miércoles, 31 de marzo de 2010

casa-corazón con ventanas


Leyendo a Susanna Tamaro descubro que el corazón es como una casa llena de ventanas.

Así, cuando no se ama, todas las ventanas están cerradas a cal y canto, ni entra aire, ni sale luz. De modo que según el grado en que ames, se abrirán más o menos los postigos para que haya corriente. Lo curioso es que cuanto más ames, más personas codiciarán tu corazón, ¿por qué? Pues porque es más deseable una casa llena de luz que una casa a oscuras. Pero claro, en ese momento, tú no querrás compartir tu casa con nadie. En cambio, con las ventanas cerradas, normalmente, los demás, sienten su curiosidad más mermada por las habitaciones de tu casa-corazón.

¡Qué ironía! Cuando más necesitas luz, menos dispuestos están los demás a ayudarte a subir persianas.

A mí me dan las ventoleras, se me abren todas las ventanas o se me cierran de golpe. Casi no lo puedo decidir. Y, prácticamente a la vez, me entran ganas de abrir las ventanas de todos los demás y conquistar el mundo a besos; pero justo entonces la pereza me sorprende amodorrada de guardián de mi propio corazón y ni dejo entrar la luz ni dejo que salga.

Clin, clin, clin... me siento como una puerta de cristal que se abre sólo cuando le da la gana -a la puerta, no a mí, yo no me entero de nada y si pudiese decidir...-.

La cosa es que, como dice S. Tamaro, yo lleno el mundo de palabras por filtrar lo que siento y padezco a través de la razón y, al final, como dice Nordbrandt las palabras se me quedan huecas y dejan de tener sentido. Es justo en ese momento cuando me digo: "Conquistar Bizancio es una misión para soñadores" -y como tengo mucho sueño, lo interpreto al literal, y me voy a la cama de antes-.

(Qué agridulce, me digo recordando viejos tiempos, esta hora gris de la melancolía)

1 comentario:

Vagamundo dijo...

No me gusta esa escritora, aunque lo que cuenta aquí es una forma digna de interpretarse la vida.
No hay cánones, a mi juicio. Sino muchas formas de amarse y de amar.