domingo, 16 de mayo de 2010

era


Estamos sentadas frente a la Caleta, en el bar que siempre me llama la atención por ser un armatoste oxidado con mesas al sol. Estamos enfrentadas al mar azul más increíble, almorzando con la sensación de haber roto por completo con nuestras vidas.

Chelo aprovecha la poca sombra que una cornisa de cemento puede proporcionarle. Está vestida de oscuro y se aprieta contra los cristales del restaurante para no dejarse conquistar por el calor brillante del que Sarah y yo disfrutamos. Chelo sería un gran personaje para una novela.

Uso por fin las sandalias que compré cuando parecía que llegaba el verano y rompió una primavera de tormentas. Mis horribles pies están contentos y yo también. A mi lado se acumulan los nuevos libros de poemas que he comprado porque la librería era hermosa y su dueño ha accedido a recomendarme conduciéndome a una estantería repleta de desconocidos. Me pregunto ahora si llevo alguno de sus libros favoritos y también cómo se habrá decidido por estos autores después de que yo entrase pidiendo narrativa japonesa de los años cincuenta. Es hermoso el ser hombre hoy, creo en nosotros.

Quizá porque estoy escribiendo, nos hemos quedado en silencio. Sarah tiene los pies morenos al sol, brillando con unas manoletinas doradas. Va vestida de amarillo. A veces parece que está enamorada de las mismas cosas que yo.

Es curioso estar aquí sentada frente al sitio del que guardo y no fotografías. Primero con la compañía de teatro. Después con el abandono. ¿Quién era ella? Es difícil reconocerme en los recuerdos que me asaltan y no paro de censurar las preguntas que desatan las farolas, aquel banco, estas vistas... ¿Cómo podía andar? ¿Cómo respiraba?

Y, sin embargo, sonrío como si todo eso formase parte del ideario imaginado de otra mujer desconocida con la que me crucé durante un breve instante de mi tiempo.

No deja de sorprenderme esa capacidad mía para el olvido. Este deconstruirme constantemente hacia la búsqueda de la que seré en el segundo siguiente al que vivo.

Por eso Cádiz parece un déjà vu y no un recuerdo. Por eso recuerdo a Platón y el anagnórisis. Por eso el mar es el mar más increíble que he visto y el sol el más brillante y la compañía la más apropiada. Por eso no existe el ayer, ni el mañana.

2 comentarios:

La sonrisa de Hiperión dijo...

Cádiz es la venecia de piel de toro, pero con más arte...


Saludos y un abrazo!

Joy dijo...

Así es: sólo este momento...

... y en él, todo es perfecto!

Nunca es de otra manera

Un abrazo

Bonita descripción intimista