jueves, 29 de abril de 2010

el poeta del jueves


"Los que lee poesía la necesitan como drogadictos" dice Francisco Brines en un periódico que encuentro sobre la mesa de la sala de profesores. Enseguida me conquista con la frase y tengo que leer la noticia completa. Es más, después, cuando he saboreado sus palabras como hombre, busco rápidamente sus palabras como poeta y dedico mi rato libre de la tarde a leerlo.

Me gusta leer poesía como si me hubiese sentado debajo de un aguacero. Mi impaciencia me hace recorrer con prisa las palabras, no sé leer calmada, tengo que dejarlas destrozarme. A veces, un verso, enciende el mundo con tanta intensidad que temo quedarme ciega del corazón y subrayo con fruición en los libros. No me gusta meditar la poesía, no me importa lo que quiso decir el poeta, sus versos son míos, me los dejó. Así que la poesía es rápida conmigo, huracán, desconcierto.

Durante el examen de métrica en el que se afanan mis alumnos, leo a Brines dejándome sorprender por su relación con el tiempo, por su relación con el final seguro y con el mar. Cuando leo a Brines deseo visitar Grecia, desnudarme, sorprender la madrugada, coronar un tejado, preguntarle a mi suerte: "¿quién, quién soy?" y quedarme callada.

miércoles, 28 de abril de 2010

a dormir


Cuando era pequeña y vivíamos en una casa, me gustaba fingir que me quedaba dormida en el sofá para que papá me subiese en brazos a la habitación y así evitarme el horrible ritual de encender las luces, deshacer la cama, dar las buenas noches, rezar, apagar las luces, conciliar el sueño... Era mucho mejor hacerlo todo como por arte de magia y, en duermevela, amanecer entre las sábanas.

Ahora los rituales no me los evita nadie.

Llega cierta hora en la que me caigo de sueño, digo tonterías, se me acaban las ideas, me apetece leer, miro el reloj del ordenador y mando a alguien a la cama... Entonces el run run de esta máquina se acompasa al del reloj de pared a mi espalda. La calle está vacía y la luz de la farola inunda un pedacito de mi balcón -como ahora, cuando sólo se escuchan mis teclas y un único coche que ha pasado por la esquina-. El ritual comienza.

Primero apago el ordenador, llevo a la cocina la taza de té o café que se haya quedado aquí de la tarde, vuelvo a la entrada para echar la llave -la ruidosa llave que deben odiar mis vecinos-, hago el truco para la luz del pasillo, apago la luz del salón, la de la entrada, paro primero en el baño, después bebo agua y, por fin, llego a mi cuarto. Siempre se me olvida algo -en eso le salgo a mi padre-, la bata en el salón, el teléfono en el bolso, la novela sobre la mesa del comedor... Deambulo, doy varios paseos y, por fin, me preparo para leer un poco.

Es el único ritual que no abandonaría. Es la única forma que tengo de conciliar el sueño. Si no las ideas me asaltan como mosquitos de madrugada y no me dejan dormir. Me pongo a vivir la vida de otros. Apago la luz, ronroneo a un lado y después al otro, escucho el edificio e imagino.

Son las tradiciones de esta casa, las del año pasado eran distintas, y me gustan porque son mías, pero claro, no puedo negar que las cambiaría porque me llevasen con magia hasta la cama y me contasen un cuento.

martes, 27 de abril de 2010

un cuento viejo


Ramón me comentó que habían elegido un cuento mío para el fanzine que quieren lanzar en la universidad. Cuando me habló del tema del cuento -un niño que lee cosas diferentes con cada ojo-, lo miré extrañada sin saber muy bien de qué me hablaba.

-Yo no he escrito ese cuento, Ramón -le dije muy seria-, ¿de dónde lo has sacado?
-Pues de tu blog -responde tan tranquilo como él es, apartándose el pelo de la cara.
-¿En ridícula calamidad?
-En caleidoscopio.

No doy crédito. Caleidoscopio. El blog que escribía durante la carrera. La curiosidad se hace conmigo irremediablemente y decido dedicar mi rato libre del martes a curiosearme a mí misma. Es extraño porque he olvidado la mayoría de los poemas, casi todos los cuentos y los pequeños textos que escribía. Los tópicos siguen presentes, es decir, me reconozco, pero soy otra yo.

Recupero la preocupación por los nombres, el fantasma en los espejos, las horas de biblioteca escribiendo para el chico del jersey rojo, también poemas en azul que me cierran por un instante el pecho, pero no puedo pararlo. En retrospectiva tengo que encontrarme, saber quién era, encontrar aquellas señales que yo misma me lanzaba, descubrirme cometa, escucharme hablar de viajar como si fuese un sueño imposible, añorar ser leída, compartir mis pasiones, ser música... He intentado traer aquí uno de mis textos, pero soy incapaz de resucitar a tantos muertos.

Así que me sonrío, cierro el cuaderno, subo la voz de esta canción -"y es que lo he prometido, que mañana me voy"- y me pregunto cómo leeré este blog dentro de cinco años.

lunes, 26 de abril de 2010

podría repetirse, por favor


Todos los lunes deberían ser así.

Estar compuesto de un poco de madrugada, un sueño perfecto y un despertar lógico. Todos los lunes debería tener listo el mismo camisón, el mismo silencio, la misma luz. Debería ser una ley deambular hacia el sillón blanco con el libro entre las manos y observar, sobre la página elegida, al sol conquistando poco a poco mi balcón acristalado.

El café debería saber tan bien como hoy, llegar tarde y anunciar horas de paz. Musashi podría ser sustituido por otros, pero en este lunes el Camino de la Espada me ofrece serenidad y la narrativa japonesa se desgrana en mi regazo al tiempo de los minutos.

Charlo un poco, pero no demasiado. No quiero quebrar la quietud. El pueblo está vacío aún, tengo un remanso.

La tarde se despereza en mi costado mientras dormito entre pesadillas y recados, con la sensación de duermevela dulce de las tardes de verano. Cada vez amo más la luz tenue de esta casa, sobretodo ahora que el calor se acerca y apetece sacar la ropa de verano.

Acabo con Eiji Yoshikawa cuando vuelve el ruido a las calles. Está anocheciendo y siento hambre. El sillón blanco no quiere mi ausencia y me estiro gatuna antes de levantarme.

Todos los lunes deberían ser así. Quizá mañana pueda soportar cualquier martes.

domingo, 25 de abril de 2010

en imágenes












(porque alguna vez que otra a mí también me sobran las palabras)

viernes, 23 de abril de 2010

conquistando madrugadas


Ha explotado como una luz llenando todas las calles de colores. Ha explotado. Se escuchan palmas, música, risas, brindis en las sombras de la tarde. Los zapatos taconean y las flores lo anuncian todo.

-¿Dónde ha estado toda esta gente durante el maldito invierno? -pregunta con una carcajada Rocío mirando a su alrededor. Casi no podemos movernos entre la multitud y llegar hasta cualquier sitio supongo un caos.

María José canta y baila mientras Sarah lo observa todo con ojos curiosos y sorprendidos. A Chelo ya le suena todo esto y, simplemente, nos va conduciendo a los mejores rincones de la noche. Yo me siento agotada, desde las una de la tarde he estado de pingoneo sin sentarme y se acercan las doce de la noche ya. Hemos terminado el último plato de jamón y nos colocamos estratégicamente en una esquina cerca de la plaza vieja, al lado de la tienda donde yo siempre compraba chucherías.

Los primeros alumnos se me acercan cuando acabamos de conocer a un grupito de Cádiz que promete alegrarnos la noche. Después van llegando todos los demás. No me gusta encontrármelos en esta situación. A los menores les pregunto cuántas copas llevan y a los mayores les rechazo las copas que me ofrecen.

-Mi profesora preferida, por favor, una copa y apruébeme -me dice un caradura sin pensárselo dos veces.

Bromeamos, bailamos, nos reímos, nos vamos rescatando las unas a las otras cuando el grupo intenta separarnos en un "divide y vencerás". Luis aparece como sorpresa y Ramón me llena de besos y promesas cuando me pierdo un segundo. Sé que Miguel está por aquí, pero no consigo tropezármelo en el bullicio.

Finalmente, tras una confesión masculina que nos vuelve de risa, un espurreo, un desplante y un paseo, volvemos a las cuatro de la madrugada, sorteando grupos despiertos, para encontrar la cama.


(Alarmada después de una siesta de cuatro horas, ¿y esto ha sido sólo el primer día de cuatro?)


miércoles, 21 de abril de 2010

ir o volver


Termino de leer a Borges mientras mis alumnos se afanan en un examen y hay algo en sus palabras, en el ruido de la tarde, en la luz, que me traslada a esa hora previa a que anochezca en los eternos días de verano.

Borges me conduce a un tiempo, pero no a un lugar. Y, en mi caza del escenario perfecto para esta hora en que el calor da una breve tregua y la humedad se ha hecho con los cuerpos, viajo de mi niñez a la casa de mi abuela, al patio, al jardín, al mar mediterráneo cuando todos se iban y quedábamos envueltos en toallas, a la guitarra, al hielo de mi copa, a la última ducha, a la poesía, al olor del algodón recién lavado, a la crema corporal, al sol que ha calentado mis mejillas, a ti.

Salto, buscando insatisfecha, frustrada por la ausencia de una víctima a la que coronar dueña del tiempo en que me encerró Borges. Entonces me pregunto, paralizada, fría de pronto, si acaso no he viajado hacia el futuro y la reminiscencia me ha besado en la boca templada e interminable de esta tarde de abril.