domingo, 2 de enero de 2011

las historias de mi abuela


Mi abuela Enca cuenta de vez en cuando historias, como quien no quiere la cosa, le vienen a la cabeza mientras comemos o mientras estamos haciendo cualquier cosa, y te cuenta historias de cuando vivía en Almería o de cuando conoció a mi abuelo o estaba a punto de morirse. Escuchándola comprendo partes de mí. Descubro por fin de quién viene esta manía por la exageración, por el contarlo todo y por convertir cualquier anécdota en un hecho digno de narrar. Me gusta cómo recuerda en voz alta mi abuela, lo cuenta todo riéndose, hasta las cosas más terribles. El paso del tiempo le da cierta inmunidad, supongo. 

Mis abuelos llevan unos días en casa, para pasar la nochevieja y quizá los reyes. Mi abuelo está dormitando prácticamente todo el tiempo en el sillón, casi no quiere pasear y está triste. Le han quemado unas manchas en la cabeza y se le han quedado muy feas, además la crema se las empeora y parece que va a hacer una película de zombies de serie b. No me gusta verlo tan triste porque es una de mis personas preferidas, pero tampoco sé esta vez acercarme a él. Mi abuela, sin embargo, está más pizpireta que últimamente, será porque ha venido del borde de la muerte, ha tenido el estómago malo y como es tan exagerada ya se veía con el Altísimo. Así que ahora está en activo, preparando comidas y contando mil historias. 

Hoy la senté después de la cena a la mesa de la cocina y le fui pidiendo que me relatase las historias de sus abuelos. El abuelo Miguel y el abuelo Manuel, los dos viudos por culpa de una gripe horrible -ella cree que de 1919- y los dos vueltos a casar, el primero con la chacha y el segundo con su cuñada dos veces viuda. 
 -¿Qué historias, verdad niña? -me dice mi abuela mirándome teclear como las motos en el ordenador para no perder detalle-. Ahora las cosas no son tan complicadas.

Los recuerdos de sus abuelos se mezclan con los de su niñez y el colegio, con las habladurías de la gente del pueblo, con los desamores de sus maestras o la casa de tres pisos del sastre, con la papelería del centro de Almería o la funeraria de aquel pueblo perdido. 
 -¿Te cuento mis reyes? -me dice cuando ya habíamos terminado- Es que siempre me acuerdo por reyes -, me ha contado la historia muchas veces, creo que todas las navidades, pero yo me hago de nuevas porque me encanta escucharla hablar y porque está contenta-. En guerra, sería el primer año o así, el caso es que tocaron a media noche las sirenas de alarma y me despertaron para irnos al refugio y yo me vi rodeada de juguetes y me agarró mi padre liada en la manta... Me pasé toda la noche llorando en el refugio porque había visto mis juguetes y no los podía tocar. Aquel día fue una matanza increíble, un barrio entero liquidaron a cañonazos y yo llorando por mis juguetes -lo dice como sólo puede decirlo una niña que ha vivido algo así y que lo comprende años después con mente de adulta que ha vivido la catástrofe protegida-. Hasta que no volvimos del refugio no pude yo jugar con mis juguetes, cachi en la mar…

Y se ríe. Se ríe como cuando nos cuenta ahora lo que está descubriendo de los musulmanes con una telenovela. "Alá te bendiga" nos dice desternillada de risa cuando brindamos en la comida. Y es que mi abuela es un caso, ella sola se merecería una novela o dos. 

(bua, sale muy desmerecida en la foto, mañana le hago una yo que le haga justicia)

3 comentarios:

DelMar dijo...

las historias de los abuelos son tan buenas siempre, nos hablan de esos días que no viviremos, pero es la simplitud en la que van las cosas lo mejor.
Me alegra un montón que estes disfrutando a tus abuelos y espero que tu abuelo se le curen las manchas de la cabeza pronto.
Un abrazote aire y feliz año

La sonrisa de Hiperión dijo...

Que grande es una abuela...

Saludos y un abrazo.

Luar dijo...

que bueno poder disfrutar de la sabedoria y el cariño de una abuela...