domingo, 5 de diciembre de 2010

el mercado de san miguel, el regalo de marta


Marta y yo nos conocemos desde hace tanto tiempo que llega el punto en el que hemos agotado nuestra capacidad para hacernos regalos. Todo lo especial que podíamos crear la una para la otra, ya está creado. Así que, desde la navidad pasada, nos regalamos momentos, experiencias. Mi cabeza estaba loca al planear su regalo de cumpleaños porque como el tiempo amenazaba con diluvios Madrid, todos los planes iniciales tenía que ir cancelándolos en vistas a que iba a ser imposible pasear. Afortunadamente el cielo, en última instancia, nos da un respiro y luce azul y perfecto la mañana del sábado. 

Nos levantamos tarde y tenemos que dejar para el final la visita al museo que iba a estar al principio, porque el descanso es lo primero y llevaba semanas sin dormir ni tanto ni tan bien ni tan ligero. Nos ponemos vestidos y leotardos y los guantes, las bufandas, el abrigo... para echar vaho por primera vez en este invierno. Mark, el nuevo compañero de piso de Marta, un profesor de literatura de California, se apunta a la excursión con nosotros. Así que los tres, guapos y abrigados, con la piel tersa por este frío estático de la capital, nos pateamos el centro rumbo al mercado de San Miguel, donde quiero invitar a Marta a comer. 

El antiguo mercado, un edificio de metal y cristal bastante bonito, parece ahora un invernadero de personas de mejillas sonrojadas que portan copas de vino. Los puestos del mercado venden ahora sus productos para que los puedas consumir allí, en las barras de los comercios o en mesas altas dispuestas en el centro, rodeadas de pequeños carros decorados de navidad que te ofrecen desde croquetas hasta magdalenas de colores. Aunque cuando llegamos nos sentimos un poco abrumados por la cantidad de gente, la idea me va entusiasmando más y más conforme pasa el tiempo. 

Elijo un vino de Toro para Marta y después del primer brindis comienza la aventura de conseguir la comida, de avivar los paladares con un queso, la lengua con un poco de jamón... Marta va relajando el gesto y se contagia de risas, se derrite en la banqueta mientras hablamos de palabras mezclando el español y el inglés animados por las copas. En uno de los puestos conozco a la mujer francesa más bella de las que rondan los sesenta años, mirarla me fascina y vuelvo a encontrarla en otra de las filas para esperar. 

Ella y su grupo han llegado antes que yo, son varios matrimonios franceses, elegantemente vestidos, todos altos y atractivos, interesantes. Pero no se han dado cuenta de pedir un tiquet, así que cuando consigo el mío, se lo ofrezco y cojo otro. Al principio se niegan y quieren cederme la vez por haber estado más atenta, este simple gesto se convertirá en un juego absurdo porque, de pronto, sin saber cómo, quizá sólo por sonreír, todo el mundo me ofrece sus tiquets para que avance en la fila y pida yo antes. Gente que decide rendirse, me ofrece a mí los mejores números y yo, nada más verlos, se los ofrezco a la musa francesa que sonríe incrédula. 
 -Tienes la mujer más hermosa del mundo -le digo a su marido que me responde con una amplia sonrisa de satisfacción. 

Después, cuando ya consigo el quinto tiquet y el número está a punto de salir, decido invitarlos a pedir conmigo y hacemos fondo común para comprarlo todo entre risas. 
 -¿Por qué haces esto? -me pregunta el marido de la musa. 
 -Porque es más fácil de lo que pensamos hacer felices a los demás -le contesto sin pensarlo.
 -Pero también es muy extraño -sonríe él y todos brindamos. 

Cuando vuelvo a Marta llena de vida y con la bandeja de comida en la mano, ella celebra mi vuelta con la propuesta de otra nueva botella, "porque este vino no me sabe a alcohol" apuntilla emocionada. Y brindamos y reímos con Mark, y hablamos de seducción y conocemos a un grupo de andaluces y acabamos siendo recogidos por Manu, intentando fingir que no llevamos nada de chispa en nuestras venas. Riendo más y más para visitar el Reina Sofía como niños que intentan comportarse y acabar cenando pizza, calentitos, en el sofá. 

¡Qué bien se está en Marta!

1 comentario:

La sonrisa de Hiperión dijo...

Cuando los aires que nos rodean son los nuestros, cuando la temperatura que otros nos dan es la acorde... EL mundo se hace de terciopelo, y todo es caricias.

Saludos y una abrazo.