martes, 17 de mayo de 2011

el extraño hombre que sostenía la plaza con sus guantes amarillos


Cacé la imagen de un hombre delgado y alto, extremadamente pálido, de pie, firmemente de pie, en el centro de la plaza de la iglesia, con su pelo rubio desgreñado y sus ojos enormes clavados en algo. Está ocupando el eje de la plaza, pero no es el foco de ninguna mirada. Viste una camisa de cuadros en tonos rojos y verdes, de manga larga, con el botón de arriba desabrochado, estrecha y sujeta por la cintura por un pantalón de chándal gris. Un pantalón de chándal gris atado demasiado alto sobre la camisa, un pantalón de chándal gris que reafirman unos calcetines blancos sobre la pernera, alzados ridículamente como colofón a unas zapatillas blancas de deporte. Reparo en él nada más llegar a la plaza, al principio me parece que sostiene unos plátanos en la mano, pero cuando me fijo mejor descubro que son unos guantes amarillos de dedos anchos. 

Y está ahí, detenido, como si fuese el elemento a señalar de una lista de sujetos idénticos, el elemento extraño, el material que no hace juego con el conjunto. Hierático, aunque curioso, en el que debería ser el centro de todas las miradas, pero un niño corre con la bandera de España en la espalda y reclama la atención de las familias, los ancianos, los turistas. No el hombre pálido, el rubio y desaliñado hombre pálido de los guantes amarillos que sostiene la plaza. 

No detengo mi paso, pero de reojo intento percibir cualquier movimiento en él. Me dirijo hacia la salida peatonal del aparcamiento para observarlo tras el cristal, pero gira casi imperceptiblemente la cabeza en mi dirección y me da miedo inmiscuirme así en la intimidad de un hombre tan extraño. El tiempo que tardo en cruzar el paso de peatones es suficiente para barajar la posibilidad de que sea un asesino en serie, un científico loco, un viajero en el tiempo o un extraterrestre en misión de reconocimiento. 

Voy pensando en que escribiré sobre él, sobre sus ojos saltones y su piel transparente. Entro en el cajero automático y me entretengo con las operaciones pertinentes. Alguien cruza frente al cristal, un matrimonio de ancianos, atraen mi mirada. Tras ellos, en la plaza, pero ahora justo frente al cajero, bajo el gran árbol, el extraterrestre, mi hombre extraño, ofreciéndome su perfil izquierdo, permanece mudo y quieto a doscientos metros. 

Lo busco con la mirada cuando salgo del banco, pero ha desaparecido. No sé por qué creía que lo encontraría al doblar la esquina y, durante un tiempo, vuelvo mi vista hacia atrás por si lo reconozco al fondo de la calle. Pero ha desaparecido. Cuando, de vuelta de mis tareas, atravieso de nuevo la plaza, él ya no está allí. Quizá ha vuelto a su planeta, a su tiempo, a su quehacer. Como yo. 

2 comentarios:

J. G. dijo...

te has inventado sólo parte

La sonrisa de Hiperión dijo...

Siempre estupendo pasar por tu casa...

Saludos y un abrazo.