miércoles, 31 de marzo de 2010
camino a Bena
casa-corazón con ventanas
lunes, 29 de marzo de 2010
Enrique Bayano
ayer no fue un domingo cualquiera

domingo, 28 de marzo de 2010
madrid

sábado, 27 de marzo de 2010
sábados

viernes, 26 de marzo de 2010
comienzo de vacaciones

jueves, 25 de marzo de 2010
narradora
miércoles, 24 de marzo de 2010
yo no madrugo

lunes, 22 de marzo de 2010
mis talismanes

domingo, 21 de marzo de 2010
fuegos artificiales
jueves, 18 de marzo de 2010
sobre cómo notar que la mujer del espejo no es la que era

miércoles, 17 de marzo de 2010
st. patrick day

martes, 16 de marzo de 2010
la niña de sus ojos

lunes, 15 de marzo de 2010
las cartas que nunca escribí

domingo, 14 de marzo de 2010
algo de Salinger

Cuando leo una novela, la voz del narrador se hace con mi subconsciente y comienzo, sin darme cuenta, a describirme el mundo con su tono de voz, sus manías, sus coletillas. Dejo de ser totalmente yo para ser nosotros o para ser él. Comparto sus gustos y aficiones, desprecio lo mismo que desprecia. Es irracional.
Un buen amigo me dijo una vez que debía dejar de ser narradora de mi historia, que debía comenzar a ser personaje, que debía actuar en lugar de contar.
Holden Caulfield se hace conmigo desde que abro los ojos por la mañana y se va cuando llegan Sarah y su compañera para tomar el té de los domingos. Holden Caulfield odia mil quinientas cosas o, por lo menos, eso quiere creer. Lo escucho hablar mal prácticamente de todo el mundo, salvo pocas excepciones, pero, como él diría, me da muchísima pena.
Holden me gusta cuando habla de cosas bonitas, como de su hermana o de Jane, o de Allie, entonces sí que consigue emocionarme de una manera genial. Mientras la lágrima cae en la casilla negra del tablero o Phoebe gira y gira en el tiovivo.
Paseo por Nueva York de antro en antro, lo escucho quejarse de todo, sentirse deprimido por todo, asqueado, insatisfecho… pienso en mis alumnos, en algunos de ellos, pienso en Adrián.
Pienso cómo era yo con la edad de Holden y sólo estaba llena de sueños, proyectos y metas. ¿Qué habría pensado de conocer a Holden? Seguro que me habría resultado terriblemente interesante, pero al final me habría aburrido su deseo de ver sólo el lado feo de las cosas. A lo mejor yo lo habría sacado de quicio, estoy convencida. A lo mejor nos hubiésemos besado sólo por su manera de odiar, quién puede saberlo... Lo que está claro es que Caulfield y yo compartimos algo. Los dos somos igual de cobardes. Además, él fuma demasiado para mí.
Cuando cierro la novela, sentada en mi sillón blanco, con la luz del sol entrando por la ventana, en la tranquilidad de mi casa, me digo que tengo que volver a hacer esto, como antes, tal y como hacía antes, recuperar las horas interminables de lectura hasta que llegaba a la tapa de atrás y no podía seguir devorando.
Me ha gustado pasar con Holder, aunque sea un completo cretino, este día de domingo.
sábado, 13 de marzo de 2010
celebraciones
jueves, 11 de marzo de 2010
jueves

Prosiguió así el curso de sus pensamientos: "Creí ser rico al poseer una flor única en su especie, y no se trata más que de un ejemplar ordinario. La rosa y tres volcanes que no pasan de mis rodillas, de los cuales uno esté quizá apagado para siempre. Verdaderamente..., no soy un gran príncipe". Se extendió sobre la hierba y lloró. (El Principito)
Hoy toca leer este capítulo con mis alumnos de la ESPA. Cuando repasaba el texto me quedé ronroneando este último párrafo.
Siempre me he sentido identificada con la flor del cuento, soy así de caprichosa, teatral y dramática. No lo puedo remediar, me gusta sentirme única.
Me da pena el Principito, descubriendo que todo lo que valora, para muchos sería poca cosa, pero también me da envidia que haya tardado tanto en descubrirlo. Yo quiero tardar en descubrirlo todo, seguir mirando con ojos de niño los minutos que se me reparten al comenzar el día y sentarme en la hierba y reír, reír, reír imaginándome vencedora de todas las guerras.
Hoy decidí salir a ganar. Era incapaz de recordar el sueño y, entre las mantas, no conseguía alcanzar nada, me ha costado despertar y eso es una buena señal.
Paseo, hace sol, el ruido de secador me deja amodorrada y cazo para Lucía unos detalles de princesa, compro sombra de ojos y saludo al pasar.
Es jueves.
Drexler canta.
Se me acaba la paciencia, tengo que sembrar más.
miércoles, 10 de marzo de 2010
tempus fugit

Me quema el café la palma de las manos y Drexler canta Soledad en el aleatorio mientras el sol brilla más allá de los cristales.
A veces no sabes cómo va a salir una clase.
Cuando me ven llegar, noto que se sienten desanimados porque mi resfriado no me ha dejado en la cama y vamos a trabajar. No es un buen comienzo, pero qué se le va a hacer… Hoy tocan las Coplas a la muerte de su padre y de lo primero que nos habla el libro es de la fugacidad del tiempo. Es de esas veces en las que tú imaginas que no habrá manera de salvar la clase porque tienes un dolor de cabeza increíble y ellos acaban de llegar del recreo sin intención de pasártelo por alto.
-Es que ya hemos vivido quince años de nuestra vida –se sorprende David.
-Dieciséis -puntúa Cristina.
-Diecisiete –corrige Carmen y todos siguen diciendo sus edades.
-Es como el reloj en un partido de fútbol –comento mirándolos con intención-, pero nunca sabes cuándo va a dejar de contar.
-Imagina que te dijesen que vas a morir mañana –piensa David en voz alta.
-¡Haría tantas cosas! –exclama Adrián y una bombilla se enciende en mi cabeza.
-¿Qué harías? –lanzo-, ¿qué haríais?
Me levanto buscando una tiza y Cristina me la cede encantada, hay cierto clima de expectación, todos nos sentimos emocionados por la idea. ¿Qué harías?
10 COSAS QUE HARÍAS
SI FUERAS A MORIR
MAÑANA
Abren sus libretas sin que tenga que pedirlo y todos se concentran. No quieren hacer una lista, quieren contármelo con muchas palabras, por primera vez desean escribir. Todos nos ponemos a ello. Alejandro levanta la vista y mira mi moleskine:
-¿Tú también?
-Lo estoy intentando.
Me sorprende, cuando terminamos, que muchos de ellos han decidido vengarse de personas que les han hecho daño. Como animales heridos buscan, en el último coletazo, devolver el golpe que se llevaron. Yo les explico que querría morir en paz, dedicar mis últimos momentos a perdonarlo todo y a hacerme feliz. Se abren los debates.
-¡Pero vamos a leerlos! –se queja Carmen que quiere compartir con nosotros lo que ha puesto.
Y uno por uno van leyendo.
-¿Puedo callarme alguno? –inquiere Cristina y le digo que claro porque así podré callarme yo los míos también.
-Subiría al edificio más alto de el pueblo para mirar todos los tejados del sitio donde he crecido–lee Miriam emocionándome porque no suele ser tan poética.
-Lloraría –dice Carmen.
-Me sentaría junto al río a pensar en mi vida –dice Alba.
-Estaría con mi familia –comenta David.
-Diría lo que nunca he sido capaz de decir –confiesa Alejandro.
Y poco a poco una emoción se va haciendo con la clase. Nos miramos.
-Mira, que nos estamos poniendo tontos –comento entre risas y nos refugiamos allí.
¡Menos mal que lo siguiente que hicimos fue escribir invitaciones a una fiesta!
martes, 9 de marzo de 2010
9.0

Soy el número 1000 aproximadamente en una lista de 2000 personas que no conozco. Valgo nueve puntos y no sé si eso, en este caso, puede considerarse sobresaliente. Tampoco sé si estar en medio de una lista interminable de nombres y datos tiene vistas al mar o está perdido en la montaña, no sé cuántos metros cuadrados son, ni los kilómetros que alcanzo desde esta silla negra hasta el futuro impreciso, que se dibujará a final de marzo. Pero miro la moleskine japonesa que me regaló Javi el día de reyes y me apetece tener las tardes libres para dedicarlas a dibujar.
Hoy he comprobado que el sol sigue existiendo y que la curiosidad tiene un precio demasiado alto si acabas de despertar.
No sé lo que significa ser ese número y el resfriado me tiene alejada de la literatura, encerrada contra una montaña de exámenes por corregir, pero tengo los ojos cargados, o así me convenzo cuando vuelvo a perder el tiempo como ahora.
El café no sabe a demasiado y las cinco de la tarde se acercan señalándome con su dedo acusatorio. Cuando vuelva la luz y las tardes sean más largas, cuando todo comience a construirse –ahora me siento como cuando Nacho me habla del universo, porque me ha parecido mi vida un puzle increíblemente gigantesco de minutos por vivir en movimiento-, ¿dónde estaré? ¿con qué rincones soñaré? ¿cómo se habrá repartido nuestra suerte?
lunes, 8 de marzo de 2010
sábado sin fin

(Aviso a navegantes, aunque no quise escribir ayer por estar bajo los síntomas del cansancio, hoy escribo bajo los síntomas de un resfriado de campeonato)
Este fin de semana estuve en Madrid en la NAO (noche de arte y oración) que sirvió como escusa para reencontrarme con buenos amigos y también para reavivar mi fe.
Esta vez, Madrid eran dos calles y un teatro en semioscuridad, llovizna ligera al ritmo de cigarros y una camarera china en un bar llamado “el olivo”. En el camino los molinos de viento de tópico y kilómetros reconocidos, a la llegada abrazos y cotilleos.
Las risas estuvieron servidas con las bromas interminables sobre lo Dominique o el “toma ya” en el escenario, pero sobretodo, gracias a un genial payaso que sacó de mí, a las cuatro de la madrugada si no me equivoco, carcajadas increíbles. Me encanta poder sentirme una niña y me recordó a mi verano en Benagalbón en el taller de José Luis.
Las cabezadas de sueño se iban convirtiendo en una constante hasta que descubrí que iba a ser incapaz de dormirme y decidí recibir al amanecer con Juan y Pedro escuchando a Brotes.
El sueño hace que todo suceda como caricias entre plumas, todo es dulce por el cansancio, todo es más tranquilo y, durante la misa, siento la alegría serena mientras la luz comienza a hacer el día en el oscuro teatro.
Después llegan las despedidas, los abrazos, las promesas de futuros encuentros, las bendiciones y de nuevo el tráfico. Conduces con el ceño fruncido hasta que te rindes y Pedro me hace llegar a carcajadas a casa, cuando vuelve a llover como otra constante.
Y hoy por fin es lunes, he dormido once horas intentando calmar la sed de sueño y también a este maldito resfriado que me tiene conquistada la cabeza. Paracetamol y agua… pero sobretodo mucha paciencia.
jueves, 4 de marzo de 2010
el poeta

(Suspiro recostada en esta silla negra de tela, como las del piso antiguo de la tita Lourdes, con el café en el paladar y también sobre la mesa. Pedro Guerra tararea desde el ordenador y hay, junto a los rotuladores, una cáscara de nuez que no he podido resistirme a traer desde casa de mis abuelos. En una hora estaré en clase).
¿Quién no me ha oído decir que merezco el amor de un poeta? (Sonrío y niego con la cabeza, miro la torre de poemarios junto a la taza de café, con ojos de gata).
El sábado compré en Granada algo de Sabines, de Alberti y de Gil de Biedma. Creo que ya he contado que sólo sé leer poesía con el lápiz en la mano y prisa.
Hago una primera lectura muerta de sed, las palabras encienden luces dentro de mí, desencadenan luchas, amanecen ideas, desentierran muertos, resucitan recuerdos, me besan, me besan, me besan. Y toda la emoción que me desborda, no sé cómo ni de dónde, se me escapa por la risa o por los ojos, pero se me escapa porque físicamente no sé cómo reaccionar a tal ataque de belleza junta.
Entonces siento ese nerviosismo de gritar por la ventana, de llamar a todos para leer un poema, de rodear con fruición el título de una de las piezas, de responder con mis propias palabras al poeta. Me tirita el corazón de gorrión de ansia pura, de transparente emoción innombrable. ¡Cómo lo entiendo todo de pronto!
Como si el mundo hubiese estado velado por una tela oscura, como si yo misma hubiese sido otra hasta el preciso momento de encontrar el poema y, entonces, me cegase la luz, infinita luz, del poeta que ha caído entre mis manos.
Leer poesía es como comer picapica, hacer el amor, besar incansable y con prisa en una despedida, que ría tu hijo, que el mar te interrogue, que te ame Dios. Leer poesía es conquistarte siempre, infinitas veces, constantemente, y que tú sólo sepas decir que sí todo el tiempo.
martes, 2 de marzo de 2010
moleskine negra

He perdido –o invertido si me pongo en el modo adecuado- mi tarde casilibre. Hoy no escribí la historia de Lobo.
Después de comer me senté en el sillón blanco, con las moleskines negras que voy usando desde dos mil seis en el regazo y mi taza de té. Quería paladear cómo el tiempo y los bolígrafos las habían dejado.
Me sorprendo con algunos textos, me reencuentro con cuentos olvidados, con ideas que me siguen pareciendo buenas, con esquemas de capítulos, acuarelas, marcadores, flechas, calamidades, poemas, preguntas, apuntes… Y se me van derramando billetes de tren, entradas de museo, tickets de conciertos, postales de León, dibujos de mis primos, marcapáginas de no sé dónde, viejas cartas, notas y listas de la compra.
No puedo evitar reírme leyendo algunas cosas, avergonzarme leyendo otras, sonreír como una tonta o fruncir el ceño de frustración.
A veces hay saltos con meses de diferencia. A veces una de las moleskines ha durado dos años y la siguiente sólo tuvo dos meses de paseos en mi bolso, por lo que aparece menos ajada y menos cargada de recuerdos.
Mi letra no ha cambiado demasiado. En dos mil seis tenía la misma preferencia por los bolígrafos, dibujaba menos, cuidaba más la presentación. En dos mil siete aparecen los rotuladores de colores, los esquemas y las llamadas de atención. Dos mil ocho son poemas y tachones. Dos mil nueve contiene demasiada información y restos de pincel. Dos mil diez sólo se adivina, como una sucesión de esquemas de capítulos por componer.
Me gustan. Las acaricio. Como un tesoro cualquiera que cabe siempre en mi bolso y que guarda mi imaginación.
lunes, 1 de marzo de 2010
tu noche

en el puente nadie podía quedar


A las tres de la tarde (siendo positivos) nos encontramos en la rotonda de los pavos reales y comenzamos a gritarnos con las ventanillas bajadas, siempre es una buena manera de saludarse cuando todo el mundo va montado en un coche.
Ana está mucho más grande en sólo un mes y Pedro y Claudia traen un carrito que metemos a presión en el maletero de Juan y Leticia. Antonia está desesperada porque no llegamos y los abrazos se llenan de risas y de un “nadie podía este puente”. Pronto estamos contándonos anécdotas, compartiendo aventuras y bromas.
Pablo se deja querer y jugamos de mil maneras entre abrazos y bocados, rugimos como leones, ponemos voz de monstruo, nos guiñamos los ojos y corremos al ataque.
Luis llama cuando estamos en la catedral y llega justo a tiempo para la foto de familia y para que nos asalte un grupo de payasos en el silencio de la tarde.
Como es tradición, merendamos crêpes en una tetería y Pablo se echa una novia con la que meter cojines en la fuente. Sólo falta Antonio, así que lo llamamos para cantarle aquello de “no van a poder” y el “chi, chichi, chí”, pero parece asustado y nos cuelga. Al final conseguimos una llamada a gritos para decirle, simplemente, que lo echamos de menos en ese preciso momento.
El tiempo se pasa volando y, de pronto, estoy dando abrazos y besos de despedida. ¡Qué lejos y qué cerca estamos!