jueves, 31 de diciembre de 2009

2009 para arrugar y quemar

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Enero: vinieron los reyes y me trajeron carbón del de verdad, también se llevaron a David.


Febrero: el desierto se me coló en los zapatos y en el corazón.


Marzo: me quedé sin corazón pero me encontré con Dios –y con Nacho, y con Carmen, y con Jose Luis, y con Jose el hombre…-.


Abril: nació naufragada, quité fotografías, encontré a Leticia, Juan y Curro, descubrí que sobreviviría. Gerardo me salvó.


Mayo: comencé las diez botellas, me dejé amar por Marta, la noche se llenó de música y oración, el mar fue turquesa, me prometieron un castillo, pinté acuarelas, conquisté el océano y un Juan Susarte.


Junio: viajé al norte, enseñé mis cartas, me despedí de mi vida, recuperé una hermana, mi madre me escribió.


Julio: fui canción, instrumento y niña mimada, conocí a Isra, regresé a Alicante (dos veces) y besé (te besé).


Agosto: fui sirena y luché con un niño y con la pena, viví un martes de martini con Antonia, leí poesía a mi madre a la orilla del mar, me volví Lucía y superficial.


Septiembre: me mudé, Antonio volvió a mí, abracé a Roca, atardeció en Almería, cumplí 25 años, viajé a Toledo.


Octubre: aposté a ganar, obtuve una beca de un mes para amar, besé (otra vez a ti), domé a la ESPA, viajé a Marta con Antonio y vi a Nacho e Isra.


Noviembre: decidí dejar de naufragar,volví a ser mentirosa y surgió “trampas y cartón”, me encontré con Carolina y Chica, Marta cumplió años en Granada y abracé a mi hermano.


Diciembre: fui instrumento y catástrofe, me rompí, oré a diario, comencé a reencontrarme con mi historia, tuve sed de comunidad y sentí miedo. Compartí la alegría de un pequeño milagro que vive en una barriga. Asumí el dolor, aprendí a estar serena en la tristeza.

(Mi pasado no me pertenece, mi futuro no existe, mi presente sabe a tierra, diluvio y margaritas. Me volaron y volví –vuelvo irremisiblemente- a ser yo).

desde L. A.

Downtown%20Los%20Angeles,%20California

Cuando hablo con él tengo que resistirme para no morirme de envidia. Lo miro y es el mismo de siempre y, además, es alguien tan diferente, tan lleno de experiencias que desconozco…

De pronto me paro a pensar en los regalos que estoy recibiendo estos días. Mis últimos textos son todos de reencuentros, de redescubrimientos y no paro de sorprenderme.

Conocí a Juan D durante mi último año de instituto. Compartíamos clase en las aulas prefabricadas y cierto día él dejó de venir. Se comentó, en camarilla, que se había ido a trabajar en la obra. A nuestra profesora de lengua y literatura la apenaba horriblemente esa noticia. Yo no había hablado mucho con él, lo conocía de vista y de oídas. Pero comenzó a ser mi amigo, un poco a lo tonto, cuando decidió volver.

Y lo hizo a lo grande. Sacó el curso y se matriculó en Filología Inglesa. No sé cómo ni por qué, pero comenzamos a compartir autobús e inventamos la tradición de bajar desde el centro hasta el campus paseando. Un camino que nos obligaba, la mayoría de las veces, a perder la primera hora de clase para compartir un café. Se convirtió en un ritual nuestro y el profesor de teoría literaria nos aprobó la hazaña aunque supusiese perdernos una de sus clases.

Sus sueños comenzaron a crecer a pasos de gigante. De pronto no eran suficientes los campamentos en Norteamérica, ni siquiera los veranos en Londres… recuerdo aquellas primeras conversaciones nerviosas cuando tenía que decidir si dar el gran paso. Recuerdo sus primeras llamadas desde Los Ángeles. Recuerdo que fue de los únicos en venir a verme este verano, cuando nada era fácil, como ahora.

Hoy me llamó cualquier cosa antes de empezar la conversación. Yo sabía que estaba en España porque llevaba meses prometiéndome aquello de “nos vemos en navidades”, pero no me había atrevido ni animado a llamarlo. Cuando cruzamos dos frases siento que me apetece verlo y nos buscamos refugio el uno en el otro. Nunca tengo que recordarle cuál es el número en el que vivo, jamás se equivoca de letra. Y nos sentamos en la cocina, con la mesa verde que me inspira delante. Me gusta que Juan D siempre tenga cosas que contar, que no pregunte, me gusta escucharlo.

No quiere saber si estoy bien o mal, si estoy preocupada, si se han curado mis heridas, sólo se sienta conmigo y me explica cómo es la enseñanza en aquel país de las películas, me propone nuevas formas de escribir ensayos y me muestra las fotografías de un museo en lo alto de la ciudad desde el que se tienen las mejores vistas.

-Estoy desesperado en este pueblo –me confiesa suspirando y le sonrío comprensiva-, ¿cuándo vas a venir a verme?

Las anécdotas se suceden, deja entrever esos planes de futuro que tanto le aterran, es tan racional, tan condenadamente racional que ha calculado ya qué pasaría si se enamorase de una americana, tuviesen hijos y se separasen. “Sé que en algún momento tengo que volver a España”, dice ensimismado.

Y a mí me resulta difícil ya imaginarlo aquí, lejos del sol de Los Ángeles y sus acento americano al contarme las cosas medio en inglés medio en español.

Después de charla, cena y risas, lo despido en la puerta preguntándome cuándo volveré a verlo, si cumpliré mi promesa de llamarlo el día cuatro, si seré justa o injusta con él, si aceptaré su propuesta para no acostarme antes de las uvas en nochevieja.

martes, 29 de diciembre de 2009

los reyes de Marta

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Este año no sabía muy bien qué regalar a Marta por Reyes. Siempre buscamos hacernos regalos que tengan mucho de manufacturado y yo, últimamente, le regalaba poesía. Pero la campaña poética me salió tan requetebién que Marta ha comenzado a comprar sus propios libros de poesía, así que esa rama estaba totalmente agotada.

Por eso, aunque estaba diluviando, aunque tenía un algo de locura, decidí regalarle un MOMENTO.

Y el momento es una visita a Granada para perdernos en el Paseo de los Tristes, para encontrar unos baños árabes chiquititos en los que sentirnos dentro de Las mil y una noches.

Llegamos nerviosas al río y comenzamos a buscar la dirección. Callejeamos curiosas hasta que damos con un edificio grande en tonos tierra. Marta me abraza emocionada cuando esperamos nuestro turno en las escaleras. El vestidor de señoras es un sitio diminuto donde las dos, entre risas y desastres, conseguimos pasar física y psicológicamente del abrigo y la bufanda al desnudo y el bikini. Descalzas e inquietas, como absolutas novatas, descubrimos la primera sala.

La decoración cumple todas nuestras expectativas y, entre arcos de herradura, azulejos, piedra y mármol blanco, tomamos té de menta y miel mientras nos explican cómo tenemos que hacerlo.
Recorremos diferentes estancias hasta llegar a la sala templada.

Marta y yo nos miramos sin dar crédito observando cómo las columnas que sostienen los arcos se sumergen en una piscina rodeada de piedra y fuentes que la nutren en el silencio de los baños. Un corredor con bóveda salpicada de lucernarios geométricos, desemboca en otra fuente lejana, como un camino marcado por velas y candiles en la semioscuridad de las salas. Marta se suelta el pelo y sonríe sumergiéndose en las aguas templadas y tranquilas.

Respiro profundamente, todavía me cuesta trabajo relajarme, todavía tengo ganas de dar saltos de alegría dentro del agua.

Pasamos a la sala cálida, alargada y estrecha, con una piscina de poca profundidad donde nos tumbamos sobre mármol para cerrar los ojos y reposar tranquilas. Marta flota llena de grandes ideas y yo me pregunto con quién podría haber compartido este momento si no con ella. La miro y comienzo a encontrar la paz que necesito.

La sala fría es un grito silencioso donde por lo menos diez personas nos hacen un huequito en el pequeño aljibe. Abro la boca con asombro sin dejar escapar un sonido cuando el agua helada me conquista el cuerpo. Es increíble la sensación de comenzar tiritando y, después, poquito a poquito, ir encontrando la serenidad en ese agua congelada.

Descubrimos, tras repetir varias veces en las diferentes salas, la sauna. Creo que para las dos, el lugar favorito. El vapor, que olía a menta, me aislaba de tal manera que ni siquiera era capaz de pensar. Marta, entre la niebla, bellísima y pálida. Los demás como manchas difusas y yo… Vacía. Absoluta y totalmente vacía de mí, vacía de todo, de historia, de ruidos de vida… Me apoyé en la pared y me abracé las rodillas, perdiendo por completo la conciencia de dónde estaba. Y dejé de pensar, pero no para apagarme como hago cuando todo me supera y tengo miedo, dejé de pensar porque estaba en absoluta calma. Por primera vez en meses, quizá en años, por primera vez en paz.

A partir de entonces me costaba hablar. Marta seguía nerviosa y alegre. Yo sentía que las piernas no eran capaces de sostenerme fuera del agua. Como en otra tierra diferente a la mía, como desposeída de emoción, tumbada sobre el agua de la sala templada observando la bóveda y la luz.

Cuando la campana suenó anunciándonos que tenemos que irnos, Marta y yo dudamos si escondernos en algún rincón entre los arcos. Volver a vestirse, volver a ocupar los cuerpos con la vida, con el mundo, con la historia, me parece un acto cruel e intento terminar cuanto antes posible.

Nos hacemos una foto en la fuente de la entrada, todavía sonrosadas, con el pelo mojado y los abrigos recién puestos. Salimos a la calle y nos abrazamos, tranquilas y serenas entre risas tontas.

Nos ha encantado este momento. Nos ha encantado este regalo que nos hemos hecho.

Y para colmo, de nuestra pura alegría salió el sol y pudimos pasearnos, alegres y pánfilas, por los que ya son nuestros rincones de Granada.

lunes, 28 de diciembre de 2009

fue un buen tiempo aquel

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-Igual no quiero preguntarte para no hacerte daño –dice Gastón una vez que hemos agotado el tema del trabajo.

Diluvia sin mesura cuando paro mi coche delante de la estación de tren. El tráfico ha sido horrible hasta llegar y, con el motor apagado, intento serenarme disfrutando del ruido de las gotas de lluvia sobre esta caja de chapa y cristal. Cuando te pasas el día luchando contra la tristeza, es muy fácil que ésta se te suba por los tobillos como una sombra hambrienta si consigues relajarte; pero he aprendido, con los meses, a apagar toda emoción en las esperas. Afortunadamente, Gastón no se hace de rogar.

Gastón y yo sabíamos el uno de la existencia del otro, y poco más, antes de que me sumase a su viaje a Londres. Nos habían concedido una beca, compartíamos una asignatura del doctorado y me animé a pedirle consejo. Creo que sin saber muy bien lo que estábamos haciendo, los dos acabamos compartiendo una habitación del hostel más cutre del centro de Londres. Al principio los dos estábamos muy asustados, no nos conocíamos de nada e íbamos a tener que convivir un mes en un espacio reducido. A parte, ninguno de los dos sabía cocinar.

Aprendimos pronto que ambos éramos seres independientes y disfrutamos el uno de la compañía del otro partiendo de pequeños detalles: decorar la chimenea oculta en la habitación, visitar papelerías, recorrer museos con fecha tope, tomar café en todos los sitios con encanto, descubrir jardines escondidos, visitar la ciudad en autobuses con personajes extraños… Nunca he compartido piso con nadie, a la hora de independizarme decidí largarme sola, pero si tuviese que elegir a alguien con quien convivir, no dudaría nada en elegir a Gastón. Me encantaba nuestra corta monotonía: al sonar el despertador yo cogía el “tuper” y me iba a la ducha mientras él remoloneaba, volvía y me vestía mientras él se iba despertando, preparábamos café, charlábamos de los planes del día, visitábamos un museo, él se iba a clase, yo a pasear, volvía y preparaba el almuerzo, él recogía la mesa, yo me iba a clase y él al gimnasio, y nos reencontrábamos en la cena, cuando yo ya había brindado con Rocío, para después irnos los dos a nuestro cuarto a beber té y compartir aventuras… Era todo simplemente fácil. Era absolutamente libre.

-Viste, yo a vos siempre te imaginé sola –me dice cuando ya estamos comiendo y le he abierto con facilidad pasmosa mi corazón-. Sos tan independiente…

No me he dado cuenta, pero le he hablado de todo, y él me mira con ternura y sin compasión, con comprensión. En un momento me abraza, y no es un gesto muy suyo, porque la de los abrazos era yo, por eso me siento agradecida. Hablándole comienzo a reírme, sin ser consciente, reparo de pronto en que me estoy divirtiendo, me resulta tan sorprendente que llego a ser ingeniosa y nos reímos juntos, como antiguamente, como dos marujas paseando por Oxford Stret en un autobús rojo.

-Igual yo estoy superocupado, pero tenés que venir a verme –comenta en algún momento, supongo que antes de que lo haya cargado con un libro de poemas de Luis Alberto de Cuenca donde he señalado mis versos de estos meses-. Compartimos poco tiempo, pero aún me acuerdo de vos cuando regreso a ciertos sitios. Fue un buen tiempo aquel.

Fue un buen tiempo.

almuerzo con actor(es)

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Cuando me despido de Marta en el centro, comienzan a asaltarme las dudas. ¿Cómo irá todo? ¿Quién aparecerá? ¿Cómo seremos ahora?

La sonrisa de Chica me recibe desde lejos y siento que las cosas saldrán bien. Poco a poco los voy descubriendo a todos: Eva está pelirroja y preciosa, Carol lleva su abrigo verde que le resalta los ojos, Diana reparte dulces envueltos en papel de plata, Marta se ha hecho una trenza, Dani no estaba en Italia y Rita salta sonriendo cuando llega hasta nosotros.

Me presento a los compañeros de otras generaciones de la compañía de teatro a los que no conocía y nos dirigimos a una tasca en la que estuvimos el día que nos quedamos aislados por la nieve durante un ensayo. Carolina y Chica me interrogan en el trayecto.

-Algo suponía –me dice Chica rodeándome los hombros-, pero es que tengo que confesarte una cosa: ¡me he enganchado a tu blog!

Lo dice entre carcajadas, contagiándome también.

-Todos los días te leo en el trabajo, pero me vienes mal porque a veces ya no puedo volver a trabajar –continúa todavía riendo-. ¡Hasta fui a comprarme una moleskine!

Me cuenta que ha empezado a escribir un poco y esa idea me llena de alegría. Sé que tiene todas esas inquietudes dentro y merece expresarlas. Pero no voy a hablar más de ti, Chica, ni de tus intentos de conquista cutres, porque estarás leyendo esto, frotándote las manos y sonriendo como un canelo –ahora la que sonríe desde casa soy yo-.

Eva me habla de sus proyectos y, cuando estamos poniéndonos al día, Didi nos pregunta si hemos sentido ya la llamada de la maternidad. Ella ha hecho ya todas las cuentas y, por más vueltas que le da a los dedos, no le salen los pronósticos.

-Es que tenemos 25 años –comenta con su gesto grave y preocupado-, mientras que termino los estudios y encuentro algo medio estable…
-A los treinta ya sólo hay un 20% de la reserva de óvulos –afirma Eva categórica y yo las observo en silencio.
-Tú lo tienes fácil –sigue Diana eligiéndome-, ya tienes estabilidad y trabajo.
-¡Ojalá pudiese ser madre! –dice Chica escandalizándonos-. ¡Que yo también he sentido la llamada de la paternidad!

De los cálculos de futuro pasamos a los cálculos del pasado, intentan sacar trapos sucios y Jachi, que ha llegado el último con su jersey verde y unas gafas de interesante, me pregunta si me sigue dando miedo. Didi se siente melancólica:

-¡Si todo fuera como antes…! –exclama con tristeza.
-¡No! –grita Eva con su naturalidad impoluta- Ni hablar de eso. ¡Yo ahora estoy muy bien!
-Yo también me quedo como estoy –murmuro y Eva, pelirroja y tan lista como siempre, me mira con tristeza.
-Dame un abrazo –me pide-, ¿no te acuerdas de los ocho abrazos que teníamos que recibir al día?
-Llevo esas cuentas muy mal –respondo evitando mirarla a los ojos y refugiándome en su cuerpo pequeño. Me estrecha fuerte, siento sus manos abiertas calentando mi espalda.
-No estás bien –susurra en mi oído, pero no sé cómo explicarle que es una sensación serena al fin y al cabo, tranquila, que no siento desgarro ni cansancio, que es simplemente así ahora.
-¡Cambiamos de tema! –proclama Diana elevando su copa y Carolina reparte besos mientras Dani nos fotografía.

Intento hablar un poquito con todos, llevarme una muestra de sus corazones de ahora, saber cómo están, cómo se sienten. Dani lo plantea muy bien: “¿cómo te van las clases? ¿y el corazón?”. Voy recibiendo de todos la explicación laboral y la explicación emocional. No sé cuántos mienten, cuántos exageran, cuánto se callan. Pero decido creérmelo todo y pensar que están tan bien como me cuentan, pensar que estos actores están libres de las miserias.

-¡Estoy muy feliz! –confiesa Didi-. Pero nadie se lo cree ya… de mi círculo, digo… como siempre estoy tan contenta cuando empiezo una relación, como siempre pienso que es el hombre de mi vida y luego se tropiezan… Pero es verdad, ¡estoy feliz!

Y elijo quedarme con eso, sólo con las buenas noticias, con los nuevos romances, con los grandes proyectos, con las miradas de ahora, tan parecidas y tan distintas a las de antes, con estos nuevos besos, con estos nuevos abrazos en proyección hacia lo que seremos.

-Llámame si estás por casa, si estás sola y quieres tomarte un café… –me despide Chica-, aunque sepa que no vas a hacerlo.

domingo, 27 de diciembre de 2009

vino Marta

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Cuando Marta llega, la bufanda le hace más azules los ojos y su abrazo me devuelve algo que no sé dónde había perdido.

Verla merodear por mi casa, recorrer los rincones, hablar de la luz y de los detalles, contemplar los cuadros, curiosear los libros de poemas, sentarse en el sofá con su sonrisa enorme, me despierta una alegría profunda y serena que agradezco enormemente.

Es la primera vez que voy a invitar a alguien a comer en esta casa que había estado manteniendo alejada de todos. Marta y yo nos enredamos en la cocina y ponemos la mesa grande con el mantel bonito, las copas y las velas.

-¡Qué comida más romántica con esta luz! –se ríe ella llevando y trayendo platos desde la cocina.

Descorchamos la botella y pronto estamos brindando por nosotras, por todo lo que nos ha pasado, por lo mal que sumo y su sonrisa dulce. Comemos tranquilas, sin prisa, entre anécdotas, recuerdos y música.

La tarde pasa sin darnos cuenta y, tras beber mucha agua –aunque nunca la suficiente-, nos acercamos a visitar a mis abuelos y a mis tías que tenían ganas de verla. Los niños se acuerdan de ella y la integran en sus juegos. Como están nerviosos decidimos que lo mejor será contar un cuento para calmarlos.

-¡El de la princesa valiente y el dragón! –chilla Lucía sentándose en el sofá de un brinco al lado de Marta.
-No, el de la Navidad que no pudimos terminar el otro día –respondo despejando la mesa y cogiendo las figuritas del portal de Belén para contar la historia.

Carmen me mira con ojos como platos y Manuel atiende a todo. No sabía que ya eran capaces de prestar tanta atención a un cuento. Comienzo por María y José siendo novios -que es la parte que más les gusta a Carmen y Lucía- y termino con todos los pastores llevándole regalos al niño. Así que el juego está asegurado y, tras la representación, los tres enanos juegan a pedirme cosas que llevar al portal de Belén para regalarlas al niño.

-¡Yo, ninio Esús! –dice Carmen categórica tumbándose en el sofá. Y Lucía hace de María cuidándolo.

Marta y yo los contemplamos entre risas, sorprendidas de que hayan convertido en un juego tan natural el nacimiento de Dios.

Nos despedimos cuando una vecina trae el video de la boda de su hija y paseamos por el centro hasta llegar a la iglesia. A veces me sorprende tener tanto atino para llevar a mis amigos a misa, si a Antonio le hablaron de abrir los ojos, a Marta le hablan del amor dentro de la familia.

Al volver a casa me encierro en un cuento que se me ha ocurrido y Marta lee poesía. Después de contárselo la acompaño con Luis Alberto hasta que el hambre nos hace preparar la cena. Ya sabe donde están más o menos todas las cosas y me hace gracia ayudarla yo a ella.

Hemos planeado sesión de cine, Donde viven los monstruos se ha estado descargando mientras yo escribía y colocamos el salón para ver la película. La elegimos por lo que la elegimos. A mí me produce esa mezcla entre miedo y ternura que me hace lo mismo emocionarme que dar un salto en el sillón. Marta observa los monstruos pensando cómo podría conseguir uno. Al final nos quedamos las dos a cuadros y, muertas de risa, confesamos que nos ha encantado pero que no nos hemos enterado de nada.

Así que nos vamos a dormir llenas de dudas y mi cama de desierto es conquistada por sus ojos azules y sus ronroneos. Comprendemos pronto la diferencia entre 1.50 y 1.35, pero después de leer y orar juntas, nos dormimos como benditas.

Ahora ella sigue soñando entre las mantas de mi cama y yo calculo cuánto tiempo le daré para hacerme un café que me abra del todo los ojos.

sábado, 26 de diciembre de 2009

limpiando la bandeja de entrada

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Espero a Marta, mi dormilona. Espero para pasar un día grande con ella y la emoción me impide concentrarme en nada. Después de madrugar, escribir un poquito con una taza de café, orar, recoger la casa y darme una ducha, me siento delante del ordenador para cambiar la música.

Al ir a recolocar la última canción que he recibido en su carpeta correspondiente, reparo en que tengo la bandeja de entrada llena de documentos que ni soy capaz de recordar: fotografías de gente con la que hace meses que no hablo, textos que me han enviado para que critique, respuestas a cursos, dibujos, viejas conversaciones que están ahí no sé cómo…

Me armo de valor y decido hacer una limpieza de este cajón de sastre. ¿Qué voy a salvar? Encuentro cuentos de Nacho y de Pedro, fotografías de Ana, de Guillermo, de mi hermano aburrido en un bar, de Gerardo durmiendo en el autobús de viaje a Baeza. Encuentro “si Nena fuera” y abro los diferentes documentos sonriendo, para descubrir cómo me veían si fuese árbol, lugar, sabor, canción… Sonrío agradecida por esas imágenes y esos recuerdos tan libres de nada, tan llenos de todo.

Releo por encima viejas historias, los descubro en lo que vivieron y comparo todo aquello con lo que son ahora. Es extraño. Cómo pasa el tiempo… ¿cuánto llevarán estos documentos aquí? ¿cuántas cosas mías habrá repartidas en bandejas de entrada? Recuerdo a Jana, recuerdo Segregados… recuerdo quien era yo.

Selecciono y mudo lo que quiero conservar. Miro todo lo que queda, casi doscientos documentos esperando el juicio final. Hay canciones, textos, fotografías, gráficas y carpetas comprimidas ahí. No es primavera, pero hago limpieza (mientras escribo esto un olor de no sé dónde me recuerda mi casa de Alcalá con tanta claridad que me desconcentra). Borro todo.

¡Ojalá todas las cosas fuesen tan fácil de borrar!