sábado, 6 de noviembre de 2010

quiero ser un niño


Quiero ser un niño y bailar bajo la lluvia de hojas amarillas y luchar con espadas de peluche y coronar árboles convertidos en cabañas. Quiero comer con las manos, limpiarme los mocos en la manga, vestir ropa vieja en el campo y tirar mis cosas en cualquier lado. Quiero caber en un abrazo, que un beso me ocupe toda la mejilla, que se me encienda la piel por una carrera o por luchar con los mayores que se parten de risa. Quiero partirme de risa por una tontería soberana: que me hablen en otro idioma, que me maten a cosquillas, que el columpio se distraiga y te estrelle contra el árbol. Enfadarme y sentarme en una silla con los brazos cruzados esperando a que vengas con caricias a solucionarlo todo. Quiero ser fácil como un niño, difícil como un niño comiendo pimientos. Y mirar a mis abuelos como seres imperecederos y creer que la muerte es una palabra y que debajo de la barba de mi padre hay otra boca y que el collar que me da mi madre no es de plástico sino de oro, de oro puro. Quiero escribir mal en un papel y convencerte de que digo algo importante. Quiero creer que mi príncipe azul es mi novio y no el de mi madre, que Javi tiene tanta fuerza como un oso, que debajo de las piedras grandes puede haber lagartos gigantescos. Que los cuentos son verdad, porque me los sé de memoria. Quiero ser un niño y lanzar la pelota con toda mi energía y que caiga a mis pies y me de la risa hasta aflojarme y dejarme zarandear por un ataque de cariños de los que ahora les damos a Lucía, a Manuel y a Carmen, pero que antes recibimos nosotros tan gratuitamente como los repartimos. 

miércoles, 3 de noviembre de 2010

ideas idiotas encadenadas de manera idiota porque tengo ganas de hablar de algo pero no quiero decir nada idiota de más


Tengo una lista de cosas prácticas por hacer, una lista de sueños por cumplir, otra de defectos. El café espera sobre la mesa a que me decida a reaccionar. La limpieza es también terapia emocional aunque siente mejor salir y comprar una falda de tubo. Mi maceta ha dado margaritas blancas y tengo las sillas patas arriba y la ropa por recoger. Ojalá la belleza pudiese salvarnos de todo. Invoco -convoco- a las palabras mágicas. Por favor. Gracias. Ábrete, Sésamo. Y la puerta se abre y, detrás, todo el desorden. Esta camiseta en este cajón, la rebeca para planchar, los libros a las estanterías -¿en qué orden? hoy da igual-, esto es para tirarlo y esto ya no importa, déjalo donde está. Poquito a poquito, ordenando la casa y a mí. ¿Sabes esos rincones donde se van acumulando las cosas que no consigues ubicar? Hoy no me voy a sentar en el suelo a mirar. Las cajas cerradas están cerradas por algo. Almorcé croquetas de mamá. No, deja, eso lo he limpiado ya. Me siento coloquial, artificial, en el sofá. Cuando volví a soñar con él, me trajo las promesas de siempre, y esta vez le dije que sí. Creo que voy a acabar en el infierno, me lo pienso inventar. Mi hermano dice muchas cosas inteligentes sobre la felicidad y yo digo muchas tonterías para compensar. He ganado una hora más de vida. Venga, deja eso ya. Tengo una lista de cosas prácticas por hacer -todavía no he tachado nada-, una lista de sueños por cumplir -clausurada-, otra de defectos -siempre dispuesta a engordar-. Pero vuelvo a pesar sesenta kilos, debe ser felicidad. 

lunes, 1 de noviembre de 2010

mi croupier


No me da tiempo siquiera a desabrocharme el cinturón cuando para el coche delante de la puerta. Antes de que me de cuenta, se ha bajado y me siento lenta al seguirlo. Veo cómo su silueta, recortada bajo la lluvia, se detiene frente a los focos encendidos. Es de noche y, torpemente, bajo yo también y me dirijo hacia él. Sé lo que voy a encontrar al hallarlo desde el momento en que escuché la manivela de su puerta, cualquier ruido, la mecánica del movimiento que lo ha llevado hasta donde está, era sólo el prólogo necesario. Al enfrentarme a él recibo lo que tanto he estado necesitando. Quizá simplemente porque es él. Eso no puedo decirlo. Porque es grande y, aunque es pequeño, me hace sentir una niña. Porque aprieta, porque tenía ese abrazo guardado en el mejor de los cofres sólo aguardándome a mí. El abrazo más tierno, el abrazo más fuerte, el abrazo más largo. El abrazo que se llamaba como yo y que aguarda con paciencia a que todo mi cuerpo se decida a recibirlo. Y él, mientras tanto, no cesa en su empeño y me repite, una y otra vez: te quiero, te quiero, te quiero, eres buena, te quiero, eres bella, te quiero, te quiero, te quiero. Como un mantra, como la lluvia, como los focos del coche y el ruido del motor. Te quiero. Y entrar en su abrazo es como entrar en el hogar y encontrar la mejor alfombra y encontrar la chimenea encendida y el café caliente y sentirse cansado. Cansado como alguien que ha estado durmiendo a la intemperie durante años, como quien no ha parado de caminar, como quien no ha bebido nada. Entrar en su abrazo es rendirse a la paz de saberse a salvo. 
 -Que no se te olvide -me dice cuando estamos empapados- que yo soy tu croupier, pequeña. 

miércoles, 27 de octubre de 2010

yo quería hablar de la casualidad, pero una idea lleva a la otra y ahora no sé cómo parar


Cuando grito suena el teléfono y, en lugar de coger aire para volver a gritar, respondo. También ocurre que cuando sueño con alguien, me lo cruzo por la calle. Si necesito urgentemente una palabra, llega un mensaje a mi bolso y, si se me ha volado la ilusión, me premian con un poema. Tengo un amigo que llama a todas esas cosas "diosidades", generalmente la gente las tilda de casualidad. 

Yo no creo demasiado en las casualidades. Creo en las señales, aunque las interprete a mi manera. Es una señal que suene el teléfono cuando siento la tentación de la apatía o de cualquier cosa. Es una señal que las últimas palabras en la cama sean ternura gratuita y que las primeras palabras al despertarme las grite Chica: "¡Estás viva,! ¡Amas!". 

Jostein Gaarder siempre dice que tendríamos que despertarnos todos los días pensando en lo milagroso que es tener un día más de existencia. Me repito con el tema de ayer, pero, ¡estamos tan acostumbrados! ¡Estoy tan acostumbrada que necesito que sea el espejo del trabajo el que traicione mis ojeras para conectar con mi existencia! ¡Estoy viva! 

Siento, experimento, duelo, grito, salto, tropiezo, respiro, respiro, respiro, irremediablemente. Y es un regalo. Explicaba hoy en clase la desazón de los poetas románticos que, en busca del ideal, chocaban con la cruda realidad y deseaban escapar a cualquier lado. Yo también soy idealista. Construyo utopías con la misma facilidad con que el mundo las destruye -¡pasen y vean, nuevas utopías para hoy, las regalo, son gratis, no se corten!-. A veces es agotador. Como les pasaba a esos poetas, me dan ganas de rendirme y escapar, ¿sabéis que de ahí viene el apodo con el que firmo en estos espacios?

La historia es tan simple... Estaba locamente enamorada. Locamente enamorada de dos chicos a la vez. El que creía que sería el hombre de mi vida y el que había aparecido lleno de promesas poniéndome los esquemas patas arriba. Tenía que tomar una decisión y me preguntaba por qué no podría quedarme con los dos con lo feliz que sería así. Tomar decisiones es una de las cosas que más me paralizan en mi vida. Entonces escribí un poema sobre escapar, ser como el aire y huir donde nadie pudiese señalar mi corazón y reconocerlo. Desde ahí me llamo Aire. ¿Me vuelo? Qué más quisiera que poder hacerlo realidad... que fuese fácil. 

Escapar es siempre la tercera opción en cualquier decisión pero, con el tiempo, las cosas de las que huyes acaban alcanzándote y la carrera las ha hecho más fuertes y menos cobardes. En cambio, tú estás agotada de  buscar la manera de evitar lo inevitable. ¿Quién tiene las de ganar? 

Después de eso necesitas más diosidades que de costumbre, en general porque se te queda un ala rota, o un corazón roto o una pierna, la boca, el pulmón... Los seres humanos no somos tan inmortales como nos creemos, lo que ocurre es que nos da vergüenza mostrar nuestras heridas y nos fingimos de acero. Yo me hago la chica dura todo el tiempo, he hecho tantos años teatro que a veces resulta fácil ir de dura por la vida. Pero soy rompible, como todos. Soy altamente rompible -"Nada que hayamos de percibir en este mundo iguala/la fuerza de tu intensa fragilidad" e e cummings-.

Pero también soy altamente reparable. Para alegría de mi padre, a mí me salva el amor. Vendo la pena por un beso, olvido la catástrofe por la caricia, perdono los golpes a cambio de ternura. Soy incorregiblemente fácil, qué casualidad. 

martes, 26 de octubre de 2010

memento mori


 -Últimamente me golpea con frecuencia la idea que me voy a morir -me dice un compañero mientras paseamos por las calles iluminadas de la ciudad. 

Hace seis días que mastico el pensamiento. Vivimos como si no tuviésemos fecha de caducidad, desaprovechamos el tiempo, vendemos los sueños, aceptamos las normas que nos vienen impuestas por la tradición y la desgana, asumimos, rendimos las tropas con facilidad pasmosa. No somos capaces de ver el tiempo desfilar. Los niños que fuimos no existen y hoy planchaba con el deseo de ser una abuela gorda con la cocina llena de nietos hambrientos a los que conquistar por el gusto. ¿Cuántos saltos son eso? 

Escribía en mi moleskine el domingo: "tengo que aprender a vivir / como animal perecedero / renunciar a esta farsa interminable / de existencia continuada / como si las civilizaciones se inventasen en mi boca / sólo porque yo las convocara". El reloj de mi salón toma un nuevo sentido. 

A mí también me golpea la idea del paso del tiempo, hace poco, creo que lo compartí aquí, me golpeó por primera vez la conciencia de que un día ya no estaría posando mis pies en el suelo. Es un pensamiento que congela la razón. Lo detiene todo. Y después te sientes una bala en la recámara y te preguntas cómo ser disparada. Tanta gente que ha quemado el mundo porque todo se iba a acabar. 

Mi pensamiento es trascendente, quiero decir, yo creo en el regazo de Dios. Aún así, la conciencia de no estar aprovechando al máximo las cartas que me reparte la vida me tambalea. Tengo la sensación de que, en algún momento, alguien llegará y me dirá: "tiempo muerto... todas las cosas que podías hacer..." Tremendo. 

¿Va a peor este sentimiento conforme se crece? Siento vértigo. Como si tuviese que correr hacia algún sitio pero no tuviese ni idea de hacia dónde. En casos así mi padre me hablaría de la fuerza salvadora del amor y yo arrugaría el ceño disgustada. 

¿Cómo va a salvarme el amor del paso del tiempo?

lunes, 25 de octubre de 2010

leer en voz alta


Creí que jamás sería capaz de leer mis poemas en público. Pero la terraza de Manolo y Marta se convierte en el escenario perfecto para un primer encuentro con mi voz. Cuando escribo poesía, suele proceder de la oralidad, quiero decir, la pienso en voz alta dentro de mi cabeza y va fluyendo con naturalidad. Pero parecería que esa naturalidad de dicción se pierde en cuanto el papel la atrapa. No sabía cómo elevar a voz mis palabras y, peor aún, me daba tanto pánico que me quedaba paralizada. 

Te habías estado empeñando en que leyera y, cuando te diste cuenta de que quería, dejaste de insistir. Quizá eso me hizo apetecerlo más. La realidad es que el papel viajó en mi bolso y, animada por mi madre, probé en un auditorio conocido donde no me sentía en peligro. De todos modos, cuando empecé a leer, creía que me estallaba el corazón. Pero miraba a Manolo, a Chica, a Carolina, a Marta... a todos escuchando con todos los sentidos... y eso lo hacía más fácil, la verdad. 

Después cuando te comenté que quizá me animaría a leer, casi ni me hiciste caso, como si no te lo creyeses del todo. "No voy a leer", me dije. Y conforme crecían las canciones, cambiaba la música, mi corazón se iba relajando de una manera inaudita. "Quiero leer", me sorprendí. "Quiero leer", te dije. 

Y me subí a la banqueta, con Carmen abrazada a una guitarra, y las manos temblorosas. Si dejaba los poemas en mi pierna para que no se movieran, estaban tan lejos que no los veía, y si los acercaba a mis ojos, me tartamudeaban tanto los dedos que era incapaz de desentrañar nada. Lento, rápido, de prisa... Primero una pequeña explicación y después el vértigo. 

Cuando bajé del escenario las piernas casi no podían sostenerme. Como si hubiese dejado abiertas todas las puertas de conexión directa con mis ideas, con mis sueños, con mis sentimientos, y la corriente de aire me estuviese volviendo el mundo patas arriba. Sólo por tres poemas. Qué ridícula llega a ser la mente humana, soy capaz de defender a un personaje y no soy capaz de defenderme a mí. 

"¿Vas a volver a leer otro día?", no sé quién me preguntó con dudas, por los nervios que había pasado. 

 -Es como hacer el amor por primera vez, quieres repetirlo quinientas veces para cogerle la práctica. 

domingo, 24 de octubre de 2010

la censura


La censura es una cosa que utilizas a veces sin darte cuenta cuando piensas algo y no lo dices. Pueden censurarse las palabras, las caricias, los versos, las bocas, los sueños, los miedos, la luz. Nacho siempre dice que deberíamos vivir sin censura y a veces tenemos conversaciones en las que la eliminamos de un plumazo. Puede que cuando no haya censura las cosas sean más sencillas, pero no tiene por qué ser así siempre. La autocensura permite la comunicación, aunque sea velada. 

Ayer volvía a casa contándome a mí misma el cuento de el hombre de las mil puertas. Normalmente, cuando me cuento un cuento, nunca sé cómo va a terminar. Una idea va conduciendo a la otra, suelo ser demasiado descriptiva o llenar de símbolos la historia y al final me aburro y lo dejo sin acabar, o me cargo a los protagonistas de una manera caótica y que me da risa. Ayer tenía tiempo para encontrar cómo terminar mi historia. Pero era incapaz de imaginar cómo concluir. 

Me iba grabando porque no tenía nadie que se pusiese a escribir por mí, como esa vez en que Luis me transcribió un poema. Paré la grabadora y giré una de las curvas mientras las luces del puerto me asaltaban en el horizonte como nuevas constelaciones. 

Encontré el final. A la orilla del hombre de las mil puertas, me llenaba yo también de puertas. 

Y por eso comencé hablando de la censura aunque sea domingo y el café de caramelo me espere sobre un libro de Cohen. Porque, sin darme cuenta, me estoy llenando yo también de puertas y antes sólo tenía una que me daba miedo abrir. ¿Me estaré volviendo censurada o misteriosa?, me pregunto divertida mientras el sol calienta las ventanas de mi casa vacía.