viernes, 22 de octubre de 2010

librería grande y librería pequeña


El tiempo en esta ciudad es magnífico y eso permite pasear. Creo que es la primera vez que conozco al verdadero otoño y no como una imagen de hojas marrones alfombrando el paseo al tiritar de una fuente helada. El otoño que te sorprende de tormentas o de sol, que te besa en la piel en unas escaleras o te obliga a ajustarte la rebeca al cuerpo. 

Charlando con uno de mis compañeros de trabajo, me propone un paseo por el centro para asaltar diferentes librerías, porque lo han llamado para avisarlo de que ha llegado un volumen que esperaba. Yo acabo de terminarme el último libro que me prestó, así que me anima la idea de ir con él y dejarme aconsejar. Desde que nos conocimos, no he nombrado ningún autor que no conozca, no he podido sorprenderlo con una idea ni con un texto. Cuando invoco a algún escritor, él me cita unos versos, una frase genial o un cotilleo de la existencia del poeta. 

Primero visitamos una de estas librerías que pertenecen a enormes cadenas. Paseamos un poco entre las estanterías y acabamos sentados en la moqueta. Me regaña por no conocer ciertos textos que para él son básicos en la literatura. Busca en los índices los nombres de algunos poemas y me los brinda abiertos por la página precisa. Elijo dos y me propone visitar otra tienda que desconozco. Pero antes, paramos a comprar té en un rinconcito en el que no me importaría trabajar toda mi vida. 

La segunda librería tiene un aire especial que me lleva de pronto a Madrid y a Marta. Es el tipo de librería a la que me gustaría llevar a Juan y a Leticia para preguntar: "¿y qué os parece así?". No sólo tiene una estantería de poesía como la enorme tienda de la que venimos, sino que tiene dos, por eso me dejo llevar por el vértigo mientras recibo nuevas propuestas y leo grandes poemas. Lo bueno de no tener idea de nada es que cualquier descubrimiento, por mínimo que sea, es un triunfo muy sutil. Así que, cuando salimos camino de una tetería, los dos cargados de libros, me invade esa felicidad tonta del que acaba de encontrar un tesoro que casi nadie quiere. 

Y es genial sentarnos allí, en el callejón estrecho, en la noche y en la calle, con el té de regaliz y los libros abiertos porque los dos sentimos la misma curiosidad y es difícil fingir que no te interesa lo que llevas en las bolsas. Así que vamos pasando, de un volumen a otro, entre trago y trago. Yo haciendo preguntas y él desgranándome respuestas mientras fuma. 

miércoles, 20 de octubre de 2010

teorías tontas al volver de trabajar


Al ritmo de la ropa tendida y el té, que baja lento a conquistar el fondo de mi taza, recuerdo la enseñanza de mi madre de no buscar respuesta a las grandes preguntas. También me viene a la cabeza, y no sé muy bien por qué revestido de esa credibilidad, un comentario de hace unos días sobre aprovechar el momento. El lunes me golpeó como una piedra el estómago la idea de que el tiempo que tengo por vivir es limitado. ¡Por Dios, qué poco me lo recuerdo! Y eso que el reloj de mi casa se empeña en recordarlo constantemente en el silencio. Tic tac tic tac... ¡vive, deja de contar, experimenta, comprueba, arriesga, pártete la boca en cualquier calle, clávale las uñas a la fruta, invierte y apuesta!

Bajaba del trabajo, por una carretera de curvas entre monte y residenciales, escuchando una canción de Álvaro Laguna y, sin saber muy bien cómo, acabé reinventando una de esas teorías absurdas que se me ocurren sobre la felicidad. La cosa era, más o menos, así: cada uno tenemos una serie de monedas-piedras-bolitas (la metáfora no me acababa de convencer) que invertíamos en diferentes aspectos de nuestra vida. Cinco piedras sobre la amistad, una piedra sobre el trabajo, quince piedras sobre la familia, veinte sobre el amor, tres sobre la fe... y así sobre las cosas importantes, arriesgándonos en mayor medida en cada una de las cosas. Y, de este modo, recogiendo la felicidad que se cosecha según nuestras inclinaciones y nuestra escala de prioridades.

Me inquietaba el pensar que quizá tengo mis piedras muy mal repartidas porque a veces, qué injusta mi imaginación, todavía tengo motivos para aspirar a más. Me interrogaba a cerca de una solución, buscando la manera de reestructurar mi reparto de apuestas. Pero no he logrado autoconvencerme. Soy de las que se corrige dos días y al tercero vuelve a la misma lista de errores memorizada y aprendida. 

A veces me pierde teorizar y teorizar, buscar la explicación racional a lo que no lo tiene, justificar mis equivocaciones con escusas que no me creo ni yo. Debe ser que no he dejado de ser cuentista ni conmigo misma. ¡Qué remedio!

martes, 19 de octubre de 2010

será


Quizá debería haber venido varias veces a contar que estuve en un concierto hasta las cinco de la madrugada en un café teatro que me encantó, que se me clavaron los ojos de una guitarra, que me contengo contigo de una manera imposible ya. Que bautizamos a Juan Pequeño que se ríe cuando le hablo y me imita, que es capaz de encontrar la paz también en mis brazos. Que Ana y Pablo siguen conquistando mi silencio. Que volví a ver a mis padres y estábamos tan guapos que Granada se nos quedó pequeño. O quizá debería haber contado que los domingos en la terraza de Manolo se convierten en verdaderos domingos, que las acuarelas han vuelto a conquistar mi bolso, que la poesía me lleva las costillas amoratadas estos días, que Carmen me cantó su nueva canción entre cajas y botellas vacías. Que me miras desde lejos. Que quiero leer poesía en público y no puedo. Que fue el cumpleaños de Leticia y daba comunicando cuando llamaba. Que salí a las ocho de la tarde del trabajo teniendo una cena por preparar después de una noche de insomnio por culpa de las palabras. Que cotilleaste mis estanterías y tomaste las medidas de mi casa. Que aprendí tres recetas nuevas y fui incapaz de cenar. Que el postre me gustó hasta a mí, que no tolero la dulzura. Que preparé un poemario de doblar y gané el concurso de las cenas. No sé, que no sé si dormir tapada o destapada, que me han regalado otra acuarela que adorna ya mi casa, que todavía no he quitado la mesa... Sí, quizá debería haber venido a decir todas esas cosas que antes habría contado sin problemas, demasiado ocupada en rescatar la belleza para poder saborearla. Como si al contar tus dos monedas una y otra vez te pareciese que tienes quinientas. Narradora, narradora, ¿será que estás siendo feliz y no te has dado cuenta?


viernes, 15 de octubre de 2010

un viernes infinitivo


Y despertar como si hubiese un incendio en la casa cuando sólo está debajo de la piel. Y volver a beber café como si fuese agua al tiempo que me peleo con el flequillo. Todo por llegar diez minutos antes para escribir un poema en la pizarra para compensar la paliza de trabajo con que estoy maltratando a los de cuarto. Don Álvaro o la fuerza del sino, la fatalidad, los proyectos y las carcajadas. Y Christian que no se sienta ni trabaja, y Khaled y Julia que sólo hablan, y China con su sonrisa pelirroja mientras Alex busca motivos para no hacer nada. Claro, siempre y cuando Miguel Ángel no me haga saltar de los goznes. Convencer a los disidentes para un café sobre la cuesta, aunque hoy tengamos que coger las llaves, para descubrir a la mujer del pelo blanco sentada al sol pintando acuarelas. Otro café para sobrevivir y hablar de anécdotas que ya sólo se pueden contar. Encontrar medio examen y la Revolución Francesa a punto de estallar en nuestra clase por la inutilidad de estudiar historia. Entonces, como si nada, decir adiós y sentarme en los escalones de la entrada para que Pepa me ronronee las faldas con sus embistes mimosos sólo por regalarme el pequeño placer de la ternura gratuita. Conducir como si el camino no costase nada, ni se hiciese largo. Comer rico y temprano, de la comida que dejó preparada mamá frente a mis ruegos en su última visita. Soñar que sueño que vuelvo y compro la casa de mi infancia y preguntarme en sueños si estoy buscando encerrarme para siempre en esa realidad perdida en algún hueco inaccesible de mi imaginación. Y despertar como si hubiese un beso en mi espalda cuando sólo está mi respiración. Merendar yogur griego con melocotones, imaginar un verso, saltar a la ducha, pintarme los ojos y salir a comprar lo que echaré en falta el lunes. Ojear la revista de decoración, subir los pies a la mesa, hacer tiempo y guardar cada cosa en su sitio: en la nevera el vino de los aperitivos, en la despensa el chocolate, en el cajón la cruda realidad y en la cabeza una idea irrealizable. 

jueves, 14 de octubre de 2010

vamos a contar mentiras



Un día pisé con mis dedos el suelo del cielo y se parecía a la luna, lo sé porque estuve allí de vacaciones en tu boca. En otra de mis aventuras tendí ideas en un perchero viejo para exponerlas en una plaza el día de mercado, me compraron dos recuerdos y una genialidad para un cuento que soy incapaz de recordar. También fui gigante conquistando praderas y sostuve con mis manos el sol de la tarde a la espera de un verso. De un suspiro incendié inviernos con apodos en mayúscula y quemé recónditos paisajes sólo con unas preguntas. Me materialicé, de la nada, en una isla, un castillo, una carretera bajo el acantilado y el futuro, y volví de la misma manera que había ido, casi sin darme cuenta. Escribí tus nombres secretos, los que no conoces, en las paredes de una ciudad inacabada, con distintos colores, con distintos deseos, y ninguno de mis habitantes se quejó de vandalismo, sino de cobardía. Invité a merendar a todas las brujas a las que había dado de comer durante meses, las vi más delgadas y casi afónicas. La mayor de todas me enseñó un truco que todavía me pesa en el bolsillo cuando me arranco el corazón. He vislumbrado desde mi terraza la remota posibilidad de realizar la utopía a corto plazo, era grande y con lunares, a veces parecía redonda y a veces cuadrada, siempre en movimiento, como un dragón antiguo a punto de aparecer en la mente soñadora de alguien. Dormí a mi hijo en mi regazo mientras me observaban en silencio desde una sombra gris a la que nunca fui capaz de dar nombre, puro vértigo. Fui a la China y volví con chucherías y palabras. Dormí en París. Amanecí congelada en un colchón que navegaba. Hice una montaña con caricias, unas sobre otras, otras sobre unas, hasta caer rendida, absorta y feliz al centro del vacío, donde no se piensa, donde no se conoce a nadie, donde no existes ni tú, aunque todo empiece por las letras que compones. Dije la verdad a boca llena, canturreando infantil y cogí margaritas que parecían otra cosa y eran de papel, curiosidad y ausencias. También coleccioné guisantes debajo de la cama, hice pócimas de verbos, planté y regué secretos cursis, canonicé una carcajada, vestí de marioneta una oración sin acabar... Vamos, todas esas cosas que se hacen casi sin pensar. 


miércoles, 13 de octubre de 2010

la casa que duerme



Cuando vino Chelo, bautizó mi casa como la casa que duerme, porque batió todas sus marcas de horas de sueño seguidas. Yo creí que era inmune a esa capacidad de transmitir paz de este rincón del mundo, pero últimamente me hallo conquistada por sus trucos para invitarme a dormir. Quizá el color blanco que impera en las habitaciones, la luz calma que entra por la terraza, el silencio no interrumpido, la brisa suave con instinto de mar, el olor a ropa tendida, el té de la tarde... Todo invita a soñar, a acurrucarse en el huquito del sofá, en el borde de la cama y añorar por un segundo la caricia que no llega para después, inmóvil, victoriosa ante el recuerdo, caer rendida al más placentero de los sueños. Casi infantil, casi arropada por un beso. Suspirar como de olas y viajar a ese lugar del que no se si voy o vuelvo. 

Buenas noches, buenas noches, buenas noches... mañana te susurro un cuento...


martes, 12 de octubre de 2010

al ritmo de un piano


fotografía de Ángel

Creo que es la cuarta vez que empiezo a escribir esta entrada. Cada una de las veces que he comenzado, pensaba hablar de un tema distinto. Empecé tentada por la idea de exponer que es más fácil ser feliz de lo que nos creemos -en ese caso iba a contaros cómo ha sido mi puente, lo feliz que he estado con mis padres, con la música, con mis amigos y contigo, demostrando que las cosas simples también sirven para construir una felicidad tranquila-, pero comenzó a sonar el piano. Después decidí que iba a hablar de lo indiscreto que es el miedo en su capacidad para paralizarnos y obligarnos a cometer actos estúpidos sólo porque no somos capaces de continuar hacia delante aunque nos tiemblen las rodillas -pensaba hablar, utilizando infinidad de metáforas, de mi propia incapacidad para ser valiente-, pero volvieron a interrumpir las teclas mi línea de pensamiento. Por último, me decidía a explicar cómo ciertas personas me hacen sentir pequeña y me cuesta entablar un diálogo normal y coherente con ellas -contaría esa mezcla de curiosidad y admiración que me despierta Carmen, o Ángel, o algunos de mis nuevos compañeros-. Volví a borrarlo en otro cambio de la música.  

Suena Chopin, en su nocturno nº 3, y mi reloj lo acompaña. También podría hablar del tiempo, siempre es posible hablar del tiempo, sobretodo si se le tiene tanto respeto como yo. Mis padres afirman que cada cosa ocurre porque tiene que pasar, que si las cosas tardan es porque esperan su momento. Mi madre pone el ejemplo de los seis años que tuvo que esperar hasta mi nacimiento. Yo no puedo evitar preguntarme si nuestras decisiones pueden cargarse el ritmo de nuestro deambular por el tiempo; vuelvo hacia atrás constantemente, repaso con demasiada asiduidad los grandes momentos de encrucijada y me pregunto sin cesar "qué habría pasado". Es una  estupidez como otra cualquiera. 

Siempre que, en sueños, visito esa casa que no tengo, paso junto al piano del salón. Sé que he vuelto a perderme en la línea del pensamiento. Salto de una palabra a otra, como si cada término encendiese una idea diferente y siguiese un camino azaroso entre mis propios desvelos. Justo ahora, en este momento, he pensado en la moleskine azul de Manolo, en el atardecer frente al mar y en las farolas encendidas mientras el barco se ilumina en el horizonte. 

El piano ya no me deja pensar. Abandono. Dejo de marearos por hoy.