miércoles, 8 de septiembre de 2010

orillas de septiembre


Cuando uno es de interior, le resulta difícil imaginarse un miércoles cualquiera de septiembre conquistando la orilla del mar para pasar un día de sol y sal. Es, simplemente, que mi cabeza comienza a pensar en el trabajo e imagina las rebecas y el jersey y los abrigos, ofuscándose en olvidar el bañador, la toalla y las olas. Como si tuviese que autoconvencerme para conducir a cientos de kilómetros de este trozo de vida porque vuelve la tierra y su frío helado. Por eso mi cuerpo se resigna, se pone el bikini a regañadientes, casi con prisa, casi obligado, y aparece en el andén imaginando que el verano está muerto y enterrado en cualquier parte, tal vez bajo un olivo. 

Mi cosmografía cambia. Sigo cabeza abajo o estoy ya girando o el desequilibrio comienza a no ser opcional. De verdad que, aunque suene estúpido o raro, en mi antigua percepción del mundo era inaudito vivir un día como el de hoy en septiembre. ¡Benditos parámetros venidos abajo! ¡Bienvenido desorden arbitrario! 

Manolo, Héctor y Marta -la compañera de piso de Manolo, no mi Marta-, me recogen en la puerta del zoológico a la que Chica tardó dos horas en llegar, para ir a pasar el día en la playa. De alguna manera y sin saberlo, me rescatan de los nervios que hoy habría alimentado imaginando que mañana será mi primer día real de trabajo. Así que, bajo la promesa de las olas, las partidas de paletas, las risas, la siesta en la sombra compartida, la arena, las confesiones y las confidencias, un miércoles como hoy decide desnudarse de convenciones -como si los miércoles en septiembre debiesen vestir siempre de la misma manera-. 

Me descubro compartiendo secretos, hablando de música y de palabras, cavando pozos en la arena, recopilando recuerdos y haciendo planes -qué sencillo es hacer planes cuando uno no apuesta nada en el camino-. Me percato de que vamos recorriendo poco a poco el camino que separa a los conocidos de los amigos, vamos afianzando los límites de nuestros defectos, descubriendo el pastel, confesando las faltas. Muy poco a poco, abandonando la prisa. Cualquier anécdota tiene lugar y puede engarzarse con otra. Ese es el motivo de que se repita la ronda de cafés, de que nos anochezca en la arena hablando de sueños pequeños y lejanos. 

Por eso, al llegar, no siento la casa sola, sino ruidosa y alegre, como yo vengo. 

2 comentarios:

Chica del espejo dijo...

A orillas de septiembre con amigos, cafés y una buena conversación. Es como para llegar a casa ilusionada.

Paula.

La sonrisa de Hiperión dijo...

Yo que soy de la Córdoba llana, manchada de viñas y olivos, que lo único que sabe, es de río eterno... un miércoles de atardeceres en la playa, nos supera... Esa es mucha agua para beberse del tirón, no?


Saludos y un abrazo.