viernes, 31 de diciembre de 2010

es que yo celebré el cambio de año en septiembre


Y es que a mí, que retransmito desde la mesa verde de la cocina de mi madre, con mi hermano haciendo manualidades para un regalo delante mía, los abuelos en el sofá, mi padre comprando regalos en la capital y el café a punto de acabarse entre mis manos, pues no me apetece que acabe nada de lo que he empezado. Sobretodo no quiero que acabe diciembre, quiero que sea diciembre hasta que me aburra de esta estúpida felicidad. 

¡Feliz año a los que lo deseéis cambiar!

jueves, 30 de diciembre de 2010

borrachera de cansancio


Tres días dan para demasiado. Dan para aparcar el coche en segunda fila con las luces encendidas y esperar(te), para buscar regalos en centros comerciales sobretransitados y descubrir la iluminación más perfecta de la ciudad -también la más horrible en la puerta de la librería donde alguien me conocía y yo buscaba palabras que nunca estaban-, para pasear puestos buscando el peor regalo y hacer fotografías como extranjeros en viajes de aniversario, para que digas tonterías, para decirlas yo o para ir de la mano. Dan para brindis rápidos y farolas adornadas con pascueros, para deshacer y hacer maletas, encontrar lo complicado, mantener conversaciones de madrugada y escuchar las confesiones más tristes y encantadoras. En tres días se puede medir la espera con semáforos, también coleccionar besos en un lunar concreto, planear una mudanza y escuchar cómo Antonio me habla de los pecados que estoy pagando. Si uno se ve muy capaz, puede incluso amenazar el día de diluvio con listas de muebles y carros cargados hasta arriba, compensándolos con risas de Juan pequeño que siempre se deja hacer por su madrina. En tres días Leticia puede hablar sin ton ni son desde el cansancio y Juan hacer malabarismos con las cajas. Puedo parecer pequeña y grande y fuerte y agotada. Incluso beber cocacola, dormir como un lirón y encogerme por un rayo. Puedo encender las luces de mi árbol de navidad, hablar con Marta y terminar la moleskine que empecé en Cádiz cuando en tres días quería curarme de todo, incluso de ti. 

Y ahora estoy borracha de cansancio, acurrucada en el sofá, con el cuerpo todavía acomodado a Juan pequeño y unas ganas locas de ponerme ropa cómoda, pero sin tener aliento para escapar de este rinconcito calentito de mi guarida de luz. Escribiendo para no tener que moverme, escuchando a boza y al reloj, como casi siempre. 

martes, 28 de diciembre de 2010

teoría del caos


...en el caso de los sistemas caóticos, una mínima diferencia en esas condiciones hace que el sistema evolucione de manera totalmente distinta...

No podemos evitar trazar la órbita de las cosas que compiten por ocupar un puesto en nuestra constelación. Siempre me acordaré de Carlos dibujando su constelación mientras yo hacía la lista de cosas que haría si me quedaba soltera. Después Jose Luis nos hizo solucionar problemas reales a través de constelaciones. Pero acabas olvidando que cada planeta tiene sus propias leyes y que, para trazar una teoría física universal, necesitas conocer cada uno de los pormenores del universo. 

Al parecer hay tres tipos de sistemas: los estables, los inestables y los caóticos. Un sistema estable tiende a lo largo del tiempo a un punto determinado. Un sistema inestable depende absolutamente de sus factores iniciales. El caos -yo- es la lucha entre dos fuerzas y cualquier cambio, por minúsculo que sea, puede alterar por completo el dibujo esperado que auguraba el inicio del caos. 

La cosa es que, comiendo, mi padre hizo referencia a esta teoría. Y yo, que soy abstracta, descubrí que había olvidado estudiar las características de mi universo, que sintiéndome un sistema inestable me había conformado con los factores iniciales pero que, hoy, recibiendo una minúscula alteración en mis condiciones, debo reescribir toda la historia. 

¿Sabes cuando en 1984 él se ocupaba de reescribir los periódicos del pasado? Bla, bla, bla... 

La verdad es que mi caos tiene la misma facilidad para el desastre que para la felicidad. Y cargo las maletas y todo lo que puede pasar. 

lunes, 27 de diciembre de 2010

srtas. moustache


Porque contigo reírse pasa tan de verdad que luego no se sabe parar...

viernes, 24 de diciembre de 2010

feliz navidad



Que todos sepamos brillar hoy como brillan las luces de nuestros árboles, de las calles, de las chimeneas, de los hornos, del frigorífico, de las velas, del reloj-despertador, del móvil, de los ojos de la abuela, de la luz del pasillo, del coche, de la farola, del piloto de la pantalla del ordenador, de las estrellas y los anuncios, de las iglesias y los portales de las casas. ¡Feliz Navidad! Miel, besos y destellos para todos.

jueves, 23 de diciembre de 2010

vuelve a casa, vuelve...


La carretera promete nieves cuando, cargada de maletas, salgo del sol hacia el invierno. Es curioso que en casa se ha despertado un día despejado, de esos que te permiten andar en manga de camisa. Conforme iba avanzando en mi camino, el cielo se iba encapotando. Recordé el día que estuve a punto de quedarme aislada en la autovía por la nieve y deseé, sin darme cuenta, tener la oportunidad de ver los primeros copos de esta navidad. 

Once grados de temperatura diferenciaban mi casa de la de mi familia. Javi me ayuda con las maletas y mamá tiene la mesa puesta con cosas riquísimas y ese olor en la cocina que sólo consiguen ellas. Cuando papá llega del trabajo lo sorprendo porque dije que llegaría a la hora de cenar. Así que, un poquito antes, ya estamos juntos los cuatro poniendo en común todo lo último que nos ha pasado. 

Hoy es el aniversario de mis padres, así que lo celebramos juntos con anécdotas. Siempre he dicho que tengo en casa el mejor ejemplo de amor y que eso genera unas expectativas altas. Reímos, hablamos de alumnos, de ofertas de trabajo, de nuevas recetas, de la familia. Sé que mi madre se siente en paz teniéndonos allí y sé que, cuando a mí me toque pasar por sus días de hoy, me sentiré igual de feliz y de tonta viendo a mis hijos crecer y marcharse. Intento no pensarlo para no sentirme mal. Cuando tienes una familia así, crecer se convierte en una traición no definida. Querrías, en algún lugar de ti, seguir teniendo diez años para siempre.

El árbol de navidad, el portal de Belén, la decoración navideña, mi dormitorio con los muebles y la cama nueva, la enorme flor de pascua y mi incipiente resfriado. El salón de sofás rojos, la televisión encendida, la cocina de la mesa verde, los regalos envueltos para llevar mañana a casa de los abuelos. El teléfono de malaquita y las velas de adviento, los vinilos, los portátiles, las fotos de los niños y las gominolas en el tarro de cristal. Crecer sabe a sal. 

lunes, 20 de diciembre de 2010

cuando el sueño está a punto de llegar



creo que llueve fuera, boza canta bajito en el ordenador (bebe de la sed que siento al mirarte), el reloj me observa en la quietud de la casa, sonrío idiota con los ojos a punto de cerrarse, como una niña que sabe ronronear... buenas noches, buenas noches, calamidad

domingo, 19 de diciembre de 2010

dibújame ventanas en mi casa


Chica pasó la tarde conmigo. Hablamos de todo lo que nos dejamos: de las cosas que son fáciles decir, del tiempo, de lo que hay que leer entre líneas, de lo que no se quiere oír... Yo bebía té. Él tomó un café largo y estiraba los pies bajo la mesa. Yo me senté en el sofá blanco. Él la mayoría del tiempo en el sillón marrón. Todos estos datos son anecdóticos, pero se nos hizo de noche y diluviaba. El balcón abierto se encendía de rayos mientras el árbol de navidad titilaba recortado en el cristal, como nosotros. 

Cuando digo algo que no quiere escuchar, él siempre dice "eso no es verdad" y me convence de las mil razones por las que son falsas mis palabras. Es entonces cuando accede al sofá blanco, pero luego se va. Hablamos de macetas, de gatos, de hombres, de trufas de chocolate, de imágenes infantiles y el paso del tiempo. Hay un segundo determinado en que lo veo real, con la edad que tiene, con la media barba, acomodado en esta habitación que hace unos años seguro que ninguno de los dos hubiésemos sido capaces de imaginar. En ese segundo nos he contextualizado. Contextualizar da vértigo, lo prometo. 

Como las palabras no terminan de ser lo suficiente exactas para nosotros, acabo abriendo la moleskine sobre la mesa y dibujando con un lápiz lo que quiero decir. Un dibujo nos lleva a otro y acabamos dibujándonos a nosotros mismos, cómo nos vemos, cómo creemos que somos. Yo siempre me pienso como una habitación abuhardillada, blanca, no muy grande, con una puerta cerrada que no quiero atravesar y, desde hace poco, una ventana que da al mar. Chica se imagina como una amplia habitación circular llena de ventanas por las que entra la luz, también hay manchas, me dice, que a veces crean sombras. 

Acabamos dibujando a todos nuestros amigos comunes, locos de emoción, con la tontería de las habitaciones y el lápiz. Para él soy un jardín pentagonal con pasillos negros que conducen a un centro blanco blanco blanco. Me gusta tener un centro de luz. Me gusta. 

sábado, 18 de diciembre de 2010

madrugar sin querer


Madrugo porque me acosté demasiado temprano y, acurrucada en mi cama, escucho a los pájaros en los árboles del zoo despertando. Entre las persianas y desde el salón entra una luz azul que me recuerda a mi antigua casa. Me tumbo bocarriba y espero sin pensar en nada o pensando en todo, qué se yo. Me pregunto cuánto tiempo llevaba sin hacer esto y me levanto decidida a preparar el desayuno y dedicar mi mañana a la montaña de ropa por planchar que he ido acumulando. Hay veces en que una casa pide orden y armonía, esta casa lo pide siempre, me apetece que todo esté en su sitio y transmita calma. 

Tanteo en busca del pijama para no dar la luz y subo las persianas para descubrir un día nublado. Escucho mi reloj y los ronquidos del vecino. Al descorrer las cortinas del salón intuyo gotas de lluvia colgando de la barandilla y pienso tristemente en mis geranios que han muerto por culpa de una oruga simpática y letal. 

Me ovillo en el sofá debajo de la manta que mamá me hizo para este invierno y, sorprendente en mí, enciendo la televisión. Descubro en la 2 la maravilla de un concierto de cuerda. El pianista es cada nota que toca. La música clásica siempre despierta en mí el mismo sentimiento de sed, esperanza y desgarro. Me atraviesa, me recorre... ojalá estuviese en esa sala de palacio donde las flores de pascua acotan el improvisado escenario. 

La luz, el sonido, el café entre las manos me invita a orar y, a menos de siete días del 24, me emociono quizá por primera vez en mucho tiempo leyendo la Palabra. Pienso en que pronto estaré en casa de mis padres, con Javi, preparando la Navidad en familia, viajando a casa de los abuelos, abrazando a los niños, observando la belleza de Marina, haciendo planes con Juande, visitando a Chelo, recibiendo la ternura de Marta que también volverá a casa por navidad... Los sentimientos se encuentran, para buscarme debajo de ellos. 

Y el piano inaugura un único rayo de luz que se escapa del cielo plomizo. Tic tac. El último sorbo de café. La plancha. 

lunes, 13 de diciembre de 2010

mi tortuga ninja


Mi tortuga ninja responde con una risa cada vez que lo llamo por su apodo, y enreda sus manos en mi pelo si le doy bocados o pone cara de felicidad si le riego de besos el cuello blanquito y tierno. Mi tortuga ninja se queda dormido con la mano engarzada en mi pañuelo y se recuesta como una avestruz pequeña buscando cobijo para su cabeza. Tiene los ojos azules y grandes y llenos de preguntas. Y la boca de su madre, aunque todo el mundo dice que es clavado a su papá. 

Mi tortuga ninja mira sonriente a mamá, duerme toda la tarde en su regazo y llora dando gritos para no dejarla ducharse en paz. También habla con su padre largas conversaciones de hombre a hombre y le da hipo de las carcajadas cuando intenta comerle la nariz o chocan sus frentes con un tope. 

A mi tortuga ninja le gusta que le diga tortuga ninja y Humphrey Bogart o power ranger rojo o estrella del pop, sex simbol, capitán pescanova, Alejandro Magno o cualquiera de los nombres que se me ocurren de carrerilla y sopetón cuando lo tengo delante y las palabras de siempre se me quedan pequeñas. Porque no puedo decirle simplemente: "guapo" o "ay, mi niño" o "dulzura". Porque necesito buscar el término adecuado y me salen todos juntos, divertidos y locos como es mi amor por él. Como es el amor que despiertan estos seres frágiles e indefensos que lo dan todo sonriendo, nuestros niños. Juan pequeño. 

Todo el mundo me pregunta por qué lo llamo así. Leticia y Juan no. Ellos me conocen. Ellos saben de mi manera estúpida y desenfrenada de amar, de la alegría que se oculta en las palabras. Por eso Leti al escribirme me dice: "tu tortuga ninja se ha dormido" o se ríe cuando Juan pequeño se deshace alegremente mecido por los ritmos de mi voz recitándole poesía. Por eso Juan aprovecha para hacernos fotos antes de irse a trabajar, como un valiente, asumiendo que se queda en casa la madrina. 

Y yo imagino, de vuelta a casa, cuando mi tortuga ninja sea mayor y yo le cuente entre cosquillas todos esos nombres que le ponía cuando era tan pequeño que se dormía en mis rodillas. 

sábado, 11 de diciembre de 2010

sobre todas las mujeres que hay en mí


La herencia genética de generaciones y generaciones de mujeres que llevo en mis venas, se ha manifestado hoy en mí, convirtiendo el sábado de descanso en un no parar continuado. Para entendernos, me ha poseído el espíritu de una antepasada maruja, seguro. 

Lo que empezó como una ligera limpieza del hogar, se convirtió en otra nueva etapa de terapia emocional a través del paño del polvo, el aspirador y la fregona. Coleta en lo alto de la cabeza, camiseta de tirantes, música bien alta y a ponerlo todo patas arriba para después volverlo a dejar en orden. La tentación de parar estuvo ahí, lógicamente, sobretodo entre lavadora y lavadora. Pero elevé a su máxima expresión lo de "hacer sábado" que decían nuestras madres o abuelas, y a las dos y media de la tarde, no contenta con haber terminado la limpieza, en lugar de comer cualquier cosa, decidí que quería hacer empanadillas caseras en el horno. 

A las cuatro terminaba de recoger la cocina y salía disparada a recoger a Manolo del trabajo para tomar un café con él. Pero como el pobre no había almorzado, me lo llevé a casa a que degustase mi almuerzo. 
 -¿Te pico un tomate? -dijo la maruja que hay en mí por no añadir que si se había quedado con hambre le freía un huevo. 

Lo llevé de vuelta a su trabajo, a uno de los grandes templos de consumo de nuestro país y, tras tomarme un café y despedirme, me lancé a la tarea de comprar los ingredientes que me faltaban para dedicar mi tarde al proyecto de regalo de navidad que tengo para algunos de mis amigos. A las siete de la tarde volvía a casa con una  botella de brandy, huevos, chocolate, azúcar... 

A las siete y cinco el horno estaba funcionando y también dos cacerolas. Cuando a las nueve, mis padres me llamaron para decidir el "amigo invisible" de estos Reyes vía web cam, yo todavía estaba con las manos en la masa. Y la última hornada salió un poco más tarde, cerca de las diez. 

¿Creéis que la maruja que hay en mí estaba decidida a parar? ¡En otras circunstancias me habría ido directamente al sofá! Pero no, hoy no. Hoy me preparé la cena... ¿Qué me pasa? Si casi siempre ceno crispis... 

Hasta las diez y cuarto no me senté en el sofá. Restransmito desde la misma postura que tomé. No puedo con mi vida. Me duele la espalda, quiero un masaje y sólo puedo pensar tonterías. La maruja que hay en mí se siente tan realizada que ni se molesta en insistirme para que recoja los platos de la cena. ¿Me dejará dormir o se liará con la plancha?

martes, 7 de diciembre de 2010

a veces cuatro años...


A veces cuatro años no son suficientes para nada. Y los abismos se convierten en algo así como pozos ciegos que no sabemos si saltar, conservar o tapar con nuevas caricias. Quizá por eso, cuando me asalta en Tribunal, con su pelo largo lleno de rizos y su barbilla perfecta, con su nariz dulce y sus ojos enormes llenos de dudas, siento que el corazón se me encoje al mismo tiempo que se me dispara. 
 -No entendía por qué íbamos hacia Tribunal si queríamos llegar a Sol -dice Mark entre risas cuando la verdadera Sol, la Sol que conocí en otra vida, se enreda entre mis manos y camina llena de preguntas como yo. 

A veces cuatro años dan para mucho. Para que se creen las grandes heridas. Para que seamos un espejo en el que no sabemos si nos queremos mirar. Porque ninguna de las dos ha vuelto a Londres y las paredes siguen de pie y algún día, también nosotras, habremos de marcharnos con las experiencias recogidas. Nos cuesta trabajo comenzar a hablar de lo fundamental, primero debemos pasar por el clima, por el cuánto tiempo, por el mundo laboral y nuestros pisos nuevos. Después llegan ya los nombres propios, los recuerdos reales que saben a dulce que ya no se puede volver a probar, las miserias y las madrugadas. Esa zorra llamada soledad que habita a veces en casas como las nuestras. 

Y Sol se ríe de mi pelo largo y yo miro su melena de rizos imposibles, sus pestañas largas, casi impertinentes, su gesto que se torna serio momentáneamente cuando cualquier idea es más fuerte que su conciencia de estar aquí. Hay un momento, puro de sinceridad, en que las dos dejamos escapar por los ojos lo que no podemos decirnos y nos quedamos en silencio, sin mirarnos de nuevo, para recordar el bar en el que estamos y esconder la sombra de una herida. Después volvemos a sonreír sin darnos cuenta. 
 -Ahora podemos crear nuevos recuerdos -le digo cuando ya queda poco para marcharnos. Y Sol dice algo así como que no podemos dejar pasar otros cuatro años. 

Y en una esquina, en una calle más allá de la preciosa tienda de dulces de colores, con una Marta de boca rosa y sonriente, Sol y yo nos despedimos, con la conciencia extraña de no saber si cumpliremos las promesas que no hemos intentado hacernos. 

lunes, 6 de diciembre de 2010

conquistar por el gusto


Madrid se despierta entre lluvias y vuelvo a haber dormido tanto que el cuerpo me bosteza entre las sábanas de Marta. La luz es queda en las habitaciones mientras Mark desayuna en la cocina y nosotras preparamos el café. Migueu espera que Kahrina despierte escuchando música en el sofá. Aquí siempre me siento en casa. Tanto que, cuando miro el reloj, tengo que darme una ducha a la carrera porque Mark y yo llegamos tarde a la iglesia. Afortunadamente está justo al lado del portal y no nos llueve demasiado. Abrigados y felices, paseamos Madrid hasta la hora de comer, mientras Marta dibuja en su habitación. Me gusta imaginarla siempre con el pelo revuelto y las gafas, concentrada en su tarea, frunciendo el ceño levemente cuando las cosas no salen a su manera. Madrid, Madrid, Madrid... podría quedarme.

La lluvia cada vez conquista más terreno, más cabezas, más palabras y después de comer decidimos dedicar la tarde del té a preparar flan de chocolate y almendras, bolitas de coco y cualquier cosa para conquistar por el gusto. Descubro, quizá al crecer, que me encanta la capacidad de seducción que se esconde en las cocinas, el secreto misterio cuando se prepara un plato para compartir, cuando no cocino sólo para mí. Charlamos y reímos con las hoyas al fuego, con las manos llenas de azúcar, con Manu preguntándonos en qué andamos metidas. Y mientras suena la música, llegan las anécdotas, se encuentran los verbos, se abrazan los silencios concentrados. Por eso la lluvia repiquetea fuera, mientras Arturo el erizo agacha la cabeza con su nariz afilada y el océano nos conquista en casa. Por eso la cocina se convierte en un sitio de encuentro y confesiones, en el sitio más cálido del hogar, por eso entiendo tantas cosas. Tantas, tantas cosas sobre la felicidad.  

domingo, 5 de diciembre de 2010

el mercado de san miguel, el regalo de marta


Marta y yo nos conocemos desde hace tanto tiempo que llega el punto en el que hemos agotado nuestra capacidad para hacernos regalos. Todo lo especial que podíamos crear la una para la otra, ya está creado. Así que, desde la navidad pasada, nos regalamos momentos, experiencias. Mi cabeza estaba loca al planear su regalo de cumpleaños porque como el tiempo amenazaba con diluvios Madrid, todos los planes iniciales tenía que ir cancelándolos en vistas a que iba a ser imposible pasear. Afortunadamente el cielo, en última instancia, nos da un respiro y luce azul y perfecto la mañana del sábado. 

Nos levantamos tarde y tenemos que dejar para el final la visita al museo que iba a estar al principio, porque el descanso es lo primero y llevaba semanas sin dormir ni tanto ni tan bien ni tan ligero. Nos ponemos vestidos y leotardos y los guantes, las bufandas, el abrigo... para echar vaho por primera vez en este invierno. Mark, el nuevo compañero de piso de Marta, un profesor de literatura de California, se apunta a la excursión con nosotros. Así que los tres, guapos y abrigados, con la piel tersa por este frío estático de la capital, nos pateamos el centro rumbo al mercado de San Miguel, donde quiero invitar a Marta a comer. 

El antiguo mercado, un edificio de metal y cristal bastante bonito, parece ahora un invernadero de personas de mejillas sonrojadas que portan copas de vino. Los puestos del mercado venden ahora sus productos para que los puedas consumir allí, en las barras de los comercios o en mesas altas dispuestas en el centro, rodeadas de pequeños carros decorados de navidad que te ofrecen desde croquetas hasta magdalenas de colores. Aunque cuando llegamos nos sentimos un poco abrumados por la cantidad de gente, la idea me va entusiasmando más y más conforme pasa el tiempo. 

Elijo un vino de Toro para Marta y después del primer brindis comienza la aventura de conseguir la comida, de avivar los paladares con un queso, la lengua con un poco de jamón... Marta va relajando el gesto y se contagia de risas, se derrite en la banqueta mientras hablamos de palabras mezclando el español y el inglés animados por las copas. En uno de los puestos conozco a la mujer francesa más bella de las que rondan los sesenta años, mirarla me fascina y vuelvo a encontrarla en otra de las filas para esperar. 

Ella y su grupo han llegado antes que yo, son varios matrimonios franceses, elegantemente vestidos, todos altos y atractivos, interesantes. Pero no se han dado cuenta de pedir un tiquet, así que cuando consigo el mío, se lo ofrezco y cojo otro. Al principio se niegan y quieren cederme la vez por haber estado más atenta, este simple gesto se convertirá en un juego absurdo porque, de pronto, sin saber cómo, quizá sólo por sonreír, todo el mundo me ofrece sus tiquets para que avance en la fila y pida yo antes. Gente que decide rendirse, me ofrece a mí los mejores números y yo, nada más verlos, se los ofrezco a la musa francesa que sonríe incrédula. 
 -Tienes la mujer más hermosa del mundo -le digo a su marido que me responde con una amplia sonrisa de satisfacción. 

Después, cuando ya consigo el quinto tiquet y el número está a punto de salir, decido invitarlos a pedir conmigo y hacemos fondo común para comprarlo todo entre risas. 
 -¿Por qué haces esto? -me pregunta el marido de la musa. 
 -Porque es más fácil de lo que pensamos hacer felices a los demás -le contesto sin pensarlo.
 -Pero también es muy extraño -sonríe él y todos brindamos. 

Cuando vuelvo a Marta llena de vida y con la bandeja de comida en la mano, ella celebra mi vuelta con la propuesta de otra nueva botella, "porque este vino no me sabe a alcohol" apuntilla emocionada. Y brindamos y reímos con Mark, y hablamos de seducción y conocemos a un grupo de andaluces y acabamos siendo recogidos por Manu, intentando fingir que no llevamos nada de chispa en nuestras venas. Riendo más y más para visitar el Reina Sofía como niños que intentan comportarse y acabar cenando pizza, calentitos, en el sofá. 

¡Qué bien se está en Marta!

jueves, 2 de diciembre de 2010

la apatía, la pereza y otros monstruos de temer


Se te cuelan en la casa si estás cansado de algo, o de todo. Andan muy despacio, son como las sombras de la tarde cuando el sol se pone en la ventana y cuando quieres acordar tienes que encender las luces para ver. 

La pereza gusta del sofá y come dulces, escucha buena música, lee cuento corto o simplemente no hace nada, te mira sin más. Te mira durante horas, horas con todos sus minutos y cada uno de sus segundos. Dice cosas bastante creíbles como que es mejor dejarlo para mañana, o que por qué tanta prisa, o te pregunta de qué tienes que preocuparte si total... Es mentirosa, zalamera, despreocupada y aburrida. Marta dice que la vence Lord Voluntad y que yo lo conozco muy bien y sólo tengo que invocarlo. Pero la pereza hoy habla más alto que él. 

La apatía es bien distinta. Llega con permiso, también despacio. Es de esas chicas a las que crees que puedes mandar a paseo cuando quieras, de esas chicas fáciles. Tú le dices entra, para que te quite de encima lo que te molesta. Porque apatía no habla como la pereza, apatía calla todo. Hace un silencio brutal en todos los oídos de tu cuerpo. Yo tengo su número apuntado para cuando quiero paz. Siempre se me olvidan sus costumbres, la impertinencia que llega a desarrollar cuando quiero escuchar algo y ella sigue dándome nada. Apatía viste de desierto la cama, la ducha, la hora de comer. Te elige la ropa y te quita las ganas de leer. No come chucherías, bebe café. Y está hueca, terriblemente hueca. 

Los otros monstruos tienen muchos nombres, podríamos ponernos creativos y airear la nómina de derroches que pueden traernos. Pereza dice que no tenemos por qué, sube la música y aleja el reloj. 

lunes, 29 de noviembre de 2010

chispea


Me aburren las reuniones, pero me gusta la lluvia calma que se me enreda en el pelo como restos de diamantes imaginarios cuando nadie llega a tiempo con el paraguas o simplemente decido que es mejor así. Hablar de modernismo se hace difícil en una clase de cuarenta alumnos que sólo piensa en el próximo viaje a Gibraltar y en si iré o no con ellos. Pero abrazar el café con las manos heladas o sentarse a charlar en una mesa verde con brasero, probando mi suerte para arrancar una sonrisa, puede ser lo que preñe de poesía el ascensor. Las curvas son charcos rasgados por las luces de mi coche. Y, yo, bajo el parabrisas rítmico. Me parece que he estado días fuera de casa cuando vuelvo y todo está descaradamente en su sitio, retándome al desorden cuando entro tropezando, capturando mi voz con el teléfono para no olvidar cualquier idea. Hoy compartimos el ritmo de mi pensamiento con Lisandro Aristimuño, es fácil entenderlo si sabes quién es. ¿Sabes cuando la música te hace sentir llena de hilos y conforme las notas se derraman vas experimentando como tiran de unos o de otros para elevarte o hundirte? Sí, justo así. Porque tengo billetes de tren hacia Marta. 

sábado, 27 de noviembre de 2010

desde mi cueva de luz


Diluvia. Me ha despertado un dolor de cabeza horrible y, al ruido de la lluvia, me pregunté si seguía aún en el hormiguero y todo había sido un sueño. He remoloneado en la cama como no hacía desde el curso pasado y, frente al milagro del ruido de la tormenta, he subido las persianas del balcón -que es casi una pared de mi dormitorio-, y he vuelto a tumbarme observando mis macetas, el cielo gris, los árboles moverse. Es un lujo que no haya nada frente a mi ventana, sólo el cielo y yo. Un cielo plomizo y cargado, como mis ideas. Me estiro entre las sábanas y vuelvo a recogerme. Daría mi reino por que alguien me trajese un café a la cama, por que, junto a este milagro, todo oliese a café y a pan caliente y a promesas de invierno. Me gustan las promesas de invierno, me gusta andar bajo la lluvia, mojarme el pelo, saltar charcos, ver las luces reflejadas en el suelo húmedo. Pero también disfruto de este momento, calentita en mi cueva de luz, refugiada de la intemperie como si fuese una niña inventando un refugio entre sábanas tendidas. Es sábado. 

miércoles, 24 de noviembre de 2010

calendario adviento 2010



CALENDARIO 2012 (pinchando aquí)

Aquí os dejo el calendario de propósitos de Adviento que he preparado para este año. Para que el que quiera lo cuelgue en su frigorífico y prepare el corazón. También lo ofrezco para el que lo quiera compartir. Y al que no le interese, pues que vea, simplemente, lo bonito que me ha quedado. 

martes, 23 de noviembre de 2010

llovió y quise hacer pan


Cuando todavía no sabía ni hablar, mi madre llenaba cuencos de la cocina con diferentes ingredientes, cada uno con una textura totalmente sorprendente con respecto a los demás. Entonces, con la paciencia y la ternura que sólo mi madre tiene, iba metiendo mis manitas en uno y en otro recipiente al tiempo que descubría mis respuestas. Quizá por eso hoy, cuando comienzo a mezclar el agua con la harina y mis manos se afanan en amasar el pan que me he decidido a preparar, no puedo evitar acordarme de aquella costumbre y de ella. 

Volvía de dar la catequesis con unos niños de doce años y había comenzado a llover. Las calles se vacían en esta ciudad en cuanto caen cuatro gotas, por eso aprovecho para pasear despacio y en ese deambular recuerdo la harina para pan de arándanos que compré este verano. Llego a casa con esa molestia del invierno que nace de saberse llevando encima más ropa de la que soporta el cuerpo, así que me quito los zapatos, me pongo cómoda y me lavo las manos para empezar. 

Mi cocina no es muy grande, pero tampoco es pequeña. Al pensar en amasar vuelvo a la casa de mi abuela, a su enorme mesa de la cocina en la que hemos hecho dulces, bolitas de coco, pestiños, pasteles, tartas con fresas, bombones de fruta... La mesa de la casa de mi abuela es perfecta para cocinar todo lo rico, todo lo bueno. Suele tener un hule de frutas rojas y, antes de nada, pasa el estropajo con gracia, seca con el paño y reparte la harina con sus manos arrugadas. Sin quitarse los anillos. Si alguna vez se los quita, se acuerda a mitad del proceso. Como yo, que me he quitado el reloj cuando ya estaba perdida y he decidido que mi anillo se quedaba junto al pan.

También me acordé de Karen, la amiga alemana de mi madre con la que hacíamos manualidades de pequeños. A Karen seguro que le gusta hacer pan. Como a Juan, que estaría disfrutando de lo lindo investigando en la cocina y proponiendo hacer panecillos con formas creativas. Como Marta, que hace galletas si voy a ir a verla. 

Ahora el horno está encendido. Sólo me queda aguardar. Mirar con ojos de niña mientras la masa sube y se dora mi pan. Qué extraña satisfacción la que se deriva de hacer algo por uno mismo, aunque el camino más fácil sea irlo a comprar. Me gusta. Me gusta esto de hacer pan. 

viernes, 19 de noviembre de 2010

un año y casi un mes

foto de Ángel 

Casi se me pasa la fecha del todo, aunque se me ha pasado ya bastante. Es noviembre y hace un año y algo más que existe este rincón que nació de la presencia de Marta y de las amenazas de mi tía si dejaba de escribir un blog de confesiones. 

Muchos días me replanteo continuar o no con este rincón que hace las veces de diario, de parte de noticias, de lugar de desahogo y reflexión. Me sorprende que muchos de vosotros me leáis, me inquieta que lo hagan los que me conocen porque deberían estar ya hartos de mis palabras, pero me fascina bastante más el que la mayoría no me conocéis de nada y aún así hacéis el esfuerzo de tragaros mis parrafadas. Hoy pido perdón por todas esas entradas interminables en las que simplemente me dejé ir sin ninguna censura ni medida. También doy las gracias, doy las gracias porque sois más de cincuenta seguidores, porque hacéis comentarios que son, al fin y al cabo, el alimento de un blog y, sobretodo, porque consentís que no visite la mayoría de vuestros rincones. 

En un año de palabras pasan muchas cosas. A veces me leo y no sé muy bien quién era yo. Es muy tonto cuando al leerme me gusto y muy bochornoso cuando ocurre todo lo contrario. Conocéis mi alto grado de dramatismo, no puedo ni quiero renunciar a él. Soy exagerada, teatral. Es mucho más divertido. El patetismo tiene esa parte a la vez vergonzosa y encantadora que no me deja de tentar. Hemos hecho una mudanza e iniciado nuevos caminos. Pero el reloj sigue siendo el mismo. 

Yo ya sabéis que no sé quién soy. Palabras, momentos, poesía, personas, recuerdos, teorías... Y que dure otro más.  

miércoles, 17 de noviembre de 2010

interruptores


Las nubes pasan rápido en mi terraza, las margaritas han explotado y el café está a punto de terminárseme. Queda poca luz y es una luz apagada, una luz color teja, casi rota, la que tiñe de colores esta tarde, la que guerrea con un cielo demasiado azul cuando aparece entre los jirones blancos y grises. Hoy parecía el primer día de otoño, con el mar plomizo, la lluvia tonta y el interruptor funcionando. Sí, sigue funcionando. 

Hay pájaros diminutos dando las buenas noches demasiado pronto y tengo una pila de ropa por planchar. Es el primer año, de los que llevo viviendo sola, en que me preocupo por que mi ropa no tenga arrugas. En que me hace falta alguien a quien conquistar por el gusto en la cocina. Será que me hago mayor o aburrida. Es esta sensación de estar cerca y lejos de mí al mismo tiempo, como siendo la eterna desconocida, la que estaba por llegar, la que se iba cuando comencé a mirarla. Y el interruptor funciona, sí, sigue funcionando. 

Tengo una de las mesas pequeñas llena de libros apilados, poesía con filosofía, teología y proyectos de novela, agendas de teléfono, libretas, facturas y propaganda. En medio la pequeña maceta reclamando un puesto, la que tengo que regar. Y luego esta otra mesa vacía. Con la taza de café. Anoche al entrar no sabía si me sentía o no me sentía en casa. Cuando te mudas muchas veces en muy poco tiempo, comienzas a hacer vínculos rápidos y superficiales con la gente para preparar la despedida. Parece ser que no quiero hacer vínculos demasiado fuertes con la casa. Es tan absurdo que el interruptor siga funcionando. Tan, tan absurdo. 

Se enciende y yo corro a apagarlo, en un parpadeo, con un solo gesto, apagado. Pandora ya no construye cajas, construye interruptores, los vende al por mayor, pero a mí con uno me basta. Porque todavía puede salvarnos la belleza, ¿verdad? Todavía puede salvarnos la belleza. Y yo tengo que planchar. 

martes, 16 de noviembre de 2010

hablar y escuchar


El secuestro, al que me somete Carmen este fin de semana, tiene como premio escucharla en concierto y reencontrarme con Ana. La cosa es que, lo que se presentaba como un fin de semana de locura, se convierte en un tiempo para las confesiones, por eso las casi cuarenta horas de nuestro viaje desembocan en seis horas de conversación en un coche con Carmen y en seis horas de conversación con Ana por una ciudad lluviosa. 

Me gusta descubrir la luz en las personas, mi yo de narradora tiene la obsesión por desentrañar los misterios de los demás y como Carmen ha despertado mi curiosidad desde el principio, su propuesta desquiciada de un viaje sin preparar se convierte en una oportunidad perfecta para saber quién es o quién puede llegar a ser. Las personas somos casas llenas de puertas sin abrir, podemos ver cómo es la casa por fuera, cómo son los pasillos, los rellanos de las escaleras, descubrir cómo incide el sol sobre las paredes... pero para entrar en esos cuartos, necesitamos permiso y palabras. Hay quien es incapaz de abrir siquiera la puerta de la despensa, hay quien sabe llevarte a los cuartos que está preparado para mostrar. Carmen me guía y me pide disculpas por sólo pasear por los pasillos de mi casa. 

Con algunas personas tengo la necesidad de escuchar y de no decir nada. Con otras tengo la necesidad de hablar hasta el aburrimiento sin ser capaz de escuchar la menor señal. 

Y Ana necesita que hable. Ana necesita abrir mis puertas, comprobar que todo sigue en su sitio, justificar sus recuerdos, entender el vacío de los sótanos, la luz de la buhardilla, descubrir dónde he dejado sus cosas. Ana  irrumpe en mi casa con su pragmatismo y, poco a poco, va preguntando. Va preguntándolo todo. Se merecía más de una explicación.
 -Lo bueno de ti -me dice mientras nos diluvia y los paraguas nos enmarcan la panorámica de una ciudad en domingo- es que lo analizas todo y eres capaz de verbalizarlo, eres capaz de llamar a las cosas por su nombre aunque te tiemble la voz. 

Sabe que hoy puedo darle las explicaciones que se merece y, por eso, ha esperado con una paciencia abrumadora a que yo estuviese preparada para hablar. Además, al responder, ocurre la magia de las palabras. Renombro el mundo, lo reordeno de manera gramatical, lo reconozco. Me reconozco -aunque no todo lo que vea sea de mi agrado ni lo vaya a cambiar a día de hoy-. Con Ana hago inventario de la emoción y recuerdo lo que me dice siempre: "te hago bien, yo te hago bien". 

El viaje en sí me hace bien. Escuchar a Carmen. Venderme a Ana. Dejar que la música recorra los rincones prohibidos a las palabras y que la lluvia me empape los zapatos. El viaje me acerca a saber quién soy, aunque tenga claro que en el momento en que me alcance, volveré a desaparecer. 

miércoles, 10 de noviembre de 2010

tres preguntas en tres momentos


Suena Sinatra y no está lloviendo. Tengo el pelo empapado después de la ducha y decido escribir antes de que los exámenes que tengo que corregir o la serie que me ha robado el alma por unos días, me quiten de nuevo la razón. 

Hay un coche mal aparcado en el garaje de la comunidad. Lleva más de veinticuatro horas así. En el limpiaparabrisas hay ya tres carteles en diferentes tonos pidiéndole que se coloque bien. A mí me hace gracia pararme a leer las nuevas notas, aunque su aparcamiento inadecuado me obligue a maniobrar más de lo necesario. La primera carta que le dejaron era educada, se daba por supuesto que el dueño del vehículo había llegado con prisa o algo parecido. La última nota contiene insultos y no puedo evitar reírme cuando la leo. Qué ridículos somos los seres humanos, a veces parecemos un mal invento. Nos enfadamos por cualquier tontería y somos capaces de decir a un desconocido lo peor que se nos ocurre, ¿estamos bien? A veces, cuando alguien se crispa de esa manera, me apetece preguntarle: "¿qué ocurre? ¿qué te preocupa?". Vivimos demasiado tiempo al límite. Como una cuerda a punto de romperse de tanto tirar. 

He ido a comprar unas botas que necesitaba. El centro comercial me da somnolencia, atravieso las puertas y me siento gris, numeral, automática. Lo quiero todo y no necesito nada. Necesito todo y no quiero nada. Y las familias pasan. ¿Será que no es la vida que imaginamos la que más nos conviene? No deberían vender flores en los centros comerciales. No deberían. 

El mejor momento del curso, por ahora, tiene lugar en diversificación. Cuando en un poema de Bécquer descubrimos las preguntas "¿De dónde venimos?" y "¿A dónde vamos?". Cuando sus cabezas se incendian de dudas y Manuel confiesa que, en su vida, hay noches en vela y vértigo por no encontrar respuesta a esos eternos interrogantes. Les leo el fragmento de Gaarder en el que dice que cada vez que ha volado una flecha, nuestras posibilidades de existir han estado en peligro. Y toda la conversación tiene lugar mientras desayunamos en secreto el pastel que Mireya ha hecho con su madre. 

Soy arenas movedizas. O algo así. No sé. Son tres ideas. Son tres instantes. Son lo que no tengo a quien contar. Información aburrida y adicional. Filosofía. 

lunes, 8 de noviembre de 2010

lo que trae el otoño


Siempre he sentido que la inspiración venía a mis ventanas con las hojas amarillas de los árboles y quizá es por eso por lo que este año se retrasa hasta que conduzco de camino a casa de mis padres. Es abandonar las fronteras de la costa, acercarme a las montañas, y las ideas comienzan a asaltarme haciéndome sentir deseos de parar el coche para tomar notas. 

Casi soy incapaz de prestar atención a la carretera durante la última hora de viaje. Mientras los árboles dorados van recorriendo los márgenes de la autovía, el personaje que se va diseñando dentro de mí, toma la palabra para relatarme su historia. Se mezclan los detalles más irrelevantes con los datos que realmente tendrán cabida en la posible novela. Puedo recordar un hecho de su infancia al tiempo que la contextualizo en un presente desconocido, intuyo incluso su futuro, aunque no pueda enfrentarme a él todavía. Es curiosa esta imaginación casi arquitectónica que eleva de la nada, de la más remota idea, la historia completa de alguien que existe únicamente en mí. Como un edificio que se va culminando conforme lo miro y se cubre de detalles, así va creciendo ella cuanta más voz le doy. Su tarea es confundirme. 

Cuando llego a recoger a mi hermano, el aire gélido, que todavía no había conocido este año, me besa las mejillas haciéndome sentir que la piel se me estira. Sé que palidezco y que el pelo me olerá a invierno y a promesas de diciembre aunque todavía sea pronto. A Javi le toca reírse de mi cuerpo tembloroso y burbujeante de palabras mientras le relato, sin darle tregua, las ideas que me han ido anidando. Así que el último tramo lo conduce él, para dejarme las manos libres dispuestas a recibir el otoño, para convocar a los gigantes de piedra y escapar a donde todo es como yo quiero que sea. 

(Bienvenida inspiración, siéntate mientras termino de ordenar la casa)

sábado, 6 de noviembre de 2010

quiero ser un niño


Quiero ser un niño y bailar bajo la lluvia de hojas amarillas y luchar con espadas de peluche y coronar árboles convertidos en cabañas. Quiero comer con las manos, limpiarme los mocos en la manga, vestir ropa vieja en el campo y tirar mis cosas en cualquier lado. Quiero caber en un abrazo, que un beso me ocupe toda la mejilla, que se me encienda la piel por una carrera o por luchar con los mayores que se parten de risa. Quiero partirme de risa por una tontería soberana: que me hablen en otro idioma, que me maten a cosquillas, que el columpio se distraiga y te estrelle contra el árbol. Enfadarme y sentarme en una silla con los brazos cruzados esperando a que vengas con caricias a solucionarlo todo. Quiero ser fácil como un niño, difícil como un niño comiendo pimientos. Y mirar a mis abuelos como seres imperecederos y creer que la muerte es una palabra y que debajo de la barba de mi padre hay otra boca y que el collar que me da mi madre no es de plástico sino de oro, de oro puro. Quiero escribir mal en un papel y convencerte de que digo algo importante. Quiero creer que mi príncipe azul es mi novio y no el de mi madre, que Javi tiene tanta fuerza como un oso, que debajo de las piedras grandes puede haber lagartos gigantescos. Que los cuentos son verdad, porque me los sé de memoria. Quiero ser un niño y lanzar la pelota con toda mi energía y que caiga a mis pies y me de la risa hasta aflojarme y dejarme zarandear por un ataque de cariños de los que ahora les damos a Lucía, a Manuel y a Carmen, pero que antes recibimos nosotros tan gratuitamente como los repartimos. 

miércoles, 3 de noviembre de 2010

ideas idiotas encadenadas de manera idiota porque tengo ganas de hablar de algo pero no quiero decir nada idiota de más


Tengo una lista de cosas prácticas por hacer, una lista de sueños por cumplir, otra de defectos. El café espera sobre la mesa a que me decida a reaccionar. La limpieza es también terapia emocional aunque siente mejor salir y comprar una falda de tubo. Mi maceta ha dado margaritas blancas y tengo las sillas patas arriba y la ropa por recoger. Ojalá la belleza pudiese salvarnos de todo. Invoco -convoco- a las palabras mágicas. Por favor. Gracias. Ábrete, Sésamo. Y la puerta se abre y, detrás, todo el desorden. Esta camiseta en este cajón, la rebeca para planchar, los libros a las estanterías -¿en qué orden? hoy da igual-, esto es para tirarlo y esto ya no importa, déjalo donde está. Poquito a poquito, ordenando la casa y a mí. ¿Sabes esos rincones donde se van acumulando las cosas que no consigues ubicar? Hoy no me voy a sentar en el suelo a mirar. Las cajas cerradas están cerradas por algo. Almorcé croquetas de mamá. No, deja, eso lo he limpiado ya. Me siento coloquial, artificial, en el sofá. Cuando volví a soñar con él, me trajo las promesas de siempre, y esta vez le dije que sí. Creo que voy a acabar en el infierno, me lo pienso inventar. Mi hermano dice muchas cosas inteligentes sobre la felicidad y yo digo muchas tonterías para compensar. He ganado una hora más de vida. Venga, deja eso ya. Tengo una lista de cosas prácticas por hacer -todavía no he tachado nada-, una lista de sueños por cumplir -clausurada-, otra de defectos -siempre dispuesta a engordar-. Pero vuelvo a pesar sesenta kilos, debe ser felicidad. 

lunes, 1 de noviembre de 2010

mi croupier


No me da tiempo siquiera a desabrocharme el cinturón cuando para el coche delante de la puerta. Antes de que me de cuenta, se ha bajado y me siento lenta al seguirlo. Veo cómo su silueta, recortada bajo la lluvia, se detiene frente a los focos encendidos. Es de noche y, torpemente, bajo yo también y me dirijo hacia él. Sé lo que voy a encontrar al hallarlo desde el momento en que escuché la manivela de su puerta, cualquier ruido, la mecánica del movimiento que lo ha llevado hasta donde está, era sólo el prólogo necesario. Al enfrentarme a él recibo lo que tanto he estado necesitando. Quizá simplemente porque es él. Eso no puedo decirlo. Porque es grande y, aunque es pequeño, me hace sentir una niña. Porque aprieta, porque tenía ese abrazo guardado en el mejor de los cofres sólo aguardándome a mí. El abrazo más tierno, el abrazo más fuerte, el abrazo más largo. El abrazo que se llamaba como yo y que aguarda con paciencia a que todo mi cuerpo se decida a recibirlo. Y él, mientras tanto, no cesa en su empeño y me repite, una y otra vez: te quiero, te quiero, te quiero, eres buena, te quiero, eres bella, te quiero, te quiero, te quiero. Como un mantra, como la lluvia, como los focos del coche y el ruido del motor. Te quiero. Y entrar en su abrazo es como entrar en el hogar y encontrar la mejor alfombra y encontrar la chimenea encendida y el café caliente y sentirse cansado. Cansado como alguien que ha estado durmiendo a la intemperie durante años, como quien no ha parado de caminar, como quien no ha bebido nada. Entrar en su abrazo es rendirse a la paz de saberse a salvo. 
 -Que no se te olvide -me dice cuando estamos empapados- que yo soy tu croupier, pequeña. 

miércoles, 27 de octubre de 2010

yo quería hablar de la casualidad, pero una idea lleva a la otra y ahora no sé cómo parar


Cuando grito suena el teléfono y, en lugar de coger aire para volver a gritar, respondo. También ocurre que cuando sueño con alguien, me lo cruzo por la calle. Si necesito urgentemente una palabra, llega un mensaje a mi bolso y, si se me ha volado la ilusión, me premian con un poema. Tengo un amigo que llama a todas esas cosas "diosidades", generalmente la gente las tilda de casualidad. 

Yo no creo demasiado en las casualidades. Creo en las señales, aunque las interprete a mi manera. Es una señal que suene el teléfono cuando siento la tentación de la apatía o de cualquier cosa. Es una señal que las últimas palabras en la cama sean ternura gratuita y que las primeras palabras al despertarme las grite Chica: "¡Estás viva,! ¡Amas!". 

Jostein Gaarder siempre dice que tendríamos que despertarnos todos los días pensando en lo milagroso que es tener un día más de existencia. Me repito con el tema de ayer, pero, ¡estamos tan acostumbrados! ¡Estoy tan acostumbrada que necesito que sea el espejo del trabajo el que traicione mis ojeras para conectar con mi existencia! ¡Estoy viva! 

Siento, experimento, duelo, grito, salto, tropiezo, respiro, respiro, respiro, irremediablemente. Y es un regalo. Explicaba hoy en clase la desazón de los poetas románticos que, en busca del ideal, chocaban con la cruda realidad y deseaban escapar a cualquier lado. Yo también soy idealista. Construyo utopías con la misma facilidad con que el mundo las destruye -¡pasen y vean, nuevas utopías para hoy, las regalo, son gratis, no se corten!-. A veces es agotador. Como les pasaba a esos poetas, me dan ganas de rendirme y escapar, ¿sabéis que de ahí viene el apodo con el que firmo en estos espacios?

La historia es tan simple... Estaba locamente enamorada. Locamente enamorada de dos chicos a la vez. El que creía que sería el hombre de mi vida y el que había aparecido lleno de promesas poniéndome los esquemas patas arriba. Tenía que tomar una decisión y me preguntaba por qué no podría quedarme con los dos con lo feliz que sería así. Tomar decisiones es una de las cosas que más me paralizan en mi vida. Entonces escribí un poema sobre escapar, ser como el aire y huir donde nadie pudiese señalar mi corazón y reconocerlo. Desde ahí me llamo Aire. ¿Me vuelo? Qué más quisiera que poder hacerlo realidad... que fuese fácil. 

Escapar es siempre la tercera opción en cualquier decisión pero, con el tiempo, las cosas de las que huyes acaban alcanzándote y la carrera las ha hecho más fuertes y menos cobardes. En cambio, tú estás agotada de  buscar la manera de evitar lo inevitable. ¿Quién tiene las de ganar? 

Después de eso necesitas más diosidades que de costumbre, en general porque se te queda un ala rota, o un corazón roto o una pierna, la boca, el pulmón... Los seres humanos no somos tan inmortales como nos creemos, lo que ocurre es que nos da vergüenza mostrar nuestras heridas y nos fingimos de acero. Yo me hago la chica dura todo el tiempo, he hecho tantos años teatro que a veces resulta fácil ir de dura por la vida. Pero soy rompible, como todos. Soy altamente rompible -"Nada que hayamos de percibir en este mundo iguala/la fuerza de tu intensa fragilidad" e e cummings-.

Pero también soy altamente reparable. Para alegría de mi padre, a mí me salva el amor. Vendo la pena por un beso, olvido la catástrofe por la caricia, perdono los golpes a cambio de ternura. Soy incorregiblemente fácil, qué casualidad. 

martes, 26 de octubre de 2010

memento mori


 -Últimamente me golpea con frecuencia la idea que me voy a morir -me dice un compañero mientras paseamos por las calles iluminadas de la ciudad. 

Hace seis días que mastico el pensamiento. Vivimos como si no tuviésemos fecha de caducidad, desaprovechamos el tiempo, vendemos los sueños, aceptamos las normas que nos vienen impuestas por la tradición y la desgana, asumimos, rendimos las tropas con facilidad pasmosa. No somos capaces de ver el tiempo desfilar. Los niños que fuimos no existen y hoy planchaba con el deseo de ser una abuela gorda con la cocina llena de nietos hambrientos a los que conquistar por el gusto. ¿Cuántos saltos son eso? 

Escribía en mi moleskine el domingo: "tengo que aprender a vivir / como animal perecedero / renunciar a esta farsa interminable / de existencia continuada / como si las civilizaciones se inventasen en mi boca / sólo porque yo las convocara". El reloj de mi salón toma un nuevo sentido. 

A mí también me golpea la idea del paso del tiempo, hace poco, creo que lo compartí aquí, me golpeó por primera vez la conciencia de que un día ya no estaría posando mis pies en el suelo. Es un pensamiento que congela la razón. Lo detiene todo. Y después te sientes una bala en la recámara y te preguntas cómo ser disparada. Tanta gente que ha quemado el mundo porque todo se iba a acabar. 

Mi pensamiento es trascendente, quiero decir, yo creo en el regazo de Dios. Aún así, la conciencia de no estar aprovechando al máximo las cartas que me reparte la vida me tambalea. Tengo la sensación de que, en algún momento, alguien llegará y me dirá: "tiempo muerto... todas las cosas que podías hacer..." Tremendo. 

¿Va a peor este sentimiento conforme se crece? Siento vértigo. Como si tuviese que correr hacia algún sitio pero no tuviese ni idea de hacia dónde. En casos así mi padre me hablaría de la fuerza salvadora del amor y yo arrugaría el ceño disgustada. 

¿Cómo va a salvarme el amor del paso del tiempo?

lunes, 25 de octubre de 2010

leer en voz alta


Creí que jamás sería capaz de leer mis poemas en público. Pero la terraza de Manolo y Marta se convierte en el escenario perfecto para un primer encuentro con mi voz. Cuando escribo poesía, suele proceder de la oralidad, quiero decir, la pienso en voz alta dentro de mi cabeza y va fluyendo con naturalidad. Pero parecería que esa naturalidad de dicción se pierde en cuanto el papel la atrapa. No sabía cómo elevar a voz mis palabras y, peor aún, me daba tanto pánico que me quedaba paralizada. 

Te habías estado empeñando en que leyera y, cuando te diste cuenta de que quería, dejaste de insistir. Quizá eso me hizo apetecerlo más. La realidad es que el papel viajó en mi bolso y, animada por mi madre, probé en un auditorio conocido donde no me sentía en peligro. De todos modos, cuando empecé a leer, creía que me estallaba el corazón. Pero miraba a Manolo, a Chica, a Carolina, a Marta... a todos escuchando con todos los sentidos... y eso lo hacía más fácil, la verdad. 

Después cuando te comenté que quizá me animaría a leer, casi ni me hiciste caso, como si no te lo creyeses del todo. "No voy a leer", me dije. Y conforme crecían las canciones, cambiaba la música, mi corazón se iba relajando de una manera inaudita. "Quiero leer", me sorprendí. "Quiero leer", te dije. 

Y me subí a la banqueta, con Carmen abrazada a una guitarra, y las manos temblorosas. Si dejaba los poemas en mi pierna para que no se movieran, estaban tan lejos que no los veía, y si los acercaba a mis ojos, me tartamudeaban tanto los dedos que era incapaz de desentrañar nada. Lento, rápido, de prisa... Primero una pequeña explicación y después el vértigo. 

Cuando bajé del escenario las piernas casi no podían sostenerme. Como si hubiese dejado abiertas todas las puertas de conexión directa con mis ideas, con mis sueños, con mis sentimientos, y la corriente de aire me estuviese volviendo el mundo patas arriba. Sólo por tres poemas. Qué ridícula llega a ser la mente humana, soy capaz de defender a un personaje y no soy capaz de defenderme a mí. 

"¿Vas a volver a leer otro día?", no sé quién me preguntó con dudas, por los nervios que había pasado. 

 -Es como hacer el amor por primera vez, quieres repetirlo quinientas veces para cogerle la práctica. 

domingo, 24 de octubre de 2010

la censura


La censura es una cosa que utilizas a veces sin darte cuenta cuando piensas algo y no lo dices. Pueden censurarse las palabras, las caricias, los versos, las bocas, los sueños, los miedos, la luz. Nacho siempre dice que deberíamos vivir sin censura y a veces tenemos conversaciones en las que la eliminamos de un plumazo. Puede que cuando no haya censura las cosas sean más sencillas, pero no tiene por qué ser así siempre. La autocensura permite la comunicación, aunque sea velada. 

Ayer volvía a casa contándome a mí misma el cuento de el hombre de las mil puertas. Normalmente, cuando me cuento un cuento, nunca sé cómo va a terminar. Una idea va conduciendo a la otra, suelo ser demasiado descriptiva o llenar de símbolos la historia y al final me aburro y lo dejo sin acabar, o me cargo a los protagonistas de una manera caótica y que me da risa. Ayer tenía tiempo para encontrar cómo terminar mi historia. Pero era incapaz de imaginar cómo concluir. 

Me iba grabando porque no tenía nadie que se pusiese a escribir por mí, como esa vez en que Luis me transcribió un poema. Paré la grabadora y giré una de las curvas mientras las luces del puerto me asaltaban en el horizonte como nuevas constelaciones. 

Encontré el final. A la orilla del hombre de las mil puertas, me llenaba yo también de puertas. 

Y por eso comencé hablando de la censura aunque sea domingo y el café de caramelo me espere sobre un libro de Cohen. Porque, sin darme cuenta, me estoy llenando yo también de puertas y antes sólo tenía una que me daba miedo abrir. ¿Me estaré volviendo censurada o misteriosa?, me pregunto divertida mientras el sol calienta las ventanas de mi casa vacía. 

viernes, 22 de octubre de 2010

librería grande y librería pequeña


El tiempo en esta ciudad es magnífico y eso permite pasear. Creo que es la primera vez que conozco al verdadero otoño y no como una imagen de hojas marrones alfombrando el paseo al tiritar de una fuente helada. El otoño que te sorprende de tormentas o de sol, que te besa en la piel en unas escaleras o te obliga a ajustarte la rebeca al cuerpo. 

Charlando con uno de mis compañeros de trabajo, me propone un paseo por el centro para asaltar diferentes librerías, porque lo han llamado para avisarlo de que ha llegado un volumen que esperaba. Yo acabo de terminarme el último libro que me prestó, así que me anima la idea de ir con él y dejarme aconsejar. Desde que nos conocimos, no he nombrado ningún autor que no conozca, no he podido sorprenderlo con una idea ni con un texto. Cuando invoco a algún escritor, él me cita unos versos, una frase genial o un cotilleo de la existencia del poeta. 

Primero visitamos una de estas librerías que pertenecen a enormes cadenas. Paseamos un poco entre las estanterías y acabamos sentados en la moqueta. Me regaña por no conocer ciertos textos que para él son básicos en la literatura. Busca en los índices los nombres de algunos poemas y me los brinda abiertos por la página precisa. Elijo dos y me propone visitar otra tienda que desconozco. Pero antes, paramos a comprar té en un rinconcito en el que no me importaría trabajar toda mi vida. 

La segunda librería tiene un aire especial que me lleva de pronto a Madrid y a Marta. Es el tipo de librería a la que me gustaría llevar a Juan y a Leticia para preguntar: "¿y qué os parece así?". No sólo tiene una estantería de poesía como la enorme tienda de la que venimos, sino que tiene dos, por eso me dejo llevar por el vértigo mientras recibo nuevas propuestas y leo grandes poemas. Lo bueno de no tener idea de nada es que cualquier descubrimiento, por mínimo que sea, es un triunfo muy sutil. Así que, cuando salimos camino de una tetería, los dos cargados de libros, me invade esa felicidad tonta del que acaba de encontrar un tesoro que casi nadie quiere. 

Y es genial sentarnos allí, en el callejón estrecho, en la noche y en la calle, con el té de regaliz y los libros abiertos porque los dos sentimos la misma curiosidad y es difícil fingir que no te interesa lo que llevas en las bolsas. Así que vamos pasando, de un volumen a otro, entre trago y trago. Yo haciendo preguntas y él desgranándome respuestas mientras fuma. 

miércoles, 20 de octubre de 2010

teorías tontas al volver de trabajar


Al ritmo de la ropa tendida y el té, que baja lento a conquistar el fondo de mi taza, recuerdo la enseñanza de mi madre de no buscar respuesta a las grandes preguntas. También me viene a la cabeza, y no sé muy bien por qué revestido de esa credibilidad, un comentario de hace unos días sobre aprovechar el momento. El lunes me golpeó como una piedra el estómago la idea de que el tiempo que tengo por vivir es limitado. ¡Por Dios, qué poco me lo recuerdo! Y eso que el reloj de mi casa se empeña en recordarlo constantemente en el silencio. Tic tac tic tac... ¡vive, deja de contar, experimenta, comprueba, arriesga, pártete la boca en cualquier calle, clávale las uñas a la fruta, invierte y apuesta!

Bajaba del trabajo, por una carretera de curvas entre monte y residenciales, escuchando una canción de Álvaro Laguna y, sin saber muy bien cómo, acabé reinventando una de esas teorías absurdas que se me ocurren sobre la felicidad. La cosa era, más o menos, así: cada uno tenemos una serie de monedas-piedras-bolitas (la metáfora no me acababa de convencer) que invertíamos en diferentes aspectos de nuestra vida. Cinco piedras sobre la amistad, una piedra sobre el trabajo, quince piedras sobre la familia, veinte sobre el amor, tres sobre la fe... y así sobre las cosas importantes, arriesgándonos en mayor medida en cada una de las cosas. Y, de este modo, recogiendo la felicidad que se cosecha según nuestras inclinaciones y nuestra escala de prioridades.

Me inquietaba el pensar que quizá tengo mis piedras muy mal repartidas porque a veces, qué injusta mi imaginación, todavía tengo motivos para aspirar a más. Me interrogaba a cerca de una solución, buscando la manera de reestructurar mi reparto de apuestas. Pero no he logrado autoconvencerme. Soy de las que se corrige dos días y al tercero vuelve a la misma lista de errores memorizada y aprendida. 

A veces me pierde teorizar y teorizar, buscar la explicación racional a lo que no lo tiene, justificar mis equivocaciones con escusas que no me creo ni yo. Debe ser que no he dejado de ser cuentista ni conmigo misma. ¡Qué remedio!

martes, 19 de octubre de 2010

será


Quizá debería haber venido varias veces a contar que estuve en un concierto hasta las cinco de la madrugada en un café teatro que me encantó, que se me clavaron los ojos de una guitarra, que me contengo contigo de una manera imposible ya. Que bautizamos a Juan Pequeño que se ríe cuando le hablo y me imita, que es capaz de encontrar la paz también en mis brazos. Que Ana y Pablo siguen conquistando mi silencio. Que volví a ver a mis padres y estábamos tan guapos que Granada se nos quedó pequeño. O quizá debería haber contado que los domingos en la terraza de Manolo se convierten en verdaderos domingos, que las acuarelas han vuelto a conquistar mi bolso, que la poesía me lleva las costillas amoratadas estos días, que Carmen me cantó su nueva canción entre cajas y botellas vacías. Que me miras desde lejos. Que quiero leer poesía en público y no puedo. Que fue el cumpleaños de Leticia y daba comunicando cuando llamaba. Que salí a las ocho de la tarde del trabajo teniendo una cena por preparar después de una noche de insomnio por culpa de las palabras. Que cotilleaste mis estanterías y tomaste las medidas de mi casa. Que aprendí tres recetas nuevas y fui incapaz de cenar. Que el postre me gustó hasta a mí, que no tolero la dulzura. Que preparé un poemario de doblar y gané el concurso de las cenas. No sé, que no sé si dormir tapada o destapada, que me han regalado otra acuarela que adorna ya mi casa, que todavía no he quitado la mesa... Sí, quizá debería haber venido a decir todas esas cosas que antes habría contado sin problemas, demasiado ocupada en rescatar la belleza para poder saborearla. Como si al contar tus dos monedas una y otra vez te pareciese que tienes quinientas. Narradora, narradora, ¿será que estás siendo feliz y no te has dado cuenta?


viernes, 15 de octubre de 2010

un viernes infinitivo


Y despertar como si hubiese un incendio en la casa cuando sólo está debajo de la piel. Y volver a beber café como si fuese agua al tiempo que me peleo con el flequillo. Todo por llegar diez minutos antes para escribir un poema en la pizarra para compensar la paliza de trabajo con que estoy maltratando a los de cuarto. Don Álvaro o la fuerza del sino, la fatalidad, los proyectos y las carcajadas. Y Christian que no se sienta ni trabaja, y Khaled y Julia que sólo hablan, y China con su sonrisa pelirroja mientras Alex busca motivos para no hacer nada. Claro, siempre y cuando Miguel Ángel no me haga saltar de los goznes. Convencer a los disidentes para un café sobre la cuesta, aunque hoy tengamos que coger las llaves, para descubrir a la mujer del pelo blanco sentada al sol pintando acuarelas. Otro café para sobrevivir y hablar de anécdotas que ya sólo se pueden contar. Encontrar medio examen y la Revolución Francesa a punto de estallar en nuestra clase por la inutilidad de estudiar historia. Entonces, como si nada, decir adiós y sentarme en los escalones de la entrada para que Pepa me ronronee las faldas con sus embistes mimosos sólo por regalarme el pequeño placer de la ternura gratuita. Conducir como si el camino no costase nada, ni se hiciese largo. Comer rico y temprano, de la comida que dejó preparada mamá frente a mis ruegos en su última visita. Soñar que sueño que vuelvo y compro la casa de mi infancia y preguntarme en sueños si estoy buscando encerrarme para siempre en esa realidad perdida en algún hueco inaccesible de mi imaginación. Y despertar como si hubiese un beso en mi espalda cuando sólo está mi respiración. Merendar yogur griego con melocotones, imaginar un verso, saltar a la ducha, pintarme los ojos y salir a comprar lo que echaré en falta el lunes. Ojear la revista de decoración, subir los pies a la mesa, hacer tiempo y guardar cada cosa en su sitio: en la nevera el vino de los aperitivos, en la despensa el chocolate, en el cajón la cruda realidad y en la cabeza una idea irrealizable. 

jueves, 14 de octubre de 2010

vamos a contar mentiras



Un día pisé con mis dedos el suelo del cielo y se parecía a la luna, lo sé porque estuve allí de vacaciones en tu boca. En otra de mis aventuras tendí ideas en un perchero viejo para exponerlas en una plaza el día de mercado, me compraron dos recuerdos y una genialidad para un cuento que soy incapaz de recordar. También fui gigante conquistando praderas y sostuve con mis manos el sol de la tarde a la espera de un verso. De un suspiro incendié inviernos con apodos en mayúscula y quemé recónditos paisajes sólo con unas preguntas. Me materialicé, de la nada, en una isla, un castillo, una carretera bajo el acantilado y el futuro, y volví de la misma manera que había ido, casi sin darme cuenta. Escribí tus nombres secretos, los que no conoces, en las paredes de una ciudad inacabada, con distintos colores, con distintos deseos, y ninguno de mis habitantes se quejó de vandalismo, sino de cobardía. Invité a merendar a todas las brujas a las que había dado de comer durante meses, las vi más delgadas y casi afónicas. La mayor de todas me enseñó un truco que todavía me pesa en el bolsillo cuando me arranco el corazón. He vislumbrado desde mi terraza la remota posibilidad de realizar la utopía a corto plazo, era grande y con lunares, a veces parecía redonda y a veces cuadrada, siempre en movimiento, como un dragón antiguo a punto de aparecer en la mente soñadora de alguien. Dormí a mi hijo en mi regazo mientras me observaban en silencio desde una sombra gris a la que nunca fui capaz de dar nombre, puro vértigo. Fui a la China y volví con chucherías y palabras. Dormí en París. Amanecí congelada en un colchón que navegaba. Hice una montaña con caricias, unas sobre otras, otras sobre unas, hasta caer rendida, absorta y feliz al centro del vacío, donde no se piensa, donde no se conoce a nadie, donde no existes ni tú, aunque todo empiece por las letras que compones. Dije la verdad a boca llena, canturreando infantil y cogí margaritas que parecían otra cosa y eran de papel, curiosidad y ausencias. También coleccioné guisantes debajo de la cama, hice pócimas de verbos, planté y regué secretos cursis, canonicé una carcajada, vestí de marioneta una oración sin acabar... Vamos, todas esas cosas que se hacen casi sin pensar. 


miércoles, 13 de octubre de 2010

la casa que duerme



Cuando vino Chelo, bautizó mi casa como la casa que duerme, porque batió todas sus marcas de horas de sueño seguidas. Yo creí que era inmune a esa capacidad de transmitir paz de este rincón del mundo, pero últimamente me hallo conquistada por sus trucos para invitarme a dormir. Quizá el color blanco que impera en las habitaciones, la luz calma que entra por la terraza, el silencio no interrumpido, la brisa suave con instinto de mar, el olor a ropa tendida, el té de la tarde... Todo invita a soñar, a acurrucarse en el huquito del sofá, en el borde de la cama y añorar por un segundo la caricia que no llega para después, inmóvil, victoriosa ante el recuerdo, caer rendida al más placentero de los sueños. Casi infantil, casi arropada por un beso. Suspirar como de olas y viajar a ese lugar del que no se si voy o vuelvo. 

Buenas noches, buenas noches, buenas noches... mañana te susurro un cuento...


martes, 12 de octubre de 2010

al ritmo de un piano


fotografía de Ángel

Creo que es la cuarta vez que empiezo a escribir esta entrada. Cada una de las veces que he comenzado, pensaba hablar de un tema distinto. Empecé tentada por la idea de exponer que es más fácil ser feliz de lo que nos creemos -en ese caso iba a contaros cómo ha sido mi puente, lo feliz que he estado con mis padres, con la música, con mis amigos y contigo, demostrando que las cosas simples también sirven para construir una felicidad tranquila-, pero comenzó a sonar el piano. Después decidí que iba a hablar de lo indiscreto que es el miedo en su capacidad para paralizarnos y obligarnos a cometer actos estúpidos sólo porque no somos capaces de continuar hacia delante aunque nos tiemblen las rodillas -pensaba hablar, utilizando infinidad de metáforas, de mi propia incapacidad para ser valiente-, pero volvieron a interrumpir las teclas mi línea de pensamiento. Por último, me decidía a explicar cómo ciertas personas me hacen sentir pequeña y me cuesta entablar un diálogo normal y coherente con ellas -contaría esa mezcla de curiosidad y admiración que me despierta Carmen, o Ángel, o algunos de mis nuevos compañeros-. Volví a borrarlo en otro cambio de la música.  

Suena Chopin, en su nocturno nº 3, y mi reloj lo acompaña. También podría hablar del tiempo, siempre es posible hablar del tiempo, sobretodo si se le tiene tanto respeto como yo. Mis padres afirman que cada cosa ocurre porque tiene que pasar, que si las cosas tardan es porque esperan su momento. Mi madre pone el ejemplo de los seis años que tuvo que esperar hasta mi nacimiento. Yo no puedo evitar preguntarme si nuestras decisiones pueden cargarse el ritmo de nuestro deambular por el tiempo; vuelvo hacia atrás constantemente, repaso con demasiada asiduidad los grandes momentos de encrucijada y me pregunto sin cesar "qué habría pasado". Es una  estupidez como otra cualquiera. 

Siempre que, en sueños, visito esa casa que no tengo, paso junto al piano del salón. Sé que he vuelto a perderme en la línea del pensamiento. Salto de una palabra a otra, como si cada término encendiese una idea diferente y siguiese un camino azaroso entre mis propios desvelos. Justo ahora, en este momento, he pensado en la moleskine azul de Manolo, en el atardecer frente al mar y en las farolas encendidas mientras el barco se ilumina en el horizonte. 

El piano ya no me deja pensar. Abandono. Dejo de marearos por hoy.