jueves, 31 de diciembre de 2009

2009 para arrugar y quemar

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Enero: vinieron los reyes y me trajeron carbón del de verdad, también se llevaron a David.


Febrero: el desierto se me coló en los zapatos y en el corazón.


Marzo: me quedé sin corazón pero me encontré con Dios –y con Nacho, y con Carmen, y con Jose Luis, y con Jose el hombre…-.


Abril: nació naufragada, quité fotografías, encontré a Leticia, Juan y Curro, descubrí que sobreviviría. Gerardo me salvó.


Mayo: comencé las diez botellas, me dejé amar por Marta, la noche se llenó de música y oración, el mar fue turquesa, me prometieron un castillo, pinté acuarelas, conquisté el océano y un Juan Susarte.


Junio: viajé al norte, enseñé mis cartas, me despedí de mi vida, recuperé una hermana, mi madre me escribió.


Julio: fui canción, instrumento y niña mimada, conocí a Isra, regresé a Alicante (dos veces) y besé (te besé).


Agosto: fui sirena y luché con un niño y con la pena, viví un martes de martini con Antonia, leí poesía a mi madre a la orilla del mar, me volví Lucía y superficial.


Septiembre: me mudé, Antonio volvió a mí, abracé a Roca, atardeció en Almería, cumplí 25 años, viajé a Toledo.


Octubre: aposté a ganar, obtuve una beca de un mes para amar, besé (otra vez a ti), domé a la ESPA, viajé a Marta con Antonio y vi a Nacho e Isra.


Noviembre: decidí dejar de naufragar,volví a ser mentirosa y surgió “trampas y cartón”, me encontré con Carolina y Chica, Marta cumplió años en Granada y abracé a mi hermano.


Diciembre: fui instrumento y catástrofe, me rompí, oré a diario, comencé a reencontrarme con mi historia, tuve sed de comunidad y sentí miedo. Compartí la alegría de un pequeño milagro que vive en una barriga. Asumí el dolor, aprendí a estar serena en la tristeza.

(Mi pasado no me pertenece, mi futuro no existe, mi presente sabe a tierra, diluvio y margaritas. Me volaron y volví –vuelvo irremisiblemente- a ser yo).

desde L. A.

Downtown%20Los%20Angeles,%20California

Cuando hablo con él tengo que resistirme para no morirme de envidia. Lo miro y es el mismo de siempre y, además, es alguien tan diferente, tan lleno de experiencias que desconozco…

De pronto me paro a pensar en los regalos que estoy recibiendo estos días. Mis últimos textos son todos de reencuentros, de redescubrimientos y no paro de sorprenderme.

Conocí a Juan D durante mi último año de instituto. Compartíamos clase en las aulas prefabricadas y cierto día él dejó de venir. Se comentó, en camarilla, que se había ido a trabajar en la obra. A nuestra profesora de lengua y literatura la apenaba horriblemente esa noticia. Yo no había hablado mucho con él, lo conocía de vista y de oídas. Pero comenzó a ser mi amigo, un poco a lo tonto, cuando decidió volver.

Y lo hizo a lo grande. Sacó el curso y se matriculó en Filología Inglesa. No sé cómo ni por qué, pero comenzamos a compartir autobús e inventamos la tradición de bajar desde el centro hasta el campus paseando. Un camino que nos obligaba, la mayoría de las veces, a perder la primera hora de clase para compartir un café. Se convirtió en un ritual nuestro y el profesor de teoría literaria nos aprobó la hazaña aunque supusiese perdernos una de sus clases.

Sus sueños comenzaron a crecer a pasos de gigante. De pronto no eran suficientes los campamentos en Norteamérica, ni siquiera los veranos en Londres… recuerdo aquellas primeras conversaciones nerviosas cuando tenía que decidir si dar el gran paso. Recuerdo sus primeras llamadas desde Los Ángeles. Recuerdo que fue de los únicos en venir a verme este verano, cuando nada era fácil, como ahora.

Hoy me llamó cualquier cosa antes de empezar la conversación. Yo sabía que estaba en España porque llevaba meses prometiéndome aquello de “nos vemos en navidades”, pero no me había atrevido ni animado a llamarlo. Cuando cruzamos dos frases siento que me apetece verlo y nos buscamos refugio el uno en el otro. Nunca tengo que recordarle cuál es el número en el que vivo, jamás se equivoca de letra. Y nos sentamos en la cocina, con la mesa verde que me inspira delante. Me gusta que Juan D siempre tenga cosas que contar, que no pregunte, me gusta escucharlo.

No quiere saber si estoy bien o mal, si estoy preocupada, si se han curado mis heridas, sólo se sienta conmigo y me explica cómo es la enseñanza en aquel país de las películas, me propone nuevas formas de escribir ensayos y me muestra las fotografías de un museo en lo alto de la ciudad desde el que se tienen las mejores vistas.

-Estoy desesperado en este pueblo –me confiesa suspirando y le sonrío comprensiva-, ¿cuándo vas a venir a verme?

Las anécdotas se suceden, deja entrever esos planes de futuro que tanto le aterran, es tan racional, tan condenadamente racional que ha calculado ya qué pasaría si se enamorase de una americana, tuviesen hijos y se separasen. “Sé que en algún momento tengo que volver a España”, dice ensimismado.

Y a mí me resulta difícil ya imaginarlo aquí, lejos del sol de Los Ángeles y sus acento americano al contarme las cosas medio en inglés medio en español.

Después de charla, cena y risas, lo despido en la puerta preguntándome cuándo volveré a verlo, si cumpliré mi promesa de llamarlo el día cuatro, si seré justa o injusta con él, si aceptaré su propuesta para no acostarme antes de las uvas en nochevieja.

martes, 29 de diciembre de 2009

los reyes de Marta

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Este año no sabía muy bien qué regalar a Marta por Reyes. Siempre buscamos hacernos regalos que tengan mucho de manufacturado y yo, últimamente, le regalaba poesía. Pero la campaña poética me salió tan requetebién que Marta ha comenzado a comprar sus propios libros de poesía, así que esa rama estaba totalmente agotada.

Por eso, aunque estaba diluviando, aunque tenía un algo de locura, decidí regalarle un MOMENTO.

Y el momento es una visita a Granada para perdernos en el Paseo de los Tristes, para encontrar unos baños árabes chiquititos en los que sentirnos dentro de Las mil y una noches.

Llegamos nerviosas al río y comenzamos a buscar la dirección. Callejeamos curiosas hasta que damos con un edificio grande en tonos tierra. Marta me abraza emocionada cuando esperamos nuestro turno en las escaleras. El vestidor de señoras es un sitio diminuto donde las dos, entre risas y desastres, conseguimos pasar física y psicológicamente del abrigo y la bufanda al desnudo y el bikini. Descalzas e inquietas, como absolutas novatas, descubrimos la primera sala.

La decoración cumple todas nuestras expectativas y, entre arcos de herradura, azulejos, piedra y mármol blanco, tomamos té de menta y miel mientras nos explican cómo tenemos que hacerlo.
Recorremos diferentes estancias hasta llegar a la sala templada.

Marta y yo nos miramos sin dar crédito observando cómo las columnas que sostienen los arcos se sumergen en una piscina rodeada de piedra y fuentes que la nutren en el silencio de los baños. Un corredor con bóveda salpicada de lucernarios geométricos, desemboca en otra fuente lejana, como un camino marcado por velas y candiles en la semioscuridad de las salas. Marta se suelta el pelo y sonríe sumergiéndose en las aguas templadas y tranquilas.

Respiro profundamente, todavía me cuesta trabajo relajarme, todavía tengo ganas de dar saltos de alegría dentro del agua.

Pasamos a la sala cálida, alargada y estrecha, con una piscina de poca profundidad donde nos tumbamos sobre mármol para cerrar los ojos y reposar tranquilas. Marta flota llena de grandes ideas y yo me pregunto con quién podría haber compartido este momento si no con ella. La miro y comienzo a encontrar la paz que necesito.

La sala fría es un grito silencioso donde por lo menos diez personas nos hacen un huequito en el pequeño aljibe. Abro la boca con asombro sin dejar escapar un sonido cuando el agua helada me conquista el cuerpo. Es increíble la sensación de comenzar tiritando y, después, poquito a poquito, ir encontrando la serenidad en ese agua congelada.

Descubrimos, tras repetir varias veces en las diferentes salas, la sauna. Creo que para las dos, el lugar favorito. El vapor, que olía a menta, me aislaba de tal manera que ni siquiera era capaz de pensar. Marta, entre la niebla, bellísima y pálida. Los demás como manchas difusas y yo… Vacía. Absoluta y totalmente vacía de mí, vacía de todo, de historia, de ruidos de vida… Me apoyé en la pared y me abracé las rodillas, perdiendo por completo la conciencia de dónde estaba. Y dejé de pensar, pero no para apagarme como hago cuando todo me supera y tengo miedo, dejé de pensar porque estaba en absoluta calma. Por primera vez en meses, quizá en años, por primera vez en paz.

A partir de entonces me costaba hablar. Marta seguía nerviosa y alegre. Yo sentía que las piernas no eran capaces de sostenerme fuera del agua. Como en otra tierra diferente a la mía, como desposeída de emoción, tumbada sobre el agua de la sala templada observando la bóveda y la luz.

Cuando la campana suenó anunciándonos que tenemos que irnos, Marta y yo dudamos si escondernos en algún rincón entre los arcos. Volver a vestirse, volver a ocupar los cuerpos con la vida, con el mundo, con la historia, me parece un acto cruel e intento terminar cuanto antes posible.

Nos hacemos una foto en la fuente de la entrada, todavía sonrosadas, con el pelo mojado y los abrigos recién puestos. Salimos a la calle y nos abrazamos, tranquilas y serenas entre risas tontas.

Nos ha encantado este momento. Nos ha encantado este regalo que nos hemos hecho.

Y para colmo, de nuestra pura alegría salió el sol y pudimos pasearnos, alegres y pánfilas, por los que ya son nuestros rincones de Granada.

lunes, 28 de diciembre de 2009

fue un buen tiempo aquel

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-Igual no quiero preguntarte para no hacerte daño –dice Gastón una vez que hemos agotado el tema del trabajo.

Diluvia sin mesura cuando paro mi coche delante de la estación de tren. El tráfico ha sido horrible hasta llegar y, con el motor apagado, intento serenarme disfrutando del ruido de las gotas de lluvia sobre esta caja de chapa y cristal. Cuando te pasas el día luchando contra la tristeza, es muy fácil que ésta se te suba por los tobillos como una sombra hambrienta si consigues relajarte; pero he aprendido, con los meses, a apagar toda emoción en las esperas. Afortunadamente, Gastón no se hace de rogar.

Gastón y yo sabíamos el uno de la existencia del otro, y poco más, antes de que me sumase a su viaje a Londres. Nos habían concedido una beca, compartíamos una asignatura del doctorado y me animé a pedirle consejo. Creo que sin saber muy bien lo que estábamos haciendo, los dos acabamos compartiendo una habitación del hostel más cutre del centro de Londres. Al principio los dos estábamos muy asustados, no nos conocíamos de nada e íbamos a tener que convivir un mes en un espacio reducido. A parte, ninguno de los dos sabía cocinar.

Aprendimos pronto que ambos éramos seres independientes y disfrutamos el uno de la compañía del otro partiendo de pequeños detalles: decorar la chimenea oculta en la habitación, visitar papelerías, recorrer museos con fecha tope, tomar café en todos los sitios con encanto, descubrir jardines escondidos, visitar la ciudad en autobuses con personajes extraños… Nunca he compartido piso con nadie, a la hora de independizarme decidí largarme sola, pero si tuviese que elegir a alguien con quien convivir, no dudaría nada en elegir a Gastón. Me encantaba nuestra corta monotonía: al sonar el despertador yo cogía el “tuper” y me iba a la ducha mientras él remoloneaba, volvía y me vestía mientras él se iba despertando, preparábamos café, charlábamos de los planes del día, visitábamos un museo, él se iba a clase, yo a pasear, volvía y preparaba el almuerzo, él recogía la mesa, yo me iba a clase y él al gimnasio, y nos reencontrábamos en la cena, cuando yo ya había brindado con Rocío, para después irnos los dos a nuestro cuarto a beber té y compartir aventuras… Era todo simplemente fácil. Era absolutamente libre.

-Viste, yo a vos siempre te imaginé sola –me dice cuando ya estamos comiendo y le he abierto con facilidad pasmosa mi corazón-. Sos tan independiente…

No me he dado cuenta, pero le he hablado de todo, y él me mira con ternura y sin compasión, con comprensión. En un momento me abraza, y no es un gesto muy suyo, porque la de los abrazos era yo, por eso me siento agradecida. Hablándole comienzo a reírme, sin ser consciente, reparo de pronto en que me estoy divirtiendo, me resulta tan sorprendente que llego a ser ingeniosa y nos reímos juntos, como antiguamente, como dos marujas paseando por Oxford Stret en un autobús rojo.

-Igual yo estoy superocupado, pero tenés que venir a verme –comenta en algún momento, supongo que antes de que lo haya cargado con un libro de poemas de Luis Alberto de Cuenca donde he señalado mis versos de estos meses-. Compartimos poco tiempo, pero aún me acuerdo de vos cuando regreso a ciertos sitios. Fue un buen tiempo aquel.

Fue un buen tiempo.

almuerzo con actor(es)

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Cuando me despido de Marta en el centro, comienzan a asaltarme las dudas. ¿Cómo irá todo? ¿Quién aparecerá? ¿Cómo seremos ahora?

La sonrisa de Chica me recibe desde lejos y siento que las cosas saldrán bien. Poco a poco los voy descubriendo a todos: Eva está pelirroja y preciosa, Carol lleva su abrigo verde que le resalta los ojos, Diana reparte dulces envueltos en papel de plata, Marta se ha hecho una trenza, Dani no estaba en Italia y Rita salta sonriendo cuando llega hasta nosotros.

Me presento a los compañeros de otras generaciones de la compañía de teatro a los que no conocía y nos dirigimos a una tasca en la que estuvimos el día que nos quedamos aislados por la nieve durante un ensayo. Carolina y Chica me interrogan en el trayecto.

-Algo suponía –me dice Chica rodeándome los hombros-, pero es que tengo que confesarte una cosa: ¡me he enganchado a tu blog!

Lo dice entre carcajadas, contagiándome también.

-Todos los días te leo en el trabajo, pero me vienes mal porque a veces ya no puedo volver a trabajar –continúa todavía riendo-. ¡Hasta fui a comprarme una moleskine!

Me cuenta que ha empezado a escribir un poco y esa idea me llena de alegría. Sé que tiene todas esas inquietudes dentro y merece expresarlas. Pero no voy a hablar más de ti, Chica, ni de tus intentos de conquista cutres, porque estarás leyendo esto, frotándote las manos y sonriendo como un canelo –ahora la que sonríe desde casa soy yo-.

Eva me habla de sus proyectos y, cuando estamos poniéndonos al día, Didi nos pregunta si hemos sentido ya la llamada de la maternidad. Ella ha hecho ya todas las cuentas y, por más vueltas que le da a los dedos, no le salen los pronósticos.

-Es que tenemos 25 años –comenta con su gesto grave y preocupado-, mientras que termino los estudios y encuentro algo medio estable…
-A los treinta ya sólo hay un 20% de la reserva de óvulos –afirma Eva categórica y yo las observo en silencio.
-Tú lo tienes fácil –sigue Diana eligiéndome-, ya tienes estabilidad y trabajo.
-¡Ojalá pudiese ser madre! –dice Chica escandalizándonos-. ¡Que yo también he sentido la llamada de la paternidad!

De los cálculos de futuro pasamos a los cálculos del pasado, intentan sacar trapos sucios y Jachi, que ha llegado el último con su jersey verde y unas gafas de interesante, me pregunta si me sigue dando miedo. Didi se siente melancólica:

-¡Si todo fuera como antes…! –exclama con tristeza.
-¡No! –grita Eva con su naturalidad impoluta- Ni hablar de eso. ¡Yo ahora estoy muy bien!
-Yo también me quedo como estoy –murmuro y Eva, pelirroja y tan lista como siempre, me mira con tristeza.
-Dame un abrazo –me pide-, ¿no te acuerdas de los ocho abrazos que teníamos que recibir al día?
-Llevo esas cuentas muy mal –respondo evitando mirarla a los ojos y refugiándome en su cuerpo pequeño. Me estrecha fuerte, siento sus manos abiertas calentando mi espalda.
-No estás bien –susurra en mi oído, pero no sé cómo explicarle que es una sensación serena al fin y al cabo, tranquila, que no siento desgarro ni cansancio, que es simplemente así ahora.
-¡Cambiamos de tema! –proclama Diana elevando su copa y Carolina reparte besos mientras Dani nos fotografía.

Intento hablar un poquito con todos, llevarme una muestra de sus corazones de ahora, saber cómo están, cómo se sienten. Dani lo plantea muy bien: “¿cómo te van las clases? ¿y el corazón?”. Voy recibiendo de todos la explicación laboral y la explicación emocional. No sé cuántos mienten, cuántos exageran, cuánto se callan. Pero decido creérmelo todo y pensar que están tan bien como me cuentan, pensar que estos actores están libres de las miserias.

-¡Estoy muy feliz! –confiesa Didi-. Pero nadie se lo cree ya… de mi círculo, digo… como siempre estoy tan contenta cuando empiezo una relación, como siempre pienso que es el hombre de mi vida y luego se tropiezan… Pero es verdad, ¡estoy feliz!

Y elijo quedarme con eso, sólo con las buenas noticias, con los nuevos romances, con los grandes proyectos, con las miradas de ahora, tan parecidas y tan distintas a las de antes, con estos nuevos besos, con estos nuevos abrazos en proyección hacia lo que seremos.

-Llámame si estás por casa, si estás sola y quieres tomarte un café… –me despide Chica-, aunque sepa que no vas a hacerlo.

domingo, 27 de diciembre de 2009

vino Marta

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Cuando Marta llega, la bufanda le hace más azules los ojos y su abrazo me devuelve algo que no sé dónde había perdido.

Verla merodear por mi casa, recorrer los rincones, hablar de la luz y de los detalles, contemplar los cuadros, curiosear los libros de poemas, sentarse en el sofá con su sonrisa enorme, me despierta una alegría profunda y serena que agradezco enormemente.

Es la primera vez que voy a invitar a alguien a comer en esta casa que había estado manteniendo alejada de todos. Marta y yo nos enredamos en la cocina y ponemos la mesa grande con el mantel bonito, las copas y las velas.

-¡Qué comida más romántica con esta luz! –se ríe ella llevando y trayendo platos desde la cocina.

Descorchamos la botella y pronto estamos brindando por nosotras, por todo lo que nos ha pasado, por lo mal que sumo y su sonrisa dulce. Comemos tranquilas, sin prisa, entre anécdotas, recuerdos y música.

La tarde pasa sin darnos cuenta y, tras beber mucha agua –aunque nunca la suficiente-, nos acercamos a visitar a mis abuelos y a mis tías que tenían ganas de verla. Los niños se acuerdan de ella y la integran en sus juegos. Como están nerviosos decidimos que lo mejor será contar un cuento para calmarlos.

-¡El de la princesa valiente y el dragón! –chilla Lucía sentándose en el sofá de un brinco al lado de Marta.
-No, el de la Navidad que no pudimos terminar el otro día –respondo despejando la mesa y cogiendo las figuritas del portal de Belén para contar la historia.

Carmen me mira con ojos como platos y Manuel atiende a todo. No sabía que ya eran capaces de prestar tanta atención a un cuento. Comienzo por María y José siendo novios -que es la parte que más les gusta a Carmen y Lucía- y termino con todos los pastores llevándole regalos al niño. Así que el juego está asegurado y, tras la representación, los tres enanos juegan a pedirme cosas que llevar al portal de Belén para regalarlas al niño.

-¡Yo, ninio Esús! –dice Carmen categórica tumbándose en el sofá. Y Lucía hace de María cuidándolo.

Marta y yo los contemplamos entre risas, sorprendidas de que hayan convertido en un juego tan natural el nacimiento de Dios.

Nos despedimos cuando una vecina trae el video de la boda de su hija y paseamos por el centro hasta llegar a la iglesia. A veces me sorprende tener tanto atino para llevar a mis amigos a misa, si a Antonio le hablaron de abrir los ojos, a Marta le hablan del amor dentro de la familia.

Al volver a casa me encierro en un cuento que se me ha ocurrido y Marta lee poesía. Después de contárselo la acompaño con Luis Alberto hasta que el hambre nos hace preparar la cena. Ya sabe donde están más o menos todas las cosas y me hace gracia ayudarla yo a ella.

Hemos planeado sesión de cine, Donde viven los monstruos se ha estado descargando mientras yo escribía y colocamos el salón para ver la película. La elegimos por lo que la elegimos. A mí me produce esa mezcla entre miedo y ternura que me hace lo mismo emocionarme que dar un salto en el sillón. Marta observa los monstruos pensando cómo podría conseguir uno. Al final nos quedamos las dos a cuadros y, muertas de risa, confesamos que nos ha encantado pero que no nos hemos enterado de nada.

Así que nos vamos a dormir llenas de dudas y mi cama de desierto es conquistada por sus ojos azules y sus ronroneos. Comprendemos pronto la diferencia entre 1.50 y 1.35, pero después de leer y orar juntas, nos dormimos como benditas.

Ahora ella sigue soñando entre las mantas de mi cama y yo calculo cuánto tiempo le daré para hacerme un café que me abra del todo los ojos.

sábado, 26 de diciembre de 2009

limpiando la bandeja de entrada

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Espero a Marta, mi dormilona. Espero para pasar un día grande con ella y la emoción me impide concentrarme en nada. Después de madrugar, escribir un poquito con una taza de café, orar, recoger la casa y darme una ducha, me siento delante del ordenador para cambiar la música.

Al ir a recolocar la última canción que he recibido en su carpeta correspondiente, reparo en que tengo la bandeja de entrada llena de documentos que ni soy capaz de recordar: fotografías de gente con la que hace meses que no hablo, textos que me han enviado para que critique, respuestas a cursos, dibujos, viejas conversaciones que están ahí no sé cómo…

Me armo de valor y decido hacer una limpieza de este cajón de sastre. ¿Qué voy a salvar? Encuentro cuentos de Nacho y de Pedro, fotografías de Ana, de Guillermo, de mi hermano aburrido en un bar, de Gerardo durmiendo en el autobús de viaje a Baeza. Encuentro “si Nena fuera” y abro los diferentes documentos sonriendo, para descubrir cómo me veían si fuese árbol, lugar, sabor, canción… Sonrío agradecida por esas imágenes y esos recuerdos tan libres de nada, tan llenos de todo.

Releo por encima viejas historias, los descubro en lo que vivieron y comparo todo aquello con lo que son ahora. Es extraño. Cómo pasa el tiempo… ¿cuánto llevarán estos documentos aquí? ¿cuántas cosas mías habrá repartidas en bandejas de entrada? Recuerdo a Jana, recuerdo Segregados… recuerdo quien era yo.

Selecciono y mudo lo que quiero conservar. Miro todo lo que queda, casi doscientos documentos esperando el juicio final. Hay canciones, textos, fotografías, gráficas y carpetas comprimidas ahí. No es primavera, pero hago limpieza (mientras escribo esto un olor de no sé dónde me recuerda mi casa de Alcalá con tanta claridad que me desconcentra). Borro todo.

¡Ojalá todas las cosas fuesen tan fácil de borrar!

no paraba de llover

nochebuena 016

“En el principio ya existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios”

Hace como poco nueve años que no despierto en Andújar el día 26 de diciembre. No ha parado de llover y Manuel se abraza a mis rodillas para dormir cuando está cansado, mientras Carmen se pinta los labios con maquillaje de plástico. Cuento el verdadero cuento de la Navidad a Lucía, que se emociona al pensar que al final José decidió que sí que se casaba con María y que tuvieron una boda preciosa, porque como nadie se lo había explicado, ella no entiende por qué se pone el portal de Belén. Marina me acompaña a casa cuando aparco en la calle de los abuelos, la pongo al día y se sorprende, está preciosa y no hace preguntas, tampoco cuenta nada, su vida es demasiado difícil para mí, supone. El abuelo refunfuña por los rincones, me manda a casa a las doce de la noche para que no ande sola por la calle por si me pasa algo. La abuela se apoya en la puerta porque ha brindado demasiadas veces y sonríe feliz por tenernos a todos en casa. Mi padre reparte regalos. Las doce se me pasan sin oportunidad y otro año más estoy sentada en las escaleras mirándolo todo. Lourdes responde a las preguntas inapropiadas con una risa e imagino cómo será su navidad y me pregunto si a veces se siente tan sola como yo o incluso más, odio que nadie la juzgue. Mi madre es reclamada con ternura con los niños que mendigan sus caricias y sus ganas de reír. Javi bebe en un vaso de metal y bromea con el abuelo para que se olvide del desastre que se está originando en la casa. La chimenea crepita y no estoy cumpliendo demasiado bien el propósito del día. Mari me busca cómplice y disfruta con alegría los correteos de los niños por el salón. Andrés, más rápido que yo, se escapa. Paco monta juguetes concentrado y ha envuelto una camiseta de propaganda para hacer feliz a mi hermano por una apuesta. Marina abre Romeo y Julieta. Siento un nudo en el estómago. Javi duerme en mi salón y pienso que es la primera vez que nadie se queda en esta casa, es la primera vez que acojo, doy gracias porque sea él. Rezo. La lluvia martillea en mi ventana. Sé lo que se espera de mí, sé lo que tengo que hacer, sé dónde tengo que ir… pero no sé cómo conseguirlo. “Ya no te llamarán Abandonada, ni a tu tierra Devastada; a ti te llamarán Mi favorita y a tu tierra Desposada”. Desayuno leyendo sobre los Otori, tumbada en la cama, con la taza caliente entre las manos y el libro abierto en el regazo. Javi viene a tumbarse conmigo y le acaricio el pelo mientras charlamos. Ya no sé quién es más pequeño de los dos. Felicito la navidad a los compañeros de trabajo que encuentro en la iglesia y me hace gracia que conozcan a mis padres. Llegan tres mensajes en mitad de la noche. Mamen nos enseña las fotos de su boda y está preciosa. Alguien llama a mi padre y pregunta por mí y por mi eterno noviazgo, lo veo en un aprieto al tener que responder delante mía y le sonrío para mirar un escaparate. Llueve todavía. Hay una partida de trivial en la mesa del comedor y Marina se encierra en una conversación con su ordenador, quiero llegar a ella, pero soy incapaz de hacerlo. Vuelven los niños, siento un dolor agudo que me postra y tras besarlos, tras despedirme de todos, regreso a casa sin paraguas. “Al principio sólo existía la Palabra” y rezo para escribir, pero estoy demasiado cansada. "Ahora sólo importas Tú, dale la paz a mi alma". La cama me desvela y leo todas mis oraciones de Adviento hasta la madrugada, cuando diluvia y por fin puedo abandonarme al sueño sin predicciones de futuro.

jueves, 24 de diciembre de 2009

31


Quizá cualquier otro matrimonio habría celebrado su aniversario con una gran comida o una gran cena, habrían ido de viaje a algún lugar exótico o se habrían regalado una televisión de plasma de última generación. Pero es que quizá otro matrimonio no se habría casado el día 23 de diciembre.


Cuando Juan y Leticia o Antonia, no recuerdo bien, les preguntan a mis padres por esa fecha tan extraña, explican simplemente que mi padre acabó la mili en noviembre y que esperaron a que todos sus amigos volviesen a casa por Navidad para poder celebrarlo con ellos. Se casaron con 20 y 22 años, por lo que Javi y yo nos sentimos perdiendo el tiempo desde hace un tiempo ya.


Después de limpiar mi casa por lo que pueda pasar en estas fechas, recojo a un Javi guapísimo que se anima a conducir mi coche. Disfruta como un enano hasta que aprende a llevarlo y recogemos a mis padres. Divertidos y contentos por estar los cuatro juntos vamos a celebrar su aniversario tapeando en un bar que a todos nos gusta. Javi y yo no hemos tenido ocasión de decidir regalo, así que, para no sentirnos tan culpables, invitamos a la comida entre las risas de mis padres que conocen lo desastres que somos.


El café es ya en casa, con la visita de Juan y Leti y nuestras sonrisas cómplices de secretos. Después llega la verdadera celebración. Mis padres quieren que vayamos a misa juntos y que los ayudemos en el comedor que cáritas ha organizado para los inmigrantes que vienen a la aceituna y que no consiguen trabajo. Ellos participan todos los años, pero Javi y yo, no sé por qué, nunca habíamos ido.


-Tú no pases cerca del confesionario -le digo a Javi entre risas mientras nos repegamos debajo de un paraguas-, por si empieza a pitar, que llevas tanto sin ir a misa...

Javi se parte de la risa y me abraza más fuerte. No pisa una iglesia desde el bautizo de Manuel y me alegra extrañamente estar sentada con él en el banco. Proclamo las lecturas porque no hay nadie más que lo haga y me siento extraña haciéndolo en este templo al que me daba tanto miedo volver, al principio me tiembla la voz, pero después comprendo la Palabra.


En el comedor me siento interrogada. Me tiemblan las manos al pensar en que soy indigna para servir las mesas a esas personas que sufren, en que yo lo tengo todo fácil, al pensar en mi ropa y en mis cosas. Después me lo van poniendo fácil, en su manera de dar las gracias y sonreírme. Pienso en Roca, me acuerdo de él y lo siento muy cerquita mío. Miro a mis padres y pienso en la cantidad de años que llevan comprometidos, no sólo como matrimonio, sino como ejemplo de entrega y servicio. A Javi y a mí siempre nos abruma el pensar si sabremos hacerlo tan bien como ellos.


Cuando terminamos, volvemos a casa y se va la luz. Vamos preparando la cena a la luz de las velas y, casi sin darnos cuenta, estamos todos de nuevo allí. Juan, Leticia, Antonia, Luis y nosotros. Hasta Antonio participa de la conversación general en un momento de consuelo y consejos. Anécdotas, risas, secretos, recuerdos y sidra por treinta y un años.


¡Qué fácil es preparar el corazón con días como estos!


(Y ahora escucho la música de Javier, mi madre trajinando, mi padre leyendo en algún rincón, el viento en la calle, y miro estas paredes... Doy gracias a Dios por ponerme patas arriba las falsas seguridades).

miércoles, 23 de diciembre de 2009

visitante

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El aire se ha colado en los rincones de mi casa. Escucho, desde la cama, ya despierta pero aún sin haber decidido si seré capaz de levantarme, ruido de puertas, trajinar silencioso, como si alguien pasease preparando el desayuno sin recordar que sigo durmiendo.

Es mi primer día de vacaciones. No me asusto. Quizá en otro momento, en otra vida, me habría tapado hasta el cuello acongojada por los ruidos. Pero hoy no, hoy estoy bien entre las sábanas, se escucha también la lluvia fuera y me permito fantasear –un ejercicio complicado a día de hoy y que supone andar por un campo de minas, pero, ¡qué demonios!-.

Me sonrío a mí misma imaginando, recordando el barco con el que he soñado. La vecina sube una persiana y mi visitante ruidoso abre cajones. Decido estirarme y saltar de la cama, hoy tengo muchas cosas que hacer.

Mientras recorro el pasillo escucho su pelea con la puerta cerrada del salón, de nuevo pienso que en otro momento habría esperado ver a alguien merodeando, pero sé que estoy sola y abro la puerta al viento que se ha colado por las ventanas antiguas de maderas para conquistar mi casa.

Ahora, mientras escribo, sigue sonando recorriendo las habitaciones, y no puedo enfadarme, no puedo negar que me siento acompañada.

martes, 22 de diciembre de 2009

un diplomático o un embajador

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La racha de cenas de navidad surrealistas sigue aumentando, por supuesto esto hace que también aumenten las mañanas de dolor de cabeza y botellas de agua.

A las diez de la noche habíamos quedado, en medio de la tormenta, para pasar una agradable velada en compañía del claustro tapeando en un bar amigo. Me dejé el teléfono en casa y me vi en la tesitura de no saber si estaba esperando a alguien o me había quedado plantada. Afortunadamente, Chelo me sacó de dudas apareciendo en la calle vacía. María José y Rocío llegaron después, refugiadas en sus paraguas, y comenzamos a elucubrar sobre el ritmo que podría tomar la noche.

Éramos pocos, el bar estaba vacío, sólo lo ocupábamos nosotros. La verdad es que no sé dónde situarme, hay profesores con los que no he hablado nunca, profesores que conozco de la mañana y de la tarde, miembros de la directiva y después las chicas. Revoloteo entre conversaciones hasta que decidimos sentarnos y Andrés se arranca con canciones tradicionales. El clima se va relajando.

Luis, uno de los jefes de estudios del nocturno, se sienta conmigo y comenzamos a charlar un poco de todo. Cuando llevamos un rato hablando, comienza a defender la teoría de que yo merezco un novio diplomático o embajador, para viajar por el mundo. Me río de la ocurrencia y lo apunto en nota mental antes de que cambiemos de bar.

Chelo y yo decidimos que no vamos a tomar ni una copa más, pero Carlos –el niño del agua-, aparece con vodka y nos hace replantearnos nuestra posición. Recordando a Antonia, pido mi martini con hielo y comienzo a charlar con Ana descubriendo la de vueltas que ha dado su vida.

Siento deseos de viajar con tanta conversación sobre el mundo.

Las copas y las horas pasan y cuando ya se ha ido más de la mitad de los que éramos, decidimos levantar el campamento. De nuevo llueve fuera, pero viene bien el frío, y cuando me despido en la puerta de casa, sonrío ampliamente pensando que no ha estado tan mal como yo esperaba.

Sobreviví a una cena de navidad cuyo nivel de surrealismo no alcanzó –por poco- a las de otros años y reparé en que quizá si que tendría que escribir la carta a los reyes para pedir un “diplomático” –de cualquier nacionalidad, ¿no, Leticia?-.

lunes, 21 de diciembre de 2009

recetas


Antes siempre felicitaba la navidad con un cuento o con mi carta a los Reyes Magos, como este año soy incapaz de escribir mi carta y como no me veo tampoco inspirada para contar un cuento (lo siento), pues habrá que conformarse con algo fácil y rápido de preparar: "receta para tener una feliz navidad".

definición de esperanza

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Cuando me confirmé, entré en JMV. Al principio un poco porque mi madre me animaba, con dudas, con deseos de no mojarme, después movida por la ilusión de compartir. El grupo ya estaba formado y llegábamos algunos de nuevas, pequeños y nerviosos, sin saber qué se esperaba de nosotros. Pero el tiempo pasa, las personas cambian, el Espíritu actúa, y el grupo grande se fue quedando en un grupo pequeño de cuatro personas. La fe trenzó los lazos de nuestra amistad. Y el trabajo destrenzó los lazos de nuestra fe, alejándonos.

Desde principios de verano algunos barajábamos la idea de volver a encontrarnos y este fin de semana nos decidimos a acudir al retiro de Adviento que JMV programa todos los años para estas fechas. Aunque esperábamos ir todos, al final acudimos Antonio, Juan, Leticia y yo. Dos de los cuatro que fuimos, cuatro de los siete que somos hoy.

Poder compartir con ellos mis ideas y mis dudas, mi fe y mis compromisos, es como aligerar la carga cotidiana. No importa que haya pasado el tiempo, que hiciese incluso años que no hablábamos con esa sinceridad, las palabras van naciendo en el pequeño cuarto donde nos refugiamos para no romper el climax. Y junto con las palabras, los proyectos, los sueños de futuro, las ilusiones.

Esperanza y confianza aparecen de la mano, buscamos la definición correcta y damos vueltas intentando precisar lo que queremos. Ponemos en manos de Dios nuestra propuesta y comenzamos a mover los hilos para que todo pueda ser, para que esta sed de comunidad se vea saciada pronto y podamos tenernos de nuevo, los unos a los otros, abrazando nuestras vidas.

Sabemos que es difícil, que no somos los mismos, que el tiempo, las heridas, los triunfos y los fracasos nos han ido formando de otra manera. Aún así, esperamos que esta fe que nos hizo amigos, nos haga ahora hermanos.

Alimento la esperanza, con carbón del dulce.

jueves, 17 de diciembre de 2009

bolitas de coco y bombones de chocolate

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Amanezco sin despertador y es una bendición hacerlo después de dos días de trabajo agotador y de trasnochar para corregir exámenes. Enciendo la luz de la mesita de noche y me quedo mirando al techo sin pensar en nada, disfrutando sólo del silencio de la casa y del dolor de cabeza que supone haber dormido tantas horas seguidas. Evalúo sin darme cuenta y descubro que me siento bien, en tregua de paz conmigo misma, una paz física en este cuerpo templado bajo el edredón de plumas.

Por fin me decido a mirar el reloj y salto de la cama buscando la bata roja para irme a la ducha. La semana pasada quedé con mi abuela en dedicar mi mañana libre a hacer dulces de navidad, así que no quiero llegar tarde. Estoy tan emocionada con la idea que, aún con el pelo mojado, llamo por teléfono para que me preparen un café porque no quiero pararme ni a desayunar sola. Me sentiría extraña hoy.

La niebla ha tomado la ciudad y voy contándome un cuento por las calles semivacías. El cuento trata del espíritu del río que, alegre, decide abrazar a todos los habitantes de este pueblo, que no paran de quejarse por la humedad. Voy contando las esquinas como cuando era pequeña y aparezco, con mi paraguas bajo el brazo, en la calle peatonal donde sucedieron todos mis juegos de infancia.

Abre mi abuela. La casa huele a comida porque está preparando ya algunos de los platos que degustaremos la semana que viene. En la cocina, mi habitación preferida por lo cálido y los recuerdos, mi abuelo y mi tío intentan ponerse de acuerdo sobre el formato de una película que han descargado de Internet. Mi abuelo es un amante de las nuevas tecnologías y trajina con el portátil sobre el hule nuevo de cerezas.

Tostadas y café me esperan junto a unos muñequitos que mi abuela ha hecho con palos y aguacates pequeños –“sólo les falta el pelo”, me dice- y desayuno contándoles mi semana agotadora. Mi tío me comenta que le han aconsejado hacer un módulo que se imparte en mi instituto y me alegra que decida poner en marcha un nuevo proyecto. Mientras termino, mi abuela se acerca a la tienda de la esquina a que le pesen unas patatas y charlo con el abuelo sobre emails navideños –de esos que le encantan y con los que me satura mi bandeja de entrada-.

A la vuelta la abuela le pide que le ate el delantal porque ella ya no puede hacerlo sola, “no me llego”, se ríe mientras mi abuelo refunfuña comenzando su retahíla de quejas y consejos.

Cuando ya tenemos todos los ingredientes sobre la mesa y vamos a empezar a preparar las bolitas de coco, mi abuelo grita interrumpiéndonos:

-¡Son las doce! –yo no lo entiendo, así que mira a mi abuela-. ¡Eh, tú, que son las doce!
-¡Ah! –responde ella y me siento partícipe de uno de esos momentos mágicos porque algo debe estar a punto de suceder, seguro que se abre una puerta secreta, llueven monedas de chocolate o comienza a nevar bajo la mesa.
-¡El Ángelus! –vuelve a gritar mi abuelo, con prisa, como si estuviese a punto de escaparse un tren, y el momento mágico sucede.

En el silencio de la cocina, porque ya ninguno de los ruidos cotidianos son capaces de interrumpirlos, se unen en oración dulce y acostumbrada. Los acompaño observando las manos de mi abuela que trituran las patatas cocidas con calma reverente. Siento que estoy viviendo un momento único con ellos y me emociono. Las preguntas comienzan a asaltarme, ¿cuánto nos quedará?

-Remángate –indica mi abuela con una sonrisa sacándome de mi ensimismamiento-, hoy vas a hacer los dulces tú.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

más cartas


Estamos en el aula diecisiete, llueve fuera sobre los tejados rojos que aparecen debajo de nuestra ventana, y el ruido del radiador se mezcla con la música y la risa de los chicos mientras escriben su carta a los Reyes Magos. Hemos subido las persianas y la pared de cristal nos descubre un cielo gris y frío contra esta clase cálida de corazones jóvenes.




Pintan, escriben, piden, comentan y comparten carcajadas mientras los observo. Yo he intentado también escribirles mi carta, pero soy incapaz de hacerlo sin sentirme triste. Así que he acabado dejándola a medias porque veía que sólo me estaba hiriendo el corazón. Todos los años, desde que estaba en segundo de bachillerato, escribo esta carta de cosas que no cuesten dinero para mí y para todos los que quiero. Pero hoy no, hoy no encuentro el ánimo suficiente, no encuentro la esperanza y, no porque nunca se hayan cumplido mis deseos, sino porque soy incapaz de mirar hacia delante con esperanza.




Qué absurdo el corazón, qué ridículos mis miedos y las nubes son cada vez más negras contra la ventana… -Queridos Reyes Magos, que se me cure esta pena estúpida que llevo alimentando tantos meses no sé de qué amargura. Que sea capaz de ser feliz, sin coordinadas adversativas arrastrándome en el alma. Que sea capaz de hacer felices a los demás, que sea capaz de dejarme tocar por lo que venga, que sea capaz de confiar… que este miedo a la herida no me paralice durante demasiado tiempo…-




Se me nublan los ojos y Miriam me pregunta por qué cuando escribimos somos capaces de ser más sinceros, Alejandro dice que por la que está pidiendo más es por mí y Alba grita irritada porque Carmen le ha leído su carta por encima del hombro. Una vecina rubia barre la terraza y tenemos que dar la luz porque no se ve nada ya dentro del aula. En el horizonte las antenas de las casas retan al cielo al tiempo que las ramas altas de un árbol asoman entre los tejados. Trabajan mientras escribo.




“Que la maestra se acuerde de nosotros cuando se vaya”.




lunes, 14 de diciembre de 2009

el miedo le capturó los sueños

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Diego dejó de venir a clase la semana pasada. Esta noche, entre la tormenta de nieve y los desvelos cotidianos, soñé con él. Lo recuerdo porque lo saboreé para que fuese el único sueño que recordase al levantarme. Soñé que volvía a clase.

Cuando esta tarde he llegado al pasillo estaba sentado, cabizbajo, abrazado a su carpeta. Diego tiene más de cincuenta años y ha vuelto a estudiar porque era la espinita que tenía clavada, para él es un sueño tener la oportunidad de aprender y disfruta de cada asignatura como si se tratase de un mapa del tesoro. Pero tiene miedo.

Miedo de no hacerlo bien. Miedo de pagar caras sus renuncias por un sueño que no sabe lo que le va a costar. Miedo al fracaso. Miedo a no ser perfecto. Yo no sé cómo curarle el corazón cuando me confiesa sus terrores.

-Respira… –le digo en el silencio de la clase-, estás abriéndote una herida. Estás luchando contra ti.
-Siento una presión en el pecho…
-Que parece que te ahoga, no puedes dormir, no puedes pensar en nada y sientes pánico a pensar porque eso te paraliza… Respira…

Me mira con los ojos llenos de lágrimas y querría salvarlo. Querría tener las palabras mágicas que aliviasen su carga, pero no las tengo, sólo tengo mi pobre experiencia, mis alas mordidas y mi fe.

-Me quedé anclado –susurra y me cuesta trabajo seguirlo-. Soy un niño, no crecí, mi mujer me lo dice siempre, tengo tan caros los sueños…

No puedo evitar sonreírle. Me llena de ternura. Me gustaría poder sentarme con él y escucharlo, escucharlo descargarse de ese peso que lo hace andar despacio y encogido. Pero la clase está llena de gente y soy su profesora y sólo tengo veinticinco años y otro agujero en el pecho…

-Llévate este texto –le indico-. Léelo, sin cargas, sin peso, disfrútalo porque es hermoso, habla de lo que estás sintiendo.

Cuando me lo cruzo a última hora es una sombra, le pregunto y me observa como desde lejos, los ojos perdidos y húmedos.
-Diste un paso.
-Vine…

y por fin el frío venía de fuera


De madrugada la lluvia me desveló contra los tendederos metálicos de la terraza junto a mi dormitorio, en casa de mis padres. Saboreé el silencio de la casa e intenté volver a dormir sin buscar ningún recuerdo de los que me condenan a madrugar últimamente.


A mi pesar, a las ocho y media estaba más que despierta. Miré el reloj para comprobar qué debía hacer y pensé que mi padre aún no se habría ido a trabajar y que, si me levantaba ya, podría acompañarlo un ratito mientras leía en el salón. Salté de la cama buscando el pijama y la bata blanca y, justo después, subí las persianas.


Al principio creí que todavía estaba dormida, porque la nieve caía revuelta sobre el paisaje nublado y en obras. Las imágenes se agolparon en mi cabeza: la terraza nevada de la casa de La Carolina, aquel ensayo en que nos quedamos aislados, la guerra de bolas de nieve por el casco antiguo, Alcalá y el coche amarillo… Pero mi lado práctico me despertó recordándome que tenía que conducir en esas circunstancias y que la noche de antes ya me habían aconsejado comprar cadenas.


He abierto la puerta de mi cuarto dando voces anunciando el cambio en la climatología. Pronto estábamos los tres, acurrucados, en mi ventana, la favorecida por las pocas vistas. Y me alegré, me alegré al pensar que otro año más veía la nieve antes de la Navidad, signifique eso lo que signifique.


Y me pareció que por fin el tiempo me hacía justicia –”diluvia Alcalá como si me escuchase”- y que el hielo asaltaría mis calles congeladas y vacías.


Nevó: primer milagro del día.

domingo, 13 de diciembre de 2009

volver a los orígenes


Me crié en un pueblo lleno de calles rectas y perfectas, de casas bajas y paseos eternos en los que el horizonte nunca dejaba de verse lejano e inalcanzable.


Vivíamos en una casa a las afueras, con jardín y sótano, con descampados en los que salir a cazar aventuras con los hijos de todos nuestros vecinos. Javi y yo íbamos al colegio paseando solos desde bien pequeños y, en las tardes interminables, nos colábamos en el hotel cercano a volver locos a los trabajadores. Había una falsa morea a la que trepábamos intentando construir cabañas y, una vez, conseguimos entrar asombrados en la cabaña cerrada de la granja abandonada.


Los domingos íbamos a misa a una iglesia lejana y yo me sentaba con mi madre en el coro, junto al altar, entretenida con las vidrieras para no morirme de aburrimiento entre canción y canción. Mi padre subía a leer a veces y, como mezcla seseo con ceceo, el cura siempre le dejaba aquellos textos con palabras como "resurrección" o "ascensión" para que todos se riesen con sus nuevos inventos de pronunciación. Si nos portábamos bien, nos daban veinte duros o nos compraban un huevo de chocolate.


Después venía mi parte preferida del domingo. Cuando lo recuerdo, siempre hace sol. Salíamos guapos y elegantes a la puerta blanca, donde los niños jugábamos mientras los adultos decidían cuál iba a ser el plan. Si había suerte, acabábamos todos en mi casa. Cada uno llevaba lo que tuviese pensado comer aquel día y se compartía en el salón o en el patio mientras los niños corríamos, alegres, por la casa convertida en una fiesta.


Recuerdo, con una tristeza enorme, aquella hora del domingo en que mi casa se iba vaciando y tocaba bañarse y acostarse en las habitaciones que hasta entonces habían estado llenas de vida, cariño y risas.


Hoy me animé a acompañar a mis padres a aquel pueblo, a una de aquellas viejas comidas. Los niños ya no son tan niños, estudian carreras fuera de casa o llegan sólo para comer y largarse. Me siento en medio de las dos edades, adulta y niña, mimada por todos. Comprendo cosas de las que entonces no comprendía. Los observo también con ternura, no sólo dispuesta a recibir, sino también a darme. Me doy cuenta de que todos han estado preocupados por mí y me siento culpable. Pero no tengo nada que contar, así que escucho, llena de curiosidad y añoranza.


A última hora, antes de irnos, como colofón a este día, acompaño a mis padres de vuelta a aquella iglesia, o más bien, mis padres me acompañan a mí. Parece que no haya pasado el tiempo, pero Don Jorge murió y las caras ya no son tan familiares. Y, abrumada, no sé si triste, descubro que no me encuentro, no me encuentro en la que fui, en la que he sido, en la que voy a ser.


Se borró mi sombra de los bancos, de las calles largas... Siento que todo fue sólo un invento.

tribulaciones de una chica en tierra de orcos



Gerardo me recoge en la gasolinera y para su mercerdes para bajarse y fundirme en un abrazo. Nada más verme ya se está riendo. Me contagia enseguida. Dejamos mi coche en su casa y me lleva a ver la sierra, a pasear por el valle con la nieve de fondo y el sol bañándolo todo.




Echaba mucho de menos a Gerardo, no sabía cuanto hasta que estamos juntos. Hasta que comenzamos a contarnos cómo nos ha ido la vida estos meses. Él bromea, como siempre, hace chiste de todo y me invita a no parar de reír. Es fácil estar con Gerardo, de pronto no han pasado los meses, volvemos a tener la misma complicidad y nos abrazamos al ritmo que nos tiramos del pelo, gritamos y nos burlamos el uno del otro.




Me gusta cómo me escucha Gerardo y cómo me cuenta las cosas, cómo podemos pasar de la seriedad más absoluta al más total de los absurdos. Me siento en reciclaje, todo aparece en perspectiva.




Cuando estamos paseando llama su primo "el orco". No tarda en apuntarse a los planes y entonces yo comienzo a explicármelo todo. Si Gerardo es rápido, creativo y bromista, su primo debe ser su más admirable maestro. Casi no puedo dar bocado durante la comida, porque entre anécdotas, bromas, chistes y chascarrillos me da miedo atragantarme. Las aventuras están servidas, y como tienen buen público, van complementándose hasta que el bar se llena por completo de nuestras carcajadas.




Rodeada de orcos recibo todo tipo de propuestas: patinar, esquiar, hacer surf, viajar, escaparme un fin de semana... Me siento acogida y también totalmente abrumada por la información y por las continuas ofertas. El orco mayor es toda una caja de sorpresas, lo descubro cuando nos lleva a la casa que se está construyendo él mismo: "la casa de Goku", la bautizo sin dudar, porque es una estructura redonda con ventanas en forma de ojal que apuntan hacia el cielo. Casi no doy crédito.


-El próximo callejeros van a sacar a mi primo el orco -se burla Gerardo después de que me han contado que es pianista, estanquero, maestro de obra y además se ha construido su propio coche. La verdad es que me siento de una simpleza tremenda.




Disfruto como una enana hasta que los enredos empiezan a liarse cada vez más y de invitada paso a presa y a escapar.


-No hace falta que te lo diga más -me abraza Gerardo cuando, por fin solos, volvemos a despedirte-, sólo tienes que llamar, venir y quedarte con nosotros. Te vienen bien aires nuevos, gente nueva, nuevas relaciones.
Y sé que lo haría feliz, que si llamase más a menudo y me plantase allí, en su tierra de orcos, lo haría muy feliz.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Odette, una comedia sobre la felicidad


La decoración de navidad ya llena la casa de mis padres. El árbol brilla rojo y dorado junto a las puertas grandes del salón y un misterio rodeado de velitas ocupa la parte central. La casa está silenciosa. Me he quedado sola, Javier al final no ha venido y la tradición de los viernes dicta unas cervezas con los amigos para mis padres.


Odette aparece en la televisión prometiéndome pequeños milagros. Se conforma con poquito. No importa qué se derrumbe, ella sabe encender la ilusión en los rincones más diminutos. Yo la envidio, intento tomar apuntes, aprender de sus motivos. Se cruza con Jesús sobre las aguas y conversan, Jesús alegre o triste, como ella, que canta entre cristales autorizando a la imaginación a campar a sus anchas.


La primera vez que vi esta película, hace unos ocho meses, preferí no atender demasiado a todos sus pequeños detalles, mi corazón no era capaz de comer otra cosa que no fuesen piedras. Hoy miro a Baltasar, intentando curarse junto a ella, buscándose en lo minúsculo, alejado de las palabras.


Y viajan junto al mar ("¿Al Mediterráneo?", "¡Qué barbaridad! Al mar del norte") como hago yo cuando soy incapaz de encontrarme tierra adentro, porque Odette no estaba de humor... Odette que inventaba la belleza para los demás...


"He venido porque mi hijo necesita aprender algo, para saber si todavía da clases de felicidad". "Quiero hacerte feliz", "Hacía mucho tiempo que un hombre no me decía eso".

jueves, 10 de diciembre de 2009

destinos definitivos, la abuela, David y las cartas a los Reyes Magos

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Hoy ha sido uno de esos días completos de acción, con una mañana de infarto yendo y viniendo a hacer fotocopias, colocando certificados en orden, escribiendo una y otra vez “copia fiel del original” en cada folio, con el abrigo puesto para salir volando a la oficina de Correos.

Cuando era pequeña, mi abuelo Andrés me llevaba a la boca del león donde se dejaban las cartas y hoy le he visto las tripas. Recuerdo meter mi mano con cierto temor entre las fauces de la bestia, así que observar el cajón absurdo que es por detrás me ha desilusionado un poco.

La oficina estaba atestada de gente con prisa que pedía la vez. A mí no me salía la voz del cuerpo. De pronto me he sentido un monigote sin fuerzas, de pie con mi chaqueta marrón y la carpeta abrazada al pecho mientras el reloj marcaban lentamente los minutos. “Por favor, por favor, que sea capaz de explicarme cuando llegue a ventanilla, por favor, que no me suene la voz temblorosa…” Afortunadamente me tocó un funcionario eficiente que al ver mi cara y el taco de papel me indicó amablemente cada paso que tenía que dar y me selló, con una sonrisa y explicaciones, las copias y los originales para quitarme un peso de encima.

Me acerco a la capilla del centro a serenarme un segundo antes de ir a casa de mis abuelos, que me esperaban más tarde. Así que los ayudo a poner la mesa entre anécdotas y promesas.
-¿Abuela, por qué no hacemos bolitas de coco el jueves que viene? –propongo arrancándole una sonrisa enorme.
-También podemos hacer bombones de fruta escarchada –se anima. Mi abuela lleva cuatro Navidades sin preparar dulces caseros, así que me siento agradecida.

David me llama cuando estoy terminando mi naranja. No hablamos desde julio, pero ninguno de los dos se siente culpable. Ahora él vive en el pueblo de mi infancia, mientras que yo vivo en el pueblo de la suya. Ironías de la suerte.
-Eres la única persona con la que no me siento culpable cuando llamo –me dice entre risas-. ¿Cómo estás?
-Bien.
-No me lo creo –sentencia nada más oírme.
David y yo llegamos a una complicidad tremenda durante el largo invierno de Alcalá. Saqué a relucir mis negros en nuestras tardes interminables de vino y brasero, de trivial y sorbete de limón con nieve. Nos ponemos al día de todas las superficiales que conseguimos reunir y prometemos vernos durante las vacaciones, porque él volverá a casa de sus padres y yo pretendo pasar más días aquí que allí.
-No te me escapes…

Llego a clase con primero de la ESPA agotada, absolutamente agotada del día. Como estamos trabajando los tipos de texto de carácter personal, los animo a escribir una carta a los Reyes Magos con un único inconveniente –los que me conocéis de tiempo sabréis ya cuál es-: no se puede pedir nada que se pueda comprar con dinero.
-Eso es fácil, maestra –me dice Juan Carlos cuando todavía no he terminado de escribir el enunciado en la pizarra-. Yo para los Reyes sólo te quiero a ti.
-No digas tonterías –lo reprendo mientras los demás hacen un intento de jaleo.
Nuria me mira ofuscada, no sabe qué puede desear.
-¿No se te ocurre nada? ¿Si pudieses cambiar lo que quisieses, si pudieses transformar el mundo…? –aventuro emocionada-. Yo pediría tantas cosas…

miércoles, 9 de diciembre de 2009

esteban y gerardo

los tres chicos

Me llaman cuando estoy intentando encontrar las llaves en mi bolso, en cuanto veo el nombre en el teléfono me muero directamente de vergüenza, ¿desde cuándo no los llamo? La última vez que tuve noticias de Esteban su mujer todavía no había dado a luz, y cuando hablé con Gerardo hace un mes, le prometí ir a verlo.

Escucharlos es un regalo de risas y anécdotas. Intento no pensar demasiado en Alcalá, para no echarlos de menos, pero al escucharlos, se me acaban todos los cuentos, recuerdo todos nuestros momentos y nuestras complicidades, el café de Ramón, las risas en copistería, los abrazos de Gerardo, las peleas de balón prisionero, los cotilleos en los bancos del patio…

-¿Cómo estás tú? –me pregunta Esteban cuando me ha puesto al día del nacimiento de su hijo y del estado de su mujer y sus otros niños.

-Pues verás… –es difícil de explicar hoy concretamente cómo estoy. Le hablo del instituto, del trabajo… Pero quiere más-. Estoy bastante sola, la verdad…

Gerardo agarra el teléfono para darme una espuerta de voces. No puedo parar de reír ante sus ataques, es siempre tan fresco, es tan rápido haciendo chistes y proponiendo aventuras… Quiere planearme la nochevieja, cuatro días en el campo con sus amigos, pero sólo van parejas y me temo que no me apetece demasiado el plan. Pregunta, respondo, suelta varias de las suyas, de esas que me hacían ligeras las penas. Una ronda de “vas a aprender a andar sin piernas”, “o te portas bien o te comes el filete con pajita”… En su línea.

-¿Qué haces este fin de semana? –se lanza obligándome a tomarme el tema en serio.
-En principio no tengo cerrado nada.
-Vente a casa, estoy solo el fin de semana y va a ser aburrido.
-Vale.
-No me hables como a los locos, bicho.
-Que no, que vale… Llámame mañana o pasado y te confirmo.
-Lleva el móvil encima.

Los te echo de menos, el resto de bromas y las risas, voy a quedármelas adentro, para que me calienten en esta casa vacía.

martes, 8 de diciembre de 2009

sal de tu tierra

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Mi mejor amigo se perdió con un grupo de scouts durante uno de nuestros campamentos, pasaron dos días fuera, uno de ellos sin agua para beber. La noche en que volvieron, mi amigo, abrazado a mí, hablaba en sueños diciendo que tenía sed y se despertaba, sobresaltado, buscando la botella de agua como si le fuese la vida en ello.

Lo que quiero decir es que, a veces, después de haber experimentado un momento difícil, continuamos viviendo como si todavía estuviésemos allí, repetidas veces, siempre muertos de sed.

Necesitaba serenarme, preguntarLe, descubrir.

Poner en orden una vida detenida. “Vivir no es sobrevivir”. “Sal de tu tierra”.

Sal. Elige.

No recordaba el miedo a los cambios con tanta intensidad como ahora. La pasión contra el corazón sobre el hielo. Perdonad la incomprensión, todavía no tengo las palabras necesarias para describirlo.

Me dijo Dios: “no te pido que me entiendas, sólo que te fíes de mí”.

Yo le dije: “soy fuerte, hazme valiente”.

Él me dijo: “no sabes lo pequeña que eres”.

Y respondí: “estoy equivocada”.

Fíate de mí. Elige. Conozco tu verdadero nombre.

Tengo miedo. Tengo sed.

jueves, 3 de diciembre de 2009

mira cómo se ríe la maestra

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Ayer renegaba sin más de este trabajo que debe ser vocacional y que estaba el tercero o el cuarto de mi lista de inquietudes.

Me presenté a unas oposiciones porque los demás pensaban que era lo correcto, lo que tenía que hacer. La educación en institutos no me llamaba la atención, pero era fácil hacerlos felices. Yo habría elegido, de haberme sentido libre en aquel momento, largarme al extranjero, dedicarme a escribir, probar suerte como becaria en alguna editorial cobrando cuatro duros.

Cuando era pequeña jugaba a las maestras en mi sótano, pero también jugaba a las mamás y a hacer teatro. Cuando era pequeña quería ser bailarina o pintora por encima de todo. Por eso a veces me cuesta conciliarme.

Dar clase es un trabajo entretenido, si te olvidas de todo lo demás y te quedas sólo con los chicos del aula, con dejarles una huella de poesía, de amor por las palabras, es un trabajo fácil. Pero desgraciadamente estamos atados de pies y manos, el curriculum es importante, los tantos por cientos, la calidad, el aguantar hasta lo indecible porque el instituto es una guardería para niños grandes… Pedir destinos me hace replantearme si esto es realmente lo que quiero.

Soy práctica. Hago mi trabajo bien. Aprendo.

A Rueda le cuesta leer en voz alta. Lanza las palabras rápido y a voces para quitarse el problema cuanto antes de en medio. Parece que vende ropa interior en un mercadillo. Los demás se ríen tanto como Rueda, que es ese tipo de persona con un sentido del humor increíble capaz de reírse de sí mismo. Y, al final, entre tanta risa, me acaban contagiando.

-Mira la maestra cómo se ríe –grita Alberto entre carcajada y carcajada.

“Aprenderás, con el tiempo, que al final sólo merece la pena por la satisfacción personal de ver cómo crecen, cómo aprenden, cómo consiguen metas, aunque sean pequeñas”, me decía ayer el jefe de estudios. Este año tengo que esforzarme, casi a diario, por recordar que puedo ser feliz con mi trabajo.

desórdenes

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No sé lo que me pasa, me andan desordenando el mundo.

Busco los interruptores de la luz donde no están, intento abrir las puertas al contrario, abro muebles vacíos deseando que estén llenos de cosas. Será quizá que vivo entre “la realidad y el pensamiento” de alguien que imagina, “aunque yo no lo sepa”, donde deberían estar mis zapatos, en qué estante descansa mi novela preferida, de qué color son mis ojos cuando despierto, con quién sueño toda la noche.

Y por eso, llena toda de inconsciencia, estoy viviendo más allí que aquí, enredada donde él me imagina, despistada en esa casa que idea para mí. Y, también quizá, como en el poema, él está sentado aquí, desordenándome entre risas el pelo en esta “cama de amor que no conoce, la misma que se queda fría cuando se marcha”.

Así, mientras él me piensa, se difuminan los rasgos de esta realidad tan cotidiana y, entonces, casi sin darme cuenta yo; deseando, él sólo deseando, ha creado nuestra historia, una casa nueva, un desorden establecido entre todas nuestras fotografías y los besos que nos dimos en el último viaje que hicimos juntos a mi ciudad preferida.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

interesado interés

llenoAunque había reparado en él, como es lógico, en mis interminables caminatas por los pasillos del instituto, nunca habíamos cruzado más allá de cuatro frases. Por lo poco que sabía me parecía un buen tipo, así que hoy, cuando me vi colapsada por tantos detalles burocráticos, asalté su despacho.

-¿Si he sido ponente en un congreso también lo tengo que meter? –le pregunto desde la puerta.
-Claro –me responde con una sonrisa-. Apartado 1.4.2.b.

Cuando ve mi cara de completa indefensión, no tarda en ponerme una silla junto a su ordenador. Enseguida está dispuesto a ayudarme en todo lo que necesitase. Lo que para mí es un caos increíble, para él resulta tan sencillo que no sabía si tenía que sentirme muy ridícula o no.

Aparta la mirada cuando tecleo mi clave y vuelve a darme conversación.

-¿Pedirás por aquí, no? Cerquita de casa… –intenta mientras abre pestañas en el ordenador a velocidad de vértigo.
-Ni hablar –me río-, quiero costa.
-¿Algún lugar concreto donde te tire alguien, no? –supongo que soy fuente de dudas en el claustro, como todavía no he dejado ningún cotilleo en la sala de profesores…
-Sólo quiero vivir junto al mar…
Me observa escrutador. Y no sé cómo luce esta fachada hoy.
-Un alma libre… –sonríe antes de volver a hablar de datos y me río.

Acabamos volviendo al tema personal quinientas veces, me habla de su experiencia, de su doctorado, de su mujer, de su trabajo a media jornada en la universidad… Le hablo de mis pasiones y frustraciones, de lo que esperaba, de lo que me cuestan algunas cosas…

-¿Tienes prisa? –me pregunta cuando yo ya comenzaba a sentirme culpable por estar robándole su tiempo.
-No… la verdad.
-Menos mal –sonríe-, si quieres te explico lo del código…

Dos horas después de que tuviese que abandonar el instituto, paseo bajo la lluvia, sin prisa, de vuelta a casa, pensando en cómo por puro interés he descubierto a alguien que puede ser importante. Qué ciega a veces, qué ciega…

martes, 1 de diciembre de 2009

gracias por los pequeños milagros

toledo 034Cumplí fatal mi propósito de hoy… aunque sí que me siento agradecida por algunos pequeños milagros que me han ayudado a sonreír:

-Leticia como equipo de rescate.

-Me crucé con un hombre que olía a goma de borrar y a libro nuevo.

-En 1º ESPA me reí a carcajadas con las bromas de los chicos y escuchando a David confesar que le tengo el corazón destrozado a su compañero.

-Leí “aunque tú no lo sepas” en 2ºbach y se hizo un silencio absoluto. Sus caras eran increíbles… totalmente increíbles…

-La sonrisa de Silvia cuando explico algo y el gesto  cómplice de Jose cuando hago un chiste malo.

-Volver a casa escoltada por dos compañeros que me hacen reír.

-Ana está locamente enamorada y escucharla tan tonta me hace feliz.

-Pero, sobretodo, mi calendario de adviento está dando vueltas por el mundo, lo mandé en un mail a unos pocos amigos que se han dedicado a reenviarlo y ya me ha llegado dos veces más a mí. Gracias…

nuevos destinos


“Qué suerte que no tienes hijos”, “Qué alegría, así soltera te pueden mandar a donde quieran”, “Así tan jovencita da igual que te manden a un pueblo perdido de la sierra”, “Como no tienes que tirar de una familia…”, son algunos de los argumentos con los que se me recibe estos días en la sala de profesores, rincón que se ha convertido en la base de operaciones de todos los que tenemos que jugarnos la suerte eligiendo como máximo trescientos números.


Sí, soy afortunada… sólo tengo mi trabajo, así que qué más da donde me manden.


Delante mía tengo los códigos de todos los lugares de Andalucía con instituto. Unos cuantos folios de letra pequeña donde he señalado en amarillo orillas de mar.


Los cambios siempre aterrorizan. Pero saber que eligiendo como elegí en su momento, he acabado aquí, me hace sentirme nerviosa. ¿Voy a aborrecer también en septiembre el sitio que elija hoy?


De los números que ponga saldrá mi “destino definitivo”, el lugar donde empezaré una vida, compraré una casa, llenaré paredes de estanterías…


Es difícil para alguien como yo no poder imaginar cómo será mi vida más allá de las dos horas de clase que tengo en un rato. Es difícil para mí escribir sobre la vida de los demás y estar tan asustada como para fantasear con la mía.


Que sea lo que Dios quiera… quizá de aquí a dos años estoy pidiendo Gijón y mandándolo todo a la mierda.


(mi propósito de adviento de hoy me está costando horrores)

lunes, 30 de noviembre de 2009

cotidiana

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Acierto con la llave a la primera. Tengo las manos heladas. Por favor, que no se me apague la luz. Lo consigo, entro a casa.

Cierro empujando la puerta con un pie y tanteo para buscar el colgador de las llaves. Me quito el bolso con trabajo porque se me ha enredado en el abrigo y estoy cansada. Lo cuelgo en la percha, me he propuesto dejar la mesa del salón despejada. En la oscuridad de la entrada desabrocho el único botón del abrigo y me despido del calor que había acumulado.

Aún a oscuras abro la puerta del salón y enchufo el calefactor para caldear un poco mi invierno. Como está enchufado donde ponía la lámpara pequeña, voy a encender el flexo de pie, pero la bombilla explota sin más con un relámpago de tormenta. Me hace cierta gracia el accidente y evalúo la posibilidad de buscar un chino donde comprar un recambio, pero hay más lámparas en el salón, así que enciendo con el pie la que hay en la esquina.

La taza del té sigue sobre la mesa. Enciendo el ordenador y hago sonar la misma música que lleva todo el día acompañándome.

Enfilo mi dormitorio para cambiarme. Cierro persianas, me dejo caer pesada en la cama. Cuando me desvisto, me enredo en la bata roja y me observo en el espejo. Hoy tengo el pelo bonito y esa idea me entristece un poco.

Vuelvo al salón y recojo la manta azul con la que me arropé después de comer. Me lío en ella y me siento frente al ordenador, acurrucada en la silla negra, las rodillas abrazadas. Miro el poemario de Gloria sobre la mesa, observo la paleta gráfica y mis ojos continúan hacia las ventanas, la sombra de los árboles contra las cortinas, el frío helado de la calle.

Pienso que quiero escribir, pero no sé el qué. Por eso comienzo este texto describiendo mis últimos pasos, aunque no sirvan de nada, aunque no signifiquen nada.

domingo, 29 de noviembre de 2009

primer domingo de adviento



Hace algunos años, a mi madre le regalaron un calendario de adviento que, en lugar de tener regalitos o chocolatinas, contenía propósitos para cada día. Recuerdo irme a la universidad pensando cómo poder practicar aquel valor que decía el calendario. Pero después de aquella navidad, lo perdimos y, desde entonces, todos los advientos lo echo de menos.

Al encender en mi casa la primera vela del adviento hoy, me acordé de aquel calendario y salté rápidamente a buscar en internet. Quizá sea porque este año me aterroriza el hecho de que se acerque la navidad, siento más deseos de estar preparada. De preparar mi corazón para dar valor sólo a lo importante.

En internet encontré algunos modelos para utilizar en familia, pero no me terminaban de convencer, así que al final decidí hacer mi propio calendario de propósitos. ¿Qué necesito trabajar? ¿Qué quiero preparar?

En mi libreta de tomar notas junto al ordenador, comencé a escribir con mi bolígrafo celeste. Después de unas cuantas vueltas, de unas cuantas dudas y de algún que otro propósito que se me quedaba sin trabajar, terminé mi lista.

Ya la tengo de fondo de pantalla aunque las letras se vean pequeñas, sólo espero ser capaz de profundizar un poco, ser coherente, en lugar de pasarme estos días dejándome llevar por el nuevo espíritu de la navidad –el de gastarse todo el sueldo en tonterías-.

sábado, 28 de noviembre de 2009

milagros de un sábado cualquiera

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En medio del frío del día, en las manos y el estómago, entre la preocupación y el miedo por ti, aparecieron pequeños milagros que quiero dedicarte:

-Rezar en el silencio de mi casa después de leerte.

-Carmen y Manuel me llenaron la casa de carreras y gritos. Con sus vocecitas y sus medias lenguas lo conquistaron todo. Carmen ahogó a Peter Pan en una maceta y después me miró sonriente mientras Manuel tocaba una trompeta horrible.

-Han puesto una pista de patinaje sobre hielo falso en la plaza del pueblo, he ido a mirar y justo una niña ha pegado una culetada y Carmen se ha reído a carcajadas –yo un poco también-.

-Marina y Lucía me han acompañado a tender una lavadora y Lucía se ha enamorado de mi casa. Ella ha ahogado en la maceta a Campanilla y, tras tender mis calcetines, me ha dicho que lo que más le gustaba de mi hogar era: “las chuches de encima del frigorífico y las bolitas de la mesa” (una gelatina que tengo extraña).

-El jamón serrano del almuerzo (un auténtico milagro de sabores).

-Lucía mimosa intentando que Marina le hiciese cariños y cosquillas.

-Manuel viniendo a buscarme para dormir la siesta sobre mí, diciendo: “quiero una cama pequeñita para dormir contigo”.

-Carmen pintándome los ojos y los coloretes con maquillaje invisible.

-Contar cuentos nuevos a Lucía y observar su cara y sus respuestas (eso ha sido genial).

-Comprar cuatro velas para el adviento y una maceta de pascua.

-Marina pidiéndome ayuda con la gramática. Tenerla en casa e intentar ayudarla. Hablarle de ti y escucharla hablar del amor de su vida como si se tratase de una película épica. Intentar responder sus dudas sobre mis decisiones.

-Chelo llamándome para proponerme una escapada.

-Hablar con Ana un ratito después de comer.

-Marta y su dulzura a última hora.

-El ataque de amor de mi madre, cuando yo tenía todas las defensas bajadas.

-Hablar con mi padre de House.

No son cosas enormes, pero son pequeños tesoros dulces del día. Batería para seguir.

viernes, 27 de noviembre de 2009

mi musa


¿Por qué empecé a escribir? Quizá mi madre contase que siempre estaba inventando historias, que me encantaban los cuentos y que tengo una imaginación desbordante que tenía que plasmar de algún modo. Mi padre traería aquí mis quinientos cuadernos, recordaría a aquella profesora, incluso a Don Lucas. Podríamos barajar diferentes versiones del mismo caso. Pero la respuesta es muy simple. ¿Por qué empecé a escribir?


Porque nació Marina.


Marina nació cuando yo ya era lo suficientemente grande como para sorprenderme del milagro de la vida. Tenía diez años cuando la sostuve por primera vez en aquel apartamento pequeño de Sevilla y no recuerdo muy bien lo que pensé, sólo sé que tuve miedo de que algo malo pudiese pasarle y también que me sentí agradecida. Mi primer intento de novela la tenía como protagonista.


Conforme crecía Marina, crecían mis ideas, cambiaban mis cuentos. Recuerdo en la adolescencia escribir un testamento donde le dejaba a ella todos y cada uno de los textos que tenía escritos, en acción de gracias por su existencia. Mi primera novela publicada nació sólo como un regalo de navidad para ella, porque aborrece leer -mi triste sino- y quería escribir una historia que la hiciese feliz, que tuviese todas las cosas con las que Marina soñaba de pequeña.


Marina me inspira un nivel de ternura que me hace emocionarme siempre que la pienso. La quiero. La quiero de una manera absoluta y gratuita desde que bien pequeñita se abrazaba a mi cintura cuando me dolía la barriga y se dormía dándome calor como un monito dulce. La quiero recordándola enfadada cuando puso un guisante debajo de mi cama para demostrarse que yo no era una princesa y le confesé que no había pegado ojo en toda la noche. La quiero en todos nuestros juegos de la infancia y también cuando sus celos se dispararon con el nacimiento de Lucía.


-A mí también puedes seguir abrazándome -me dijo a media voz el año pasado, cuando paseábamos por este parque, con su pelo negro y su ropa oscura.


Marina hoy hablaba de sentimientos con tanta libertad, que me hizo sentir abrumada su completa confianza. Hacía meses que no nos veíamos, que no cruzábamos palabra y, sin embargo, mis emociones continúan intactas, preparadas para que ella se vuelva hacia mí y descubra que sigue necesitando mis abrazos.


Por ella, por Javier, por Lucía y mis pequeños... ¿qué no daría? Son el milagro más enorme que hay en mi vida.

jueves, 26 de noviembre de 2009

mala influencia




Inma comienza a chinchar mientras Maria José escucha mi fin de semana. Ayer me contó ella, en un descanso en copistería, cómo le fue su aventura de conciertos y confesiones, hoy me tocaba a mí describir mis andanzas. Es jueves y no vamos a salir, así que no tendremos la excusa de una copa para ponernos al día y abrir las puertas al nuevo fin de semana.

-¡No te juntes con Patricia, que es muy mala influencia! -grita Inma desde la mesa.

Me hace gracia que desde el primer día me llame por mi nombre y me trate con tanto desparpajo. Maria José no le hace caso y sigue escuchando.

-¿Pero qué pasa? -pregunta Conchi, que siempre se interesa por mí y por mis cosas.

-¡Que cuando Patricia y Maria José se ponen en camarilla puede pasar cualquier cosa! -se burla Inma llamando mi atención.

No sé por qué me lanzo a por ella, todavía no tenemos ese grado de confianza, pero por lo poco que he aprendido, sé que el contacto físico la intimida mucho, así que aprovechando que estoy de pie, abro los brazos y me voy acercando poco a poco a ella para darle un abrazo. Me da mucha risa ver cómo se va encogiendo cada vez más hasta esconder la cabeza entre los brazos. Ni siquiera me hace falta tocarla, ya está hecha una bolita de nervios y miedo. Le doy un beso en el hombro que no ha cubierto de protección y la escucho reírse mientras me alejo.

-¿No decía yo que tenía peligro? -comenta con su voz ronca y divertida.

Poco a poco me voy a haciendo un hueco. Sé que soy la chica y me tratan con condescendencia. Pero ya estoy convirtiendo en tradición leer los horóscopos a primera hora de la tarde y todos reclaman mi atención para que les responda a la suerte. Poco a poco va siendo más fácil llegar por las tardes y sentirme cómoda, sentirme partícipe de todo.