viernes, 27 de noviembre de 2009

mi musa


¿Por qué empecé a escribir? Quizá mi madre contase que siempre estaba inventando historias, que me encantaban los cuentos y que tengo una imaginación desbordante que tenía que plasmar de algún modo. Mi padre traería aquí mis quinientos cuadernos, recordaría a aquella profesora, incluso a Don Lucas. Podríamos barajar diferentes versiones del mismo caso. Pero la respuesta es muy simple. ¿Por qué empecé a escribir?


Porque nació Marina.


Marina nació cuando yo ya era lo suficientemente grande como para sorprenderme del milagro de la vida. Tenía diez años cuando la sostuve por primera vez en aquel apartamento pequeño de Sevilla y no recuerdo muy bien lo que pensé, sólo sé que tuve miedo de que algo malo pudiese pasarle y también que me sentí agradecida. Mi primer intento de novela la tenía como protagonista.


Conforme crecía Marina, crecían mis ideas, cambiaban mis cuentos. Recuerdo en la adolescencia escribir un testamento donde le dejaba a ella todos y cada uno de los textos que tenía escritos, en acción de gracias por su existencia. Mi primera novela publicada nació sólo como un regalo de navidad para ella, porque aborrece leer -mi triste sino- y quería escribir una historia que la hiciese feliz, que tuviese todas las cosas con las que Marina soñaba de pequeña.


Marina me inspira un nivel de ternura que me hace emocionarme siempre que la pienso. La quiero. La quiero de una manera absoluta y gratuita desde que bien pequeñita se abrazaba a mi cintura cuando me dolía la barriga y se dormía dándome calor como un monito dulce. La quiero recordándola enfadada cuando puso un guisante debajo de mi cama para demostrarse que yo no era una princesa y le confesé que no había pegado ojo en toda la noche. La quiero en todos nuestros juegos de la infancia y también cuando sus celos se dispararon con el nacimiento de Lucía.


-A mí también puedes seguir abrazándome -me dijo a media voz el año pasado, cuando paseábamos por este parque, con su pelo negro y su ropa oscura.


Marina hoy hablaba de sentimientos con tanta libertad, que me hizo sentir abrumada su completa confianza. Hacía meses que no nos veíamos, que no cruzábamos palabra y, sin embargo, mis emociones continúan intactas, preparadas para que ella se vuelva hacia mí y descubra que sigue necesitando mis abrazos.


Por ella, por Javier, por Lucía y mis pequeños... ¿qué no daría? Son el milagro más enorme que hay en mi vida.

jueves, 26 de noviembre de 2009

mala influencia




Inma comienza a chinchar mientras Maria José escucha mi fin de semana. Ayer me contó ella, en un descanso en copistería, cómo le fue su aventura de conciertos y confesiones, hoy me tocaba a mí describir mis andanzas. Es jueves y no vamos a salir, así que no tendremos la excusa de una copa para ponernos al día y abrir las puertas al nuevo fin de semana.

-¡No te juntes con Patricia, que es muy mala influencia! -grita Inma desde la mesa.

Me hace gracia que desde el primer día me llame por mi nombre y me trate con tanto desparpajo. Maria José no le hace caso y sigue escuchando.

-¿Pero qué pasa? -pregunta Conchi, que siempre se interesa por mí y por mis cosas.

-¡Que cuando Patricia y Maria José se ponen en camarilla puede pasar cualquier cosa! -se burla Inma llamando mi atención.

No sé por qué me lanzo a por ella, todavía no tenemos ese grado de confianza, pero por lo poco que he aprendido, sé que el contacto físico la intimida mucho, así que aprovechando que estoy de pie, abro los brazos y me voy acercando poco a poco a ella para darle un abrazo. Me da mucha risa ver cómo se va encogiendo cada vez más hasta esconder la cabeza entre los brazos. Ni siquiera me hace falta tocarla, ya está hecha una bolita de nervios y miedo. Le doy un beso en el hombro que no ha cubierto de protección y la escucho reírse mientras me alejo.

-¿No decía yo que tenía peligro? -comenta con su voz ronca y divertida.

Poco a poco me voy a haciendo un hueco. Sé que soy la chica y me tratan con condescendencia. Pero ya estoy convirtiendo en tradición leer los horóscopos a primera hora de la tarde y todos reclaman mi atención para que les responda a la suerte. Poco a poco va siendo más fácil llegar por las tardes y sentirme cómoda, sentirme partícipe de todo.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

peleas callejeras


Cuando volvía a casa del trabajo, había un grupo de tres niños que jugaban en la calle. Conforme me acercaba me fui dando cuenta de que el juego no era igual de agradable para todos. Uno de ellos era un mero espectador, mientras que sus dos compañeros se enfrentaban en una lucha un poco desproporcionada. El niño moreno le daba patadas a su amigo en la espinilla al tiempo que gritaba:

-Toma, toma, regalos gratis -con saña y tono descarado-, ¡para los Reyes Magos!

La víctima se reía con ese deje nervioso, esa risa falsa que pretende decir: "no me duele tanto como crees, yo también me estoy divirtiendo". Una auténtica mentira.

Mi rol de "seño" casi me hace pegarles una voz en plena calle, pero desconecté pronto la cabeza y pensé en el pobre infeliz entusiasmado con la idea de que aquella bestia sin compasión era su amigo. Su risa me acompañaba mientras metía las llaves en la cerradura de la puerta. Comencé a pensar en cómo eran las cosas cuando yo tenía su edad.


La verdad es que yo era la típica chica que se negaba a rendirse a la primera. Siempre intentaba no llorar delante de mis enemigos, para no darles la satisfacción de mi derrota física y moral. Claro, así me llovían las palizas más largas. Debí haber aprendido del débil del grupo, que a la primera torta soltaba la primera lágrima y después venían sólo las risas de los demás, nada de más golpes. Pero yo era cabezota y me levantaba, y plantaba batalla hasta que se cansaban o me fallaban las fuerzas.


La mayoría de las tortas me llovían por amor o por ser abogada de los pardillos de la clase. Cuando eran por amor, recibía los tirones de pelo con paciencia, ¿qué culpa tenía yo de no querer ni una pizca a Alejo? Cuando eran por defensora, se me hinchaban las narices y acababa cobrando por mí y por todos mis compañeros, pero por mí primero.


Y yo también me reía con esa risa histérica del niño de la puerta, con esa risa de no pasa nada, de todavía podría ser peor.


No soy capaz de recordar la última pelea de niña. Lo que está claro es que en algún momento se decidió que la palabra era mejor aliada que los puños, el problema es que de pequeño eres capaz de perdonar al que te da dos hostias, pero cuando creces es más difícil hacer la vista gorda si te lanzan un ataque virulentamente verbal.


Por el niño de la risa histérica y por mí, tengo la esperanza de que todavía quede más por crecer e, igual que se pasa de la torta a la palabra, en algún momento se pasará por encima de la pelea y ya no nos quedarán más que las victorias pequeñas y cotidianas.

martes, 24 de noviembre de 2009

A veces me frustra ser un animal de costumbres

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El jueves pasado terminé el penúltimo bloque de mi cursillo de paciencia, empecé un aprendizaje a prueba-error.

Marta tiene miedo de que no esté avanzando. Este fin de semana me lo confesaba, temía que me hubiese detenido, que hubiese parado de crecer. Pero no me siento parada, sólo noto que ahora todo es más microscópico.

Volver a ganar kilos, volver a reír, volver a escribir, volver a soñar, volver a amar… Todo eso se ve a la primera. Todo el mundo se da cuenta.

Cuando tiemblo por un miedo tonto y me lanzo a la batalla contra mí, cuando doy un paso valiente, cuando tengo que atajar todas mis ganas de rendirme y me aprieto el pecho, cada una de esas veces, se produce un cambio casi imperceptible.

El sábado Estrada nos comentaba que los demás nos definen, nos miramos en el espejo que los demás son y nos enfrentamos a nosotros mismos. Yo me siento caleidoscópica, me estoy descubriendo en imágenes proyectadas en los que amo. Por eso descubro también versiones que no me gustan, y descubrirlas es ya un cambio milimétrico para seguir.

Sé que ando de la que era a la que voy a ser justo en el momento en que me libere de las imágenes viejas, de las antiguas costumbres que ya no me sirven para nada.

A veces me frustra ser un animal de costumbres. ¿No podría ser tan fácil como ver el archivo dañado y borrarlo? ¡Qué complicado lo hago todo en este mundo de palabras!

-No seas tan dura contigo –se queja Marta antes de marcharse.

Y quizá eso sea algo también a corregir.

guerra de fuerzas


Alejandro me reta desde el viernes. Busca el resquicio necesario para hundirme en clase. Tiene catorce años y un talante respondón bastante frustrante.


Quizá yo hoy no estoy en mi mejor día, pero cuando se niega a hacer los ejercicios -en nuestra clase de nueve alumnos- durante una hora y decide retarme cuando comienzo a corregirlos porque no le ha dado tiempo, consigue que decida abandonar el ritmo de trabajo sólo para hablarle.


Me armo de paciencia. Respiro y suelto el bolígrafo. Estamos sentados el uno en frente del otro. Se sonríe con ironía cuando le pido que me mire.

-Alejandro, mírame mientras te hablo -insisto con tono tranquilo, y él sigue sonriéndose-. Alex, que levantes la cabeza.

Por fin me mira, creo que al quinto o sexto intento. Sus compañeros nos observan, Alba ya le ha llamado la atención por lo bajo, incluso la feliz de Miriam le ha rogado que atendiese. Alejandro levanta la cabeza con ese aire de suficiencia que debe incendiar los nervios de cualquier profesor.

-¿Crees que esa es manera de hablarme? -le pregunto haciendo referencia al ataque personal que me ha lanzado al comienzo de nuestra conversación.

-Pues sí -suelta burlón y vuelve a agachar la cabeza mientras intenta hacerse el gallito. No deja de mirarme porque se siente avergonzado, deja de mirarme porque no importo lo suficiente en este momento. Ahora son su ego y él.

Estoy agotada para mandarlo a la mierda y hacer uso de mi tono de sargento, el que sé que lo ha puesto a trabajar en más de una ocasión.

-¿Esa es tu nueva dinámica conmigo? -intento sintiendo que como siga manteniendo esta conversación van a saltárseme las lágrimas de la rabia. ¿Por qué es tan cabezota? Es uno de mis alumnos preferidos...

-¡No me comas la cabeza! -pasa de mí de nuevo sin mirarme.

-Hablaré con tu tutora.

-Pues habla.

-Bien.


Alba me pregunta si puede seguir corrigiendo. Le doy la palabra agradecida. Me siento cansada para discutir y Alejandro va a seguir respondiéndome hasta que me obligue a amonestarlo de manera oficial. Sé que lo pierde el pronto, que no lo piensa lo suficiente. Si juego a su juego, saldrá perdiendo y no quiero.


Salgo triste de clase. Quizá no debería implicarme tanto con mis alumnos.

lunes, 23 de noviembre de 2009

historias para no dormir: yo y mis pelos (tuve un editor que me regañaba cuando utilizaba la palabra pelos)


Cuando era pequeña, mi madre dedicaba bastante tiempo a secarme el pelo después de la ducha. Cogía el cepillo y el secador y se entretenía en dejar el pelo liso y en su sitio, para evitar mi cabeza de leona despeinada. Así que hasta los trece años siempre llevé el pelo liso. Entonces descubrí que si ponía un poco de espuma, toda mi cabeza se rizaba como si aquello fuese lo más normal del mundo. Incluso, con el tiempo, dejé de necesitar espuma.


También cuando era pequeña, mi madre me llevaba siempre con el pelo corto, lo que me hizo ganar el apodo de "champi" por parte de mi tío. Cada vez que me llevaba a la peluquería tenía que comprarme con algo para que me dejase cortar el pelo. Por eso, en cuanto me hice "mayor" me lo dejé largo.


Llevé el pelo largo desde los catorce años hasta los 21, cuando preparábamos Divinas Palabras y yo estaba a punto de graduarme. Por el personaje que debía interpretar, la directora me prohibió cortarme el pelo. Soy una persona a la que le gusta llevar la contraria, así que ese mismo año, después del último bolo, tras vivir mi fiesta de graduación, las tijeras se hicieron con mi coronilla. Elena, una de mis profesoras de facultad, paró su clase gritando cuando vio lo que había hecho con mi cabellera y sin asalto de los indios. Pero yo necesitaba cambiar y, aunque había jugado durante ese año a ser pelirroja y morena, no había sido suficiente.


Hasta el año pasado llevé el pelo corto y rizado, totalmente desordenado, cómodo y práctico, disfrutando del aire en la nuca y de enseñar cuello. Dejé de cortarme el pelo de manera tan radical cuando comencé a trabajar de profesora. Y sin darme cuenta, creció tanto que ya parece que estoy al principio de todo, así que comienzo a desesperarme.


Hoy lo solucioné con un baño de color chocolate, pero no sé cuánto aguantaré sin hacer algún cambio.

domingo, 22 de noviembre de 2009

a dormir


Cuando me enfado, me siento culpable, tenga o no razón.


No sé de quién he aprendido esta costumbre poco saludable, pero la verdad es esa, soy incapaz de mantener mis razones incendiadas demasiado tiempo. No me gusta estar de hielo y fuego por dentro. Esta es una de las causas de mis continuos fracasos.


Siempre cedo en las discusiones, soy fácil de convencer, es sencillo comprar mi felicidad con una frase. Mi corazón se deja hacer rápidamente, si la promesa es paz, aunque sea perecedera.


No me gusta ir a la cama con esa sensación de hueco en el estómago, siempre estoy dispuesta a perdonar de madrugada. Así que reconcilio mis mitades, la culpable y la guerrera, las llevo a la plaza del centro y las apago allí, para que no me den demasiado la lata.


Pero tengo que tener cuidado, una vez apagué tantas razones que olvidé quién era.