viernes, 18 de noviembre de 2011

quiero un abrigo con los bolsillos rotos


Cuando leía El jugador, Claudio me explicaba la parte autobiográfica que tenía esta narración. Me contaba que  Dostoievski comenzó a aficionarse al juego y que perdía todo lo que ganaba en la ruleta para volver a recuperar su libertad. Su dependencia del azar lo hacía sentirse esclavo así que cada vez que ganaba una mínima cantidad, la exponía toda al azar para volver con las manos vacías a la inmunidad de la miseria. 

Anoche cuando volvía en coche a casa me acordaba de esa historia. Iba reflexionando sobre algo que había cantado Mabu y que se me había quedado dando vueltas en la cabeza, era algo así como "nunca hubo nada que perder". Sé que es una expresión que hemos oído en millones de ocasiones, "no te preocupes, no hay nada que perder", "no tienes nada que perder", etcétera. Pero a mí se me quedó colgada de una idea. Y, de pronto, me sentí deudora del mundo y me sentí acumulando todo tipo de cosas, sentimientos, ocasiones, lugares, momentos, libros, vestidos, caricias... Guardando como las hormigas del cuento en algún lugar de la memoria -esa cámara del tesoro, de los secretos-. 

Y entonces pensé que quería un abrigo con los bolsillos rotos, para no poder acumular, para que todo se escapase y no me pesase en las caderas. Para tener siempre las manos libres al recibir, el espacio justo donde resguardar un rato. Fue cuando me acordé de Dostoievski y de Claudio, fue cuando hice un símil con mis mudanzas y su manera de jugar a la ruleta. Cuando recordé aquello de "déjalo todo y sígueme", "que los muertos entierren a sus muertos" y demás. 

Qué difícil nos parece, y qué fácil sería. 

miércoles, 16 de noviembre de 2011

a unos pasos de soñar



Ya queda poco, queda tan poco que no sé si estoy más nerviosa o más relajada. Este magnífico vídeo lo ha realizado mi hermano Javier a partir de las fotos de Daniel Lasalle, de una imagen de Marta Mesa y de la música de Pedro Corredera. Todo un equipo del que no puedo sino presumir. 

Siempre es genial ver cómo un sueño se va convirtiendo en realidad, pero es mucho más genial cuando los que están a tu alrededor lo convierten también en su sueño. ¡Gracias a todos los que os sentís parte de esto!

domingo, 13 de noviembre de 2011

porque somos unas señoras


Porque somos unas señoras, llevo a casa de Carolina una botella de sidra asturiana que degustar con su maravilloso pollo asado sobre una base de cebollas, tomates y patatas. Y, porque somos unas señoras, tomamos de postre uvas con queso. 

Sí, por esa misma razón, decidimos ir al jardín botánico y no sentirnos desfallecer cuando nos avisan de que ya ha cerrado. Las señoras tienen habilidad para cambiar de planes con dignidad y encaminarse hacia la presa para ver el pantano y los árboles. Para contarnos la vida, hacernos fotografías bucólicas, reírnos de la suerte y dejar al viento llevárselo todo. 

Carolina y yo decidimos llenar una tarde de sábado de significado -o de un significado diferente al de "sofá"-. De la mesa a la presa y de la presa al café frente al mar, a la cafetería que ha sido testigo de tantas visitas durante el último año. Notamos la crisis porque no nos ponen chucherías, pero abrazamos las tazas enormes entre las manos mientras olas gigantescas amenazan con llegarnos a los pies y nuestras voces se pierden entre los rugidos de esa fiera llamada Mediterráneo. 

Quizá porque nos estamos sintiendo en equilibrio con el mundo, Carol y yo no estamos dispuestas a abandonarnos tan rápido. Así que volvemos al centro, aparcamos el coche y paseamos hasta mi último descubrimiento: un bar de modernos con banquetas altas de madera blanca con cojines de un rosa estrafalario. Cuando llega el camarero dudamos: ¿cerveza, un refresco, una copa y que sea lo que Dios quiera? 

Pero somos unas señoras y debemos mantenernos. Erguidas en nuestras banquetas, con una dignidad aún no asentada por los años, Carolina y yo pedimos dos copas de vino blanco -que recibimos asustadas pero degustamos sorprendidas por su buen sabor-. A medio día brindamos por Asturias y a las nueve de la noche, brindamos por nosotras, por el paso del tiempo, por los giros de la vida... Y degustamos queso camembert empanado con frambuesa. 

Divinas, satisfechas, enseñoreadas, felices. Carolina y yo, como en los viejos tiempos. 

martes, 8 de noviembre de 2011

literaturizada


Sin culpabilidad vuelvo a este rincón. En estos días no he parado. Dentro de tres semanas saldrá a la venta Los cines somnios, la continuación de mi primera novela publicada. Eso implica que no haya tenido espacio para desconectar: fotografías, correcciones, revisión de la maquetación, nueva web, peleas con la portada, vídeo de promoción... 

Poco a poco he ido pringando a todo el mundo en el proyecto, desde mi familia más directa, hasta todos los amigos que se han puesto por medio. Supongo que porque me quieren y saben la felicidad que todo esto me procura, no dejan de animarme y ofrecerse para echar una mano. 

Son días de nervios, de emoción y de pereza. Porque se ve todo tan cerca y tan lejos, que no sé si quiero que el tiempo pase como una centella o que se vaya desgranando perezoso para que mi corazón siga latiendo acelerado. Al releer la historia siento vértigo, el miedo a que no sea suficientemente buena aparece, también la satisfacción de un trabajo realizado. 

Mientras escribo estas lineas, Claudio se acerca a contarme un proyecto de novela. Pienso en todo lo que cuesta poner en marcha el monstruo de la literatura y me siento agotada y feliz. Pronto, pronto, casi ya. 

lunes, 24 de octubre de 2011

a la orilla del manzanares


Estamos sentados en el parque que han hecho a la orilla del río Manzanares. Este parque enorme con los mejores toboganes del mundo, lleno de bicicletas y patinadores, de risas de niños que transforman la visión de urbe de Madrid en otra cosa mucho más ligera y cercana. Estamos sentados bajo una farola en un banco de madera interminable, cerca hay un bar con terraza iluminado en colores fuertes que la noche se va tragando poco a poco. La gente sigue paseando, como hemos paseado nosotros hasta cansarnos. Ahora tienes tu guitarra, nos tienes a las dos pendientes de ti. 

Preparas tus canciones, miras lo que vas a elegir, afinas. Entonces empiezas a cantar La historia de Febo y Dafne y, ensimismada, me pongo a grabar este momento. Giro con la cámara en la mano para captar el ambiente del parque cuando una bicicleta pequeña se cuela en mi campo de visión. Una niña sonriente dice hola a la cámara vestida con su camiseta fucsia. Tiene los dientes perfectos de los niños y esa inocencia feliz en la mirada que tanta envidia me da. Sigue conduciendo hasta pararse a unos pasos de ti. Me mira y te mira, como pidiendo confirmación. 

Y se queda allí. Escuchándote cantar. De pronto la veo luchar con su bicicleta. Se ha bajado e intenta poner la patilla para que se mantenga de pie sola. Se le cae encima, la vuelve a levantar, vuelve a intentarlos, siempre sonriente, aunque con el ceño fruncido. Lo consigue al fin y triunfante, se gira para mirarte y, sorpresa increíble, se pone a bailar tu canción. Y baila y hace palmas, absolutamente encantada por disfrutar de ti y de tu guitarra. 

Cuando terminas, sale disparada hacia el bar donde deben estar sus padres. Imagino que va a contarles su aventura y tú y yo comentamos el momento. Estoy un poco emocionada, así que me sorprendo cuando noto una mano pequeña en mi rodilla y, al volverme, la niña de la bicicleta está frente a nosotros otra vez, mostrándome una brillante moneda de cincuenta céntimos. Me la tiende sin hablar, sosteniéndola con dos dedos. Como una niña de la selva me hace gestos. 
 -No, cariño, no canta para pedir dinero -le explico abrumada-. Quédatelos y gástalos en chucherías. 

Pero ella niega e insiste. Así que, para no decepcionarla, tomo su moneda. Nos da la gracias asintiendo con la cabeza y vuelve a correr para alejarse. Más tarde descubrimos que se llama Claudia. 

Tú vas a guardar la moneda porque es uno de los objetos más cargados de magia que tienes, después de mí, claro. 

martes, 18 de octubre de 2011

como yo me lo explico a través de Holan


El libro de Holan es el libro de poesía más caro que tengo. Me costó treinta euros. Esos son muchos euros aunque sea un libro gordo y en edición bonita. Además, cuando compras poesía siempre te da rabia pagar tanto por palabras en folios casi blancos -y esto lo digo también como poeta que piensa vender sus libros caros-. Entendedme, no me apedreéis. Lo que quiero decir es que, a pesar de que Holan era muy caro, yo quería a Holan en mi librería. ¡Y eso que sólo había leído once de sus poemas en internet de los que sólo me habían gustado cuatro! 

Pero esos cuatro me había gustado mucho. 

Primero fui a mi librería habitual sabiendo que Holan no iba a estar -la sección de poesía es pequeña-. Después fui a una librería más grande. Miré en la estantería y, al no verlo, incluso pregunté. En Madrid lo vi en una de las tiendas y lo dejé pasar. Hasta la segunda estantería del segundo comercio no me decidí a comprarlo por fin. Eran treinta euros. Con treinta euros se pueden comprar tres libros de bolsillo no muy gordos. Sí, Holan era gordo, pero eran treinta euros -aunque al final sea una metáfora sé que sueno capitalista y el precio del arte y todo eso, blablablabla-. 

Me llevé mi libro de Holan que pesaba un muerto. Leí en el metro esperando encontrar la respuesta a todas mis preguntas. Pero el primer libro de la antología hablaba de la muerte y de cementerios y de la muerte y de cementerios y una y otra vez. No fue una muy buena primera experiencia. 

La verdad es que conforme leía a Holan me daba cuenta de que me gustaba uno de cada diez poemas. ¡Y habían sido treinta euros! Pero al llegar a ese poema que me hacía vibrar, me olvidaba del precio. O sentía que había merecido la pena. 

Estoy tratando de decir que no devolvería a Holan a la tienda aunque me devolviesen mis treinta euros. Asumo que me gustará de la misa la mitad. Acepto que sólo subrayaré algunos textos. Es más, acepto que puede que en unos años entienda más a Holan que ahora. Y sólo lo llevo a la mitad. 

La cosa es que yo sabía que existía Holan y que quería a Holan. Sabía que no me gustaban muchos de sus textos, pero aún así lo deseaba por algunos versos. Porque me dijo: "porque la oscuridad me da miedo como a todos los hombres" y yo lo tomé de la mano y lo amé. 

jueves, 13 de octubre de 2011

de la terrible autosatisfacción que encuentro en hacer "cosas" de escritor


Bebo lentamente el té mientras corrijo los capítulos que escribí este verano y que dejé sin terminar porque la actividad me sacó de casa. Bebo el té, leo y miro la luz alejarse. Hoy sentada en el sillón rojo para estar más concentrada y más recta. Utilizando mis rotuladores bonitos para corregir, escuchando música que me gusta, haciéndome en este rincón mi casita para jugar a la escritora, como cuando era pequeña y hacía nidos bajo las mesas. 

Nunca me dejo disfrutar demasiado tiempo de esto porque no puedo vivir de ello. Porque después tengo que salir a practicar como seño de lengua y me entristece alejarme de las tazas de café. 

Pero hoy me he dedicado la tarde, hoy que por fin me di permiso para fantasear, me encierro entre mis propias palabras con el ceño fruncido, corrigiendo y corrigiéndome. Feliz por sentirme escritora en mi despacho improvisado, descalza, con el pelo mojado y mi té (pensando en ti de vez en cuando).