martes, 24 de noviembre de 2009

guerra de fuerzas


Alejandro me reta desde el viernes. Busca el resquicio necesario para hundirme en clase. Tiene catorce años y un talante respondón bastante frustrante.


Quizá yo hoy no estoy en mi mejor día, pero cuando se niega a hacer los ejercicios -en nuestra clase de nueve alumnos- durante una hora y decide retarme cuando comienzo a corregirlos porque no le ha dado tiempo, consigue que decida abandonar el ritmo de trabajo sólo para hablarle.


Me armo de paciencia. Respiro y suelto el bolígrafo. Estamos sentados el uno en frente del otro. Se sonríe con ironía cuando le pido que me mire.

-Alejandro, mírame mientras te hablo -insisto con tono tranquilo, y él sigue sonriéndose-. Alex, que levantes la cabeza.

Por fin me mira, creo que al quinto o sexto intento. Sus compañeros nos observan, Alba ya le ha llamado la atención por lo bajo, incluso la feliz de Miriam le ha rogado que atendiese. Alejandro levanta la cabeza con ese aire de suficiencia que debe incendiar los nervios de cualquier profesor.

-¿Crees que esa es manera de hablarme? -le pregunto haciendo referencia al ataque personal que me ha lanzado al comienzo de nuestra conversación.

-Pues sí -suelta burlón y vuelve a agachar la cabeza mientras intenta hacerse el gallito. No deja de mirarme porque se siente avergonzado, deja de mirarme porque no importo lo suficiente en este momento. Ahora son su ego y él.

Estoy agotada para mandarlo a la mierda y hacer uso de mi tono de sargento, el que sé que lo ha puesto a trabajar en más de una ocasión.

-¿Esa es tu nueva dinámica conmigo? -intento sintiendo que como siga manteniendo esta conversación van a saltárseme las lágrimas de la rabia. ¿Por qué es tan cabezota? Es uno de mis alumnos preferidos...

-¡No me comas la cabeza! -pasa de mí de nuevo sin mirarme.

-Hablaré con tu tutora.

-Pues habla.

-Bien.


Alba me pregunta si puede seguir corrigiendo. Le doy la palabra agradecida. Me siento cansada para discutir y Alejandro va a seguir respondiéndome hasta que me obligue a amonestarlo de manera oficial. Sé que lo pierde el pronto, que no lo piensa lo suficiente. Si juego a su juego, saldrá perdiendo y no quiero.


Salgo triste de clase. Quizá no debería implicarme tanto con mis alumnos.

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