viernes, 21 de mayo de 2010

cansada de semana y de algunas cosas más que no vienen a cuento pero que he tenido que contar


Tengo hambre de algo y nunca sé de qué. Hay una carta en la baraja del tarot -creo que ya lo he dicho mil veces- que se llama el colgado. Es un tipo bocabajo mirándolas pasar. Suena Lugares de Fabian y sonrío con ironía -¿qué digo sonrío?, me he reído de verdad-. Tengo a José Emilio Pacheco encima de la mesa y los esquemas del final de la novela a medias. El ensayo de teatro no ha ido tan mal, creo que por fin me sé las cuatro frases con las que me luciré mañana. "Déjame sentir que soy parte del tiempo que dejaste a su suerte olvidado en un rincón". Mi casa está hecha una mierda. Mi pelo también. Cuando hablo de ansiedad, María José me corrige categórica y apuntilla que tengo estrés. A mí me da lo mismo una cosa que la otra, mientras que no se me suba en forma de dolor de cabeza. A última hora mis alumnos de segundo del diurno, se han saltado una clase para sentarse conmigo a charlar de la cena de fin de curso y de la ropa que piensan llevar. A veces me siento como ellos y de pronto me doy cuenta de que nos separan casi diez años de experiencia e historia. Pasa que, como diría una amiga de Chelo, "son muy nuevos". Ayer terminé el texto para la exposición de fotografías de Dani en Barcelona, ya era hora. Y hoy mandé las cartas de las facturas de los encuentros con lectores de este año. He hablado con un italiano en inglés durante una de mis clases y he conocido a un actor de la compañía de teatro con el que he pasado todos los actos charlando en unas escaleras falsas de madera. Cuando en casa de Pedro y Claudia usamos la baraja gitana, las cartas -vuelvo a sonreír- anunciaron que mi vida iba a cambiar radicalmente, que había acabado una etapa y comenzaba una nueva. Sé que todo esto está terminando por no significar nada, pero pienso demasiadas cosas a la vez y tengo que contarlas. A veces se me ocurre que si dejo una idea -de esas que gritan por salir- dentro del pecho, se me acabará clavando como un alfiler en algún sitio. Por eso hablo sin parar. Sé que si lo digo, lo podré olvidar, es como una especie de magia estúpida. Todavía están el pegamento, los rotuladores y las cáscaras de nuez sobre la mesa -y una taza de café-. La maceta del balcón -que estaba muerta- renace, mientras que la que saqué al patio se me muere por instantes. Echo de menos Alcalá y muchas cosas que no existen. Y así, al escribirlo, sé que todo va a dejar de pasar o todo empezará a pasar como si fuera nuevo. Bienvenida al mundo, otra vez, real.

2 comentarios:

Mario dijo...

Cuando anclo mis recuerdos en este folio catódico, cuadriforme y apantallado, no los elimino, ni mitigan lo que me hacen sentir, qué va... Se agrandan, o ensanchan, dilatan mis emociones. Todo, menos mengüar...

Eso sí, en tu texto, entrada, post... aparece una taza, café, un rotulador, una maceta. Y la conjunción de esas palabras es pura magia para mis necesitades dictadas.

Gracias.

Ah, y me encanta, de verdad de la buena, el diseño del blog, la foto de inicio, la foto del medio, las imágenes que son, que están... que muestras... que te demuestran.

Mario

La sonrisa de Hiperión dijo...

La vida sigue... con nuestros pasos adelante... No todo puede permanecer en nuestro paladar.


Saludos y un abrazo enorme.