sábado, 29 de mayo de 2010

punto y final




Aunque los puntos y finales algunas veces son puntos seguidos con aires de superioridad, creo que esta tarde he puesto el punto y final a Lobo. Y por primera vez escribo un epílogo y por primera vez en un año y medio soy capaz de escribir algo más largo que dos poemas.

Ahora toca la odiada parte de releer, corregir, recomponer, cuadrar, descubrir incoherencias, pulir detalles, perder la paciencia... Es la parte de mi trabajo que más odio, sobretodo porque yo ya sé la historia y volverla a leer para cambiarla o adecuarla más a mi imaginación, me resulta aburrido. Pero hoy no me quedo con eso, eso ya vendrá mañana o el lunes, ya vendrá.

Hoy me quedo con esta inmunidad extraña que me da el haber terminado de contar una historia, esta sensación de victoria, de estar libre de todas las complicaciones y problemas que mi vida pueda tener. Ayer se lo decía a Sarah: "cuando estoy tan cerca del final, no existo yo, no hay nada mal en el mundo, todo gira según mis reglas".

Sé que es una estupidez, pero me dan ganas de gritar, saltar sobre el sofá y bailar descalza por los tejados del mundo.

jueves, 27 de mayo de 2010

los capítulos antes del final


Será que se acercan los finales, porque esta casa ya no me convence y escribir en su semioscuridad se me hace pesado, casi arduo. Y por eso tengo que salir a desayunar a la calle, para desvestirme del tedio de los muebles negros, la manta del sofá que siempre se acaba cayendo, el silencio del pasillo hasta mi dormitorio en penumbras. Será que mayo da sus últimos coletazos en el reloj de pared sobre la estantería y he vuelto a ponerme mis gafas para fingir que trabajo. Será que había rumores sobre hoy y ya no es hoy, quizá sea mañana, o el lunes, o el martes como prometieron. La cosa es que, según mi padre, con lo que tengo ahorrado me da para los muebles y que ya hablaremos de cambiar el coche de aquí a dos años -donde no sabemos siquiera quién seré, quién seremos todos, aunque a día de hoy yo siga soñando con los hijos que no tengo-. Será que todo se disfraza de nuevo de despedidas, como el año pasado, y no tengo un viaje hacia Gijón donde olvidarme del mundo y empezar a quererte.

miércoles, 26 de mayo de 2010

nanai de la china


Lobo no me deja escribir aquí. Dice que tengo que contar su historia hasta el final antes de volver a dedicarme a mirarme el ombligo. Yo no sé lo que me pasa, estoy cansada del trabajo, la casa está hecha un desastre, tengo una cena el viernes y todavía no sé qué vestido ponerme, y Sarah se va la semana que viene. ¿De verdad quedan menos de siete días para saber dónde voy a ir?

lunes, 24 de mayo de 2010

el monstruo de mi amigo


Tengo un amigo con un monstruo en el estómago que le pega bocados y lo corrige cuando cree que está haciéndolo mal. Ese monstruo se llama muchas veces "los demás" y otras veces tiene el mismo nombre de mi amigo. A mí me asusta más cuando tiene el mismo nombre de mi amigo, porque sé que tiene más hambre y muerde más fuerte. Si por mí fuese, ese monstruo estaba muerto. Me lo quiero cargar.

Pero mi amigo lo quiere. O eso me parece a veces. Porque llevan años conviviendo y ya se sabe lo que dicen de los captores y sus víctimas.

Cuando el monstruo manda, mi amigo desaparece, el monstruo se lo lleva porque sabe que lo voy a señalar. A mí no me da miedo su monstruo, he conocido a otros como esos, me da miedo él, mi amigo, porque nunca se acuerda de luchar y se hace invisible y se mata sin darse cuenta. Y yo quiero a mi amigo y no quiero que se muera.

Como es cobarde, a veces lucho por él. Me remango la camisa y emborracho al monstruo hasta que me dice la verdad, y mi amigo, desde lejos, lo oye. Pero se le olvida. Siempre se le olvida. Siempre volvemos a empezar.

Hoy he llamado al monstruo por su nombre y mi amigo me escucha, quiere darme la razón, pero está cansado y en lugar de levantarse en armas, temo que vuelva a dejarse llevar, que vuelva a dejarlo todo para mañana. ¡Y yo nunca sé cuándo mañana va a ser demasiado tarde!

Lo que me pasa, en el fondo, es que mis monstruos también muerden fuerte y sé lo que, si los dejas, pueden hacer con el fondo del pozo donde los guardas.


magia


"Pensando y hablando sobre la vida que uno quisiera llevar, se va la vida. Por esto es más importante lo que hacemos que lo que pensamos que queremos hacer" dice Joan Margarit en el epílogo a Casa de Misericordia y, aunque dice varias cosas más que otro día rescataré porque me han resultado muy interesantes, hoy, que acabo de llegar de una piscina ataviada con mi vestido de verano y con unos cuantos martinis preparándome un sueño dulce y relajado, me quedo con esa idea primera con la que abre su texto.

María José nos contaba de un amigo suyo que sentía ansiedad cada vez que tenía que planificar el futuro, su psiquiatra le ha aconsejado centrarse en el Padre Nuestro -puesto que él es cristiano-: "danos hoy nuestro pan de cada día". "De cada día", le repetía intentando hacerlo entender, "de cada día".

Nacho siempre me dice: "bruja, tienes que jugar las cartas que cada mañana se te reparten". No lo dice concretamente con esas palabras, pero es lo que viene a resultar de sus diferentes divagaciones. Yo nunca le hago caso, o no suelo, puesto que es un idealista y su serenidad me suele sacar de mis casillas. Pero es cierto que he sido mucho más feliz cuando he pensado en el pan de cada día, en las cartas que tenía entre las manos, que en la jugada que haría si me hubiesen tocado ases y comodines.

Hoy, con cuatro cartas desacompasadas, hicimos de una tarde de domingo una noche perfecta y, entre risas, carcajadas, brindis y confidencias, sentí que nada tenía la suficiente importancia, que todo iba bien, que era muy afortunada.

Por eso me acordé de Joan Margarit y su epílogo en cuanto llegué a casa, también de Nacho y de nuestras charlas, y de mi Dios, sobretodo de mi Dios, el de la paciencia infinita.

sábado, 22 de mayo de 2010

a escena


Se encienden las luces y no sé si estoy sentada en una silla negra empezando Cabaret. Me parece que en cualquier momento Noelia va a darme una última indicación y que besaré a Chica entre bambalinas haciéndolo prometer que no se lo dirá a nadie, que Diana va a subirse a mi espalda o sonarán las trompetas que indican que se acerca el enemigo cuando Carolina salga fumando un cigarrillo largo. No lo sé. Pienso en Ramón cayendo de la deux con un crujido sordo, en Luis Carlos corrigiéndome una frase, en Ca subido en el carretón, en Eva ofreciéndome unas medias negras de pecado.

Se encienden las luces y, de alguna manera, la magia no es la misma sin ellos. Necesito los ensayos previos de última hora en el escenario del Aula Magna, las carreras por los camerinos, el perseguir a Carlos señalándole el reloj, las escaleras horribles, el jaleo de idas y venidas de amigos y familiares.

Echo de menos el teatro de Mamadou, arriesgarme, aprender, tropezar y bailar descalza un vals con Miguel en el escenario hasta perder la cabeza.

Será que hoy soñé con Javi y con Vanesa, que por primera vez voy a actuar con micrófonos o que el tiempo no perdona a nadie y que, cuando pienso en aquellos años, me siento contando batallitas del pasado.

viernes, 21 de mayo de 2010

cansada de semana y de algunas cosas más que no vienen a cuento pero que he tenido que contar


Tengo hambre de algo y nunca sé de qué. Hay una carta en la baraja del tarot -creo que ya lo he dicho mil veces- que se llama el colgado. Es un tipo bocabajo mirándolas pasar. Suena Lugares de Fabian y sonrío con ironía -¿qué digo sonrío?, me he reído de verdad-. Tengo a José Emilio Pacheco encima de la mesa y los esquemas del final de la novela a medias. El ensayo de teatro no ha ido tan mal, creo que por fin me sé las cuatro frases con las que me luciré mañana. "Déjame sentir que soy parte del tiempo que dejaste a su suerte olvidado en un rincón". Mi casa está hecha una mierda. Mi pelo también. Cuando hablo de ansiedad, María José me corrige categórica y apuntilla que tengo estrés. A mí me da lo mismo una cosa que la otra, mientras que no se me suba en forma de dolor de cabeza. A última hora mis alumnos de segundo del diurno, se han saltado una clase para sentarse conmigo a charlar de la cena de fin de curso y de la ropa que piensan llevar. A veces me siento como ellos y de pronto me doy cuenta de que nos separan casi diez años de experiencia e historia. Pasa que, como diría una amiga de Chelo, "son muy nuevos". Ayer terminé el texto para la exposición de fotografías de Dani en Barcelona, ya era hora. Y hoy mandé las cartas de las facturas de los encuentros con lectores de este año. He hablado con un italiano en inglés durante una de mis clases y he conocido a un actor de la compañía de teatro con el que he pasado todos los actos charlando en unas escaleras falsas de madera. Cuando en casa de Pedro y Claudia usamos la baraja gitana, las cartas -vuelvo a sonreír- anunciaron que mi vida iba a cambiar radicalmente, que había acabado una etapa y comenzaba una nueva. Sé que todo esto está terminando por no significar nada, pero pienso demasiadas cosas a la vez y tengo que contarlas. A veces se me ocurre que si dejo una idea -de esas que gritan por salir- dentro del pecho, se me acabará clavando como un alfiler en algún sitio. Por eso hablo sin parar. Sé que si lo digo, lo podré olvidar, es como una especie de magia estúpida. Todavía están el pegamento, los rotuladores y las cáscaras de nuez sobre la mesa -y una taza de café-. La maceta del balcón -que estaba muerta- renace, mientras que la que saqué al patio se me muere por instantes. Echo de menos Alcalá y muchas cosas que no existen. Y así, al escribirlo, sé que todo va a dejar de pasar o todo empezará a pasar como si fuera nuevo. Bienvenida al mundo, otra vez, real.