martes, 22 de noviembre de 2016

diluvios


Hay una luz gris en la casa, una luz de final de tarde desde que amaneció, una luz que es azul merienda. Llueve fuera y tintinean las gotas en la barandilla de la terraza como si quisiesen captar nuestra atención mientras dormimos o nos lavamos los dientes o trabajamos en el despacho acompañados del ronroneo de los ordenadores. 

Llueve y las botas salen del armario para colonizar charcos. Me pongo vestido porque cuando llueve odio llevar los bajos de los pantalones mojados. Miro las gotas congeladas en el cristal, contemplando la niebla. 

Ha llegado un señor vestido de invierno a nuestra ciudad y su capa es de aguacero. Me lo imagino vestido de gris con un sombrero azul marino. Lleva gafas empañadas y busca agachándose para mirar a través de los cristales de las casas, todas con la luz encendida. La lluvia siempre siente curiosidad por la vida que se celebra en las habitaciones cuando ella campa por el mundo. 

Las rutinas cambian casi imperceptiblemente, el tiempo se alarga y siempre son las ocho de la tarde. Se preparan tés, se desdoblan mantas de sofá, las novelas de misterio susurran desde las estanterías y los rotuladores se mueven nerviosos en el lapicero como si supiesen que va a pasar algo. Se encienden los hornos y se perdonan lavadoras con alegría. 

Me gusta terriblemente la lluvia. Despertar y enredarme en las mantas hasta alcanzar a Nacho, que está mucho más espabilado que yo. Hacer la magia del café que inunda las habitaciones y sentir que nuestra casa es un palacio seguro, lleno de magia poderosa, que va a mantenernos a salvo del imperio de la humedad que asola la calle. Me siento como un oso que retoza en su madriguera esperando ivernar. Busco la miel e imagino chimeneas en las velas. 

Es raro este escenario en esta ciudad, así que miro los árboles del zoo recortados contra las nubes y me imagino complicadas danzas de lluvia hechas por lemures. Lo aprovecho, invitando a un jersey a unirse a mi fiesta de la tormenta. 

lunes, 21 de noviembre de 2016

calendario de adviento 2016


A veces uno siente la tentación de abandonar, de no perseverar. Entonces llegan los demás -que son unos pesados- y le recuerdan que debe poner sus dones al servicio del reino. Una, que se cree la reina de su casa, se encuentra haciendo malabares con las obligaciones y se descubre dando gracias a Dios por un marido que abandona sus trabajos para aportar su grano de arena. 

¡Gracias, amigos, por tirarme de las orejas! Pedid y se os dará, tarde cuando me toca dar a mí, pero se os dará. 

lunes, 14 de noviembre de 2016

mi atranque como lectora y la buena de Agatha



No sé lo que me venía pasando desde el verano, pero andaba bastante atrancada con la lectura. Perezosa. Leía cada noche un fragmento del bendito Amadís -voy ya por la segunda parte y no puedo esperar más a la boda-, pero no sentía ese deseo de las largas tardes de enredarme en un buen libro y dejar que el tiempo volase por encima de mi cabeza. 

Mi apatía de lectora no se salvaba con la poesía, ni con la literatura infantil, ¡ni con la literatura juvenil! Ni siquiera con la literatura fantástica -mi salvadora siempre-. Leer era andar contra el viento con ruido en los oídos. Prefería bordar, si tenía tiempo. Prefería incluso ver la tele, con todo lo que la aborrezco. 

No sé si culpar de esta sequía lectora a las maratones de escribir que me pegué durante la primavera y el verano, pero quizá no vaya desencaminada la flecha que vuela hacia esa diana. A veces han gritado tan alto las historias que hay dentro de mí, que me dejan sorda durante un tiempo a las aventuras que quieren contarme los demás. 

En esta búsqueda perezosa de un libro salvavidas -es hora de confesar que me producía hastío hasta mirar las estanterías-, recordé que me quedaban por leer dos volúmenes delgados que Nacho me había regalado la navidad pasada. Celebramos el día de Reyes poniéndonos un tope económico para no fundir todo nuestro capital en libros y él decidió, el año pasado, que me sorprendería mucho más comprando libros a buen precio que pudiesen crear una montaña considerable sobre la mesa. Encontró una oferta en novelas de Agatha Christie y me inundó una balda de la estantería. ¡Bendito seas, marido iluminado! 

Ya durante la vorágine de encuentros con lectores del febrero y marzo pasados, la buena de Agatha se convirtió en mi lectura de hotel, en mi compañera de viaje, ayudándome a conservar la poca cordura que una experiencia tan desquiciante como la promoción literaria es capaz de arruinar. Por eso quizá volví a ella hace unas semanas, dispuesta a quitarme de encima la maldición antilectura que me tenía amargada. 

Devoré en una tarde La casa torcida -para mi gusto la mejor de la selección de sus novelas que me hizo Nacho- y dos o tres días se llevó consigo La muerte de Lord Edwarg. Estoy muy segura de que en todo este proceso de salvación ayudó la reposición de Se ha escrito un crimen en la televisión y un incipiente resfriado, pero, ¡qué demonios!, Agatha Christie ha sido como descorchar una buena botella de champán. Sus novelas rápidas, pobladas de nombres, llenas de equívocos que te hacen sospechar de cada uno de los personajes para arrojarte a las carcajadas más agradecidas cuando al final descubres que el asesino era el hermano secreto del primo tercero de la víctima que vuelve tras años viviendo en otro país o algo aún más descabellado; sus novelas de párrafos fluidos, escenarios levemente perfilados, detectives franceses y señoras perspicaces han sido como una resurrección. 

Después de estos dos, han caído ya tres libros y tengo otros dos a medias -uno en el bolso del trabajo, otro en la mesita de noche-. Ahora, eso sí, lo confieso, últimamente tengo el corazón detectivesco, porque me apetece más leer cómo se resuelve un crimen que embarcarme en cualquier otro tipo de aventura, por muy entretenida que sea. 

Para todo hay rachas, imagino, así que ahora juego con la lupa, me llevo a la boca la pipa y tomo mucho té, sabiendo que tarde o temprano caeré de nuevo en las garras dulces de Camilleri para ser de nuevo el Comisario Montalbano -mi detective favorito donde los haya, pero como me arrastra a beber vino, comer pasta e inflarme a café, me ando resistiendo todavía un poquito-. 

¡A leer! 

lunes, 7 de noviembre de 2016

comer y amar



Siempre me han gustado los mercados, esa explosión de colores y olores llenos de promesas que parecen querer atraparte. Hace más de un año, quizá casi dos, que Nacho yo decidimos abandonar las compras en los grandes supermercados. Quizá la palabra abandonar sea demasiado exagerada, quizá venga mejor la palabra reducir. 

Una mañana de sábado descubrimos el placer de peregrinar de la frutería a la carnicería y de allí a la pescadería y la panadería. Hay un dibujo en la ciudad trazado por nuestros paseos para hacer la compra, acompañados del carro o las bolsas de tela que guardamos en los bolsos. Es como una suerte de camino iniciático en el que nos vamos entregando a la idea de los platos que realizaremos con todos los tesoros con los que nos vamos haciendo. Recorremos las calles hablando de posibilidades, entramos en los negocios dejándonos sorprender por la belleza de un atún recién traído, por la maravilla de un gigantesco pan de pueblo o el color de una berenjena gigantesca. 

Me gusta el sonido de cueva que dibujan mis manos en el saco de las nueces cuando intento agarrar grandes puñados y la ilusión casi infantil cuando llego a la frutería y deseo comprar las piezas por sus brillantes colores o por sus texturas. Hay un algo festivo en comprar especias al peso, en desechar las bolsas de plástico para llevar a puñados los tomates, los plátanos, las espinacas abrazadas al pecho. Hay un algo de triunfo cuando volvemos a casa con la imaginación repleta de recetas posibles. 

No somos exagerados. Compramos lo que vamos a consumir y no malgastamos el dinero en mil chirimbainas que luego dan vueltas por el frigorífico. Últimamente nos encanta la cocina de aprovechamiento que tan originalmente desarrollaron nuestras abuelas y bisabuelas. Nos encanta que un puchero dé para croquetas y también para sopa. 

Nacho se ha convertido en un cocinero genial que utiliza las frutas y verduras solteras del frigorífico para hacer pollo al curry, consiguiendo que todos los invitados repitan. Cuando vuelvo a casa del trabajo, voy imaginando qué habrá mezclado en los fogones, si habrá seguido alguna de las ideas que tuvimos o habrá inventado algo nuevo -mezcla de dos recetas que olvidó, porque no tiene memoria gastronómica, pero sí mucha intuición-. 

Hemos descubierto una forma especial de amar que sucede en la cocina. En estar los dos pelando fruta con la cebolla al fuego, en hacer un zumo, en charlar mientras fregamos los platos o colocamos la compra en la despensa. Hay en la comida una forma de decir te quiero que ataca a los instintos más básicos del cuerpo. Por eso a veces, antes de dormir, le digo que lo quiero chocolate o arroz con leche o jamón serrano. 

Y él me entiende, porque viajamos y visitamos museos y supermercados, parques y restaurantes con la misma devoción. Me entiende porque cuando hace una receta a mi manera o me espera liando croquetas si llego de noche por culpa de una reunión en el instituto, me está diciendo también te quiero.  

jueves, 3 de noviembre de 2016

el otoño llega en la luz


A este lado del mundo el otoño sólo llega en la fruta y en la luz. Cuando ves chirimoyas en las tiendas, sabes que algo está pasando con las estaciones más allá del mar. Pero aquí no se caen las hojas, no bajan las temperaturas, no sacamos las rebecas del armario.

Creo que mi luz preferida del año es la del otoño, que se filtra naranja y cruzada hacia las paredes del salón o trepa hasta mi almohada en el dormitorio cuando Nacho sube la persiana. La luz de otoño recorre el pasillo hasta la cocina y se estira en las estanterías como un gato perezoso de colores cálidos. Hay algo dramático en esta luz, algo teatral en cómo incide en la cara vista de los objetos, dejando al capricho de las sombras lo que no alcanza.

Las sombras también son de otoño. Aparecen antes por las tardes y se alargan en la terraza hasta que alcanzan nuestro pino. Son las dueñas de la cocina desde medio día, obligándonos a lavar los platos con la luz encendida. Son sombras que invitan a encender una vela en el pasillo, a amar la luz sobre las cosas.

Me gusta el otoño que inaugura mantas. El tiempo me invita a una revolución más dulce que la de la primavera. La casa es más hogar de alguna forma. El sofá es más cómplice, la costura más agradecida. Ponemos la radio por las tardes y el tiempo se alarga y multiplica. Rescatamos recetas que habíamos desterrado por culpa del calor y vuelven las calabazas, las quichés, el horno con toda su fuerza, los bizcochos y los frutos secos. Benditas sean las dietas del otoño y las lecturas de poesía al atardecer. 

Anuncian lluvias para el fin de semana, así quizá podremos fingir que el otoño llega también en un frío dulce que invite a los abrazos. 

lunes, 24 de octubre de 2016

el día de las bibliotecas



Las mudanzas siempre tienen algo de difunto y algo de resurrección. Recuerdo aquella mudanza adolescente, cuando creí que el mundo iba a acabarse y guardé mis tesoros en una única caja de cartón. Repartí una herencia de juguetes entre mis amigas, lloré desconsoladamente como un alma atormentada y copié direcciones postales para escribir cartas. 

Aquel primer verano no tenía amigos que me invitasen a sus piscinas y las tardes se hacían largas y eternas. La biblioteca de ese nuevo pueblo fue mi salvación. Abrían a las cuatro de la tarde. Yo iba en el calor de la siesta, buscando las calles más estrechas y las sombras de los balcones. Llegaba junto a la estantería llena de literatura juvenil y me sentaba en el sillón verde y polvoriento que había debajo. Iba en orden por las baldas. Cada día leía uno de los libros en la biblioteca y me llevaba otro para leerlo en casa. 

Había de todo. Libros encantadores, pero también otros predecibles y aburridos que ni siquiera me preocupaba en acabar. Me molestaban los temas tremebundos de anorexias, embarazos no deseados, droga y destrucción con los que nos bombardeaban en los noventa. Esas historias quedaban olvidadas rápidamente y me dejaba seducir por novelas de misterios, romances imposibles, visitas a pueblos de la infancia, circos terribles y sombras en la noche. 

Aquel primer verano la biblioteca fue mi cueva particular, mi espacio seguro, mi refugio. Después conseguí amigos y acudía a las bibliotecas a estudiar, a trabajar en un artículo que se me atragantaba, a concentrarme. Amo el silencio de las bibliotecas, los susurros quedos de los que se acercan para charlar justamente porque está prohibido. 

El tiempo me ha regalado conocer bibliotecas increíbles y bibliotecarios amigos. Ahora tengo la suerte de vivir al lado de una biblioteca que a veces utilizo como centro de operaciones cuando necesito alejarme de todo para adentrarme en una novela. Me gusta colocar los libros que han abandonado su espacio, poner derechos los que están torcidos, visitar las mesas de novedades o las propuestas temáticas según el mes del año. Me gustan los catálogos de las bibliotecas y mirar en la ficha del libro cuántos antes de yo han sido presas de la misma historia. Sobre todo, me encanta encontrarme en las bibliotecas y ver las fechas en los que los lectores se han tropezado en mi historia. Es como recibir el mensaje de un náufrago en una botella de cristal. 

En el día de las bibliotecas, felicito a todos los ratones como yo. ¿Cuáles son vuestras historias de biblioteca? 

jueves, 20 de octubre de 2016

así bordaba, así, así


Recuerdo a mi abuela intentando enseñarme, en un paño blanco, a trazar líneas de puntadas con limpieza. Recuerdo sus manos y el dedal brillante que acompañaba al hilo como una fortaleza desgastada. El tiempo parecía hacerse denso entonces, pesaba sobre mi inquietud de niña que ansiaba tenerlo ya acabado, que quedase bien, que fuese hermoso, que no costase tanto. No profundicé porque soy fullera. Lo quiero todo rápido y ya. 

Esa misma fullería -o quizá la pereza, o un monstruo más hambriento que se llama Hazloluego- me asaltó hace dos verano cuando tenía entre las manos la última novela en la que había estado trabajando. Me había prometido a mí misma releerla y corregirla al menos tres veces antes de enviarla a la editorial. Cuando ya le había dado dos vueltas, ese inmenso borrador encuadernado comenzó a cambiar de sitio en la casa, trepando por muebles para ponerse a la vista, rugiendo con el ventilador, tratando de atraparme. En mi desesperación por escapar de esa tediosa tarea, recordé a la chica que bordaba en el tren de Suecia. 

¡Con qué velocidad descubrí que me enamoraban tanto las mercerías como las papelerías! Arrastré a Nacho a una búsqueda del tesoro por la ciudad para lograr bastidores, hilos y telas que despertasen mi imaginación. No sabía qué quería coser -no sabía coser-, pero elegía los colores más brillantes, más alegres de la torre de cajones diminutos. Asaltamos Teseo buscando un libro con alguna instrucción que aclarase mi ventolera y volví al sillón bajo el ventilador para ofrecer a la labor en sacrificio mi siesta. 

Bordé "Ir y venir" con hilo azul. Después guardé todo en un bolso de tela que me acompañó por el verano y cosí "Vuelve", en Candeleda. Casé los trenes con la aguja, busqué tijeras historiadas, obligué a Nacho a dibujar en tela, escribí con hilo fuerte "Valiente" y "Audaz". Le regalé a mi hermano una tela de flores de otoño con unas letras amarillas que rezaban "Ya no pienso en ti", para que pensase un poco más en sí mismo. Bordé a Clau y al Rey Tonelli y mi versión del Castillo en el aire. 

La tela es una pregunta más violenta que la de la página en blanco. Sobre negro una tetera, unas flores sin acabar, un cactus. En la lana coronas de Navidad, en los botones constelaciones. "Reiniciar" en primavera. Pájaros, hojas, Hoy. Siempre quiero acertar con lo que bordo. 

Bordar es meditar en esta nueva mujer que vengo siendo. Me siento con la caja de Ferrero Roché de la Navidad pasada llena de hilos y marcapáginas. Entonces existo en el ir y venir de la aguja, soy completamente consciente de ese momento. O escucho mejor, cuando ponemos la radio. 

Después me preguntan qué hago con los bordados. 

Para mí bordar es como la poesía, como la pintura, como la música. 

Colecciono en un cajón esas labores que nacen para ser en un momento y luego no saben cómo justificar su existencia. Las regalo a quien las pide, las olvido. 

La utilidad me parece una forma muy sutil de ensuciar el bordado que podría hacer la máquina del centro comercial. Bordo porque es inútil y me hace feliz. Porque es otra forma de alcanzar brevemente la belleza.