista, mientras un pianista de más de sesenta años me dedicaba canciones españolas. Brindamos con champán, pedimos tabla de quesos, patés y pato. A las nueve estábamos acostados, imaginando cómo sería todo. 

Lo que no imaginamos fueron los meses de silencio tras el anuncio. ¡El premio era secreto! Hasta el 21 de abril no podíamos compartirlo. Y era un secreto de esos que saltan y brillan y relucen  y te ponen cara de enamorada. ¡Qué ganas de gritarlo a los cuatro vientos! Por eso fue bueno conocer a Pedro Mañas y a David. Porque Pedro Mañas ha ganado el Premio Barco de Vapor y hemos podido llamarnos, cotillear y contarnos toda la aventura como si fuese nueva cada día. 

El almuerzo casual que surgió tras la primera visita a la editorial -Berta, Lara, Marta, Patry, Carol, Paloma y Paloma, Bea, Gabriel... todos, gracias por hacerme sentir en casa-, en que Nacho y yo nos bebimos una botella de lambrusco con Pedro, fue sólo un comienzo inesperado para una historia trenzada con paciencia. 

Poco a poco, el secreto fue engordando y pesando, pero el hecho de compartirlo, las llamadas largas y desvariadas, los emails cotilleando, las grabaciones en Madrid -Cuatro Tuercas, gracias, gracias, gracias-, el deseo de las cubiertas, las entrevistas por teléfono... hicieron ligera la espera y sorprendentemente dulce la amistad. 

Cuando bajé de recibir el premio de manos de la Reina -gracias Letizia por la complicidad, por dejarte llevar al mar, por tu piedra rosa-, tras el discurso en que le daba las gracias a mi marido -culpable siempre de todo-, mientras nos quitaban los micros, Pedro y yo nos abrazamos. Nos abrazamos con esa paz, por fin, del trabajo realizado, nos abrazamos con esa profundidad del naufrago y su isla, de la tierra prometida. Nos abrazamos unos segundos gritando por fin aquel secreto. 

La vida secreta de Rebecca Paradise y El mar por fin existían. 

Por fin existen. Y nos hacen felices de tantas maneras que no puede contarse simplemente en un blog en internet. Para entenderlo hay que ir a Budapest, hay que ir una mañana a la oficina de Pedro, hay que estar enamorado y arriesgar una mudanza, pasar las primeras Navidades en familia, tener miedo en un coche en una carretera, hacer el amor después de la siesta, cocinar bizcocho de zanahoria o buscar un vestido con tu madre por todas las tiendas de la ciudad. Para entenderlo hay que amar las palabras y la vida, de una manera torpe y extraña, pero luminosa. 



Gracias a todos los que habéis llamado, a los que habéis escrito, a los que habéis sonreído conmigo y habéis hecho vuestro este premio también. Perdonadme la pereza -y la incapacidad a veces- de no responder uno a uno vuestros infinitos mensajes. Todos los leo, por todos doy gracias a Dios, porque aquella mañana en Budapest yo le rezaba: "Señor, ¿cómo podrías hacerme más feliz? Es imposible, gracias, Señor, por toda esta felicidad", y a las dos de la tarde sonó el teléfono. Me dio risa porque Dios, hace esas cosas conmigo. 

miércoles, 22 de enero de 2014


Cuando conduzco pienso en este sitio y, a veces, cuando la luz entra tímida por la ventana y necesito escribir como escribía aquí, escribo a Marta largos correos hablándole de las vistas de la ciudad desde la montaña. Hay algo de mí que se ha vuelto recatado y no necesita tanto gritar al mundo lo que piensa o siente. Quizá porque Nacho se levanta conmigo y tomamos un café hablando de lo que hemos soñado. Tengo el mejor lector en casa y con él no tengo que esforzarme en encontrar las palabras o en corregir las repeticiones. 

Pero hoy la luz entra tímida en la casa. Nacho se recorta contra la ventana mirando la obra del zoológico que está cercana a su fin y el runrún de nuestros ordenadores se hace con el despacho, porque hoy entro tarde a clase. 

Los miércoles son este año como mi oasis de la semana. Puedo levantarme una hora más tarde y sentir que he parado del ritmo frenético del resto de los días. Suelo aprovechar para trabajar en las unidades que estoy desarrollando para SM o para corregir la novela con la que ando ahora, pero hoy estoy más perezosa que nunca, así que he encontrado el camino para venir aquí y escaparme de mis obligaciones durante unos segundos. 

Me doy cuenta de que me resisto como una adolescente a las tareas que considero obligatorias, como si quisiese montar una rabieta y gritarle al mundo "¡soy libre! ¡puedo vivir en el caos! ¡no me intimidan vuestras normas!". Sé que es ridículo porque tengo la intención de hacer felices a todos muy arraigada dentro de mí, así que me enfrento a la lucha continua entre el debo y el no quiero. Supongo que al final hasta resulta divertido. 

Y a estas horas y a gana el debo... así que voy a ponerme a trabajar. (¡No quiero!)

miércoles, 27 de marzo de 2013

La Última Musa es el tercero


Estos últimos meses he estado algo más desaparecida, pero los proyectos literarios ocupan casi todo mi tiempo libre. Por eso aparezco por aquí, para mostrar la fantástica portada que Marta ha diseñado para La Última Musa, que es la tercera entrega de mi saga de literatura juvenil Los Portales de Éldonon

Mientras que trabajábamos en el lanzamiento de esta novela, corrigiendo los últimos detalles, revisando la maquetación, peleando con la portada... He estado encerrada escribiendo la cuarta parte, por eso no he podido dar señales de vida. Ahora estoy corrigiendo esa última entrega de las aventuras en el mundo de la imaginación, pero espero terminar pronto. 

Supongo que me sentiré tan aburrida que entraré aquí cada dos por tres a contar mi vida y mis milagros. Por ahora os tengo que dejar sólo con mis novelas, ¡no doy para basto! 

viernes, 1 de febrero de 2013

un anónimo me asalta con mil dudas


Anónimo Anónimo dijo...

Qué alegría!!! Así da gusto un Febrero y sus visperas!! 
Ánimo con esa 4 parte, qué ganas de leerla (y de que salga la 3).
Por cierto, cuéntanos un poco más tus manías al escribrir, me ha gustado saber ese poquito que pones.
¿Escribes en papel y luego lo pasas al pc? parece que sí. Y esas fotos de las ilustracionestu misma haces y que que te inspiran para los libros... y ¿prefieres pc a mac? veo qeu tienes un acer... ¿oyes música mientras escribes?, ¿te haces fichas con los personajes? y... y... y...

Este ha sido el comentario que he encontrado en la entrada de ayer, así que, como me ha hecho sentir una estrella acosada por la prensa -y me ha hecho mucha gracia también-, voy a responder a todo lo que pueda. Lo primero, las manías. 

Iba a escribir que no soy muy maniática, pero de pronto he pensado en varios detalles y he decidido que cada uno valore según sus parámetros. No tengo un ritual a la hora de escribir, pero sí que me gusta, por ejemplo, recogerme el pelo. Me molesta casi cualquier cosa, así que me hago un moño en lo alto de la cabeza y, para más inri, me coloco una diadema para que no se escape ni un rizo. Necesito llevar ropa cómoda y me quito siempre el reloj. Me gusta prepararme un café al empezar e ir bebiéndolo mientras releo el capítulo anterior. Desde que descubrí la tienda Muji, utilizo un modelo de sus libretas para los esquemas de las novelas, me he vuelto una sibarita y no me sirve el folio blanco de toda la vida. Al principio hago esquemas generales y luego, conforme escribo, voy revisándolos en nuevos esquemas para cada capítulo. Me gusta utilizar rotuladores de colores y dibujar tonterías para convocar a mi inspiración. Por otro lado,  al utilizar pinterest, me doy un paseito por mi carpeta de Éldonon para coger fuerzas. No soporto que me interrumpan mientras escribo y soy incapaz de atender a quien me habla. ¡Ah! A veces me entra la neura de lavarme muchas veces las manos, suele ocurrir cuando estoy atrancada. 

Siempre escribo en el ordenador. No me daría tiempo a seguir el ritmo de mis ideas a mano. Así que a mano sólo realizo esquemas, como he dicho, y apunto algún diálogo o alguna idea. No sé a qué fotos de ilustraciones se refiere el comentario. A veces Marta ilustra mis portadas o hace algún dibujo que me sirve para Éldonon. A veces es Nacho el que se dedica a esa tarea. Yo hago algún bocetillo cutre de los lugares para situarme y descargo imágenes de internet para hacer mapas conceptuales que me ayudan bastante. 

Con respecto al tipo de ordenador, no soy nada tiquismiquis. Utilizo un portátil que compré por su autonomía y su poco peso. Pero no escribo las novelas en él. Suelo escribir en mi sobremesa que es una mezcla de varios ordenadores que montó mi padre. Me ayuda que esté en una habitación a parte en la que puedo aislarme de la casa y del mundo. Así me concentro mucho mejor. 

¿Qué me quedaba? ¡Ah, sí! La música y los personajes. Lo cierto es que sí que escucho música escribiendo. Antes me hacía carpetas de reproducción según la novela en la que estuviese trabajando. Pero tuve un trauma con un disco de Milow y desde entonces sólo escucho eso. En cuanto a las fichas de los personajes, para nada, no tengo esa paciencia. Los conozco. De vez en cuando tomo algún apunte si se me ocurre algún dato sobre su pasado o algo así, para luego no desdecirme, pero poco más. 

¡Madre mía, qué de cosas! En mi primera entrevista para la prensa, mi editora me dijo: "tú responde largo, di muchas cosas, así ocupamos más página". Se ve que esa lección la aprendí bien.

(He puesto una foto de escritora, escritora. Ya que hacía la gracia, la hacía completa)

miércoles, 30 de enero de 2013

pretérito perfecto compuesto


La casa permanecería en silencio, pero boza canta bajito desde el ordenador, dejando al reloj su protagonismo. Yo he ocupado el tiempo. He sido hacendosa y he regado las macetas, he guardado el mantel y he vuelto a recoger la cocina. No me he olvidado del salón y lo he puesto todo en orden. He repasado cada una de las habitaciones. Como estuvimos en ikea, he enmarcado el dibujo que Nacho me ha dejado debajo del sofá y lo he puesto junto a las últimas ilustraciones de Marta, antes de llevarlo a la cabecera de la cama. He escrito un poema. Y he entrado aquí, a abusar del pretérito perfecto compuesto. 

En el colegio odiaba los verbos y las tablas, y todo lo que supusiese estudiar de memoria. A mí me gustaban las cosas que se podían aprender como una historia, las que dejaban un hueco para fantasear o inventar sucesos paralelos. Por eso puedo imaginar a Nacho en el tren, dormido elegantemente con la boca cerrada, o intentando dibujarse fijándose en su reflejo en el cristal. Es la historia paralela que ha empezado a las 17:58. Ahora ya no puedo aprenderlo de memoria, pero puedo rellenar los huecos que se deja. Puedo inventarme en lo que piensa, a dónde va, hacia dónde mira. 

Yo miro los adaptaciones de Mio Cid de mis alumnos agrupadas en dos columnas: las corregidas y las que no. Miro el reloj, me planteo una ducha, escucho palabras de la canción -y salté del vagón a fugarme conmigo-, parpadeo rítmica. Él hace lo mismo. Ha pensado ahora lo mismo que yo. 

miércoles, 21 de marzo de 2012

día internacional de la poesía


Inventamos días internacionales para todo. Se acaba convirtiendo casi en un circo y en una escusa para celebrar lo primero que se nos ocurra. Dentro de este panorama tengo que reconocer que hay una fecha especial que yo celebro con ilusión todos los años: el día del libro. Además, hoy he descubierto, casi por casualidad, que es el día internacional de la poesía y creo que si lo hubiese sabido con tiempo me habría enamorado de esta fecha y habría preparado una cena poética o cualquier merienda o cualquier escusa. 

Descubrí la poesía de pequeña, de labios de mi madre cada vez que me ofuscaba y me decía aquello de "la princesa está triste". En el instituto y en la universidad me estuve acercando a ella con una mezcla de respeto, curiosidad y hastío, como si no terminase de estar sincronizada con los versos. Aún así, robaba estrofas, expresiones concretas, las subrayaba en los libros, las apuntaba en mi agenda... Incluso empecé a escribir algunos poemas por mi cuenta, nada que se pueda recuperar, pero que permanece en mi memoria. Mientras escribo estas frases pienso en aquel primer verso que pensé, me sitúo en el espacio donde me encontraba, siento el aire en la cara, las nubes sobre mi cabeza, el silencio en mi pecho... y aquel primer verso dramático y contundente que desencadenó mi curiosidad. 

Mi primer poemario se llamaba Memento mori (recuerda que tienes que morir) y lo escribí por un frustrado amor de verano que quería eliminar de mi cabeza. Entre aquellos versos y los de hoy no sólo han pasado los años. Es curioso. También han pasado muchos poetas. Hace unos tres años, más o menos, viajé a Madrid a tomar una botella de vino con Marta y, ante la angustia de no poder leer novela, me decidí por acercarme a la poesía. ¡Menudo encuentro! Recuerdo llevar el bolso cargado de libros de poemas y recuerdo sentir por fin la sincronía con los textos. 

Un antes y un después de todo, supongo. 

Esta mañana, después de salir de la ducha, con un café y los ojos pegados, revisaba la última prueba de amar es aquí, mi primer libro de poemas -que saldrá a la venta el mes que viene con Ediciones Torremozas. Es curioso el crecimiento, es curioso cómo el tiempo va poniendo cada cosa en su sitio. Es curioso que hoy sea el día internacional de la poesía. 

(Aquel día él nos preguntó "¿creéis que la literatura puede salvar una vida?" y nosotros comenzamos a pelearnos a voz en grito dentro del aula. Yo lo creía entonces. Ahora más bien lo sé). 

martes, 29 de noviembre de 2011

han llegado a casa


No sé si estoy más nerviosa que la primera vez. Seguramente sí. Mi madre dice que ha sido un embarazo al completo porque han supuesto nueve meses de espera y de trabajo. Yo sólo sé que he echado a mucha gente de menos cuando he abierto la caja y que hubiese querido brindar con los míos en la cocina de casa mientras se metían conmigo. 

Son quince libros que, además de mi nombre, llevan otro dentro. Quince libros que vienen a verme como pájaros, porque yo los acaricio, los huelo, los hago bailar, como se deben bailar los sueños a ritmo de locura. 

Carmen, que está en casa, me mira y se ríe al observar las tonterías que puedo llegar a hacer con un libro entre las manos. Llamo a papá, llamo a Javier, mamá me telefonea emocionada un poco después que tú. Mi voz es como una fuente y mis pies no dejan de moverse por la casa. Finjo un desvanecimiento, confieso entre risas que me había convencido a mí misma de que todo era mentira, para así no tener miedo de lo que pudiese salir mal. Y ahora son quince libros en una caja. 

Los apilo, los recuento, los llamo por su nombre sin dejar de sonreír. ¿Se puede vivir el mismo sueño dos veces? ¿Quién me va a conseguir hacer dormir hoy? Pienso en Marta, pienso en mucha gente, muchos nombres vienen a mi cabeza, algunos dulces, otros no tanto. Pero la casa se llena de libros y recuerdos, y me digo que estoy haciendo un recuerdo nuevo, un bellísimo y hermoso recuerdo nuevo. Porque un día diré: "cuando llegaron los libros" y seré más vieja y tendré nuevos sueños. 

jueves, 24 de noviembre de 2011

cuando pienso en las personas, las pienso en un color


El domingo por la tarde, en casa de Alberto con las guitarras, os hacía preguntas de la entrevista a Quique González. Como era de esperar, estaba la típica pregunta: "un color". Me encanta esa pregunta porque compruebo si los demás se ven a sí mismos como yo los veo. Alberto dijo "rojo" y yo asentí satisfecha, pero tú dijiste "verde" y me chirrió. Así que ayer lo iba pensando mientras conducía. 

Pensaba en las personas que conozco y en el color que les otorgo en mi imaginación. Descubría que era facilísimo con los niños: Lucía es rosa chicle, Carmen es rojo y Manuel es azul mar. Mi madre es color teja, mi padre es rojo también y mi hermano ronda algunos días el morado oscuro y otros el rojo. La abuela es rosa fucsia, el abuelo verde oliva. Marta es naranja. Ana P. es de un azul pálido... Así iba al volante, repasando a todas las personas que conozco. Imaginando el color del que las veía e intentando intuir de qué color se veían a sí mismas. 

Hay personas con las que es sencillísimo, son un color concreto y ya está, no lo tengo que pensar. Hay otras que oscilan o que me lo ponen difícil. Como tú habías dicho verde, intentaba encontrar alguien verde. No encontré nadie del color de los brotes de las ramas y tampoco a ti te encajaba ahí. Verde... no conozco a nadie verde, del verde de las ceras de colores, del verde de los árboles en primavera. Porque tú no eres de ese color, tú eres más como tus ojos y andas, verde pardo, a las fronteras del marrón y el gris -aunque siempre te imagine en rojo. 

Por eso mi próxima tarea será esa: descubrir a alguien verde junco. Así que si alguien verde me está leyendo, que se manifieste. 

miércoles, 16 de noviembre de 2011

a unos pasos de soñar



Ya queda poco, queda tan poco que no sé si estoy más nerviosa o más relajada. Este magnífico vídeo lo ha realizado mi hermano Javier a partir de las fotos de Daniel Lasalle, de una imagen de Marta Mesa y de la música de Pedro Corredera. Todo un equipo del que no puedo sino presumir. 

Siempre es genial ver cómo un sueño se va convirtiendo en realidad, pero es mucho más genial cuando los que están a tu alrededor lo convierten también en su sueño. ¡Gracias a todos los que os sentís parte de esto!

sábado, 13 de agosto de 2011

leo poesía porque no puedo dormir por las tardes


Leo con fruición un libro nuevo de poesía. Las palabras se tropiezan, no disfruto. Desconozco algunos nombres y adolezco de ignorancia al ritmo marchito del ventilador de techo. Tu canción no ha parado de sonar desde que la dejaste venir a casa. Subrayo algunos versos, compruebo en enciclopedias modernas los datos que preciso para acercarme a un poema. Mis dedos acarician caras páginas y recuerdo el día en que compré este libro y a Sol, el pelo brillante de Sol entre la gente. Entre un Madrid lleno de gente que es Marta y que no es Madrid si no está ella. Pero que aquel día era Sol mientras tú ensayabas tus acordes preocupado por tu muela y el directo. Intento recordar sin darme cuenta la primera vez que leí a este autor y la salida de metro de Callao me refresca la memoria, también el calor de esa mañana y mi vestido largo, libros pesando en mi bolso y café de caramelo. Vuelvo a las páginas, los títulos rojos me molestan. ¿Qué estaría leyendo Claudio en esa fotografía que me envía y que mal leo de libro abierto junto a la orilla? ¿Qué me diría que leyera ahora que he agotado los títulos que escribió para mí con buena letra? Padezco hambre de libros ciertas tardes, esta tarde. Esta tarde de ropa tendida, calor y obligaciones. Me pregunto si he seguido el ritmo del poeta: alejandrinos. Modernos alejandrinos. Sólo la primera frase cuenta catorce. Estoy cansada de escribir. Vuelvo a mi libro. 

domingo, 10 de julio de 2011

cumplir sueños pequeños sin grandes esfuerzos


Desde que alquilé esta casa, sólo era capaz de fantasear con la cantidad de posibilidades que tenía la terraza. ¿Qué comidas daría allí? ¿Quién vendría a cenar por las noches? ¿Tocarías alguna vez tu guitarra en el silencio del atardecer mientras los pájaros se marchan? ¿Quién brindaría? ¿Qué libros leería al amparo de las velas contra mosquitos? 

Y un día Juan y yo sacamos el sofá, cuando no había muebles, para que Leti se sentase a reír con Juan pequeño en la barriga. Y otro día Juan y yo montamos los muebles de terraza. Y mis padres se sentaron morenos y felices a mirar cómo caía el sol. Hicimos cenas temáticas, Marta trajo delicias de París, y Manolo y yo cosimos interminables guirnaldas para decorar mi fiesta de cumpleaños. Leí con los pies sobre las sillas y brindé conmigo misma. Tuvimos un almuerzo de Trivial con Antonio y Alicia. En esta terraza se ha arreglado el mundo. Hemos visto películas y degustado nuestros batidos caseros. Con Sara, Claudia y Silvia nos hemos reído a carcajadas mientras se iba acabando el sorbete de limón. Mis primos se han puesto las rodillas negras en ese suelo jugando con un tren de madera y Carmen, con sus manitas pequeñas, devoró un trozo de pizza. ¡Hemos señalado monos! Y se ha cenado, siempre, a la luz de las velas amarillas. 

Anoche, por fin, después de que Silvia y yo nos declaráramos incapaces de rendirnos, volvimos a celebrar un buen día con el mantel de los árboles y daiquiris de sandía, con la visita rápida de Alfonso y mis trufas de chocolate para hacerte chantaje, porque llegaste con la guitarra y por fin uno de mis pequeños sueños de verano se iba a hacer realidad. 

Así que sonaron tus acordes y bailé descalza como en mis historias más torpes. Morena y descalza y feliz. Con vosotros. En la terraza. Contigo. 

lunes, 13 de junio de 2011

la caja


La música inunda la casa de ventanas abiertas. Salgo a hacer unos recados y me baño en sudor. Quiero comprar una camiseta nueva para sentirme nueva y todas me parecen feas y nada me gusta. Vuelvo a casa deseando estrenar el pincel con agua dentro que me ha regalado una compañera de trabajo. Cojo té helado de la nevera, miro los visillos ondear. La caja de acuarelas la compré en Londres, al lado del museo nacional de retratos, recuerdo sentirme genial gastándome nueve libras en ella. Me cuesta mucho trabajo pintar, es como volver con un viejo amante al que has sido muy muy infiel. Vuelvo a encender la música y el ordenador, busco en la caja de los trastos de por medio y encuentro mi libreta pequeña. Me recojo el pelo y mezclo el color en un plato de metal blanco. Las acuarelas despiertan muchas cosas. 

Recuerdo a don Enrique y su bicicleta, recuerdo la puerta de la iglesia de Zocueca y un pájaro cualquiera, recuerdo calor de agosto y frustración, recuerdo dos hadas de la mano a los pies de un peter abrazado por niños, recuerdo a Gastón y a Sol, recuerdo al dueño del estanco del año pasado, recuerdo las cáscaras de nuez y las ganas de mojar el pincel en el vaso de lo que esté bebiendo. Recuerdo pintarme las piernas por aburrimiento y la mesa de la cocina de mamá y a Juan pequeño. Recuerdo a Marta, todo el tiempo a Marta. Y el suelo de Alcalá y las vistas de la Mota desde la montaña y fresas y cerezas. 

Esta caja pequeña es una extraña caja de pandora y de milagros. 

martes, 7 de junio de 2011

escribir o no escribir, esa es la cuestión


Sé que no estoy escribiendo mucho aquí, pero pienso mucho en que escribo aquí. Cuando voy por la calle voy haciendo mis descubrimientos y me decido a contarlos en este rincón, pero después, al llegar a casa, lo último que me apetece es escribir. 

Por ejemplo, el domingo pensé que contaría que había estado en Madrid y en Marta, que había visitado la feria del libro y que tú estabas tan contento con la grabación que contagiabas todo. Pero el lunes decidí que era mejor hablar de la teoría de Santo Tomás sobre el buen sistema político. Hoy martes iba a contar, primero, que encontré mi novela en una de las casetas de la feria del libro de Madrid y que eso me hizo feliz. Después fantaseé con describir mis olores preferidos -tierra mojada, chirimoya, blandiblú, crema después de la ducha, pollo asado recién hecho, mar cuando bajas la ventanilla, invierno en las calles de diciembre, chimeneas encendidas...-, pero justo cuando llegaba al portal de casa decidí que iba a compartir la botella de lambrusco con la que me he hecho para darme un homenaje, porque últimamente me olvido de los pequeños detalles que solía cuidar en mi existencia independiente. El problema es que esa idea ha llevado a otra: la serie que últimamente me tiene enganchada y que cuenta la vida de una familia que tiene unas bodegas. 

Y claro, esa idea me lleva a la posibilidad de hacer una entrada sobre las personas a las que echo de menos porque bebían vino conmigo. Aunque también está abierta la puerta para hablar de mi propia familia, con la que también he brindado muchas veces y a la que también, irremediablemente y cada vez más, echo de menos. 

(Suspiro agotado). Así que al final, entre tantas ideas y tantas posibilidades, me acabo aburriendo a mí misma y decido no escribir. O escribir todo esto sin sentido. Que viene a ser más o menos lo mismo. 

lunes, 4 de abril de 2011

almería


En septiembre hará dos años del viaje que Antonio y yo hicimos al arrullo del Mediterráneo desde Málaga hasta Cabo de Gata. Este fin de semana volví a recorrer el trayecto y lo recordaba en cada rincón. Miraba los acantilados pensando "allí dejamos el coche", "desde allí hicimos aquella fotografía a los barcos", "ese fue el desvío que debíamos tomar", "seguro que tras esos invernaderos está la caseta en la que almorzamos con las olas rompiéndonos en los pies". De alguna manera, lo dibujaba en cada curva de la carretera. 

Después llegué a topar con los apartamentos en los que veraneé algunos agostos de mi infancia, o con los que acogieron a David y Javier en su primer viaje al mar. Incluso con el eco de la risa de Marta en la calle de las tiendas, pasando frente al teatro. Poco a poco, iba encontrando el camino olvidado de los recuerdos al tropezar con cada objeto que era capaz de trasladarme. Como si todas aquellas vidas hubiesen sido vividas por alguien que aún hay en mí. 

El mar, las piedras, el bikini colgado de la lámpara, la nota para la limpiadora, el Hobbit, la piscina y las gafas de bucear, el mono de las atracciones, la luz de mi madre en la orilla, Bob Marley sonando sin parar en el reproductor de Javier a la hora de la siesta, el trivial en el balcón con una Marina diminuta y la tormenta que trajo pepinos de mar a la orilla sin edificar donde ahora descubro enormes edificios de apartamentos. 

Es curioso volver y descubrir los cambios en el mundo y en mí. Pensar en cómo me imaginaba y en cómo soy capaz de imaginarme ahora, con la vista clavada detrás. Es curioso cómo teje el tiempo, con que paciencia, con que falta de inquietud... al contrario yo, siempre dispuesta a malcoser los puntos, siempre a punto de acabar para empezar de nuevo. 

martes, 29 de marzo de 2011

de todo y de nada


Después de planchar la lavadora de oscuro, tender la de blanco y recoger la cocina, me siento por fin a escribir en este rinconcito que últimamente se me olvida demasiado. No sé de qué voy a hablar. 

Podría empezar contando que un papel blanco en la pared de mi clase, generó la mejor historia de fantasía entre mis alumnos de primero que apostaban a que detrás del papel había un agujero lleno de zombies o una puerta dimensional que nos condujese a un mundo paralelo. Pero es una anécdota que he contado tantas veces ya, que me da pereza. 

Quizá el quid esté en hablar de que ya llegó el contrato por la novela que mandé a la editorial y que todavía no lo he firmado. Contar que soy un desastre y que seguramente pierda un encuentro con lectores fieles por mi impuntualidad o que todavía no he ido al micro abierto de poesía en el que me invitaron a participar. 

Podría hablar de Cádiz y de ti, de mi pelo desordenado y la luz sobre el mar azul impertinente. Del silencio en la catedral mientras cantabais o de la carita de Juan Pequeño cuando le digo cualquier pamplina y abre los ojos de lobo listo que tiene. O que Laura Rosa me inspiró un nuevo cuento de la Princesa Valiente en el que sale un tigre blanco al que se vence con cosquillas. Que la casa está hecha un desastre, que echo de menos a Marta, que quiero que vengas a cenar, que las sesiones de evaluación me dan dolor de cabeza o que el nuevo compañero de tecnología me cae fenomenal. 

Pero no sé. Las macetas nuevas tienen flores y la de encima de la mesa del comedor se ha muerto. Que Marta me hizo fotografías preciosas con la máquina de escribir o que el domingo me quemé el escote en la convivencia con los niños de mi catequesis. Que escuché música clásica bebiendo un café y me sonrieron. Que hoy me parecía que todo el mundo estaba muy guapo. Que cada sueño que tengo aparece velado por mi hermano. Que Jose se casa el sábado e iré sola a bailar. 

Nada. Todo. Lo demás. La música, la poesía, la luz de las ocho y la falta de luz de las siete de la mañana, el té de Belén, la carta de Tertius, la pluma roja. Las enumeraciones interminables y absurdas como ésta, la libreta donde cada noche apunto lo que me hace entristecer para dormir ligera. 

No sé, no sé de qué voy a hablar. Mejor me callo. 

jueves, 24 de marzo de 2011

después de marta


Llevo todo el día repleta de palabras. De ese estado de las cosas desordenado que comienza en verbos y termina en reflexiones absurdas en el coche de camino a casa. Algo así como estar en voz alta. Sin darme cuenta voy describiendo todo lo que me rodea cargándolo de simbología.

Marta ha estado aquí cuatro días. Han sido horas en las que todo ha estado lleno de sus costumbres. Es extraño cómo puedo consentirle gestos que de cualquier otro me sacarían de quicio. Ella llega a casa y la hace suya. Cada rincón le pertenece, puede poner orden y desorden donde lo desee. Y regresa pelirroja, con el pelo largo y ganas de mar, del mar de tormenta que nos rompe en el perfil de una caminata larga o del que la recibe bostezando cuando yo me voy a trabajar y me parece mentira que esté durmiendo entre las mantas azules de la cama. Es mágico recibir sus palabras a media mañana, cuando corrijo un examen o planteo una clase, y ella acaba de despertar. La imagino somnolienta entre mis cosas, nuestras cosas, decidiendo qué café tomar o buscando el azúcar en la cocina. 

Pero es mucho mejor sentir, de vuelta a casa, que regreso a alguien. Que cuando meta la llave en la cerradura, ella, dondequiera que esté, entretenida en sus cosas, va a escucharlo y quizá atienda hasta recibir mi saludo al fondo del pasillo tensando un poco la espalda y alargando su cuello perfecto. Es increíble volver a mesa puesta y disfrutar de sus manos perfectas de cocinera, ir a la compra y rogarle que me haga mis platos preferidos, escucharla relatar cada pormenor del tiempo que ha pasado sola paseando por la ciudad o de los proyectos que ha hecho. 

Marta me deja llena de palabras. Con su manera de ceder en todo, de poner sonrisas y besos donde suele haber apatía, de convertir cada minuto juntas en una propuesta sorprendente, despierta en mí el verbo de nuevo y ese cansancio que acumulaba después de trabajar en la novela, se relaja dejando paso a nuevas experiencias, voz de narradora. 

Por eso, ahora, cuando ella va en un tren camino a casa y yo sólo escucho las teclas sobre el blanco, me pregunto en qué irá ocupada su imaginación, qué se llevará como tesoro de estos días, cuándo volveremos a vernos. 

lunes, 14 de febrero de 2011

desmintiendo


Desde hace un tiempo vengo leyendo comentarios en los que dais por supuesto que Marta y yo somos pareja. Lo siento. Tengo que desmentirlo. Marta es mi amiga. Marta es esa amiga que al principio no era tan importante, pero que después comenzó a brillar y a llenarlo todo. Durante mucho tiempo fue y ha sido puerto seguro, tierra firme, lugar de reposo y calma. Yo enseñé a Marta a abrazar y ella me recordó que dentro de mí había una niña que seguía queriendo ser una princesa y ser la primera en todo, la favorita. 

Durante años, Marta y yo hemos crecido juntas, hemos aprendido lo bueno y lo malo de la otra, hemos crecido desde nuestros errores y nos hemos lamido las heridas cuando ha hecho falta eliminar la sal. Pero no estamos enamoradas, como se entiende normalmente. Tampoco somos sólo amigas. Quizá nuestra relación es de mayor dependencia, no la podría catalogar. La verdad es que, simplemente, no la quiero catalogar. Marta es Marta y la amo de la manera en la que a amo a muy pocas personas, a Javier, a Marina, a los niños y a ti. 

Marta y yo hemos trazado lazos a través de las vivencias, del arte, de la poesía y de los kilómetros entre mi casa y Madrid, el mar y Madrid, ella y Madrid. Habría sido fácil seguir dejando crecer las elucubraciones, pero no me gusta engañar a nadie. Nos queremos mucho, pero no como podáis pensar. El blog "cómo amar a Marta", son consejos que le doy a la propia Marta para amarse más a sí misma, para sentirse llena de magia cuando el mundo la vacía. Porque Marta es un ser mágico encerrada en un mundo gris que no la comprende muchos días. 

Siento las confusiones, pero es que yo no estoy enamorada de Marta. Estoy enamorada de ti. 

miércoles, 5 de enero de 2011

queridos reyes magos


El año pasado diluviaba el día de su cabalgata y eso estaba bien, es decir, compensaba o ayudaba o cualquier cosa. Escribí un cuento sobre un monstruo que tengo y mi madre se enfadó porque no estaba lista a la hora de la cena. Como ustedes saben, desde que les hacemos un poco de sombra con el "amigo invisible" tenemos una cena especial en casa tras la cabalgata, pero como no hubo cabalgata perdí la noción del tiempo -el tiempo...-. Mi hermano también se enfadó, me parece, porque para él es una noche muy especial y emocionante y yo no tenía ni pizca de ganas. Mi padre no dijo nada, gracias a Dios. 

Este año hace mucho sol, ya se habrán dado cuenta mientras ultiman los detalles. Mis abuelos están en casa, revoloteándome encima de los hombros cada vez que decido ponerme a hacer algo creativo en la cocina. Me desesperan un poco, mirándome atentos, corrigiendo si hago algo como no esperan. Pero están aburridos y trato de respirar y ser agradable y buena nieta. Como sus majestades me conocen, saben que me cuesta muchísimo esfuerzo y que al final me sale regular. 

Mi madre hace lentejas, queridos reyes magos y mi hermano está encerrado en su cuarto ultimando algún regalo. Mi padre trabaja. Yo estoy tumbada en mi cama para dominar el mundo. Esta noche Javi ha quedado para cenar y Marta no está para ir a la cabalgata. Yo sé que recuerdan mis gritos de "Baltasar, que soy la presidenta de tu club de fans" y que agradecen todos los años que he trabajado repartiendo regalos a su salud. Por eso quizá lo entiendan a medias. Pero pienso limpiar mis zapatos y dejarlos bajo el árbol, junto a la ventana, como cuando era pequeña y me echaba mucha colonia a la hora de dormir por si me dabais un beso al pasar por casa. 

No piensen que me he olvidado de pedir, es sólo que este año estoy poco pedigüeña. Todo lo que venga, bien vendrá. Ustedes me conocen, saben bien lo que necesito, a veces mejor que yo. 

¡Muchas gracias y feliz tarea!

jueves, 30 de diciembre de 2010

borrachera de cansancio


Tres días dan para demasiado. Dan para aparcar el coche en segunda fila con las luces encendidas y esperar(te), para buscar regalos en centros comerciales sobretransitados y descubrir la iluminación más perfecta de la ciudad -también la más horrible en la puerta de la librería donde alguien me conocía y yo buscaba palabras que nunca estaban-, para pasear puestos buscando el peor regalo y hacer fotografías como extranjeros en viajes de aniversario, para que digas tonterías, para decirlas yo o para ir de la mano. Dan para brindis rápidos y farolas adornadas con pascueros, para deshacer y hacer maletas, encontrar lo complicado, mantener conversaciones de madrugada y escuchar las confesiones más tristes y encantadoras. En tres días se puede medir la espera con semáforos, también coleccionar besos en un lunar concreto, planear una mudanza y escuchar cómo Antonio me habla de los pecados que estoy pagando. Si uno se ve muy capaz, puede incluso amenazar el día de diluvio con listas de muebles y carros cargados hasta arriba, compensándolos con risas de Juan pequeño que siempre se deja hacer por su madrina. En tres días Leticia puede hablar sin ton ni son desde el cansancio y Juan hacer malabarismos con las cajas. Puedo parecer pequeña y grande y fuerte y agotada. Incluso beber cocacola, dormir como un lirón y encogerme por un rayo. Puedo encender las luces de mi árbol de navidad, hablar con Marta y terminar la moleskine que empecé en Cádiz cuando en tres días quería curarme de todo, incluso de ti. 

Y ahora estoy borracha de cansancio, acurrucada en el sofá, con el cuerpo todavía acomodado a Juan pequeño y unas ganas locas de ponerme ropa cómoda, pero sin tener aliento para escapar de este rinconcito calentito de mi guarida de luz. Escribiendo para no tener que moverme, escuchando a boza y al reloj, como casi siempre. 

lunes, 27 de diciembre de 2010

srtas. moustache


Porque contigo reírse pasa tan de verdad que luego no se sabe parar...