lunes, 7 de marzo de 2011

cuando


Cuando el café se quedaba frío en el escritorio por el ritmo de una frase y desde la ventana observaba la montaña. Cuando mi madre interrumpía mi quehacer y recibía gritos egoístas. Cuando colgaba en la pared los esquemas y me estrellaba contra el suelo si perdía el hilo de una idea. Cuando sobre mi cabeza había libros. Cuando no existías. Cuando aprendí a desearte en un salón sin vistas o escribía por las tardes en el sillón blanco con las rodillas dobladas sobre la silla. Y el té. Ese té. Y los ruidos de la casa. Y escribir entre clase y clase dos palabras. Cuando llegué y los instantes eran huecos donde almacenar los verbos. Cuando el café se queda frío hoy también y tampoco tengo vistas. Cuando los papeles se me agolpan y los dedos pequeños de Carmen desde la fotografía me miran avisándome del tiempo que me queda. Cuando soy, en voz bajita, la que quiero ser un día y tengo miedo de no lograrlo jamás. Cuando el café se queda frío. Cuando el café se queda frío. Cuando. 

viernes, 4 de marzo de 2011

ecuador capítulo diez


Soy un león enjaulado entre palabras. Es la idea que me repito cada vez que termino uno de los capítulos de la novela y mi corazón late con furia y miro mi pelo desastroso en el espejo y quiero gritar y comer y bailar como una niña. Mi escritorio es un desastre, mi conversación lo iguala en calamidad. Pero estoy contenta, se acaban los días de vacaciones y los he sabido aprovechar. Sí, esta vida es un poco de locura, pero me procura una inmensa felicidad. ¿Te imaginas que pudiese ser así siempre? 

martes, 1 de marzo de 2011

la segunda habitación



En casa hay una segunda habitación a la que nunca sé cómo referirme. Cuando viene alguien de visita es "el cuarto de los invitados" o "vuestro cuarto". Y cuando no hay nadie es el "cuartillo", "la segunda habitación", "el otro cuarto", "el cuarto de los trastos", "el despacho"...  Quizá esa última denominación, "el despacho", sea la más apropiada puesto que en ella es en la que tengo el escritorio, el ordenador grande, los libros de trabajo y la estantería de los diccionarios. 

La cosa es que el karma, el destino -seguro que la providencia-, me ha condenado a vivir las próximas semanas en este cuarto con ventana al patio interior, en lugar de permitirme terracear y dejarme engullir por el sofá. ¿Por qué? Porque el portátil que siempre me acompaña, al que le dicto mis  historias, el que me permite estar conectada al mundo, decidió tomarse también unas vacaciones y lo hizo por todo lo alto: muriendo sin más.

Afortunadamente, tengo la suerte de tener un padre informático que viene a visitarme cuando tiene un puente y, gracias a su paciencia y su rápida intervención quirúrgica, tras muchas horas logramos salvar la única copia de mis documentos que existía. La verdad es que cuando piensas en perder fotografías, direcciones o películas, la cosa no tiene tanta gravedad... pero cuando reparas en los folios y folios de word de las novelas, de los poemas o de los cuentos, el matiz que cobra la catástrofe es muy distinto. De hecho, ahora estoy escribiendo esto, porque todo está recuperado y salvo en mi ordenador de sobremesa de toda la vida -el mismo que hace un mes se dio de baja y me perdió todos los documentos que tenía desde primero de carrera hasta mi segundo año de trabajo después de la oposición-, si no estaría llorando en algún rincón. 

La buena noticia, además de haber salvado mis datos, es que no voy a tener más remedio que centrarme para escribir y que, como estoy trabajando en mi novela, esto me obliga a cierto orden y premeditación. Estoy convencida de que el sofá blanco se habría convertido en mi peor enemigo para esta batalla.  Por eso enderezo la espalda en la silla del despacho, me pongo mis gafas moradas y reparto por la enorme superficie todos los papeles que estoy utilizando para diversificar mi atención y, al mismo tiempo, centrarla para ser creativa, productiva y respirar. 

sábado, 26 de febrero de 2011

mientras el sol recorre el arco


Los lápices pueblan mis libros de poesía.
Los utilizo como marcapáginas porque suelo necesitarlos para escribir, comentar, dibujar en las páginas que me provocan.
Antes tenía problemas para encontrar lápices, en verano creo, ahora crecen en el suelo de mi clase.
Según el número de lápices, así el número de libros.
He dormido diez horas y media soñando con viajes a la selva venezolana, con tiranos y contigo.
Hace un sol impertinente en mi cueva de luz y preparé un desayuno para inaugurar la terraza con Pe Cas Cor entre mis manos.
Desde noviembre lo leía.
Lo leo poco a poco porque no quiero pasar por encima de sus palabras. Quiero vivir en sus palabras mientras las leo.
Puse a Drexler bajito y lejos. Contemplé mis macetas cadavéricas y un niño salió corriendo al balcón de la casa de la esquina.
Zumo de naranja, café, tostadas. Y los monos gritando en el zoo de enfrente para establecer el curso del día.
Sudo. El sol es fuerte y mis mejillas explotan pronto, también mis ojos, por algunas palabras, por algunas ideas.
Me siento satisfecha. Estúpidamente plena concentrada en un detalle concreto y artificial.
Con mi café, con las palabras.
Con la música, la lavadora puesta, la espera de mis padres y mi espera de ti.
Hecha calor entro en la casa. Son las once de la mañana.
Hoy el día sabe bien. Sabe a cuando llegaba al mar por sorpresa y el clima era otro y yo era otra y sólo era feliz a veces.
El día sabe bien, sabe a café, sabe a lo que empiezo a ser.

viernes, 25 de febrero de 2011

final de febrero


A veces no podemos salvar a quien podemos salvar, ni se cumplen los diálogos que imaginamos, ni somos los héroes que creíamos ser. A veces simplemente el mundo se pone patas arriba y decide saltarse el guión y el ser humano es cobarde. Porque nosotros teníamos nuestros planes, creíamos que eran seguros, pero nadie está a salvo. 

Por eso, cuando ella llega, cargada de palabras y de ruinas, yo no puedo evitar pensar qué le pasa en los últimos años a este puto carnaval que me felicita las pascuas bajo un sol inmenso. Las dos sabemos que la supervivencia está asegurada y ella sabe que la herida no la deja respirar. Las dos sabemos demasiado.  Ella siente vértigo al mirar hacia delante y yo ahora siento vértigo al mirar hacia atrás. El presente es un barrio tranquilo donde pasear de tu mano. 

Mientras tanto sigue sonando la misma canción y yo desearía no saberme la letra, dejarme sorprender por sus palabras, abrirle una puerta inocente y confundida. Pero ella pone los acordes y yo puedo tararear, no responder sus preguntas. Los diques que me ruega no se los puedo prestar, aún no sé si funcionaron como era de esperar, como marcaban mis planos. 

Recogí la casa, hice la cama, prepararé la cena sin preguntarme dónde está, cómo hace, dónde calla. Porque sé que, definitivamente, yo no la puedo salvar. Ella debe ser su propio héroe. 

miércoles, 23 de febrero de 2011

impulsos


Un compañero me comentaba hoy que había aprendido a vivir en el caos, que así encontraba su libertad y que el azar, en muchas ocasiones, consigue formas más bellas que la razón. Yo no sé si estoy del todo de acuerdo, tampoco me lo he planteado muy seriamente porque ha sido un día intenso lleno de noticias, reuniones y llamadas de teléfono. Pero todo esto viene a que sí que es cierto que yo funciono muchas veces por normas de caos o por impulsos. Hay cosas que estoy rumiando meses, que sólo se consiguen con un simple paso, y que dejo sin hacer acumuladas con otra buena colección más de desastres. Luego, de pronto, cierto día, cojo el cajón de sastre que soy y lo vuelco para elegir lo que pongo en orden y lo que vuelvo a guardar. 

Ayer me elegí como escritora. La búsqueda de agente se había detenido un poco a la espera de terminar de maquetar la propuesta editorial, pero sentía que tenía que tomar algún tipo de decisión. Como yo soy un desastre para el impulso inicial, llamé a mi antiguo profesor y amigo, Eugenio. Lo pillé en un momento de caos también, pero pudimos tener una conversación más o menos inteligente. Siempre que hablo con él las cosas toman perspectiva. Me da aliento, a la vez que la admiración que le profeso me hace sentirme insegura. Creo que ahí está la mezcla perfecta. Porque en cuanto colgué me puse manos a la obra. 

Busqué en mis viejos contactos de correo electrónico la dirección de un editor con el que contacté el año pasado y le escribí disculpándome por la intromisión y preguntándole si quería leer Lobo. Seguidamente di, casi instintivamente, con el mail de mi editor en Berenice y le escribí preguntándole si seguían interesados en trabajar conmigo. Dos movimientos poco pensados. 

En dos minutos me respondían de Berenice pidiéndome el teléfono para hablar de viva voz hoy. Así que me fui a la cama nerviosa. A la hora del recreo sonó el teléfono y, si todo sale bien, en otoño es muy posible que se esté publicando la continuación de mi novela. Ahora queda mucho trabajo por delante porque sólo tengo cinco capítulos terminados y los demás a medias. No importa, la ilusión me da aliento. De todos modos, aún no sé si creérmelo. 

Cuando volví al ordenador, encontré la respuesta de la otra editorial, querían leer mi libro y se lo he reenviado. Quizá no les interese demasiado, pero había que probar. Había que aprovechar el impulso y dejar, por un segundo, de pensar. 

A veces los adultos complicamos los sueños con cuestiones que no interesan a nuestra alma de niños. Yo suelo ser de esas. 

lunes, 21 de febrero de 2011

el sol de invierno al atardecer


Conduces y puedo admirar cómo la luz matiza el verde limpio de los campos que atravesamos, puedo concentrarme en una encina sola en mitad de la nada, en las sombras de las montañas que nos miran impasibles. También puedo descalzarme y subir las piernas al asiento de copiloto, estirarme como un gato, darte pellizcos y entrecerrar los ojos cuando el sol me invade de frente. 

Me gusta la luz del invierno al atardecer, es menos intensa que en el resto de estaciones y matiza todos los colores aplicando un filtro cálido, acogedor. La música suena por debajo de nuestras voces mientras repasamos estos tres días con la sensación de que han sido semanas. Encuentro una paz nueva al hablar contigo, como si poco a poco todo fuese encajando, como si yo fuese encajando en mí y ese abismo entre el fui, el soy y el seré fuese cada vez más abarcable. 

Repaso la risa de Juan pequeño, mi tortuga ninja, entre mis brazos, la casa de Juan y Leti ya casi terminada, el concierto del viernes con Sara haciéndonos la ruta por teléfono, la risa de mi madre, el abrazo tan deseado de Javier, las conversaciones profundas con papá, los reencuentros, los lugares, los nuevos descubrimientos, las chucherías... Todo va habitando palabras con esa magia que hace existir lo que se nombra. 

El sol matiza el azul del mar en un cielo tenue que tiende al malva. Todavía es de día cuando aparcamos en la muralla y decido dejar el abrigo en el maletero. Es febrero y tengo alma de mayo. Paladeo esta calidez inquietante que no recordaba. Paladeo.