lunes, 28 de diciembre de 2009

fue un buen tiempo aquel

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-Igual no quiero preguntarte para no hacerte daño –dice Gastón una vez que hemos agotado el tema del trabajo.

Diluvia sin mesura cuando paro mi coche delante de la estación de tren. El tráfico ha sido horrible hasta llegar y, con el motor apagado, intento serenarme disfrutando del ruido de las gotas de lluvia sobre esta caja de chapa y cristal. Cuando te pasas el día luchando contra la tristeza, es muy fácil que ésta se te suba por los tobillos como una sombra hambrienta si consigues relajarte; pero he aprendido, con los meses, a apagar toda emoción en las esperas. Afortunadamente, Gastón no se hace de rogar.

Gastón y yo sabíamos el uno de la existencia del otro, y poco más, antes de que me sumase a su viaje a Londres. Nos habían concedido una beca, compartíamos una asignatura del doctorado y me animé a pedirle consejo. Creo que sin saber muy bien lo que estábamos haciendo, los dos acabamos compartiendo una habitación del hostel más cutre del centro de Londres. Al principio los dos estábamos muy asustados, no nos conocíamos de nada e íbamos a tener que convivir un mes en un espacio reducido. A parte, ninguno de los dos sabía cocinar.

Aprendimos pronto que ambos éramos seres independientes y disfrutamos el uno de la compañía del otro partiendo de pequeños detalles: decorar la chimenea oculta en la habitación, visitar papelerías, recorrer museos con fecha tope, tomar café en todos los sitios con encanto, descubrir jardines escondidos, visitar la ciudad en autobuses con personajes extraños… Nunca he compartido piso con nadie, a la hora de independizarme decidí largarme sola, pero si tuviese que elegir a alguien con quien convivir, no dudaría nada en elegir a Gastón. Me encantaba nuestra corta monotonía: al sonar el despertador yo cogía el “tuper” y me iba a la ducha mientras él remoloneaba, volvía y me vestía mientras él se iba despertando, preparábamos café, charlábamos de los planes del día, visitábamos un museo, él se iba a clase, yo a pasear, volvía y preparaba el almuerzo, él recogía la mesa, yo me iba a clase y él al gimnasio, y nos reencontrábamos en la cena, cuando yo ya había brindado con Rocío, para después irnos los dos a nuestro cuarto a beber té y compartir aventuras… Era todo simplemente fácil. Era absolutamente libre.

-Viste, yo a vos siempre te imaginé sola –me dice cuando ya estamos comiendo y le he abierto con facilidad pasmosa mi corazón-. Sos tan independiente…

No me he dado cuenta, pero le he hablado de todo, y él me mira con ternura y sin compasión, con comprensión. En un momento me abraza, y no es un gesto muy suyo, porque la de los abrazos era yo, por eso me siento agradecida. Hablándole comienzo a reírme, sin ser consciente, reparo de pronto en que me estoy divirtiendo, me resulta tan sorprendente que llego a ser ingeniosa y nos reímos juntos, como antiguamente, como dos marujas paseando por Oxford Stret en un autobús rojo.

-Igual yo estoy superocupado, pero tenés que venir a verme –comenta en algún momento, supongo que antes de que lo haya cargado con un libro de poemas de Luis Alberto de Cuenca donde he señalado mis versos de estos meses-. Compartimos poco tiempo, pero aún me acuerdo de vos cuando regreso a ciertos sitios. Fue un buen tiempo aquel.

Fue un buen tiempo.

1 comentario:

La sonrisa de Hiperión dijo...

Pasé a echar un ratito de lectura y como siempre me voy encantado. Un placer siempre pasar por tu espacio. Aprovecho para desearte una buena entrada de año.

Saludos y un abrazo enorme.