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jueves, 12 de enero de 2017

ten miedo de la libertad


Da igual el canal que pongas -y sí, vuelvo con lo mismo-, parece que todo está lleno de un único mensaje: "Siendo libres, sois violentos". Hay películas y series que tratan este tópico sin que nos demos casi cuenta. Se declara una noche de libertad absoluta, no hay policía, no hay normas, entonces el ser humano aprovecha ese silencio para robar, violar, asesinar. 

Las leyes sujetan nuestros instintos asesinos. La libertad sería nociva para nosotros. Si fuéramos libres, seríamos villanos. 

Por eso creamos pequeños espacios de libertad controlada: citas desnudos, islas recónditas, casas vigiladas por cámaras de televisión -porque la intimidad también es un espacio en el que la libertad puede desatarse de forma terrible-, caza salvaje... Mientras tanto, carrozas de horrores surcan los televisores en formato de ficción y no ficción. Telediarios y series, películas y documentales sobre la violencia o en los que siendo cualquiera el tema, la violencia aparece como marco gratuito. Hay que ver entrañas, sangre, cuerpos mutilados para recordarlo. Es casi un mantra: sin control, sois malos; sin control, sois malos. 

De hecho, surge casi otro mensaje por debajo: desead espacios de libertad para desatar a la bestia que controláis. Como si el traje que vestimos fuese un arnés. Rogad por un plató en el que masacraros, rogad por una cama en la que el público aclame la lujuria más violenta, alistaos para disparar al enemigo sin nombre. 

Y a mí me asusta. No la libertad, sino este entregarla, manchada y sucia, como un fenómeno vergonzante. 

lunes, 14 de noviembre de 2016

mi atranque como lectora y la buena de Agatha



No sé lo que me venía pasando desde el verano, pero andaba bastante atrancada con la lectura. Perezosa. Leía cada noche un fragmento del bendito Amadís -voy ya por la segunda parte y no puedo esperar más a la boda-, pero no sentía ese deseo de las largas tardes de enredarme en un buen libro y dejar que el tiempo volase por encima de mi cabeza. 

Mi apatía de lectora no se salvaba con la poesía, ni con la literatura infantil, ¡ni con la literatura juvenil! Ni siquiera con la literatura fantástica -mi salvadora siempre-. Leer era andar contra el viento con ruido en los oídos. Prefería bordar, si tenía tiempo. Prefería incluso ver la tele, con todo lo que la aborrezco. 

No sé si culpar de esta sequía lectora a las maratones de escribir que me pegué durante la primavera y el verano, pero quizá no vaya desencaminada la flecha que vuela hacia esa diana. A veces han gritado tan alto las historias que hay dentro de mí, que me dejan sorda durante un tiempo a las aventuras que quieren contarme los demás. 

En esta búsqueda perezosa de un libro salvavidas -es hora de confesar que me producía hastío hasta mirar las estanterías-, recordé que me quedaban por leer dos volúmenes delgados que Nacho me había regalado la navidad pasada. Celebramos el día de Reyes poniéndonos un tope económico para no fundir todo nuestro capital en libros y él decidió, el año pasado, que me sorprendería mucho más comprando libros a buen precio que pudiesen crear una montaña considerable sobre la mesa. Encontró una oferta en novelas de Agatha Christie y me inundó una balda de la estantería. ¡Bendito seas, marido iluminado! 

Ya durante la vorágine de encuentros con lectores del febrero y marzo pasados, la buena de Agatha se convirtió en mi lectura de hotel, en mi compañera de viaje, ayudándome a conservar la poca cordura que una experiencia tan desquiciante como la promoción literaria es capaz de arruinar. Por eso quizá volví a ella hace unas semanas, dispuesta a quitarme de encima la maldición antilectura que me tenía amargada. 

Devoré en una tarde La casa torcida -para mi gusto la mejor de la selección de sus novelas que me hizo Nacho- y dos o tres días se llevó consigo La muerte de Lord Edwarg. Estoy muy segura de que en todo este proceso de salvación ayudó la reposición de Se ha escrito un crimen en la televisión y un incipiente resfriado, pero, ¡qué demonios!, Agatha Christie ha sido como descorchar una buena botella de champán. Sus novelas rápidas, pobladas de nombres, llenas de equívocos que te hacen sospechar de cada uno de los personajes para arrojarte a las carcajadas más agradecidas cuando al final descubres que el asesino era el hermano secreto del primo tercero de la víctima que vuelve tras años viviendo en otro país o algo aún más descabellado; sus novelas de párrafos fluidos, escenarios levemente perfilados, detectives franceses y señoras perspicaces han sido como una resurrección. 

Después de estos dos, han caído ya tres libros y tengo otros dos a medias -uno en el bolso del trabajo, otro en la mesita de noche-. Ahora, eso sí, lo confieso, últimamente tengo el corazón detectivesco, porque me apetece más leer cómo se resuelve un crimen que embarcarme en cualquier otro tipo de aventura, por muy entretenida que sea. 

Para todo hay rachas, imagino, así que ahora juego con la lupa, me llevo a la boca la pipa y tomo mucho té, sabiendo que tarde o temprano caeré de nuevo en las garras dulces de Camilleri para ser de nuevo el Comisario Montalbano -mi detective favorito donde los haya, pero como me arrastra a beber vino, comer pasta e inflarme a café, me ando resistiendo todavía un poquito-. 

¡A leer! 

lunes, 10 de octubre de 2016

la violencia está en todas partes


La violencia está en todas partes. Hay que tener una mirada experta para concentrarse en lo bueno. Para desentrañar la luz entre todo lo que parece oscurecer el mundo. 

La guerra (qué palabra tan vacía y a la vez tan llena). Las catástrofes (todo natural menos nuestra forma de vivir). Las ideas (banderas de palabras que hieren si se lanzan). La propiedad (el mío que aprendemos desde niños e imponemos allá donde vayamos a las cosas, a las personas, a los terrenos). 

Últimamente estoy saturada de películas donde la violencia es tan explícita que ya no sorprende. Donde el sexo es tan violento que ya no es amor (aunque quieran disfrazarlo de eso). Donde el amor es una forma de imponerse al otro. 

Estoy saturada de expresiones feas. De palabrotas -que pagaba a cien pesetas de pequeña-. De creerse mejor que los demás. De creerse con la razón. De que tener la razón conceda no sé qué poder sobre el resto para hacerlos culpables de sus ideas. 

La violencia no sólo está en los actos. La violencia campa en las palabras. Impera como la sombra perezosa de una tarde que parece no acabar pero que poco a poco hace los rincones más oscuros, las esquinas más vacías, el silencio más tenso. 

Ya no cuidamos las palabras. No es lo que falta por decir, lo que dejamos en la garganta. Es lo que dejamos escapar y cómo. Se hiere casi con orgullo. Se dice casi con poder. Con un poder mediocre, desmerecido, el de la pobre lengua, el de la media lengua. Somos más ignorantes que nunca y nos creemos tan sabios... Usamos las palabras sin saber lo que significan y las esgrimimos sin pudor porque hemos oído que cuentan que dicen. No consultamos. Lanzamos. Bombas de palabras, como en aquellos poemas. 

Defendemos la paz como en los concursos de televisión, mandando mensajes al número indicado, haciendo nuestra especial aportación, rezando por la paz. Con esa idea de la paz de niños que pintábamos en los colegios, esa idea de la paz está allá lejos, la guerra está en los otros, aquí esto es algo como la paz. 

Todos tenemos derecho a la violencia. Hoy todos nos sentimos con derecho a la violencia verbal. La física nos parece una aberración porque deja marcas visibles en los otros. La violencia verbal, este desprecio, está envenenando las raíces de nuestra sociedad. 

Censura. Batallas de palabras. Bandos. Enemigos irreconciliables. Victorias verbales. 

Hay que tener una mirada experta para concentrarse en lo bueno. Un oído atento para escuchar al otro más allá de lo que sólo dice. Hay que saber amar más allá de las palabras. Por y sobre todo. En las cosas más pequeñas. 

martes, 20 de octubre de 2015


¡Qué manera de no cumplir mi palabra! Parece que cada vez que me hago el firme propósito de retomar este blog, lo dejo de lado durante meses. ¿Será algún tipo de maldición antigua y profunda? Seguramente.

Hay momentos en los que creo que tengo algo que decir y estoy tentada a venir aquí a compartirlo, pero entonces una gran pereza me lo impide y acabo tomando nota en uno de mis cuadernos. Otras veces me encuentro esta página en blanco y no sé qué contar, como si nada fuese lo suficientemente cotidiano o genial como para relatarlo. Imagino que es algo que sucede cuando dejas de ser personaje secundario para convertirte en protagonista, o cuando abandonas la voz de narradora para experimentar el mundo tal y como viene, sin juzgarlo, sin describirlo. O a lo mejor es simplemente lo que he dicho antes, pura pereza.

Hoy el cielo está nublado y en el tendedero aguanta un calzoncillo valiente, que se recorta negro contra el horizonte en movimiento. Nacho se ha quedado dormido, ha sido irresistible, y yo paseo escuchando música por el ordenador, rodeada de pilas de libros y libretas, de apuntes para poemarios, de novelas por corregir y posits con extraños dibujos que ya no recuerdo para qué servían.

Es sorprendente todo lo que se puede acumular en un solo escritorio. Intento mantener el hueco para los brazos libre, mientras esquivo billetes de tren, restos de papel estampado, pinceles, gramáticas y acuarelas. Afortunadamente,  hace un rato he podado las tazas de café que habían ido creciendo junto a la lámpara pequeña que casi nunca prendo.

En un frases más me  haré un té de regaliz y pensaré en lo humano y lo divino mientras espero que no me queme la lengua. Fundamentalmente pensaré en cómo justificarme para no hacer nada de provecho esta tarde y, a la vez, hacer algo provechoso.

Últimamente me apetece más pintar que escribir. Pintar que corregir. Y por eso agarro las ceras de colores que compré el año pasado y garabateo en mi cuaderno tendederos, flores, palabras... durante horas. Creo que les estoy cogiendo el tranquillo, aunque soy sincera conmigo y asumo que son otra ventolera más que sumar a mi ruleta de actividades. Ahora, podré añadir las ceras a las acuarelas, las novelas, los poemas, la lectura, los pasteles y los bordados. Así saltaré de un templo al otro, escapando del aburrimiento de la repetición (que es el monstruo que más miedo me da por las tardes).

Respiro y acaba una canción. Mañana volveré a la universidad para hablar de mis novelas. Este tema tiene más ritmo, chascan los dedos, es percusivo. Mejor bailo y os dejo.

jueves, 14 de mayo de 2015


Un alumno llega con un ojo morado y se habla de droga y de pérdida de visión y de cosas terribles que hacen sombra por la tarde. Mantengo largas conversaciones, horas de conversación que seguramente no florecerán, pero que necesito para calmar mi espíritu, para tener la sensación de estar haciendo algo, para mentir la sensación de que en el mundo las cosas no van mal. 

A veces me pregunto si vivo en un lugar falso, ideado por mí, en el que sólo acentúo lo bueno y cubro con pañuelos historiados, con papel, las miserias que estropearían el paisaje. Me pregunto si el bien es el bien y si es tan alcanzable como me cuento. Si la belleza es la belleza, si el orden es el orden... De pronto las cosas parecen distorsionarse, como si no tuviesen sentido. 

Amo intensamente, amo cruelmente, hasta ciegamente amo a los culpables, a las víctimas, a los culpables. Y me pregunto si no hay algo raro, roto, inquieto en mí para que este amor no se deshaga entre mis manos. Para que vuelva cada día con la cuenta en blanco, para que rece por las noches con nombres y apellidos como si pasase lista. Me pregunto en un murmullo qué hacemos tan mal los adultos, qué análisis profundo hay que hacer de esta sociedad que abandona a los pequeños al dios dinero, al dios poder, al dios yo. Que los deja completamente solos ante el otro. 

Y el otro es un amigo y es un enemigo y es una máquina que no siente como yo, que no vive como yo, que no me entiende como me merezco. El otro es siempre el otro. 

Siento un frío extraño aunque hay terral. Y pienso en el pastel de zanahoria que haré para la fiesta de Clau, en Mateo, en Nacho que estará preparando la comida, en el ritmo cotidiano al que me acojo siempre como balsa. Enciendo mi paisaje, atiendo a las conversaciones, a las risas, como. 

Nada puede hacer mi incomprensión, sólo acaricia. 

domingo, 15 de febrero de 2015

cuaresma 2015



La pereza es muy lista y muy asquerosa. A mí me conquista por completo, especialmente cuando he tenido semanas de no parar (a Dios gracias). Por eso este año iba a rendirme y me iba a negar a hacer un calendario de propósitos de cuaresma, pero las vocecitas de mi conciencia (mis padres y mi amigo Israel) han salido victoriosas. 

Así que aquí os traigo el calendario de cuaresma de 2015. Ahora seguro que subirán las visitas a este pobre blog que tengo tan abandonado. ¡Benditos catequistas que mantenéis mi índice de seguidores! 

Perdonadme la tardanza y que este tiempo os aproveche. ¡La cuaresma es genial para la limpieza de primavera del corazón! 

miércoles, 4 de febrero de 2015

de la frustración y los smoothies


No recuerdo la última tarde que estuve aburrida. Quizá fue en noviembre. Seguramente en otra vida en que las horas no corrían tan rápido y la agenda no estaba llena de actividades, compromisos y visitas. La acción es fantástica porque te arrastra a aprender cosas nuevas, a enfrentarte a situaciones insospechadas, a no paralizarte. 

Pero así es imposible escribir. 

Y eso hace que arrastre una extraña sensación de frustración, de infelicidad, por toda la mañana. De clase a clase, de actividad a actividad, voy sintiendo el deseo de sentarme con los esquemas, la hoja en blanco, los proyectos y las fechas. Luego llega la tarde con sus obligaciones, el ritmo de la casa, las tareas, el orden... Y vuelve a pasar un día sin que me haya sentado a trabajar en mis propios proyectos. 

Lo cierto es que esa insatisfacción no hace que deje de disfrutar del resto de proyectos de mi día. Soy feliz leyendo los libros nuevos que hemos comprado, peleando con mis alumnos imposibles, acudiendo a la compra o recibiendo a las visitas. Pero, especialmente, soy feliz desde que el lunes descubrimos una frutería nueva llena de tesoros. 

Nacho y yo nos regalamos el domingo un libro para hacer zumos de fruta y verdura. Nos gustó la idea, aunque sobre todo nos gustó el diseño del libro, para qué mentir. Últimamente los libros de recetas cuidan mucho la estética de sus páginas y dan ganas de coleccionarlos sólo por ver las fotografías. La cosa es que ha sido todo un descubrimiento. 

Sólo hemos probado dos de las recetas, pero nuestro frigorífico está a reventar de alimentos frescos con una pinta estupenda. Primero hicimos un zumo de espinacas, brócoli, escarola, uvas y manzana roja que, pese a tener un color poco apetecible, estaba delicioso. Y esta mañana nos atrevimos con uno de remolacha, zanahoria, escarola, espinacas, jengibre, naranja, miel y manzana. Energizante. 

Cada vez que abrimos la nevera nos preguntamos cuál será nuestra próxima conquista, si zumos marrones, verdes o rojos, si mezclaremos la piña con las frambuesas o los rábanos con las mandarinas. 

Así que, como siempre, debido a un nuevo descubrimiento, me engaño a mí misma diciéndome que recuperaré este blog: que hablaré de las frustraciones literarias o de las conquistas culinarias, que contaré todas las recetas suculentas que prepara mi marido para sorprenderme o que alabaré los libros nuevos con los que me encuentro. 

No podemos engañarnos. 

Al final publicaré esta entrada y volveré a olvidarme de escribir en este rincón durante meses. ¿Seguiremos tomando zumos por entonces? ¿Habré conseguido concentrarme en una nueva novela? El continuará siempre resultó esperanzador, pero un poco cortante.  

sábado, 21 de septiembre de 2013

sábados de septiembre, poemas de papel


En ridícula calamidad me han preguntado si había abandonado este rincón y me ha dado un ataque de culpabilidad mañanero. Lo cierto es que no sé muy bien qué hacer con él porque, pese a mis múltiples intentos de ser disciplinada y seguir escribiendo por lo menos una vez a la semana, casi no le encuentro hueco. 

De pronto la literatura tiene otras muchas formas para mí más allá de contar lo que me pasa. Supongo que el aire autobiográfico se me va olvidando poco a poco. Me encantaba venir a escribir aquí, venir a reflexionar sobre cualquier tontería o cualquier sentimiento. Hablar de milagros, de libros, de amor... 

Pero hay momentos en los que a una le toca estar algo más callada. Un buen amigo me dijo una vez que dejase de ser narradora de mi propia historia y comenzase a vivirla. Me pareció ridículo entonces y ahora mastico su frase y la trago y la asumo, porque vivo. Hace tiempo que no me cuento las cosas, sino que las experimento, las siento, las destrozo, les hago el amor, me las como y las saco a bailar. No es para nada lo mismo. 

Por eso no puedo prometer recuperar las buenas costumbres. Pero pasaré de vez en cuando. Hoy os traigo la fotografía del poemario de papel que he preparado para regalar el día de mi cumpleaños. Se llama somos lo que fuimos y podéis imprimirlo descargándolo desde la sección de imprimibles de ridícula calamidad

Gracias por la constancia y el interés siempre. Muchísimas gracias. 

miércoles, 27 de marzo de 2013

La Última Musa es el tercero


Estos últimos meses he estado algo más desaparecida, pero los proyectos literarios ocupan casi todo mi tiempo libre. Por eso aparezco por aquí, para mostrar la fantástica portada que Marta ha diseñado para La Última Musa, que es la tercera entrega de mi saga de literatura juvenil Los Portales de Éldonon

Mientras que trabajábamos en el lanzamiento de esta novela, corrigiendo los últimos detalles, revisando la maquetación, peleando con la portada... He estado encerrada escribiendo la cuarta parte, por eso no he podido dar señales de vida. Ahora estoy corrigiendo esa última entrega de las aventuras en el mundo de la imaginación, pero espero terminar pronto. 

Supongo que me sentiré tan aburrida que entraré aquí cada dos por tres a contar mi vida y mis milagros. Por ahora os tengo que dejar sólo con mis novelas, ¡no doy para basto! 

lunes, 4 de febrero de 2013

cuando a las diez se me gastan las pilas


Da igual lo que haga, llegan las diez de la noche y empiezo a quedarme frita. No importa que me ponga una serie o una película, que lea o charle, no importa. Mi cuerpo se va relajando y empiezo a llorar de sueño -sí, de sueño-, comenzando a emborracharme de mí misma, torciendo las palabras al escribir y las ideas al pensar. Descubro, entonces, que he ido perdiendo la elegancia en el sillón y que, poco a poco, me he derramado sin darme cuenta hasta que mi cabeza ha descansado en el respaldo. Mis piernas largas llegan más lejos, la luz me molesta, el reloj se hace sonoro como si quisiese recordarme algo. No importa cuánto me resista, sé que lentamente me irá ganando, convirtiéndome en territorio de bostezos, con ojos entrecerrados. 

Entonces enfilo el camino hacia la cama, reuniendo las fuerzas que me quedan para desnudarme y ocultarme dentro del edredón blanco, tapada hasta las orejas, con un libro, el que sea, para convocar el último resquicio de vigilia y abandonarlo entre las páginas. 

Mi sueño no entiende de sábados y domingos, no distingue días entre semana. Llega a las diez, saluda y se acomoda, a sus anchas. Haciéndome la peor para una fiesta, la primera en despedirse. Mis padres cuentan que un día, esperando a sentarnos en un bar, me dormí de pie. Me lo creo. Buenas noches. 

miércoles, 23 de enero de 2013

¿cuántas veces hay que leer un poema para que vuelva?


Mientras Nacho ensaya algunos bocetos en la mesa del salón, me he sentado a poner al día mi moleskine de lecturas. Primero me he hecho con la torre de libros de poesía que no había registrado en estos últimos meses: Ana Martín Puigpelat, Teresa Wilms, Li Qingzhao, Jaime Sabines, María García Zambrano, Patricia Fernández-Pacheco, Mina Loy, Amy Lowell, Manuel de Barrio Donaire, Francisco Ruiz Noguera, Leonard Cohen...La lista se me escapa. 

Estaba registrando la primera de mis lecturas, allá por mayo, cuando me surgió esa pregunta: ¿cuántas veces hay que leer un poema para que vuelva? Porque estos versos, estos últimos versos leídos durante los pasados meses, aún no resuenan con la fuerza de las cascadas, el portazo, el cohete, la sorpresa, el gemido... Sino que permanecen casi muertos en sus libros, necesitados de nuevas lecturas, aún subrayados, para cantar, para ser los pájaros que fueron pensados. 

Siempre me ha fascinado la fuerza de la poesía para sorprenderte en el momento más inesperado encendiendo luces o apagando farolas. Anoche leía a Caballero Bonald con la urgencia de un lápiz en la mano, abandonándome caótica al ritmo de sus palabras. Y hoy recuerdo levemente versos que incendiaron un día algún pasaje de mi imaginación. ¡Qué triste! ¿Cómo, cómo hacerlos partícipes de mi ideario cotidiano? ¿Cuántas veces tengo que leerlos para que me asalten en la cocina o me interrumpan en el café o se me crucen como una idea propia? ¿Cuántas? 


lunes, 17 de diciembre de 2012

el triunfo de los cambios


Alargo el café. Estoy vestida y no podemos hablar de lo que hemos soñado. La obra y el reloj marcan el ritmo cotidiano de la casa y hago listas mentales de las cosas pendientes para hoy, es casi un vicio. La ropa tendida, la decoración navideña, la mesa con todas las tarjetas extendidas esperando a ser rescatadas del olvido... todo parece casi igual, aunque falte su ruido y no estemos sentados juntos planeando la mañana. 

El cuerpo acepta muy rápido los nuevos ritmos y se queja cuando vuelvo a los antiguos. Es extraño, yo que temía que me molestase andando entre mis cosas, escucho a la casa llamarlo. Lo hemos aceptado aquí y nos gusta. He redescubierto el triunfo de los cambios. 

Ahora, me lavaré la cara, cerraré la ventana del dormitorio, recogeré el desayuno y me iré sin hacer demasiado ruido, sin haber usado aún la voz esta mañana, a pelearme con las bestias-niños que desean que lleguen ya las vacaciones para poner punto y aparte. Los entiendo. A mí también se me hacen largos estos días de cálculos y evaluaciones. Pero bueno, compensaré los números con lavadores, la espera con proyectos de novela, la ausencia con lecturas.

miércoles, 17 de octubre de 2012

el arte ya no sirve para nada


Cuando explico a mis alumnos el Modernismo, les hablo del cambio de concepción del arte, que pasa a ser un objeto inútil. Quizá las cosas no han cambiado mucho desde entonces. Por eso hay tantos educadores que componen canciones en su tiempo libre, tantos artistas que pintan cuando salen del trabajo, tantos escritores disfrazados de gente normal. Por eso mis alumnos entienden el arte como un bien de consumo prescindible. 

No me apetece  hablar de los problemas económicos del país, ni hacer un alegato en favor de la cultura o denunciar la situación de tantos artistas en medio de este ciclón. Me genera apatía el pensamiento. Sólo quería contar mis torpes intentos de solucionar en mi día a día este problema. Lo único que está claro es que si no hay dinero para pagar la comida, tampoco lo hay para pagar el arte. Fantaseo estúpidamente con la idea del mecenazgo. 

Ante todo esto, sólo puedo decir que no me apetece la idea de rendirme. Porque yo no cuantifico lo que hago, yo soy feliz fabricando cuentos. Seguramente nunca llegue a ser best seller, hay grandes posibilidades de que la publicación en papel sea una utopía dentro de poco y cada vez más se reduce el número de lectores. Cuando intento explicar que eso no me importa, pocas personas me creen. Está claro que sin un lector no tiene sentido la obra, pero, ¿significa eso que deje de tener sentido el creador o que pueda detener sus procesos artísticos a la espera de una buena oferta? 

Me enredo en mis propias ideas. Me tropiezo con los formularios, con los protocolos literarios, con los problemas de liquidez del sector y la falta de demanda porque el precio del libro no se abarata. Pero trabajo en dos novelas nuevas, tengo cuatro medio dignas terminadas y a la espera, un blog lleno de poemas (en el que hoy he publicado para imprimir los poemarios que suelo regalar durante los recitales) y una cabeza que no deja de enredarse en tramas descabelladas. Y tanto ruido frente al silencio del exterior puede confundir, incluso frustrar, pero yo lo bailo y crezco y descubro el mundo y lo transformo o lo quemo. Porque la literatura o el arte para mí no son únicamente un fin o una meta, no son sólo el ideal, son también un camino cotidiano por el que me busco cada día. 

jueves, 1 de marzo de 2012

limpieza de primavera y recuerdos


Mi viejo armario, en casa de mis padres, ha ido convirtiéndose, con el paso del tiempo, en el vientre de la ballena. Casi cualquier cosa imaginable y apilable si iba ocultando allí, puesto que tiene un tamaño como para acoger una merienda. Mi madre lleva años intentando convencerme de que le de una vueltecita, pero yo no conseguía encontrar la energía para enfrentarme a lo que podían ser montañas y montañas de recuerdos.

Para que conste, sólo he ordenado la parte inferior, de la parte de arriba tendré que ocuparme en otro momento, y he convertido seis cajas, cuatro archivadores de cartón y cinco bolsas en sólo tres cajas. Así dicho no suena a mucho, pero aseguro que cualquier pirata rico tenía menos tesoros que yo.

Entre viejos disfraces, manualidades frustradas, cajas de cartas, apuntes de dibujo y bolsos, quiero detenerme en algunos descubrimientos. Por ejemplo, la mantilla negra de mi abuela y el velo de la comunión de mi madre, que me han sorprendido casi al principio de mi búsqueda. Al parecer, mi abuela me dejó a mí especialmente en herencia esa mantilla de encaje que huele a caja de cartón vieja que según ella no se debía doblar, sino arrugar para que no se partiese. Es una pieza elegante, cargada de historia, evocadora. Pienso en mi abuela el día que la compró, ¿qué edad tendría? ¿Se parecería ya a la mujer arrugada que recuerdo?

Después tropiezo con una caja cargada de correspondencia, antiguas cartas de antes de la existencia de internet. No me atrevo a abrirla, sólo la miro por encima y decido que me la llevaré a casa para descubrir sus secretos. Para asomarme a quién era a través de los demás.

Sorprendida, topo con otra caja cargada de recuerdos: flores secas, la vela de mi bautizo, las cartas de amor que guardé en una caja porque no quería volver a verlas y más tarde saqué porque me comía la curiosidad, entradas de conciertos, dibujos de cuando estaba en el colegio y la lámpara de plástico que utilizaba para convertirme en guerrero Júpiter. Entre todo ese jaleo, mis dedos dan con un trozo de libreta doblado y doblado en cuya parte superior leo "ábrelo". Obedezco intentando recordar de qué se trata y voy encontrando letras a lápiza conforme giro y giro el papel: "para la que no me quiere" reza la nota. Al final encuentro una fotografía de un niño de mi colegio que, hasta sexto, me dejó notas como esa en todos los estuches y carpetas. Lo odiaba y hoy al ver su fotografía, me resultó tan tierno, tan niño, que me sentí un poco avergonzada.

Libretas de la compañía de teatro con apuntes sobre las obras, recortes de periódico, mis primeros intentos como escritora, la tarjeta que me regalaron mis tíos cuando cumplí cinco años o el pañuelo que mi padre trajo de Rusia. Todos esos detalles se van perdiendo entre mis dedos, en su juicio final, entre nuevas cajas o bolsas de la basura.

¿Cómo acumulamos tantos trastos y recuerdos? ¿Y qué huella nos dejan todos esos elementos que saben a historia? De pronto me he sentido un universo en construcción, con cimientos, tratados de paz y nuevos territorios.

viernes, 24 de febrero de 2012

el mito de la mujer zorro

Para mí es muy llamativo cuando una americana escribe sobre oriente, especialmente sobre China o Japón. Ahora leo a Angela Davis-Gardner en su Flor de invierno, libro que regalé a mi madre por navidad después del consejo de mi librera. Lo empecé anoche y ya quiero bebérmelo.

Entre las distintas historias, se habla de algunos mitos de la mujer zorro. La mujer zorro siempre se casa con un hombre al que hace feliz pero al que luego engaña y abandona. Hay quien sabe hablar con los zorros y eso es peligroso. Imagino a la mujer zorro muy hermosa. Con el pelo negro y una sonrisa enigmática.

Camino del trabajo, y también a la vuelta, me preguntaba cómo lo vería todo un japonés. Me gustaría despertarme un día y vivir mi vida durante una semana con la mente de un japonés. Siempre siento que ellos viven más en el momento presente que nosotros. Yo hago planes, adelanto acontecimientos, propongo mis propias profecías y observo el pasado como si fuera un mapa del presente que soy incapaz de ver. También creo que sería más ordenada y más sencilla. Me gustaría ser más sencilla.

Hay días en que me siento  un laberinto. Hoy he sido un poco un laberinto. De pronto, al girar el seto, estaba conjurando al destino, como cuando era pequeña y deseaba no tener lo que quería para que, así, viéndome tan convencida de lo contrario, el destino me regalase lo que añoraba secretamente. Si quería verte, deseaba no hacerlo con todas mis fuerzas. Entonces no sabía que el destino podía leer mis verdaderas inclinaciones. En el siguiente seto estaba una fuente, su sonido en la plaza y árboles de ramas cortadas, quizá llovía. Si imagino mi laberinto desde arriba, siento vértigo. Desde dentro sólo alimenta mi imaginación y al final no sé ni lo que veo.

Por eso me gustaría beber sake y vaciar mi casa, como en el libro. Y peinar mis rizos castaños como si fueran ebras negras. Y mirar las flores del ciruelo.

jueves, 22 de diciembre de 2011

a nadie le gusta la navidad


A cualquiera que le preguntes, responde que la Navidad es fastidiosa, cuanto menos. Escucho renegar de las reuniones familiares, renegar de los compromisos, de las compras, de las luces, de los anuncios, de las conversaciones de las cenas... ¡Pero nadie cambia nada! Todo el mundo continua echándose a la calle para llenarse las manos de bolsas y la cabeza de quebraderos. 

A mí me gusta la navidad, porque cuando era pequeña íbamos a ver Belenes y comíamos chucherías, pasábamos el día en familia -sobre todo disfrutando de papá- y veíamos películas, recibíamos visitas, jugábamos en la calle con niños a los que sólo veíamos una o dos veces al año. Me gusta porque en mi casa se cantaba, y yo pedía el aguinaldo de puerta en puerta y nos llovían los regalos y hacíamos bolitas de coco con la abuela. 

Sí, está claro que los recuerdos tristes vuelven con más intensidad en estos días que en el cinco de abril, porque del cinco de abril no se acuerda nadie, pero de la noche buena sí. Eso no puedo negarlo, ni tampoco que se eche en falta a los que ya no están o que el alma se resienta un poco viendo en lo que se ha convertido una fiesta familiar. El problema es que me resisto a ser una más de los que se quejan, me resisto a dejarme arrastrar por estas fiestas en lugar de dejarme transformar o ser yo herramienta de transformación. 

A mí me gusta poner el árbol y llenarlo de dulces, me gusta subir los pies al sofá y ver pelis que resultan insufribles en otra época del año, me gusta inventar manualidades para regalar y escuchar a Sinatra, me gusta volver a ver a gente que sólo veo una vez al año y convertir todo en victoria en lugar de en pérdida. No va a zarandearme el tiempo libre, soy yo quien elige lo que hacer con él. 

¡Nada de perezas y de arrastres! Muévete. 

sábado, 10 de diciembre de 2011

mecanismos del tiempo o el camino a babia


El tiempo juega conmigo. A veces una hora se hace interminable y una tarde pasa en un momento. Entonces el café se queda helado entre mis manos y pienso cómo he llegado hasta aquí. O deambulo hasta que me alcanzas con la mano para atarme a tierra. Como si mis ideas quisiesen escapar, como si toda yo, por dentro, fuese búsqueda. De algo. No sé el qué. Pero búsqueda. 

Estar en los laureles. Ensimismarse. Visitar Babia o andar en las nubes. Puedo llamarlo de muchas maneras, pero vengo con la cabeza de vuelo, con las ideas a punto de estallar, con el cuerpo en jaula. 

Puedo estar conduciendo, escuchando música contigo, hablando por teléfono o leyendo. Puedo estar mirando a Carmen dormir en el sofá y cualquier detalle, el más mínimo elemento, desencadena el ascenso, la búsqueda indiscriminada, como si el mundo dejase pistas para una respuesta genial que debe andar en algún lado. 

Y, absorta, los minutos pesan como mantas en invierno o se desvanecen entre mis dedos. Lento, rápido, lento. Lento. Tan lejos de todo en un instante, que me siento la desconocida. 

martes, 18 de octubre de 2011

como yo me lo explico a través de Holan


El libro de Holan es el libro de poesía más caro que tengo. Me costó treinta euros. Esos son muchos euros aunque sea un libro gordo y en edición bonita. Además, cuando compras poesía siempre te da rabia pagar tanto por palabras en folios casi blancos -y esto lo digo también como poeta que piensa vender sus libros caros-. Entendedme, no me apedreéis. Lo que quiero decir es que, a pesar de que Holan era muy caro, yo quería a Holan en mi librería. ¡Y eso que sólo había leído once de sus poemas en internet de los que sólo me habían gustado cuatro! 

Pero esos cuatro me había gustado mucho. 

Primero fui a mi librería habitual sabiendo que Holan no iba a estar -la sección de poesía es pequeña-. Después fui a una librería más grande. Miré en la estantería y, al no verlo, incluso pregunté. En Madrid lo vi en una de las tiendas y lo dejé pasar. Hasta la segunda estantería del segundo comercio no me decidí a comprarlo por fin. Eran treinta euros. Con treinta euros se pueden comprar tres libros de bolsillo no muy gordos. Sí, Holan era gordo, pero eran treinta euros -aunque al final sea una metáfora sé que sueno capitalista y el precio del arte y todo eso, blablablabla-. 

Me llevé mi libro de Holan que pesaba un muerto. Leí en el metro esperando encontrar la respuesta a todas mis preguntas. Pero el primer libro de la antología hablaba de la muerte y de cementerios y de la muerte y de cementerios y una y otra vez. No fue una muy buena primera experiencia. 

La verdad es que conforme leía a Holan me daba cuenta de que me gustaba uno de cada diez poemas. ¡Y habían sido treinta euros! Pero al llegar a ese poema que me hacía vibrar, me olvidaba del precio. O sentía que había merecido la pena. 

Estoy tratando de decir que no devolvería a Holan a la tienda aunque me devolviesen mis treinta euros. Asumo que me gustará de la misa la mitad. Acepto que sólo subrayaré algunos textos. Es más, acepto que puede que en unos años entienda más a Holan que ahora. Y sólo lo llevo a la mitad. 

La cosa es que yo sabía que existía Holan y que quería a Holan. Sabía que no me gustaban muchos de sus textos, pero aún así lo deseaba por algunos versos. Porque me dijo: "porque la oscuridad me da miedo como a todos los hombres" y yo lo tomé de la mano y lo amé. 

martes, 6 de septiembre de 2011

¿qué es gramática?

Es difícil volver al curso, no sólo porque trabajas, sino porque las horas libres de las tardes se hacen largas y te debates entre ocuparlas como si siguieses de vacaciones o comenzar con la tarea del curso.

Una parte de ti quiere que sea invierno y anochezca a las seis para poder ir a la cama antes. Las demás gritan por salir a la calle, bañarse en el mar, escuchar canciones y leer poemas. Pero es tu mente adaptándose a la nueva situación.

Mi mente me ha hecho llegar a las siete de la tarde del trabajo para trabajar hasta las nueve. Para quemar las horas entre gramática y propuestas de mejora. Pero un amigo lo solucionó con el siguiente vídeo:


gracias a Dios, para eso están los amigos. 

miércoles, 8 de junio de 2011

las nuevas tecnologías


Mi ordenador intenta boicotearme para que tenga que volver a entrar en casa en lugar de trabajar en la terraza, estudiando filosofía mientras mis vecinos hablan en inglés, tomo una copa de lambrusco y la buganvilla, impertinente, pretende que no deje de mirarla. Creo que las nuevas tecnologías actúan contra mí. 

La tarde es perfecta. Una suave brisa invita a los visillos de mi dormitorio a ondear fuera de la habitación, las macetas están recién regadas y los árboles del zoo traen los sonidos de los pájaros que comienzan a acostarse. Estoy agotada de mantener mi mente ocupada en pensamientos abstractos y los libros que he adquirido en la Feria del Libro me aguardan sobre la mesa como cerezas tentadoras. Pero hay que hacer lo que hay que hacer. Por eso leo sobre Marx y sobre Hegel, memorizo Aristóteles e invento mil escusas para deambular sin centrarme en el texto. 

Así que no sé si agradezco o aborrezco los absurdos intentos de mi ordenador por encerrarme en el despacho de casa. Por ahora me ha dejado escribir esta entrada, será que quiere que invierta en otras cosas mi tiempo.