martes, 14 de febrero de 2012

el hombre que llevaba una orquídea y mi reflexión


imagen cortesía de un amigo

Suena la canción Maybe this time en la voz de Liza Minnelli y yo no he conseguido escribir una sola página hoy.  La verdad es que cuando la melodía empieza a desatarse, todo gana otro glamour que hace empalidecer cualquier preocupación. Recuerdo mi primer año en la compañía de teatro Mamadou, cuando dábamos la bienvenida al cabaret y yo aprendía a andar con tacones. La magia del espectáculo oculta cualquier preocupación señalándola con un cañón de luz. Es impresionante. 

Conduciendo hacia el trabajo, por la ruta alternativa que me hace recorrer caminos sinuosos por el campo, pensaba en retomar este blog, que tengo un poco abandonado, hablando de esa escena cotidiana que de pronto despierta mis instintos noveleros y que, después, no llevo a ningún sitio. No sé si lograré hacer de esto una costumbre, últimamente huyo de todo lo que suene a obligación, me aburre. Pero, por hoy puede pasar. 

Esta tarde, camino de "mi librería de costumbre" -me encanta esa expresión- para buscar los libros con los que premiaremos a los alumnos que hayan escrito los mejores poemas del concurso, me crucé en un paso de peatones con mi personaje de hoy. Era un señor mayor, bastante mayor, de los que ya andan renqueando, pero bien comido, de cara ancha y satisfecha, que portaba, con ojos de niño, una enorme orquídea envuelta en papel celofán. La llevaba con las dos manos, cruzada sobre el pecho, mientras en su rostro se dibujaban las mil historias que se debía ir contando. Estaba claro que planeaba algo, estaba claro que fantaseaba con el momento en que le diese esa flor a su mujer o a su amante o a su nieta. 

Yo reniego de estas fechas en las que hay que hacer cosas por obligación, sobretodo demostrar cariño por obligación. Pero hoy, tres alumnos y este señor me han dado una pequeña lección que no esperaba. No toda la gente tiene la misma facilidad para encontrar el momento exacto para decir lo que sienten, no todo el mundo se siente libre de demostrar su amor en cualquier situación. Y, cuando cuesta trabajo y no sabes cómo decirle a la profe que gracias, se venden rosas más baratas. Y, cuando han pasado muchos años y no sabes cómo recordar los primeros días, venden orquídeas monstruosas en la esquina más arriba de mi librería preferida. 

No lo sé. Yo no voy a comprar rosas ni perfumes ni bombones ni tarjetas, no voy a invitarte a cenar, ni buscaré nuestra canción. Para eso ya tuve ayer y tengo mañana. Pero tengo la sensación de que ellos, algunos, sintieron hoy mejores sus cartas (como los dos chicos de primero que se han intercambiado regalos en silencio y se han marchado sin más) y aprovecharon el tópico instante del comercio para mostrar sus sentimientos. 

3 comentarios:

La sonrisa de Hiperión dijo...

Las rosas nunca estorban...

Saludos y un abrazo.

Anónimo dijo...

Esto finalmente es como los de los regalos de Navidad. Yo no suelo seguir el ritmo de tantos días para recordar, pero finalmente está claro que celebramos lo más humano,en el ámbito más saludable de la palabra, en un mundo atropellado por mil olvidos. Estos días renuevan nuestros cariños y afectos. Yo no regalé ni me regalaron, pero ese día escuche a mi compañera de trabajo decir mil veces: ¿os he felicitado? Hoy es nuestro día, qué feliz me siento. Y es que ella y tantos son todo corazón

Anónimo dijo...

Esto finalmente es como los de los regalos de Navidad. Yo no suelo seguir el ritmo de tantos días para recordar, pero finalmente está claro que celebramos lo más humano,en el ámbito más saludable de la palabra, en un mundo atropellado por mil olvidos. Estos días renuevan nuestros cariños y afectos. Yo no regalé ni me regalaron, pero ese día escuche a mi compañera de trabajo decir mil veces: ¿os he felicitado? Hoy es nuestro día, qué feliz me siento. Y es que ella y tantos son todo corazón