domingo, 7 de marzo de 2021

sobre la ternura


 Con el pelo recién lavado os cuento que en casa tengo un maestro. Nacho hoy, sin saberlo, me ha dado una clase magistral sobre amor a la naturaleza y la ternura hacia todos los seres vivos. Y todo por culpa de un puerro.

Cuando Nacho comenzó a sembrar puerros en la jardinera roja, que era una zona triste y abandonada de la terraza, no confié en que el experimento fuese a funcionar. Pero después, cuando los puerros comenzaron a ponerse grandes, me ilusione con el proyecto. Tanto que al ver que crecían hierbajos a su lado, me dispuse a arrancarlos en un alarde de defensa puerril. 

Nacho me lo vio en la mirada y me lo impidió. "Son amigos de Puerro Sánchez", me dijo, llamando por su nombre al primer puerro que sembró. Y cuando regaba a los puerros, regaba a sus amigos. A mí, este alarde romántico de cuidado de las malas hierbas me hacía poner los ojos en blanco. Como cuando Nacho salva a las arañas o a los aliens (bichitos bautizados así en esta casa) y los libera con cuidado sobre las plantas. 

Pero hoy, mientras limpiábamos, me ha llamado emocionado. En la jardinera, los amigos del puerro habían crecido y uno de ellos era hinojo y el otro esta flor preciosa y elegante. Que posaba firme al lado de su querido puerro, feliz. 

La sorpresa ha sido mayúscula y he abrazado a Nacho. En mi cabeza se dibujaba una moraleja sobre la ternura, el respeto a la creación y la paciencia del jardinero. 

Las plantas, mientras tanto, nos miraban. "¡Qué tontos!", debían pensar, "¿Qué esperaban?". 

Imagino que siempre suceden igual el triunfo de la ternura y la primavera.

sábado, 6 de marzo de 2021

tardes de lluvia y memoria

 


Hoy he acabado el té negro de Navidad. Cuando vi que quedaba poco lo fui reservando para los viernes, como una forma de darme las gracias por el trabajo de toda la semana. Ha hecho un día de frío y lluvia, de esa que te cala sin tocarte, de la que traslada a otro tiempo.

La humedad une todas las tardes de lluvia de la historia. Hoy recuerdo especialmente mis tardes en Andújar, cuando la avenida se llenaba de charcos y el árbol frente a mi ventana no dejaba entrar la luz, cuando baja en pijama al restaurante chino esperando que no me pillasen mis alumnos del nocturno mientras me refugiaba en los soportales. La ventana de mi dormitorio daba a un patio de luz y me gustaba escuchar la lluvia, como si durmiese al otro lado de la cama.

Ese año inventé muchos personajes para que llenasen mi recién inaugurada soledad. Y también comencé a fantasear con Nacho: que nos íbamos a la cama después de ver un programa en la tele, que me recogía del instituto con un paraguas o aparecía por sorpresa un mediodía para ponerme patas arriba el mundo.

Aquel año de lluvia Nacho era un conjunto de palabras al otro lado de la pantalla y C. me compuso una canción. Por eso elegí a C. y no me fui al descabellado viaje por Europa que Nacho me propuso cuando acabó la tormenta. Pequé de lo que odio que pequen las heroínas de las novelas y no elegí al hombre al que llamaba por teléfono cuando descubría una cucaracha en casa, con el que luego hablaba hasta la madrugada,  el que me recordaba: "Tú eres la chica de la fe" cuando tenía ganas de rendirme. 

Nacho volvió de aquel viaje con una novia italiana. 

Quizá por eso mi primer año en Málaga fue un año de lluvia. Corría el agua por las montañas y contaba tres cataratas de camino al instituto. La carretera se convertía en una balsa y el río crecía hasta beberse los parques. 

Recuerdo salir de Botica, después de recitar y sentir el agua caerme en la cara, llevarle dulces de Navidad a Manolo en mitad del diluvio universal, dejar que la música fuese el amparo contra la humedad permanente. Y leer, recuerdo leer en la casa silenciosa de antes de Netflix.

Leer, leer y leer mientras el cielo se deshacía sobre el zoo. También bajar al mar en la tormenta para preguntarme qué estaba haciendo con mi vida. 

No recuerdo el primer día de lluvia que paseé con Nacho de la mano. Puede que tengamos parte de culpa del calentamiento global.



martes, 2 de marzo de 2021

 


Hace dos otoños escribí un poemario infantil. No era la primera vez que lo intentaba. Antes había escrito otro con poemas como conjuros para no lavarse las manos o no tener que poner la mesa antes de comer. No se me da bien escribir poesía infantil, mi verso es libre y me pierdo, no tengo esa rima llena de ritmo que agrada tanto a los niños. Aún así, esos poemas son importantes: se los escribí a mi abuelo. Y me he topado con ellos hoy. 

Es curioso, los recordaba mejor escritos de lo que están pero, aún así, conforme los iba leyendo se iba dibujando una sonrisa en mi cara. Están llenos de huelas, de recuerdos sutiles, de nostalgia. Y de luz. ¡Cómo brillaba todo de manos de mi abuelo! ¡Qué seguridad tan absoluta sentí siempre que estaba con él! 

Mi literatura le debe mucho al abuelo Andrés. Y varios proyectos están tocados por su sombra, como algunos de los libros que ya he publicado. Mi abuelo, la maqueta de tren, el cuartillo y yo, borrando enfadada en los deberes de las vacaciones. Qué forma de amor tan intenso y tan puro. Lo quise tanto, tanto, que quizá me muera queriéndolo. 


Entra la luz gris en la casa. Fuera el viento azota con violencia los árboles del zoo. Entra la luz en la casa, hoy no trepa hasta la cama ni dibuja círculos sobre mí. Pero entra. Con su claridad de niebla a retirar las sombras de la noche entre sueños inquietos y catástrofes.

Tú deambulas ya por las habitaciones, conquistando el domingo con esa naturalidad tuya que consigue mucho más que el sol. Todo lo que tocas, lo transformas. Libras del hechizo de las tinieblas las cosas: el cepillo de dientes, los grifos, tu teléfono, la tostadora. Hay una luz en ti que no se apaga mientras duermes, pero que tampoco es cegadora. En medio de la oscuridad del naufragio nocturno por cualquier pesadilla, yo alargo la mano y la poso en ti hasta que tu claridad me alcanza. Haces del día, el día; de la luz, la luz.Te es natural el territorio de la gracia. Te miro y eres como un árbol con raiz. A tu sombra me cobijo del viento de hoy y te bendigo como tú me bendices cuando me acaricias el pelo. 


Cuando el sol es cegador, yo llevo mi mirada a las largas sombras que proyecta todo. Tú me corriges: "Mira el mar que brilla".

los nombres de las flores


Ranúnculos, fresias, tulipanes y eucalipto. Siempre me llamó la atención que mi madre y mi abuela conociesen el nombre de las plantas y de las flores cuando paseábamos por el campo. Me parecía un conocimiento mágico y, en mi imaginación, era posesión solo de las mujeres. Como si los secretos de la Belleza, los más puros, los que eran genuinamente naturales, nos perteneciesen. Conocer el nombre de las flores me parecía más impresionante que recitar la lista de capitales del mundo. Margarita, peonía, camelia, adelfa... paseaba de la mano de mi madre.

Hoy he llegado al puesto de flores y he exclamado sin pensarlo: "¡Ranúnculos!". Mi corazón se ha iluminado. Por fin, yo también, conocía algunos de esas palabras secretas que recitaban mis predecesoras. ¡Qué ilusión tan tonta! Qué exquisito llamar a las flores por su nombre

martes, 16 de febrero de 2021

La poesía salvaba


 Debería estar escribiendo un capítulo, pero voy a contaros algo. Con veintitrés años me rompieron el corazón con tanta fuerza que solo podía leer poesía. Me escapé a Madrid y buscaba en las librerías poemarios. Me escapé a Cádiz y me hice amiga de un librero. Volvía de vez en cuanto. "Acabé lo que me diste, necesito más". Y él me iba educando más allá de lo que me enseñaron los maestros. E iba llevando mi pena por las librerías, por los parques, por las cafeterías en las que me sentaba sola con los poetas y un lápiz en la mano. Eran los únicos que podían entenderme. Y en sus tristezas, más hondas, más hermosas que las mías, mi acantilado se ponía de primavera. Les respondía a veces con más versos, escribiendo respuestas en las páginas impresas. Me enfadaba si no lograba hallar en ellos la palabra que buscaba. Los sentía mis amantes en esos meses tristes en los que buscaba un nombre con el que llamarme, con el que volver a definirme. Les hablaba a mis alumnos de los poetas, escribía versos en la pizarra, les regalaba antologías caseras, les explicaba cómo me hacían sentir o por qué tal poema me había salvado de ahogarme en una tarde de marzo.

Y todos estaban vivos en mí. Yo los resucitaba para que siguiesen salvándome la vida. Y los besaba a todos y dormía con ellos y me despertaba recitándolos por la casa. ¡Qué gratitud! ¡Qué singular rescate! "¿Puede la literatura salvar vidas?", nos preguntaba Eugenio Maqueda en una de sus clases de Teoría de la Literatura. Nosotros peleábamos. Sí. No. Vivan los médicos, mueran los poetas. A los 23 años lo aprendí. La poesía podía salvar.
Salvaba. Joan Margarit me enseñó mucho sobre la pérdida y la supervivencia a través de la palabra. Qué tristeza la de hoy. Se me ha muerto un amigo que jamás me conoció. Repaso sus libros en la casa silenciosa. Joan, Joan, le digo (porque ahora me escucha como lo hacen mis abuelos, y Javi, y muchos otros), Joan: gracias.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Granadas



 Hoy he desgranado dos granadas. Lentamente, con cuidado. Para hacer un zumo de granada y naranja. El acto concentrado de ir desmenuzando en granos la fruta me ha recordado a Alex, con sus deditos pequeños, deshaciendo el rojo sobre la fuente enorme de la casa rural que alquilamos el año pasado con los mejores amigos de Nacho. Los niños más pequeños se agolparon a mi alrededor cuando abrí las granadas sobre la mesa. Y allí, debajo de una parra silenciosa, en el patio, desgranamos juntos sin hablar demasiado, concentrados. Como me concentraba en el campo de mis abuelos, cuando era yo la niña y me quedaba fascinada con cada una de las pequeñas piezas rojas, como rubíes. 

Lo cierto es que nunca me ha gustado demasiado la granada. El dulzor indiscutible de la pulpa se ve siempre interrumpido por esa parte central dura y amarga que estropea el sabor. Pero me encanta desgranar granadas. Ese quehacer minucioso me fascina: mis dedos deshaciendo las joyas diminutas que modifican su color transparente al reposar unas sobre otras. 

Después de pensar en Álex vuelvo irremediablemente a Zocueca y me pregunto si de verdad había un granado junto a la higuera detrás del merendero, si a la bisa le gustaban tanto las granadas como los higos, si esas tardes de otoño en las que preparábamos el pan de higo desgranábamos también la fruta roja.

Odiaba que Granada se llamase granada y que utilizase la fruta como su emblema. Me parecía una banalización convertir en símbolo algo tan hermoso, repetirlo en alfileres y en pines. Aún ahora, no soporto ver granadas en los bodegones.  Me pasa como con las marinas. No solo hay que captar la realidad de la fruta, también hay que capturar su verdad y eso es tan difícil. ¡Es tan fácil convertirse en un tópico...!

Pero volvamos. Esta tarde he desgranado dos granadas para hacer un zumo. He abierto después dos enormes naranjas que han llenado la cocina del olor de las sobremesas en invierno. Y he llamado a Nacho para compartir con él esa sensación tan cálida, llena también de recuerdos. Ahora era mi abuelo Andrés negándose a pelar la fruta, mi abuelo Juan pelándola con cuchillo y tenedor -sospecho que el abuelo y yo teníamos ciertas manías en común-, la comercial de Almería que nos confesó que odiaba el olor de las mandarinas en los autobuses. 

Y he puesto todo eso en el zumo. Que sabe dulce y ácido. Y es rosa. El zumo que me ha hecho volver aquí, después de tanto tiempo, a celebrar lo cotidiano.