domingo, 20 de junio de 2010

el cumpleaños del abuelo


Aunque, en principio, este fin de semana debía pasarlo limpiando la nueva casa, el cumpleaños de mi abuelo primaba frente al resto de planes, sobretodo después de la pérdida que sufrimos en la familia hace unas semanas.

Siempre almuerzo los jueves con mis abuelos, costumbre que se acaba esta semana, y he notado a mi abuelo embargado por una tristeza sencilla sumada a los años. Por eso no podía no estar en su cumpleaños. Imaginaba, además, y no me equivocaba demasiado, que sería amarga su vuelta al campo, al sitio que ha compartido tantos años con su hermano, que sería amarga aquella primera visita después de todo, aquella celebración bajo la encina con los perros de mi tío llorando tras la cancela como si quisiesen imaginar que su amo estaba de este lado.

El abuelo Andrés pasó toda la mañana sentado a la sombra del porche, ni siquiera los niños con sus burbujas lograban sacarlo del ensimismamiento, ni yo me atrevía a molestar su duelo, consciente de que si me acercaba, haría todos los esfuerzos del mundo por demostrarme que estaba bien, cuando no era esa la realidad. La tarde la dormitó bajo la encina, mientras Carmen y Lucía hacían el pino en mi espalda o clamaban entre risas por volteretas voladoras.

Ni siquiera cuando Javi comenzó a jugar al fútbol con los enanos y Manuel apareció con su sombrero de caja de cartón tapándole hasta el cuello, ni cuando Bea portó a Carmelita como si fuese un muñeco de futbolín y Lucía se tropezó con la pelota cayendo cómicamente al suelo. Ni siquiera entonces conseguimos arrancarle media carcajada cómica.

-Vamos, papá -le decía mi abuela en un intento-, ¿vas a estar todo el día así de pocho?
-Me duele la barriga -respondía él con su tono penoso de queja, molesto de alguna manera por los gritos y las locuras de los niños.

"El abuelo está enfadado", decía Carmen la última vez y me pregunto cómo están percibiendo a ese hombre al que yo devocionaba cuando tenía sus años.

Aún así, es fácil sobrellevar la pena, cuando los tres mosqueteros se te suben en lo alto, cuando Lucía abre los ojos como platos por un cuento o Manuel enrojece si lo beso por sorpresa, cuando Carmen se me agarra como una pulguita cariñosa llenándome la cara de bocados, besos y carcajadas flojas, cuando está allí Javier.

Ojalá a mi abuelo le sirviesen los mismos equipos de rescate que a mí...

1 comentario:

Antonia dijo...

Manuel está precioso.
Me viene a la mente "la foto de familia" con Juan y los pequeños, jejejejeje.