martes, 22 de junio de 2010

Divenire, Ludovico Einaudi


Me dice MâKtü[b] que me despida de cada rincón olvidándome de las cajas y, ahora que me he quedado sin actividad porque se me ha acabado el celo y porque lo que queda no sé dónde lo voy a encajar, aprovecho el relativo remanso que me da mi estado de nervios para despedirme con vosotros de los rincones que me han ido acompañando en estos meses, pero, ¿por dónde empezar? Quizá por el sillón blanco tan renombrado, ¿verdad? (suspiro, sigue siendo extraña esta mezcla de emociones). ¡Allá vamos!

Adiós, sillón blanco, gracias por todas las tazas de té, por las horas de poesía y por aquel domingo leyendo Firmin y recuperando el placer de las cosas pequeñas.

Adiós, silla negra de tela frente al ordenador, gracias por dejarme sentarme con las rodillas abrazadas, aunque no echaré de menos los cardenales que me salen por tu culpa, lo siento.

Chao chao, terraza que iba a aprovechar en invierno y que al final no aproveché para nada, gracias por guardar los papeles que no sabía dónde meter y por resucitar mi maceta.

Adiós, mesa de cristal donde derramé mis acuarelas, gracias por coleccionar los tesoros que me iba encontrando por el mundo, por asumir los montones de libros de poesía, los recortes, los rotuladores, los florecimientos de tazas de café, los tornillos y mi corazón de cáscara de nuez.

Adiós, mesa diminuta donde aprendí a rezar, donde pinté, escribí en partituras, almorcé a diario, lloré con Chelo, hice foundi con Juan y Leticia. Gracias por los desayunos de fruta, zumo, café y tostadas.

Adiós, mesa del comedor que albergaste las tardes de domingo con manualidades y chucherías, gracias por acercarme a Sarah y Chelo, gracias por el día de mi santo, por la comida con Josemi, por el brindis con Marta en navidad, por asumir convertirte en el rincón de los desastres y adquirir vida propia.

Adiós, pasillo oscuro de hormiguero, donde miraba por si aparecía alguna cucaracha con el alma en vilo, sólo porque una vez vi una tras la puerta, gracias por apilar las pelusas en la entrada para que no estuviesen dando vueltas.

Adiós, interruptor del cuarto de baño que sigue cambiando de sitio, gracias por divertirme siempre con tus bromas, dale también las gracias al espejo, por ser el más grande de la casa -aunque para verme entera me tenía que subir a una banqueta-.

Adiós, bañera de tumba egipcia, nunca olvidaré la risa que me dio cuando te vi.

Adiós, cocina independiente, todo un ascenso en la historia de mi vida en pisos de alquiler, gracias por esconder los platos sucios cuando había visita si no me había dado tiempo, gracias por inspirarme a probar nuevas recetas, aunque no te perdonaré que tirases el cuadro de Lucía y rompieses el cristal, y tu suelo es horrible, perdona que te lo diga. ¡Ah, despídete del frigorífico por mí, ese monstruo feroz que me ruge por las noches!

Adiós, cama vacía que no conoció el amor, pero que maduró mis madrugadas de insomnio, compartió el miedo tras las pesadillas, reparó mi espalda, acogió a Marta, contempló mis momentos de lucidez y naneó sin océanos mis horas interminables de palabras por cazar.

Adiós, casa hormiguero, que te hiciste de lluvias, de nieve y de sol, que permitiste volver a las musas después del miedo. Te dejo la que he sido, me voy hacia la que vengo siendo.


5 comentarios:

cuadernodebitacora dijo...

Lento viene el futuro
lento
pero viene

Vagamundo dijo...

En vilo sobre un hilo de lluvia, entre lo que somos y lo que vamos a ser, los recuerdos se dejan dejar atrás sin fetichismos, aunque atados a la exigua cuerda de la memoria, que nos los viene arrastrando.

La sonrisa de Hiperión dijo...

El futuro siempre está ahí a la vuelta de la esquina...


Saludos y un abrazo enorme.

Antonia dijo...

Me gusta, sencillo y simpático y una evasión en este día atemporal e informe.

MâKtü[b] dijo...

EI gracias por hacerme caso ^^
Es que cada rinconcito necesitaba su momento ;)