lunes, 13 de marzo de 2017

hablemos


Hace tiempo que una idea me viene dando vueltas a la cabeza. Es una idea que todavía no tiene su forma definitiva, que gira sobre sí misma sin terminar de alcanzar nitidez. Nace, quizá, de conversaciones con amigos, de películas, de lecturas... Nace un poco de todos sitios e intento verla con claridad. 

Este fin de semana nos animamos a ver la película La la land de la que todo el mundo hablaba con verdadera pasión y la idea que me había estado persiguiendo apareció de nuevo. Al ver esa pareja que se descomponía en la búsqueda de un proyecto individual, estirándose cada uno para rozar con las manos su sueño, sin hablar, sentí que una gota había colmado el vaso de mi idea. Estoy cansada de ver en el cine, y en la vida que me rodea, a parejas que no hablan. Que dan por sentado, que esperan que el otro entienda, que asumen que el otro lee en ellos con claridad. Puede que por eso la película me pareciese la muestra perfecta de una pareja que no tiene un proyecto de vida en común porque ni siquiera se ha detenido a hablarlo, a preguntarle al otro si en el futuro que sueña hay un espacio para dos. 

El amor romántico que llena de patrones los rincones del mundo con sus escenas de película, no es cierto. No dudamos, cuando nos sentamos delante de la pantalla a ver naves espaciales, de la ficción. Y en cambio asumimos sin filtrar como imagen de la realidad las relaciones que vemos desde nuestro sillón. 

Hablemos. Hablemos de sueños y necesidades. Hablemos de lo que me molesta cuando me molesta, no cuando he convertido una semilla en maleza. Hablemos de lo que nos hace felices, de lo que deseamos. Hablemos. Mirándonos a los ojos. Sin miedo de que la verdad aleje al otro. Porque quizá la verdad esté cargada de distancia y sea una distancia sana, un te quiero pero no lo suficiente como para compartir un plan de vida contigo. Porque a veces hay que decir adiós, sin aferrarse luego a recuerdos de lo que podría haber sido, ya que elegí que no fuera. El amor es sincero. Hablemos. Para poder corregir, pactar, revisar, construir, demoler. Para que ninguno tenga que ser intérprete del otro. Para que no haya un discurso debajo del discurso cargado de reproche y anhelo. Hablemos. 

Hablemos como el día en que se inventó el lenguaje, con esa libertad, con esa confianza. Hablemos con ternura y con verdad, sin llevar cuentas porque no haga falta. 

No es romántico mirar al pasado para llenarlo de "y si...", de "podría haber sido", de "quizás". Lo que existe es un presente para construir, para elevarnos sobre nosotros, para perfeccionarnos a través de la palabra y la acción. Y en ese presente hay que asentarse, con las manos unidas, con la mirada limpia, con la voz valiente para decir hablemos. 

No es romántico que el otro tenga que entenderlo todo, no es romántico que uno decida por los dos, no es romántico un sacrificio silencioso porque imagino tus necesidades y las suplo antes de que hables. Lo romántico es mirarse y poder decir lo que se piensa porque hay un puente de comunicación más seguro que cualquier corriente. Porque se piensa sin doblez, con confianza, con transparencia. 

Así que me da igual que bailen o que canten, que sean príncipes o princesas, que se conozcan en una librería o que lleven juntos desde los quince años. Antes del beso, hagamos la palabra. 


Nota al pie: tras un largo debate, aclaro que utilizo romántico como sinónimo de cariñoso o gesto de amor bueno y sano. 

martes, 7 de marzo de 2017

el fondo está al principio



Escucho a Maydiremay. Hoy hace tarde de mayo y los árboles lucen quemados por el sol más allá de los cristales. Nacho se pelea con el ordenador y yo fantaseo recordando cómo nos conocimos, en aquel tiempo donde las personas eran metáforas y la palabra construía realidades paralelas. Aquel tiempo del pensamiento sin acción. 

Tengo la mesa llena de papeles que gritan, pendientes, y el espíritu repleto de ideas para novelas y poemas. Pero una pereza feliz se alza sobre todo el ruido y me trae aquí, a escuchar a Mariano mientras el mundo se convierte sólo en sonido. 

A veces los proyectos se enredan como mi caja de ferrero llena de hilos, y una fuerza paralizadora se extiende convirtiendo el futuro en fotografía, en imagen fija. Haciendo incluso que la lectura no resulte tan gratificante como solía, que Pedro Salinas viaje en mi bolso de trabajo sin verme leer sus cartas. 

Pueden ser los viajes, las pelusas de la casa, las macetas o la ropa tendida, quizá las clases desafortunadas, el café descafeinado o la sensación, a veces, de que por mucho que me alce de puntillas, el muro sigue ocultando mi visión. Sea como fuere, quiero escribir y no escribo, quiero leer y no leo, quiero coser y no coso. 

Aunque sí que coloco los armarios, observo las librerías, imagino lámparas, compro fruta, paseo, me deshago con un capítulo más de Se ha escrito un crimen, me acerco cada noche a decirle a Amadís palabras al oído. 

Quizá vivo un tiempo de fantasear con caballeros andantes, un tiempo de mirar a Nacho mientras duerme, un tiempo de amanecer con la luz y sólo ser. Un tiempo en el que el fondo está al principio, de ser hacia fuera. De dejarme sorprender, sin sorprender a nadie. 

Soy público. Os escucho hablar por la calle mientras camino. 

miércoles, 1 de marzo de 2017

el camino de cuaresma 2017


Nacho y yo hemos estado de viaje, visitando diferentes institutos para mis encuentros con lectores, aprovechando la Semana Blanca de Málaga para hablar de literatura. Por eso he tardado un poquito en colgar el calendario de propósitos para cuaresma. Este año, hemos reciclado un poco. Pero la ilustración que ha hecho Nacho me parece genial. 


jueves, 12 de enero de 2017

ten miedo de la libertad


Da igual el canal que pongas -y sí, vuelvo con lo mismo-, parece que todo está lleno de un único mensaje: "Siendo libres, sois violentos". Hay películas y series que tratan este tópico sin que nos demos casi cuenta. Se declara una noche de libertad absoluta, no hay policía, no hay normas, entonces el ser humano aprovecha ese silencio para robar, violar, asesinar. 

Las leyes sujetan nuestros instintos asesinos. La libertad sería nociva para nosotros. Si fuéramos libres, seríamos villanos. 

Por eso creamos pequeños espacios de libertad controlada: citas desnudos, islas recónditas, casas vigiladas por cámaras de televisión -porque la intimidad también es un espacio en el que la libertad puede desatarse de forma terrible-, caza salvaje... Mientras tanto, carrozas de horrores surcan los televisores en formato de ficción y no ficción. Telediarios y series, películas y documentales sobre la violencia o en los que siendo cualquiera el tema, la violencia aparece como marco gratuito. Hay que ver entrañas, sangre, cuerpos mutilados para recordarlo. Es casi un mantra: sin control, sois malos; sin control, sois malos. 

De hecho, surge casi otro mensaje por debajo: desead espacios de libertad para desatar a la bestia que controláis. Como si el traje que vestimos fuese un arnés. Rogad por un plató en el que masacraros, rogad por una cama en la que el público aclame la lujuria más violenta, alistaos para disparar al enemigo sin nombre. 

Y a mí me asusta. No la libertad, sino este entregarla, manchada y sucia, como un fenómeno vergonzante. 

martes, 22 de noviembre de 2016

diluvios


Hay una luz gris en la casa, una luz de final de tarde desde que amaneció, una luz que es azul merienda. Llueve fuera y tintinean las gotas en la barandilla de la terraza como si quisiesen captar nuestra atención mientras dormimos o nos lavamos los dientes o trabajamos en el despacho acompañados del ronroneo de los ordenadores. 

Llueve y las botas salen del armario para colonizar charcos. Me pongo vestido porque cuando llueve odio llevar los bajos de los pantalones mojados. Miro las gotas congeladas en el cristal, contemplando la niebla. 

Ha llegado un señor vestido de invierno a nuestra ciudad y su capa es de aguacero. Me lo imagino vestido de gris con un sombrero azul marino. Lleva gafas empañadas y busca agachándose para mirar a través de los cristales de las casas, todas con la luz encendida. La lluvia siempre siente curiosidad por la vida que se celebra en las habitaciones cuando ella campa por el mundo. 

Las rutinas cambian casi imperceptiblemente, el tiempo se alarga y siempre son las ocho de la tarde. Se preparan tés, se desdoblan mantas de sofá, las novelas de misterio susurran desde las estanterías y los rotuladores se mueven nerviosos en el lapicero como si supiesen que va a pasar algo. Se encienden los hornos y se perdonan lavadoras con alegría. 

Me gusta terriblemente la lluvia. Despertar y enredarme en las mantas hasta alcanzar a Nacho, que está mucho más espabilado que yo. Hacer la magia del café que inunda las habitaciones y sentir que nuestra casa es un palacio seguro, lleno de magia poderosa, que va a mantenernos a salvo del imperio de la humedad que asola la calle. Me siento como un oso que retoza en su madriguera esperando ivernar. Busco la miel e imagino chimeneas en las velas. 

Es raro este escenario en esta ciudad, así que miro los árboles del zoo recortados contra las nubes y me imagino complicadas danzas de lluvia hechas por lemures. Lo aprovecho, invitando a un jersey a unirse a mi fiesta de la tormenta. 

lunes, 21 de noviembre de 2016

calendario de adviento 2016


A veces uno siente la tentación de abandonar, de no perseverar. Entonces llegan los demás -que son unos pesados- y le recuerdan que debe poner sus dones al servicio del reino. Una, que se cree la reina de su casa, se encuentra haciendo malabares con las obligaciones y se descubre dando gracias a Dios por un marido que abandona sus trabajos para aportar su grano de arena. 

¡Gracias, amigos, por tirarme de las orejas! Pedid y se os dará, tarde cuando me toca dar a mí, pero se os dará. 

lunes, 14 de noviembre de 2016

mi atranque como lectora y la buena de Agatha



No sé lo que me venía pasando desde el verano, pero andaba bastante atrancada con la lectura. Perezosa. Leía cada noche un fragmento del bendito Amadís -voy ya por la segunda parte y no puedo esperar más a la boda-, pero no sentía ese deseo de las largas tardes de enredarme en un buen libro y dejar que el tiempo volase por encima de mi cabeza. 

Mi apatía de lectora no se salvaba con la poesía, ni con la literatura infantil, ¡ni con la literatura juvenil! Ni siquiera con la literatura fantástica -mi salvadora siempre-. Leer era andar contra el viento con ruido en los oídos. Prefería bordar, si tenía tiempo. Prefería incluso ver la tele, con todo lo que la aborrezco. 

No sé si culpar de esta sequía lectora a las maratones de escribir que me pegué durante la primavera y el verano, pero quizá no vaya desencaminada la flecha que vuela hacia esa diana. A veces han gritado tan alto las historias que hay dentro de mí, que me dejan sorda durante un tiempo a las aventuras que quieren contarme los demás. 

En esta búsqueda perezosa de un libro salvavidas -es hora de confesar que me producía hastío hasta mirar las estanterías-, recordé que me quedaban por leer dos volúmenes delgados que Nacho me había regalado la navidad pasada. Celebramos el día de Reyes poniéndonos un tope económico para no fundir todo nuestro capital en libros y él decidió, el año pasado, que me sorprendería mucho más comprando libros a buen precio que pudiesen crear una montaña considerable sobre la mesa. Encontró una oferta en novelas de Agatha Christie y me inundó una balda de la estantería. ¡Bendito seas, marido iluminado! 

Ya durante la vorágine de encuentros con lectores del febrero y marzo pasados, la buena de Agatha se convirtió en mi lectura de hotel, en mi compañera de viaje, ayudándome a conservar la poca cordura que una experiencia tan desquiciante como la promoción literaria es capaz de arruinar. Por eso quizá volví a ella hace unas semanas, dispuesta a quitarme de encima la maldición antilectura que me tenía amargada. 

Devoré en una tarde La casa torcida -para mi gusto la mejor de la selección de sus novelas que me hizo Nacho- y dos o tres días se llevó consigo La muerte de Lord Edwarg. Estoy muy segura de que en todo este proceso de salvación ayudó la reposición de Se ha escrito un crimen en la televisión y un incipiente resfriado, pero, ¡qué demonios!, Agatha Christie ha sido como descorchar una buena botella de champán. Sus novelas rápidas, pobladas de nombres, llenas de equívocos que te hacen sospechar de cada uno de los personajes para arrojarte a las carcajadas más agradecidas cuando al final descubres que el asesino era el hermano secreto del primo tercero de la víctima que vuelve tras años viviendo en otro país o algo aún más descabellado; sus novelas de párrafos fluidos, escenarios levemente perfilados, detectives franceses y señoras perspicaces han sido como una resurrección. 

Después de estos dos, han caído ya tres libros y tengo otros dos a medias -uno en el bolso del trabajo, otro en la mesita de noche-. Ahora, eso sí, lo confieso, últimamente tengo el corazón detectivesco, porque me apetece más leer cómo se resuelve un crimen que embarcarme en cualquier otro tipo de aventura, por muy entretenida que sea. 

Para todo hay rachas, imagino, así que ahora juego con la lupa, me llevo a la boca la pipa y tomo mucho té, sabiendo que tarde o temprano caeré de nuevo en las garras dulces de Camilleri para ser de nuevo el Comisario Montalbano -mi detective favorito donde los haya, pero como me arrastra a beber vino, comer pasta e inflarme a café, me ando resistiendo todavía un poquito-. 

¡A leer!