miércoles, 14 de noviembre de 2018

Calendario de Adviento 2018


Un año más, Nacho y yo preparamos nuestro tradicional calendario de Adviento. A mí, que odio las esperas, me gusta más el Adviento que la Navidad, esa espera llena de esperanza. Siento que, en estos días, Dios, que actúa en lo escondido, va iluminando poco a poco cada recóndito rincón de mí, como si me dijese: "Pon tu pequeñez en fiesta, mujer". Y mi  pequeñez se hace niña y baila, sin llevar cuentas, sin tener miedo, sin guardar rencor. Mi pequeñez se ventila. 

Os dejo aquí el enlace a todos los tamaños del calendario, todos los años colgamos en esa página que gestiona mi amigo Isra (el que se encarga de hacer los retos diarios, gracias, amigo). Ahí colgamos también el Camino de Cuaresma, por si a alguien le interesa. 

Que Dios, que actúa en lo escondido, nos bendiga. 

miércoles, 10 de octubre de 2018


Es otoño y hace más de un año que no escribo. Que no escribo aquí. Reflexionar sobre el momento se ha vuelto innecesario. Los segundos brillan por sí mismos y la prosa no puede encerrar esa luz, porque no lo necesita. Vivir se ha convertido en algo distinto. Mi voz pertenece a un sitio en el que se cocina lentamente y se ama a carcajadas. 

Por eso no vengo, voy a beber a la fuente y con el agua limpia, me baño. 

martes, 14 de noviembre de 2017

calendario de adviento 2017


En cuanto llega el otoño, suben las visitas al blog de los buscadores de calendarios de Adviento. Casi siempre recibe más visitas el de 2012, por eso este año nos hemos dado prisa para que los buscadores encuentren el calendario de este año. Con el calor que sigue haciendo por estas tierras del sur, cuesta trabajo imaginar que el Adviento se acerca, pero los supermercados se encargan de recordárnoslo. Ojalá sepamos discernir lo que es vida de lo que es gasto.


martes, 17 de octubre de 2017

leer para poner el alma de puntillas


Preparo la infusión en la cocina oscura. Como una bruja voy echando a la cazuela la ramita de canela, el clavo, el regaliz, el jengibre. A la luz roja de la vitrocerámica, abriendo y cerrando tarros mientras los olores se van elevando y el líquido transparente se va volviendo tostado y rojizo. Está nublado y han bajado imperceptiblemente las temperaturas. 

Me preparo mi brebaje porque voy a sentarme con Mónica Rodríguez en el sofá, con su hotel. Voy a escuchar los recuerdos de su suegra. Abro las páginas y casi no llevo dos líneas cuando abandonan una ciudad sin poetas. Tengo que leérselo a Nacho y noto cómo mi alma se va poniendo de puntillas. Porque la literatura hace eso, pone el alma de puntillas. 

Esta semana visito diferentes centros de formación del profesorado para hablar a los maestros y profes bibliotecarios. En las jornadas de biblioteca hablo de literatura infantil y juvenil, de nuestra LIJ, pero no lo hago como escritora. Hablo como lectora entusiasmada y porto una gran caja de libros que voy pasando con confianza -y pánico feroz por si alguno de mis amigos se pierde en un bolso o se cae entre los asientos o nunca vuelve. Descubro miradas emocionadas, cómplices, de amantes de los libros, que tocan y hojean, con curiosidad. 

Descubro también maestros y profesores que no leen. Que no tienen tiempo en la vorágine de sus vidas para la literatura. O por lo menos no tienen tiempo para los libros que recomiendan a sus alumnos. 

Regreso a casa extrañada, con el sabor agridulce de una mañana en la que he sido feliz hablando de lo que me apasiona, pero en la que he descubierto que no podemos contagiar la enfermedad que no tenemos. La frase "No me gusta leer" se me llena de matices. 

Por eso hago mi infusión sin dar la luz. Por eso cojo a Mónica de la estantería como quien acude a una amiga para compartir un secreto, para recuperar la fe. 

Cuando se lo cuento a mi madre por teléfono, con su sentido práctico aplastante, me pregunta: "¿Pero es que crees que los adultos leen? Mira las estadísticas de lectores y las de espectadores, hija mía". A veces necesito que me regresen al suelo. 


lunes, 18 de septiembre de 2017

el septiembre ritual


Septiembre tiene un algo de deseo, de encender el té y apagar las olas, de leer hasta que la luz se caiga, de sillón blanco y ventanas entrecerradas. Comienza a oler a otoño y a jengibre, a clavo y a canela entre el salitre. Hay un algo de estirar las horas para poner de puntillas el último rayo de sol que llega hasta el pino de la terraza. 

Me gusta imaginar que pronto cambiaré el armario, que resucitaré las rebecas y los pantalones vaqueros, que pronto me taparé con mantas en la cama, en el sofá, en el despacho... Se acercan los meses de dos cifras y con ellos los libros de poemas, la lámpara sobre la mesa pequeña, los proyectos de novelas. Todo parece por estrenar esperando el frío, hasta en este rincón del mundo al que el otoño llega sólo en la fruta. Pero con el tiempo aprendo a percibir los matices, a darme cuenta de que puedo andar al sol, de que la brisa despeina, de que el mar se limpia y los cuerpos se acercan. 

Los rituales tienen para mí la fascinación de lo cotidiano. Septiembre es el umbral de los rituales, de los horarios y los hábitos, de los propósitos y las listas como esta. Hago el tiempo tren, yo lo conduzco, creando ritmos de recetas, tradiciones. De pronto la selva salvaje del verano, el saltar de rama en rama, el dormir hasta en los charcos, se convierte en pradera dócil en la que invento los sobresaltos. 

Me seduce un ritual, el ritmo. Esta música de casa que hace años que memorizamos. No hay nada en lo predecible que no me parezca hermoso. Debo haber heredado de mi abuelo el amor sereno por el golpe de reloj y la paz de las repeticiones. Por la domesticación.

lunes, 13 de marzo de 2017

hablemos


Hace tiempo que una idea me viene dando vueltas a la cabeza. Es una idea que todavía no tiene su forma definitiva, que gira sobre sí misma sin terminar de alcanzar nitidez. Nace, quizá, de conversaciones con amigos, de películas, de lecturas... Nace un poco de todos sitios e intento verla con claridad. 

Este fin de semana nos animamos a ver la película La la land de la que todo el mundo hablaba con verdadera pasión y la idea que me había estado persiguiendo apareció de nuevo. Al ver esa pareja que se descomponía en la búsqueda de un proyecto individual, estirándose cada uno para rozar con las manos su sueño, sin hablar, sentí que una gota había colmado el vaso de mi idea. Estoy cansada de ver en el cine, y en la vida que me rodea, a parejas que no hablan. Que dan por sentado, que esperan que el otro entienda, que asumen que el otro lee en ellos con claridad. Puede que por eso la película me pareciese la muestra perfecta de una pareja que no tiene un proyecto de vida en común porque ni siquiera se ha detenido a hablarlo, a preguntarle al otro si en el futuro que sueña hay un espacio para dos. 

El amor romántico que llena de patrones los rincones del mundo con sus escenas de película, no es cierto. No dudamos, cuando nos sentamos delante de la pantalla a ver naves espaciales, de la ficción. Y en cambio asumimos sin filtrar como imagen de la realidad las relaciones que vemos desde nuestro sillón. 

Hablemos. Hablemos de sueños y necesidades. Hablemos de lo que me molesta cuando me molesta, no cuando he convertido una semilla en maleza. Hablemos de lo que nos hace felices, de lo que deseamos. Hablemos. Mirándonos a los ojos. Sin miedo de que la verdad aleje al otro. Porque quizá la verdad esté cargada de distancia y sea una distancia sana, un te quiero pero no lo suficiente como para compartir un plan de vida contigo. Porque a veces hay que decir adiós, sin aferrarse luego a recuerdos de lo que podría haber sido, ya que elegí que no fuera. El amor es sincero. Hablemos. Para poder corregir, pactar, revisar, construir, demoler. Para que ninguno tenga que ser intérprete del otro. Para que no haya un discurso debajo del discurso cargado de reproche y anhelo. Hablemos. 

Hablemos como el día en que se inventó el lenguaje, con esa libertad, con esa confianza. Hablemos con ternura y con verdad, sin llevar cuentas porque no haga falta. 

No es romántico mirar al pasado para llenarlo de "y si...", de "podría haber sido", de "quizás". Lo que existe es un presente para construir, para elevarnos sobre nosotros, para perfeccionarnos a través de la palabra y la acción. Y en ese presente hay que asentarse, con las manos unidas, con la mirada limpia, con la voz valiente para decir hablemos. 

No es romántico que el otro tenga que entenderlo todo, no es romántico que uno decida por los dos, no es romántico un sacrificio silencioso porque imagino tus necesidades y las suplo antes de que hables. Lo romántico es mirarse y poder decir lo que se piensa porque hay un puente de comunicación más seguro que cualquier corriente. Porque se piensa sin doblez, con confianza, con transparencia. 

Así que me da igual que bailen o que canten, que sean príncipes o princesas, que se conozcan en una librería o que lleven juntos desde los quince años. Antes del beso, hagamos la palabra. 


Nota al pie: tras un largo debate, aclaro que utilizo romántico como sinónimo de cariñoso o gesto de amor bueno y sano. 

martes, 7 de marzo de 2017

el fondo está al principio



Escucho a Maydiremay. Hoy hace tarde de mayo y los árboles lucen quemados por el sol más allá de los cristales. Nacho se pelea con el ordenador y yo fantaseo recordando cómo nos conocimos, en aquel tiempo donde las personas eran metáforas y la palabra construía realidades paralelas. Aquel tiempo del pensamiento sin acción. 

Tengo la mesa llena de papeles que gritan, pendientes, y el espíritu repleto de ideas para novelas y poemas. Pero una pereza feliz se alza sobre todo el ruido y me trae aquí, a escuchar a Mariano mientras el mundo se convierte sólo en sonido. 

A veces los proyectos se enredan como mi caja de ferrero llena de hilos, y una fuerza paralizadora se extiende convirtiendo el futuro en fotografía, en imagen fija. Haciendo incluso que la lectura no resulte tan gratificante como solía, que Pedro Salinas viaje en mi bolso de trabajo sin verme leer sus cartas. 

Pueden ser los viajes, las pelusas de la casa, las macetas o la ropa tendida, quizá las clases desafortunadas, el café descafeinado o la sensación, a veces, de que por mucho que me alce de puntillas, el muro sigue ocultando mi visión. Sea como fuere, quiero escribir y no escribo, quiero leer y no leo, quiero coser y no coso. 

Aunque sí que coloco los armarios, observo las librerías, imagino lámparas, compro fruta, paseo, me deshago con un capítulo más de Se ha escrito un crimen, me acerco cada noche a decirle a Amadís palabras al oído. 

Quizá vivo un tiempo de fantasear con caballeros andantes, un tiempo de mirar a Nacho mientras duerme, un tiempo de amanecer con la luz y sólo ser. Un tiempo en el que el fondo está al principio, de ser hacia fuera. De dejarme sorprender, sin sorprender a nadie. 

Soy público. Os escucho hablar por la calle mientras camino.