domingo, 11 de abril de 2010

por fin


Desde que en septiembre alquilé este pequeño hormiguero y me trasladé a esta pequeña ciudad, Juan, Leticia y yo llevábamos planeando una cena en mi casa. Con el invierno de diluvios, los viajes en común, las diversas vivencias, había sido imposible mantener una de las fechas que decidíamos así que, ayer, cuando llaman por teléfono diciendo que han seguido las instrucciones al pie de la letra y están en la puerta de casa, casi no puedo creerlo.

Me asomo al balcón como una exhalación para ver a Leticia, con cinco meses de vida en la barriga, preciosa y sonriente al otro lado de la calle. Juan aparece para saludarme y pronto están entrando a casa. Al instante se me hace natural que estén aquí, como si fuese lo más común de nuestro curso. Sentados los cuatro en los sofás -para Leticia el sillón blanco-, pronto nos estamos poniendo al día y relatando anécdotas. ¡Tenemos tanto que contarnos! Hacía más de un mes que no encontrábamos un momento para sentarnos sin prisa a conversar.

Para cenar he preparado fondue y Juan y yo estamos a punto de prenderle fuego al suelo de la casa porque nos pasamos con el alcohol de quemar, pero al final logramos controlar al elemento y nos sentamos -en pijama, lógicamente- al rededor de la pequeña mesa con nuestros pinchos y nuestras copas. ¿De qué hablamos? De nuestras vacaciones de semana santa, de mis vivencias surrealistas de esta semana, del armario empotrado del piso nuevo, de la próxima reunión de comunidad, del próximo Juan que ha estado todo el día tranquilo y comienza a hacer largos en la barriga de Leticia durante la sobremesa... Cualquier tema nos sirve, no hace falta improvisar. Por eso, cuando queremos acordar, estamos adormilados cada uno en un rincón y nos vemos obligados a levantar el campamento de la cena para plantar el del sueño.

-Ahora son casi las diez y media de la mañana. Ellos todavía duermen y yo he abierto el balcón para que la casa, igual que yo, se llene de luz. En el árbol hay un pájaro cantando sin parar y el sol comienza a trazar sus dibujos en el suelo. Mi casa bosteza levantando los brazos, tiene cara de niño recién levantado y feliz-.

(Hoy dibuja Martuqui)

7 comentarios:

La sonrisa de Hiperión dijo...

Que importante es llenarse de esa luz, que nos contagia y que nos pone las pilas... Sobre todo cuando se ha compartido cosas importantes...

Saludos y un abrazo enorme.

César Sempere dijo...

En la sencillez de la amistad es donde se ve la luz.

Un saludo,

Lucía dijo...

Nada mejor que ese brillo perezoso en los ojos , cuando uno recien se levanta.
Mejor aun , si estás hospedada en el.

Besitos, linda.

Juan y Leticia dijo...

Una gozada, ya lo sabes!! Te queremos!!!

Roberto dijo...

esa luz llegó hasta aqui...

delicioso, haces que en lo cotidiano esté el secreto, siempre...

un beso

Roberto dijo...

gracias por la velocidad ...

un beso

Nogard dijo...

No hay como la amistad... ;) .
Y llegaron a tu hormiguero... :D