jueves, 17 de diciembre de 2009

bolitas de coco y bombones de chocolate

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Amanezco sin despertador y es una bendición hacerlo después de dos días de trabajo agotador y de trasnochar para corregir exámenes. Enciendo la luz de la mesita de noche y me quedo mirando al techo sin pensar en nada, disfrutando sólo del silencio de la casa y del dolor de cabeza que supone haber dormido tantas horas seguidas. Evalúo sin darme cuenta y descubro que me siento bien, en tregua de paz conmigo misma, una paz física en este cuerpo templado bajo el edredón de plumas.

Por fin me decido a mirar el reloj y salto de la cama buscando la bata roja para irme a la ducha. La semana pasada quedé con mi abuela en dedicar mi mañana libre a hacer dulces de navidad, así que no quiero llegar tarde. Estoy tan emocionada con la idea que, aún con el pelo mojado, llamo por teléfono para que me preparen un café porque no quiero pararme ni a desayunar sola. Me sentiría extraña hoy.

La niebla ha tomado la ciudad y voy contándome un cuento por las calles semivacías. El cuento trata del espíritu del río que, alegre, decide abrazar a todos los habitantes de este pueblo, que no paran de quejarse por la humedad. Voy contando las esquinas como cuando era pequeña y aparezco, con mi paraguas bajo el brazo, en la calle peatonal donde sucedieron todos mis juegos de infancia.

Abre mi abuela. La casa huele a comida porque está preparando ya algunos de los platos que degustaremos la semana que viene. En la cocina, mi habitación preferida por lo cálido y los recuerdos, mi abuelo y mi tío intentan ponerse de acuerdo sobre el formato de una película que han descargado de Internet. Mi abuelo es un amante de las nuevas tecnologías y trajina con el portátil sobre el hule nuevo de cerezas.

Tostadas y café me esperan junto a unos muñequitos que mi abuela ha hecho con palos y aguacates pequeños –“sólo les falta el pelo”, me dice- y desayuno contándoles mi semana agotadora. Mi tío me comenta que le han aconsejado hacer un módulo que se imparte en mi instituto y me alegra que decida poner en marcha un nuevo proyecto. Mientras termino, mi abuela se acerca a la tienda de la esquina a que le pesen unas patatas y charlo con el abuelo sobre emails navideños –de esos que le encantan y con los que me satura mi bandeja de entrada-.

A la vuelta la abuela le pide que le ate el delantal porque ella ya no puede hacerlo sola, “no me llego”, se ríe mientras mi abuelo refunfuña comenzando su retahíla de quejas y consejos.

Cuando ya tenemos todos los ingredientes sobre la mesa y vamos a empezar a preparar las bolitas de coco, mi abuelo grita interrumpiéndonos:

-¡Son las doce! –yo no lo entiendo, así que mira a mi abuela-. ¡Eh, tú, que son las doce!
-¡Ah! –responde ella y me siento partícipe de uno de esos momentos mágicos porque algo debe estar a punto de suceder, seguro que se abre una puerta secreta, llueven monedas de chocolate o comienza a nevar bajo la mesa.
-¡El Ángelus! –vuelve a gritar mi abuelo, con prisa, como si estuviese a punto de escaparse un tren, y el momento mágico sucede.

En el silencio de la cocina, porque ya ninguno de los ruidos cotidianos son capaces de interrumpirlos, se unen en oración dulce y acostumbrada. Los acompaño observando las manos de mi abuela que trituran las patatas cocidas con calma reverente. Siento que estoy viviendo un momento único con ellos y me emociono. Las preguntas comienzan a asaltarme, ¿cuánto nos quedará?

-Remángate –indica mi abuela con una sonrisa sacándome de mi ensimismamiento-, hoy vas a hacer los dulces tú.

2 comentarios:

Israel Jesús dijo...

yo quiero bolitas de coco!!!

y darte un superabrazo!!

TQ!!!

La sonrisa de Hiperión dijo...

Coco con chocolate... jajaj siempre las odié, pero con tus palabras, se me hacen hasta tragables.


Saludos y un abrazo.