viernes, 8 de enero de 2010
Filípica de mi tía cerca de la hora de comer
jueves, 7 de enero de 2010
mis nuevos-viejos errores
Confieso que volver a casa me asustaba casi tanto como me asustó el irme. Ha acabado la navidad, por fin.
Estos días han sido bastante diferentes a como los imaginaba, aunque decir que los imaginaba es mentir un poco. La verdad es que no era capaz de plantearme como sería esta primera navidad después de tantos años. Desde anoche tengo la certeza de que en algo me equivoqué.
Es cierto que durante estos días me he concentrado en vivir a mi familia y a los que tengo cerca desde la ternura, también me he esforzado en mantener viva mi fe. Pero sería demasiado hipócrita ocultar que no he sabido resistirme a la tristeza. Y rezaba pidiendo fuerzas para ser feliz, porque sigo convencida de que es una opción vital, una actitud, aunque yo no haya sido capaz de verlo estas vacaciones.
Recuerdo defender, no sé si aquí o en cualquiera de mis otros espacios, la idea de que había conseguido alcanzar una tristeza serena, incluso un tanto dulce, que me permitía vivir en paz. Ahora puedo decir que estaba equivocada.
Asumir la tristeza es rendirse.
Y aunque al principio encontraba paz, que quizá era una de las cosas que más necesitaba, pronto todo se fue volviendo gris. La tristeza adormece la emoción y cuando la dejas entrar, ella se queda como si estuviese en su casa.
A lo tonto y en poco tiempo, nada me hacía verdadera ilusión. Aceptaba las situaciones, reía cuando eso era lo que se esperaba de mí y, a cambio, la tristeza mantenía a raya los recuerdos, los vacíos, las ausencias. No sirven las treguas con este enemigo. Olvidarse de soñar es un precio demasiado alto para evadir el dolor.
Han sido los primeros Reyes de mi vida que he vivido sin ilusión. No envolví mis regalos en cuentos como todos los años, ni dibujé tarjetas, ni preparé adornos, no regalé cartas, ni poemas… Sólo quería que pasase cuanto antes sin detenerme demasiado a pensar.
Y me sorprendió que Javi diese con cada uno de los detalles de mi carta y los trajese bajo el árbol como si fuese lo más natural del mundo. Me sorprendió la ilusión de los demás…
No lo sé… supongo que estaba bajo el agua.
Me entristece mucho, no de esa tristeza pacífica, si no de pellizco, mirar cómo he vendido mis días a la apatía y la desesperanza. Sobretodo porque esos sentimientos se comen lo que más valoro: mi imaginación, mis sueños, mi capacidad para encontrar magia en los pequeños detalles.
La tristeza me impide ver lo milagroso de cada instante de vida.
Y hoy se acababa todo y tenía que volver a casa… y desde esa posición cómoda e indolora, tenía miedo a mi soledad. ¿En qué se convertiría ese monstruo gris cuando estuviese en esta casa vacía?
Pero, de pronto, por sorpresa, casi sin darme cuenta, se despertó algo pequeño y alegre que miraba las montañas mientras conducía pensando en el regalo de la belleza, y mi casa olía a mi vida y todo era hermoso y no se había muerto la maceta y estaba calentito mi hogar aún sin mí… Y mi café sabía a mi café y Roca me había escrito dulzuras…
Así, sin ser consciente siquiera, sonreía simplemente porque me resultaba más cómodo que asumir la derrota.
Recordádmelo, por favor, si vuelvo a decir que encuentro la paz en la pena, recordadme que la melancolía se ha llevado ya demasiados rehenes de mi inconsciencia.
miércoles, 6 de enero de 2010
la aventura del rey mago
Lo de ser Rey Mago tiene de malo que te desvelas un poco. Siempre quiero llevar mis regalos al salón antes de que los lleven mis padres, así que, desde que tengo un sueldo, soy rey mago de madrugada cuando me suena el despertador.
Anoche ni siquiera hizo falta que sonase. Como acostumbro últimamente, me desvelé por culpa de una pesadilla, así que me levanté y, tras abrazarme en la bata, me puse a preparar los regalos. Hacía tanto que los había comprado que no sabía ni siquiera dónde estaban la mitad de ellos. Para colmo descubrí que el juego de mi padre estaba sin envolver, así que me puse a buscar cualquier papel en que pudiese liarlo… dormida y sin celo… Tampoco había preparado cartelitos con los nombres y hace años que no ponemos los zapatos debajo del árbol.
No sé cuánto tarde, pero cuando por fin lo tenía todo preparado, cartelitos incluidos, abrí levemente la puerta para agarrar todas las cajas con las dos manos –cajas pesadas, sobretodo por el tocadiscos de mi hermano- y abrir del todo con el pie porque el dormitorio de mis padres está frente al mío y los desvela la luz.
Justo en el momento en que he conseguido, previos malabarismos, abrir la puerta y cargo hacia la ele del pasillo, escucho la puerta de la calle. “Mierda”, pienso, y vuelvo reculando y de puntillas a mi dormitorio porque Javi acaba de llegar de madrugada de la fiesta de anoche. Suelto sin hacer ruido los regalos, cierro la puerta y refunfuñando me meto en la cama.
Mi padre seguro que ya se ha despertado y yo no sé si reírme o dejarlo todo para mañana. Apago la luz y soy incapaz de volver a dormirme. Me siento en la cama. Escucho la casa. Javi se ha encerrado y no se oye nada en el pasillo.
Ésta es la mía.
Vuelvo a levantarme, me vuelvo a poner la bata, vuelvo a abrir la puerta un poco, vuelvo a cargar los regalos, gruño, malabarismos, entreabro la puerta con el pie, saco medio cuerpo, vuelvo a usar mi pie para tirar de ella y entornarla tras de mí, enfilo el pasillo, por fin me veo cerca del salón, ya estoy llegando, estoy llegando… ¡Entro por las primera puerta!
Comienzo a felicitarme, soy un felino en la noche, no hago ningún ruido, me siento en mi territorio, me relajo y... ¡crack, plum, crrrr! Paso haciendo un ruido terrible por encima del scalextric.
Ya lo debe saber toda la casa, sólo espero no haberme cargado nada. Así que me da igual soltar con ruido las cajas en el suelo. El problema es que no veo nada, no puedo encender la luz y no veo los letreros que he hecho, me choco con un sofá, se me enreda un pie en un cable… sólo me falta tirar el árbol de navidad y caerme sobre el portal de Belén.
A las seis de la mañana vuelvo a estar acostada. Si la pesadilla me desveló, la aventura nocturna me ha dejado aún más espabilada.
Menos mal que al final caigo rendida y no es hasta el estruendo que montan mis padres llevando sus regalos que vuelvo a despertarme. Está claro, de pequeña dormía mucho mejor que ahora, ¡porque me he enterado de todo!
(Ah, he sido muy buena y me han traído todas las cosas pequeñas que pedí).
martes, 5 de enero de 2010
noche de reyes
Cuando éramos pequeños, Javier y yo corríamos detrás de la cabalgata de los reyes magos. Yo he sido siempre soñadora y bastante tonta, Javi es muy práctico y mientras que yo gritaba: “Melchor, Melchor”, él me corregía diciendo:
-Tonta, si es la cajera del másymás –mientras me miraba con incredulidad.
Dejé de creer en los reyes casi con doce años. Yo quería creer. Yo quería creer que la magia existía.
Los amigos de mis padres eran voluntarios en cáritas y todas las noches de reyes repartían por las casas más humildes los regalos que habían estado recopilando durante las navidades. Después de aquello, iban a mi casa a brindar y a comerse todo lo que Javi y yo habíamos preparado para los reyes. Nosotros estábamos ya más que dormidos, tras haber colocado los zapatos limpios y relucientes debajo del Belén. Todos los años sus amigos rogaban a mis padres que los dejasen subir a darnos un beso de buenas noches, y todos los años mi madre se negaba porque aseguraba que los conoceríamos y que dejaríamos de creer.
Pero ese año no. Ese año mi madre cedió y uno por uno, los reyes magos fueron pasando por nuestros dormitorios sin que nos enterásemos o, por lo menos, de eso se trataba. Porque Baltasar, mi rey mago preferido, y el amigo de mis padres al que más conocía, se tropezó con la alfombrilla junto a la cama y se me cayó encima.
Mi sorpresa fue tremenda, no daba crédito y recuerdo la sombra de mi madre recortada en la entrada haciéndome un gesto de silencio para que no despertase a Javier. Me volví a dormir siendo la niña más feliz del universo.
¡A la mañana siguiente lo recordé y llamé a todas mis amigas! Nadie me creyó. Lógicamente, yo tenía fama de fantasiosa.
Esta noche de Reyes no salí a ver cabalgata, por primera vez en mi vida. Los regalos del amigo invisible están abiertos sobre la mesa y Javi se ha encargado de que tuviese todos los detalles pequeños que pedí. La música inunda la casa y mi padre y él juegan al scalextric que ha regalado mi madre.
“Nada me puede separar de ti, mi Señor”, me tranquiliza cuando quiero alimentar al monstruo de la tristeza con demasiado pensamientos hasta empacharlo.
Os dejo como imágenes tres pequeños regalos que mañana regalaré a mi familia. Quedan muy bien en marquitos pequeños.
Supongo que habéis sido buenos, felices reyes.
lunes, 4 de enero de 2010
de una vez por todas: los reyes no existen
Este año la carta a los Reyes se me resiste interminablemente y mañana es el día. Ana ya colgó la suya la semana pasada, las de mi familia penden en el frigorífico y Javi ha sido capaz de hablar de su corazón, hoy tú has colgado la tuya también, y yo sólo puedo pensar que no quiero nada. O que quiero tanto que soy incapaz de pedir.
¿Miento? ¿Digo la verdad? Esto es trampas y cartón. Yo ya no creo que los Reyes…
¿Voy a limpiar los zapatos y a dejarlos brillantes debajo del árbol con la esperanza de que junto a las cosas que este año no he pedido, aparezcan las que sí deseo, esas que no pueden envolverse, que nadie puede tocar salvo yo con la imaginación de puntillas?
Mi imaginación sueña contigo. Mi imaginación querría una nueva yo, nuevecita, toda por estrenar, sin historia, con el alma limpia, querría que este amor a Dios, este Amor de Dios que siento a cada minuto fuese suficiente. Desearía un destino junto al mar y también hacer amigos en el lugar donde trabajo. Desearía no sentirme sola. Desearía no sentirme rota por dentro. Sólo desearía ser feliz un poquito, lo suficiente, para asumir lo otro. Desearía que se firmasen todas esas paces que se presuponen entre los que amo y que no existen. Desearía que el Espíritu nos guiase a todos hacia el mismo sitio. Mi imaginación querría ser capaz de escribir de nuevo dos palabras seguidas que no me supiesen tan amargas, ni tan vacías. Que todos recordasen que el amor no lleva cuentas. Querría que mis padres fuesen felices, aunque se hayan quedado solitos, que supiesen que estoy bien, que tengo corazón de abeja. Querría que Javi sonriese más veces por mi culpa como la noche de año nuevo cuando me vio de madrugada y se le iluminó el gesto porque podía compartir algo conmigo. Querría que el sueño de Juan y Leti se hiciese realidad y que fuese agosto y estuviésemos celebrándolo ya. Querría que Ana tuviese el corazón curado, grande, limpio, valiente y libre, que las dos supiésemos esa otra manera de sumar que se nos da de pena. Desearía que Marta dejase de aprender de los tropiezos con las mismas piedras, dejar de tener miedo por su corazón de sirena.
¿Pero cómo me van a traer todo esto?
Queridos Reyes Magos, no me lo tengáis en cuenta este año, a veces una se cansa de soñar, aunque sea lo que mejor se le de. Se cansa de soñar y de que no merezca la pena.
(Me vais a perdonar los demás, sé que a veces se me mezcla la alegría con la pena. Los que me conocéis sabéis lo que estoy viviendo y podéis hacerme la vista gorda, los que os habéis tropezado conmigo, estad tranquilos, tengo un corazón fuerte y alegre bajo tanta pena inútil, y mi Dios me serena con nanas).
tres días dan para mucho y algo más
Hay un refugio con una chimenea en el campo de mi abuelo. Yo no me quedaba a dormir allí desde que me peleaba con mis padres por la hora de llegada a casa y, este fin de semana, lo colonizamos con esperanzas de grandes cosas.
Hay otro refugio, también con chimenea, en el corazón de Juan y Leticia, y, arropada en la cama, en ese salón de mantas y estampados donde dormíamos los tres, me paraba a pensar en todo lo que me han acompañado durante el último año y en lo feliz que me hacen.
Este fin de semana tuve de los dos refugios.
Quizá a veces los tres hacemos grandes planes, tenemos grandes proyectos de encuentros y de resucitar sentimientos que nos unían con nuestro antiguo grupo; y por eso a veces nos llueven pequeñas desilusiones aunque comprendamos los argumentos. Pero las desilusiones se borran con risas y de esas cultivamos junto a la chimenea intentando descubrir las semejanzas entre una nutria y un bisonte, o cuando simplemente “te encanta”.
Antonia y José Miguel nos acompañaron el sábado para comer. A Josemi creo que no lo veíamos desde la cena de septiembre en casa de Juan y Leticia y fue genial volverlo a tener cerca. Antonia sigue siendo una de las nuestras y llegó con su coche nuevo y su risa divertida a encontrar con nosotros puntos intermedios para nuestros proyectos de volver a reunirnos, de volver a ser un equipo, de volver a orar.
El domingo decidimos desayunar a las doce y media de la mañana papas a lo pobre con filetes, ¿por qué? Pues porque durante la hora del almuerzo íbamos a estar metidos en un coche rumbo a Humilladero. La idea, por extraña, nos pareció encantadora y preparamos nuestro “desayunoalmuerzo” con mucha ilusión mientras recogíamos la casa.
El viaje fue lluvioso, pero se hizo corto. Ixcís tocaba en el nuevo salón parroquial de ese pequeño pueblo que ni sabía que existía. Así que te abracé, sin saber muy bien cómo comportarme, controlando todo el tiempo lo que debía y no debía sentir.
Mientras Leti y los demás ensayabais , Juan y yo nos lanzamos a la búsqueda de un café porque el hambre estaba amenazando con doblarnos. No recuerdo la última vez que hablamos los dos solos, de “hombre a hombre”. Con las cosas claras, sin disfrazar nada, llamando a los sentimientos por su nombre. Me gustó escuchar sus consejos, oír sus opiniones y compartir sus experiencias.
-Creíamos que ibas a estar peor –me dijo ya con el café en la mano-, pensábamos que esta navidad…
-Estoy triste, Juan –confieso con una sonrisa-, lucho con todas mis fuerzas por estirar cada momento de alegría todo lo posible, a veces no me sale demasiado bien. Pero he aprendido a aceptar el momento que me toca vivir, a asumir la pena con serenidad y me resulta más fácil. Por eso estoy mejor, porque no estoy batallando contra mí.
-Cuando vuelvas a Andújar será peor…
-No lo sé –suspiro encogiéndome de hombros-. Aquí también está siendo difícil, allí estoy en mi casa, tengo trabajo que hacer, aunque esté sola.
-Tiempo.
(Tiempo. Estoy en paz con esta espera, sólo quedan seis meses para el próximo cambio. Me horroriza pensar que ya estoy en 2010).
Llegamos cuando el concierto está a punto de empezar y me sorprendo, descubriendo entre la gente, a la niña que cazaba lobos, con la boca y las uñas rojas. Cazo sin darme cuenta varias ideas para una nueva historia y me detengo a orar. Me resulta tan sencillo hacer silencio en mi corazón para acoger las melodías y las letras de las canciones… Juan se desespera porque las ha oído mil veces, le dan ganas de hablar, Virginia bromea… Me hacen reír y enseguida vuelvo al silencio. Necesito alimentar mi corazón del fuego de Dios para mantenerme serena.
La noche termina escuchando en primicia el nuevo disco de Ixcís que será el regalo de reyes el día seis. Me siento pequeñita allí, pero feliz, acogiendo también esas palabras dentro de mí, emocionándome al escuchar a Leticia cantando “nada”. Más cerca de algunas canciones por el preciso momento que vivo. Sintiendo las guitarras abrazándolo todo.
Y a la vuelta, hacia casa de Juan y Leticia, secuestrada por no llevar mi coche, feliz por encontrarme con ellos, continuamos escuchando contagiados de la alegría de Leticia, el cd que tanto han deseado.
Ahora la casa está silenciosa y duermen. Yo me desvelé de pesadilla y busqué el remanso de paz de las palabras, donde suele sucederme lo bueno.
viernes, 1 de enero de 2010
madrugadas de uno de enero
Vale, definitivamente los planes nunca salen como tú te los habías propuesto y mi intención de cenar y acostarme me salió bastante rana.
Cuando Juan P me encontró a las seis de la mañana comenzó a abrazarme gritando: “ceno y me acuesto, ceno y me acuesto” entre carcajadas. Javi aseguró que verme era la mejor manera de comenzar el año. Abracé a Jaci con tanta alegría que me sentí agradecida por volver a encontrarme entre ese grupo de gente al que ya no pertenezco. Di besos de compromiso y besos de verdadera ilusión. Se me olvidó mirar el reloj.
Juan D me recogió después de las uvas –que como siempre me comí a mi ritmo y haciendo trampas, así me va-, y nos fuimos a celebrar el año nuevo con sus amigos. Celebraban el “amigo invisible” y Juan D quería que nos fuésemos a un pub en lugar de quedarnos allí. Pero cuando has vuelto desde fuera del país, me parece importante compartir estas cosas con tus amigos de toda la vida, así que me empeñé en que nos quedásemos y me reí bastante con las ideas que se intercambiaron.
Sorprendida, entre sus amigos, me reencontré con Bibi y con Irene. No hizo falta que explicase nada, que explicase mi desaparición durante un año, no hizo falta que ajustase cuentas con el no haber llamado, no haber estado, no haber aceptado ninguna de sus propuestas de café. Ellas no sentían que tuviesen nada que perdonarme.
-Sonríe más –me dijo Juan D una de las veces en que se cruzó conmigo dentro del pequeño local-. Eres demasiado bonita para estar tan triste.
A las dos de la madrugada yo tenía intención de irme a casa. Lo prometo. Pero cuando ya estábamos en la calle y teníamos puestos los abrigos, nos preguntamos si nos tomábamos la última en el bar de siempre. No sé si fueron, al final, las cuatro o las cinco últimas, porque me sentía tan cómoda charlando de todo, hablando por fin de nosotros mismos, que no me di cuenta de que pasaba el tiempo.
En uno de esos momentos fue cuando Ana P vino a avisarme de que todos estaban por llegar y poco tiempo le dio, pero no importaba. Llegaron esos encuentros tras un año, ese sentirme lejos y cerca. Juan D se quitó de en medio para no dar de qué hablar y le regañé por ello, estamos en un pueblo pequeño y nos vamos a largar, ¡qué más da!
Ana y Antonia me abrazaron con ganas de cotilleos y después llegó mi hermano, guapo como él se pone con vaqueros y la chaqueta del traje de novio de mi padre, para acompañarnos entre anécdotas y risas. Estaba tan contento de que fuese tarde y yo estuviese allí, de que estuviese sonriendo y brindando…
Cuando por fin miré el reloj, aunque hubiese podido seguir celebrando, decidí que era mejor una retirada a tiempo que perderme del todo en el amanecer. Juan D me acompañó a casa bajo la promesa de que lo llamaré cuando vuelva del fin de semana.
-Gracias por salvar mi noche –le dije ya en la puerta, porque comenzar el año así era lo que menos me esperaba del mundo.
-No tienes que darme las gracias –se rió abrazándome-. Pasar contigo la noche ha sido increíble.
