lunes, 10 de octubre de 2016

la belleza está en la luz

La belleza está en la luz. Estaba mirando imágenes en pinterst y me he dado cuenta de que selecciono como especialmente hermosas aquellas en las que la luz es la protagonista. Entonces, me he dicho, la belleza debe de estar en la luz.

"Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas" (Jn 8, 12). Recordaba directamente las últimas catequesis con la luz como protagonista. Recordaba también la idea de la belleza como redención. Aquellos años de búsqueda feroz de la belleza como puerta de escape en un mundo tormentoso. Oscuro. La belleza como luz.

Y, ahora, la belleza como un todo, un continuo, como la luz de medio día, no como ese último rayo de la tarde. No la luz dramática que busca esa belleza explosiva, desgarradora. No. Una luz posada en lo sencillo, en lo pequeño, en lo cotidiano. Y en esa luz, el rayo de la tarde ya no duele, porque ¿cómo se puede quemar lo que ya está ardiendo?

la violencia está en todas partes


La violencia está en todas partes. Hay que tener una mirada experta para concentrarse en lo bueno. Para desentrañar la luz entre todo lo que parece oscurecer el mundo. 

La guerra (qué palabra tan vacía y a la vez tan llena). Las catástrofes (todo natural menos nuestra forma de vivir). Las ideas (banderas de palabras que hieren si se lanzan). La propiedad (el mío que aprendemos desde niños e imponemos allá donde vayamos a las cosas, a las personas, a los terrenos). 

Últimamente estoy saturada de películas donde la violencia es tan explícita que ya no sorprende. Donde el sexo es tan violento que ya no es amor (aunque quieran disfrazarlo de eso). Donde el amor es una forma de imponerse al otro. 

Estoy saturada de expresiones feas. De palabrotas -que pagaba a cien pesetas de pequeña-. De creerse mejor que los demás. De creerse con la razón. De que tener la razón conceda no sé qué poder sobre el resto para hacerlos culpables de sus ideas. 

La violencia no sólo está en los actos. La violencia campa en las palabras. Impera como la sombra perezosa de una tarde que parece no acabar pero que poco a poco hace los rincones más oscuros, las esquinas más vacías, el silencio más tenso. 

Ya no cuidamos las palabras. No es lo que falta por decir, lo que dejamos en la garganta. Es lo que dejamos escapar y cómo. Se hiere casi con orgullo. Se dice casi con poder. Con un poder mediocre, desmerecido, el de la pobre lengua, el de la media lengua. Somos más ignorantes que nunca y nos creemos tan sabios... Usamos las palabras sin saber lo que significan y las esgrimimos sin pudor porque hemos oído que cuentan que dicen. No consultamos. Lanzamos. Bombas de palabras, como en aquellos poemas. 

Defendemos la paz como en los concursos de televisión, mandando mensajes al número indicado, haciendo nuestra especial aportación, rezando por la paz. Con esa idea de la paz de niños que pintábamos en los colegios, esa idea de la paz está allá lejos, la guerra está en los otros, aquí esto es algo como la paz. 

Todos tenemos derecho a la violencia. Hoy todos nos sentimos con derecho a la violencia verbal. La física nos parece una aberración porque deja marcas visibles en los otros. La violencia verbal, este desprecio, está envenenando las raíces de nuestra sociedad. 

Censura. Batallas de palabras. Bandos. Enemigos irreconciliables. Victorias verbales. 

Hay que tener una mirada experta para concentrarse en lo bueno. Un oído atento para escuchar al otro más allá de lo que sólo dice. Hay que saber amar más allá de las palabras. Por y sobre todo. En las cosas más pequeñas. 

domingo, 15 de noviembre de 2015

calendario de adviento 2015


Muchos nos pedíais ya el calendario de propósitos de Adviento de este año. ¡Nos ha costado, pero aquí está! Orado, de cara lavada con este precioso diseño de Nacho, alegre y lleno de misericordia. ¡Ojalá nos sirva a todos!


sábado, 31 de octubre de 2015


Me gustan los sábados por la mañana. Como a todos. Me gusta que Nacho suba la persiana y la luz entre hasta la almohada con pereza. Escucharlo trajinar por la casa hasta que vuelve a sacarme del remoloneo, del sopor, y yo le pregunto si salimos a desayunar fuera. 

Creo que la comida que más disfruto del día es el desayuno. Vienen a mi cabeza todos esos bufes libres de los hoteles, esos despliegues de bollos y zumos, de fruta y cereales. Me encanta pedir un café con la leche fría. Esperar mis tostadas, imaginar qué pan tendrán en cada cafetería. 

Los sábados por la mañana el tiempo pasa de forma distinta si madrugas. Sólo encuentras algún jubilado que ha ido temprano a hacer la compra y que sonríe satisfecho por haber escapado de todas las colas que se harán conforme avance el día. Puedes escuchar tus pasos los sábados por la calle. Nosotros llevamos el carro de la compra y los ojos alegres de los que saben que van a darse un banquete antes de cargar las bolsas. 

Esa peregrinación de la cafetería al supermercado, del supermercado a la frutería, de la frutería a la carnicería, es milagrosa. La gente que madruga los sábados tiene cierta complicidad amable. Te cobran el café con confianza, te arreglan el pescado con paciencia, lentamente, primorosamente, te dejan acariciar la fruta, seleccionar las verduras, comer una almendra, te comentan las recetas de las albóndigas o te aconsejan un truco que no sabías. Los mañaneros son un club secreto, una alianza. Sonrío y respiro la camaradería de las primeras horas, sobre el traqueteo del carro y las anécdotas. 

Así, Nacho y yo volvemos a casa fantaseando con lo que vamos a cocinar, con lo que vamos a leer, con nuestros tópicos cotidianos, hasta que el frigorífico parece preparado para fiestas y la despensa llena nos observa interesante. 

Me gustan los sábados por la mañana. Aunque me tenga que tomar una infusión de regaliz para digerir los churros que pidió mi valentía. 

martes, 20 de octubre de 2015


¡Qué manera de no cumplir mi palabra! Parece que cada vez que me hago el firme propósito de retomar este blog, lo dejo de lado durante meses. ¿Será algún tipo de maldición antigua y profunda? Seguramente.

Hay momentos en los que creo que tengo algo que decir y estoy tentada a venir aquí a compartirlo, pero entonces una gran pereza me lo impide y acabo tomando nota en uno de mis cuadernos. Otras veces me encuentro esta página en blanco y no sé qué contar, como si nada fuese lo suficientemente cotidiano o genial como para relatarlo. Imagino que es algo que sucede cuando dejas de ser personaje secundario para convertirte en protagonista, o cuando abandonas la voz de narradora para experimentar el mundo tal y como viene, sin juzgarlo, sin describirlo. O a lo mejor es simplemente lo que he dicho antes, pura pereza.

Hoy el cielo está nublado y en el tendedero aguanta un calzoncillo valiente, que se recorta negro contra el horizonte en movimiento. Nacho se ha quedado dormido, ha sido irresistible, y yo paseo escuchando música por el ordenador, rodeada de pilas de libros y libretas, de apuntes para poemarios, de novelas por corregir y posits con extraños dibujos que ya no recuerdo para qué servían.

Es sorprendente todo lo que se puede acumular en un solo escritorio. Intento mantener el hueco para los brazos libre, mientras esquivo billetes de tren, restos de papel estampado, pinceles, gramáticas y acuarelas. Afortunadamente,  hace un rato he podado las tazas de café que habían ido creciendo junto a la lámpara pequeña que casi nunca prendo.

En un frases más me  haré un té de regaliz y pensaré en lo humano y lo divino mientras espero que no me queme la lengua. Fundamentalmente pensaré en cómo justificarme para no hacer nada de provecho esta tarde y, a la vez, hacer algo provechoso.

Últimamente me apetece más pintar que escribir. Pintar que corregir. Y por eso agarro las ceras de colores que compré el año pasado y garabateo en mi cuaderno tendederos, flores, palabras... durante horas. Creo que les estoy cogiendo el tranquillo, aunque soy sincera conmigo y asumo que son otra ventolera más que sumar a mi ruleta de actividades. Ahora, podré añadir las ceras a las acuarelas, las novelas, los poemas, la lectura, los pasteles y los bordados. Así saltaré de un templo al otro, escapando del aburrimiento de la repetición (que es el monstruo que más miedo me da por las tardes).

Respiro y acaba una canción. Mañana volveré a la universidad para hablar de mis novelas. Este tema tiene más ritmo, chascan los dedos, es percusivo. Mejor bailo y os dejo.

martes, 16 de junio de 2015

mi aventura con mujercitas


Recuerdo que, cuando era pequeña, mi madre me regaló un librito blanco de pastas duras con preciosas ilustraciones a color, de esos que sacaban de clásicos recortados para niños y jóvenes. Era Mujercitas y a mí me daba rabia tener que leerme algo porque me lo dijesen y, además, me fastidiaba que los nombres estuviesen en inglés. ¡No me enteraba de nada! Mi madre me aconsejó cambiar los nombres en mi imaginación por nombres españoles, pero ni aún así hubo manera. Supongo que yo deseaba regresar a Los cinco.

Años después, o por aquella misma época, pusieron la adaptación al cine en la televisión. Me llamaron la atención los vestidos, los sombreros, el piano y la niña muerta. Especialmente lo de la niña muerta hizo que mi interés por leer la novela se desvaneciese por completo. 

Tiempo después, mi amiga Ana, que era mi compañera de aventuras y extravagancias adolescentes, leyó Mujercitas y me escribió una carta. Me decía que cuando leía, me veía como Jo, que era igual a mí. Sin acordarme muy bien de qué iba la aventura, me sentí alagada porque según creía Jo era el chicazo de la novela. Y en mi época adolescente yo era bastante chicazo. Aún así, el detalle de Ana no me dio la energía suficiente para enfrentarme a la novela. 

Pero el año pasado descubrí que habían editado una preciosa versión ilustrada y volví a sentir curiosidad. Me llamaba el objeto hermoso que habían ideado más que la historia, pero la llamada estaba ahí. 

Finalmente, asustada por el precio de la edición ilustrada, pedí en mi librería una opción más económica y me hice con la versión completa de Mujercitas en volumen de bolsillo. Confieso que pasó varios meses en la estantería, pero, la semana pasada, por fin, dejé a Montalbano de lado y me animé con las hermanas americanas. 

¡Menudo descubrimiento! He leído enganchada desde la primera hasta la última página, poniéndome de mal humor cuando tenía que parar y descubriéndome en Jo como me descubría mi amiga. Me ha parecido una lectura deliciosa, quizá mucho mejor la primera parte que la segunda, pero deliciosa. De esos libros que te bebes como un té caliente en invierno. De los que dices: ojalá tuviese cien páginas más. 

Pero la gran duda que me acechaba durante esas horas de apacible lectura era: ¿disfrutarían tanto de esta aventura las nuevas generaciones? ¿Cabría en el mercado editorial actual una obra como ésta? A veces, sin siquiera ser consciente, uno tiende a avergonzarse de lo que lee. Y también de lo que se lee.  

jueves, 14 de mayo de 2015


Un alumno llega con un ojo morado y se habla de droga y de pérdida de visión y de cosas terribles que hacen sombra por la tarde. Mantengo largas conversaciones, horas de conversación que seguramente no florecerán, pero que necesito para calmar mi espíritu, para tener la sensación de estar haciendo algo, para mentir la sensación de que en el mundo las cosas no van mal. 

A veces me pregunto si vivo en un lugar falso, ideado por mí, en el que sólo acentúo lo bueno y cubro con pañuelos historiados, con papel, las miserias que estropearían el paisaje. Me pregunto si el bien es el bien y si es tan alcanzable como me cuento. Si la belleza es la belleza, si el orden es el orden... De pronto las cosas parecen distorsionarse, como si no tuviesen sentido. 

Amo intensamente, amo cruelmente, hasta ciegamente amo a los culpables, a las víctimas, a los culpables. Y me pregunto si no hay algo raro, roto, inquieto en mí para que este amor no se deshaga entre mis manos. Para que vuelva cada día con la cuenta en blanco, para que rece por las noches con nombres y apellidos como si pasase lista. Me pregunto en un murmullo qué hacemos tan mal los adultos, qué análisis profundo hay que hacer de esta sociedad que abandona a los pequeños al dios dinero, al dios poder, al dios yo. Que los deja completamente solos ante el otro. 

Y el otro es un amigo y es un enemigo y es una máquina que no siente como yo, que no vive como yo, que no me entiende como me merezco. El otro es siempre el otro. 

Siento un frío extraño aunque hay terral. Y pienso en el pastel de zanahoria que haré para la fiesta de Clau, en Mateo, en Nacho que estará preparando la comida, en el ritmo cotidiano al que me acojo siempre como balsa. Enciendo mi paisaje, atiendo a las conversaciones, a las risas, como. 

Nada puede hacer mi incomprensión, sólo acaricia.