martes, 14 de septiembre de 2021

ritmos (3 agosto)

A veces la vida no se entiende. Ni sus ritmos, ni sus tiempos, ni sus piedras. Y un nudo de preguntas sin respuesta se hace en el pecho. Y el cansancio es tan agotador como una tumba. Y la incertidumbre arde con un fuego helado interrumpiendo el camino de la sangre. Queremos sentarnos con el narrador y preguntarle, conseguir una brizna de esperanza al escuchar el argumento completo de nuestra historia. Qué paz imagino que sienten los que creen en el destino y comulgan con él. Pero yo quiero tirar piedras a la ventana de la vida, pegar tiros a los pájaros negros de tu pena, besar tus párpados para desbrozar los sueños de hoy, para sembrar los de mañana, dormir de tu mano como cuando éramos niños y teníamos invitados. Quiero librarte de todas las interrogaciones y que descanses un ratito en paz.

lentitud (16 de agosto)

Mis días están siendo lentos. La lentitud es un ejercicio para mi alma apresurada -siempre pensando en lo siguiente, siempre pensando en hacer-. La contemplación es mi única tarea pendiente: aprender a mirar la luz y recitar sus cadencias. Encarar las sombras de mi conciencia y recitar: "La vida no es una balanza, demonios terroríficos, no pasará nada malo solo para compensar lo bueno". Para después volver al silencio. A la oración sin palabras del minuto que pasa, sucede y ya fue, que ya soy, de tu mano.

sagrado corazón (22 agosto)

En casa de mis abuelos había un Sagrado Corazón presidiendo el salón en su trono. Era enorme y nos miraba en las siestas de verano mientras veíamos la televisión en la penumbra. A mí me daba pena que no pudiese ver la tele porque nosotros éramos muy aburridos. 

Cuando vaciamos la casa de mis abuelos no pudimos llevárnoslo porque era muy grande para nuestro pequeño apartamento. Nos dio pena, más allá de su significado religioso, tenía un significado familiar. Había sido testigo de nuestras vidas, cómplice nuestros secretos. 

Ahora es la casa de la abuela de Nacho la que se vacía. Y recuerdo mi poema "Nos definirán las cosas", el que habla de lo que pensarán de nosotros los que solo nos conocieron a medias y se topen de pronto con nuestras herencias, con las cosas que consideramos tesoros.

En el desván entre vajillas y cristalerías, cuadros y adornos de salón estaba el Sagrado Corazón que había visto crecer a la madre de Nacho, a sus tíos. En cuanto lo vi, supe que lo quería. Que quería que entrase a formar parte de nuestra historia como un testigo de madera.

No es grande. Tampoco pequeño. Tiene el tamaño justo para aguardar de pie junto a la máquina de escribir que me regalaron mis padres y que había pertenecido a un escritor inglés. O junto a la trompeta vieja que un cumpleaños me regalaron mis amigos. O quizá junto al cuadro de Bea que dice "Me against me". 

Esta mañana lo hemos recogido de la buhardilla junto con dos cafeteras de peltre y tres tesorillos metálicos que Nacho codiciaba. Lo he estado limpiando en el patio. Lentamente, sin prisa, fijándome en todos sus detalles. Conociéndolo.

Quizá un día, cuando nuestros sucesores vacíen nuestra casa de trastos, se pregunten por qué teníamos un Sagrado Corazón de Jesús siendo yo iconoclasta. Y, quizá, alguno entienda que mi amor a Dios está en todas las cosas y  también, extrañamente, en esta talla vieja y heredada.

en obras (4 de septiembre)

Despierto en casa, con la bendita luz de septiembre irrumpiendo en la terraza ahora blanca, intentando llegar a la cama mientras dibuja círculos perfectos en la pared. No se escucha nada. Algún pájaro, el verde del zoo. Es sábado y la casa siguenen guerra. Pero hay promesa de flores sobre la mesa nueva, promesa de libros yendo y viniendo por las estanterías hasta encontrar un sitio habitable. Reordenar, recolocar, recordar nuestra historia al tocar las novelas que nos hacen de calendario. 
Es sábado y la brisa mece los eucaliptos.

antes de un viaje (9 septiembre)


Como una niña antes de un viaje, mi cabeza da vueltas: imagina. Recreo en mi mente lo que intuyo que será, veo escenarios amables y terribles, guionizo conversaciones que aún no he tenido, intento prepararme emocionalmente para el amor que daré y para el que quizá reciba.

Mi cuerpo se tensa de anticipación, aprieto la mandíbula; mi mente es un parque de atracciones en agosto; mi corazón siente miedo y deseo, ilusión infantil mezclada con los reparos adultos. Todo se mueve rápido, nada se detiene y, bajo la cascada, oigo el trueno de la tarde.

Doy un paso atrás. Me siento en la cueva tras la corriente incesante de agua y respiro. Miro todo eso que siento, que imagino, que temo, y que no soy yo. No soy yo. Yo soy ahora. Aquí. No mañana ni luego ni antes. Ahora. 
Un suspiro profundo me atraviesa, lleno de paz. Sonrío.

septiembre


Leemos tranquilamente en la terraza. Todavía quedan  cajas en el suelo, los armarios no tienen puertas y la ropa tendida ondea, no en las largas cuerdas del ayer, sino en un moderno tendedero metálico. Está nublado y las campanas de la iglesia, más allá del zoo, rompen el silencioso arrullo del viento entre los árboles.
Nacho marca un ritmo con los pies, como si meciese sus puntas, bajo la mesa. Lee el último cómic que ha comprado, _Noúmeno_, un thriller cuántico. Yo leo despacio _El libro de los hallazgos_ que me regaló Begoña en nuestro café del sábado. Son los diarios de la bibliotecaria de una escuela. Deliciosos. 
Una pelusa cruza veloz bajo la mesa, evidenciando el caos que aún habita en nuestra casa. Pero los árboles bailan, la ropa baila, ¡hasta la pelusa baila, descarada!
Y estoy en paz. En una extraña paz que ha llegado por fin después de largas semanas. Una paz silenciosa y blanda que me hace sonreír al descubrir que acaba de empezar a llover. Un niño exclama en la calle, con torpes sílabas: "¡Espamos volando!". Las huellas de las gotas se dibujan en los cristales de acordeón. Un perro ladra, a lo lejos. ¡Qué blanco este hogar de nuevo! El vaso de agua de Nacho, a medias, se dibuja en su transparencia en una esquina de la mesa de madera. Ruge el tigre. Comienza el ballet de los gorriones. Todo está bien.

domingo, 7 de marzo de 2021

sobre la ternura


 Con el pelo recién lavado os cuento que en casa tengo un maestro. Nacho hoy, sin saberlo, me ha dado una clase magistral sobre amor a la naturaleza y la ternura hacia todos los seres vivos. Y todo por culpa de un puerro.

Cuando Nacho comenzó a sembrar puerros en la jardinera roja, que era una zona triste y abandonada de la terraza, no confié en que el experimento fuese a funcionar. Pero después, cuando los puerros comenzaron a ponerse grandes, me ilusione con el proyecto. Tanto que al ver que crecían hierbajos a su lado, me dispuse a arrancarlos en un alarde de defensa puerril. 

Nacho me lo vio en la mirada y me lo impidió. "Son amigos de Puerro Sánchez", me dijo, llamando por su nombre al primer puerro que sembró. Y cuando regaba a los puerros, regaba a sus amigos. A mí, este alarde romántico de cuidado de las malas hierbas me hacía poner los ojos en blanco. Como cuando Nacho salva a las arañas o a los aliens (bichitos bautizados así en esta casa) y los libera con cuidado sobre las plantas. 

Pero hoy, mientras limpiábamos, me ha llamado emocionado. En la jardinera, los amigos del puerro habían crecido y uno de ellos era hinojo y el otro esta flor preciosa y elegante. Que posaba firme al lado de su querido puerro, feliz. 

La sorpresa ha sido mayúscula y he abrazado a Nacho. En mi cabeza se dibujaba una moraleja sobre la ternura, el respeto a la creación y la paciencia del jardinero. 

Las plantas, mientras tanto, nos miraban. "¡Qué tontos!", debían pensar, "¿Qué esperaban?". 

Imagino que siempre suceden igual el triunfo de la ternura y la primavera.