jueves, 22 de diciembre de 2011

a nadie le gusta la navidad


A cualquiera que le preguntes, responde que la Navidad es fastidiosa, cuanto menos. Escucho renegar de las reuniones familiares, renegar de los compromisos, de las compras, de las luces, de los anuncios, de las conversaciones de las cenas... ¡Pero nadie cambia nada! Todo el mundo continua echándose a la calle para llenarse las manos de bolsas y la cabeza de quebraderos. 

A mí me gusta la navidad, porque cuando era pequeña íbamos a ver Belenes y comíamos chucherías, pasábamos el día en familia -sobre todo disfrutando de papá- y veíamos películas, recibíamos visitas, jugábamos en la calle con niños a los que sólo veíamos una o dos veces al año. Me gusta porque en mi casa se cantaba, y yo pedía el aguinaldo de puerta en puerta y nos llovían los regalos y hacíamos bolitas de coco con la abuela. 

Sí, está claro que los recuerdos tristes vuelven con más intensidad en estos días que en el cinco de abril, porque del cinco de abril no se acuerda nadie, pero de la noche buena sí. Eso no puedo negarlo, ni tampoco que se eche en falta a los que ya no están o que el alma se resienta un poco viendo en lo que se ha convertido una fiesta familiar. El problema es que me resisto a ser una más de los que se quejan, me resisto a dejarme arrastrar por estas fiestas en lugar de dejarme transformar o ser yo herramienta de transformación. 

A mí me gusta poner el árbol y llenarlo de dulces, me gusta subir los pies al sofá y ver pelis que resultan insufribles en otra época del año, me gusta inventar manualidades para regalar y escuchar a Sinatra, me gusta volver a ver a gente que sólo veo una vez al año y convertir todo en victoria en lugar de en pérdida. No va a zarandearme el tiempo libre, soy yo quien elige lo que hacer con él. 

¡Nada de perezas y de arrastres! Muévete. 

martes, 20 de diciembre de 2011

quiero decir


Apago la luz y sólo queda el árbol de navidad iluminando nuestras copas vacías sobre la mesa, los restos del postre, la botella a medias, unas cuantas gominolas. La casa respira satisfecha, con ese aire calmo de después de la batalla, como el vientre de la ballena. Es como si con su respiración tranquila me aprobara. Los libros que hemos acariciado laten en las estanterías y los testigos mudos de nuestro tiempo prometen dedicarse la noche a los cotilleos cuando me vaya a la cama. 

Lo he apagado todo, menos las titilantes luces blancas del árbol, y he subido los pies al sillón para captar con mis palabras el aire de mi guarida, como si todo supiese que has estado aquí y aún permaneciese tu calor en las paredes. 

Aprendí las conjugaciones de los verbos cuando las declinaciones en latín, quizá por eso no sé conjugar los tiempos en pretérito o se me hace ardua la tarea de enarbolar terminaciones de futuro simple o perfecto. Quiero decir: el pasaje de la flor. Quiero decir: ahora entiendo el concepto puzle. Quiero decir: diciembre otra vez. Quiero decir: contigo. Quiero decir: gracias por la guerra, la victoria, la paciencia, las cosquillas, la madrugada, el primer baño en alemania, la guitarra, el rincón prohibido de tu barba, lo que no dices, lo que cantas, lo que leemos, el circo ruso, las recetas que inauguras, el mojito, el silencio, la villa de los libros, este clima que alumbra mi casa cuando llegas y se queda cuando te vas. 

Mi cocina es un desastre, la mesa sigue puesta, mañana creerás que vuelves a vivir en el infierno, pero yo te ofrezco el mundo que he creado, con palabras, para ti -y todos los que eres. Quiero decir: me caigo de sueño. 

sábado, 10 de diciembre de 2011

mecanismos del tiempo o el camino a babia


El tiempo juega conmigo. A veces una hora se hace interminable y una tarde pasa en un momento. Entonces el café se queda helado entre mis manos y pienso cómo he llegado hasta aquí. O deambulo hasta que me alcanzas con la mano para atarme a tierra. Como si mis ideas quisiesen escapar, como si toda yo, por dentro, fuese búsqueda. De algo. No sé el qué. Pero búsqueda. 

Estar en los laureles. Ensimismarse. Visitar Babia o andar en las nubes. Puedo llamarlo de muchas maneras, pero vengo con la cabeza de vuelo, con las ideas a punto de estallar, con el cuerpo en jaula. 

Puedo estar conduciendo, escuchando música contigo, hablando por teléfono o leyendo. Puedo estar mirando a Carmen dormir en el sofá y cualquier detalle, el más mínimo elemento, desencadena el ascenso, la búsqueda indiscriminada, como si el mundo dejase pistas para una respuesta genial que debe andar en algún lado. 

Y, absorta, los minutos pesan como mantas en invierno o se desvanecen entre mis dedos. Lento, rápido, lento. Lento. Tan lejos de todo en un instante, que me siento la desconocida. 

viernes, 2 de diciembre de 2011

con mis hijos a jaén

foto de claudia garcía pinto

Cuando llegamos, es otoño en el parque de la victoria y comienzan a montar la pista de patinaje sobre hielo. Les cuento a Carmen y Claudia que ahí daba de comer a los patos y miro, absorta el quiosco de la orquesta vacío. El aire es de interior, los olores son distintos. 

Mis padres, Javi y Jaci llegan un poco después. Siento como si estuviese comprobando que cada cosa está en su sitio. Es una sensación mágica. Tomamos un café mientras llega la tía Rosa, tan delgada como siempre, e intentan hablar de ti, pero zanjo la conversación porque "yo he venido aquí a hablar de mi libro". De camino a la biblioteca respondo a una entrevista con el periódico y observo las calles, los comercios que han cambiado, las luces que se van encendiendo... hacía tiempo que no paseaba por estas aceras y lo echaba de menos. 

Jose Alberto Arias Pereira, que será mi presentador, espera ya en la puerta, con sus maletas, porque ha bajado de Madrid para matar dos pájaros de un tiro: a su madre y a mí. Charlamos sobre su estancia en la Residencia de Estudiantes cuando llega Paco Ruiz para darnos la bienvenida. Entonces veo a Ana llegar de la mano de su increíble y apuesto caballero -desprenden empalago por donde pasan- y aprovecho para largarme a saludar. 

Más tarde, cuando estamos en la increíble sala donde se llevará a cabo la presentación de mi novela, comienzan a aparecer rostros conocidos. Llegan Jose Luis y Rocío y descubro que quepo perfectamente aún en los abrazos de Jose. Justo cuando voy a saludar a Juan Fran, veo a Jose Miguel en la puerta, que se ha escapado de Suiza para verme. Y entonces descubro el cuerpo diminuto de Sandra, una de mis primeras alumnas que, delgada y grácil, se ha escapado para verme -ya es universitaria, madre mía. Y así se van llenando los asientos que en un principio me habían parecido demasiados: la tita Tina y el tito Roge, con Raúl y María, Conchi y Eugenia con su familia, Juani, Julilla, Miguel, Ramón (él único que sabe de dedales) y Blanka... ¿De quién me olvido? ¡¡La sala estaba llenísima!! 

Por eso cuando comenzamos a debatir sobre literatura, cuando comienzan las preguntas sobre Los cines somnios, cuando recuerdo una anécdota de un encuentro con un lector bajo la lluvia -cuya familia ha venido en su representación y eso hace que podamos ponernos en contacto-, cuando el vídeo de mi hermano Javier se ve en pantalla grande y observo los rostros alegres de los que comparten conmigo este sueño o se han dejado encandilar por él, entonces, justo entonces, doy gracias a dios porque estoy viviendo de nuevo mi sueño y en estos casos sólo se puede ser agradecido. 

Al volver a casa de madrugada, al volver a mi cama después de haber pasado por las nieblas de la montaña entre risas de Carmen y Claudia, después de haberme despedido de los míos con el corazón encogido, ya entre las sábanas, bajo mi techo, sonriente y repleta: ¡¡no puedo conciliar el sueño!! 

(creo que levitaba) 

martes, 29 de noviembre de 2011

han llegado a casa


No sé si estoy más nerviosa que la primera vez. Seguramente sí. Mi madre dice que ha sido un embarazo al completo porque han supuesto nueve meses de espera y de trabajo. Yo sólo sé que he echado a mucha gente de menos cuando he abierto la caja y que hubiese querido brindar con los míos en la cocina de casa mientras se metían conmigo. 

Son quince libros que, además de mi nombre, llevan otro dentro. Quince libros que vienen a verme como pájaros, porque yo los acaricio, los huelo, los hago bailar, como se deben bailar los sueños a ritmo de locura. 

Carmen, que está en casa, me mira y se ríe al observar las tonterías que puedo llegar a hacer con un libro entre las manos. Llamo a papá, llamo a Javier, mamá me telefonea emocionada un poco después que tú. Mi voz es como una fuente y mis pies no dejan de moverse por la casa. Finjo un desvanecimiento, confieso entre risas que me había convencido a mí misma de que todo era mentira, para así no tener miedo de lo que pudiese salir mal. Y ahora son quince libros en una caja. 

Los apilo, los recuento, los llamo por su nombre sin dejar de sonreír. ¿Se puede vivir el mismo sueño dos veces? ¿Quién me va a conseguir hacer dormir hoy? Pienso en Marta, pienso en mucha gente, muchos nombres vienen a mi cabeza, algunos dulces, otros no tanto. Pero la casa se llena de libros y recuerdos, y me digo que estoy haciendo un recuerdo nuevo, un bellísimo y hermoso recuerdo nuevo. Porque un día diré: "cuando llegaron los libros" y seré más vieja y tendré nuevos sueños. 

jueves, 24 de noviembre de 2011

cuando pienso en las personas, las pienso en un color


El domingo por la tarde, en casa de Alberto con las guitarras, os hacía preguntas de la entrevista a Quique González. Como era de esperar, estaba la típica pregunta: "un color". Me encanta esa pregunta porque compruebo si los demás se ven a sí mismos como yo los veo. Alberto dijo "rojo" y yo asentí satisfecha, pero tú dijiste "verde" y me chirrió. Así que ayer lo iba pensando mientras conducía. 

Pensaba en las personas que conozco y en el color que les otorgo en mi imaginación. Descubría que era facilísimo con los niños: Lucía es rosa chicle, Carmen es rojo y Manuel es azul mar. Mi madre es color teja, mi padre es rojo también y mi hermano ronda algunos días el morado oscuro y otros el rojo. La abuela es rosa fucsia, el abuelo verde oliva. Marta es naranja. Ana P. es de un azul pálido... Así iba al volante, repasando a todas las personas que conozco. Imaginando el color del que las veía e intentando intuir de qué color se veían a sí mismas. 

Hay personas con las que es sencillísimo, son un color concreto y ya está, no lo tengo que pensar. Hay otras que oscilan o que me lo ponen difícil. Como tú habías dicho verde, intentaba encontrar alguien verde. No encontré nadie del color de los brotes de las ramas y tampoco a ti te encajaba ahí. Verde... no conozco a nadie verde, del verde de las ceras de colores, del verde de los árboles en primavera. Porque tú no eres de ese color, tú eres más como tus ojos y andas, verde pardo, a las fronteras del marrón y el gris -aunque siempre te imagine en rojo. 

Por eso mi próxima tarea será esa: descubrir a alguien verde junco. Así que si alguien verde me está leyendo, que se manifieste. 

lunes, 21 de noviembre de 2011

calendario de adviento 2011



CALENDARIO 2012 (pincha aquí)

Aquí os dejo el calendario que he hecho este año. Algunos ya me estabais amenazando y eso no está bien, pero es que no doy a basto. ¡Espero que os sirva! Feliz Adviento a todos.

viernes, 18 de noviembre de 2011

quiero un abrigo con los bolsillos rotos


Cuando leía El jugador, Claudio me explicaba la parte autobiográfica que tenía esta narración. Me contaba que  Dostoievski comenzó a aficionarse al juego y que perdía todo lo que ganaba en la ruleta para volver a recuperar su libertad. Su dependencia del azar lo hacía sentirse esclavo así que cada vez que ganaba una mínima cantidad, la exponía toda al azar para volver con las manos vacías a la inmunidad de la miseria. 

Anoche cuando volvía en coche a casa me acordaba de esa historia. Iba reflexionando sobre algo que había cantado Mabu y que se me había quedado dando vueltas en la cabeza, era algo así como "nunca hubo nada que perder". Sé que es una expresión que hemos oído en millones de ocasiones, "no te preocupes, no hay nada que perder", "no tienes nada que perder", etcétera. Pero a mí se me quedó colgada de una idea. Y, de pronto, me sentí deudora del mundo y me sentí acumulando todo tipo de cosas, sentimientos, ocasiones, lugares, momentos, libros, vestidos, caricias... Guardando como las hormigas del cuento en algún lugar de la memoria -esa cámara del tesoro, de los secretos-. 

Y entonces pensé que quería un abrigo con los bolsillos rotos, para no poder acumular, para que todo se escapase y no me pesase en las caderas. Para tener siempre las manos libres al recibir, el espacio justo donde resguardar un rato. Fue cuando me acordé de Dostoievski y de Claudio, fue cuando hice un símil con mis mudanzas y su manera de jugar a la ruleta. Cuando recordé aquello de "déjalo todo y sígueme", "que los muertos entierren a sus muertos" y demás. 

Qué difícil nos parece, y qué fácil sería. 

miércoles, 16 de noviembre de 2011

a unos pasos de soñar



Ya queda poco, queda tan poco que no sé si estoy más nerviosa o más relajada. Este magnífico vídeo lo ha realizado mi hermano Javier a partir de las fotos de Daniel Lasalle, de una imagen de Marta Mesa y de la música de Pedro Corredera. Todo un equipo del que no puedo sino presumir. 

Siempre es genial ver cómo un sueño se va convirtiendo en realidad, pero es mucho más genial cuando los que están a tu alrededor lo convierten también en su sueño. ¡Gracias a todos los que os sentís parte de esto!

domingo, 13 de noviembre de 2011

porque somos unas señoras


Porque somos unas señoras, llevo a casa de Carolina una botella de sidra asturiana que degustar con su maravilloso pollo asado sobre una base de cebollas, tomates y patatas. Y, porque somos unas señoras, tomamos de postre uvas con queso. 

Sí, por esa misma razón, decidimos ir al jardín botánico y no sentirnos desfallecer cuando nos avisan de que ya ha cerrado. Las señoras tienen habilidad para cambiar de planes con dignidad y encaminarse hacia la presa para ver el pantano y los árboles. Para contarnos la vida, hacernos fotografías bucólicas, reírnos de la suerte y dejar al viento llevárselo todo. 

Carolina y yo decidimos llenar una tarde de sábado de significado -o de un significado diferente al de "sofá"-. De la mesa a la presa y de la presa al café frente al mar, a la cafetería que ha sido testigo de tantas visitas durante el último año. Notamos la crisis porque no nos ponen chucherías, pero abrazamos las tazas enormes entre las manos mientras olas gigantescas amenazan con llegarnos a los pies y nuestras voces se pierden entre los rugidos de esa fiera llamada Mediterráneo. 

Quizá porque nos estamos sintiendo en equilibrio con el mundo, Carol y yo no estamos dispuestas a abandonarnos tan rápido. Así que volvemos al centro, aparcamos el coche y paseamos hasta mi último descubrimiento: un bar de modernos con banquetas altas de madera blanca con cojines de un rosa estrafalario. Cuando llega el camarero dudamos: ¿cerveza, un refresco, una copa y que sea lo que Dios quiera? 

Pero somos unas señoras y debemos mantenernos. Erguidas en nuestras banquetas, con una dignidad aún no asentada por los años, Carolina y yo pedimos dos copas de vino blanco -que recibimos asustadas pero degustamos sorprendidas por su buen sabor-. A medio día brindamos por Asturias y a las nueve de la noche, brindamos por nosotras, por el paso del tiempo, por los giros de la vida... Y degustamos queso camembert empanado con frambuesa. 

Divinas, satisfechas, enseñoreadas, felices. Carolina y yo, como en los viejos tiempos. 

martes, 8 de noviembre de 2011

literaturizada


Sin culpabilidad vuelvo a este rincón. En estos días no he parado. Dentro de tres semanas saldrá a la venta Los cines somnios, la continuación de mi primera novela publicada. Eso implica que no haya tenido espacio para desconectar: fotografías, correcciones, revisión de la maquetación, nueva web, peleas con la portada, vídeo de promoción... 

Poco a poco he ido pringando a todo el mundo en el proyecto, desde mi familia más directa, hasta todos los amigos que se han puesto por medio. Supongo que porque me quieren y saben la felicidad que todo esto me procura, no dejan de animarme y ofrecerse para echar una mano. 

Son días de nervios, de emoción y de pereza. Porque se ve todo tan cerca y tan lejos, que no sé si quiero que el tiempo pase como una centella o que se vaya desgranando perezoso para que mi corazón siga latiendo acelerado. Al releer la historia siento vértigo, el miedo a que no sea suficientemente buena aparece, también la satisfacción de un trabajo realizado. 

Mientras escribo estas lineas, Claudio se acerca a contarme un proyecto de novela. Pienso en todo lo que cuesta poner en marcha el monstruo de la literatura y me siento agotada y feliz. Pronto, pronto, casi ya. 

lunes, 24 de octubre de 2011

a la orilla del manzanares


Estamos sentados en el parque que han hecho a la orilla del río Manzanares. Este parque enorme con los mejores toboganes del mundo, lleno de bicicletas y patinadores, de risas de niños que transforman la visión de urbe de Madrid en otra cosa mucho más ligera y cercana. Estamos sentados bajo una farola en un banco de madera interminable, cerca hay un bar con terraza iluminado en colores fuertes que la noche se va tragando poco a poco. La gente sigue paseando, como hemos paseado nosotros hasta cansarnos. Ahora tienes tu guitarra, nos tienes a las dos pendientes de ti. 

Preparas tus canciones, miras lo que vas a elegir, afinas. Entonces empiezas a cantar La historia de Febo y Dafne y, ensimismada, me pongo a grabar este momento. Giro con la cámara en la mano para captar el ambiente del parque cuando una bicicleta pequeña se cuela en mi campo de visión. Una niña sonriente dice hola a la cámara vestida con su camiseta fucsia. Tiene los dientes perfectos de los niños y esa inocencia feliz en la mirada que tanta envidia me da. Sigue conduciendo hasta pararse a unos pasos de ti. Me mira y te mira, como pidiendo confirmación. 

Y se queda allí. Escuchándote cantar. De pronto la veo luchar con su bicicleta. Se ha bajado e intenta poner la patilla para que se mantenga de pie sola. Se le cae encima, la vuelve a levantar, vuelve a intentarlos, siempre sonriente, aunque con el ceño fruncido. Lo consigue al fin y triunfante, se gira para mirarte y, sorpresa increíble, se pone a bailar tu canción. Y baila y hace palmas, absolutamente encantada por disfrutar de ti y de tu guitarra. 

Cuando terminas, sale disparada hacia el bar donde deben estar sus padres. Imagino que va a contarles su aventura y tú y yo comentamos el momento. Estoy un poco emocionada, así que me sorprendo cuando noto una mano pequeña en mi rodilla y, al volverme, la niña de la bicicleta está frente a nosotros otra vez, mostrándome una brillante moneda de cincuenta céntimos. Me la tiende sin hablar, sosteniéndola con dos dedos. Como una niña de la selva me hace gestos. 
 -No, cariño, no canta para pedir dinero -le explico abrumada-. Quédatelos y gástalos en chucherías. 

Pero ella niega e insiste. Así que, para no decepcionarla, tomo su moneda. Nos da la gracias asintiendo con la cabeza y vuelve a correr para alejarse. Más tarde descubrimos que se llama Claudia. 

Tú vas a guardar la moneda porque es uno de los objetos más cargados de magia que tienes, después de mí, claro. 

martes, 18 de octubre de 2011

como yo me lo explico a través de Holan


El libro de Holan es el libro de poesía más caro que tengo. Me costó treinta euros. Esos son muchos euros aunque sea un libro gordo y en edición bonita. Además, cuando compras poesía siempre te da rabia pagar tanto por palabras en folios casi blancos -y esto lo digo también como poeta que piensa vender sus libros caros-. Entendedme, no me apedreéis. Lo que quiero decir es que, a pesar de que Holan era muy caro, yo quería a Holan en mi librería. ¡Y eso que sólo había leído once de sus poemas en internet de los que sólo me habían gustado cuatro! 

Pero esos cuatro me había gustado mucho. 

Primero fui a mi librería habitual sabiendo que Holan no iba a estar -la sección de poesía es pequeña-. Después fui a una librería más grande. Miré en la estantería y, al no verlo, incluso pregunté. En Madrid lo vi en una de las tiendas y lo dejé pasar. Hasta la segunda estantería del segundo comercio no me decidí a comprarlo por fin. Eran treinta euros. Con treinta euros se pueden comprar tres libros de bolsillo no muy gordos. Sí, Holan era gordo, pero eran treinta euros -aunque al final sea una metáfora sé que sueno capitalista y el precio del arte y todo eso, blablablabla-. 

Me llevé mi libro de Holan que pesaba un muerto. Leí en el metro esperando encontrar la respuesta a todas mis preguntas. Pero el primer libro de la antología hablaba de la muerte y de cementerios y de la muerte y de cementerios y una y otra vez. No fue una muy buena primera experiencia. 

La verdad es que conforme leía a Holan me daba cuenta de que me gustaba uno de cada diez poemas. ¡Y habían sido treinta euros! Pero al llegar a ese poema que me hacía vibrar, me olvidaba del precio. O sentía que había merecido la pena. 

Estoy tratando de decir que no devolvería a Holan a la tienda aunque me devolviesen mis treinta euros. Asumo que me gustará de la misa la mitad. Acepto que sólo subrayaré algunos textos. Es más, acepto que puede que en unos años entienda más a Holan que ahora. Y sólo lo llevo a la mitad. 

La cosa es que yo sabía que existía Holan y que quería a Holan. Sabía que no me gustaban muchos de sus textos, pero aún así lo deseaba por algunos versos. Porque me dijo: "porque la oscuridad me da miedo como a todos los hombres" y yo lo tomé de la mano y lo amé. 

jueves, 13 de octubre de 2011

de la terrible autosatisfacción que encuentro en hacer "cosas" de escritor


Bebo lentamente el té mientras corrijo los capítulos que escribí este verano y que dejé sin terminar porque la actividad me sacó de casa. Bebo el té, leo y miro la luz alejarse. Hoy sentada en el sillón rojo para estar más concentrada y más recta. Utilizando mis rotuladores bonitos para corregir, escuchando música que me gusta, haciéndome en este rincón mi casita para jugar a la escritora, como cuando era pequeña y hacía nidos bajo las mesas. 

Nunca me dejo disfrutar demasiado tiempo de esto porque no puedo vivir de ello. Porque después tengo que salir a practicar como seño de lengua y me entristece alejarme de las tazas de café. 

Pero hoy me he dedicado la tarde, hoy que por fin me di permiso para fantasear, me encierro entre mis propias palabras con el ceño fruncido, corrigiendo y corrigiéndome. Feliz por sentirme escritora en mi despacho improvisado, descalza, con el pelo mojado y mi té (pensando en ti de vez en cuando). 

jueves, 6 de octubre de 2011

brillar


Un niño de ojos azules corre sentado en su monopatín mientras habla solo cuestabajo. Lleva el pelo de punta y se ríe sin que nadie le responda ni le de conversación. Como descubre que ha llamado mi atención, me sonríe y dirige su diálogo hacia mí. Yo tuerzo el gesto avergonzada al ser descubierta alimentándome de su felicidad. Él brilla. Me cruzo con sus padres unos pasos más adelante, van discutiendo, insultándose y diciéndose barbaridades, andando lejos el uno del otro. Pienso en los ojos azules del niño y pienso en el heroísmo que demuestra engañándose a sí mismo hablando en voz alta para no escuchar las voces de sus padres. Es triste. De alguna manera también es esperanzador. 

Ayer vi a una chica preciosa esperando al autobús. Era como si toda la belleza de la ciudad se hubiese concentrado en ella. También brillaba. Creo que me descubrió mirándola brillar. 

Hay veces en las que me siento como un arqueólogo. Recorro la ciudad, mis horas, atenta a lo que el mundo muestra para demostrar que la esperanza sigue viva en muchas partes. Nunca estamos atentos. O quizá nunca estamos lo suficientemente atentos. Y ellos brillaban. Muchas personas brillan a lo largo del día, resplandecen en gestos cotidianos y diminutos, pero están ahí. Pasan desapercibidos. Cada vez que descubro uno de esos pequeños milagros, siento que he metido mi nariz en una cueva llena de tesoros y, como si se tratase de una energía vital, sonrío durante un buen rato sin saber muy bien por qué. 

Sé que es mi narradora la que habla, pero es que... ¡a veces sois tan sorprendentes, tan geniales, tan brillantes, seres humanos!

domingo, 25 de septiembre de 2011

veintisiete (odio escribir enteros los números)


Un año más. (Después de escribir esas palabras me quedo bloqueada y en silencio, escuchando las campanas de la iglesia y los pájaros sobrevolando el balcón). 

Éste era el primer cumpleaños que celebraba sin mi familia, aunque lo comenzásemos a festejar la semana pasada. Ha sido la primera vez que he soplado las velas sin ellos. Hay gente que pasa su día lejos de los suyos porque está de viaje o porque las fechas favorecen esa distancia. Yo cumplo años al inicio del curso, así que siempre estaba en casa para que mamá me hiciese mi comida preferida, para que me despertasen con las mañanitas y me regalasen cosas al brindar con el champán. Este septiembre decidí celebrar el cumpleaños familiar con mi abuela y dejar el mío para los demás. 

Como estoy descubriendo una nueva forma de amar a través de la cocina, invierto mis horas libres durante la semana en hacer trufas de chocolate de las que te encantan, palmeritas dulces, magdalenas glaseadas como las de Marina, pastel con limón... Y al mismo tiempo voy preparando los poemarios que regalaré durante mi merienda, porque me encanta hacer regalos a los demás el día de mi cumpleaños. Compro flores y preparo el salón con esmero. Tú llegas a prenderte de mí y agasajarme con tus regalos formados de palabras: libros ilustrados que me restan años entre tus manos. Y dejas tu cuento preferido en mí, y leemos con los dedos y me dices: "cerezas, polvo, silla" antes de que llegue nadie. Hago para los dos mi comida preferida mientras Lucía termina sus deberes al otro lado del teléfono, lejos de aquí. 

Manolo, Héctor y Carolina llegan los primeros y, aunque no lo decimos, echamos de menos a Chica, porque le habrían encantado mis dulces. Después aparecen Carmen, Silvia y Claudia, riendo y entre anécdotas. Más tarde llega Jesús y, como último regalo, Belén. Recibo libretas preciosas, un bolígrafo inquietante, un sofisticado sacacorchos, un gorro de lana, marcapáginas hechos a mano y broches para mis abrigos, un anillo de café, chocolaterapia y besos. Jugamos, comemos, soplo las velas y cantamos rápido. 

A las nueve llegamos a la parroquia donde cantan Almudena y Brotes de Olivo. Juan y Leti han venido con mi tortuga ninja para compartir este ratito. Por eso me siento bendecida. Por los besos de JuanPequeño y sus cuatro dientes blancos, por sus gritos, sus pasos torpes e indecisos, sus ojos grises de chico que lo sabe todo y disimula. 

Pero las celebraciones no han terminado todavía, Jose Antonio Delgado da un concierto en el centro y quiere que lea algunos de mis textos en su foro. Para mí es un regalo su admiración, porque lo veo brillar. Subo al escenario temblorosa, pero voy tomando pulso a su terreno y acabo feliz, volviendo a tu abrazo, más completa aún cuando eres quien me sostiene. 

Sí, con la casa patas arriba y el cuerpo cansado, veintisiete me sabe a miel. 

jueves, 22 de septiembre de 2011

más vale tarde...


El fin de semana pasado tuve la suerte de pasar algunas horas con mi familia para la celebración del cumpleaños de mi abuela. Después de disfrutar de mis padres y de mi hermano, nos fuimos en coche al campo. Al llegar, Javi y yo nos escondimos y todos pensaron que no participaríamos de la celebración. Entonces aparecimos y mi abuelo se puso a llorar emocionado. 

Es curioso lo sensibles que nos vuelve la edad. Recuerdo leer una novela en la que una abuela le explicaba esa sensación a su nieta, la de ser capaz de emocionarse con una facilidad pasmosa. Mi abuelo se emociona a la mínima de cambio y a mí me parece entrañable. Sobre todo me parece entrañable que guarde ese rincón secreto  para mí, que con los demás sea un absoluto cascarrabias y se derrita si le cuento mis historias, inventándome cien mil anécdotas para darle qué pensar. Los niños, que siempre lo miran como a un ogro, me observan sorprendidos al pasar, porque estoy sentada con el viejo que les grita y parezco feliz. Así que juegan con el primo Javi mientras yo continúo mi discurso. 

A la hora de comer comienzan las carcajadas. Aunque nos pasen cosas regulares, mi familia es una familia feliz que siempre está dispuesta a reírse. Javi es un mago en hacernos reír a todos y mis tías le celebran cada anécdota, además los niños se crecen junto a él poniéndoselo fácil. La abuela brinda porque lleguemos a tener sus años y también recibo un cumpleañosfeliz por adelantado. 

Tomo algunas fotos con la cámara y, al mirarlas, me parecen irreales. Hay un segundo en el que tengo la sensación de que esta situación ha sido siempre así y lo seguirá siendo por los siglos de los siglos, que no envejeceremos, que nadie se perderá, que continuaremos juntos riéndonos como en las imágenes. Después la realidad me da vértigo y me abrazo a Carmen, que durará más que yo. 

En la piscina jugamos a hacer fotos y a las sirenas y a pescar con palos y cañas, hasta que llegan Luis y Vero para arreglar el mundo mientras se nos hace de noche y no nos damos cuenta de nada. 

Son horas. Quizá no llegan a 48. Pero son ricas, completas, felices. Hasta los últimos segundos de café y recetas en la cocina de mi madre, hasta el segundo que mi padre me explica el funcionamiento de la impresora o corro para montarme en el coche. Felices. 

martes, 13 de septiembre de 2011

mezclas perfectas


Leo el libro de Holan que compré en Madrid y que tanto deseaba mientras Boza canta en el reproductor y una voz de hombre cuenta alto jugando al escondite bajo mi balcón. Sé que Andrea, aunque no sepa quién es, corre a esconderse porque escucho su risa sobre el verso que leo, bajo el acorde de la música, entre el sabor de la infusión que degusto. Leo:  "pero nosotros ni en el centro de nuestro corazón / estamos en el centro". Uno... dos... tres... Y los pasos de los niños. Y la nueva canción. 

Es martes y una luna impertinente y amarilla corona mi balcón recordándome aquel poema en que contaba que te miraba mientras me mirabas leer, esas cosas que nunca hicimos o que hicimos muchas veces en muchos sitios distintos. "Promete fuertes oleajes" escribía entonces y recuerdo ahora la última letra de tu última composición. Siete... Ocho... Nueve... A veces la mezcla de ciertos elementos convierte un segundo en perdurable. 

Entonces el poema, la canción, el sabor, el escondite y tu recuerdo me expanden como si no existiese el fin del mundo, ni el eco de las generaciones, ni las conjugaciones de los verbos. 

 -¡Andrea!
 -¡Que aún no me he escondido! 

martes, 6 de septiembre de 2011

¿qué es gramática?

Es difícil volver al curso, no sólo porque trabajas, sino porque las horas libres de las tardes se hacen largas y te debates entre ocuparlas como si siguieses de vacaciones o comenzar con la tarea del curso.

Una parte de ti quiere que sea invierno y anochezca a las seis para poder ir a la cama antes. Las demás gritan por salir a la calle, bañarse en el mar, escuchar canciones y leer poemas. Pero es tu mente adaptándose a la nueva situación.

Mi mente me ha hecho llegar a las siete de la tarde del trabajo para trabajar hasta las nueve. Para quemar las horas entre gramática y propuestas de mejora. Pero un amigo lo solucionó con el siguiente vídeo:


gracias a Dios, para eso están los amigos. 

domingo, 4 de septiembre de 2011

sin mudanzas


Después de hablar con Carmen, mientras recogía las sábanas tendidas y maldecía al mosquito que me ha estado acribillando las piernas, he caído en la cuenta de que este es el primer septiembre en cuatro años en el que no ando embalando mis cosas para iniciar una mudanza. Mi primer septiembre sin empezar un trabajo nuevo o una nueva vida, sin la oportunidad de reinventarme a través de los demás. Un mes en el que vuelvo al trabajo a encontrarme con gente a la que ya conozco, gente que sonríe al verme llegar. Y es extraño. 

Quiero decir, calculo que a lo largo de mi corta vida he experimentado unas diez mudanzas, y estos años las he estado haciendo sola sintiéndome nómada y atemporal. Pero ahora, hoy, mientras escucho el sonido del agua, del teclado y del reloj, mientras observo las macetas -esta es la primera casa que tiene tantas macetas sobreviviendo- y pienso en los días vividos aquí... no lo sé, supongo que es un vértigo nuevo. Algo dentro de mí se mantiene en constante cambio, necesita retos y, aunque siempre me siento tentada a caer en las garras de lo más seguro y cotidiano, una vocecita clama siempre por mudanzas, proyectos y cambios. 

Será el primer año que no tenga que aprender el nombre de las calles que transito, no tendré que descubrir la mejor panadería, ni la peluquería que sepa dejarme el pelo como me gusta, los vecinos y sus manías no serán nuevos, ni andaré por las aceras buscando esa señal que indique que voy por el camino correcto. El mapa está ya en mi cabeza. Los rincones llevan mi nombre y me presentan sus cambios. No hay nuevos olores ni nuevos sonidos. 

Acampo en mi hogar, soy mi punto estratégico, mi cueva segura, mi mejor guarida. 

jueves, 1 de septiembre de 2011

feliz año nuevo


Como siempre digo, para mí el año empieza el uno de septiembre. ¿Por qué? Pues porque en enero no me cambia la vida, ni empiezo proyectos, ni me hago propuestas. Cuando yo decido hacer limpieza radical y replantearme de nuevo todo, es en septiembre. 

Este año comienza con cambios. El primero de continuidad: es la primera vez que voy a estar trabajando tanto tiempo en el mismo instituto y eso me da un poco de vértigo. ¿Daré clase a los mismos alumnos? ¿A los mismos cursos? ¿Seguirá funcionando igual de bien el departamento? ¿Podré aplicar los cambios que he ido pensando? Siempre había algo de inmunidad en lo de cambiar de instituto cada año, algo de borrón y cuenta nueva, de mudanza. Y este año no tengo ni eso: mudanza. También será la primera vez que viva independiente en un piso durante tanto tiempo. 

Por otra parte, en septiembre se fallan concursos, se cerrará el proceso editorial de mi próxima novela, espero las noticias de otras editoriales y preparo un poemario con vistas también a la edición. Todo eso me hace sentir en una balsa en mitad de la tormenta. Emocionada y aterrorizada al mismo tiempo. Pero quien no arriesga no gana, ¿verdad? 

Tengo exámenes pendientes, proyectos de viajes, mi cumpleaños, nuestro primer otoño con buen pie, fe, esperanza, clases de acuarelas, recetas nuevas que experimentar, lecturas a la espera... Sí, septiembre. Año nuevo, vida nueva. Y lo que tenga que ser, será. 

sábado, 13 de agosto de 2011

leo poesía porque no puedo dormir por las tardes


Leo con fruición un libro nuevo de poesía. Las palabras se tropiezan, no disfruto. Desconozco algunos nombres y adolezco de ignorancia al ritmo marchito del ventilador de techo. Tu canción no ha parado de sonar desde que la dejaste venir a casa. Subrayo algunos versos, compruebo en enciclopedias modernas los datos que preciso para acercarme a un poema. Mis dedos acarician caras páginas y recuerdo el día en que compré este libro y a Sol, el pelo brillante de Sol entre la gente. Entre un Madrid lleno de gente que es Marta y que no es Madrid si no está ella. Pero que aquel día era Sol mientras tú ensayabas tus acordes preocupado por tu muela y el directo. Intento recordar sin darme cuenta la primera vez que leí a este autor y la salida de metro de Callao me refresca la memoria, también el calor de esa mañana y mi vestido largo, libros pesando en mi bolso y café de caramelo. Vuelvo a las páginas, los títulos rojos me molestan. ¿Qué estaría leyendo Claudio en esa fotografía que me envía y que mal leo de libro abierto junto a la orilla? ¿Qué me diría que leyera ahora que he agotado los títulos que escribió para mí con buena letra? Padezco hambre de libros ciertas tardes, esta tarde. Esta tarde de ropa tendida, calor y obligaciones. Me pregunto si he seguido el ritmo del poeta: alejandrinos. Modernos alejandrinos. Sólo la primera frase cuenta catorce. Estoy cansada de escribir. Vuelvo a mi libro. 

viernes, 12 de agosto de 2011

jostein gaarder

Si la imaginación es lo mismo que la mentira, a los escritores les encanta mentir. Quiero decir: viven de ello, y la gente va y compra alegremente sus mentiras. La gente incluso se hace socia de círculos de lectores con el fin de recibir las mentiras directamente en sus buzones. Yo creo que lo que ocurre es que a unos les gusta mentir y a otros que les mientan. 
La otra tarde iba buscando un libro de poemas de Vladimír Holan y, al no encontrarlo, me puse tan triste que me compré varios libros de bolsillo que deseaba tener. Entre ellos me hice con un nuevo título de Jostein Gaarder que aún no había leído: La biblioteca mágica de Bibbi Bokken

No sé por qué me gusta tanto este autor, quizá sea por esa estúpida sensación, mientras que lo leo, de que él me ha inventado, de que formo parte de su universo imaginario. Porque sus palabras parecen encontrar el lugar perfecto dentro de las mías. Leer a Gaarder es que millones de piezas encajen, que los engranajes funcionen, terminar el puzzle.  

Sin darme cuenta sonrío desde la primera palabra (querida) hasta la última (imaginación). Es casi mágico. Con el lápiz jugueteando entre mis dedos, sonrío sin parar, sin saber ni dónde estoy ni lo que quiero. Y la música suena mejor cuando estoy entre las páginas de Gaarder y el universo es un escenario perfecto. 

Irremediablemente, al leerlo, pienso en Nacho y en nuestras charlas trascendentales. En nuestras notas en La joven de las naranjas y en los libros de este autor que hemos leído juntos. Supongo que desde Alemania le pitarán los oídos al saberme filosofando. 

Porque es lo que pasa cuando por fin lo cierro y miro la estantería de la poesía frente a mí: filosofo. Desde un lugar recóndito sobre cosas estúpidas, pero filosofo. 

domingo, 7 de agosto de 2011

inventario de mi reino


 -Mi reino por una café de caramelo -le digo a mi amigo May recién levantada de la siesta. 
 -¿Y qué contiene tu reino? -me pregunta concreto antes de arriesgarse a nada. 

Así que se me ha ocurrido hacer un inventario de todos mis terrenos, feudos, villas, territorios, caminos transitados y vacíos, huertas, campos y montañas. Mi reino contiene: 

Un piso alquilado con terraza y un coche que todavía estoy pagando, rojo. Un paraguas transparente, una lavadora, una cafetera nespresso, cuatro copas de vino y dos vasos naranjas. Un reloj de pared roto, un poeta de madera, una máquina de escribir, una acuarela de Florencia, una armónica que no sirve, una mirilla, cuatro tazas pintadas por Marta y un deseo. Cinco moleskine escritas, un estante de libretas sin escribir, cerca de cuatrocientos libros, una caja para las manualidades y acuarelas. Una cáscara de nuez, un reloj de bolsillo, tres tazas en blanco y negro, bolsitas de té. Cinco proyectos de novelas y unos cuantos poemas propios. Doce macetas -tres de interior y el resto para fuera-, una regadera rosa fucsia, una almohada de latex, un colchón de uno cincuenta, la bola del mundo de madera, dos sombreros y cuatro jirafas. Un oso que se llama Mimosín, un camisón de seda azul, una rebeca marrón, un biquini negro y tres vestidos largos. Un espejo que hace flaca, una flor de tela para el pelo, el diccionario de la Real Academia, la Gramática de Alarcos y la discografía de Quique González. Un albornoz amarillo, una bata de peluche roja, una lata de fotografías y una plumín con tinta malva. Las recetas del flan de chocolate con almendras y las trufas. Un cepillo de dientes eléctrico y a mí. 

Ahora que lo pienso, son muchas cosas chulas para sólo un café. 

miércoles, 3 de agosto de 2011

una de cenas


Cuando vi Bajo el sol de la Toscana la primera vez, me pareció increíble cómo la protagonista se entregaba a la cocina como camino de curación. De pronto encontraba una manera de salir adelante en el placer de cocinar para los demás. No lo entendí demasiado en aquel momento. 

Tras quedarme soltera volví a ver aquella película y comprendí muchas más cosas. Entre ellas el absurdo y magnífico placer de conquistar el paladar de los demás, especialmente el de las personas que quieres. Sorprendentemente comencé a disfrutar al tener a gente sentada a mi mesa dispuesta a compartir mis platos más sencillos. Las primeras comidas en casa, en Alcalá, estaban compuestas de carne a la plancha y setas. Después comencé a aprender de Juan y Leti, a pedir recetas a mi madre, a recordar las mesas de la madre de Marta e incluso a resucitar algunos platos olvidados por mi abuela. Poco a poco le he ido poniendo interés y cariño. 

No quiero engañar a nadie, soy una pésima cocinera. Utilizo más cacharros de los que tengo, pongo toda la cocina hecha un asco, no experimento demasiado y suelo dejar los platos sosos. Pero entonces descubro que cierras los ojos al probar mis trufas de chocolate o Chica chilla al probar mi pollo con mostaza y miel o Manolo me da su mejor grito al degustar el flan de chocolate con almendras. Entonces aprendo a hacer pan y a hacer magdalenas, apunto en la libreta casi vacía de recetas y elijo el vino. Pido manteles de regalo y compro copas nuevas. 

Y, sin darme cuenta, aquellas mesas vacías y sin mantel se acaban convirtiendo en veladas con servilletas bonitas en la terraza. Como si, poco a poco, como la protagonista, descubriese ese secreto que nos cuentan y que nunca nos queremos creer, ese secreto sencillo sobre la felicidad que se encuentra en amar a los demás de todas las maneras posibles. Con palabras. Con recetas. 

miércoles, 27 de julio de 2011

"¿dónde te metes este tiempo?"

Últimamente no paso por aquí ni por ridiculacalamidad. Ando hasta arriba de verano, totalmente conquistada por las actividades del tiempo libre. Mis padres han estado unos días de visita, he disfrutado de días enteros de playa con ellos y también de noches geniales de conciertos. Pero el resto del tiempo lo voy dividiendo entre las clases de pintura, el mar, las cenas en la terraza con algunos amigos, partidas de juegos interminables, la ardua tarea de catalogar los libros, las escapadas de fin de semana, las visitas intermitentes para acudir al mar o tomar unas cañas, la lectura de Guerra y Paz -que, por cierto, se me ha acabado y no sé qué leer ahora-, la cocina y algunas recetas nuevas, el marujeo absoluto que la casa merece a veces -sobre todo con tanto trajín-... 

Lo que generalmente se conoce como un "no parar". Estoy tan atareada y tan contenta, que no se me ocurre pararme a escribir. ¿Sirve como justificante para mi ausencia? 

lunes, 11 de julio de 2011

mañana de lunes, mañanas de limpieza


A veces me siento a mirar ondear la ropa tendida y a no pensar en nada. Entonces, sin darme cuenta, es cuando comienzo a pensar en todo, en el sentido del mundo, en el paso del tiempo, en la clave de mi propia vida o el dibujo que traza la sábana al ser bamboleada por la brisa suave de esta mañana de julio. Observo las macetas, reparo en un lápiz tirado en el suelo y tus acordes me acompañan sin pausa. El reloj, el reloj, tres años ya, suena a mi espalda recordándome todas las cosas que tengo que hacer. Y la melancolía estúpida -placer poeta- que acompaña el hecho de ser vivo, se me enreda en los tobillos como una ola calma, como las olas de ayer cuando Juan dejaba de ser una tortuga ninja a la orilla del mar para ser una croqueta ninja de ojos grises y brillantes. 

Las cosas son tan fáciles y yo las adorno demasiado. Los árboles siguen ahí. El mar sigue ahí. Yo sigo aquí, en pie, en el margen preciso de la respuesta correcta. Porque mil flechas cruzaron el cielo, pero ninguna acertó evitar que en este justo momento escriba estas líneas tontas mientras los minutos ondean junto a la ropa tendida.

domingo, 10 de julio de 2011

cumplir sueños pequeños sin grandes esfuerzos


Desde que alquilé esta casa, sólo era capaz de fantasear con la cantidad de posibilidades que tenía la terraza. ¿Qué comidas daría allí? ¿Quién vendría a cenar por las noches? ¿Tocarías alguna vez tu guitarra en el silencio del atardecer mientras los pájaros se marchan? ¿Quién brindaría? ¿Qué libros leería al amparo de las velas contra mosquitos? 

Y un día Juan y yo sacamos el sofá, cuando no había muebles, para que Leti se sentase a reír con Juan pequeño en la barriga. Y otro día Juan y yo montamos los muebles de terraza. Y mis padres se sentaron morenos y felices a mirar cómo caía el sol. Hicimos cenas temáticas, Marta trajo delicias de París, y Manolo y yo cosimos interminables guirnaldas para decorar mi fiesta de cumpleaños. Leí con los pies sobre las sillas y brindé conmigo misma. Tuvimos un almuerzo de Trivial con Antonio y Alicia. En esta terraza se ha arreglado el mundo. Hemos visto películas y degustado nuestros batidos caseros. Con Sara, Claudia y Silvia nos hemos reído a carcajadas mientras se iba acabando el sorbete de limón. Mis primos se han puesto las rodillas negras en ese suelo jugando con un tren de madera y Carmen, con sus manitas pequeñas, devoró un trozo de pizza. ¡Hemos señalado monos! Y se ha cenado, siempre, a la luz de las velas amarillas. 

Anoche, por fin, después de que Silvia y yo nos declaráramos incapaces de rendirnos, volvimos a celebrar un buen día con el mantel de los árboles y daiquiris de sandía, con la visita rápida de Alfonso y mis trufas de chocolate para hacerte chantaje, porque llegaste con la guitarra y por fin uno de mis pequeños sueños de verano se iba a hacer realidad. 

Así que sonaron tus acordes y bailé descalza como en mis historias más torpes. Morena y descalza y feliz. Con vosotros. En la terraza. Contigo. 

sábado, 9 de julio de 2011

primera semana


Los planes se agolpan. Mis padres se han ido de casa y el viento fresco entra por las ventanas siempre abiertas. Las macetas miran al sol y el frigorífico planea cenas con velas. Tú suenas en el reproductor cantando a Dafne. Rusia se sienta en mi sillón y el café se enfría sobre la mesa. Quizá me apunte a clases de dibujo aunque los horarios sean horribles. Creo que no hay nada más milagroso que un bocado de Juan Pequeño trepando sobre mi pecho para agarrarme los rizos. Leer, dormir. El agua fría. La sal en los labios y la arena en todas partes, en todas partes. Coronar la madrugada recorriendo las calles vacías con Rafa y leer poesía en un bar sintiéndome el encantador de serpientes. Martini con hielo. Tendederos. Sandía. Dos niños italianos paseando esta costa con sus padres. La niña china de la jaula que me sonríe en el semáforo. El sofá es rojo y marrón ahora, es la memoria de mi primera semana de vacaciones. 

lunes, 4 de julio de 2011

desde el otro lado


El otro lado llamado "vacaciones", claro está. Con el tiempo libre pegado a las sandalias que suben y bajan del mar o recorren el centro con mis padres en estos días de actividad frenética, que parecen querer resumir dos meses en una semana. 

Entonces viene el hacer la compra y acometer las chapuzas: un mueble para el baño, otro para la terraza, las fundas de verano de los sofás, cambiar las camas, las perchas que se cayeron, la bombilla que se fundió... La limpieza general y poner la casa a punto para que de lo mejor de sí durante los meses de verano. Para que acoja a Juan Pequeño mientras yo duermo agotada después de haber pasado una noche de gallos contigo y con Nico. Para acoger a mis padres y que se sientan en su casa y tomen los ordenadores y se hagan hueco en el sofá o impongan paulatinamente sus horarios y costumbres. Para esperar las fiestas en la terraza con Silvia inventando cócteles y Claudia y Sara riendo a carcajdas. Para albergar mis siestas, mis mañanas de manualidades y fotografías, las lecturas interminables. 

Así, al mismo tiempo que cada uno de los objetos de casa parece tomar posiciones para la batalla, con ese silencio contenido de la vanguardia en el campo abierto, así aguarda también la emoción en mis costillas porque varias editoriales leen Lobo y Los cines somnios continúa su proceso de edición. 

Sí, como canta mi amigo Rafa, éste va a ser un buen verano.

martes, 28 de junio de 2011

remedios contra la incertidumbre: mar, dios, literatura


Hace calor y las mañanas se hacen interminables en el instituto aunque Tolstoi me acompañe refrescándome con su prosa. Quizá por eso apetece más que nunca ir a la playa, quizá por eso, aún amodorrada de la siesta, atino a ponerme el bañador, agarro la novela y la toalla y enfilo mi camino como una autómata. 

La orilla está llena de mamás con niños de menos de dos años. Pienso en Leticia y en Juan. Siento cierta envidia porque ellas ya han alcanzado esa felicidad secreta que aún me está vedada. Para solventarlo me sumerjo en el mar mientras unos aviones de cartón sobrevuelan mi cabeza movidos por el viento. 

El agua está limpia. Me veo los dedos de los pies. Decido nadar. Nadar. Nadar. Nadar. Cuando uno nada no es capaz de pensar. O como yo no sé nadar, tengo que estar tan concentrada que no soy capaz de pensar, puede ser esta segunda opción. A cada brazada, la tierra más lejos, yo más lejos, mi mente más limpia. 

Observo el sol perdiéndose entre los edificios y me decido a aprovechar sus últimos rayos para secarme. Me tiendo en la toalla y leo Guerra y paz. Es tan gordo que me resulta incómodo. Pasadas las siete vuelvo a ponerme mi vestido y me dirijo a hacer algunos recados antes de la cena de esta noche. Cruzo por delante de la iglesia del centro, a la que no suelo ir, y escucho la voz del sacerdote de fondo. Por el rabillo del ojo veo que el oficio ha comenzado y me decido a acercarme a escuchar las lecturas. 

Es un hombre mayor y lejano, como no veo bien de lejos me parece entrañable. Al final me quedo también a la homilía, no me atrevo a quedarme más por las pintas que llevo, pero no me arrepiento de haber alargado mi estancia. "¿Pedro me amas? Señor, tú sabes que te quiero". Y ese hombre mayor y lejano explica la diferencia entre filio y agape, querer como amigo y amar con mayúsculas. "Al traducirlo del griego", dice, "nos perdemos lo más importante de este texto". Y por su manera de hablar siento que es un hombre que no se ha cansado de formarse. Admiro a las personas que siempre están dispuestas a aprender algo nuevo. 

Emocionada por la idea del conocimiento, el amor, dios, el mar... Me dirijo a mi librería habitual, y digo habitual porque entro saludando y me conocen y me cuentan y comentan las novedades, los libros que han leído, comento el último que me llevé. Nunca me había sentido tan cómoda al entrar a una librería y para alguien que ama los libros como yo, es reconfortante. Me llevo dos ejemplares de La joven de las naranjas para regalar a mis compañeras de departamento y encargo el libro de Pedro, El beso del fantasma

Después del mar, de dios y la literatura, vuelvo a casa ligera, feliz, limpia. 

sábado, 25 de junio de 2011

quemé una mala costumbre y un deseo


Ando entre la niebla. Las nubes han conquistado la orilla de la playa y la vieja torre se desdibuja hacia el cielo mal iluminada. Escucho, amortiguadas por la bruma, la voz de los adolescentes que se agolpan en pandillas ocupadas en brindis y canciones. Son las doce de la noche y llevo en mi mano un papel doblado. Es la primera vez que he arrancado una hoja de mi moleskine. Recuerdo quemar deseos en la ventana de mi dormitorio de casa de mis padres, sacar a limpiarse en esta noche mis mejores promesas. 

Una luz entre la niebla me indica que hay una hoguera a mi derecha, así que enfilo hacia allá evitando pisar a los grupos de gente sentada. Al acercarme se dibuja la figura de cuatro chicas jóvenes, deben haber terminado bachillerato como mucho, quemando apuntes en un fuego minúsculo. 
 -¿Os importa si quemo un deseo? -les pregunto con media sonrisa pensando en qué estarán haciendo mis propios alumnos. Es irónico ver cómo queman el trabajo de todo un año. 
 -¿Es que se queman deseos? -pregunta una de ellas, ocupada en seleccionar folios, mirándome con los ojos encendidos por la hoguera. 
Asiento con la cabeza y me agacho para arrojar a las llamas mi papel doblado. Al soltarlo me doy cuenta de que lo he estado sosteniendo con demasiada fuerza, como si tuviese miedo de que abriese las alas y escapase de mis manos. Las chicas, agazapadas, continúan a lo suyo. Yo, de pie sobre ellas, observo cómo se va deshaciendo poco a poco mi mala costumbre y mi nuevo deseo. 

No me despido de ellas, están demasiado ocupadas con su tarea. Ahora intento alcanzar el mar. El sonido de las olas tímidas se esconde entre algunas risas, creo intuir que hay gente bailando en la arena mojada. Noto el frío en mis pies y observo más allá. Hay algunas luces tiritando entre la niebla, deben ser otras hogueras. La sensación de que, si ando demasiado o me despisto, apareceré en una playa desierta o habré cruzado a otra dimensión, me inquieta como a una niña. 

Mojarse los pies y lavarse la cara. Me acuerdo de Claudia, ella fue la que me lo explicó. Lavarse la cara para estar guapa un año. Yo me lavo la cara tres veces para deshacerme de todo lo viejo. Quizá ahora empiece un nuevo año, quizá debería cambiar mi fecha de septiembre a San Juan. El agua está templada, si no me diese miedo la niebla, si estuviese sola en esta playa, me sumergiría en el mar. 

Vuelvo, intuitivamente, sobre mis pasos. Seguís sentados en el mismo sitio, no he cruzado a otra dimensión. Reparo en la ironía de que hoy me hayan llamado para publicar Gris y en lo gris que está todo. Me siento junto a ti y descanso un segundo mi frente en tu espalda. Mi primer San Juan, sonrío para mí, y parece que lo hayamos vivido en Londres. 

miércoles, 22 de junio de 2011

ciclos


Elijo vestido para la graduación de mis alumnos. Es increíble que otro curso haya pasado, que otro círculo se haya cerrado y yo siga aquí. El tiempo tiene algo de miserable y algo de genial.

Este año no habrá mudanzas. El año pasado tenía una lista hecha de muebles del ikea que ya había elegido y fregaba los suelos de esta casa porque todavía no había luz como para enchufar la aspiradora. Miraba el futuro con esa mezcla de miedo y emoción del que empieza un nuevo proyecto. No imaginaba cómo serían mis días aquí, cómo serían mis compañeros de trabajo, cómo serían los niños a los que iba a enseñar. ¿Dónde compraría los libros y tomaría café? ¿Quién vendría a cuidarme cuando estuviese enferma o recorrería mis calles de la mano? 

Ahora me preparo para un café con Belén antes de ir al ayuntamiento a acompañar a los chicos de cuarto. Con Belén que era sólo un nombre, como tantos nombres eran sólo palabras y sonidos sin más. La casa y yo hemos acompasado nuestros ruidos y las manías se han ido perfilando entre nosotras. Las estanterías han acogido nuevos libros, la terraza macetas, el armario vestidos. Vestidos como el de hoy, como el que elijo. Como el que voy a ponerme el 22 de junio pensando como una tonta que mañana será mi primer san juan. 

martes, 21 de junio de 2011

"La contemplación de la eternidad en el movimiento mismo de la vida"


Termino La elegancia del erizo de Muriel Barbery después de haberle dedicado dos mañanas y una tarde, quizá algo de la madrugada. Siempre me han llamado la atención los libros que aplican la filosofía a lo más cotidiano de la existencia, pero, después de haber visto la película, no esperaba sorprenderme tanto como lo he hecho. 

Comencé la lectura esperando dar con una suerte de visión dramática pero a la vez alegre de la existencia, una novelita ligera de prosa ágil, con vocabulario sencillo y sutil que hiciese juego con su portada en tonos rosa y desenfadada. Pronto tuve que buscar en mi estuche un lápiz. Después me vi obligada a repasar mis conocimientos sobre la fenomenología y también sobre algunos lingüistas olvidados tras los estudios de tercero. Abrumada por la línea de pensamiento de Paloma y Renée que llega a adquirir velocidades vertiginosas, agradezco la llegada de Kakuro para equilibrar mi lectura frenética. 

Establezco una complicidad absurda con los tres, sintiéndome partícipe de esa comunión de almas sensibles a la belleza y cayendo en la cuenta del nivel de pedantería que oculto en este pensamiento. La línea que separa a los buenos de los malos la traza el Arte o, más bien, la sensibilidad de descubrir la capacidad del arte para convertir lo efímero en eterno, para detener el tiempo, para crear un siempre jamás. 

Estaba dispuesta a amar. Reza el libro. Renée, Paloma, Kakuro -quizá el que antes lo descubriera, el más sabio-. Dispuestos a amar. Y quizá aquello era vivir, también reza. Quizá. El Arte, la Belleza, la Gramática, la Literatura, la Filosofía. El cuartillo olvidado de una portera que alimenta con jamón a un gato gordo, el dormitorio silencioso de una adolescente que es capaz de ver más allá. Las escaleras como punto de encuentro. 

Al mismo tiempo experimento, al cerrar el libro por fin, un inmenso silencio y la brutalidad de mil ideas agolpándose unas sobre otras. Todavía tengo el libro en la mano. Ni siquiera he escrito en la última página Junio 2011. Todavía tengo el lápiz en la mano. 

lunes, 20 de junio de 2011

tres milagros con patas


Este fin de semana vinieron a visitarme Carmen, Manuel y Lucía, con sus padres, lógicamente, e hicimos de la casa un campamento llenando las camas de arena de playa y las madrugadas de ronquidos, quejas y patadas. Entonces hicimos batidos de helado de chocolate, cogimos mis libros de poemas de cuando era pequeña y convertimos un lado del sofá en un coche que me llevaba a ponerme rímel para salir mientras las niñas me miraban boquiabiertas. También comimos gusanitos en los parques y nos embadurnamos en crema después de bañarnos en el mar. Anduvimos de la mano siendo tres, comimos de los platos con las manos e hicimos un pastel de arena y piedras blancas. 

Carmen se acerca a ti, te abraza con todas sus fuerzas, hincando su cabeza en tus caderas y murmura: te quiero mucho, en voz bajita. Lucía me llena los despertares de dibujos en la espalda para poderme decir: nos hemos despertado casi al mismo tiempo. Y Manuel siente tanto pudor si clava sus ojos en los míos, que me lo tengo que comer a besos mientras se queja de mis arrumacos o susurra: ¿te bañas conmigo en lo hondo?

Son tres milagros con patas que ejercen en mí su magia de siempre, la que pone el mundo en perspectiva y hace que cada cosa cobre la justa importancia que tiene. 

lunes, 13 de junio de 2011

la caja


La música inunda la casa de ventanas abiertas. Salgo a hacer unos recados y me baño en sudor. Quiero comprar una camiseta nueva para sentirme nueva y todas me parecen feas y nada me gusta. Vuelvo a casa deseando estrenar el pincel con agua dentro que me ha regalado una compañera de trabajo. Cojo té helado de la nevera, miro los visillos ondear. La caja de acuarelas la compré en Londres, al lado del museo nacional de retratos, recuerdo sentirme genial gastándome nueve libras en ella. Me cuesta mucho trabajo pintar, es como volver con un viejo amante al que has sido muy muy infiel. Vuelvo a encender la música y el ordenador, busco en la caja de los trastos de por medio y encuentro mi libreta pequeña. Me recojo el pelo y mezclo el color en un plato de metal blanco. Las acuarelas despiertan muchas cosas. 

Recuerdo a don Enrique y su bicicleta, recuerdo la puerta de la iglesia de Zocueca y un pájaro cualquiera, recuerdo calor de agosto y frustración, recuerdo dos hadas de la mano a los pies de un peter abrazado por niños, recuerdo a Gastón y a Sol, recuerdo al dueño del estanco del año pasado, recuerdo las cáscaras de nuez y las ganas de mojar el pincel en el vaso de lo que esté bebiendo. Recuerdo pintarme las piernas por aburrimiento y la mesa de la cocina de mamá y a Juan pequeño. Recuerdo a Marta, todo el tiempo a Marta. Y el suelo de Alcalá y las vistas de la Mota desde la montaña y fresas y cerezas. 

Esta caja pequeña es una extraña caja de pandora y de milagros. 

miércoles, 8 de junio de 2011

las nuevas tecnologías


Mi ordenador intenta boicotearme para que tenga que volver a entrar en casa en lugar de trabajar en la terraza, estudiando filosofía mientras mis vecinos hablan en inglés, tomo una copa de lambrusco y la buganvilla, impertinente, pretende que no deje de mirarla. Creo que las nuevas tecnologías actúan contra mí. 

La tarde es perfecta. Una suave brisa invita a los visillos de mi dormitorio a ondear fuera de la habitación, las macetas están recién regadas y los árboles del zoo traen los sonidos de los pájaros que comienzan a acostarse. Estoy agotada de mantener mi mente ocupada en pensamientos abstractos y los libros que he adquirido en la Feria del Libro me aguardan sobre la mesa como cerezas tentadoras. Pero hay que hacer lo que hay que hacer. Por eso leo sobre Marx y sobre Hegel, memorizo Aristóteles e invento mil escusas para deambular sin centrarme en el texto. 

Así que no sé si agradezco o aborrezco los absurdos intentos de mi ordenador por encerrarme en el despacho de casa. Por ahora me ha dejado escribir esta entrada, será que quiere que invierta en otras cosas mi tiempo. 

martes, 7 de junio de 2011

escribir o no escribir, esa es la cuestión


Sé que no estoy escribiendo mucho aquí, pero pienso mucho en que escribo aquí. Cuando voy por la calle voy haciendo mis descubrimientos y me decido a contarlos en este rincón, pero después, al llegar a casa, lo último que me apetece es escribir. 

Por ejemplo, el domingo pensé que contaría que había estado en Madrid y en Marta, que había visitado la feria del libro y que tú estabas tan contento con la grabación que contagiabas todo. Pero el lunes decidí que era mejor hablar de la teoría de Santo Tomás sobre el buen sistema político. Hoy martes iba a contar, primero, que encontré mi novela en una de las casetas de la feria del libro de Madrid y que eso me hizo feliz. Después fantaseé con describir mis olores preferidos -tierra mojada, chirimoya, blandiblú, crema después de la ducha, pollo asado recién hecho, mar cuando bajas la ventanilla, invierno en las calles de diciembre, chimeneas encendidas...-, pero justo cuando llegaba al portal de casa decidí que iba a compartir la botella de lambrusco con la que me he hecho para darme un homenaje, porque últimamente me olvido de los pequeños detalles que solía cuidar en mi existencia independiente. El problema es que esa idea ha llevado a otra: la serie que últimamente me tiene enganchada y que cuenta la vida de una familia que tiene unas bodegas. 

Y claro, esa idea me lleva a la posibilidad de hacer una entrada sobre las personas a las que echo de menos porque bebían vino conmigo. Aunque también está abierta la puerta para hablar de mi propia familia, con la que también he brindado muchas veces y a la que también, irremediablemente y cada vez más, echo de menos. 

(Suspiro agotado). Así que al final, entre tantas ideas y tantas posibilidades, me acabo aburriendo a mí misma y decido no escribir. O escribir todo esto sin sentido. Que viene a ser más o menos lo mismo. 

lunes, 30 de mayo de 2011

la terraza


Una de las cosas que tenía pendiente era adecentar la terraza para recibir al buen tiempo con largas sobremesas, con meriendas y cenas al arrullo de la brisa frente a los árboles del zoo. Pero Mr. Pereza seguía rondando la casa haciéndome dejarlo todo para más tarde. Las macetas merecían ser podadas, había que barrer y limpiar la mesa y las sillas, aspirar el polvo, recoger las hojas secas y colocar cada cosa en su sitio después de haber pasado el invierno refugiados de la lluvia, pero nunca era la ocasión. 

No hasta hoy, que quiero recibir al buen tiempo contigo y con batido de helado de chocolate y plátano y galletas y proyectos de cines de verano. Entonces me hago con toda mi energía y barro, aspiro, podo, riego, lleno cubos de agua, limpio y adecento. En media hora lo he hecho todo y me siento estúpida por haberlo dejado durante tanto tiempo cuando el esfuerzo era mínimo. Con el pelo recogido y la satisfacción de un trabajo bien hecho, me apoyo en la pared mirando las macetas, las flores que han sobrevivido tanto tiempo y que brillan bajo esta luz. Miro los árboles ondear y el silencio de la tarde. No me hago ninguna pregunta. Sólo contemplo. 

Es algo nuevo que estoy aprendiendo a hacer: contemplar. Contemplar el mundo, contemplar el tiempo, el lunar junto a tu ojo, mis uñas largas, la trayectoria de mis dedos y los pájaros, el rincón que me pertenece, a ti. Contemplar sin juzgarvalorarpreguntarcomparardecidirasumirdistinguiraceptar. Sin buscar mi rincón en el mundo más allá de ahora, de ya. Con la máquina quieta. 

Los monos del zoo nos están mirando, piensan que somos seres humanos. 

sábado, 28 de mayo de 2011

mr. pereza


Mr. Pereza dice que no pase la aspiradora, que coma cosas congeladas, que friegue los platos sólo cuando formen torres, que no recoja la ropa porque no se ha secado, que no ponga ni una lavadora y deje de hacer la cama. También quiere que los libros se apilen en las mesas y que los proyectos se queden sin hacer. Dice alto: 

-Querida, es sábado.

Y yo agarro mis ganas de renunciar al movimiento y levanto un pie, y después otro, y arrastro mi cuerpo acostumbrado tras la aspiradora, despertando. Abro las ventanas, descorro las cortinas, escucho el suavizante y me mojo las manos. Pongo sábanas limpias que huelen a mi casa y reflexiono sobre las limpiezas de primavera. Es la primera vez que voy a vivir más de un año en el mismo lugar. Siento como si el juego se hubiese acabado, como si por fin me hubiese hecho mayor.

Cambio ropa en los armarios, porque llegará otro invierno a alcanzarme aquí. Y hay macetas que han vivido once meses conmigo. La sensación es vertiginosa y a la vez feliz. Pienso en mi tía Mari, en los niños, muchos días mientras deambulo entre mis cosas, ella es una heroína para mí, como Lourdes, como mi madre, como mi abuela. Como todas las mujeres que me han precedido en esta línea extraña de repeticiones, de valentía silenciosa, de conquistas y derrotas. 

martes, 24 de mayo de 2011

el día que salvé una mariquita


Cuando dices que podríamos ir a la Playa de los Alemanes me pongo tan contenta que tengo cinco años. Y cuando escribo a Chelo para contárselo, me responde que cómo iba yo a perdonar el primer baño de mayo. 

La cosa es que he ido a la playa varios días ya. Con mayor o menor éxito, pero es allí, entre el faro y las rocas, donde el océano me llama con más fuerza y puedo lanzarme a sus olas. Casi no me da tiempo a deshacerme de la ropa para correr a la orilla y mojarme el pelo.

No contento con mi felicidad, el mar tenía otro regalo, y es en mi segundo baño cuando lo descubro al sacar la cabeza del agua y ver una diminuta mariquita flotando a la deriva. Primero pienso que debe estar muerta, pero después decido que aún quiero cogerla porque brilla al sol roja en medio de lo azul. Al alzarla entre mis manos comienza a andar. 

En ese justo instante soy dueña de un milagro. Y las dos, ella tan pequeña y yo, nos tumbamos al sol para secarnos. Se queda mucho rato allí, entre mis dedos, moviendo sus patitas y abriendo tímidamente sus alas para que la luz las despegue. 

De pequeña hacía casa a las mariquitas en cajas de cartón y siempre me parecieron, entre todos los bichos, algo así como diamantes. Por eso pasé el día muy contenta con mi mariquita y el sol, con la arena en el pelo, con Silvia y contigo. 

martes, 17 de mayo de 2011

el extraño hombre que sostenía la plaza con sus guantes amarillos


Cacé la imagen de un hombre delgado y alto, extremadamente pálido, de pie, firmemente de pie, en el centro de la plaza de la iglesia, con su pelo rubio desgreñado y sus ojos enormes clavados en algo. Está ocupando el eje de la plaza, pero no es el foco de ninguna mirada. Viste una camisa de cuadros en tonos rojos y verdes, de manga larga, con el botón de arriba desabrochado, estrecha y sujeta por la cintura por un pantalón de chándal gris. Un pantalón de chándal gris atado demasiado alto sobre la camisa, un pantalón de chándal gris que reafirman unos calcetines blancos sobre la pernera, alzados ridículamente como colofón a unas zapatillas blancas de deporte. Reparo en él nada más llegar a la plaza, al principio me parece que sostiene unos plátanos en la mano, pero cuando me fijo mejor descubro que son unos guantes amarillos de dedos anchos. 

Y está ahí, detenido, como si fuese el elemento a señalar de una lista de sujetos idénticos, el elemento extraño, el material que no hace juego con el conjunto. Hierático, aunque curioso, en el que debería ser el centro de todas las miradas, pero un niño corre con la bandera de España en la espalda y reclama la atención de las familias, los ancianos, los turistas. No el hombre pálido, el rubio y desaliñado hombre pálido de los guantes amarillos que sostiene la plaza. 

No detengo mi paso, pero de reojo intento percibir cualquier movimiento en él. Me dirijo hacia la salida peatonal del aparcamiento para observarlo tras el cristal, pero gira casi imperceptiblemente la cabeza en mi dirección y me da miedo inmiscuirme así en la intimidad de un hombre tan extraño. El tiempo que tardo en cruzar el paso de peatones es suficiente para barajar la posibilidad de que sea un asesino en serie, un científico loco, un viajero en el tiempo o un extraterrestre en misión de reconocimiento. 

Voy pensando en que escribiré sobre él, sobre sus ojos saltones y su piel transparente. Entro en el cajero automático y me entretengo con las operaciones pertinentes. Alguien cruza frente al cristal, un matrimonio de ancianos, atraen mi mirada. Tras ellos, en la plaza, pero ahora justo frente al cajero, bajo el gran árbol, el extraterrestre, mi hombre extraño, ofreciéndome su perfil izquierdo, permanece mudo y quieto a doscientos metros. 

Lo busco con la mirada cuando salgo del banco, pero ha desaparecido. No sé por qué creía que lo encontraría al doblar la esquina y, durante un tiempo, vuelvo mi vista hacia atrás por si lo reconozco al fondo de la calle. Pero ha desaparecido. Cuando, de vuelta de mis tareas, atravieso de nuevo la plaza, él ya no está allí. Quizá ha vuelto a su planeta, a su tiempo, a su quehacer. Como yo.