jueves, 13 de mayo de 2010

días de regalo


Jose Miguel llama al timbre en el mismo momento en que me he sentado a descansar después de haber recogido la casa. Cuando pregunto por el portero que quién es, responde simplemente: "yo". Me gusta la gente que responde con esa claridad a las máquinas. Y con él siempre es natural, da igual que la última vez fuese en casa de Juan y Leticia para una cena a principios de otoño, todo parece como si hubiese sido ayer.

Y hablamos y hablamos y hablamos sin parar llenando mi casa de sonidos. Es tan sencillo. Nos resulta fácil entendernos. Así que repasamos todos los temas candentes de nuestros últimos meses, saltamos de una cosa a otra, a veces buscando explicación, otras simplemente porque es necesario. Puedo preguntar y eso me encanta porque soy una persona de naturaleza curiosa. Hay veces en las que no sabes si tienes derecho a preguntar hasta la cosa más tonta, pero con Jose Miguel el diálogo es sereno.

Descubro, como he ido haciendo con Marta a lo largo de la semana, que hay una magia increíble en cocinar para alguien más. De pronto no parece difícil ninguna receta y todo sale riquísimo, me gusta poner la mesa y encender la vela de rigor que forma parte de mis tradiciones. Cobra sentido todo sobre los fogones, desentrañando el misterio de los miércoles.

Por eso, después de todo, cuando nos despedimos y lo veo atravesar la puerta, deja en casa la inspiración conjurada por la visita de Marta, que digo yo que también tendrá algo que ver con eso tan tonto que llaman felicidad.

3 comentarios:

Vagamundo dijo...

Hay veces que la felicidad llama al telefonillo, y a veces sube, y a veces se queda a dormir. Otras veces fingimos no estar en casa, y ese día, la comida, sabe mucho más sosa.

BEATRIZ dijo...

Vine porque me encanta el aire, y no será conicidencia que tu nombre de blog llamara por mi máquina.

Esta narración tiene la fluidez natural del aire.

Abrazo al aire.

La sonrisa de Hiperión dijo...

La felicidad, amiga, es que siempre sabe a poco...

Saludos y un abrazo!