jueves, 12 de noviembre de 2009

sargento sin corazón


Carlos me para en la sala de profesores para contarme que una alumna de primero salía comentando que la profesora de lengua era una sargento. Me hace gracia el dato porque ya he subido de piso en los cotilleos y no son sólo los de la ESPA los que critican mi nivel de exigencias.


Hace dos semanas que han vuelto a mi clase de primero de bachiller un grupo de chicos que, tras la primera semana, dejó de venir. Se sientan todos juntos en pandilla al fondo del aula y se dedican a lanzar todo tipo de comentarios cuando me doy la vuelta para escribir en la pizarra, creyendo que no los escucho. Tengo mi claro preferido entre esa tropa de holgazanes y, no porque saque buenas notas, sino por la cara con la que atiende a cada una de mis explicaciones. Las clases en primero se me abarrotan ahora que he comenzado con la sintaxis y de la cantidad de voluntarios para salir a la pizarra me estoy aprendiendo por fin sus nombres. Así que salgo del aula sargento y satisfecha.


En primero de la ESPA hoy toca leer el Principito y hablamos de la tristeza y los atardeceres. Cuando toca leer todos se alegran. Me siento bien en esa clase, después de tanta guerra, cuando por fin han aceptado mi orden de las cosas.


-Eres la única que se preocupa por que trabajemos –me dice Juan Pedro, sentado justo delante de mí en primera fila, en una de las pausas entre ejercicios mientras canturrea: “déjame ser tu príncipe azul” y yo evito reírme a carcajadas.


Ángel, que me recuerda muchísimo a mi hermano, se acerca con su libreta llena de tachones y con unos puntos y finales del tamaño de manzanas.


-¡Pero hombre, así no puedes rellenar un documento oficial, ni escribir una carta a tu novia! –le digo.


-Ay, cartas a las novias, maestra… –se burlan-, qué anticuada está usted.


Intento no reírme y me hago la ofendida.


-Hay que recuperar las buenas costumbres –insisto tratando de mantenerme firme, me miran como si estuviese loca. Menos mal que Ramón sale a defenderme:


-Pues la verdad es que me saldría más barato que tanto mensajito al móvil…


Definitivamente me encanta cuando están receptivos y podemos trabajar y comentar y gastar bromas. Me encanta que comiencen a comportarse, a respetar los turnos de palabra, que no se griten, que me sonrían sin malicia.


Claro, que eso no quita que, cuando termina mi jornada y salgo, mientras todos mis alumnos, de los tres cursos, fuman en la puerta, mi grupo de ESPA me reciba a gritos y, frente a mi mirada de “esto no es lo correcto”, se cuadren firmes con la mano en la frente, como mi propia tropa de soldados.


-Descansen –les digo con una sonrisa y los de los bachilleratos nos miran con los ojos como platos.


-¡Hasta la semana que viene, maestra! –me gritan y me siento feliz, feliz, feliz.

2 comentarios:

La sonrisa de Hiperión dijo...

"Intento no reírme y me hago la ofendida."

jajaja y que vas a hacer... sino?

Saludos y un abrazo!

Anónimo dijo...

jajaja...la seño sargento...vaya vaya....no te pega otra cosa...seguro q estarán mjuy contentos de tenerte...

autumn whispers...