sábado, 31 de julio de 2010

personas interesantes de la orilla del mar (I)

Hay un padre gordo de pelo largo que ha cavado, en la orilla, un gran pozo en el que ahora se ha sentado con su hija. La niña es muy pequeña y ayuda poco, pero están haciendo una muralla para que no entre el agua del mar en su agujero. Si entrecierras los ojos, parece que van los dos en una barca.

Me pregunto con qué soñará este hombre que invierte el atardecer en cavar junto a su hija, lleno de arena hasta las orejas, pálido y sonriente. Es sin duda un buen hombre -y creo que me lee el pensamiento porque ha alzado la mirada hacia mí con curiosidad mientras escribo. Su sonrisa se ha ensanchado cuando le he devuelto la mía. 

Creo que imágenes así, de la felicidad sencilla, me hacen recuperar un poco la perspectiva. Es hermoso que un adulto sea un niño con sus hijos. Seguro que él sí entendió que la serpiente se había tragado a un elefante. 

Su hija, con dos palas amarillas, una en cada mano, echa la arena hacia atrás por encima de su cabeza y le grita para que colabore en la muralla que está conquistando el mar. Su muralla es más alta que nunca. Un niño con gafas de bucear se detiene a observarlos. Quizá se pregunta por qué su padre está sentado bajo la sombrilla. 

Los niños, aunque no nos lo parezca, se hacen muchas preguntas así. 

Cuando recogemos las toallas para irnos, el padre de pelo largo, está poniendo hombreras de tierra a su hija que, a su vez, y con ayuda de las palas, lo corona de arena concentrada. Ya no se baña nadie, sólo juegan ellos, como si la noche no fuese a llegar nunca, por si alguno de los dos se hace mayor de pronto. 

Siento envidia y alegría, casi al mismo tiempo. 

shhhhh


(Silencio, Marta está pintando, hace meses que no dibuja nada, se pone nerviosa con los bocetos y le duele la barriga cuando coge los pinceles. Tiene miedo y es hermosa. Son sus deberes de hoy de camino hacia sí misma. No lo sabe, pero está muy cerca, porque pone voz de niña cuando me habla. Shhhh, silencio, nos mira con sus ojos azules, siente que la estoy describiendo).

viernes, 30 de julio de 2010

la araña, la cena francesa y la estúpida teoría sobre el cajón de melocotones


Marta quiere ir a la playa para volver a Madrid morena y alegre, por eso decido llamar a Chica y dejar que nos lleve a descubrir cualquier rincón de los que él ya haya conquistado, siempre con la promesa de acabar con una merienda de yogur griego con fruta y cereales. 

Acabamos en la playa de la araña, donde perdemos todo el glamour por culpa de las piedras y observo a Marta nadar, blanca y divertida, hacia los lugares del mar que nunca ha visitado porque es una cobardica. "Nunca había nadado tan hondo", exclama sorprendida, temerosa y dulce cuando siente sus pies aletear lejos de la orilla.  Después nos sentamos donde rompen las olas, elegimos tesoros, me divierto viéndola coleccionar restos pequeños de azulejos porque quiere imaginar cómo serían. Chica y ella se ven radiantes tan cerca del mar y es un regalo compartir el rato con ellos, aunque comencemos a pensar que la playa debería haberse llamado "la rata" por ciertos individuos de cola larga que se mueven entre las rocas lejanas... 

Tras la consabida merienda viendo pasar gente moderna por el paseo, Marta y yo volvemos a casa para preparar la cena francesa que compartiremos con Juan y Leticia para celebrar el santo de Marta. Crepes, vino, queso y paté de Francia, uvas y velas en la terraza de casa mientras hablamos de proyectos, de recuerdos y de Juan pequeño. Me gusta sentir que están en su casa, ver cómo Juan y Leticia se mueven por las habitaciones sabiendo qué hay en cada mueble, dónde encontrar tal cosa, dónde hace más fresquito o cuál es el mejor rincón para hacer una fotografía de grupo. 

La estúpida teoría sobre el cajón de melocotones llega con el fin del día, cuando ya la casa está en silencio y planeando irnos a dormir. Marta y yo comenzamos a descubrir gigantes. Por eso se acurruca junto a mí en el sillón, pequeña, racional, confundida. Y yo siento que como el sastre del cuento voy a enfrentarme desarmada, sólo con mi amor, a sus malvados enemigos. Porque cuando tienes un cajón lleno de melocotones pasados y metes melocotones nuevos, al principio parece que todo va bien, pero después los melocotones podridos van echando a perder todos los demás y, al final, sólo estás tú con el doble de melocotones pochos y unas ganas enormes de llorar.

Marta debería tener siempre melocotones naranjas, brillantes, jugosos y en su punto. Así que me voy a la cama preocupada por los kilómetros, su corazón y su miedo, preguntándome cómo haríamos para que la pequeña cajita donde duerme, vuelva a llenarse de luz.

jueves, 29 de julio de 2010

N de Marta


Marta está dormida. Ayer le dije que tenía derecho a despertarse tarde, tardísimo. Está cansada y hermosa. Sus rasgos son dulces y perfectos mientras me cuenta, con el ceño fruncido, algunas anécdotas. Llegó con su trenza en el lado, la última en el tren, arrastrando su maleta y el duermevela, clamando por un bocadillo cualquiera porque había olvidado llevar nada para cenar.

Me hubiese gustado preparar la casa. Poner un cartel en la puerta que dijese "bienvenida", arreglar su lado de la cama con especial esmero, tener lista su cena preferida y un postre increíble. Pero el día ha sido largo y cansado. Antonio y Alicia se han ido después de un largo almuerzo con trivial y he terminado de limpiar a las diez y media de la noche. Así que cuando Marta atraviesa la puerta de casa no hay nada especial salvo mi mal humor por el cansancio.

La recibo con besos y abrazos, pero en cuanto estamos sentadas me doy cuenta de que tengo un humor horrible. Doy respuestas rápidas y soy tajante. Imposible debatir, dialogar, conmigo. Así Marta no va a contarme por qué su voz enciende mis alarmas de preocupación por el teléfono. Le pido disculpas y me sonríe con cariño.

Antes de irnos a la cama, la escucho recortada a la luz de la luna, con la sombra del balcón oscureciéndole la boca, su piel pálida brillando con una claridad casi mágica. Me doy cuenta de que me alegro de que esté aquí de una modo infantil y a la vez sereno, como si la casa no hubiese estado completa hasta que ella no llegase con la botella de vino de Francia y el queso.

Ahora Marta está dormida. Se acurruca como una niña eterna. Y yo ya estoy nerviosa, aguardando en silencio a que se levante, para prepararle un fantástico desayuno que compense mi cansancio gruñón.

miércoles, 28 de julio de 2010

bandera roja


Las olas son enormes. Ahora entiendo algunos de los tópicos que he escuchado durante toda mi vida, sobre los corceles blancos invencibles del mar, entiendo algunas obras de arte, entiendo el concepto de naufragio, entiendo la tormenta como un eco. Las olas son enormes, se unen, se rompen, se suceden, en blanco de violencia desatada, feroces y magníficas, desafiando con su verticalidad la nuestra. Hoy el mar es del mar. La arena es del mar, el sonido. De este mar verde incontenible, tiznado de marrón por la marea, azul en lo profundo inalcanzable, humedeciendo mis mejillas como lluvia traída por el aire. Las olas son enormes. Los barcos se mecen blancos, diminutos. Yo observo, ensimismada, el baile indefinido, el nacimiento, el crecimiento, la muerte de olas sobre olas, del mar contra el mar.

(Antonio y Alicia están aquí, dormidos a la sombra de la tarde, parecen niños descubiertos en el centro de un jardín secreto).

martes, 27 de julio de 2010

últimas pinceladas


La estantería blanca de la poesía ya tiene libros. Quizá porque mi madre se empeñó en que comenzase a darle vida, porque yo me acabo acostumbrando a los vacíos y dejan de molestarme. Me resulta fácil vivir con las cosas tal y como están: la cómoda vacía, la estantería en blanco, los estantes huecos del aparador, el silencio en la terraza, el techo con los cables colgando... Pero ella llega, tempestuosa y alegre, poniéndonos a mi padre y a mí en marcha, obligándome con ternura a dar las últimas pinceladas.

Y ha quedado bonita la estantería de la poesía con las tazas de Marta. Y ha quedado bien el ventilador de techo en el salón.

A veces todavía me cuesta acostumbrarme a esta vida y, a veces, siento que siempre he vivido así -como cuando grito por la noche porque he descubierto a Carolina en mi cama y esperaba estar sola-. Parece mentira que lleve sólo un mes aquí y, al mismo tiempo, parece imposible que sea tan poco tiempo.

¡Qué pronto se ha llenado la casa de rutinas y tradiciones! ¡Qué pronto se ha convertido en un hogar! ¡Qué dulce poder acoger a mis padres y sentirlos en casa mientras bajamos al mar o colocamos un armario! ¡Qué milagro poder orar en casa de Pedro y Claudia en comunidad mientras Juan rueda en la barriga de Leticia como si todo tuviese sentido!

Y esta semana promete estar llena de frases por terminar, cuando Antonio y Alicia atraviesen la puerta, cuando espere emocionada la llegada de Marta -hermosa, asirenada- en el andén de la estación...

Sí, la estantería de la poesía, sí... Tantas cosas... Sí... Lo de siempre... Yo...

domingo, 25 de julio de 2010

cuando el mar ocupa todo mi tiempo (o vienen mis padres y Carolina)


Creo que desde que era niña, jamás había buceado en el mar con los ojos abiertos. El miedo a la sal, a las profundidades, los viejos consejos... Pero Carolina me reta e, impresionada, veo mis manos brillando bajo el agua, nítidas, cristalinas, como si la luz se partiese entre mis dedos y recorriese el camino hacia los cuerpos que conozco y que observo flotar sumergidos.

Tampoco recuerdo la última vez que hice un túnel en la arena, pero Quique se empeña y me lleno las uñas de tierra, la risa y las orejas. Salto olas, vuelvo a jugar a las paletas con Manuel, callado y concentrado, con su media sonrisa cuando la timidez le deja un lado. Mi tío y mis padres me acompañan, junto a Carolina. Es un día de paz. Un bendito día de paz para guardar, como dice Carolina, en el cajón de las cosas preferidas. Aunque acabase con las mejillas arrebatadas por el sol y las rodillas negras.

Para terminar la receta, el día acabó coronado por una cena con actores, por conversaciones de las de antes, por carcajadas de las de antes y caminos y mojitos y encuentros de los de ahora. Recuerdo a Roca en las ruinas del teatro romano, las largas caminatas, las prisas y la guitarra. La noche aparece llena de luz y de propuestas y se ríe de los bostezos que Carolina y yo dejamos escapar rumbo a su casa, cuando la madrugada vuelve a conseguir hacernos un hueco y el río deja de llevar agua.

Sí, efectivamente, un día para guardar en el cajón de las cosas preferidas, como va prometiendo ser éste mientras escribo tras la sal y observo a mis padres en la terraza, morenos y contentos leyendo y curioseándome el mundo.