viernes, 13 de mayo de 2011

excusas perfectas


El lunes viajamos con los alumnos, bajo la excusa de la visita a Baelo Claudia, a la playa de Bolonia. Los chicos vieron las ruinas como alma que lleva el diablo y, antes de que me hubiese dado tiempo a ponerme las sandalias, ya se habían metido en el agua helada del Atlántico. 

Las playas de Cádiz me enamoran y, al pisar la arena, no pude evitar reconocer los detalles que me hacían conectar ese momento con aquel atardecer, después de la playa de los alemanes, de cometas, molinos y anécdotas contigo, Juan, Leti y Marta. Pero aquel día, quizá por la posición del sol, me perdí las dunas magníficas que descubrí el lunes. 

El primer viaje-expedición a lo alto de las dunas me pilló desprevenida y perezosa, así que me quedé charlando con Belén a pleno sol, lidiando con el viento, haciendo intentos de mojar los pies que se encogían en el agua helada. El segundo intento, el de después del café de la tarde, lo propuse yo. Pero antes, decidimos llegar por una vereda a lo alto de las rocas para ver romper las olas infatigables. Durante todo el trayecto, al tiempo que no podía evitar sentir el dolor en los pies descalzos, un pensamiento golpeteaba mi cabeza sin parar: "el mundo es un milagro". La fuerza de la luz, del agua, del viento, de las plantas desconocidas que crecían en las laderas, imponían a todo un aire sagrado. Podía ver a Dios en los detalles y en el conjunto. Aunque también podía ver al hombre, y eso me entristeció. Pude ver al hombre en cada una de las latas, bolsas, papeles, botellas, cuerdas, maderas... abandonados entre las aguas, las plantas, las rocas.  El hombre y Dios. 

Después mis pies sintieron la arena tibia y mullida subiendo la ladera hacia la cima de las dunas. Me sentí el Principito en medio del desierto, buscando un pozo, siguiendo huellas, percibiendo el sol parpadeando sobre el amarillo tenue, el marron apagado. El sol como un punto. Y yo como una sombra gris en mitad de la nada. Una nada que, al volver la vista, conducía al mar. Creo que, al igual que en aquel momento no fui capaz de encontrar las palabras, ahora me resulta también imposible. 

Pero mi corazón se sintió limpio en esa arena, en ese mar, en ese viento constante que zumbaba en mis oídos. 

1 comentario:

La sonrisa de Hiperión dijo...

Tardecita de sábado, y esto parece que vuelte a funcionar. Siempre un placer volver por aquí.

Saludos y un abrazo.