miércoles, 31 de marzo de 2010

camino a Bena


Preparar la maleta durante la semana santa, esperar en casa a que fuese la hora, a que llamasen al timbre o me acercasen al estación, estar vestida desde bien temprano, lista para partir, barajar las mil posibilidades que se darán en mi vida durante estos cuatro días... Todo eso tiene un algo de pasado y de presente que no termino de entender -ni quiero-.

Se me alegra el corazón al ver la luz del sol brillando en la terraza de la casa de mis padres, pensar en la música que escucharé durante el trayecto, en recoger a Antonio y ponernos al día. (¿Te acuerdas de cómo nos conocimos?) ¡Qué de historias, qué de tiempo!

Y pienso en Andrés durante mi primera pascua, en nuestras conversaciones sobre política, en Ramón, en aquel Ramón de mi pasado que dedicaba cada uno de los minutos de su tiempo a arrancarme carcajadas -se me encienden los "y si...", pero los detengo, no merece la pena preguntarse por lo que ya no se puede cambiar-, en Roca, al que elegí mientras él elegía flores en la ladera, el que me evitó hasta que ya no tuvo más remedio que aceptar que había decidido formar parte de su vida, en Antonio que subía por el río con el ceño fruncido y al que hoy recogeré para que vuelva conmigo a nuestros inicios.

De pronto los nombres comienzan a asaltarme. Es fácil caer en la melancolía barata, sobretodo para alguien como yo. Pero hoy es más fácil pensar en "aquellos maravillosos años" que en mis últimos momentos en esa terreno de cambios donde enfrenté un precipicio y más tarde tu boca.

¡Qué de regalos en esa casa llena de rincones! Desde donde el mar parece palpitar inacabable hacia mí.

1 comentario:

La sonrisa de Hiperión dijo...

Volver a casa siempre tiene un sabor diferente...

Saludos y un abrazo enorme.