martes, 22 de diciembre de 2009

un diplomático o un embajador

cena navidad 014

La racha de cenas de navidad surrealistas sigue aumentando, por supuesto esto hace que también aumenten las mañanas de dolor de cabeza y botellas de agua.

A las diez de la noche habíamos quedado, en medio de la tormenta, para pasar una agradable velada en compañía del claustro tapeando en un bar amigo. Me dejé el teléfono en casa y me vi en la tesitura de no saber si estaba esperando a alguien o me había quedado plantada. Afortunadamente, Chelo me sacó de dudas apareciendo en la calle vacía. María José y Rocío llegaron después, refugiadas en sus paraguas, y comenzamos a elucubrar sobre el ritmo que podría tomar la noche.

Éramos pocos, el bar estaba vacío, sólo lo ocupábamos nosotros. La verdad es que no sé dónde situarme, hay profesores con los que no he hablado nunca, profesores que conozco de la mañana y de la tarde, miembros de la directiva y después las chicas. Revoloteo entre conversaciones hasta que decidimos sentarnos y Andrés se arranca con canciones tradicionales. El clima se va relajando.

Luis, uno de los jefes de estudios del nocturno, se sienta conmigo y comenzamos a charlar un poco de todo. Cuando llevamos un rato hablando, comienza a defender la teoría de que yo merezco un novio diplomático o embajador, para viajar por el mundo. Me río de la ocurrencia y lo apunto en nota mental antes de que cambiemos de bar.

Chelo y yo decidimos que no vamos a tomar ni una copa más, pero Carlos –el niño del agua-, aparece con vodka y nos hace replantearnos nuestra posición. Recordando a Antonia, pido mi martini con hielo y comienzo a charlar con Ana descubriendo la de vueltas que ha dado su vida.

Siento deseos de viajar con tanta conversación sobre el mundo.

Las copas y las horas pasan y cuando ya se ha ido más de la mitad de los que éramos, decidimos levantar el campamento. De nuevo llueve fuera, pero viene bien el frío, y cuando me despido en la puerta de casa, sonrío ampliamente pensando que no ha estado tan mal como yo esperaba.

Sobreviví a una cena de navidad cuyo nivel de surrealismo no alcanzó –por poco- a las de otros años y reparé en que quizá si que tendría que escribir la carta a los reyes para pedir un “diplomático” –de cualquier nacionalidad, ¿no, Leticia?-.

lunes, 21 de diciembre de 2009

recetas


Antes siempre felicitaba la navidad con un cuento o con mi carta a los Reyes Magos, como este año soy incapaz de escribir mi carta y como no me veo tampoco inspirada para contar un cuento (lo siento), pues habrá que conformarse con algo fácil y rápido de preparar: "receta para tener una feliz navidad".

definición de esperanza

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Cuando me confirmé, entré en JMV. Al principio un poco porque mi madre me animaba, con dudas, con deseos de no mojarme, después movida por la ilusión de compartir. El grupo ya estaba formado y llegábamos algunos de nuevas, pequeños y nerviosos, sin saber qué se esperaba de nosotros. Pero el tiempo pasa, las personas cambian, el Espíritu actúa, y el grupo grande se fue quedando en un grupo pequeño de cuatro personas. La fe trenzó los lazos de nuestra amistad. Y el trabajo destrenzó los lazos de nuestra fe, alejándonos.

Desde principios de verano algunos barajábamos la idea de volver a encontrarnos y este fin de semana nos decidimos a acudir al retiro de Adviento que JMV programa todos los años para estas fechas. Aunque esperábamos ir todos, al final acudimos Antonio, Juan, Leticia y yo. Dos de los cuatro que fuimos, cuatro de los siete que somos hoy.

Poder compartir con ellos mis ideas y mis dudas, mi fe y mis compromisos, es como aligerar la carga cotidiana. No importa que haya pasado el tiempo, que hiciese incluso años que no hablábamos con esa sinceridad, las palabras van naciendo en el pequeño cuarto donde nos refugiamos para no romper el climax. Y junto con las palabras, los proyectos, los sueños de futuro, las ilusiones.

Esperanza y confianza aparecen de la mano, buscamos la definición correcta y damos vueltas intentando precisar lo que queremos. Ponemos en manos de Dios nuestra propuesta y comenzamos a mover los hilos para que todo pueda ser, para que esta sed de comunidad se vea saciada pronto y podamos tenernos de nuevo, los unos a los otros, abrazando nuestras vidas.

Sabemos que es difícil, que no somos los mismos, que el tiempo, las heridas, los triunfos y los fracasos nos han ido formando de otra manera. Aún así, esperamos que esta fe que nos hizo amigos, nos haga ahora hermanos.

Alimento la esperanza, con carbón del dulce.

jueves, 17 de diciembre de 2009

bolitas de coco y bombones de chocolate

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Amanezco sin despertador y es una bendición hacerlo después de dos días de trabajo agotador y de trasnochar para corregir exámenes. Enciendo la luz de la mesita de noche y me quedo mirando al techo sin pensar en nada, disfrutando sólo del silencio de la casa y del dolor de cabeza que supone haber dormido tantas horas seguidas. Evalúo sin darme cuenta y descubro que me siento bien, en tregua de paz conmigo misma, una paz física en este cuerpo templado bajo el edredón de plumas.

Por fin me decido a mirar el reloj y salto de la cama buscando la bata roja para irme a la ducha. La semana pasada quedé con mi abuela en dedicar mi mañana libre a hacer dulces de navidad, así que no quiero llegar tarde. Estoy tan emocionada con la idea que, aún con el pelo mojado, llamo por teléfono para que me preparen un café porque no quiero pararme ni a desayunar sola. Me sentiría extraña hoy.

La niebla ha tomado la ciudad y voy contándome un cuento por las calles semivacías. El cuento trata del espíritu del río que, alegre, decide abrazar a todos los habitantes de este pueblo, que no paran de quejarse por la humedad. Voy contando las esquinas como cuando era pequeña y aparezco, con mi paraguas bajo el brazo, en la calle peatonal donde sucedieron todos mis juegos de infancia.

Abre mi abuela. La casa huele a comida porque está preparando ya algunos de los platos que degustaremos la semana que viene. En la cocina, mi habitación preferida por lo cálido y los recuerdos, mi abuelo y mi tío intentan ponerse de acuerdo sobre el formato de una película que han descargado de Internet. Mi abuelo es un amante de las nuevas tecnologías y trajina con el portátil sobre el hule nuevo de cerezas.

Tostadas y café me esperan junto a unos muñequitos que mi abuela ha hecho con palos y aguacates pequeños –“sólo les falta el pelo”, me dice- y desayuno contándoles mi semana agotadora. Mi tío me comenta que le han aconsejado hacer un módulo que se imparte en mi instituto y me alegra que decida poner en marcha un nuevo proyecto. Mientras termino, mi abuela se acerca a la tienda de la esquina a que le pesen unas patatas y charlo con el abuelo sobre emails navideños –de esos que le encantan y con los que me satura mi bandeja de entrada-.

A la vuelta la abuela le pide que le ate el delantal porque ella ya no puede hacerlo sola, “no me llego”, se ríe mientras mi abuelo refunfuña comenzando su retahíla de quejas y consejos.

Cuando ya tenemos todos los ingredientes sobre la mesa y vamos a empezar a preparar las bolitas de coco, mi abuelo grita interrumpiéndonos:

-¡Son las doce! –yo no lo entiendo, así que mira a mi abuela-. ¡Eh, tú, que son las doce!
-¡Ah! –responde ella y me siento partícipe de uno de esos momentos mágicos porque algo debe estar a punto de suceder, seguro que se abre una puerta secreta, llueven monedas de chocolate o comienza a nevar bajo la mesa.
-¡El Ángelus! –vuelve a gritar mi abuelo, con prisa, como si estuviese a punto de escaparse un tren, y el momento mágico sucede.

En el silencio de la cocina, porque ya ninguno de los ruidos cotidianos son capaces de interrumpirlos, se unen en oración dulce y acostumbrada. Los acompaño observando las manos de mi abuela que trituran las patatas cocidas con calma reverente. Siento que estoy viviendo un momento único con ellos y me emociono. Las preguntas comienzan a asaltarme, ¿cuánto nos quedará?

-Remángate –indica mi abuela con una sonrisa sacándome de mi ensimismamiento-, hoy vas a hacer los dulces tú.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

más cartas


Estamos en el aula diecisiete, llueve fuera sobre los tejados rojos que aparecen debajo de nuestra ventana, y el ruido del radiador se mezcla con la música y la risa de los chicos mientras escriben su carta a los Reyes Magos. Hemos subido las persianas y la pared de cristal nos descubre un cielo gris y frío contra esta clase cálida de corazones jóvenes.




Pintan, escriben, piden, comentan y comparten carcajadas mientras los observo. Yo he intentado también escribirles mi carta, pero soy incapaz de hacerlo sin sentirme triste. Así que he acabado dejándola a medias porque veía que sólo me estaba hiriendo el corazón. Todos los años, desde que estaba en segundo de bachillerato, escribo esta carta de cosas que no cuesten dinero para mí y para todos los que quiero. Pero hoy no, hoy no encuentro el ánimo suficiente, no encuentro la esperanza y, no porque nunca se hayan cumplido mis deseos, sino porque soy incapaz de mirar hacia delante con esperanza.




Qué absurdo el corazón, qué ridículos mis miedos y las nubes son cada vez más negras contra la ventana… -Queridos Reyes Magos, que se me cure esta pena estúpida que llevo alimentando tantos meses no sé de qué amargura. Que sea capaz de ser feliz, sin coordinadas adversativas arrastrándome en el alma. Que sea capaz de hacer felices a los demás, que sea capaz de dejarme tocar por lo que venga, que sea capaz de confiar… que este miedo a la herida no me paralice durante demasiado tiempo…-




Se me nublan los ojos y Miriam me pregunta por qué cuando escribimos somos capaces de ser más sinceros, Alejandro dice que por la que está pidiendo más es por mí y Alba grita irritada porque Carmen le ha leído su carta por encima del hombro. Una vecina rubia barre la terraza y tenemos que dar la luz porque no se ve nada ya dentro del aula. En el horizonte las antenas de las casas retan al cielo al tiempo que las ramas altas de un árbol asoman entre los tejados. Trabajan mientras escribo.




“Que la maestra se acuerde de nosotros cuando se vaya”.




lunes, 14 de diciembre de 2009

el miedo le capturó los sueños

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Diego dejó de venir a clase la semana pasada. Esta noche, entre la tormenta de nieve y los desvelos cotidianos, soñé con él. Lo recuerdo porque lo saboreé para que fuese el único sueño que recordase al levantarme. Soñé que volvía a clase.

Cuando esta tarde he llegado al pasillo estaba sentado, cabizbajo, abrazado a su carpeta. Diego tiene más de cincuenta años y ha vuelto a estudiar porque era la espinita que tenía clavada, para él es un sueño tener la oportunidad de aprender y disfruta de cada asignatura como si se tratase de un mapa del tesoro. Pero tiene miedo.

Miedo de no hacerlo bien. Miedo de pagar caras sus renuncias por un sueño que no sabe lo que le va a costar. Miedo al fracaso. Miedo a no ser perfecto. Yo no sé cómo curarle el corazón cuando me confiesa sus terrores.

-Respira… –le digo en el silencio de la clase-, estás abriéndote una herida. Estás luchando contra ti.
-Siento una presión en el pecho…
-Que parece que te ahoga, no puedes dormir, no puedes pensar en nada y sientes pánico a pensar porque eso te paraliza… Respira…

Me mira con los ojos llenos de lágrimas y querría salvarlo. Querría tener las palabras mágicas que aliviasen su carga, pero no las tengo, sólo tengo mi pobre experiencia, mis alas mordidas y mi fe.

-Me quedé anclado –susurra y me cuesta trabajo seguirlo-. Soy un niño, no crecí, mi mujer me lo dice siempre, tengo tan caros los sueños…

No puedo evitar sonreírle. Me llena de ternura. Me gustaría poder sentarme con él y escucharlo, escucharlo descargarse de ese peso que lo hace andar despacio y encogido. Pero la clase está llena de gente y soy su profesora y sólo tengo veinticinco años y otro agujero en el pecho…

-Llévate este texto –le indico-. Léelo, sin cargas, sin peso, disfrútalo porque es hermoso, habla de lo que estás sintiendo.

Cuando me lo cruzo a última hora es una sombra, le pregunto y me observa como desde lejos, los ojos perdidos y húmedos.
-Diste un paso.
-Vine…

y por fin el frío venía de fuera


De madrugada la lluvia me desveló contra los tendederos metálicos de la terraza junto a mi dormitorio, en casa de mis padres. Saboreé el silencio de la casa e intenté volver a dormir sin buscar ningún recuerdo de los que me condenan a madrugar últimamente.


A mi pesar, a las ocho y media estaba más que despierta. Miré el reloj para comprobar qué debía hacer y pensé que mi padre aún no se habría ido a trabajar y que, si me levantaba ya, podría acompañarlo un ratito mientras leía en el salón. Salté de la cama buscando el pijama y la bata blanca y, justo después, subí las persianas.


Al principio creí que todavía estaba dormida, porque la nieve caía revuelta sobre el paisaje nublado y en obras. Las imágenes se agolparon en mi cabeza: la terraza nevada de la casa de La Carolina, aquel ensayo en que nos quedamos aislados, la guerra de bolas de nieve por el casco antiguo, Alcalá y el coche amarillo… Pero mi lado práctico me despertó recordándome que tenía que conducir en esas circunstancias y que la noche de antes ya me habían aconsejado comprar cadenas.


He abierto la puerta de mi cuarto dando voces anunciando el cambio en la climatología. Pronto estábamos los tres, acurrucados, en mi ventana, la favorecida por las pocas vistas. Y me alegré, me alegré al pensar que otro año más veía la nieve antes de la Navidad, signifique eso lo que signifique.


Y me pareció que por fin el tiempo me hacía justicia –”diluvia Alcalá como si me escuchase”- y que el hielo asaltaría mis calles congeladas y vacías.


Nevó: primer milagro del día.