jueves, 13 de enero de 2011

conducir a casa


Cuando salgo de trabajar, el sol ha colonizado ya el mar y las montañas, verdes y húmedas, me aparecen salpicadas de los primeros almendros en flor, lo árboles de palomitas. El agua corre por los lados de la carretera y, en cierto momento, incluso atravieso un riachuelo. Llevo las ventanillas bajadas y voy cantando cualquier cosa, con las gafas de sol, contenta de volver a casa, preguntándome qué prepararé de comer o imaginando cómo serán mis tardes. 

Me gusta que mi primera imagen al atravesar las puertas con rumbo a la calle sea el mar. Un mar horizontal e inmenso, a veces coronado de nubes bajas, a veces simplemente surcado por barcos inmóviles. Y después, antes de él, todos los pequeños montes y valles que contemplo desde esta altura. 

El camino a casa se convierte así en casi una aventura, en lugar de elegir la carretera convencional, la que llega directa de rotonda en rotonda, elijo la carretera de curvas, la que transita entre casas y bosque, llena de cuestas y umbría o pleno sol. Es una suerte de limpieza, una oportunidad de desconectar del mundo gris del instituto, de seleccionar los datos del día y concentrarme en la risa de los niños, en sus ocurrencias, en su manera de saludarme por los pasillos. También me ayuda a recordar el verano, a imaginarlo, a escuchar la sal en mi piel reclamando un todavía. 

Salir de trabajar y conducir a casa se convierte la mayoría de las veces en una acción de gracias. 

2 comentarios:

La sonrisa de Hiperión dijo...

Un milagro que se reinventa cada día, un volante, la carretera, las ventanillas bajadas, y el mar...

Saludos y un abrazo.

Maat dijo...

Es una suerte ver las cosas como tu las ves!!Bonito texto!