sábado, 1 de mayo de 2010

limpieza de primavera


Los cristales del balcón anuncian árboles iluminados por la tarde, bailando al ritmo del viento. Suena, como siempre, música en la casa y el reloj. También estoy sentada en el sillón blanco, como de costumbre. Intento recordar cómo eran las tardes de mayo en Alcalá, pero me cuesta trabajo.

El uno de mayo del año pasado hacía la maleta para encontrarme con Marta en Madrid y beberme la primera botella de vino. En las fotos salgo delgada, pero son las primeras en las que sonrío. La habitación de Marta tenía un gran ventanal y nos tumbamos en el suelo a contarnos cosas mientras la primavera nos removía el pelo. Empezaba a ponerme vestidos.

Hoy le di la vuelta a los armarios pensando en que en algo más de un mes estaré empaquetando todas mis cosas. La tentación de imaginar dónde estaré, cómo será, cómo seré, es enorme. Me imagino en un apartamento blanco con ventanas grandes a la calle y el aire vaciando los pasillos y las teclas del ordenador cerrando sueños -novelas-, durante las tardes largas de verano.

Sigo soñando con Gijón. Es mi nuevo paraíso artificial. "Alquilaré dos meses un piso en Gijón", me digo, "escribiré todas las mañanas desde bien temprano y después pasearé hasta el puerto a ver las sombras de los barcos en el mar".

"Para cuando te marches, tienes las llaves que abren mis puertas y, por si las perdieras, dejaré siempre ventanas abiertas, para cuando te quedes tengo en mi vientre un verano de estrellas con un mar que se mece, si tú respiras desde su arena", canta Chaouen mientras caigo en la cuenta de que he vuelto a escribir sin orden.

Antonia, esta será una de esas entradas en las que me sentirás incomprensiblemente lejos y cerca.

1 comentario:

La sonrisa de Hiperión dijo...

Amiga, es un contradios... tener que quitar el polvo y no echarlo...

Saludos y un abrazo enorme.